Domingo XXXI del Tiempo Ordinario
Conmemoración de todos los Fieles Difuntos
2 de noviembre de 2014

La homilía de Betania


1.- SEGUNDO TOMO DE NUESTRA VIDA

Por Javier Leoz

2.- “EN ÉL BRILLA LA ESPERANZA DE NUESTRA FELIZ RESURRECCIÓN”

Por Pedro Juan Díaz

3.- ¿A QUIÉN TEMERÉ?

Por Antonio García-Moreno

4.- LLAMADOS A VIVIR

Por José María Martín OSA

5.- EL VERDADERO SENTIMIENTO CRISTIANO DE LA MUERTE

Por Gabriel González del Estal

6.- HOY, NO TENGAMOS MIEDO A LA MUERTE

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


LOS DIFUNTOS

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- SEGUNDO TOMO DE NUESTRA VIDA

Por Javier Leoz

“El Señor es bueno para los que en él esperan y lo buscan; es bueno esperar en silencio la salvación del Señor”. “Porque, si nuestra existencia está unida a él en una muerte como la suya, lo estará también en una resurrección como la suya”. “En la casa de mi Padre hay muchas estancias, y me voy a prepararos sitio”.

1.- Estas tres frases, extraídas de las tres lecturas que hemos proclamado en este día, resumen perfectamente esta conmemoración de Todos los Fieles Difuntos. Y al decir “todos” hacemos memoria de todos aquellos que, desde tiempos pretéritos hasta el presente, fueron fieles a la fe y murieron con un sólo y firme pensamiento: Cristo resucitó y yo, porque creo, resucitaré.

Desde que el hombre nace anda buscando mil motivos para vivir y otros tantos para ser feliz. Pero siempre, tarde o temprano, en aquella esquina más insospechada, la mala suerte o la misma muerte sale a su encuentro. Llevamos ya muchos años intentando maquillar esa realidad. Preparamos a los niños y a los jóvenes para el éxito pero nadie les habla del fracaso. Les presentamos un mundo idílico, con un escaparate de luz, atracción, sonido y color, pero nadie les recuerda (porque no es políticamente correcto) que también ellos en cualquier instante pueden darse de bruces con el silencio de la muerte.

Qué distinto sería si, como cristianos, intentásemos recordar una realidad: desde el momento en que nacemos comenzamos a morir pero, desde el instante en el que morimos –por Cristo- comenzamos a vivir. Todo ello, por supuesto, exige una nueva evangelización. Los cristianos no nacemos para ser buenos (aunque también) sino para recordar una y otra vez el suceso clave que ha cambiado el devenir de la humanidad: CRISTO MURIÓ Y RESUCITÓ Y CON SU RESURRECCIÓN ROMPIÓ LAS CADENAS DE NUESTRA MUERTE PERPETUA. ¿Tan difícil resulta comunicar esto? ¿Tan difícil es presentar la resurrección de Cristo como el elemento central de nuestra fe?

2.- Hoy, a la luz del faro de la Resurrección de Jesús, recordamos aquella mañana, tarde o noche en que un padre, madre, hijo, sobrino, vecino, religioso, sacerdote o allegado a nosotros cerró los ojos a este mundo. En unos casos su muerte era anunciada por una enfermedad. En otros su aparición nos supuso desconcierto, dolor, interrogantes, desazón, soledad, incomodidad y hasta rechazo. ¿Por qué Dios has permitido esto? ¿Ganamos algo echándoselo en cara a Dios?

3.- En esta Fiesta de Todos los Fieles Difuntos pensamos en el segundo tomo de nuestra vida. Sí; porque –el primer tomo- es el que estrenamos, leemos o emborronamos aquí y ahora. Pero después de nuestro paso por esta tierra, que es como una breve marcha con pequeños accidentes que son inscritos en el libro de cada persona, nos queda todavía por firmar la segunda parte: el tomo de la eternidad. Allá, prólogo e índice, lo inicia y finaliza Dios. Por ello mismo, porque ese segundo tomo de nuestra existencia (que es la vida en el cielo) nos queda por trazar, sería bueno que este día de difuntos rezásemos por aquellos que se marcharon.

