ADORAR A LA TRINIDAD

Por David Llena

Una vez que hemos descubierto que nuestro Dios es trinitario, solo nos queda sumergirnos en la corriente de Amor que fluye entre las tres personas que conforman nuestro Dios único. Sumergirnos en esa corriente es dejarnos tocar en lo más profundo de nuestra alma por Aquel que nos la creó.

Y en esa intimidad de criatura y Creador, reconocer la mano primigenia que infundió vida, la sangre derramada que la restauró y el soplo que mantiene su aliento hasta que llegue a la casa de su Creador.

Y allí continuar viviendo en eterna adoración al Dios que por amor nos creó, por amor no nos abandonó cuando nosotros sí lo hicimos en nuestro pecado, aún más envió a su Hijo para enseñarnos nuestra vocación para mostrarnos la esencia de nuestra materia, pues fuimos creados para amar, pero perdimos esa intuición, pues la semilla del egoísmo fue sembrada en nuestro interior.

Y no solo se contentó con explicarnos y desvelarlos la Verdad, sino que nos mostró cómo el Amor es entrega y donación hasta el extremo. Hasta el extremo de dar su vida por nosotros. Así de importantes somos los hombres para Dios. Todos los hombres, de todo tipo de raza, religión, sexo, ideología, todos tienen la posibilidad de salvarse por pura gracia, por puro don. Ahora debemos aceptar esa salvación, esa liberación y nosotros en nuestra tozudez, y que cada uno se mire a sí mismo, no somos capaces de entender ese camino de salvación y así nos va.

Pues, Dios va más allá y manda a su Espíritu Santo para que esté pendiente de los corazones de cada hombre, por si en un momento le acoge, le permiten volverle al camino de la felicidad que llena el corazón y que muchos no somos capaces de encontrar. Dejemos que el Espíritu nos guíe, sin empecinarnos en hacer nuestra voluntad sino en dejar que Él vaya marcando con su Sabiduría el compás de nuestra existencia.

Vivamos, pues, pendiente del Espíritu, siguiendo a Jesucristo hacia el Padre.

 

SANTA MARÍA

Por Pedrojosé Ynaraja

Mi devoción a la Madre de Dios viene de mi infancia, por herencia familiar. Lo primero que compraron mis padres, después de lo imprescindible para la vida domiciliaria fue una imagen de la Virgen, imagen que presidía el rezo del rosario, también las plegarias en tiempos difíciles desde bombardeos durante la guerra civil, enfermedades y defunciones. La devoción de mi padre se inició en la ermita de Sieteiglesias, en Matapozuelos, la de mi madre en los carmelitas de Calahorra. Nuestro domicilio en Zaragoza, durante la guerra, distaba no más de 200 metros del Pilar, allí acudíamos. Al llegar a Catalunya, una de las primeras visitas fue a Montserrat. He ido a Lourdes, a Nuria, a Le Puy, a Éfeso. Sin duda, donde me siento más unido a la Virgen, es Nazaret.

Mi devoción no es a la Virgen del Pilar, a la de Montserrat, a la del Carmen. Rezo a santa María. Lo otro son lugares privilegiados de oración. Cada uno escoge el suyo.

Añado aportaciones personales. El audiovisual “María de Nazaret” se publicó en castellano, catalán, francés e italiano, fue el más vendido y el librito, “Un padrenuestro y diez avemarías” son pruebas de lo que vengo diciendo, pues sé que ambos han sido útiles para muchos. Que nadie dude, pues, de mi amor, inmenso amor, que siento por Ella.

Pero ciertas manifestaciones resultan ser erróneas e impedimento ecuménico. Es difícil que sea aceptado el aprecio que sentimos los católicos, por parte de iglesias o comunidades cristianas al verlas y preguntan: ¿por qué arrodillarse y santiguarse al paso de una imagen de la Virgen y hasta rezarle un Padrenuestro? Son actitudes sin sentido. ¿O decir que determinada virgen, esa sí que es bondadosa, sí que escucha, sí que atiende, sí que hace milagros, mucho más que otras?

Cuando uno trata con cristianos de otras confesiones, este comportamiento resulta ser dificultad de aceptación. Ya puede uno citar textos oficiales, el Catecismo de la Iglesia Católica, sin ir más lejos, ellos juzgan por lo que ven. (continuaré)