XXI Domingo del Tiempo Ordinario
26 de agosto de 2018

La homilía de Betania


 

1.- SER MUY HUMILDES Y SINCEROS

Por Antonio García-Moreno

2.- ¿NOS MARCHAMOS O NOS QUEDAMOS?

Por Javier Leoz

3.- PALABRAS DE VIDA

Por José María Martín OSA

4.- LA FE, COMO APUESTA VITAL DEFINITIVA

Por Gabriel González del Estal

5.- ABANDONO Y DISCREPANCIA

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


DEPORTE DE RIESGO: LA FE

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- SER MUY HUMILDES Y SINCEROS

Por Antonio García-Moreno

1.- Mujer y marido.- "Las mujeres que se sometan a sus maridos como al Señor, porque el marido es cabeza de la mujer; así como Cristo es cabeza de la Iglesia" (Ef 5, 22). Estas palabras de San Pablo dan la impresión de que era un tanto antifeminista, como si estuviera en contra de la igualdad del hombre y de la mujer. Pero hay que reconocer que sólo es una impresión, sacada además de unas frases sueltas. El mismo apóstol dirá en otro lugar que ante Cristo no hay griego ni judío, ni hombre ni mujer, sino que todos son iguales ante el Señor. Palabras que sin duda resultaban atrevidas en el tiempo en que se dijeron, cuando la misma sociedad consideraba a la mujer como un ser inferior respecto del hombre.

Y, en realidad, esa condición de la mujer sobre la que habla aquí el Apóstol no supone un menoscabo hacia ella, como si fuese una especie de esclava de su marido, o de criada gratuita, sin voz ni voto, con la única finalidad de trabajar y de dar hijos al marido… En realidad, lo que Pablo quiere decir es que la mujer ha de estar dispuesta a ser esposa y madre, con todo lo que eso lleva consigo de honor y de responsabilidad. Desligarse de esas dos facetas de su vida familiar, como mujer casada, es destruirse a sí misma y hacer del hogar un infierno en donde no se puede vivir.

San Pablo pasa luego al reverso de la medalla. Se enfrenta con el hombre y le recuerda la gravedad de la misión que, al casarse, ha puesto Dios sobre sus hombros. Ante todo ha de amar a su esposa como Cristo amó a su Iglesia, nada menos. Y sigue diciendo: "Él se entregó a sí mismo por ella para consagrarla, purificándola con el baño del agua y de la palabra, y para colocarla ante sí gloriosa, la Iglesia, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino casta e inmaculada. Así deben también los maridos amar a sus mujeres, como cuerpos suyos que son".

"Amar a su mujer es amarse a sí mismo, añade -San Pablo. Pues nadie jamás ha odiado su propia carne, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne..." Ojalá, tanto la mujer como el marido, se percaten de lo que significan estas palabras y se esfuercen por vivirlas. Sólo así se salvará la familia y con ella toda la sociedad.

2.- Sólo los humildes.- Este modo de hablar es inadmisible, dijeron muchos de los que escucharon las palabras del Maestro divino, sobre la necesidad de comer su carne y de beber su sangre. Hoy también hay quienes repiten lo mismo, quienes se echan atrás a la hora de ser consecuentes con las exigencias, a veces duras, que comporta la fe. Son los que ven las cosas con criterios humanos, juzgan los hechos con medidas terrenas; olvidan que sólo con la fe y la esperanza, con un grande y profundo amor, podremos entender y aceptar la revelación de Dios.

Jesús les explica de alguna manera el sentido de sus palabras sobre la Eucaristía. Les hace comprender que lo que ha dicho tiene un sentido más profundo, del que parece a simple vista. Su carne y su sangre son ciertamente comida y bebida, pero no en un sentido meramente físico, como si se tratase de una forma de canibalismo. Se trata de algo muy distinto que, en definitiva, sólo por medio de la fe se puede aceptar y, en cierto modo, hasta entender.

Lo que sí hay que destacar es que Jesús no se desdice de lo que ha dicho acerca de su presencia real en la Eucaristía, y sobre la inmolación de su cuerpo y su sangre en sacrificio redentor por todos los hombres. Por otra parte, es preciso subrayar que en ocasiones seguir a Cristo supone negarse a sí mismo, dejar el propio criterio y abandonarse en la palabra y en las manos de Dios.