-Que Dios, si en algo fallaron, utilice la gran misericordia que se nos narra en la parábola del Hijo Pródigo

-Que el Señor, si por algo ensuciaron su vida, levante del suelo a nuestros seres queridos como Cristo lo hizo con el rostro de la mujer arrepentida del Evangelio.

-Que el Padre, si en algo no estuvieron a la altura de las circunstancias, los siente a su mesa como el mismo Jesús acogió en su apostolado a gente que, antes o después, le negaron o le traicionaron.

--Que esta fiesta de Todos los Difuntos nos anime a vivir con esperanza y, sobre todo, a saber que estamos llamados como nuestros seres queridos fallecidos a morir también con la misma esperanza de los hijos de Dios. Perder no vamos a perder nada. ¿Y ganar? Ni más ni menos que el segundo tomo eterno de nuestra existencia en Dios. Que descansen en paz

4.- ¡VIVIREMOS PARA MORIR Y VIVIR!

Gracias, Señor, por el don de la vida

Porque, aun siendo viaje de relámpago por la tierra,

ha merecido la pena contemplar, gustar y sentir

la belleza que tu mano creó aquel lejano día.

Gracias, Señor, por la hermana muerte

que, de forma cruel o dulce, nos visita

y nos recuerda que somos frágiles y no yunques

que, tarde o temprano, nuestro cuerpo se desmorona

pero, aquello que le sustenta, va a tus brazos de Padre.

 

¡VIVIREMOS PARA MORIR Y VIVIR!

Porque en el morir, Señor, está la llave del futuro vivir

Desaparecerá la oscuridad y emergerá la luz

Se evaporarán las lágrimas y nuestros ojos te verán

Saltaremos del silencio, y cantaremos tus maravillas

Nos levantaremos del sueño, y proclamaremos tu realeza

¿Cómo no darte gracias, oh Señor, por tu paso por este mundo?

Sin tu muerte, nuestra muerte sería eslabones de por vida

Sin tu resurrección, nuestra vida sería caduca y sin respuesta

Sin tu triunfo, nuestras conquistas serían poca cosa

 

¡VIVIREMOS PARA MORIR VIVIENDO!

Sabiendo que, más allá del duro madero

aguarda un cielo abierto por tu Ascensión gloriosa

Creyendo que, en tu Resurrección,

siempre habrá segura y certera respuesta para la nuestra

Amando, como Tú amaste,

para que, en el tomo final de nuestra existencia,

puedas concluir: “mucho amaste y por Dios te salvaste”.

 

¡VIVIREMOS PARA MORIR VIVIENDO!

Porque bien sabemos que a este mundo nuestro

vinimos de noche o de mañana a darnos un breve paseo

Porque, aunque lo olvidemos, a esta tierra nuestra

aterrizamos como lo hace un avión

para, luego, emprender otro vuelo más alto y definitivo

Porque en este suelo, de gozos y de lágrimas,

hemos ido dejando sudores y esfuerzos

fe, oración y confianza en Ti que tienes la última palabra

Por eso, con todos nuestros difuntos,

hoy más que nunca –mirando hacia lo alto- confesamos:

¡VIVIREMOS, CON CRISTO,

PARA VIVIR CON CRISTO Y POR CRISTO EN EL CIELO!

Amén.


2.- “EN ÉL BRILLA LA ESPERANZA DE NUESTRA FELIZ RESURRECCIÓN”

Por Pedro Juan Díaz

1.- Si ayer recordábamos a aquellas personas que son modelo de vida por su unión con Cristo y que son santos porque están en el cielo, hoy nuestra oración tiene presente a todos aquellos que hay echo camino entre nosotros y que ya no están, confiando en la misericordia de Dios que los acoge a su lado. Por ellos pedimos de manera especial. Y esta confianza brota y está expresada en una oración muy bonita que rezaremos después en el momento de la plegaria eucarística y que es el prefacio I de difuntos. La confianza y la esperanza en que la muerte no tiene la última palabra para nosotros, los cristianos, nos la da el mismo Jesús que, con su muerte y resurrección, destruyó la muerte y nos abrió las puertas de la vida. En el prefacio que luego rezaremos, se dice: “en Él brilla la esperanza de nuestra feliz resurrección”. Jesús resucitado es nuestra esperanza y la esperanza de todos los que mueren.

