a).- 7 FLORES PARA MARÍA (II) Por Javier Leoz 1.- La flor de ALTURA DE MIRAS. Es la flor cuyo aroma nos acerca a Dios. Saber abrir los ojos con el mismo asombro de María con un objetivo: contemplar y cantar las maravillas de Dios. ¿Lo haces? ¿Piensas en Dios? 2.- La flor del TESTIMONIO. Desprende un indispensable perfume en la vida de un cristiano: da a conocer el mensaje del Evangelio. Como María, llenos de Dios, no podemos esconder el tesoro de la fe. ¿Eres valiente a la hora de defender y proclamar tu fe en ambientes difíciles para la fe? 3.- La flor del SUFRIMIENTO. No todo en la vida cristiana es una vía de rosas. No es grande quien nunca se cae sino quien después de caer se levanta. ¿Cómo reaccionas cuando te toca estar de pie ante la cruz de la enfermedad, de la difamación, de la persecución o de la incomprensión? 4.- La flor de la ORACIÓN. Cuando uno corta con esta flor, la piedad cristiana languidece, se debilita e incluso puede convertirse en un vacío insoportable para la fe. ¿Es tu oración constante? Como María ¿meditas las cosas de Dios en tu corazón o, tal vez, lo has dejado fuera? 5.- La flor de la ASCENSIÓN. Es la flor que florece en el campo de nuestro testimonio cristiano. Como María, empujados por el Espíritu, somos urgidos a transmitir y mantener en pie los valores del Evangelio. Nuestra tierra está necesitada de valores que merezcan la pena. ¿Procuras comunicarlos allá donde te encuentras? 6.- La flor del CIELO. Es aquella que se cultiva con las actitudes de María: la confianza, el servicio, la obediencia o la entrega generosa. La fragancia de la flor del cielo es la eternidad. A ella estamos invitados y, a ella estamos llamados por pura gracia de Dios, con una condición: creer y esperar en Él. 7.- La flor de la ESPERANZA. Nace en la orilla del camino del que busca. Crece en el campo de las personas que no se conforman solamente con lo que ven y tocan. Como María, al sentirnos interpelados por la voz de Dios, podemos responder con un “SI” o, por el contrario, libremente con un “NO”. ¿Cuál es el estado de tu vida? ¿Esperas en Dios? ¿Tal vez sólo en los becerros de oro de nuestro mundo? María; al celebrar con alegría la Solemnidad de la Ascensión te pedimos que nos ayudes a levantar nuestros ojos a esa realidad tan alta que, solamente, podremos alcanzar por nuestra fe en Jesucristo muerto y resucitado. Tú que fuiste la elegida por Dios ayúdanos a mantener viva la llama de nuestra fe.
b).- EN PRIMER LUGAR A DIOS… Por David Llena Acababa de terminar el partido y la gran estrella de esa noche, mostraba su gran sonrisa a todo el mundo. Al final después de todas las eliminatorias, habían conseguido alzarse con el triunfo y conquistar el título. Envuelto en una bandera de su país, le acercaron un micrófono y le preguntaron: ¿A quién quieres dar las gracias y dedicar este triunfo? Cuando, en esos momentos tras el cansancio del partido la mayor parte de los jugadores echan manos de tópicos: a la afición, al entrenador, a su familia; este hombre respondió: “En primer lugar a Dios”. Y a mí se me hizo extraño, quiero confesar que yo no llevo a Dios tan a flor de piel, mi carácter poco extrovertido me lleva a resguardar mis sentimientos en esta y otras direcciones, por eso me resultó raro a la vez que llevó una sonrisa de agradecimiento a mi rostro, por traer a esta fiesta al Único que no debería faltar a ningún acto en los que haya una persona humana. Y es que nos hemos malacostumbrado a prescindir de Dios en la vida pública y, sólo en grandes ocasiones, como el pasado verano en la JMJ, damos muestra de nuestra forma de ser y actuar. Y es que, como digo si tras el cansancio acumulado de tanto desgaste físico, uno se acuerda de Dios es que para él, es como el agua cuando se tiene sed, un acto reflejo. Dios se escapa por entre las rendijas si realmente es el que gobierna nuestra vida. Para mí fue una piedra de toque, en este final de Pascua, con la que comprobar cuán débil es mi seguimiento a Cristo, como de calculada es mi fe, como de necesitado del Espíritu Santo está mi interior, pues como aquellos discípulos en el cenáculo, el temor invade mi actuar. Vivimos expectantes pues entre nuestros miedos y debilidades aparecerá el Espíritu Santo que será en que anime y nos haga ver la verdad. Cristo venció, nosotros venceremos. Pero eso sí, debemos estar unidos como aquellos apóstoles, con miedo pero unidos.
