Con flores a María que Madre nuestra es...

Por Antonio García-Moreno

1.- La Madre de Jesús.- Una vez más el mes de Mayo nos trae el recuerdo de nuestra Madre la Virgen María. Unido a tantos y tantas como en este mes honran a María, queremos ofrecerle este reportaje en el que recordemos el momento en que María es designada como Madre nuestra por el mismo Jesucristo, gesto que remata su manifestación de amor desde la Cruz, donde no sólo se entrega a sí mismo como sacrificio redentor, sino que además nos entrega lo que más quería en este mundo, a su propia Madre.

Nos adentramos en el relato de ese momento que nos refiere el Discípulo amado (Jn 19, 25-27). Fue un testigo cualificado pues estuvo presente, junto con la Virgen María, la Madre de Jesús como él la llama, y las otras mujeres. Comienza diciendo: "Estaban de pie junto a la Cruz de Jesús su Madre" (v. 25). Conviene notar la fórmula usada para designar la Cruz que sólo se encuentra aquí. El añadir "de Jesús" no era necesario para la comprensión del texto, pues es obvio que la Virgen estaría junto a la cruz de su hijo. Sin embargo, esa indicación implica cierto énfasis, permitiendo pensar que la Cruz de Jesús no hay que considerarla sólo en sentido material en cuanto Cristo pende de ella, sino también en sentido espiritual en cuanto es instrumento imprescindible en el cumplimiento de la "hora" redentora de Jesús. Por otro lado, se trata de expresar más una proximidad moral que física, Por eso puede pensarse que el evangelista indica una proximidad al Crucificado más que a la Cruz.

De donde se deduce un sentido más profundo de la presencia de las mujeres junto a la Cruz. No sólo están físicamente, como meras espectadoras, sino en cierto modo actúan y participan en el misterio del Crucificado. No sólo ven y contemplan aquello como espectadores pasivos -esto parece ser la perspectiva de Mt y Mc que dicen "mirando"-, sino que de algún modo participan de forma activa en el drama del Calvario.

"Jesús viendo a su Madre y junto a ella al discípulo que él amaba dijo a su Madre: he ahí a tu hijo. Luego dice al discípulo: he ahí a tu Madre". Es digna de notar la fórmula literaria (Mujer he ahí a tu hijo... he ahí a tu madre), en la que conviene señalar que Hay dos miembros presentados en un paralelismo perfecto. Si se tratase sólo de no dejar desamparada a María sería suficiente el segundo miembro (he ahí a tu madre). Pero al dirigirse también a ella para encomendarle a Juan, no se trata sólo del amparo de María. Más bien el discípulo es confiado a María y no al revés.

LA MADRE

La posición de la palabra "madre" en primer lugar muestra la intención de Jesús de dar el principal papel a María, a la que le corresponde una tarea maternal con respecto al discípulo. Así, pues, en el Calvario recibe María una nueva maternidad, que la capacita para representar la paternidad providencial de Dios. Además es encargada de cooperar con su actividad materna a la extensión de la paternidad divina en el mundo. A partir de ese momento aparece la verdadera dimensión de la maternidad de María, resultante de su asociación con el sacrificio redentor de Jesús. De esa forma su maternidad ayuda a entender la paternidad divina, es su representación más entrañable y cercana.

Es curioso cómo San Bernardo ve, en este hecho de recibir a Juan como hijo, el cumplimiento de la profecía de Simeón. Ese dolor de la Virgen apoya su condición de madre, con una referencia implícita a las palabras de Jesús cuando habla de los dolores de la mujer al dar a luz a su hijo (Jn 16, 21). Junto con el dolor no podemos olvidar el gozo de la mujer tras el nacimiento de su hijo. Esa alegría de la mujer se refleja en el Antiguo Testamento. Así, en ese sentido, Sofonías (3, 14-17) habla de la alegría de la hija de Sión, reflejada en el canto del Magníficat.

Sólo María recibe un título, "mujer", que ciertamente resulta solemne. Se dice que María está junto a la Cruz de Jesús. Juan sin embargo está junto a María. El discípulo, por tanto, aparece en relación directa a María, casi a su sombra, mientras que María está en relación directa con la Cruz. Se da un esquema literario de Revelación, repetido en otros pasajes del IV Evangelio. su estructura es la siguiente: a) Comienza por un verbo que indica visión: ver, mirar, etc. b) Sigue con el verbo decir al que sigue inmediatamente la partícula i;de, íde, "he ahí". c) Después se presenta una persona bajo un aspecto determinado, o en relación con una misión ignorada, conocida por quien mira y manifestado por él a otros.