2.- Y continúa diciendo: “porque la vida de los que en Ti creemos no termina, se transforma”. Dios no nos ha creado solo para un rato, que es esta vida, sino para la eternidad, para la vida eterna. Y cuando termina nuestra estancia aquí en la tierra, nuestra vida se transforma en el cielo y se une a Dios, y a nuestros hermanos y hermanas, para siempre: “y al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo”. Así es Dios con nosotros. Somos sus hijos, nos quiere con locura, nos acompaña todos los días, ¿cómo no va a estar con nosotros en el momento más difícil de nuestra existencia? ¿Qué clase de Dios sería si nos abandonara en esos momentos? Dios es nuestro Padre bueno y un buen padre no abandonaría nunca a sus hijos.

3.- En su casa hay sitio para todos. Todos cabemos allí. Todos reunidos alrededor de la Mesa, alrededor del Padre de la Vida, nuestro Creador. Todos unidos, viviendo en plenitud el amor, haciendo realidad plena el proyecto de Dios para el mundo, para las personas, para sus hijos e hijas, para todos nosotros. Hacia ahí caminamos. Pero mientras tanto hay que seguir luchando en la vida, aquí abajo, luchando por alcanzar esa santidad de la que hablábamos ayer y que Dios nos propone. Luchando cuando la vida se pone cuesta arriba y alegrándonos en los momentos dulces y gozosos. Pero siempre, en todo momento y ocasión, amando. Ese es el secreto para vivir en esta vida, es la receta perfecta: el amor. Así nos lo mostro Jesús con su estilo de vida. Aquí, en la Eucaristía, le vemos dando su vida por amor a nosotros. Aquí, en la Eucaristía, le pedimos por nuestros difuntos. La Eucaristía es la gran oración por los difuntos, es el empujón definitivo hasta la casa del Padre. Como dice el memento de difuntos, hoy le pedimos por nuestros familiares y amigos que han muerto “en la esperanza de la resurrección”.


3.- ¿A QUIÉN TEMERÉ?

Por Antonio García-Moreno

1.- El salmo responsorial de Día de los difuntos, se inicia diciendo: "El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?" (Sal 26, 1). Las palabras de los autores inspirados por Dios tienen a veces el sabor de un reto, son una especie de desafío que se alza sereno y fuerte contra cualquier obstáculo que pueda surgir. “Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?... ¿Quién nos separará del amor de Cristo? Estoy persuadido -continúa San Pablo- que ni la muerte ni la vida... ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios que está en Cristo nuestro Señor” (Rm 8, 31 ss.). Y esas palabras son dichas en plural, incluyéndonos a cada uno de nosotros. Es cierto que el salmo está redactado en primera persona, siendo el salmista el que habla con Dios. Pero sus palabras están escritas para que también nosotros las pronunciemos, haciéndolas propias. Para que, en medio de nuestra debilidad y nuestra miseria, no perdamos nunca el gozo y la paz. Pensemos en que Dios nos sostiene y ayuda, nos protege y defiende. Digamos también nosotros, llenos de fe y de esperanza: Si Dios está conmigo, ¿a qué o a quién temeré?

En el día que recordamos a los difuntos, se fomenta la esperanza de quienes aún vivimos: "Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor" (Sal 26, 13).El salmista manifiesta su profunda esperanza, exponiendo con firmeza su seguridad inconmovible. Al mismo tiempo nos anima a participar en su optimismo y fortaleza... Cada uno de nosotros quisiera tener sus mismos sentimientos y ser valiente, animoso en medio de las contrariedades que la vida trae consigo. Este deseo, anhelo profundo de nuestro corazón, se hace oración y súplica que se dirige, humilde y confiada, a Dios nuestro Señor, para que nos dé ese valor y esa seguridad sin vacilaciones.

