POR UN MUNDO MÁS CRISTIANO Por Ángel Gómez Escorial Llevo muchos meses pensando en la construcción de algún buen argumento para transferir e infundir las enseñanzas de Cristo a la vida cotidiana. Cada vez, el mundo que nos circunda parece más lejano, aunque sabemos que en la base de la cultura occidental hay un influjo determinante del cristianismo. Ahora, sin embargo, las posiciones se alejan y parece que el “mundo civil” comienza a ser contrario al “mundo cristiano”. No es así, desde luego, para hay que admitir la progresiva separación de objetivos, modos, anhelos y principios. La justicia, la paz, el trabajo, la libertad, la adecuada convivencia son objetivos que tiene nuestra sociedad y que hace todo lo posible para que se desarrollen convenientemente. Hay, sin embargo, un buen número de carencias y los grandes males de nuestro momento son la injusticia y la guerra, el paro y la opresión... La crisis económica iniciada por un fallo del mundo financiero norteamericano está produciendo un cambio profundo que, hoy por hoy, no sabemos hasta donde puede llegar… Y, en fin, todo ello provoca muchos más problemas y de esa forma parece que nuestro mundo se va alejando de cualquier posibilidad cercana al pensamiento de Cristo. LOS DOS MUNDOS El gran contrasentido está en que los cristianos hacemos una separación excesiva de nuestro “mundo civil” y nuestro “mundo cristiano”. ¿Qué quiere decir eso? Pues que colocamos nuestro pensamiento en cajas separadas teniendo unas actitudes cuando “pensamos en política” y otras muy distintas cuando “pensamos en religión”. Y sin embargo tendríamos que tener solo un pensamiento. A Cristo Jesús no se le puede relegar solo a las sacristías, ni olvidarle en su presencia por los Sagrarios. Es verdad que, a veces, cuando la Iglesia no ha querido implicarse en algo ha preferido aludir a la independencia del poder civil y “desaparecer”. Es cierto que la Iglesia como sociedad humana y entidad jurídica tiene un posicionamiento en la vida legal y que, desde luego, presenta unos derechos u obligaciones. Pero el pensamiento cristiano, la doctrina de Jesús, no puede ser limitado. Ocurre, no obstante, que en esa diatriba entre “mundo civil” y “mundo cristiano” aparecen muchas mezclas y pretensiones no realizables. Un político muy cristiano solo entiende que le voten a él porque es cristiano, mientras que sus oponentes no lo son. Pudiera ocurrir que este político hiciera una oferta muy poco cristiana. Un hombre muy religioso querría llevar a todas las esferas de la vida civil sus creencias y costumbres, planteado, tal vez, la aplicación por decreto de algunas devociones. Y no es eso. La base de cualquier ideología, o pensamiento, es la de los grandes principios válidos para todo el mundo. El punto de encuentro entre las diferentes formas de pensar estará, precisamente, en la identidad previsible que todo hombre tiene por lo que llamamos los grandes principios, que no son otra cosa que el respeto por la vida, la necesidad de trabajo, vivir en libertad, y sentir que tu entorno está lleno de hermanos y no de enemigos. EL AMOR, VÍNCULO UNIVERSAL Tendríamos, entonces, los cristianos que acuñar esas ideas fundamentales surgidas del mensaje de Cristo. Cuando San Juan y San Pablo escriben sobre el pensamiento de Jesús aparece como una luminaria principal la afirmación de: Dios es Amor. El mandato más repetido de Jesús es que salgamos a llevar su Palabra por doquier y además añade “que nos amemos unos a otros como Dios mismo nos ama”. El principio del amor parece muy claro. Y junto a él, como consecuencia de su propia naturaleza, está la atención amorosa a nuestros hermanos. Y hay más. El momento más terrible y solemne de todo el Nuevo Testamento es aquel que se refiere a la celebración del Juicio Final. Jesús, convertido en juez se refiere a lo que hayamos podido hacer –o no—a nuestros hermanos. Se nos va a juzgar por el amor. Nuestra mayor hazaña