II Domingo de Cuaresma
25 de febrero de 2018

La homilía de Betania


 

1.- LA FE TRANSFIGURA LA REALIDAD

Por Gabriel González del Estal

2.-…Y CONTEMPLAR EXTASIADOS LA GLORIA DEL SEÑOR

Por Antonio García-Moreno

3.- NO TODO ES BONITO

Por Javier Leoz

4.- CONTEMPLACIÓN Y COMPROMISO

Por José María Martín OSA

5.- HOMBRES Y MUJERES OLVIDADIZOS

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


PRUEBAS

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- LA FE TRANSFIGURA LA REALIDAD

Por Gabriel González del Estal

1.- Subió con ellos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Aplicado al relato evangélico de la Transfiguración, esto nos parece evidente. Los tres apóstoles que subieron con Jesús al monte Tabor vieron, no con los ojos corporales, sino con los ojos de la fe, el Espíritu de Jesús transfigurado ante ellos. Sólo con los ojos de la fe, con los ojos del espíritu, se puede ver lo espiritual. También con los ojos de la fe vieron los tres discípulos a Elías y a Moisés conversando con Jesús. También con el Espíritu oyeron la voz del Padre que decía desde la nube: “Este es mi Hijo amado; escuchadlo”. La visión dejó a los discípulos tan entusiasmados que querían quedarse allí contemplando la visión para toda la vida. Tuvo que ser el mismo Jesús el que le dijo a Pedro que “no sabía lo que decía”. Y fue el mismo Jesús el que les dijo a los tres que había que descender de la montaña y bajar al llano, para seguir caminando hacia Jerusalén, donde le matarían, pero que él después resucitaría de entre los muertos. También hoy a nosotros es la fe en el Cristo resucitado la que puede y debe permitirnos ver a Jesús transfigurado y sentado a la derecha del Padre. En este mundo y en esta sociedad en la que nosotros vivimos sólo podemos ver a Jesús si vivimos con el alma transfigurada por la fe, y sólo viviendo transfigurados por la fe en Cristo podremos ser anunciadores de su evangelio y de su mensaje de salvación. Hoy, más que nunca, necesitamos que nuestra fe transfigure la realidad en la que vivimos, haciendo que la sociedad pueda ver y oír en nuestras obras y en nuestras palabras las obras y las palabras de Jesús. Primero debemos ser nosotros, los cristianos, los que escuchemos a Jesús, el Hijo predilecto del Padre, y los que transmitamos su mensaje a esta sociedad tan descristianizada. Si los cristianos de este siglo XXI no transfiguramos la realidad con los ojos de nuestra fe, con nuestras palabras y con nuestras obras, no esperemos que sean los políticos, o los economistas, o los medios de comunicación, los que la transfiguren.

2.- No alargues la mano contra tu hijo ni le hagas nada; ahora sé que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo, a tu único hijo. También en esta lectura del Génesis podemos ver al patriarca Abrahán viendo la realidad con los ojos de la fe. El Señor le manda sacrificar a su único hijo, Isaac, en el que el patriarca tenía puestas todas sus esperanzas. Obedecer a Dios implicaba para él renunciar a todas sus esperanzas, pero el patriarca obedece a Dios y sube al monte Moría dispuesto a cumplir el mandato del Señor. Por esta fe en Dios el patriarca Abrahán es considerado hoy padre en la fe de las tres religiones: la religión hebrea, la cristiana y la musulmana. Será el mismo Dios el que le diga al patriarca que la práctica de sacrificar a Dios personas humanas es una práctica que le desagrada, aunque la practiquen otros muchos pueblos. Es ahora cuando la fe del patriarca vuelve a transfigurar la realidad según la auténtica y verdadera voluntad de Dios. Así lo creemos también nosotros, los cristianos, aun cuando sigan existiendo algunas personas de otras religiones que crean que pueden y deben seguir sacrificando en nombre de Dios a personas humanas. Respetemos nosotros siempre la vida humana, defendámosla, y luchemos contra los que están dispuestos a sacrificarla por la causa que sea. Nuestro Dios es autor de la vida, nunca de la muerte; así es como tenemos que ver nosotros siempre la realidad, con los ojos de la fe.