Acudamos a Dios y digámosle que toda nuestra fortaleza está en él; repitámosle que somos débiles y frágiles, fáciles al desaliento y a la claudicación. Roguemos una y otra vez que nos anime, que no nos abandone, que nos haga fuertes ante la adversidad, que ilumine nuestro entendimiento disipando las negras sombras que a veces lo nublan. Podemos estar persuadidos de que él no nos abandonará y que nos hará valientes, porque él es nuestra fortaleza.

2.- “Bienaventurados los muertos…” (Ap 14, 13). Dichosos los muertos. Que contradicción nos parece decir esto, que extraño y paradójico. El morir nos resulta irremediablemente triste, macabro, doloroso. Porque morir es decir adiós para siempre, es dejar todo lo que ha constituido nuestro vivir de cada día, abandonar para siempre nuestras cosas, nuestros seres más queridos...

Y sin embargo, es palabra de Dios, dichosos los muertos que mueren en el Señor. Y es que para los que mueren en gracia, para los que son fieles hasta el final les está reservada la corona de los vencedores. Para esos la muerte es vida, el morir es nacer, el acabar es realmente comenzar.

Eso explica que haya quienes no temen a la muerte; quienes, si no fuera pecado, la desearían. Para mí morir, decía San .Pablo y hemos de decir cada uno de nosotros, el morir es una ganancia. El día de la muerte es el de la aurora del eterno día. Bien podemos decir. Hermana muerte bendita seas. Ellos se nos fueron. Vivian a nuestro lado, compartiendo nuestro gozo y nuestro penar. Algunos, la mayoría, habían recorrido un largo camino, estaban fatigados, cansados y quebrantados por el dolor físico y moral. Por eso, para ellos, la muerte fue una liberación, el fin de esa dura etapa de largos años que quizás hubieron de vivir, el descanso merecido tras un duro trabajo.

Sin embargo, también para la mayoría, esa etapa de sufrimiento y dolor no ha terminado aún. Muchos sufren las penas del purgatorio, purificando las manchas que el pecado dejó en sus almas, limpiando el polvo y el barro de los caminos. Durante ese periodo ha querido el Señor que podamos ayudarles con nuestros sufragios, con nuestras oraciones y limosnas, con las Misas que hayamos celebrado por su descanso eterno. No olvidemos, por el amor de Dios, lo que nuestros difuntos necesitan. “Sí, dice el Espíritu, que descansen de sus fatigas porque sus obras los acompañan" (Ap 14, 13)


4.- LLAMADOS A VIVIR

Por José María Martín OSA

1.- “Es bueno esperar en silencio la salvación del Señor”. Aunque tengamos muy sabido que la muerte tiene que llegar también a la gente que conocemos y amamos, ante la muerte de los seres querido nos encontramos tristes y desconcertados, pero también esperanzados. Ellos no se encuentran ya entre nosotros, están ahora junto a Dios. Confiamos que la bondad infinita del Padre les abra las puertas de la vida eterna, de la esperanza eterna, del gozo eterno. Por eso nos encontramos aquí, para orar por ellos y para decirnos mutuamente que creemos en la bondad infinita de Dios, y para orar todos juntos por estos hermanos nuestros, para que verdaderamente Dios los acoja para siempre en su Reino. El Libro de las Lamentaciones nos dice que “El Señor es bueno para los que en El esperan y lo buscan”. La muerte es una puerta que se abre a una vida en plenitud. Por eso vivimos con esperanza.

2.- Que nuestra vida merezca la pena. ¡Cómo valdrá la pena que en la hora de la verdad podamos darnos cuenta de que sí, de que hemos vivido la vida profundamente, seriamente, valiosamente! ¡Y qué tristeza, qué lástima, si tuviéramos que darnos cuenta de que solamente nos hemos pasado la vida a base de ir tirando, sin tomarnos en serio nada que valiera la pena, sin haber contribuido a la felicidad de los demás, sin haber procurado amar de veras! Entonces llegaríamos a este momento definitivo con una lámpara apagándose, que apenas serviría de nada. Habríamos perdido la vida muy lamentablemente. Y ante nuestro Padre del cielo, y ante los demás hombres, y ante nosotros mismos, deberíamos reconocer que habíamos defraudado las esperanzas que Dios había puesto en nosotros, y que los demás hombres habían puesto en nosotros. Qué gran dicha es el poder presentar ante el Señor un corazón lleno de nombres, de las personas que hemos amado y nos han amado. La Carta a los Romanos nos recuerda que ahora todavía estamos a tiempo y nos invita a vivir a vivir una vida nueva,