En nuestro texto se da el mismo esquema. Jesús en la Cruz ve a su Madre y al discípulo, revelando algo relacionado con ellos y escondido hasta entonces. A María le revela su oficio de Madre, algo que desde ese momento debe ejercer con el discípulo. A éste le revela una determinada filiación respecto a María. Este esquema excluye que Cristo actuara solamente llevado de su amor filial a María, pues además de preocuparse de la madre se preocupa también por el discípulo.

2.- El Discípulo amado. En la fórmula "el discípulo que él amaba" se ha visto al mismo Juan, autor del IV Evangelio, que siempre habla de sí y de su familia en discreto anonimato. Pero ¿no es posible ver algo más en esta fórmula? El autor del IV Evangelio muestra la tendencia de no considerar a las personas reales sólo de modo individual, sino que las estima como tipos de cierta categoría de hombres. De donde no se deduce que dichos personajes no sean históricos. Juan considera como tipos o símbolos a las personas o los hechos acaecidos. Así Nicodemo puede ser considerado como tipo del judaísmo oficial, mientras que la Samaritana seria tipo del judaísmo separado.

De ahí que el Discípulo amado pueda ser entendido con un valor de símbolo. Ante todo es preciso afirmar que la predilección de Cristo por él no tiene un sentido exclusivo, como si Jesús no amara también a los demás. Al mismo Judas le permite que le bese ante todos y le llama, cuando le traiciona, amigo. Sin embargo, no hay inconveniente en reconocer la predilección de Cristo por ese discípulo, lo mismo que la tuvo por Pedro y Santiago, a quienes junto con Juan les elige para ser testigos de su gloria en el Tabor, y de su agonía en Getsemaní. Por otro lado, si tenemos en cuenta que Jesús nos enseña no sólo con palabras sino también con gestos, se puede pensar que, en ese hecho, el Maestro nos señala cómo ha de ser el discípulo ideal, y al mismo tiempo nos muestra el profundo amor que él nos tiene, si le somos fieles hasta en la Cruz y la muerte, como lo fue aquel discípulo.

CUATRO VECES

La fórmula, "el Discípulo amado", se da en el IV Evangelio varias veces, ratificada por el hecho de haberse recostado dicho discípulo en el pecho de Jesús, manifestación evidente del especial amor de Cristo por aquel. Bien podemos decir que esta expresión es, por tanto, elegida para designar también, simbólicamente, a todo discípulo en cuanto se encuentra en la esfera del amor de Cristo. Esta conclusión es admitida por algunos protestantes. Así Dibelius afirma que “el discípulo que Jesús amaba es el hombre de fe... el que representa a todos los discípulos que, en sus relaciones con Dios, han venido a ser los hermanos de Jesús”. Esta interpretación se encuentra también usada por los últimos Sumos Pontífices. Así, por ejemplo, dice Juan Pablo II: "María participa de la entrega que el Hijo hace de sí mismo: ofrece a Jesús, lo da, lo engendra definitivamente para nosotros. El "sí" de la anunciación madura plenamente en la Cruz, cuando llega para María el tiempo de acoger y engendrar como hijo a cada hombre que se hace discípulo, derramando sobre él el amor redentor del Hijo" ( Enc. Evangelium vitae, n. 103).

Luego ese discípulo presente en el Calvario junto a María, encomendado a su cuidado de Mujer y Madre, es el símbolo de todos los discípulos fieles a Cristo, esos que él mismo entrega a su Madre como hijos. Esos que reciben a María, la Madre de Jesús, como propia. "Nos atrevemos a decir -escribe Orígenes- que la flor de las Escrituras son los Evangelios, y la flor de los Evangelios es el de San Juan. Pero nadie sabrá comprender su sentido si no ha re¬posado en el pecho de Jesús y recibido a María como Madre. Mas para ser como Juan es preciso poder, como él, ser mostrado por Jesús como otro Jesús. En efecto, si María no ha tenido más hijos que Jesús, y Jesús dice a su Madre: 'He ahí a tu hijo', y no 'He ahí otro hijo', entonces es como si él dijera: 'Ahí tienes a Jesús, a quien tú has dado la vida'. Efectivamente, cualquiera que se ha identificado con Cristo no vive más para sí, sino que Cristo vive en él (cfr. Ga 2, 20) y puesto que en él vive Cristo, de él dice Jesús a María: He ahí a tu hijo: a Cristo”. Por tanto, Maria es la madre de la Iglesia ya que es madre de todos los creyentes que la forman.

