Domingo IX del Tiempo Ordinario
Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo
29 de mayo de 2016

 

La homilía de Betania


 

1.- LA ALIANZA NUEVA Y ETERNA DE CRISTO

Por Gabriel González del Estal

2.- LA IMPORTANCIA CAPITAL DE LA EUCARISTÍA

Por Antonio García-Moreno

3.- DADLES VOSOTROS DE COMER

Por José María Martín OSA

4.- CORPUS DE LA MISERICORDIA

Por Javier Leoz

5. - SENTIR A JESÚS CON NOSOTROS

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


“TOMÓ PAN Y DIJO: ESTO SOY YO”

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- LA ALIANZA NUEVA Y ETERNA DE CRISTO

Por Gabriel González del Estal

1.- Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre. Dentro del pensamiento paulino, tal como leemos hoy en la primera carta de san Pablo a los Corintios, escrita bastantes años antes de la publicación de los evangelios, la eucaristía es la mejor expresión de la nueva alianza que Cristo hizo con su Padre, ofreciéndole el sacrificio de su propia sangre. En el Antiguo Testamento se habla de otras alianzas que Dios hizo con su pueblo. Los sacerdotes de las antiguas alianzas ofrecían a Yahvé la sangre de algún animal sacrificado y era la sangre de ese animal sacrificado y ofrecido a Dios la que sellaba la alianza que Dios hacía con su pueblo. En la nueva alianza es la propia sangre de Cristo la que sella de una manera definitiva y para siempre la alianza de Dios con los hombres. Dios ya no quiere sacrificios de toros, ni otras ofrendas, para perdonar los pecados del pueblo; es la sangre –la vida, pasión y muerte de Cristo- ofrecida sobre el ara de la cruz, lo que perdona nuestros pecados. En la eucaristía, cada vez que comemos el pan sacramentado y bebemos el vino, renovamos esta nueva alianza, en la que Dios perdona nuestros pecados por la sangre de Cristo.

2.- Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Si seguimos con san Pablo, cada vez que nos acercamos a recibir el cuerpo de Cristo, debemos ser conscientes de que estamos comulgando con el Cristo que se entregó, libre y voluntariamente, por nosotros. Recibimos un cuerpo entregado, ofrecido libremente a Dios, para obtener el perdón de nuestros pecados. No es que Cristo buscara la muerte por amor a la muerte; Cristo, como ser humano que era, temía la muerte, pero aceptó con amor la muerte y ofreció su vida al Padre, porque esa era la condición necesaria para quitar el pecado del mundo. Cristo, cordero inmolado, aceptó una muerte humanamente cruel e injusta, entregándose por nosotros, para salvarnos a nosotros. La muerte de Cristo fue una muerte redentora, una muerte por amor a sus hermanos los hombres. Por eso, cada ver que nosotros anunciamos la buena noticia de Cristo, su evangelio, debemos ser conscientes de que estamos anunciando la vida y muerte de una persona que sacrificó su vida luchando contra el mal y contra la injusticia del mundo, precisamente para salvar al mundo. De todo esto debemos ser muy conscientes cada vez que nos acercamos a comulgar con el cuerpo y la sangre de Cristo, un cuerpo entregado por nosotros…

3.- Haced esto en memoria mía. Sigue diciéndonos san Pablo que Cristo mandó a sus discípulos que cada vez que se reunieran para comer el pan y beber el cáliz lo hicieran en memoria suya. La eucaristía es la renovación del sacrificio de Cristo; como venimos diciendo, la eucaristía es la memoria del sacrificio de la vida de Cristo. Cristo fue el primer mártir del cristianismo, lo mataron porque no se acobardó ante la persecución injusta de los que le mataron, sino que, por amor a su Padre, Dios, eligió la muerte, antes que ceder ante las presiones de sus enemigos. Si de verdad celebramos conscientemente nuestras eucaristías, debemos hacerlo recordando la primera eucaristía que Cristo celebró con sus discípulos, inmediatamente antes de recorrer el camino hacia el calvario, donde ofrecería su vida al Padre, sobre el ara de la cruz.