será si hemos dado de comer, de beber, posada, o atención al prójimo. Y el pecado más definitivo, el que nos lleva al infierno, será lo contrario. La carencia de ese apoyo amoroso. Lo demás es una consecuencia de todo lo expuesto. Pero hay mucha hambre en el mundo y mucha injusticia por doquier. Jesús nos examinará de amor a Él, que es Dios, y al reflejo que en Él se proyectan los hermanos. Hay pues una primera pista en la que todo cristiano, motivado por el amor, no puede tiranizar, ni explotar, ni abusar económica o socialmente. Viene, además a servir, por tanto tampoco puede ser cómplice de sociedades demasiado competitivas, ni aceptar que sus líderes abusen del poder y se enriquezcan. Los Apóstoles –lo cuentan los Hechos—pusieron todo en común consiguiendo el primer ensayo comunista de la historia. Parece que no salió bien. Aunque, sin embargo, la mayoría de las comunidades religiosas practican esa gestión común de los “recursos propios”, desde los Trapenses o Franciscanos, y de muchas otras órdenes y movimientos católicos. LIBERACIÓN PACÍFICA No se trata de ser utópicos. En realidad, vivir permanente en la utopía cuando se trata de cosas de seres humanos es muy peligroso. Pero sin embargo si resulta posible crear vías de pensamiento que, un día, puedan convertirse en posibles y fehacientes. El análisis de la realidad puede ayudar. Aunque hoy no vaya a referirnos básicamente e ello podemos plantear un ejemplo: la conformación del pensamiento que hizo posible la Teología de la Liberación es irreprochablemente cristiano. Porque desde el Magníficat hasta la Carta de Santiago habla de despedir vacíos a los ricos y ayudar a los desposeídos. Y aun teniendo en cuenta que la realidad latinoamericana es muy compleja, el error estuvo en olvidar totalmente el amor y buscar la vía de la violencia para conseguir unos propósitos. Una Teología de la Liberación pacifica habría sido mucho más efectiva, porque los opresores no tenían pensamientos para oponerse, solo armas. Y enfrentar a las armas otras armas de hierro y fuego es hacerle el juego al Malo. El ejemplo contemporáneo de Gandhi o de Martin Luther King son claros y provechosos. Aunque el ejemplo total es Cristo, Nuestro Señor, que ponía la mejilla para recibir otro bofetón y callaba ante las injurias. Fue coherente hasta el final con su mensaje de paz y amor. Y su no respuesta violenta fundó la más prodigiosa aventura humana de amor, paz y esperanza. Sin la paz, sin su paz, aquello solo hubiera sido una revuelta más, desconocida hoy por nosotros. NO ES UTOPÍA Paz, amor, servicio a los demás, son ideas muy importantes. No necesariamente utópicas porque son la base del pensamiento de Nuestro Señor Jesús. Hoy, aquí, las presento en este artículo como un primer atisbo de algo que quiero sea más profundo y como trabajo futuro de mi actividad personal y religiosa, pero también el recorrido profesional. Probablemente, la importancia de lo político, de lo mundano, es cuando los Apóstoles, en el momento preciso de la Ascensión a los cielos de Jesús le preguntan: “¿Señor, es ahora cuando vas a restaurar la soberanía de Israel? No habían captado todavía la inmensidad del momento. Pero también nos sirve para definir la importancia que tienen nuestras normas de convivencia y relación mientras que estemos aquí en la tierra. Hemos de esforzarnos para acercar a Cristo todo lo que aquí hacemos y deseamos. También a la política, a otra forma de hacer política. Hoy en plena crisis económica y de valores merece la pena mirar hacia ese lado: impregnar de “mucho Cristo” la vida cotidiana. Ya el Papa Benedicto en su encíclica Caritas in Veritate da muchas pistas para construir el mundo moderno de otra manera. Pero, tal vez, y de momento, la voz del Papa en la solución de los problemas económicos, sociales y sociológicos no ha sido suficientemente escuchada… ni por los católicos
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