XXX Domingo del Tiempo Ordinario
26 de octubre de 2014

La homilía de Betania


1.- EL AMOR ES LA BASE DE TODA RELIGIÓN VERDADERA

Por Gabriel González del Estal

2.- AMOR A DIOS Y AMOR AL PRÓJIMO

Por José María Martín OSA

3.- ESCUCHA, ISRAEL

Por Antonio García-Moreno

4.- EXPERIMENTAR EL AMOR DE DIOS PARA PODER COMPARTIRLO

Por Pedro Juan Díaz

5.- AMAR… PERO COMO DIOS MANDA

Por Javier Leoz

6.- EL AMOR EN LOS “ÚLTIMOS COMBATES”

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


SIN SUCEDÁNEOS, NI ADORNOS QUE OCULTEN LA RADICAL VERDAD

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- EL AMOR ES LA BASE DE TODA RELIGIÓN VERDADERA

Por Gabriel González del Estal

1.- Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas. Esto es lo que dice Jesús al fariseo que le pregunta cuál es el primer mandamiento de la Ley. Lo hace citando dos frases del Pentateuco, frases que el fariseo sabía, evidentemente, de memoria. Cita primero la frase del libro del Deuteronomio: “amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser” (Deut 6, 5), porque lo primero para cualquier persona religiosa es amar a Dios. El segundo mandamiento, le dice, es semejante a él: “amarás al prójimo como a ti mismo” (Lev 19, 18). Para concluir: estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas, es decir, todo el Antiguo Testamento. Como podemos ver, Jesús no dice nada que el fariseo no supiera; lo original de Jesús es unir estos dos mandamientos en uno solo, haciéndolos base y fundamento de toda la religión. Todas las religiones que tengan su base en la Biblia deben, por tanto, tener esto muy claro: donde no hay amor, no hay religión verdadera. Amor a Dios, amor a uno mismo, que se da por supuesto, y amor al prójimo como a uno mismo. La pregunta que cada uno de nosotros debemos hacernos ahora es esta: ¿todo lo que yo hago, pienso y deseo, está basado en el amor a Dios y en el amor al prójimo como me amo a mí mismo? Quizá, a nivel práctico, lo más difícil es concretar cómo debo amarme a mí mismo, para poder decir que amo a Dios y vivo en comunión con Cristo. Y para esto lo mejor es recordar también las palabras del mismo Cristo, cuando en el sermón de despedida, después de la cena pascual, les dice a sus discípulos: “os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 13, 34). Este es, pues, el mandamiento nuevo: amarnos unos a otros como Cristo nos ha amado. Cuanto más se parezca nuestro amor al amor de Cristo, tanto más seguros estaremos de vivir en comunión con él, de estar practicando una religión verdadera.

2.- Si grita a mí yo lo escucharé, porque yo soy compasivo. Este capítulo 22 del libro del Éxodo es un capítulo bello y que está en plena sintonía con el mandamiento nuevo de Jesús. Es de plena actualidad no sólo para el pueblo judío, sino para todos los que deseamos que en nuestro mundo reinen la paz, la justicia y el amor. Si aspiramos a ser perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto debemos, antes que nada, ser compasivos con las personas más pobres y necesitadas. La persona que está sana y con un buen nivel económico y social debe saber mirar con compasión, es decir, activa y misericordiosamente, a las personas que no pueden defenderse por sí mismas. Esto no quiere decir que seamos ingenuos y bobalicones, y que nos dejemos engañar por cualquiera que, fingidamente, nos pide limosna. Debemos saber, en cuanto nos sea posible, a quién y cómo podemos y debemos ayudar, pero sin olvidar nunca que hay muchas personas en nuestra sociedad que sí necesitan de verdad nuestra ayuda y compasión. El que quiere y puede ayudar siempre tendrá posibilidades reales de hacerlo, porque, desgraciadamente, nuestro mundo es injusto y la desigualdad social es un hecho real y sangrante. Seamos compasivos como nuestro Dios es compasivo.

3.- Abandonando los ídolos os volvisteis a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero. Esto es lo que dice san Pablo a la primera comunidad cristiana de Tesalónica y esto mismo podría decirnos ahora a nosotros. Porque también nuestra sociedad nos propone cada día ídolos a los que servir: el dinero, la fama, el poder, el placer material… etc. Pero, como venimos diciendo, lo importante para un cristiano es cumplir el mandamiento nuevo de Cristo, que consiste en amar a Dios y al prójimo y no servir a los ídolos que les propone el mundo. Sabemos que Cristo sólo buscó el Reino de Dios y la voluntad de su Padre. Examinemos nuestro proceder de cada día y veamos con sinceridad si también nosotros servimos en verdad a Dios, o servimos a alguno o a varios de los ídolos reinantes en nuestra sociedad actual.