3.- Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? También san Pablo vio siempre la realidad con los ojos de la fe. Sólo así podremos entender su vida. A partir de su conversión a Cristo, vivió única y exclusivamente para Cristo, aceptando riesgos, peligros, persecuciones y penalidades sin cuento, con la fe clara y segura de que si Dios estaba con él, nadie podría contra él. Cristo intercede por nosotros desde el cielo, dejemos que esta fe transfigure siempre la realidad en la que nosotros vivimos. Apoyados en nuestra fe en Cristo, en nuestra fe en Dios, vivamos firmes y confiados, aunque sean muchas las dificultades por las que tengamos que pasar en esta vida.


2.-…Y CONTEMPLAR EXTASIADOS LA GLORIA DEL SEÑOR

Por Antonio García-Moreno

1.- SÍ AL MENOS UNA LÁGRIMA... "Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?". Estas palabras son como un desafío, un reto audaz que San Pablo lanza a la cara de sus enemigos. Un grito de guerra, un grito de victoria. "¿Quién nos separará del amor de Cristo? -se pregunta-. ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada...?".

Pablo es consciente de las dificultades que hay en su vida, de las persecuciones que sufre, de las calumnias que han propagado contra él, de la incomprensión de los que podían y debían haberle comprendido. Él sabe que hay muchos que desean su muerte, está seguro de que terminará sus días en la cárcel, condenado injustamente a muerte, a una muerte violenta, al martirio.

Y sin embargo, se siente seguro, tranquilo, sereno, decidido, audaz, contento, feliz. Él sabe que vive entregado a la muerte cada día, todo el día, como oveja de degüello. Pero él dice: "En todas estas cosas vencemos por aquél que nos amó. Porque persuadido estoy de que ni la muerte, ni la vida, ni poder alguno por grande que sea, podrá separarnos del amor que Dios nos tiene y que nos ha manifestado en Cristo Jesús".

"El que no perdonó a su Hijo, -sigue el Apóstol-, sino que lo entregó a la muerte por nosotros..." Ahí está la clave de ese optimismo desaforado. Haber creído en clamor de Dios, este es el secreto de esa esperanza siempre viva, de esa audacia sin límites, de esa personalidad arrolladora. Dios nos amó hasta el extremo del amor. Lo dijo Jesús: "Nadie tiene amor más grande que aquel que da la vida por el amado". Y Dios entregó su vida por los hombres. El Padre Eterno no escuchó la súplica del Hijo que pedía, con lágrimas y sudor de sangre, que pasara aquel terrible cáliz, aquella dolorosa pasión. Y el Hijo aceptó los planes del Padre y caminó decidido, sin resistencia alguna, hacia el tormento supremo del abandono y del dolor.

Ante estos hechos, ¿cómo podemos permanecer insensibles, cómo podemos caminar de espaldas a Dios, cómo podemos vivir una vida tan mediocre y aburguesada, cómo podemos olvidar a quien tanto nos ama? No hay respuesta adecuada. Sólo cabría decir que somos unos pobres miserables, indignos de tanto amor. Y si al menos dijéramos eso, si al menos sintiéramos un poco de dolor de amor, si al menos derramáramos alguna lágrima de arrepentimiento...

1.- TRANSFIGURACIÓN.- Jesús se retira con los más íntimos a la montaña. Lo más probable es que se tratara del monte Tabor, alta colina que destaca en las planicies de Galilea, atalaya desde la que se divisa a lo lejos el reflejo azul del lago de Genesaret y el verde valle de Yiztreel. Las cumbres, esto lo saben bien los montañeros, invitan a la contemplación: Allí el espíritu se eleva y Dios parece estar más cerca. Es lugar propicio para la oración, para comunicarse con el Creador, esplendente en la altura, visible casi en la grandeza majestuosa de los hondos abismos y de las escarpadas rocas.