Al mismo tiempo, y desde otra perspectiva, María es figura de la Iglesia Madre porque también ésta infunde a los hombres, mediante el Bautismo, la nueva vida como hijos de Dios. Esta interrelación de María y la Iglesia también está presente en la visión de la Mujer en el Apocalipsis.

FIGURA Y MADRE

Es cierto que resulta extraño que María sea figura de la Iglesia y también Madre de la misma. Todo se explica si consideramos que María es figura de la Iglesia en cuanto que ésta es madre de los cristianos a los que da la vida de la gracia mediante los sacramentos; pero es también Madre de la Iglesia en cuanto que en ella están todos los creyentes que son sus hijos por voluntad de Cristo en la cruz. Parece evidente que si María es madre de Cristo y la Iglesia es el Cuerpo místico de Cristo, María es madre de la Cabeza y del Cuerpo. Todo tiene su fundamento en el plano teológico y sobrenatural, donde las comparaciones nos ayudan a entender algo de lo que en realidad pertenece a la esfera sobrenatural, y sólo por la fe se puede aceptar.

Señalemos, por último, que mediante la palabra "madre", se abra y se cierra la escena. Ese entrañable vocablo que, además, aparece cinco veces en tan sólo tres versículos. De cuanto hemos expuesto se deduce: Primero, aquí es constituida e iniciada la maternidad espiritual de María. Esas palabras son causativas, más que meramente declarativas, esto es, las palabras de Cristo no son meramente narrativas sino constitutivas, eficaces pues hacen lo que dicen. Por tanto, todos los discípulos de Cristo, todos los cristianos, son hechos hijos de María, ya que en el discípulo amado estaban representados todos los demás discípulos.

Por otra parte, este acto de Cristo completa su obra siendo un acto del amor supremo con el que amó a los suyos hasta el fin, incluidos todos los discípulos que en el momento de la muerte de Jesús estaban presentes en la figura de Juan, a los que el Señor recuerda al pedir por cuantos creyeran en la predicación de sus apóstoles. "La unión del discípulo amado -dice Hoskiyns, no católico- con la Madre de Jesús, es una imagen y figura de la Caridad de la Iglesia de Dios. María, Madre del Señor, es hecha Madre de los creyentes, designando el discípulo amado al fiel cristiano."

3.- Cumplimiento de las Escritura.- Toda esta sección está llena de citas bíblicas, por lo que cabe preguntar si en los vv. 26-27 existe algún cumplimiento de la Sagrada Escritura. A esta cuestión se presta también el hecho de que Jesús use el título de "mujer" para nombrar a su Madre. Esto no era normal en aquellos tiempos, como a veces se ha dicho para explicar esa dificultad. También es digno de notar que Juan nunca nombra a la Virgen por su nombre, María, sino que la llama siempre la Madre de Jesús. Según Luzarraga, el nombre de la Virgen era tan conocido por sus lectores que “no necesitaba explicitarlo. Por eso en su concentración cristológica lo omite, en fuerza de su interés por mostrar a esta “mujer” (Jn 2, 4; 19, 26) como esencialmente referida al misterio de Jesús”.

Por tanto, el llamarla “mujer” es un detalle que nos permite pensar que no era considerada simplemente en un plano familiar y ordinario, sino que es considerada como quien tiene una función específica, incluso especial. Es de notar que, tanto en Caná como aquí, se pasa del título "Madre de Jesús" al de "Mujer". En este titulo podemos ver dos aspectos:

Uno negativo: Jesús llama "Mujer" a su Madre para oscurecer su condición materna, indicando que las relaciones familiares y personales han de desaparecer ante el papel de Corredentora que, en el plano mesiánico, empieza en ese momento para la Virgen.