2.- AMOR A DIOS Y AMOR AL PRÓJIMO

Por José María Martín OSA

1.- "¿Cuál es el mandamiento principal de la Ley?". En el evangelio del domingo pasado observamos cómo los fariseos quieren comprometer a Jesús para que responda si hay que obedecer a Dios o al Estado. Jesús aclara que la obediencia a Dios no impide los derechos de los ciudadanos. En esta misma línea, los fariseos vuelven al ataque, "para ponerlo a prueba" con esta pregunta: "¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?". Ellos eran celosos cumplidores, al menos aparentemente, de las 613 leyes prescritas para todo buen judío. Jesús responde con las palabras del Deuteronomio: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu ser" (Dt. 6,5), es decir con las tres facultades que definen la persona humana. Todo judío, según este texto, debía poner estas palabras en la frente, atarlas en su mano, escribirlas en las jambas de su casa.

2.- La novedad de Jesús es asemejar este mandamiento primero al segundo: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo". Estas palabras aparecen ya en el capítulo 19 del libro del Levítico para evitar la venganza y el rencor contra "los hijos de tu pueblo". Jesús amplia este amor también hacia el extranjero, e incluso al enemigo. No por casualidad en el evangelio paralelo de Lucas viene a continuación la explicación de qué entiende Jesús como prójimo en la parábola del Buen Samaritano. Jesús no invita a ir en contra de la Ley, sino a situarnos más allá de ella, por encima de ella.

Los fariseos habían deformado el espíritu inicial de la Ley. En el Código de la Alianza de la lectura del Éxodo, semejante a otros códigos procedentes de Oriente, se especifica la protección hacia los más débiles: los forasteros, las viudas, los huérfanos, los pobres que reciben dinero en préstamo. Está formulado en un sentido negativo: "no oprimirás, no explotarás..." Pero todo esto se cumple si hay amor. El amor nace de Dios porque "Dios es amor". En el salmo 17 se pone de manifiesto la bondad de Dios: "mi roca, mi alcázar, mi libertador, mi salvador". El amor de Dios es gratuito y universal. Ya no hay distinción entre razas, lenguas o culturas porque Dios es Padre de todos.

3.- Un amor que es "ágape", fraternidad. Nosotros, que hemos experimentado el amor que el Espíritu ha derramado en nuestros corazones el día de nuestro Bautismo, hemos de anunciar a todos que Dios es amor. En una sociedad donde abunda el anonimato, la soledad, el vacío de cariño, es necesario anunciar que "Dios es compasivo". No basta con la justicia, con lo debido, hay que amar, porque el hombre de hoy necesita ser amado. Podemos gritar la respuesta del salmo: "Yo te amo, Señor, Tú eres mi fortaleza". Pero el amor de Dios se hace visible y concreto en el amor al prójimo. Ya lo dice San Juan: "el que dice que ama a Dios y odia a su hermano es un mentiroso" (1 Jn 4,20). Al final de nuestra vida se nos examinará del amor, no de si hemos cumplido muchas leyes, o hemos ido mucho al templo, o si sabemos mucho de religión o de vidas de santos. Hemos de entender el amor como Cristo lo entendió: como auto donación, como entrega de uno mismo. Un amor que es "ágape", fraternidad. Vivir como hermanos supone asumir un nuevo estilo de vida, unos valores nuevos que nos llevan a vivir en comunión con los excluidos, los marginados, los preferidos de Dios. Quizá nos hace falta despojarnos de todo el ropaje legalista y rutilante con que hemos cubierto nuestra fe. En la Eucaristía celebramos el amor de Dios. Cada vez que nos reunimos para partir el pan debe avivarse en nosotros el amor a los necesitados. Esta es la esencia de nuestra fe.