4.- Dadles vosotros de comer. En el evangelio de hoy hemos leído el relato de la multiplicación de los panes y los peces. En esta fiesta del Corpus, debemos entender este relato también en lenguaje eucarístico. Nuestras eucaristías nos dicen que Cristo ofreció su vida para salvar a todos los hombres, sin excepción alguna. Nuestras eucaristías no pueden quedarse en un acto piadoso individual, sino que deben implicar un propósito de salvar al mundo, especialmente a los más necesitados, poniendo nuestras vidas al servicio de la vida de aquellas personas que más nos necesitan. Hoy es el día del amor fraterno y nuestra eucaristía de hoy debe animarnos a querer salvar, por amor, a todas las personas necesitadas. En nuestra tierra hay recursos suficientes para que nadie se muera de hambre, es nuestro egoísmo, el egoísmo humano, el que condena a la muerte por hambre a muchas personas. En esta eucaristía de la fiesta del Corpus, ofrezcamos cada uno de nosotros todo lo que podamos, para que nadie se muera de hambre por culpa de nuestro egoísmo. Demos nosotros de comer a las personas que nos necesitan, cada uno según sus posibilidades.


2.- LA IMPORTANCIA CAPITAL DE LA EUCARISTÍA

Por Antonio García-Moreno

SACRIFICIO DE MELQUISEDEC. “En aquellos días, Melquisedec, Rey de Salem...” (Gn 14, 18)Se trata de un misterioso personaje del Antiguo Testamento, “sin padre, ni madre, ni genealogía, sin comienzo de días, ni fin de vida, asemejado al Hijo de Dios, que permanece sacerdote para siempre”, según narra la epístola a los Hebreos. También en el salmo ciento diez se dice que su sacerdocio es eterno. Una figura que anunciaba a Cristo, cuyo sacerdocio, en efecto, es eterno, y cuyo origen se pierde en la eternidad. Un sacerdocio que no proviene de los hombres, sino del mismo Dios.

El pasaje nos dice que Abrahán le ofreció el diezmo de todo. De esa forma se pone de relieve la grandeza de ese personaje, pues quien ofrece algo siempre es inferior que aquel a quien se hace la ofrenda. Por otro lado se nos refiere que Melquisedec ofreció a Dios el pan y el vino. Un sacrificio que anunciaba también ese otro sacrificio, el de la Eucaristía donde el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, que se inmolan por la salvación del mundo.

2.- LA EUCARISTÍA, CENTRO DE LA VIDA CRISTIANA. “Por eso, cada vez que coméis de este pan...” (1 Co 11, 26).El Apóstol asegura que cuanto les está diciendo sobre la Eucaristía pertenece a la Tradición que arranca de Cristo, “procede del Señor” nos dice. Así fue, en efecto, pues el Maestro encomendó a sus discípulos que repitieran en memoria suya lo que él acababa de hacer, convertir el pan y el vino en su Cuerpo y Sangre, que se entregaba en sacrificio para la redención del mundo. De ahí que diga San Pablo que cada vez que comemos el Pan o bebemos del Cáliz proclamamos la muerte del Señor, hasta que vuelva.

Proclamar la muerte de Cristo equivale a repetir su sacrificio, de modo sacramental pero real. Es decir, en cada celebración eucarística se repite el sacrificio del Calvario. De ahí la importancia capital de la Eucaristía, de la Misa. Tanto que el Magisterio de la Iglesia lo considera como el centro de la vida la cristiana, la fuente de la que brota la vida de la Gracia y, por otro lado, es el acto al que se dirige toda actividad apostólica, allí donde converge cuanto la Iglesia hace y dice para la salvación del mundo.