Otro positivo: Alusión a la "hora" de Jesús que se indica por vez primera en Caná y, como sabemos, alude al momento de la muerte y resurrección de Cristo. Cuando esto llega, cesa la separación o distancia que Jesús indicó en su sorprendente contestación en Caná a María y se pasa al plano mesiánico. En este plano, la Madre de Jesús, desde el día en que su hijo muere en la cruz, ejerce su misión de Madre respecto a los que después del sacrificio de Cristo comienzan a ser por el Bautismo hijos de Dios y hermanos entre sí. La maternidad física -relación personal de María con Jesús- se hace maternidad espiritual en el momento en que se consuma la obra redentora de Cristo -relación de María con los redimidos-. Por tanto, su maternidad se sublima y ensancha hasta incluir a todos los cristianos representados por el Discípulo amado.

“MUJER”

a) Así se explica este título de "Mujer", que en labios de Jesús es un título mesiánico. Los autores admiten generalmente que este título tiene su fundamento en la Escritura y, por lo tanto, contiene uno de esos textos que se cumplen en Cristo. Sin embargo, no todos coinciden al determinar concretamente el texto en que se apoya. Se dan varias opiniones: a) Algunos, como Gätchter y Braun, recurren al Génesis cuando habla de la Mujer vencedora de la Serpiente, que según ellos confirma la magnífica visión del Apocalipsis (Ap 12, 1-6), donde hay una referencia clara al Génesis, y donde la Madre de Jesús es llamada "Mujer". Así, pues, María es asociada con el Hijo que es sacrificado como Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

Sin embargo hay que reconocer que la escena del Calvario difiere mucho de la escena descrita en el Apocalipsis. En el Calvario no hay propiamente ninguna referencia a la victoria sobre la Serpiente, y la escena no pertenece al género apocalíptico. Se insiste más en el aspecto positivo de la salvación comunicada, sin alusión a los aspectos que podemos llamar negativos de la victoria sobre el enemigo.

b) Kerrigan y De la Potterie, buscan el origen del título de "Mujer" en la figura de la "Nueva Sión" preanunciada en el Antiguo Testamento. A María le es aplicada esa función materna espiritual siendo ella la "Nueva Sión". La tradición medieval así lo comprendió. En efecto Sto Tomás habla de María como figura de la Sinagoga, como la “Madre-Sión”. Por otro lado, el “haced lo que él os diga recuerdan las palabras de Israel cuando confirman la Alianza, o se renuevan los compromisos. María representa aquí la comunidad escatológica y mesiánica en el contexto de la Nueva Alianza. Ella es la personificación de la Iglesia antes de Cristo. Sin embargo, en todo el Antiguo Testamento sólo una vez se llama "Madre" a Sión (cfr. Sal 87, 5) y nunca se le da el título de "Mujer". Se le llama "Hija" o "Virgen", nombres que no se aplican a María.

c) Otros, como Dubarle y Hoskiyns, se remiten también al Protoevangelio. Sin embargo, no resaltan el aspecto negativo de la victoria sobre la Serpiente, como los de la primera sentencia. Se fijan más bien en el aspecto de la maternidad de Eva sobre todos los vivientes. De esta forma resulta más coherente recurrir en este pasaje a Gn 3, 15, donde la mujer es sólo la madre de los vivientes y su función se proyecta sobre sus hijos.

Según esto en el Calvario hay una inclusión con Caná y se cumple una profecía, la del Protoevangelio cuyo sentido más pleno anuncia a María. La antítesis Eva-María está presente en algunos Padres y arranca de la Anunciación según Lc 1, 26-38 y se perfecciona en el Calvario según Jn 19 25-27 Dice Gn 3, 20: "Adán llamó Eva (LXX: Zoé, vida) a su mujer, por ser la madre de todos los vivientes (zónton)”. Según esta opinión María es designada por Jesús como "Mujer", aludiendo al texto de Génesis (3, 20), ya que en este momento María comienza a ser en la era mesiánica "Madre de todos los vivientes", de los discípulos, de todos los creyentes en Jesús. Se da la recapitulación de Eva en María, obediente en contraste con la desobediencia de la primera mujer. De este modo la maternidad de María alcanza una nueva dimensión. Unida al sacrificio de su Hijo, recibe de él su misión materna respecto a la comunidad de los creyentes. Se evoca, además de la segunda Eva, la nueva creación de que habla tanto Isaías como el Apocalipsis. La relación, por tanto, de María con el Protoevangelio es doble: como Madre en el Evangelio y como Vencedora en el Apocalipsis.