3.- Sintámonos llamados a confiar, a orar, a caminar hacia adelante. Jesús en el evangelio de Juan nos invita a creer en El, porque en la casa del Padre hay muchas estancias. Jesús es el camino, la felicidad que todos buscamos. Él es la verdad que tanto perseguimos. Es la Vida, que todos anhelamos. Nos decía San Agustín: “Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”. Nos quiere junto a Él para gozar su misma vida. Nuestro destino es feliz. Al final de esta vida, nos esperan las manos amorosas de Dios, que nos acoge con sus manos de Padre. Debemos confiar en el amor del Padre que nos quiere a cada uno de nosotros. Sintámonos llamados, también, a orar. A manifestar ante Dios nuestro deseo y nuestra esperanza de que nuestros seres queridos, liberados de toda culpa, puedan entrar en la luz gozosa de Dios, en la casa del Padre. Y sintámonos llamados finalmente, todos nosotros, a trabajar para que nuestra vida sea realmente luminosa, llena de la luz del amor, de la apertura, de la atención a los demás, porque solamente así habrá merecido la pena —ante Dios, ante los demás hombres, ante nosotros mismos— haber vivido.


5.- EL VERDADERO SENTIMIENTO CRISTIANO DE LA MUERTE

Por Gabriel González del Estal

1.- La fiesta cristiana de los difuntos se celebraba en otros tiempos en un ambiente de luto y gran dolor, de rezos y plegarias continuadas por el eterno descanso de las almas que todavía estaban padeciendo en el purgatorio. Era un día en el que uno se levantaba y se acostaba pensando en el cementerio. Hasta tres misas seguidas decíamos en este día casi todos los sacerdotes. Hoy día la fiesta de los difuntos va perdiendo ese carácter lúgubre y penitencial de otros tiempos y se ha ido acercando progresivamente, en su significado, a la fiesta de todos los santos. Ahora, nuestros cementerios se llenan de flores en el día de todos los santos, más que en el día de todos los difuntos. En el fondo de todo esto está, creo yo, un cambio en nuestra sensibilidad cristiana de hoy ante el problema de la muerte. De la fe en un Dios principalmente justiciero hemos pasado a la fe en un Dios principalmente compasivo y misericordioso. Creemos que es la misericordia de Dios la que ha salvado a nuestros seres queridos, más que nuestras obras. Por pura gracia estamos salvados, como nos dice san Pablo. Por eso, tendemos a pensar en nuestras celebraciones de hoy que nuestros fieles y queridos difuntos ya están gozando de la presencia de Dios, y ya son por consiguiente santos. Por eso, como digo, las dos fiestas se han casi identificado y celebramos más solemnemente la fiesta de los santos que la de los difuntos.

2.- El temor, y hasta el pánico, ante la muerte, es un sentimiento primario muy humano, pero nosotros, los cristianos, debemos intentar corregir y modificar este sentimiento primario. Porque hay muchos sentimientos humanos espontáneos y primarios que deben ser corregidos y enriquecidos por la reflexión cristiana. Muchos sentimientos humanos primarios no son beneficiosos siempre para el ser humano: el egoísmo, el odio, la pasión sexual… necesitan ser bien encauzados por la razón y por el sentimiento cristiano. El hombre, a diferencia de los animales, debe saber contradecir a muchos sentimientos primarios y guiarse, en muchísimos momentos, por la fe y la razón. La fe y la razón deben estar continuamente poniendo freno a algunos sentimientos primarios y robusteciendo y enriqueciendo a otros. De lo contrario viviríamos todavía en la selva y en la guerra de todos contra todos. En este sentido, digo que el sentimiento primario de pánico ante la muerte debe ser corregido y enriquecido por la reflexión cristiana.