La grandiosidad de la cima del Tabor se llenó con la luz que Cristo irradiaba. Toda la gloria que se ocultaba tras los velos de la humanidad se dejó ver por unos instantes. Fue tanto el resplandor de aquella transformación que los apóstoles quedaron extasiados, como fuera de sí, sin saber con certeza lo que pasaba. Un gozo inefable les colmaba por dentro, y a Pedro sólo se le ocurre decir que allí se estaba muy bien, y que lo mejor era hacer tres tiendas. Y no moverse de aquel lugar. Estaban en la antesala del Cielo, recibían una primicia de la visión beatífica. El recuerdo de aquello es siempre un estímulo para los momentos oscuros, cuando la esperanza haya muerto y necesitemos que florezca de nuevo.

Moisés y Elías acompañaban a Jesús glorioso y hablaban acerca de su pasión, muerte y resurrección. Un juego de luces y sombras hacía entrever el duro combate que el Rey mesiánico había de librar, y también su gran victoria sobre la muerte y el dolor, su definitivo triunfo que alcanzaría a quienes siguieran sus pisadas de sangre y de luz... La voz del Padre resuena desde la nube: Este es mi Hijo amado, escuchadle. El Amado, el Unigénito, la impronta radiante del Padre Eterno. Con razón se admiraba San Juan del grande amor que Dios tiene al mundo, cuando por él entregó a su mismo Hijo, aun sabiendo que lo clavarían en la Cruz. Pero aquella fue la inmolación que nos trajo la salvación y remisión de nuestros pecados.

Cómo no escuchar la voz de quien tanto nos amó, atender las palabras de quien murió por salvarnos. Oír su doctrina luminosa, hacerla vida de nuestra vida. Subir a la montaña escarpada de nuestros deberes de cada día, grandes o pequeños; escalar con ilusión los riscos de cada hora, con la esperanza cierta de llegar a la cumbre y contemplar extasiados la gloria del Señor.


3.- NO TODO ES BONITO

Por Javier Leoz

Hemos comenzado con el rito de la ceniza nuestro camino hacia la Pascua y, al hacerlo, como Santiago, Pedro y Juan, necesitamos apartamos por lo menos del ruido, superficialidad y “más de lo mismo” para prepararnos a la muerte y resurrección de Cristo. Sólo así, si lo hacemos así (eucaristía, oración, vigilia, caridad, contemplación) llegaremos a la Semana Santa con una actitud distinta: no es vacación sino devoción.

1.- Mirar a nuestro alrededor es caer en la cuenta de muchos rostros desfigurados o deprimidos porque tal vez, hace tiempo, dejaron de sentir y de escuchar aquello de “tú eres mi hijo amado”.

De nuevo, en este segundo domingo de cuaresma, Jesús nos invita a reemprender el camino junto con El. No será una senda fácil ni de respuestas a la carta. Pero, como siempre, nos lanzará a la cruda realidad, ayudados de su mano y sobrecogidos si, de verdad, hemos intentado tener una experiencia profunda de Él y con El.

A nadie nos gusta la cruz pesada; a ninguno nos seduce el final de un camino dibujado con el horizonte de las espinas o del dolor. Preferimos, y hasta echamos en falta, una vida más merengada y con éxitos, sin llantos ni pruebas, sin lamentos ni zancadillas, tranquila y sin sobresaltos. Todos sabemos…que no siempre es así.