HASTA SACIARSE. “Comieron todos y se saciaron...” (Lc 9, 17). La multiplicación de los panes y los peces es un hecho atestiguado por todos los evangelistas, uno de esos acontecimientos considerado de capital importancia, no por lo prodigioso sino por el valor teológico que encierra, por el significado doctrinal tan rico e importante que entraña. San Juan recordará que Jesús mismo da las claves para su interpretación, destacando la íntima relación de ese prodigio con la Eucaristía, pues en ella Jesús es el verdadero Pan bajado del cielo, el Pan de vida, el Pan vivo.

El Señor se dio cuenta de que aquel milagro despertó en la muchedumbre el entusiasmo, hasta el punto de que quieren hacerlo rey. Pero por otro lado les recrimina que lo busquen sólo porque se han saciado. Buscad el pan del cielo, les dice, el pan que el Hijo del Hombre os dará. Y luego les aclara que quien coma de este Pan no morirá para siempre. Esto es mi Cuerpo –nos recuerda—que será entregado por vosotros.


3.- DADLES VOSOTROS DE COMER

Por José María Martín OSA

1.- Rey de justicia y de paz. Melquisedec es presentado en el relato del Génesis como «rey de justicia», que reina en «ciudad de paz»; sacerdote del Dios altísimo, que ofrece pan y vino y bendice a Abrahán. Puestos a buscar una figura del Mesías, pocas tan conseguidas como Melquisedec. Cuando el autor de la carta a los Hebreos quiso buscar una justificación del sacerdocio de Cristo, enseguida se acordó de este importante personaje. También el salmo 109 había aplicado al Mesías este sacerdocio. Figura misteriosa y luminosa. Es símbolo de las mejores aspiraciones y esperanzas de los hombres, encuentro vivo de la paz y la justicia. Su ciudad parece abierta a las mejores relaciones humanas, donde se acoge al peregrino y se comparte el pan y el vino de la fraternidad, donde se ha olvidado el sentido de las armas, donde se está abierto a la trascendencia. Todo el que acoge, bendice y comparte, será rey de justicia y de paz, y será sacerdote del Dios altísimo o, mejor, cercanísimo.

2.- Un nuevo reino y un nuevo sacerdocio. La segunda lectura es el texto más antiguo referente a la institución de la Eucaristía. Recoge una tradición venerable que llega hasta Jesús. La Eucaristía está ahí, en el centro de la historia: recordando, por una parte, la muerte del Señor y el gran amor que lo llevó hasta la entrega; anunciando, por otra parte, el retorno del Señor. Un recuerdo que compromete y se hace esperanza, pues el retorno del Señor tenemos que prepararle. Lo que Melquisedec simbolizaba se hace realidad en Cristo, verdadero rey de justicia y de paz, el que es todo bendición, el que ofrece el pan y el vino de más hondo significado, memorial del amor más grande, signo de la unión más perfecta y anuncio de los bienes definitivos. En Cristo empieza un nuevo reino y un nuevo sacerdocio.

3.- “La nueva imaginación de la caridad”. La multiplicación de los panes y de los peces aparece en los cuatro evangelistas. El relato está configurado como un diálogo entre Jesús y los doce. Los doce consideran inviable la propuesta de Jesús de dar de comer a tanta gente, pero estarían dispuestos a poner los medios para hacerla viable: ante la imposibilidad de dar de comer a todos con cinco panes y dos peces, proponen ir a comprar al pueblo. El diálogo se desarrolla, pues, en términos de propuestas y contrapropuestas normales; no hay nada que haga pensar en una intervención milagrosa, ni siquiera cuando Jesús pide a sus discípulos que hagan sentar a la gente. Sólo al final aparece la intervención milagrosa de Jesús. Literariamente hablando, se trata de una intervención inesperada. Esto quiere decir que Lucas no está interesado en resaltar lo extraordinario de la escena, aunque indudablemente lo presupone. Una vez más, Lucas ha elaborado el relato en perspectiva catequética. Catequesis a los doce sobre cómo tienen que actuar en la comunidad cristiana. Esta actuación no debe ser el desentendimiento (¡que se las arreglen como puedan!), por muy comprensible y razonable que pueda éste parecer. Su actuación debe ser la entrega, la disponibilidad, la búsqueda de soluciones, por muy costosas que éstas sean. “Dadles vosotros de comer”, les pide Jesús. Es entonces cuando se produce el milagro. El milagro de una comunidad donde no hay necesidades, donde todo fluye a raudales y que incluso sobra. El milagro que se produjo allí es el compartir. Ya el Papa Benedicto XVI nos había hablado de la nueva “imaginación de la caridad”. La Eucaristía, como Jesús la entendió, es la gran señal de una comunidad en torno a una misma mesa, donde a nadie le falta nada y donde todo es alegría de vivir. Así lo expresó también San Agustín:

“Danos los bienes eternos, danos los temporales. La Eucaristía, en consecuencia, es nuestro pan de cada día; pero recibámoslo de manera que no sólo alimentemos el vientre, sino también la mente. La fuerza que en él se simboliza es la unidad, para que agregados a su cuerpo, hechos miembros suyos, seamos lo que recibimos. Entonces será efectivamente nuestro pan de cada día”.


4.- CORPUS DE LA MISERICORDIA

Por Javier Leoz

El Papa Francisco, en su convocatoria del Año Santo Jubilar, nos afirmaba que “la caridad es la viga de la vida cristiana”. Es así: caridad hacia Dios (para no perderlo) y caridad hacia los demás (para no olvidar que la fe es compromiso).

Hoy, con Cáritas, caemos en la cuenta que una cosa lleva a la otra: ir a la fuente a por agua implica, a continuación, compartirla con el que siente sed. Encontrarse con Cristo, en la oración, en la eucaristía o en los sacramentos, nos exige buscar esos otros “cristos” que deambulan por el ancho mundo reclamando justicia, pan, derechos o una mirada de amor.

1. La festividad del Corpus Christi, no obstante, nos hace colocar en el centro de la atención de este día el Misterio de la Eucaristía: el Cuerpo y la Sangre del Señor. En Jueves Santo, Jesús, se nos dio y nos mandó perpetuar este Misterio. ¿Qué hemos hecho de él? ¿Rutina o vida? ¿Obligación o necesidad? ¿Encuentro o rito?

La misericordia de Dios se expresa especialmente, y visceralmente, en la Eucaristía. Es donde caemos en la cuenta de los quilates del amor de Dios. ¿Qué Padre es capaz de ofrecer a su único para y por salvar a alguien? Dar la vida por los demás por unas horas, por un mes o por un año…resulta fácil. ¿Y darnos totalmente? ¿O entregarnos en cuerpo y alma? ¿Y dejarnos clavar, insultar, lacerar o escupir por la salvación de los demás?

A la Eucaristía, por si lo hemos olvidado, no venimos para que nos entretengan. Mucho menos venimos a que, un grupo de guitarras o el coro de turno, nos la hagan más llevadera. Eso, entre otras cosas, sería un insulto a lo más sagrado que ella tiene y ella encierra: Cristo. Sería tanto como acudir a un gran banquete, en el mejor de los restaurantes, y una vez servida la comida llamar al camarero y decirle: “Por favor; ¿puede conectar la música de ambiente porque, la comida, no me gusta?”. Nos hace falta fe, y mucha, para gustar, sentir y disfrutar este Misterio. ¿Cómo vamos a manifestarlo en la calle, en la solemne procesión del Corpus, cuando tal vez por dentro y por fuera nos ha dejado indiferentes?