Para eso hay que ser muy humildes y sinceros con nosotros mismos. En el fondo, humildad y sinceridad se identifican. Se trata, en una palabra, de reconocer la propia limitación de entendimiento y comprensión, aceptar que uno es muy poca cosa para captar bien todo lo referente a Dios. Fiarse del más sabio y del más fuerte, saberse pequeño y torpe, escuchar con sencillez al Señor.

Entonces sí "comprenderemos", entonces sí aceptaremos. Dios que siente debilidad por los humildes, nos iluminará la mente y nos encenderá el corazón, para que la dicha y la paz inunden nuestro espíritu, en ese acercamiento supremo entre Dios y el hombre, que se realiza en la Sagrada Eucaristía.


2.- ¿NOS MARCHAMOS O NOS QUEDAMOS?

Por Javier Leoz

1. - Jesús no dejó indiferente a nadie. Cuando tuvo que hablar, alto y claro, lo hizo. Sin componendas ni miramientos. Aún a riesgo de perder, por exigir demasiado, a gran parte de los suyos. Pero es que, Jesús, quería eso: autenticidad y sinceridad en sus seguidores.

La predicación de Jesús, lejos de ser una imposición, era y sigue siendo una propuesta. A nadie se nos obliga a llevar la cruz en el pecho y, mucho menos, a decir que somos cristianos si –por lo que sea- no lo tenemos claro.

Hoy, con más severidad que nunca, estamos viviendo una deserción de la práctica de fe. Parece que lo que se lleva, es decir “no soy practicante” “a mi la Iglesia no me va” “paso de rollos religiosos”. En el fondo, hay un tema más grave: nadie queremos complicaciones. Los compromisos, de por vida, nos asustan; como en el evangelio de este domingo: encrespó el modo de expresarse y las directrices que marcaba Jesús de Nazaret.

2. - El Señor, porque sabe y conoce muy bien nuestra debilidad, siempre tiene sus puertas abiertas: unas veces para entrar y gozar con su presencia y, otras, igual de abiertas para marcharnos cuando –por lo que sea- nos resulta imposible cumplir con sus mandatos. Ahora bien; permanecer con El, nos lo garantiza el Espíritu, es tener la firme convicción de que nunca nos dejará solos. De que compartirá nuestros pesares y sufrimientos, ideales y sueños, fracasos y triunfos. Porque, fiarse del Señor, es comprender que no existen los grandes inconvenientes sino el combate, el buen combate desde la fe. Y, Jesús, nos adiestra y nos anima en esa lucha contra el mal y a favor del bien.

--¿Cuándo hemos dejado al Señor sólo?

--¿Sabemos estar en su presencia sin más compañía que el silencio?

--¿Nos planteamos, con frecuencia, lo que significa y conlleva el ser cristianos?

--¿Nos duele, en algún momento, la proclamación de la Palabra de Dios?

Estos interrogantes, al final de esta breve reflexión dominical, pretenden incentivar nuestra fe dormida. Si creemos y servimos al Señor, que lo hagamos con valentía, con transparencia y sabedores de que, seguirle, aunque no sea un camino de rosas, merece la pena.

3.- VOY CONTIGO, SEÑOR

Porque eres el único que permanece,

la verdad que nos hace libres

el sol que, más allá del que alumbra en lo alto,

nos alumbra una eternidad en el cielo.

Te lo prometo, Señor; yo no me voy

Porque, en el mundo, cambian muchas cosas

Lo que es amor, luego se convierte en egoísmo

Lo que es gratuito, a continuación es alto precio.

Tú, en cambio Señor, cumples lo que prometes

con un amor leal, legal y sin límites.

¿Se puede pedir algo más santo y bueno, Señor?

 

VOY CONTIGO, SEÑOR

Porque, en medio del recio viento,

eres veleta que orienta para no perderme

Porque, en medio del bravío mar,

eres timón seguro que siempre lleva a buen puerto

Porque, si miro hacia atrás,

sé que el arado que agarra mis manos

no podrá trabajar con la misma fuerza y hondura

que mirándote a los ojos, Señor.