El anuncio de su pasión y muerte, por parte de Jesús, nos trae a la memoria la inquebrantable fe de los recientemente asesinados 20 cristianos coptos o el testimonio de tres ancianas cristianas de Irak: “¿Por qué nos matáis si sólo damos amor?”. Y, aquí, se ponen las cartas sobre la mesa: nosotros acostumbrados a una fe costumbrista y, aquellos, a una fe radical llevada hasta el martirio. ¡Casi nada!

2.- El domingo pasado, Jesús en el desierto, nos recordaba que –la tentación- avanzará en paralelo con nosotros, pero que nunca nos faltará la fuerza de Dios para darle batalla y progresar hacia la victoria. Hoy, con su Transfiguración, da un paso más: nos toma de su mano y nos lleva a un lugar tranquilo (por ejemplo la Eucaristía o la misma Palabra de Dios) para que nos vayamos configurando con El, meditemos sus enseñanzas o reconstruyamos de nuevo ese edificio espiritual y hasta corporal que las prisas, el agobio, el egoísmo, el individualismo y la superficialidad han demolido.

También nosotros somos testigos de la Resurrección de Cristo. No estamos en el monte Tabor como meros espectadores o marionetas. Nuestra presencia, aquí y ahora, en la oración o en los sacramentos, nos debe de empujar a ser algo más que simple adorno, en la misión o en el apostolado que llevamos entre manos. ¡Qué más quisiéramos, como Pedro, construir tiendas lejos del ruido y de los dramas de la humanidad! Pero, el Señor, si nos lleva a un lugar apartado, es para que comprendamos y entendamos que vivir en su presencia en esta vida, es un adelanto de lo que nos espera el día de mañana: la Gloria de Dios y el compromiso activo en el día a día.

3.- Hoy, con el evangelio en la mano, podríamos preguntarnos si en algún momento (ante los amigos, enemigos, cercanos o lejanos) hemos dado firme testimonio de nuestra fe. O si, tal vez, por miedo al rechazo hemos preferido esconder la fe en el bolsillo como se hace con una tarjeta de crédito.

La fe no es algo bonito (aunque tenga sus expresiones estéticas, artísticas y musicales). La fe es algo que, cuando uno lo lleva hasta sus últimas consecuencias no deja indiferente a nadie: ni al que la profesa ni al que la observa

4.- SUBIR Y BAJAR

Quiero subir y bajar, Señor, contigo

y contemplar, cara a cara,

el Misterio de Dios que –estando escondido-

habla, se manifiesta y te señala como Señor.

 

Quiero subir y bajar:

Ascender para contemplar tu gloria

bajar para dar testimonio de ella

en la vida de cada día

en los hombres que nunca se encaminaron

a la cima de la fe, al monte de la esperanza,

a la montaña donde, Dios, siempre habla

nunca defrauda y siempre dice… que nos ama.

 

Quiero subir y bajar, Señor;

que no me quede en el sentimentalismo vacío

que no quede crucificado por una fe cómoda

que no huya de la cruz de cada día.

Que entienda, Señor, que para bajar

es necesario, como Tú, subir primero:

a la presencia de Dios, para vivirlo

ante la voz de Dios, para escucharlo

ante la fuerza de lo alto,

para que la vida brille luego

con el fulgor y el resplandor de la fe.

 

Quiero subir, Señor, al monte Tabor

y contemplar cara a cara,

ese prodigio de tu brillante divinidad

sin olvidar que, como nosotros,

también eres humano.

Muéstranos, Señor, tu rostro

y, que para bajar al llano de cada día,

no olvidemos nunca de buscar y anhelar

los signos de tu presencia.

Amén.


