Domingo XVII del Tiempo Ordinario
24 de julio de 2016

La homilía de Betania


 

1.- RELACIONES PERSONALES CON DIOS

Por Antonio García-Moreno

2.- EL REGALO DE LLAMAR A DIOS “PADRE”

Por José María Martín OSA

3.- QUÉ REZAMOS CUANDO REZAMOS EL PADRE NUESTRO

Por Gabriel González del Estal

4.- EVANGELIZAR… DE RODILLAS

Por Javier Leoz

5.- LLAMEMOS PAPAÍTO A DIOS

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


REGATEAR ES HUMANO

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- RELACIONES PERSONALES CON DIOS

Por Antonio García-Moreno

1.- SODOMA Y GOMORRA. "En aquellos días el Señor dijo: La acusación contra Sodoma y Gomorra es fuerte y su acusación es grave..." (Gn 18, 20). El hombre tiene una capacidad enorme de corrupción. Puede llegar a límites insospechados de maldad. Y lo terrible es que no son actos aislados los que constituyen la perversidad; se trata de una actitud, de una disposición de ánimo que se hace habitual. La historia de los hombres nos narra cómo en determinados momentos esa maldad es tan grande que llega a encolerizar a Dios. Entonces se desata la ira divina. La tierra se recubre de cadáveres, las lágrimas y la sangre desbordan sus cauces normales y ahogan el corazón del hombre. Y uno escucha, uno lee noticias, uno ve cosas, acciones injustas de los unos y los otros, pecados contra naturaleza que encuentran carta de naturaleza en leyes civilizadas, crímenes como el aborto y la eutanasia que se reconocen como legales. Y uno piensa si Dios no estará a punto de estallar, a punto de romper de nuevo los diques que contienen las aguas y el fuego... Sodoma y Gomorra, ciudades que llegan al límite máximo de perversión. Su pecado provoca una terrible lluvia de azufre y de fuego que, cayendo de lo alto, convierten aquel valle en una profunda fosa de miles de muertos... Ojalá que Dios no se encolerice ante el triste espectáculo que los hombres de hoy presentamos.

"Entonces Abrahán se acercó y dijo a Dios: ¿Es que vas a destruir al inocente con el culpable?" (Gn 18, 23). Abrahán intercede ante Dios. Le asusta la idea del castigo divino. Él cree en el poder infinito del Señor, él sabe que no hay quien le resista. Tiembla al pensar que la ira de Yahveh pueda desencadenarse. Y Abrahán, llevado de la gran confianza que Dios le inspira, se acerca para pedir misericordia. Un diálogo sencillo. Abrahán es audaz en su oración, atrevido hasta la osadía: si hay cincuenta inocentes en la ciudad, ¿los destruirás y no perdonarás a la ciudad por los cincuenta inocentes que hay en ella? ¡Lejos de ti tal cosa...! Dios accede a la proposición. Entonces Abrahán se crece, regatea al Señor el número mínimo de justos que es necesario para obtener el perdón divino. Así, en una última proposición, llega hasta diez justos. Y el Señor concede que si hay esos diez inocentes no destruirá la ciudad. Diez justos. Diez hombres que sean fieles a los planes de Dios. Hombres que vivan en santidad y justicia ante los ojos del Altísimo. Hombres que sean como pararrayos de la justicia divina. Amigos de Dios que le hablen con la misma confianza de Abrahán, que obtengan del Señor, a fuerza de humilde y confiada súplica, el perdón y la misericordia.

2.- ¡ABBA, PADRE!, "Cuando oréis, decid: Padre..." (Lc 11, 2). Muchas son las veces que Jesús aparece en los Evangelios sumido en oración. El evangelista san Lucas es el que más se fija en esa faceta de la vida del Señor y nos la refiere en repetidas ocasiones. Esa costumbre, ese hábito de oración, llama la atención de sus discípulos, los anima a imitarle. Por eso le ruegan que les enseñe a rezar, lo mismo que el Bautista enseñó a sus discípulos. El Maestro no se hace. Rogar y les enseña la oración más bella y profunda que jamás se haya pronunciado: el Padrenuestro. Lo primero que hay que destacar es que nos enseñe a dirigirnos a Dios llamándole Padre. La palabra original aramea es la de Abba, de tan difícil traducción, que lo mismo san Marcos que san Pablo la transmiten tal como suena. Es una palabra tan entrañable, tan llena de ternura filial y de confianza, tan familiar y sencilla, tan infantil casi, que los judíos nunca la emplearon para llamar a Dios. Le llamarán Padre; incluso Isaías lo compararán con una madre, o mejor dicho, con las madres del mundo, pero no lo llamarán nunca Abba.