3.- ESCUCHA, ISRAEL

Por Antonio García-Moreno

1.- "Esto dice el Señor: No oprimirás ni vejarás al forastero" (Ex 22, 21) Dios da leyes a su pueblo. Él se ha comprometido a llevarlos hasta la tierra prometida, les ha librado de la dura esclavitud de los egipcios y luchará junto a ellos en la conquista de la tierra que les espera. Pero a cambio les exige fidelidad. Y entre esas disposiciones pactadas destaca la de no oprimir ni despreciar a los extranjeros, a los emigrantes. A ellos se refiere el texto sagrado de modo particular. A esa pobre gente que ha dejado abandonada a su familia, desarraigados de su patria, lejos de los suyos, en medio de un ambiente extraño y a menudo hostil y difícil.

Porque también ellos, los hebreos, han vivido fuera de su tierra y Dios los ha librado de la opresión humillante de la esclavitud. Y cada uno de nosotros, aunque de otro modo, también éramos esclavos y hemos recibido la libertad como don precioso que Dios nos ha concedido. Y no podemos mirar a nadie con desprecio, aunque sea a un pobre hombre de fuera, rumano, marroquí o ecuatoriano que viene a nuestra tierra porque en la suya es difícil vivir.

"No explotarás a viudas ni a huérfanos..." (Ex 22, 22) Dios sigue preocupándose de los débiles, de los indefensos, de los fácilmente explotables. Son figuras perennes. La viuda de fácil manejo, víctima propicia para el engaño y la seducción. El huérfano abandonado también a su suerte, tantas veces despojado. No es verdad que Dios rechace a los ricos por el mero hecho de serlo, ni que acoja al pobre sólo porque lo es. Pero sí es cierto que Dios rechaza al rico que lo es sólo para sí, al que no hace justicia, al que no practica con obras el amor a los demás. Como también es cierto que desvía sus ojos del pobre que tiene su corazón cargado de odio, o que es pobre porque también es perezoso y vago, o que se desespera en su pobreza y no lucha por salir de ella, al mismo tiempo que levanta confiado su mirada a Dios.

Dios baja a detalles: "Si prestas dinero a uno de mi pueblo, a un pobre que habita contigo, no serás con él usurero cargándole de intereses. Si tomas en prenda el manto de tu prójimo se lo devolverás antes de ponerse el sol, porque no tiene otro vestido para cubrir su cuerpo... Si grita a mí yo lo escucharé, porque soy compasivo", dice el Señor.

2.- "Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza; Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador" (Sal 17, 2-3) Los sentimientos más íntimos del poeta afloran a veces en sus palabras. Hoy su amor a Dios rebosa encendido, vertiéndose en exclamaciones de gozo. Y, como siempre, vamos a tratar de hacer nuestras sus propias plegarias, vamos a repetir al Señor que le amamos con todo el alma. A pesar de nuestra miseria y pequeñez, de nuestra frialdad y nuestro egoísmo, digamos también: "Yo te amo, Señor, Tú eres mi fortaleza, Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador. Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora".

Son expresiones que reflejan una gran confianza, persuasión de que él es la fuente y el origen de todo, mientras que nosotros somos menos que nada. No obstante, el Señor se complace en nuestra profesión de amor, en especial si va acompañada de un sincero arrepentimiento por haberle ofendido y del firme propósito de no ofenderle nunca más.

"Invoco al Señor de mi alabanza y quedo libre de mis enemigos" (Sal 17, 4) Todos los nombres y títulos, dados por el hagiógrafo a Dios en este salmo, ponen el acento en su condición de protector y de bienhechor supremo. El salmista está convencido de que Yahvé le librará de sus enemigos por poderosos que sean, que le ayudará por muchas que sean las dificultades que se presenten.

Lo mismo hemos de pensar cada uno de nosotros. Dios nos librará de todo mal si acudimos confiados a él, si nos llegamos hasta su presencia para decirle que le necesitamos, que nos sentimos solos, que sufrimos quizás en lo más íntimo de nuestro ser. El Señor nos escuchará si humildemente le rogamos que tenga misericordia de nosotros, que se compadezca de nuestra miseria y pequeñez.

Si lo hacemos así, veremos cómo Dios se pone a nuestro lado, para sostenernos en la prueba, para animarnos en la lucha, para darnos al fin la victoria. Entonces, también con el salmista podremos exclamar: "Viva el Señor, bendita sea mi Roca, sea ensalzado mi Dios y Salvador. Tú diste gran victoria a tu rey, tuviste misericordia de tu Ungido".