4.- CONTEMPLACIÓN Y COMPROMISO

Por José María Martín OSA

1.- La prueba nos hace más fuertes. Aprendemos cómo triunfar cuando somos probados. Necesitamos obedecer a Dios. La orden de sacrificar a su hijo debe haber sido incomprensible y extremadamente traumática para Abraham. Y durante los tres días que duró el viaje hacia el lugar que Dios le había indicado seguro que aumentaba su dolor. En nuestro caminar hacia la montaña de la prueba, los días se hacen más largos, caóticos e insostenibles. Aunque no comprendamos lo que está sucediendo, y aunque nos duela, debemos obedecer. Para triunfar cuando somos probados, necesitamos confiar en Dios. Al tercer día de viaje, Abraham “Alzo sus ojos y divisó el lugar de lejos” A pesar de todo, tuvo confianza. Los tres días implican la prolongación de la prueba, pero también una obediencia y una confianza sostenida. Así debemos confiar nosotros alzando los ojos de la fe y divisar de lejos el propósito de Dios, debemos creer que nos ama y todas las cosas nos ayudan a bien, esto es a los que conforme a sus propósitos somos llamados. Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? Aprendemos que las pruebas tienen una salida de parte de Dios. Dios proveerá, fue un lema de toda la vida de este patriarca Abraham, y desde entonces lo ha sido en la vida de muchos cristianos en el mundo.

2.- ¡Escuchadlo! Superada la prueba del desierto, Jesús asciende a lo alto de una montaña para orar. Es éste un lugar donde se produce el encuentro con la divinidad: "su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos". El rostro iluminado refleja la presencia de Dios. Algunos rostros dan a veces signos de esta iluminación, son un reflejo de Dios. Son personas llenas de espiritualidad, que llevan a Dios dentro de sí y lo reflejan a los demás. Jesús no subió al monte solo. Le acompañaban Pedro, Juan y Santiago, los mismos que están con él en el momento de la agonía de Getsemaní. Sólo aceptando la humillación de la cruz se puede llegar a la glorificación. En las dos ocasiones los apóstoles estaban "cargados de sueño". Este sueño simboliza nuestra pobre condición humana aferrada a las cosas terrenas, e incapaz de ver nuestra condición gloriosa: estamos ciegos ante la grandeza y la bondad de Dios, no nos damos cuenta de la inmensidad de su amor. Tenemos que despertar para poder ver la gloria de Dios, que es "nuestra luz y nuestra salvación" (Salmo Responsorial). Junto a Jesús aparecen Moisés y Elías, representantes de la Ley y los Profetas. Jesús está en continuidad con ellos, pero superándolos, dándoles la plenitud que ellos mismos desconocen, pues Él es el Hijo de Dios, el elegido. ¿Cuál debe ser nuestra actitud ante esta manifestación de la divinidad de Jesús? La voz que sale de la nube nos lo dice: ¡Escuchadlo!

3.- Bajar al llano. Nuestra actitud tiende a ser el quedarse en la cima de la montaña contemplando el espectáculo que significa el descenso de Dios, por eso Pedro propone hacer tres tiendas: “¡Qué bueno es estar aquí! El discípulo que llega a la cima del monte debe también aprender a bajar de ella para bien de sus hermanos, así lo hizo Moisés cuando recibió las tablas de la Ley, y así lo hicieron los discípulos del Señor después de su Transfiguración, porque es necesario contar a los hermanos la gloria de Dios que se ha visto en la cima del monte, para que sean muchos más los que se atrevan a escalar hasta la cima para contemplar a Dios. Simbólicamente Jesucristo se transfiguró en presencia de sus discípulos. Pero hoy el Señor sigue transfigurándose para nosotros. Cada vez que asistimos a la Eucaristía revivimos el prodigio de la presencia de Dios, que desciende a la cima del monte y a quien nosotros podemos contemplar. Pero la Eucaristía no termina en el templo, hemos de salir al mundo para anunciar a todos lo que hemos contemplado. La Eucaristía es contemplación y compromiso. El Papa Francisco nos recuerda en su mensaje para esta Cuaresma cuál debe ser nuestra actitud:

“Cada uno de nosotros está llamado a discernir y a examinar en su corazón si se siente amenazado por las mentiras de los falsos profetas. Tenemos que aprender a no quedarnos en un nivel inmediato, superficial, sino a reconocer qué cosas son las que dejan en nuestro interior una huella buena y más duradera, porque vienen de Dios y ciertamente sirven para nuestro bien”.