3.- En el evangelio de la fiesta de este día Jesús les dice a sus discípulos: esta es la voluntad de mi Padre: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día; que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna. Jesús en el huerto de los olivos, también sintió un sentimiento primario de miedo y pánico ante la muerte, pero su amor y su comunión con el Padre vencieron rápidamente su temor. Con sentimiento primario dijo: que pase de mí este cáliz, pero su amor y su comunión con el Padre le hicieron también rápidamente decir: que no se haga mi voluntad, sino la tuya. Jesús de Nazaret vivió siempre sabiendo que tenía que morir en esta tierra, antes de ir, definitivamente, a la casa de su Padre. También nosotros debemos tener esta esperanza cierta, esta vivencia, del gozo inmenso que tendremos para siempre en la casa de nuestro Padre. Así podremos vencer, humanamente hablando, el temor y el pánico, que espontáneamente sentimos ante la muerte. Así también nosotros, los cristianos, tenemos la esperanza firme y cierta de que Jesús nos ha preparado ya un sitio en la casa de su Padre donde, después de esta vida, gozaremos con él de la presencia eterna y gozosa de Dios.

4.- Celebremos nosotros también esta fiesta de los difuntos con gozo y esperanza, como celebramos ayer la fiesta de todos los santos y digamos con el salmista: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar? Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor.


6.- HOY, NO TENGAMOS MIEDO A LA MUERTE

Por Ángel Gómez Escorial

1.- El calendario litúrgico nos trae esta Conmemoración de todos los fieles difuntos en domingo. Ayer, día 1, celebramos la gran fiesta de Todos los Santos. Se han utilizado lecturas de entre las muchas que nos ofrece el formulario de exequias. Digamos, pues, nuestra misa de hoy está siendo similar a la que celebramos cuando hay un funeral. Sin embargo, todo el que tiene una aproximación suficiente a la vida eclesial sabe que el ambiente de las habituales misas de exequias es especial, duro, triste, difícil. Y es difícil para el oficiante y para los que asisten. El fallecimiento de un ser querido está muy próximo, solamente han pasado unos pocos días y comienza a tenerse la dura percepción de que esa persona se ha ido…

2.- Pero, hoy, por el contrario podemos enfrentarnos cristianamente al hecho de la muerte sin esa impresión del dolor cercano. Claro que, sin duda, hoy vamos a recordar a fieles difuntos nuestros. Con unos pocos años encima y con buena memoria recordaremos a muchas personas que pasaron por nuestras vidas pero ya no están. Pero como decía, no quedarán, seguramente, cercanos. Por eso, con una cierta objetividad podemos analizar la cuestión de la muerte. Y, claro, nuestra óptica tiene que ser la de la enseñanza de Cristo, porque los aspectos científicos, médicos y hasta sociales han de tenerse en cuenta, pero solamente desde lo que se anida en lo más profundo de nuestros corazones y que no es otra cosa que la enseñanza de Jesús de Nazaret.

3.- La muerte es temida por la mayoría. Es verdad que suele tener, casi siempre, unos preámbulos muy duros. Una enfermedad terrible, por ejemplo. O en el caso de la muerte violenta o inesperada también le rodean aspectos muy duros. La guerra, el terrorismo, las catástrofes naturales e, incluso, los accidentes de tráfico son circunstancias duras, muy duras. Pero, además, es un cambio, una desaparición, un abandono. El cuerpo sin vida se vuelve inanimado y, al poco tiempo, cambia, cambia… Es pues lógico ese temor. Pero al ser hecho natural, equidistante y muy relacionado con el nacimiento, deberíamos comenzar a pensar con normalidad en la muerte, como una circunstancia más de nuestra existencia. Aunque no sea fácil. Y es, ciertamente, en la realidad cristiana sobre la muerte la que nos marca un buen camino. Ha habido muchas civilizaciones que han dado culto a la muerte, sobre todo pensando en ella como un tránsito, como un viaje no conocido, hacia, también, algo desconocido. Ahí está el ejemplo egipcio. Pero no es el caso cristiano.