 

VOY CONTIGO, SEÑOR

Ayúdame a no desertar, a no alejarme de Ti

Te doy las gracias,

por la libertad que me ofreces para seguirte

Te doy las gracias,

porque, aún en medio de tanta seducción,

sigues optando por mí,

sigues esperando mi respuesta

sigues añorando mi presencia.

 

VOY CONTIGO, SEÑOR

Ayúdame a cumplir con este reto,

con esta firme propuesta:

quiero estar contigo, Señor

Quiero estar a tu lado, siempre, Señor.


3.- PALABRAS DE VIDA

Por José María Martín OSA

1.- Elegir al Dios vivo conduce a la vida. La alianza del Sinaí debe ser aceptada por todas las tribus y renovada por las nuevas generaciones. Josué reúne como una asamblea constituyente del pueblo de Dios. La alianza es una relación con Dios que está siempre naciendo en la respuesta de cada uno de los miembros del pueblo de Israel. Durante la larga marcha a través del desierto Dios se muestra a su pueblo como Señor de la historia, como Aquel que camina, delante de Israel. Su identidad como pueblo y su libertad futura depende ahora de que sigan fieles a Él y no se sometan a los dioses de los amorreos. Es la hora de la gran decisión, y para ello convoca Josué la gran asamblea. El pueblo responde ratificando la alianza del Sinaí: Yahvé, el que lo sacó de la esclavitud de Egipto, será su Dios. Elegir a Yahvé es elegir al Dios vivo, al Dios que libera. Los profetas alzarán su voz para mantener la pureza de la fe en Yahvé contra toda idolatría, pero también contra toda desviación del culto. Esta línea profética llegará a su plenitud en Jesucristo. La fe cristiana, heredada de la fe de Abrahán y de los profetas, es el fermento y el revulsivo que nos hace caminar hacia la sociedad futura y el verdadero reino de Dios

2.- Decisión personal de seguir a Jesús. El discurso de Jesús sobre el pan de vida y más aún las palabras eucarísticas de que es necesario comer su carne y beber su sangre decepcionan y escandalizan a la mayoría de los oyentes. "Muchos discípulos de Jesús al oírlo, dijeron: Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?". Las palabras de Jesús plantean a los oyentes una grave exigencia. La fe no es algo autónomo e independiente sino más bien una decisión personal que incluye la aceptación de Jesús por parte del hombre. Jesús no priva a los oyentes de su decisión personal. "Esto os hace vacilar?". También muchos discípulos, como antes los judíos, empiezan a murmurar, con lo que manifiestan su mala disposición para creer. El tropiezo o el escándalo no se puede evitar. Muchos discípulos abandonan a Jesús, y aun entre los "Doce" que se quedan con él, hay un traidor. Sin embargo, Pedro responde a la pregunta de Jesús haciendo en nombre de sus compañeros una sincera profesión de fe.

3.- En la sociedad moderna vivimos inundados de palabras: anuncios, publicidad, noticiarios, discursos y declaraciones invaden nuestro mundo. Esta “inflación de la palabra” ha penetrado también en algunos sectores de la Iglesia. Es la hora de la “papelorum progressio”, dicen algunos en broma. Se oyen muchas críticas a la predicación de la Iglesia. Nos dicen que no nos entienden, que es una predicación muy fría, descarnada, que no transmitimos entusiasmo. La palabra de Jesús era diferente. Nacía de su propio ser, brotaba de su amor apasionado al Padre y a los hombres. Era una palabra creíble, llena de vida y de verdad. Se entiende la reacción espontánea de Pedro: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna». Uno de los mayores servicios que podemos realizar en la Iglesia es poner la persona y el mensaje de Jesús al alcance de los hombres y mujeres de nuestros días. Ponerles en contacto con su persona. Es lo que está intentando hacer el Papa Francisco, hacer accesible a Jesús, con palabras tomadas de la vida misma. La gente no necesita escuchar nuestras palabras sino las de Jesús. No nos predicamos a nosotros mismos. Sólo las palabras de Jesús son “espíritu y vida”. Es sorprendente ver que, cuando nos esforzamos por presentar a Jesús de manera viva, directa y auténtica, su mensaje resulta más actual que todos nuestros discursos. Lo importante es ayudar a tener experiencia personal de Jesucristo para que puedan decir: "Nosotros creemos y sabemos". La fe, entendida como adhesión personal a Cristo, conduce a un mayor conocimiento de su mensaje y de su persona. Conocer a Jesús, reflexionar su mensaje, asimilar sus actitudes, conduce a una mayor madurez en la fe.