2.- En el Año de la Misericordia, contemplando a Cristo en el centro de nuestras custodias, caemos en la cuenta de que hemos de ser nosotros los portadores de Jesucristo. El futuro de la fe en nuestra sociedad, en nuestra familia y en nuestros ambientes, depende muchísimo del cómo la vivimos primero nosotros. Sin Eucaristía, la de cada domingo, nos convertimos en simples autómatas del bien (lo hacemos pero porque está de moda el encumbrar ciertos valores altruistas). Nos situamos al margen de Dios (como si comprometernos por el otro fuese responsabilidad nuestra y sin iniciativa de Dios). Nos agotamos en el intento (porque, a la primera de cambio, sentimos que la caridad no es recompensada ni agradecida por un mundo egoísta y egocéntrico).

El “Tomad y comed” y “Tomad y bebed” llena nuestras entrañas y nuestras venas del mismo Cuerpo y Sangre de Cristo y, cuando así lo creemos y sentimos, vemos que nuestros cuerpos y nuestra sangre se mueven y se desviven por lo mismo que conmovió a Jesucristo: la gloria de Dios y el bienestar de los hermanos.

No es lógico, por lo tanto en este día del Corpus Christi, acentuar exclusivamente el dolor de los cuerpos de los hermanos (aunque tengamos que salir en su auxilio). Hoy, especialmente hoy, clavamos nuestros ojos en el Cuerpo de Cristo, saboreamos su Sangre redentora para que, luego, nos infunda su valor, su valentía y su radicalidad para luchar lo que haga falta, donde haga falta para que, nuestra misericordia, sea humana y divina, constante y sin tacha, alegre y virtuosa, respetuosa y humilde, silenciosa e ilimitada. ¿Cómo? Con el Sacramento de la Eucaristía.

Salgamos con el Señor a las calles y, luego, seamos –por supuesto- manos que luchen por la justicia, que repartan generosidad y que trabajen por la fraternidad entre todos.

GUÍANOS, SEÑOR (Javier Leoz- Corpus 2016)

Con emoción, Señor, te alabamos y te exaltamos

Acostumbrados a encumbrarte en el altar,

somos conscientes de que, las calles y plazas de nuestro vivir,

no siempre están preparadas ni bien dispuestas

para acoger tú limpia y santa presencia.

La Eucaristía, nos recuerda a Ti

La Eucaristía, nos trae a Ti

La Eucaristía, nos habla de Ti

Vienes, Cristo, personalmente a cada uno de nosotros

Observas nuestra vida, y ves que le falta algo de amor

te adentras en nuestros corazones,

y adviertes que, en ellos, no siempre hay lugar para Dios

eres la fuente de la MISERICORDIA con mayúsculas

la nuestra, nuestra misericordia, no siempre es acertada

¡GUÍANOS, SEÑOR, CON LA FUERZA DE LA EUCARISTÍA!

Convierte nuestras almas en una morada para tu presencia

Ilumina nuestros corazones con la luz de tu verdad

Abre nuestros ojos con el resplandor de tu Cuerpo

Dirige nuestros pies por los senderos de tu Verdad

Fortalece nuestro interior

cuando, tantas fuerzas externas e idólatras,

nos pruebas, nos persigues o nos rechazan

¡DANOS, SEÑOR, A BEBER TU VIDA!

Para nosotros, y para el mundo que te espera

Sin tu vida, nuestra vida se desangra

es insatisfecha, vacía y llena de fisuras.

Porque, un mundo sin Dios, sin el Padre

es una creación que muere con panes efímeros

una realidad que pierde el sentido del futuro.

Acepta por un día, Señor, por unas horas, Señor

la ofrenda de nuestras calles aromatizadas

el encanto de nuestras plazas engalanadas

el aroma del incienso que por Ti se quema y se eleva

la música armoniosa y triunfal:

todo es para Ti, amigo que te dignas caminar junto a nosotros

Y, después de todo, Señor

no dejes de bendecirnos, de tocarnos con tu gracia

de inspirarnos oportunamente con tu Palabra

de hacernos invencibles con tu Sacramento

de llenarnos con el Pan de la Vida

de saciarnos con la Sangre que corre por tus venas

Bendícenos, Señor; haznos vivos y valientes

Bendícenos, Señor; haznos entusiastas y decididos

para que, a la multitud que espera tu llegada,

sepamos anunciarles y llevarles tu Reino

tu presencia, tu pan multiplicado,

tu mano sanadora y tu corazón compartido.