3.- "Sabéis cuál fue nuestra actuación entre vosotros, para vuestro bien. Y vosotros seguisteis nuestro ejemplo y el del Señor" (1 Ts 1, 5) El Apóstol se remite a los acontecimientos que ellos han presenciado, a las obras que este gran evangelizador ha realizado entre los de la ciudad de Tesalónica. No les recuerda sus palabras, aquellos inspirados sermones que él predicaba, nos les dice que tengan presente su profunda doctrina. Él recurre a sus obras, a su conducta ejemplar como principal testimonio, como argumento decisivo.

San Pablo hizo lo mismo que el Señor: empezó por actuar y pasó luego a predicar. Y eso es lo que hemos de hacer los que somos cristianos, y más los que tenemos la misión sacrosanta de proclamar el mensaje evangélico. Primero vivir como cristianos, como sacerdotes de Jesucristo, y luego hablar a los demás de esa fe que nos mueve y que nos sostiene. Y ante nuestra propia limitación, recurramos una vez más al Señor para pedirle que nos ayude a ser consecuentes con nuestra condición de hijos de Dios, de testigos convincentes de Jesucristo

"Desde vuestra comunidad, la Palabra del Señor ha resonado..." (1 Ts 1, 8) Tesalónica fue una caja de resonancia en donde encontró eco el mensaje salvador de Cristo. Y desde allí se extendió la onda sonora hasta llegar no sólo a Macedonia, sino hasta toda la Acaya y mucho más lejos aún. Era tal la vida de aquellos primeros cristianos, tal su fe y, sobre todo, tal su amor y su conducta, que su buena fama corría de boca en boca.

Caja de resonancia, altavoz de alta fidelidad y potencia que lanza a los aires las notas alegres del amor cristiano, de la comprensión y la paz, de la lucha por el bien... Dios cuenta con nuestra cooperación sincera y generosa para difundir ese nuevo estilo de vida. Ante todo, repito, con nuestra vida honesta y entregada, sin regateo ni cuquería, con el cumplimiento amoroso y esmerado del pequeño deber de cada instante. Sólo así este mundo, contaminado y sucio de tanto ruido estridente, se llenará con el sonido limpio y gozoso de la Palabra de Dios.

4.- "Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón" (Mt 22, 37) Llevados de un afán de cumplir meticulosamente la Ley, sus estudiosos e intérpretes habían multiplicado los preceptos y normas. Con razón diría San Pedro que no podían imponer a los gentiles un yugo, que tampoco ellos, los judíos, conseguían sobrellevar. Y dentro de esa multiplicidad de mandatos, se discutía también sobre cuál era el principal. Por eso acuden al Rabí de Nazaret, para ver cuál es su sentencia. Pero el Señor zanja la cuestión recurriendo a ese pasaje del Deuteronomio, que los israelitas se sabían, y se saben, de memoria, la oración llamada "Shemá", por ser así como comienza en hebreo: Escucha. Es una llamada de atención que los judíos procuran tener siempre presente, incluso de una manera física, enrollada en un pedazo de papel o de pergamino y metida en una cajita, la "mezuzah", que se atornilla en sitio visible o se sujeta en la frente, delante de los ojos. Y como ése, usan otros curiosos recursos para no olvidarse de que Yahvé es nuestro Dios, y que es uno solo, y que a él hay que amarle con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente.

Pero Jesús, aunque no había sido preguntado sobre eso, añade que el segundo mandamiento es semejante al primero: Amarás al prójimo como a ti mismo. Es un modo de aclarar y recordar que no se puede amar a Dios si no se ama también al prójimo. Decir lo contrario es una mentira. Así lo especifica San Juan cuando afirma que quien dice amar a Dios y no ama a su hermano es un embustero. Es evidente, la dimensión vertical y trascendente es esencial en el mensaje evangélico, hasta el punto de que si se prescinde del amor a Dios, todo lo demás no sirve para nada... Pero al mismo tiempo hay que atender a la vertiente horizontal, pues la proyección hacia el hombre, complementa ese mensaje proclamado por Jesucristo. Es como si ese símbolo de la cruz, nos recordara no sólo la muerte de Cristo, sino también el modo como ha de vivir el cristiano. Levantando hacia arriba el corazón y la mente, teniendo los brazos abiertos para quienes le rodean. Sólo así la cruz está completa, con los dos trazos, el vertical y el horizontal, bien marcados.