La misma Iglesia es consciente del atrevimiento que supone dirigirse a Dios con el nombre de Padre, con la confianza y la ternura del hijo pequeño, que suple con un balbuceo su dificultad para pronunciar bien el nombre de padre. Por eso en la liturgia eucarística, antes de la recitación del Padrenuestro, el sacerdote dice que fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo sus divinas enseñanzas, nos atrevemos a decir; "audemus", dice el texto latino, tenemos la audacia. Dios es nuestro Padre y nosotros somos sus hijos pequeños y queridos. Por eso podemos y debemos dirigirnos a él llenos de esperanza, seguros de ser escuchados y atendidos en nuestras necesidades, materiales y espirituales. Es cierto que en ocasiones nos puede parecer que el Señor no nos escucha. Pero nada más lejos de la realidad. Él sabe más y conoce lo que de verdad nos conviene, lo que en definitiva será para nuestro bien, y lo que nos puede perjudicar.

Por otra parte recordemos que esa oración que Jesús nos enseña nos dice que Dios es Padre nuestro. No mío ni tuyo, sino nuestro. Es cierto que las relaciones que Jesús establece entre Dios y el hombre son relaciones personales, de tú a tú. Pero también es verdad que esas relaciones pasan por el prójimo, hasta el punto que si nos olvidamos de los hermanos no podemos llegar hasta el Padre. Así, pues, no se puede ser hijo de Dios sin ser hermano de los hombres. Por eso le llamamos Padre nuestro y pedimos el pan nuestro de cada día y que perdone nuestras deudas -no mis deudas-, al tiempo que prometemos que también nosotros, por amor suyo, perdonamos a nuestros deudores... Termina el pasaje con una exhortación, tres veces repetida, para que pidamos sin descanso. Estas palabras de Jesús dan la impresión, una vez más, de que Dios está más dispuesto a dar que nosotros a pedir.


2.- EL REGALO DE LLAMAR A DIOS “PADRE”

Por José María Martín OSA

1.- “Dios es justo y misericordioso. Abraham es considerado como “amigo de Dios”, porque en él deposita el Señor su confianza. Por eso, Dios revela a Abrahán los planes que tiene sobre la ciudad de Sodoma. Pero el conocimiento que tiene Abrahán de esa revelación le lleva a interceder por éstos delante de Dios. La conversación amistosa de Abrahán con el Señor muestra que Dios rige el mundo con soberana justicia y preocupado por la causa de los débiles y excluidos. Dios está dispuesto a perdonar si se arrepienten y va cediendo ante la insistente intercesión de su amigo Abrahán. Este regateo y esta condescendencia revela hasta qué punto la justicia divina está llena de misericordia. Dios sabe perdonar a los pecadores por amor a los justos y, de ningún modo, es su intención que paguen justos por pecadores

2.- Un Dios que nos ama porque es Padre nuestro. Jesús nos enseña cómo debemos dirigirnos al Padre y qué es lo que tenemos que pedirle en nuestras oraciones. El cristiano no ora tan sólo porque sienta necesidad de hacerlo, sino porque Cristo le ha dicho que lo haga, porque está en comunión con él y con su Padre. La condición esencial de la oración, es pues, la obediencia y la fe que permiten estar unido al Padre; no es ya una cuestión de actitudes o de contenido sino de confianza íntima y desinteresada que no depende, en última instancia, ni de la calle ni de la habitación, ni de oraciones cortas o largas, ni del individuo ni de la comunidad, sino tan sólo de la convicción de tener un Padre y de la obediencia a Cristo que nos dice que le hablemos en su nombre. Santa Teresa escribe que le bastaban las dos palabras “Padre nuestro” para hacer una larga oración... un Dios Padre... un Dios que nos ama.