Amén.


5. - SENTIR A JESÚS CON NOSOTROS

Por Ángel Gómez Escorial

1. - Dios se hizo hombre y convivió con nosotros. Es algo muy grande, inconmensurable. Sin duda, Jesús es el rostro de Dios Invisible. Luego, la noche en que iba a ser entregado, dejó a sus discípulos una presencia permanente en la forma real de su Cuerpo y su Sangre. La misma que había servido para la Encarnación de Dios en hombre. Esto es también enorme y da vértigo solo pensarlo. Porque Dios está presente en una cercanía impresionante: en los sagrarios de todas las iglesias y sobre el altar de todas las misas cotidianas. Es probable que no seamos capaces de entender totalmente esa realidad; que, incluso, la aceptemos intelectualmente, pero que se nos olvide o que no la sintamos de manera suficiente.

2.- Sin embargo, es difícil no sentir el influjo espiritual en su recepción. Muchas veces, no hace falta la fe para saber que ahí, tras las formas de pan y vino, está Jesús y, por tanto, la Santísima Trinidad. Se experimenta con la recepción del Santísimo Sacramento una interrelación con el Ser Divino. Es, sin duda, suave y tenue. A veces la hacemos nosotros insuficiente en nuestro camino de fe. Y somos desmemoriados a la hora de no tenerla presente de manera total en nuestras vidas, todas las horas del día. Pero aun así es imposible negar esa corriente de divinidad que nos llega. Conseguimos sintonizar --como en los tiempos heroicos de la radio-- durante unos segundos con la Estación amada y lo oímos en toda su plenitud.

3. -. La presencia innegable de Jesús en las formas de pan y vino comunica una corriente espiritual fehaciente. No es solamente un rito sacralizado por la fe. Es una realidad que transforma, aquieta, perdona y enriquece. Siempre hay un antes y un después en la recepción de la Santa Eucaristía. Muchos días se llega a la misa cotidiana con problemas, aprensiones, tristezas, distracciones o dudas. Gran parte de todos esos problemas van a aclararse. Nuestro cuerpo, alma y pensamiento han cambiado después de recibir a Jesús. No es un espejismo, no es una falsa emoción. Hay momentos en que el fruto del Santo Sacramento es recibir, por ejemplo, un mayor tino para todas las cosas y, sobre todo, en las de índole espiritual.

4.- No es posible dejar de proclamar tal efecto real de un don espiritual. El mayor bien "terreno" que podemos dar a nuestros hermanos es comunicarles lo que sentimos a la hora de recibir el Cuerpo de Cristo. Y la mejor ayuda es --si ellos no lo sienten—pre-dibujarles tales dones. Porque el alimento espiritual que supone la recepción del Cuerpo y Sangre de Jesucristo es fundamental para construir nuestra identidad total como cristianos, con todo lo que eso significa y debe significar. Por todo ello debemos celebrar esta Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo con especial dedicación. Pidiendo a Jesús que nos ilumine y que nos "regale" de manera fehaciente su presencia. Y una vez que seamos capaces de aprehender esos dones, hemos de esforzarnos por comunicárselos a nuestros hermanos.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


“TOMÓ PAN Y DIJO: ESTO SOY YO”