4.- EXPERIMENTAR EL AMOR DE DIOS PARA PODER COMPARTIRLO

Por Pedro Juan Díaz

1.- El mandamiento más importante es el amor. Eso lo tenemos claro los cristianos, por lo menos en la teoría. Jesús le dio una doble dirección a este amor: hacia Dios y hacia los demás. Si falta alguna de las dos cosas, no es el amor del evangelio. Si amamos a Dios, pero no a nuestros hermanos, o al revés, algo no concuerda con el mandamiento de Jesús. Algo así les debía pasar a los fariseos, que se las daban de tener “buen rollo” con Dios, pero a las personas las trataban fatal. Precisamente son ellos los que se acercan a Jesús. Pero no lo hacen con buena intención, sino para ponerlo a prueba: “¿Cuál es el mandamiento más importante?”, le preguntan. La verdad es que a Jesús le ponían sobre la mesa las preguntas más difíciles. La semana pasada, si recordáis, le preguntaron si había que pagar impuestos a Roma. Y hoy esta.

2.- Pero Jesús está preparado para todo y tiene todas las respuestas. Él les contesta con el cariño y el amor que ellos no han tenido al preguntarle: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser… Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Es un amor en doble dirección: vertical, es decir, hacia el cielo, hacia Dios; y horizontal, hacia los demás, hacia los hermanos. Amar a Dios es vivir conforme a su voluntad. Y en el proyecto de amor de Dios están los más pobres. Así lo dice la lectura del Éxodo que hemos escuchado: “No oprimirás ni vejarás al forastero… no explotarás a viudas ni a huérfanos… No serás un usurero… Si gritan a mi yo los escucharé… Yo soy compasivo”. Una vez más, vemos que para Dios todos somos importantes, pero que los más pobres tienen un lugar especial en su corazón. Por eso el que dice que le ama tiene que amarles también a ellos.

3.- Para amar también es importante tener experiencia de amor, de sentirse amado. Conocer y experimentar el amor de Dios nos ayuda a poder compartirlo con los hermanos. Sentir que Dios nos ama incondicionalmente y nos perdona siempre, nos capacita para poder hacer lo mismo nosotros con los demás. El amor se hace así universal, sin fronteras, incluso a los enemigos, a los que no nos caen bien, a los que nos “hacen la puñeta”.

Para experimentar este amor y poder compartirlo, necesitamos estar cerca del que más nos quiere, cerca del Amor de los Amores, pasar ratos con Él, en su presencia, en la oración, escuchando su Palabra, para poder vivir la caridad con los demás, especialmente con los más pobres. Necesitamos que Dios entre en nuestro corazón y en nuestra vida, hasta los tuétanos, para que nuestra vida y nuestros actos sean reflejo y manifiesten ese amor.

4.- Cuando venimos a la Eucaristía podemos experimentar ese AMOR con mayúsculas, el Amor más grande, el que lleva a dar la vida. Así nos quiere Dios. La Eucaristía es para nosotros la prueba del amor más grande. Por eso venimos a darle gracias, a llenarnos de ese amor, a disfrutarlo, para después compartirlo. En el amor no hay cumplimientos, ni obligaciones. Es gratuito y desinteresado. Así ha de ser también nuestro encuentro con Dios en la Eucaristía y nuestro trato con los hermanos en la vida. Pidamos a Dios que nos llene el corazón de su Amor para que todas las personas lo puedan conocer y experimentar a través nuestro.


5.- AMAR… PERO COMO DIOS MANDA

Por Javier Leoz

El domingo pasado, en triple acorde, celebrábamos tres acontecimientos: el Día del Señor, la Beatificación del Papa Pablo VI y el Día de ayuda y recuerdo por nuestros Misioneros (Domund). Las tres notas (Domingo, Papa VI y Domund) tienen un común denominador: sólo desde el amor a Dios es posible celebrar el domingo, la fortaleza de un Papa postconciliar y el tesón de nuestros misioneros.

1. Que el ser humano anda mendigando amor, no es cosa nueva. Poseemos muchas cosas pero, en diversas ocasiones, echamos en falta una mano amiga, un corazón en comunión con el nuestro, unos ojos que nos regalen una mirada, uno oídos abiertos a nuestros problemas. ¿Qué ocurre? ¿Por qué el hombre va deambulando de puerta en puerta, en busca de la felicidad, y no encuentra un poco de sosiego y de paz para sí mismo? La respuesta es Dios. El amor, gratuito y limpio, ha sido dejado de lado. Confundimos amor sin límites, con amistad fraguada de intereses; amor gratuito con placer al instante; amor que busca la felicidad del otro, con egoísmo personal. ¿Dónde encontrar el equilibrio?