4.- LA FE, COMO APUESTA VITAL DEFINITIVA

Por Gabriel González del Estal

1.- Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna. No sólo fue Pascal, el gran filósofo y matemático francés, el que dijo que la fe religiosa es una apuesta personal conveniente desde un punto de vista estrictamente racional; antes y después de Pascal ya lo habían dicho y hecho otras muchas personas creyentes y responsables. Yo creo que el mismo San Pedro, en este famoso texto que hoy comentamos, decidió seguir a Cristo porque le parecía la solución más conveniente y razonable para él y para sus compañeros. Sí, ya sé que Cristo le dice a pedro que ha sido el Padre el que le ha empujado a tomar esta decisión, pero, en definitiva, esto no es más que decirle que ha sido el Padre el que le ha aconsejado bien. Lo bueno de san Pedro es que en este caso sí se ha dejado conducir por el Espíritu, que “es el que da vida”. La razón última que le ha llevado a san Pedro a tomar esta decisión de seguir a Cristo es que, entre las dos opciones posibles, esta es la más aconsejable, porque sólo Cristo tiene palabras de vida eterna. No hay duda de que lo que Cristo les había dicho sobre el pan de vida y sobre la necesidad de creer en él para obtener la vida eterna era difícil de creer, era “un modo de hablar duro”, pero, si no creían a Cristo ¿a quién iban a creer? Algo de esto nos pasa a los cristianos del siglo XXI: seguir a Cristo nos parece una decisión difícil y arriesgada, pero si no apostamos por Cristo ¿por quién podemos apostar? ¿Por nuestros políticos, o por nuestros científicos, o por la selección española de fútbol? Sólo Cristo tiene palabras de vida eterna; todo lo demás son palabras pasajeras y, en muchos casos, tramposas y vacuas.

2.- Si no os parece bien servir al Señor, escoged hoy a quién queréis servir. También Josué les preguntó a las tribus de Israel si querían servir al Señor, o si preferían servir a los ídolos. “Yo y mi casa, les dice, serviremos al Señor”. Y todo el pueblo respondió: “¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a dioses extranjeros! También nosotros serviremos al Señor: ¡es nuestro Dios!” También hoy a nosotros, los cristianos de este siglo XXI, se nos propone frecuentemente la misma pregunta que propuso Josué a su pueblo: ¿queréis servir a Dios, o preferís servir a vuestros actuales ídolos? Y la verdad es que la respuesta de nuestra sociedad no es la respuesta de las tribus de Israel. Los ídolos de nuestro tiempo llenan más estadios y ocupan más espacios en los medios de comunicación que los predicadores del evangelio de Cristo. ¿Porque los ídolos actuales tienen palabras de vida eterna? No, porque nuestra sociedad está tan obsesionada con nuestra vida temporal, que no tiene tiempo, ni ganas, de pensar y creer en la vida eterna. ¡Es una pena!

3.- Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia. San Pablo, para explicar esta afirmación, dice una frase que hoy a más de un joven cristiano le puede parecer fuera de lugar. En concreto, san Pablo dice: “porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia”. Hoy día nos resultaría difícil admitir que el marido sea cabeza de su mujer y que, consecuentemente, debe amar a su mujer porque, lo mismo que Cristo es cabeza de la Iglesia, él es cabeza de su mujer. Lo de amar a la mujer con entrega y generosidad sí lo entiende cualquier marido cristiano, pero lo de amar a la mujer porque él es cabeza de la mujer como Cristo es cabeza de la Iglesia les parece difícil y complicado. Es cierto que, bien explicado, lo de amar a la mujer como Cristo amó a su Iglesia, viene a ser lo mismo que lo de amar a la mujer con entrega y generosidad máxima. Pero esto requiere mucha explicación. Los tiempos de san Pablo no son nuestros tiempos y, consecuentemente, las palabras y los signos que eran claros en tiempos de san Pablo puede ser que hoy no sean tan claros. Afortunadamente, la mujer tiene hoy unos derechos y una consideración social que no tenía en tiempos de san Pablo. Esto es algo de lo que nos alegramos todos los cristianos y debemos tenerlo en cuenta en todos los momentos, y muy especialmente cuando hablamos de las relaciones que deben tener los maridos con sus mujeres.