MADRE E HIJO

Respecto al tema de la Mujer, nos parece interesante la reflexión que hace Simoens al afirmar que, en este paralelismo con la creación, hay en las palabras de Jesús dos referencias, una al hombre y otra a la mujer, indisociables entre sí según los relatos del Génesis. En las palabras dirigidas a la mujer, el texto enseña que la vocación y la identidad del hombre consiste en ser hijo. En cambio, en las palabras que Jesús dirige al discípulo se muestra que la vocación y la identidad de la mujer consiste en ser madre. Esta relación complementaria entre el hombre y la mujer que se da en el Calvario, refleja la creación de uno y otro “a imagen y semejanza” de Dios en el amor•

Siguiendo con la exégesis del texto leemos: "desde aquella hora" (Jn 19 27), frase que se puede entender como "desde aquel momento", o bien "desde aquella hora" haciendo referencia a la "hora" de Jesús. Podemos decir que ni por la primera ni por la otra sentencia se dan argumentos definitivos.

El vocablo élaben, griego ("accepit" dice la Neovulgata), se puede traducir con tres significados: 1) La tomó con él, es la generalmente admitida (Bultmann, Lagrange, Loisy, Osty, Wikenhauser). Sin embargo, las palabras de Jesús expresan otra cosa. María le es confiada más como una madre a la que venerar, que como una mujer a la que proteger. 2) Él la recibió en su casa, pues no es un objeto que se toma, sino de una persona a la que se acoge; se trata no sólo de una protección sino de una acogida como algo personal y parte de la propia familia. 3) La recibe entre sus bienes. El verbo griego lambáno, conlleva fe, en sentido que implica confianza y amor. 4) La recibe como su bien. Hay una intimidad materno filial. Una realidad simbólica aunque real que tiene un valor ejemplar, en cuanto que todo discípulo de Cristo ha de recibir y acoger a María como su propia madre. En definitiva, tenemos dos versiones principales 1) "La tomó en su compañía" (Bover), "II la prit chez lui" (Mollat). 2) "La acogió (recibió) en su casa" (Colunga). "II la reçut chez lui" (Braun). Esta segunda versión es preferible ya que el Verbo lambáno, "reci¬bir", nunca tiene en Juan un sentido meramente pasivo, sino que denota siempre una cierta actividad receptiva. En nuestro caso denota una actitud acogedora en el sujeto que recibe, abriéndose hacia el sujeto recibido. Así la traducción más correcta no es "tomar" o "coger", sino "recibir" o "acoger".

"En su casa": puede significar en "lo que le es propio", es decir, el lugar donde se guardan las cosas propias. María, por tanto, es recibida por Juan en su propia casa, como alguien de la propia familia.

Después de este hecho, la Virgen aparece con los apóstoles en Jerusalén. Pero a partir de ahí no se sabe con certeza qué fue de María. La tradición suple de nuevo la carencia de noticias bíblicas. Y según noticias muy antiguas, María vino a Éfeso acompañando a Juan. Quizás conviene recordar que Jesús no sólo se preocupa en la cruz de que Juan cuide a María, sino también de que su Madre no abandone a Juan y lo proteja. De ahí que no es inverosímil que María viniera a Éfeso para acompañar a Juan. Es cierto que otra tradición, apoyada en el apócrifo Evangelio de Santiago, habla de como María muere en Jerusalén y desde allí es elevada al cielo. Algunos consideran incompatibles ambas tradiciones y se inclinan bien por una, bien por otra. Sin embargo, pienso que se pueden coordinar si pensamos que María vino a Éfeso y vivió allí unos años. Luego volvería a Jerusalén, en donde terminó sus días sobre la tierra.

EN ÉFESO

Respecto a la tradición efesina hay indicios de que en el Medioevo los cristianos de aquella región venían a rezar a la Virgen María. Por otro lado, existen unas revelaciones privadas de una religiosa de Westfalia, Ana Catalina Emmerik, que en su convento de Münster, revive la pasión y se le reproducen las cinco llagas del Señor. En una de esas revelaciones habla de que María la Virgen vivió en una montaña a tres kilómetros de Éfeso. Algunas excavaciones apoyan de alguna forma las revelaciones de la monja prusiana. Pero es preciso reconocer que son datos sin un valor decisivo. No obstante, sí suficientes para fundamentar la religiosidad popular que ha mantenido su devoción por la humilde casa, donde moró la Virgen con el Discípulo amado de Jesús. También los musulmanes veneran a la Madre de Jesús y llaman a este lugar Meryem Ana Evi, es decir la Casa de María la madre. Esa devoción de los musulmanes por la Virgen hace posible, en esta zona al menos, la convivencia pacífica de cristianos y musulmanes. Se da, pues, una doble tradición. Históricamente, ninguna de las dos tradiciones tienen fundamento definitivo. Para algunos la tradición efesina parece más probable. Sin embargo, la tradición jerosolimitana está apoyada por los apócrifos y por la existencia de la tumba de María en el Cedrón, donde hay una iglesia del tiempo de los cruzados.