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Atribuimos a Dios-Padre nuestra creación y llenarnos de amor y marcarnos un futuro. Fue al principio. Y el hombre falló, Dios se enojó y hubo en la tierra desconcierto. Dios-Hijo vino hecho hombre, llamado por los suyos algo así como Jesuá, que en nuestra lengua es Jesús, en otras se pronuncia de manera diferente, no hay que inquietarse por ello. Jesús-Dios-Hijo nos salvó, más bien nos redimió, que es mucho más y mejor. El porvenir del hombre, de cada uno de los hombres, de cada uno de nosotros, de mí mismo, de vosotros mismos, mis queridos jóvenes lectores, se iluminó entonces de esperanza. Era preciso afianzar, fortalecer, asegurar la obra de Dios-Padre y la de Dios-Hijo. Vino Dios-Espíritu Santo, defensor, animador, encargado de llenar de coraje a los fieles. Muchos no se enteraron. ¡Muchos de nosotros no lo tenemos en cuenta en tantas ocasiones! Muchos lo ignoramos a veces. Pero vino y viene. Esta es la realidad.

2.- Aprisionados en el espacio-tiempo, es preciso que en él se mantenga la permanencia de Dios-Total, de Dios-Único. Hecho, de alguna manera, espacio-temporal. De esta constatación surge la Eucaristía. Tal vez en otro lugar del Universo, o de otra realidad universal, la cosa sea diferente. Dios el mismo siempre, intocable, eso sí. La realidad planetaria o satelital, puede ser diferente, poco importa.

3.- Tomó pan y dijo: esto soy yo. Tomo una copa y dijo: aquí estoy yo mismo. Nosotros nos sentimos discípulos suyos, amigos y colaboradores de Aquel que existió en Jerusalén y allí murió y resucitó. Nos sentimos a su lado. Es nuestro hermano mayor. Nosotros chiquitines hermanos suyos. Pero también, con propiedad, le llamamos Señor. Le reverenciamos, le adoramos. Es Dios del todo, sin duda.

4.- Estar seguro el hombre, lo está de muchas cosas. Estar convencido del todo, de muy pocas. Cualquier análisis físico-químico nos diría que allí hay solo pan. Cualquier análisis vivencial nos descubriría que es otra cosa, sin importar lo que dictan los instrumentos. Lo importante es vivir, más que saber.

5.- El Cuerpo de Jesús, sin que lo veamos, se hace cuerpo nuestro. Nuestro ser, asombrado, se comprueba vivir, se nota, realidades maravillosas, totalmente reales. Muy asombrosas. El hombre de Fe, lleno de Dios, es diferente, aunque los otros no lo vean. Es preciso que se lo hagamos comprender, con nuestra vida, junto a la suya. Con nuestro Amor, del que tal vez él, nuestro prójimo, carezca. Ir a misa y comulgar, es necesario. Necesario para llevar una existencia superior. Pero también es un imperativo que preparemos su presencia con nuestra acción caritativa, con la presencia y vivencia de la justicia. Debemos colaborar en el cambio de nuestro mundo, para que en él se celebre con honradez la Eucaristía. Una misa, una comunión, en egoísmo, en ambición, en injusticia y en despreocupación por los demás, cual caines que no se sienten responsables de sus hermanos, es una aberración.

6.- El día de Corpus debe ser el día de la justicia, inicio de la Caridad. Debe ser el día de la generosidad, de la comunicación, del corazón abierto. Pan de las espigas, vino de las cepas, incorporándose Dios en ello, por la acción sacramental de la Iglesia, se convierte en la realidad social de más categoría, en la acción política, sin ser de partido, ni de gobierno, más eficaz.

7.- Acabo de mirar lo hasta aquí escrito, con propósito de corregirlo. Pienso ahora, mis queridos jóvenes lectores, que hay demasiada verborrea. En cuanto lo deje, pasaré a la “Pequeña iglesia” de aquí al lado. Le diré al Señor: valgo muy poco, pero Tú sabes que te amo. Comulgaré, es muy sencillo ¡y da tan buenos resultados! Vengo haciéndolo durante 75 años ¡y se me concede tanta felicidad por ello!