4.- Cuando Jesús de Nazaret resucita –ya convertido en el Señor—los primeros fieles supieron que ese era el camino para todos, tras la muerte. San Pablo lo ha expresado perfectamente: el Primogénito entre los Muertos. El Señor Jesús mostraba en sus apariciones que todo había cambiado: que era Él pero que su cuerpo había transcendido del tiempo y del espacio. Y ello es un gran consuelo para nosotros. Sobre todo, cuando en los postreros momentos de nuestra vida, ese cuerpo se debilita, apunta a la destrucción, se deteriora mucho ya en vida. Un día –lo ha dicho el Señor—seremos como ángeles. No es posible pensar de otra manera: la muerte es un tránsito a una vida mejor y eterna. Y, ciertamente, como decía al principio es bueno que hoy –en este domingo—alejados de la presión inmediata de la muerte cercana de un ser querido podamos analizar este gran misterio de nuestra vida. Y como la muerte es camino hacia esa otra vida mejor no nos debe entristecer. Si decimos, además, que la muerte se enmarca temporalmente en ese inicio que fue el nacimiento, pues también este, para la madre y para el nacido, tiene algo de difícil, de traumático. Pero se termina con la alegría de contemplar un nuevo ser vivo. Un proyecto esplendido de mujer o de hombre.

5.- Y demos, ahora, un repaso a las lecturas que hemos escuchado. Como ya os decía al principio se toman del formulario de exequias que es amplio. La primera lectura es del Libro de las Lamentaciones (Lam 3,17-26) y nos presenta, precisamente, el lamento de quien espera ya, en silencio la salvación del Señor, aunque no hurta explicar su desánimo. Es un texto duro, sin duda. El Salmo 129 es el conocidísimo “De Profundis” muy usado en exequias. Su primer verso es impresionante: “Desde lo más profundo clamo a ti Señor”. La segunda lectura pertenece al capítulo sexto de la Carta del Apóstol San Pablo a los Romanos. Y ahí hemos podido escuchar unas palabras impresionantes que, desde luego, definen perfectamente la celebración de hoy: “Por tanto, si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él, pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él.” En el evangelio de San Juan, en su capítulo 14, Jesús nos ha ofrecido la razón de su marcha: va a prepararnos la vida futura. Dice: “En la casa de mi Padre hay muchas estancias, y me voy a prepararos sitio. Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros”. La vida futura, la vida tras la muerte es ir a la Casa del Padre a vivir con Jesús para siempre. Y eso es lo que con enorme alegría debemos celebrar hoy.

6.- Y si como se expresaba ayer –Fiesta de todos los Santos—sobre la antigüedad de esa conmemoración en los primeros momentos del cristianismo en Roma y como homenaje a los mártires, fue, en el caso de la Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos, cuando San Odilón, abad de Cluny, en Francia, cuando en 998 instauró que al día siguiente de la fiesta de Todos los Santos, se conmemorara a los difuntos. Muchos años después, ya en el Siglo XIV, el Obispo de Roma dispuso que esta celebración se hiciera en toda la cristiandad. Realmente –y eso lo sabéis todos—el Día de Todos los Santos es la jornada dedicada a visitar los cementerios en todo el orbe cristiano. Y, tal vez, sea así, porque el día 1 de noviembre es siempre festivo y no siempre lo es el día 2, la jornada siguiente. Y pienso que esta coincidencia del calendario, nos puede hacer diferenciar un poco las dos conmemoraciones. Aprovechemos, pues, este domingo para quitarle el temor a la muerte. Como os decía es un paso hacia el mundo futuro que Jesús nos ha prometido.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


LOS DIFUNTOS

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Una de las características del ser humano es el reconocer y recordar los valores de una persona, después de que ya haya muerto. De la misma manera también, no ignorar las deficiencias, defectos y malos comportamientos, de alguien ya fallecido. Los animales son incapaces de poner en práctica tales cualidades. Se muere un gatito y la gata permanece junto al cadáver un tiempo. Si se le retira, notará su ausencia y sus maullidos nos sonarán a sollozos de pena. Durarán más o menos tiempo. Un día ya no se escucharán más. El hombre entierra, tal vez levante un mausoleo o escoja un nicho. El animal nunca obra así. Os he puesto el ejemplo de la gata, mis queridos jóvenes lectores, porque ha ocurrido en mi casa hace pocas semanas.