3.- Le alabamos, le pedimos ayuda, pedimos perdón y que nos aparte del mal. Es la oración más completa que podemos rezar. Pero hemos de hacerlo meditando cada expresión pausadamente. Cuando decimos "que estás en los cielos" no nos referimos a un lugar. Quiere decir que Dios está por encima de todas las cosas terrenas, más allá de nuestro mundo visible. A este Dios santo, que es el totalmente Otro, cuya grandeza no podemos imaginar, le podemos llamar Padre y le alabamos diciendo “santificado sea tu nombre". El nombre se identifica con la persona. Este Dios inalcanzable se ha dado a conocer. Pedimos que se manifieste, se dé a conocer cada vez más y cumpla sus promesas. Las dos peticiones siguientes “venga a nosotros tu reino” y “hágase tu voluntad” insisten en la misma idea de colaborar con él en la instauración de un mundo nuevo. En el Padrenuestro también pedimos el pan cotidiano, que llegue a todos los hombre de una vez para siempre. Pedimos perdón, pues todos somos pecadores. Prometemos que va nuestro perdón por delante. La súplica final en el evangelio de Lucas es que no nos deje caer en la tentación. Ahí está amenazante el peligro de engañarnos a nosotros mismos buscando la felicidad por caminos equivocados. Mateo añadirá “líbranos del mal”, tal como decimos en el padrenuestro que rezamos hoy. Al rezar el padrenuestro estamos poniéndonos en manos de Dios con confianza filial para que nos guíe por el camino adecuado

4.- La eficacia de la oración. La parábola del amigo suplicante de ayuda quiere mostrar únicamente la eficacia de la oración dirigida al Padre. No debemos entenderla como si una petición repetida hasta la saciedad doblegara, por ello mismo, la voluntad de Dios y lo pusiera a nuestra disposición. Dios sigue siendo Dios por encima de la oración del hombre, siempre soberanamente libre, pero la insistencia en la oración, la oración continuada, es una señal de una buena oración, de una fe y de una esperanza que son don de Dios. Y si Dios nos concede ese modo de orar, también nos dará lo que le pidamos. La oración es eficaz por la bondad del Padre, no por nuestra insistencia o por nuestros méritos. Si ya los hombres, siendo malos como son, no engañan a sus hijos y les dan lo que les piden, con mayor razón el Padre dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan. ¿Qué otra cosa pide el hombre, cuando pide cualquier cosa, que no sea la vida eterna? Pedimos pan, pero lo que deseamos de verdad no es el pan de cada día sino "el pan de vida", es decir, la vida en su plenitud. La oración constante es ya una prueba de que el Padre nos concede el Espíritu Santo y con él la vida eterna. Porque es el mismo Espíritu, que habita en nuestros corazones, el que nos anima a decir confiadamente: "Padre nuestro”.


3.- QUÉ REZAMOS CUANDO REZAMOS EL PADRE NUESTRO

Por Gabriel González del Estal

1.- Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos. Por supuesto, que no voy a decir nada nuevo, pero creo que es muy importante que, cuando rezamos el Padre Nuestro, lo meditemos con sencillez y profundidad. Es la oración principal y más repetida de la Iglesia y no debemos rezarla nunca maquinalmente, sin meditar cada una de las palabras que decimos. Cada una de las siete peticiones del Padre Nuestro es, cada una en sí misma, un compendio de teología Cristiana. Debemos pedirle a Dios que se haga su voluntad en nosotros y en el mundo en el que vivimos. No se trata de pedirle a Dios que haga él nuestra voluntad, sino que nosotros hagamos la suya. Es decir, que en nosotros y en el mundo en el que vivimos se haga una realidad el reino de Dios, que todos santifiquemos su nombre. Debemos pedirle que, por nuestra culpa, a nadie le falte el pan necesario, que perdone nuestros pecados propios y que perdone el pecado del mundo, estando siempre nosotros dispuestos a perdonar a los demás, como Cristo nos perdonó a nosotros. Como de hecho vivimos todos rodeados de tentaciones, tanto de tentaciones que nacen dentro de nosotros mismos, como de tentaciones que nos vienen del exterior, debemos pedirle a Dios que nos dé fuerza para que no caigamos en ninguna tentación, y que nos libre de todo mal y del maligno. Las oraciones que sabemos y recitamos de memoria se convierten muchas veces en oraciones rutinarias, sin que sienta el corazón lo que dice la boca. Por eso, en este domingo, debemos hacer el propósito firme no sólo de rezar, sino de meditar cada día el Padre Nuestro; eso es lo que Cristo hacía y así les enseñó a sus discípulos a hacerlo.