Las lecturas de hoy nos dan algunas pistas:

-Abandonar los ídolos que nos hacen postrarnos ante ellos y que son causa de nuestra confusión y de nuestro relativismo. El ídolo del “todo vale” que nos hace pensar que, cualquier fin, justifica los medios para alcanzar un estado de felicidad.

-Servir a Dios añorando la vuelta de Jesús y, por lo tanto, siendo prolongación de las palabras, hechos y actitudes de Jesús: amar como él amó (sin distinción ni fronteras) y buscando siempre la armonía entre el amor a Dios y el amor al prójimo. ¡Cuánto duele el escuchar a gente que se las da de cristiano que, para amar a Dios, es suficiente con amar a las personas! ¿Pero ya las amamos como Dios manda, como el evangelio exige… o a nuestro modo y capricho? ¿Es un amor a la carta el que ofrecemos o un amor cristiano y sacrificado el que brindamos?

2. Hoy es el Señor quien nos pregunta ¿Qué mandamiento es el principal de la Ley? Y nosotros, y también muchos de los que no están aquí, seguimos respondiendo lo mismo: “para mí…el mandamiento principal es…..” Y, el Señor, no nos pregunta eso. En absoluto la interesa “cual es para nosotros” sino cual es el mandamiento principal para agradar a Dios y no alejarnos de Él. ¿Qué respondemos? ¿Que lo esencial es hacer el bien y nada más? ¿Que con rezar y acordarnos de Él es suficiente? ¿Que con estar bautizados o invertir media hora en una celebración ya le damos gloria? ¿Desde cuándo, el amor a Dios o al prójimo, lo damos con cuentagotas? ¿Acaso, Dios, que se rebajó tanto por nosotros no merece mucho más que eso? ¿Acaso los prójimos que nos rodean, que son como nosotros imagen y semejanza de Dios, no valen nuestro cariño por eso precisamente?

3.- No nos podemos instalar, como cristianos, en el puro altruismo (para eso no hace falta estar bautizado). El descubrimiento del amor de Dios nos lleva necesariamente a descubrirnos y multiplicarnos en detalles hacia los demás. Es bueno recordar que la diferencia entre el amor humano y divino es que, el primero, cuando surgen dificultades o falta de respuestas, pronto se cansa o se agota. El segundo, el divino, es diferente: siempre se abre, no conoce límite ni intereses, no se brinda respondiendo a colores ideológicos. El amor celeste, porque viene de Dios, es motor y fuerza del amor cristiano.

4.- Si Dios nos quiere, tal y cómo somos, ¿por qué no vamos a querer nosotros a los demás tal y cual son? No busquemos a quién amar. Simplemente amemos aquello que esté junto a nosotros. Para ello tendremos que abandonar, como dice San Pablo, viejos ídolos, prejuicios, imágenes y un sinfín de condicionantes que nos impiden querer….como Dios nos espera de nuestro corazón cristiano.


5.- ¿CUÁL ES MI PRINCIPAL MANDAMIENT0, JESÚS?

¿Amar, aun a riesgo de perder

o ser amado, buscando mi egoísmo personal?

¿Amar, respetando y queriendo lo del otro

o, por el contrario, buscar un amor a la carta

con contraprestaciones y con diversos colores de placer?

 

¿CUÁL ES MI PRINCIPAL MANDAMIENTO, JESÚS?

Tengo, tanto miedo, de que no sea el tuyo

De no amar a Dios como Tú lo amas

De no servirle como Tú lo haces

De no buscarle por los caminos

por lo que Tú me invitas a seguirte

Digo amar a Dios….y me amo a mi mismo

Digo entregarme a Dios…y me busco a mí mismo

Digo soñar con Dios….y pienso en mi propio paraíso

 

¿CUÁL ES MI PRINCIPAL MANDAMIENTO, JESÚS?

Ayúdame, Señor, a descubrirlo

A que, el único y trascendente, sea brindar a Dios

mi existencia y mi adoración, mis ilusiones y mis esperanzas,

mi compromiso y mis anhelos de fraternidad

Ayúdame, Señor, a que tus mandamientos sean los míos:

Que no sean sólo ley, sino convencimiento

Que no sean letra impresa, sino corazón abierto

Que te amen no por obligación y sí por necesidad de Ti

Y ahora, Señor, respóndeme lo que de antemano ya sé:

El amor a Dios empuja a darse con el hermano

y, en el hermano, es donde puedo también alcanzar

el amor divino que sale a mi encuentro.