5.- HOMBRES Y MUJERES OLVIDADIZOS

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Si intentamos nosotros imaginar la escena de la Transfiguración pues, como poco, nos comportaríamos como Pedro… O, lo más probable, es que saliéramos corriendo muertos de estupor y de miedo. Pedro, obnubilado, tuvo el valor de querer perpetuar la escena y convertir la conversación entre Jesús, Moisés y Elías en algo permanente, eterno. Y es que este Dios nuestro –este que nos ha mostrado Jesús y a quien llamaba Abba: Papaíto— respeta mucho nuestra condición humana y muy pocas veces y con muy poca gente produce esas maravillas y milagros que, tal vez, a nosotros nos gustaría ver. La vida, junto a Dios, discurre con normalidad. Es decir, sabemos de su presencia y su cercanía pero no hay maravillas a nuestro alrededor. ¡Y menos mal!

2.- José Luis Martín Descalzo, un sacerdote y periodista español, ya fallecido hace años, escribió una monumental biografía de Jesús de Nazaret –“Vida y Misterio de Jesús de Nazaret”— y con gran perspicacia, cuando narra los primeros momentos de la vida terrena del Niño Jesús pues dice, poco más o menos, que las maravillas escaseaban. Allá en Belén, en la Nochebuena, si hubo un gran jaleo de ángeles y pastores. Pero, luego nada. Después María y José y el Niño irían a la Presentación en el Templo. Y Simeón, profeta, justo y santo, reconoció al Niño y dijo cosas grandiosas. Ana también. Pero luego nada. Las horas y los días pasaban como los de cualquier familia. E, incluso, Jesús pasó 30 años de normalidad absoluta, según parece.

3.- Pero eso no significa que Dios no esté presente y que no tenga que decir lo que quiera decir. Cuando Jesús se bautiza en el Jordán el Padre se manifiesta para hablar de su Hijo. En la Transfiguración, también. La llegada de los Magos también debió de ser extraordinaria. Produjeron una gran alarma en el Jerusalén oficial y oficioso de entonces. Pero las cosas se olvidan. A Pedro se le olvidó ese trozo de gloria que contempló y quería perpetuar y abandonó al Maestro. Juan, el Bautista, olvidó también la presencia Trinitaria a la orilla del Jordán y, un día, mando a preguntar a Jesús si era Él el Mesías. Del paso de los Magos poco quedó. Pero Dios estuvo presente en esas tres manifestaciones. Y fueron magníficas pero se olvidaron. Solo María, dotada de una gracia muy especial, guardaba estas cosas en su corazón.

4.- La Transfiguración quiso ser un “refuerzo” para que los Apóstoles aguantaran los momentos difíciles que les vendrían con la Pasión. Pero olvidaron, sufrieron de miedo y de desconcierto. Y tuvo que ser la Resurrección del Señor la que trajo, luego, esa maravilla de convertir a unos tontos olvidadizos en auténticos gigantes de la predicación y del apostolado. El Espíritu Santo los emborrachó de felicidad y sacudiría y llevaron la Palabra de Dios a los confines del mundo. Y la cosa sigue hoy con nosotros. ¿Sirvió, entonces, la Transfiguración para algo? Claro que sí. Los apóstoles fueron reconstruyendo en clave divina muchas de las actuaciones del Señor Jesús. De hecho, nosotros, aquí y ahora, en este Siglo XXI, somos los grandes beneficiarios de la Transfiguración. Sabemos de la gloria de Jesús porque nos la han contado personas frágiles y olvidadizas como nosotros.