2.- Abrahán continuó: Que no se enfade mi Señor, si hablo un vez más. ¿Y si se encuentran diez? Contestó el Señor: en atención a los diez, no la destruiré. Esta oración, este diálogo del patriarca Abrahán con su amigo Dios es un ejemplo de oración de intercesión. Abrahán porfía con su amigo, Dios, desde la humildad y la confianza. Es un modelo de oración de intercesión para todos nosotros. En la verdadera oración de intercesión no nos mueve el egoísmo, sino la misericordia. En este año de la misericordia, todos los que nos consideramos herederos de la fe del patriarca debemos pedirle a Dios que nos ayude a salvar a tantas personas que se encuentran en la miseria y la marginación. No nos fijemos tanto en las culpas y en las causas de la miseria de estas personas, sino en la realidad miserable y marginal en la que viven. Pensemos siempre en los más pobres, en los enfermos, en los marginados, en los refugiados, en los emigrantes en general. No son, en general, más pecadores que nosotros; entre ellos, como entre nosotros, los hay buenos y malos, mejores y peores. Son, en general, víctimas de las circunstancias familiares y sociales en las que han nacido y vivido las que les han llevado a vivir como viven. Todos queremos vivir bien, ellos y nosotros. Demos gracias a Dios por todas las personas que podemos vivir con dignidad e intercedamos ante Dios y ante los hombres por todos aquellos que, con culpa o sin culpa propia, se han visto forzados a vivir en la mayor miseria y fragilidad. Y hagamos siempre nuestra oración de intercesión con humildad, confianza y perseverancia.

3.- Por el bautismo fuisteis sepultados con Cristo, y habéis resucitado con él, porque habéis creído en la fuerza de Dios que lo resucitó de entre los muertos. En esta Carta a los Colosenses, san Pablo insiste en la idea central de toda su predicación, desde el momento mismo de su conversión a Cristo Jesús: es Cristo el que nos salva, no es la circuncisión, ni el cumplimiento de las demás leyes mosaicas son el requisito necesario para salvarnos. Por el bautismo nos incorporamos a Cristo y por la fuerza de Cristo resucitamos con él. Los cristianos sabemos que Cristo es nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida. Debemos vivir en comunión con Cristo, comulgar con él y dejarnos guiar por él. Para conseguir esto, es bueno que leamos una y otra vez el evangelio de Jesús y que hagamos todos los días el propósito de vivir según el estilo de vida de Cristo, en las circunstancias propias en las que vivimos los cristianos de este siglo XXI. Este siglo nuestro es como un gran cuerpo animado por muchos espíritus que no son el espíritu de Cristo: el espíritu del dinero, del poder, de lo que nos gusta materialmente. Tenemos que trabajar mucho los cristianos para inyectar en nuestro mundo el espíritu de Cristo: espíritu de servicio, de generosidad, de justicia moral, de vida espiritual cristiana. Si no lo hacemos así no estaremos siendo fieles a las promesas que hicimos, o que hicieron en nuestro nombre nuestros padres y padrinos, cuando nos bautizaron. Vivamos como personas bautizados en el espíritu de Cristo y así podremos resucitar con él. Y estemos seguros de que, si lo hacemos así, estaremos contribuyendo a que nuestro mundo sea un poco mejor, es decir, un poco más cristiano.


4.- EVANGELIZAR… DE RODILLAS

Por Javier Leoz

El Papa Francisco, siempre sorprendente con sus “perlas homiléticas” advertía, ahora hace tres años algo que no he podido olvidar: que, la evangelización, se realiza de rodillas. "La difusión del Evangelio no se asegura ni por el número de personas, ni por el prestigio de las instituciones, ni por la cantidad de recursos disponibles. Jesús mandó a sus discípulos a predicar sin bolsa, sin saco y sin sandalias". Nuestra oración insistente, clarifica y nos abre hacia aquello que, por nosotros mismos, somos incapaces de realizar: Dios de una manera segura, simple y suficiente es capaz de colmar nuestras aspiraciones.

1.- Partiendo entonces de una realidad, la Iglesia no es nuestra sino de Dios y es un campo a cultivar por nosotros pero con la fuerza del Espíritu, no nos queda otra –como mejor futuro para el desarrollo de nuestra siembra- que rezar y colocar nuestros esfuerzos apostólicos en las manos de Dios. Lo contrario, además de egocentrismo, significaría tanto como creer que todo depende de nosotros.