¡Gracias, Señor!


6.- EL AMOR EN LOS “ÚLTIMOS COMBATES”

Por Ángel Gómez Escorial

1.- El evangelio de Mateo de hoy encara la realidad más clara en la forma se ser cristiano: Jesús la define totalmente, sin ambigüedades. Esa realidad anunciada por Jesús contra viento y marea es el amor… La escena se produce dentro de las continuas disputas –y preguntas trampa—que los enemigos del Nazareno le estaban planteando continuamente. Hoy son los fariseos. Jesús acaba a responder a saduceos y herodianos. Es lo que José Luis Martín Descalzo en su monumental biografía de Jesús de Nazaret llama “Los últimos combates”. Pero si en los anteriores episodios que hemos venido escuchando parecía que las respuestas –aun llenas de enseñanza—se circunscribían al momento y la situación creada por sus adversarios, hoy, ante los fariseos define la esencia de su mensaje: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo.

2.- Y realmente nosotros no debemos pasar la oportunidad de reflexionar sobre el momento actual de los cristianos y de su asignatura pendiente en el amor. Sinceramente yo creo que la “ecuación” que plantea Cristo es de una profundidad e importancia inconmensurable. No ha dicho que tenemos que amar a Dios y, por otro lado, a los hermanos. Es que reúne dos preceptos de la antigua Ley y los convierte a uno solo. Y es esa doble cuestión la que tanto déficit produce. Tiene razón Juan el Evangelista cuando dice que como vamos a amar a Dios que no vemos si no somos capaces de amar a los hermanos a los que si vemos. Van por ahí las cosas. Pero la realidad es que somos escasos en amor para nuestros semejantes. No hay escena más siniestra como la de dos personas, vecinas de toda la vida, en un ascensor, donde ni se hablan, ni se miran –a no ser de soslayo—y hacen mil equilibrios para evitar el menor contacto físico, ni el más mínimo roce. La falta de amor se convierte en una terrible falta de educación, cuanto menos y, además, se incrementa el doloroso aislamiento en que la gente vive en nuestra época.

3.- Alguna vez, yo mismo, he dicho que hay mucha gente que no se quiere y que si va a tratar al prójimo como a sí mismo pues… ¡pobre prójimo! Esa es otra carencia de amor en nuestro tiempo. No tener estima ni por uno mismo y, por ello hacerse daño: autolesionarse física o espiritualmente. De ahí surgen muchos errores y pecados, Y, entre ellos, los excesos de alcohol con las drogas, o, incluso, los excesos alimenticios. Pero, realmente, creo que esta falta de aprecio por uno mismo es también cuestión de aislamiento y de soberbia. Mucha gente prefiere vivir en un silencio total antes que pedir algo o dedicar una sonrisa a un vecino.

4.- A su vez, en el trato con el prójimo en nuestros tiempos pone muy de actualidad la Carta de Santiago. Vamos a tratar mejor, vamos a “querer más” a aquellas personas que nos parecen importantes, que van bien vestidas o que, de hecho, podemos sacar algo de ellas. Las apariencias ejercen una tiranía cada vez mayor. Es el mismo diagnóstico que hizo Jesús con los fariseos. Dichas apariencias exteriores en el vestir, en la calidad del automóvil, o en la presunción excesiva sobre el puesto que se ocupa en la sociedad son como los sepulcros blanqueados. ¿Qué tenemos en nuestro interior si no amamos?, pues porquería y podredumbre. Hemos de mirar al interior y hemos de amar a todos los hermanos por igual, teniendo una especial debilidad por los “peores”: por los pobres, los más enfermos. Incluso, los más feos o los peor vestidos. Si hay algo que repugna en esos hermanos será un camino para ejercitar nuestro amor y nuestra compresión. Y, probablemente, una vez hecho, comprenderemos que esas impresiones a primera vista, no tenían el menor sentido.