5.- ABANDONO Y DISCREPANCIA

Por Ángel Gómez Escorial

1. - Muchos de los que seguían a Jesús consideraron muy radicales las palabras de comer y beber su cuerpo y su sangre. Y, además, que los dos eran verdadera comida y bebida, tal como leíamos en el Evangelio del pasado domingo. Él mantiene esa posición y se produce la deserción de un buen número de discípulos. Y esa marcha debió ser tan numerosa que el Señor se vuelve a sus Doce y les pregunta lo mismo. La respuesta de Pedro: "Señor, ¿a quien vamos a acudir?"

2.- Y así es: algunas veces nos ocurre a muchos de nosotros, a los seguidores de este tiempo. Surge un "Señor, a quien vamos a acudir" dicho con la mayor humildad. Lo mejor ante el desconcierto es preguntar al Señor cual es el camino y sin duda nos ayudará en la línea a que se refiere el Salmo 33 que hemos terminado de leer este domingo. Este salmo habla de nuestras angustias y de nuestros gritos al Señor y como nos escucha. Hay mucha angustia en la vida de nuestros días. La relación cotidiana – el trabajo, la convivencia social o familiar, la violencia, el odio generalizado-- con nuestros hermanos y el mundo produce esa angustia que puede ser amplificada por nuestra propia equivocación interior, por sospechar que los males que nos aquejan son peores de lo que en realidad son. Para esos tiempos de angustia y de miedo es ideal la lectura reposada y repetida del Salmo 33.

3. - Jesús como hombre debió sentir una cierta angustia por el abandono de sus discípulos. Ya lo hemos repetido algunas veces, pero merece la pena citar de nuevo la tesis que mantiene Romano Guardini y su obra "El Señor". Decía Guardini que la posibilidad de que la Redención se completara pacíficamente y en los tiempos de Cristo en la tierra fue malográndose a lo largo del periodo de la predicación pública del Señor. Y que, sin duda, esa redención se hubiera completado si el pueblo elegido hubiera reconocido la Misión y la Divinidad del Enviado. No fue así. Y entonces hubo que comenzar el largo periodo de Redención en la que nosotros participamos. Y que ella no estará exenta de graves dificultades, como lo estuvo, en definitiva, el tiempo de Jesús. Ahí en ese pasaje del Evangelio de San Juan se adivina pues el cambio, la ruptura. No sólo estaban en contra los estamentos oficiales y jerárquicos de la religión del pueblo elegido, sino también muchos de los que en un principio había seguido a Jesús.

4. - La atomizada división de los cristianos --iglesias, confesiones, etc.-- produce un efecto terrible, parece como si, junto a nosotros, no hubiera una fuerza superior que nos mantuviera unidos. La discrepancia permanente de los católicos trae mucho males y, también, es un fermento de desunión. Betania se ha planteado desde el principio no alimentar, ni de lejos, dichas discrepancias y, por supuesto, no entrar en los frentes de discusión que las producen. Otra cosa, no obstante, es el derecho a opinar y las posiciones diferentes respecto a un mismo asunto. De la discusión sale la luz y muchas veces cuando cualquiera de nosotros, a solas, medita durante mucho tiempo la solución a una duda, sin encontrar solución; resulta que, un día, en una charla con otra persona encuentra dicha solución sin ningún esfuerzo. Significa entonces que los foros de opinión, la discusión llena de caridad, la posición de criterios con la soberbia bien alejada de nosotros son fundamentales y de una utilidad manifiesta. La gran "revolución" católica de estos tiempos fue el Concilio Vaticano II y sus contenidos se elaboraron mediante la discusión y el encuentro de opiniones de varios cientos de padres conciliares en sesiones que duraron varios años.