c).- PRECAUCIONES PREVIAS Por Pedrojosé Ynaraja Cuando uno adquiere un medicamento acostumbra a leer el prospecto que acompaña al producto. Y después de enterarse de las excelencias del específico, continúa leyendo un apartado que describe las limitaciones, los efectos secundarios y las incompatibilidades. Sirva lo dicho de símil de lo que escribiré a continuación. Estamos llamados, invitados, a trabajar por el Reino, en el seno de la Santa Madre Iglesia. A cada uno se le propone su peculiar respuesta y se espera que sea fiel a ella. Si nuestra Madre es Asamblea Santa, Congregación, Encuentro, cada uno se aproxima a ella a su manera. Vaya por delante que resulta imposible ver la totalidad de una esfera, en un momento determinado, o sacar una fotografía de la totalidad del Atomium de Bruselas. Cuando uno lo contempla, decide por sí mismo qué ángulo y con qué objetivo la sacará. Algo semejante ocurre con la elección de la respuesta a la llamada del Señor. Pero ocurre, lamentablemente, que, sin saber cómo, aparece con frecuencia la envidia, que lesiona las actividades apostólicas. Estamos inclinados a considerar que se trata de un vicio infantil, propio del niño al que le sorprende la llegada de un hermano menor, que acaparará los cuidados de los padres. Se le da nombres inocentes: pelusa, pelusilla, en castellano. En las otras lenguas, debe ocurrir algo semejante. Pero la envidia no es tan inocua como parece. Frustra grandes proyectos y bellas iniciativas. En el inicio de la Biblia, encontramos una perfecta descripción de su malignidad. En la descripción de lo que llamamos pecado original, se relata con simpáticos detalles la escena del árbol. Un Dios bondadoso, un enemigo, una pareja humana rebelde, orgullosa y desobediente. El pecado de la soberbia. La cara de la moneda. Pero antes de darle la vuelta, para que nos enteremos de otro aspecto, enraizado desde el principio en el ser humano: el homicidio, introduce un texto que parece obra de sicólogo. Le descubre Dios a Caín lo que germina en su interior, le advierte de su peligrosidad, pero también de que es capaz de vencerlo. No hace caso. No para mientes en ello, se precipita atolondrado, movido por el odio, tal vez sea mejor llamarle envidia, sale al exterior y asesina a su hermano. Continúa la historia sagrada y de cuando en cuando va dejándose ver la misma maligna carcoma. Lo que siente Sara por Agar y su hijo Ismael. Las intrigas de Jacob y Esaú. Las de Jacob con su suegro. Las de sus esposas. Las de las esposas del Rey David. Rivalidades de palacio que se dejaran ver en la historia de Jezabel y el pobre Nabot. El profeta Elías que, protegido primorosamente por Dios, sufre y es víctima, no obstante, de la envidia de la reina. Aterrizo. ¡Cuantos buenos proyectos de evangelización, de apostolado, son machacados, desprestigiados, anulados por calumnias que obedecen simplemente a la envidia de compañeros, que quisieran que todos se sintieran súbditos suyos, obraran como a ellos les gusta, a su antojo, la mayoría de veces! He redactado el presente, porque un día u otro tenía proyectado hacerlo, pero, si hoy lo escribo, es porque he sufrido recientemente las consecuencias dolorosas de envidias “de gente de misa”. Como consecuencia de ello, se han suprimido proyectos y se ha decepcionado a gente de buena fe. Me ha dolido amargamente. Comentándolo con personas de confianza, he oído, esta y otras veces, que me decían: pero si pasa también en mi empresa, si es común entre socios y ejecutivos. Mi dolor ha aumentado: se compara, sin inmutarse, sin horrorizarse, a la Santa Madre Iglesia, esposa amada de Jesucristo, con una vulgar multinacional. Y lo que más me ha penado es que tenían razón. Muchos de los comportamientos de la clerecía obedecen a semejantes vicios. He recordado que ya en el 1957, en unas “Ejercitaciones para un mundo mejor”, del P. Lombardi, se nos advirtió que el pecado amarillo del clero, es la envidia. Me he consolado, pero lamento haberlo sufrido y que otros continúen siendo víctimas de lo mismo.
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