2.- Cuando el paleontólogo o el arqueólogo, encuentran restos biológicos y quieren saber a qué tipo de ser viviente pertenecieron, uno de los criterios que sigue es el comportamiento que tuvieron con los difuntos. Se puede encontrar un pozo lleno de huesos, los restos de su alimentación carnívora, los restos que le estorbaron. En su entorno encontrará una tumba, un ánfora funeraria, o un cadáver colocado en postura fetal y acompañado tal vez de utensilios, si es así, nadie dudará de que han pertenecido a seres humanos.

3.- En el terreno de las enseñanzas reveladas, se añade algo más. Se reconoce que el hombre al abandonar este mundo y trasladarse a otra existencia, es juzgado respecto a su comportamiento y recibe premio o castigo de acuerdo con su proceder. Primero fue creer en un sheol, o en el hades, en lenguaje de otra cultura, un sitio ni frio, ni cliente, ni luminoso, ni oscuro. Más tarde fue progresando y se supo que para unos puede ser castigo con pena, para otros… premio con felicidad. Solitarios y penando unos, felices de la compañía de Dios y de los hombres buenos otros.

4.- Progresó el conocimiento y se supo que respecto a otras personas, podemos enriquecerlas espiritualmente con nuestros sacrificios y oraciones mientras viven. También en el misterioso trance del paso de esta existencia, encerrada en la realidad espacio-temporal, a la otra libre de estas ataduras. (Recuerdo siempre que me refiero a esto, una secuencia inicial de la película “Fresas Salvajes”. El protagonista, que debe acudir a recibir un premio, sueña la noche que ve su entierro y estupefacto mira el reloj y observa que no tiene agujas, pero que continúa funcionando. Es un símbolo, una imagen, de lo que puede ser la eternidad). Pues también en esta circunstancia nuestra oración puede ayudar. Es un momento situado marginalmente respecto a una u otra existencia.

5.- Hoy, mis queridos jóvenes lectores, dedicamos nuestra oración, ofrecemos nuestra misa, por los fieles difuntos. No por todos los hombres que han muerto. Eso, genéricamente, lo hacemos cada día. Lo de hoy es especial. Seguramente que entre estos fieles difuntos están familiares o amigos, por ellos intercedemos. Es oportuno recordar el pasaje del II Mac 43-46. Cuenta que Judas Macabeo después de la batalla, observando los cadáveres de sus fieles soldados y reconociendo algunas de sus infidelidades decidió: “Después de haber reunido entre sus hombres cerca de 2.000 dracmas, las mandó a Jerusalén para ofrecer un sacrificio por el pecado, obrando muy hermosa y noblemente, pensando en la resurrección. Pues de no esperar que los soldados caídos resucitarían, habría sido superfluo y necio rogar por los muertos; más si consideraba que una magnífica recompensa está reservada a los que duermen piadosamente, era un pensamiento santo y piadoso. Por eso mandó hacer este sacrificio expiatorio en favor de los muertos, para que quedaran liberados del pecado”.

6.- No os he comentado las lecturas que se proclamarán en las misas a las que asistís este domingo. He preferido, mis queridos jóvenes lectores, ofreceros ideas que iluminen también las costumbres que aun duran. Las flores en la tumba son, simbólicamente, proclamación de que uno cree que todavía existe y le quiere. Las oraciones son ayuda generosa, independiente del tiempo que haya pasado desde que murieron. Que pidáis por ellos, también por los que reconocéis que fueron buenos, que estáis convencidos de que fueron santos, aunque no del todo, implica que al unísono podamos pedirles que intercedan por nosotros.

7.- No es un día de nostalgia, no debe serlo, aunque su recuerdo nos duela, si nos dejamos iluminar por la Fe. El conocimiento de la Esperanza de un encuentro definitivo con los que amamos y nos amaron, sin haber perdido la individualidad personal, es uno de los grandes dones que Dios nos ha concedido.