¿Qué se nos exige, para nuestra vida de piedad, en este Año de la Fe?

--Algo tan sencillo como el pedir

--Algo tan natural como pedirlo al Padre

--Algo tan fácil como hacerlo a través de Jesús

--Algo tan imprescindible como el solicitarlo con Fe

--Algo tan comprometedor como el permanecer en El

2. Qué dificultades salen al paso de todo ello

+La falta de sinceridad; cuando pedimos sin hacer ver a Dios los móviles verdaderos de nuestra solicitud. No me conviene, pero se lo pido porque me apetece

+La ausencia de reconciliación; cuando estando rotos por dentro intentamos que sea Dios quien resuelva el caos o la guerra de nuestra existencia interna o externa. Ya que otros me lo han impedido

+El egoísmo; cuando conocedores de que la felicidad no siempre se consigue con el tener, nos precipitamos por acaparar lo indecible. Siempre es más bueno tener que necesitar. Le diré a Dios que me restituya lo que me corresponde.

+La falta de paciencia; cuando ante la esterilidad aparente de nuestras oraciones nos aburrimos de hablar amistosamente con Dios y, convertimos la oración, en un medio de instrumentalización: como no me das… ¡te dejo!

+La incredulidad; cuando surgen dudas e interrogantes sobre el fruto y el valor más profundo de la oración. ¡Para qué voy a rezar si Dios está sordo!

El evangelio, de este domingo, nos trae a la memoria una gran realidad: DIOS SE INTERESA POR NOSOTROS. Es ahí donde, el cristiano, descubre que toda su vida –por ser importante para Dios- cobra nuevo impulso cuando se presenta ante El:

 +cuando

3.- Me viene a la memoria la anécdota de aquel náufrago profundamente creyente que pedía y confiaba mucho en Dios, pero que no supo ver su mano en aquel momento donde, en la soledad de una isla, se debatía entre la vida y la muerte.

Llegó una embarcación y el capitán le invitó a subir a proa; el náufrago le contestó: “váyase tranquilo; yo confío en Dios”. Al día siguiente un submarino se percató de la presencia del accidentado y nuevamente le pidieron que recapacitara en su postura y que embarcase; “váyanse tranquilos…confío plenamente en Dios”. Por tercera vez un trasatlántico atisbó las circunstancias trágicas en las que se encontraba el solitario náufrago convidándole una vez más a abandonar la isla. Ante su negativa el crucero siguió su curso.

Cuando pasaron los días y las fuerzas se fueron debilitando el náufrago cerró ojos y se presentó ante Dios increpándole: “¡cómo no has hecho nada por mí en los momentos de peligro!”. “¿no te das cuenta el ridículo en que me has dejado ante mis familiares y amigos cuando yo tanto esperaba de Ti?”. Dios, sigue esta parábola, le cogió por el hombro y le contestó: “amigo; tres embarcaciones te envié y no quisiste ninguna”.

Que nuestra oración sea como la del agua que, por su persistencia y no por su consistencia, es capaz de romper o erosionar la mayor de las rocas. Que nuestra oración sea, sobre todo, unos prismáticos que nos ayuden a ver y aprovechar los signos de la presencia de Dios en nuestra vida. Dicho de otra manera; que la oración sea esa sensibilidad para ver ciertos golpes de gracia…como la mano certera de Dios a nuestras necesidades.

4.- ¡A TIEMPO Y A DESTIEMPO!

Elevaré mis ojos hacia el cielo

buscando, lo que en la tierra, los sentidos

no me dejan ver o percibir con claridad:

tu presencia, Señor.

Levantaré mis manos hacia Ti

porque, si las utilizo sólo para el mundo

caeré en la simple actividad vacía de contenido

pero sin señales de eternidad.

Abriré mi corazón y, con él, mis entrañas

para que, en diálogo sincero contigo

me digas qué camino elegir

por dónde y cuándo avanzar

de que equivocaciones retornar

y en qué he de cimentar mi vivir.

 

¡A TIEMPO Y A DESTIEMPO!

Aunque, a primera vista no exista respuesta,

seguiré rezando y hablando contigo

Aunque, pasen los días, y las nubes sigan presentes

Aunque, discurran las noches, y las estrellas no brillen

Aunque, amanezca la aurora, y el rocío no me sorprenda

Aunque pida calma, y las tormentas, asolen mi alma

 

¡A TIEMPO Y A DESTIEMPO!