5.- Y hemos de estar atentos porque a nuestro alrededor ocurren cosas muy singulares que muestran la presencia cercana del Señor. A veces, un amanecer se llena de brillos muy especiales. Otras la frese de un buen amigo nos llega a lo más hondo de nuestro ser. Y otras, claro está, nuestra angustia y nuestro dolor cambian de un día para otro, como si algo muy grande hubiera pasado cerca de nosotros. Claro que puede ocurrir lo contrario y que el mundo se entenebrezca hasta lo terrible. Jesús mostraba en la Transfiguración lo que iba a pasar poco tiempo después. Elías y Moisés hablaban de ello. El Mal, con mayúsculas, existe y trabaja. La Pasión y Muerte de Jesús es una muestra de ello. Hoy, todavía, aun habiendo escuchado esos sucedidos muchas veces, nos conmueven y nos llenan de profunda pena. Nos suenan a terrible injusticia, aunque también como a Pedro se nos olvida. Los hombres y mujeres somos olvidadizos. Dios, no. Resucitó a Jesús y toda la fuerza y la energía de Dios se concentró en el sepulcro. Y lo soldados que vigilaban saltaron por los aires. Aunque lo importante no fue –claro está— los concretos aspectos telúricos de la Resurrección. Sería la fuerza interior alojada en unos pocos hombres y mujeres que fueron capaces de cambiar el mundo. Y vaya si lo hicieron. El cristianismo terminó con el imperio romano.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


PRUEBAS

Por Pedrojosé Ynaraja

Por Pedrojosé Ynaraja1.- Para que entendáis mejor lo que enseña el gesto de Abraham, su mensaje universal, para aquel entonces y para el ahora nuestro, os señalaré, mis queridos jóvenes lectores, algunas de las costumbres de aquellos lejanos tiempos. La Biblia en algunas ocasiones hace mención de los sacrificios humanos, más específicamente los de los niños. Y es que en algunos casos, antes de edificar una casa, se enterraba en los cimientos a una criatura, era un gesto semejante, aunque este perverso, al proceder de hoy en día, el celebrar los inicios de un inmueble con la colocación de la primera piedra, en la que se introduce en su interior monedas y prensa del día o la época. La Biblia se hace eco de las maléficas costumbres, que nunca fueron aceptadas por Dios, pero que no eran insólitas en aquellos tiempos. Dice el Deuteronomio (18, 10) “No ha de haber en ti nadie que haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego”. La ley los prohibía, pero Israel no era ajeno a estas prácticas. Recuérdese al Juez Jefté, juez y militar, sacrificando a su inocente hija virgen, para ser fiel a un voto hecho a Yahvé.

2.- Pese a tener conocimiento de estas costumbres, estremece pensarlo cuando uno se encuentra en sitios donde la arqueología y la historia asevera que allí o por allí, se ofrecían sacrificios humanos. Muy cerca del mismo Jerusalén, por parajes cercanos a la piscina de Siloé, ya en las afueras de la ciudad, en tiempos posteriores, continuaban practicándose estos funestos ritos. Y no hay que olvidar que, por muy introducidos que estuvieran en la cultura de aquel tiempo, el ejercerlos suponía dolor para quien lo practicase.

2.- Advierto que la Fe de Abraham, en sus contenidos, implicaba que su pervivencia se lograba mediante la prole que engendraba. Sacrificar al hijo tan deseado, además de doloroso, implicaba aceptar la renuncia a continuar de alguna manera existiendo. Que a Isaac lo había deseado intensamente, nos lo refiere la Biblia. Que el amor que le tenía no era comparable con el que profesaba a Ismael, conseguido con la sirvienta Agar, también se no confía. Si el Pueblo Escogido debía subsistir a través del hijo de la promesa, la petición de Yahvé contradecía sus palabras anteriores. El Patriarca es fiel a la amistad, sin exigir compensación. Es coherente con las muestras de ella ha recibido. Cree en un Dios personal, divinidad familiar, estrechamente unido a los suyos.