5. - No se puede prescindir tampoco del apoyo trascendente al camino interpretativo de los católicos y de la Iglesia. Ahí aparece la asistencia del Espíritu Santo. Para dar paso a su presencia es necesario cerrar los corazones a la soberbia, a la excesiva valoración de nuestras opiniones y a los continuos y sutiles engaños del Maligno. Hay una dimensión del terreno espiritual que no podemos olvidar por muy sabios, honestos o trabajadores que seamos. Lo más negativo es dar la imagen de cristianos que no aman. Pero, por otro lado, la realidad marca que al no sentir la cercanía de Dios en la existencia de todos nosotros, se entran en luchas tan duras y amargas que solo es posible pensar que están inspiradas por alguien que no desea que el Reino de Dios continúe. Es posible que llegado a este punto, algunos expresen su desacuerdo con suave ironía. Sin embargo, es difícil dejar de atribuir la división profunda, el odio entre hermanos, la ruptura y la violencia mutua a la implantación del Mal dentro de nuestros corazones.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


DEPORTE DE RIESGO: LA FE

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Exceptuando los lugares con referencia a Jesús, uno de los que más aprecio de Tierra Santa, es Siquem. No es que lo que allí vea sea majestuoso o especialmente bello, no. me encanta el sitio en sí por varias razones, la que hoy os explico a vosotros, mis queridos jóvenes lectores, es la que se cuenta en el libro de Josué, que se proclama este domingo como primera lectura. El pueblo hebreo se había establecido definitivamente en la tierra prometida, pero los recuerdos de su estancia en Egipto y el contacto con las gentes de su entorno, les había ido pegando costumbres y creencias de la cultura cananea que les rodeaba. Hay cosas que se pueden mezclar, pero que no se pueden diluir, una de ellas es la religiosidad. Como le pasa al agua para el consumo humano, es preciso depurarla, antes de que sea apta del todo para beberla.

2.- Josué, el caudillo sucesor de Moisés, reúne al pueblo en Siquem. Es un lugar muy apto para sus propósitos. Mirando a oriente a su izquierda tienen el monte Ebal y el Garizín a su derecha. Hay que escoger. Les habla con franqueza, les recuerda su historia, las creencias de sus ancestros, pero pone el acento en la Fe en su Dios, que desde su padre Abraham, profesan y reciben de Él ayuda. Deben escoger. Escoger siempre es renunciar a algo. Se lo recuerda. Ellos se comprometen. Para recordar su pacto, Josué levanta una piedra y la clava en el suelo. Será testimonio, será exigencia radical. (esto último, la piedra, no está en el fragmento proclamado hoy, pero pertenece y se escribe a continuación en el mismo libro bíblico)

3.- ¿Os acordáis del evangelio del domingo pasado? ¿Os acordáis del de este domingo? Jesús no retrocede debido a que no le entiendan. No le entienden ni los notables, ni los mismos discípulos. No hay que extrañarse, nadie es capaz de entender este lenguaje, los contenidos que ellos creen que son los que quiere trasmitirles el Señor.

4.- Os confío a este respecto que cuando en ocasiones me he encontrado con alguna pareja de novios y que uno de ellos me dice que no cree en Dios porque no tiene pruebas de que exista, yo le pregunto: ¿sabes el número de su DNI de tu enamorado? No, responde. ¿y cómo es su huella dactilar? Tampoco. ¿tienes una fe de vida suya, reciente, y firmada y rubricada por un juez? Evidentemente, no. Pues tu enamorado no existe, le digo. No me das ninguna prueba de ello y como no está vivo, no puedes pretender compromete en matrimonio. Lo que dices es una estupidez. Yo le quiero y él me ama y ya es suficiente.

5.- Estoy de acuerdo, evidentemente. Algo así supone la respuesta de Pedro: Señor ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna. La Fe es un riesgo. Un deporte espiritual de riesgo, no lo olvidéis. Siento mucho, mis queridas jóvenes lectoras, no tener tiempo para dedicároslo a vosotras hoy y ahora, las que os habéis podido sentir ofendidas por los criterios de Pablo sobre el matrimonio. Están condicionados por la cultura de su tiempo, pero aun así ¿no creéis que tantas mujeres que son víctimas hoy de la violencia de género, violencia sicológica o física, llegando hasta el homicidio o el asesinato, en su situación, hubieran sido felices de recibir de su conyugue un amor semejante al que Cristo tiene por su Iglesia que es lo que exige el apóstol al marido?