4.- Conclusión.- La maternidad espiritual de María está, aunque de forma indirecta, afirmada en este texto, pues si María es madre de Cristo, también lo es en el plano espiritual de su cuerpo místico que es la Iglesia. Sin embargo, en cierto modo hasta el s. VIII no se manifiesta esta interpretación de forma explícita. La tardanza en interpretar Jn 19, 25-27 en el sentido de la maternidad espiritual se debe al temor que tenían los Padres de hacer sombra a Jesús, único Redentor y Mediador. No obstante ya Orígenes, refiriéndose al pasaje joánico del Calvario, habla sobre la necesidad de tener como madre a María para entender el Evangelio. Es lógico que sea así pues, en definitiva, la maternidad espiritual de María está estrechamente vinculada a la muerte de Cristo en la Cruz

De todos modos, no se trata de una mera consecuencia o de una piadosa acomodación, sino que del texto, considerado en sí mismo y en su contexto, se deduce dicha verdad. Se trata, pues, de un sentido literal, el realmente genuino en la Sagrada Escritura ya que, según la "Divino Afflante Spiritu", la norma principal de interpretación es aquella en virtud de la cual se averigua con precisión y se define qué es lo que el autor pretendió decir.

SU PORVENIR

Sin embargo, como hemos visto, en nuestro caso concreto, los autores distinguen que el "sensus dictionis" es distinto del "sensus scriptionis". Es decir, cuando Jesús habló a María y a Juan, el evangelista no comprendió aún el sentido profundo y teológico de todo ello, y entonces solamente pensó en un testamento doméstico, por el que Jesús atendía filialmente al porvenir de su Madre. Además, dadas las circunstancias solemnes en las que esto sucedía, Cristo colgado de la Cruz, era como el maestro sentado en la cátedra que enseña a ocuparse de los padres desvalidos. Sin embargo, cuanto ocurrió luego hizo comprender a Juan que las palabras de Jesús tenían un sentido más profundo. En efecto, con el transcurso del tiempo, considerando todos esos hechos bajo la luz del Espíritu Santo y metido en la vida de la Iglesia, descubrió el valor simbólico de la presencia de María en el Calvario y de él mismo, entendiendo entonces el sentido profundo de las palabras de Jesús, que han de ser entendidas en su conjunto, pues se entrelazan y explican mutuamente.

De todo lo expuesto sostenemos que María es constituida Madre de la Iglesia cuando Jesús está para morir en la Cruz. En efecto, como dice Mollat: "El contexto (vv. 24. 28. 36. 37) y el carácter peculiar de la designación "Mujer" parecen indicar que el evangelista ve aquí un acto que sobrepasa la simple piedad filial: la proclamación de la maternidad espiritual de María, nueva Eva, con respecto a los creyentes representados por el discípulo amado (cfr. Jn 15, 10-15)". El texto citado por Mollat habla del amor de Cristo por sus discípulos y de cómo han de corresponder. Es uno de los pasajes más entrañables y emotivos de los sermones del adios. En efecto, Jesús les dice que como el Padre amó, así les ama él a ellos. Añade que si guardan sus mandamientos permanecerán en su amor, lo mismo que él guarda los mandamientos del Padre y permanece en su amor. Entonces establece la norma príncipe del discipulado cristiano, que se amen unos a otros como él los ha amado. Añade que nadie tiene amor más grande que quien da la vida por el amado, y que ya no les llama siervos. De donde, todos y cada uno somos un discípulo amado para Jesús, aunque haya uno que reciba ese título por representar a los demás. Él nos recuerda que para seguir siéndolo es preciso, como enseña Orígenes, apoyar la cabeza en el costado de Cristo y acoger a María como Madre nuestra.