3.- Dios quería probar a Abraham, pero no se limitaba a ello, quería enseñar a la gente de aquel tiempo que, pese a ser señor de todo, no le gustaban los sacrificios humanos. Los de aquel tiempo y los de ahora, que aunque no se llame sacrificio, ni se realice con fuego o cuchillo. Los de ahora continúan ofreciéndose al dios comodidad o al dios egoísmo o al dios de quedar bien ante la gente. Ni puñal, ni leña, ni fuego, ni carnero. Se efectúa con limpieza y destreza, pero continúa existiendo la muerte inocente.

4.- ¿Dónde ocurrió? La tradición judía dice que el monte Moria estaba donde hoy se extiende la gran explanada del Templo. Donde después se levantó el Santurio (Sancta Santorum). El de Salomón y el posterior. Por ello la totalidad del lugar, la terraza, es sagrada. Nadie debe pisarla, por si acaso profanara el sitio santo. La tradición samaritana lo sitúa en su monte santo, el Garizín. Bien acotado el sitio, se le advierte al visitante de la singularidad de aquel espacio. Sin erudición, debéis meditar este pasaje, mis queridos jóvenes lectores. Aprender de Abraham e implorar a Abraham es lo que desea de nosotros la liturgia de este domingo.

5.- Cambio de tercio.- La montaña desde antiguo ha sido lugar predilecto para que el espíritu humano elevara a Dios sus preces, para encuentros con Él, para que se le revelaran algunos de sus misterios. En la cima del Sinaí el pueblo supo que su Dios era Dios de un pueblo. Protector, pedagogo y vigilante. Pese a la multitud que pudiera rodear la montaña, comparada con la toda humanidad, era porción pequeña. Ahora en otra montaña, con casi total seguridad de que se trataba del Tabor, quiere Dios-Hijo revelarse a sus más íntimos amigos. Solo son tres: Pedro, Santiago y Juan.

6.- Que Dios escoja pequeñeces es indudable, os lo advierto. Os lo indico porque muchos de vosotros no quieren comprometerse en un proyecto, acudir a una reunión, enrolarse en un grupo emprendedor, si no son muchos. Les gustan las reuniones multitudinarias, las asambleas festivas, las asociaciones numerosas. Han ido allí probablemente siguiendo la costumbre de pasar los días festivos de los Tabernáculos fuera de casa, habitando en tiendas de campaña, que, imprudentemente, en este caso, no levantaron los discípulos. De aquí su agobio y resolución de hacerlo cuando la “audiencia” aumentó.

7.- Aparecen Jesús, Elías y Moisés, con cuerpos resplandecientes. Corporeidad distinta, pero corporeidad humana. La del que está físicamente sometido a las leyes naturales, pero sin en este momento ocultar que goza de una realidad superior, y la de los que histórica y físicamente estaban muy ausentes, pero que con esta deslumbrante presencia, patentizan que con la muerte el ser humano no deja de existir. Esperanza. Conversan, es decir se comunican, comparten. Primera enseñanza para nosotros. Objeto de examen. Muestra de amistad. El Padre habla. El padre es voz, es Creación. Ellos escuchan y recuerdan.

8.- Es suficiente. Amanece y el Maestro decide bajar. Por camino les suplica que de momento no hablen de lo ocurrido, ha sido una confidencia. Después de su Resurrección ya lo contarán a los demás. En una punta de la cima del Tabor, que es alargada, se alza una gran basílica que peregrinos y viajeros no olvidan visitar. Hacia el otro vértice, antes de descender, una ermita recuerda la confidencia que les susurró. A mí me gusta mucho detenerme un momento aquí, recordando tantas muestras de amistad que Jesús me ha dado. Siempre digo que me gustaría subir y bajar la montaña a pie, pero nunca lo he hecho, os lo propongo a vosotros, mis queridos jóvenes lectores, por si os movéis un día por tierras galileas. Estoy seguro de que sería una delicia.