Confiaré en Ti, Señor, porque eres palabra que nunca falla

Eres tesoro y eres vida, eres ilusión y eres esperanza

Eres futuro y eres presente

Eres amigo que, en la oración, consuela, levanta

anima, recompone, fortalece y se entrega

Contigo, Señor, hasta la muerte

Contigo, Señor, a tiempo y destiempo

Amén


5.- LLAMEMOS PAPAÍTO A DIOS

Por Ángel Gómez Escorial

1. - Jesús enseña a sus apóstoles el Padrenuestro que es, en muy pocas palabras, la más alta cumbre de la teología. Y nos muestra un Dios Padre que va a ocuparse de nosotros en lo material y en lo espiritual. A Dios podemos pedirle pan y santidad, justicia y paz, protección y futuro. Tras mostrar el Padrenuestro, Jesús comunica dos condiciones de la oración que, a veces, dejamos de cumplir y utilizar. ¿Por qué no rezamos constantemente? ¿Por qué, asimismo, no importunamos a Dios con nuestras peticiones? Dios nos lo va a dar todo. Pero rezamos poco. Y puede ser prueba de nuestra soberbia o de nuestra desesperanza.

2. - Cristo, además, nos mostró un Dios Padre cariñoso y tierno. La grandeza de la presencia de Jesús en la tierra estriba en que, en un momento dado, llegada la plenitud de los tiempos, él explicó --como nadie podía hacerlo-- quien y como era Dios. La ley judía se había endurecido hasta el punto de crear una falta imagen de Dios: fuerte, combativo, justiciero y lejano. El aleluya de la misa de este domingo refleja un texto de San Pablo (Rom 8, 15) y se dice: "Habéis recibido un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace exclamar: ¡Abba, Padre!". Fue –y es—toda una revolución, porque, entre otras cosas, la traducción más cabal de "Abba" se acerca a nuestro "Papá" o, incluso, "Papaíto". Es decir, podemos llamar a Dios "Papaíto" y esa palabra sólo nos produce a nosotros ternura. Se abre un mundo de posibilidades para el hombre a partir del Dios cercano y cariñoso que nos mostró Cristo.

3.- Y ello es, precisamente, la grandeza del cristianismo frente a las otras dos religiones monoteístas, que también honran a Abrahán. Ellos no han recibido el legado de ese conocimiento íntimo y asequible de Dios. Y, sin embargo, Abrahán es considerado por judíos y musulmanes como el amigo de Dios. Abrahán trata con un Dios asequible que admite una negociación sobre la salvación de dos ciudades. Para negociar algo hay que tener cerca con quien se negocia y han de existir unas bases de confianza y entendimiento para hacerlo. Ya el Antiguo Testamento nos mostraba al Dios cercano y entrañable. Pero los hombres de la antigüedad --también nosotros ahora-- olvidaron la verdadera esencia de Dios y prefirieron construir uno a su medida.

4. - San Pablo, en la Carta los Colosenses, va a describir de manera magistral nuestra comunión con Cristo. Sepultados con el Bautismo vamos a resucitar sin pecados. La misericordia de Dios se nota –en la Nueva Alianza—en la posibilidad de continuo perdón por el sacrificio de Jesús. Ese conocimiento de que siempre podemos ser perdonados nos podría dar un exceso de presunción sobre nuestro destino final. Pero no es así. El conocimiento del perdón permanente de Dios nos muestra una vez más la ternura de Dios. Pero rezamos poco. Estamos muy atareados con nuestras pequeñas virtudes y nuestras grandes mezquindades y nos olvidamos que el Señor nos espera, todos los días y todas las horas, en "lo oculto de nuestra habitación", el interior de nuestra alma.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


REGATEAR ES HUMANO

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- La primera lectura de la misa de este domingo, es continuación de la de la semana pasada. Acordaos, mis queridos jóvenes lectores, que dejamos en la jaima al patriarca Abraham con su divinos huéspedes, tres que eran uno, o uno acompañado de dos a su servicio. Si creemos lo primero, sería una revelación anticipada del Misterio de la Santísima Trinidad, como lo imagina la tradición oriental. Si pensamos lo segundo, más fácil para entender el fragmento de hoy, se trataría del Señor acompañado de dos ángeles.