5.- Jesús de Nazaret amplió este precepto del amor al prójimo marcando el camino a seguir. Dice cuanto amor hemos de tener por nuestros semejantes. Y lo dijo, también, rotundamente: “Amaros como yo os amo”. La capacidad de amar de Cristo fue, sin duda, sobrehumana. Pero ese es nuestro camino. Y nos deberían reconocer por la forma en que nos amamos. Tampoco es así. Porque, por ejemplo, en el seno de la Iglesia hay un exceso de enfrentamientos y de luchas. Muchas diferencias, la mayoría de ellas ilógicas que resienten nuestro amor mutuo de cristianos y que, desde luego, evita que se cumpla aquello de que “os reconozcan por como os amáis. Si hoy fuéramos capaces de hacer un ejercicio de introspección, un buen examen de conciencia sobre nuestras carencias en el amor habremos dado un paso de gigante. No dejemos pasar la enseñanza concreta que nos da Jesús en el Evangelio de hoy. Sería un grave error.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


SIN SUCEDÁNEOS, NI ADORNOS QUE OCULTEN LA RADICAL VERDAD

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Saduceos y simpatizantes de Herodes eran prácticamente gente de la misma calaña. Los fariseos eran otra cosa, tenían contabilizados los preceptos que aparecían en el conjunto de la Ley. 613 son muchos, pero ni uno más, ni uno menos, exactamente estos. Creían también en los ángeles y en la resurrección. Eran patriotas a rajatabla. Admirables, se creían ellos. Orgullosos, en consecuencia. Os advierto que de la tendencia saducea, los “bon vivant” de aquel tiempo, no han quedado restos en el mundo judío actual, según leo. La comunidad judía de hoy, sefardíes y askenazis, habrían heredado lo bueno de los fariseos, de aquí ciertas costumbres que al enterarnos nos chocan.

2.- A estos intelectuales de criterios estrictos, indomables, cultos, prepotentes y satisfechos de sí mismos, también les molestaba el Señor. Habían oído que le llamaban Rabí, pero ellos no sabían quién le había otorgado el título y, para colmo, era galileo. El clasismo, no lo olvidéis, está presente siempre entre los que de una manera u otra se creen selectos, aunque lo sean. A ellos no se les escaparía este intruso, comentaban en voz baja.

3.- Lo mejor era acudir a lo más elemental, aquello que parece que es infantil por su sublimidad y sencillez:

-¿Cuál es el mandamiento fundamental de la Ley?

Cualquier satisfecho de su doctorado hubiera contestado con peroratas y argumentos propios de una maciza tesis. Pues, no. Jesús contesta con las palabras que su Madre le había enseñado de pequeño y que como buen judío recitaba tres veces cada día. Su respuesta es elemental: la Shemá. Para que me entendáis, es como si un intelectual tildado de herejía nos respondiese afirmando que lo fundamental de su Fe está en el Padrenuestro. ¿Quién se atrevería a condenarlo?

4.- El Maestro añade a la Shemá: amarás a tu prójimo como a ti mismo. Y de aquí con destreza y honradez se deduce lo demás. Esta segunda parte no era ajena a la mentalidad judía. La actitud respecto a los demás que en principio era hostil. Muy posteriormente se dirá en el mismo sentido: homo hominis lupus (el hombre es un lobo para el hombre). No se atrevían a tanto aquellos fariseos. Habían estudiado como gradualmente se les había ido desvelando en el mensaje revelado, la actitud que debían tener ante el prójimo. Amor: primero si era a uno de su estirpe, después, poco a poco, cierto respeto y aprecio a los otros, vinieran de donde vinieran.

Pese a jugar en campo propio, está vez, habían sufrido nueva derrota, lo mejor era retirarse discretamente y esperar momentos más propicios. A nosotros hoy nos toca examinar nuestro comportamiento a la luz de los dos preceptos que van tan unidos, que no se sostiene uno sin el otro.

P.D. Como hoy este mensaje comentario me ha salido corto, os añado a modo de ilustración las palabras de la Shema

Empieza así en hebreo: Shema Israel adonai elohenu adonai ejad…

El significado del texto es el siguiente: Oye, oh Israel. Di-s es nuestro Señor, Dios es Uno. Amarás al Eterno tu Dios con todo tu corazón, toda tu alma y toda tu fuerza, grabarás en tu corazón las palabras que te ordeno hoy, las enseñaras a tus hijos y las meditarás estando en tu hogar y andando por tu camino, al acostarte y al levantarte, las atarás por señal sobre tu brazo y por ornamento sobre tu frente; las escribirás en el acceso de tu morada y en tus portales.