2.- Estaban en la jaima y la esposa Sara escuchaba en silencio y a escondidas en un lugar cercano, pero cuando oyó que hablaban de que iba a tener un hijo, ella, que sabía que su vejez implicaba esterilidad, se rio. ¡reírse de Dios, qué imprudencia! El Señor se lo recrimina, pero no la condena, es la esposa de su amigo. Marchan de Mambré hacia oriente, el camino es de bajada, lo he hecho en coche más de una vez. El Señor y Abraham irían a pie, pausadamente, tal como lo exige un trayecto que en verano puede suponer 40ºC de temperatura.

3.- Para progresar en los negocios es preciso ser cauto y prudente y mantener en secreto proyectos y posibles fracasos. En el seno de la Iglesia, entre gente de misa, se practica con frecuencia el mismo proceder. Facilita el conseguir a corto plazo el éxito y no perder poder. Tal proceder es muy humano, pero no es el del Dios que se ha hecho amigo del Patriarca. A él no quiere ocultarle nada. Le habla confidencialmente. La confidencia supone confianza, os lo digo muchas veces, mis queridos jóvenes lectores. Y la confianza se torna exigencia, no lo olvidéis.

4.- Abraham es un beduino que practica con agilidad el arte de regatear. Baja, le dice el Señor, a inspeccionar el proceder de las gentes que habitan junto al Mar de la Sal o Mar Muerto. Sabe que su obrar es malvado y es preciso castigarlos. Ya que se le ha confiado el Señor, Abraham será sincero, le descubrirá la interioridad de su corazón. Conoce de oídas a aquellas gentes y siente una cierta compasión por ellas. Entre otras razones, porque son convecinas de su sobrino. Seguramente la malicia no será total, le dice. El Señor advierte: sí que lo es. Pero al menos habrá cincuenta personas buenas, que compensen, que no se lo tome a la tremenda. Si hubiera cincuenta, se salvarían todos… No se contenta con la respuesta y con atrevimiento vuelve a insistir, empieza entonces el regateo. El Señor se amolda. En el Cielo no se estila discutir, pero se compenetra con el estilo del que le acompaña… ¡qué Dios tan humano es el que adora Abraham! Los dos amigos se separan tristes, pero la intercesión del Patriarca no será del todo inútil. Se salvará su familia.

5.- El pasaje es muy apropiado para recordar el valor de intercesión. Puestos en la actualidad el concepto que de muchos lugares tendrá Dios no será muy diferente al que tuvo sobre Sodoma y Gomorra. Pero ahora, jalonando territorios, sin exhibirse, aquí y allá, hay comunidades que en silencio adoran al Señor. Nunca se está tan cerca de los hombres, como cuando se reza a Dios por ellos. Si fue atrevido el proceder de Abraham, también la heroicidad de estas comunidades que interceden sin enterarse de los resultados de sus plegarias, nos asombran y las admiramos envidiándolas. Los pararrayos no son sólo conductores de las centellas, de continuo descargan por sus puntas electricidad y disminuyen peligros. Así ejercen tantas comunidades contemplativas a las que debemos estar muy agradecidos.

6.- Estábamos condenados a la desesperanza. Jesús tomó nuestros yerros, se los hizo suyos y los clavó en la cruz, nos recuerda Pablo en el fragmento que proclamamos hoy como segunda lectura de la misa de este domingo. La lectura evangélica es preciosa. Nos ofrece la liturgia de hoy la versión del Padrenuestro según el texto de Lucas. De significado idéntico al que tiene la oración que habitualmente rezamos, pero sus palabras son algo diferentes. Esta diversidad nos facilita que hoy ahondemos en el sentido de la oración que nos legó el Señor. Fijaos, mis queridos jóvenes lectores que les enseña a ellos a rezar después de haber estado Él rezando. Nuestra plegaria, dicho en términos que a algunos de vosotros os gustará y entenderéis, es el logaritmo neperiano de la plegaria del Señor. Infinitamente inferior pero relacionada con la de Él.

7.- Si Abraham fue pesado con su insistencia, Jesús no condena su proceder. Con su parábola tan repleta de colorido costumbrista, nos anima a ser constantes. Aquí es al revés de lo que os decía antes. El proceder del buen hombre refleja, elevado a exponente infinito, el buen obrar de Dios. No solo otorga, añade algo impensable: el don del Espíritu.