La homilía de Betania
1.- EL ENVÍO DE JESÚS
Por José María Martín OSA
2.- SUBIR AL CIELO… Y VOLVER
Por Gabriel González del Estal
3.- PASMADOS, MIRANDO AL CIELO
Por José María Maruri, S.J.
4.- PROCLAMAR EL EVANGELIO A TODA LA CREACIÓN
Por Antonio García-Moreno
5.- ¡A PREGONAR EL EVANGELIO!
Por Pedro Juan Díaz
6.- ¿POR QUÉ NOS DEJAS, SEÑOR?
Por Javier Leoz
7.- LA ASCENSIÓN NO ES UN SIMBOLISMO
Por Ángel Gómez Escorial
LA HOMILÍA MÁS JOVEN
LIBRE Y SERVIDOR TOTAL
Por Pedrojosé Ynaraja
1.- EL ENVÍO DE JESÚS
Por José María Martín OSA
1.- “Proclamad el Evangelio a toda la creación”. En los días anteriores a la Ascensión Jesús había preparado a sus discípulos: os conviene que yo me vaya, si me amarais os alegraríais de que me vaya al Padre porque el Padre es mayor que yo, no os dejaré solos. Los discípulos no comprendían bien sus palabras, pues querían que estuviera corporalmente con ellos para siempre. El motivo era el mismo por el que Pedro temía que sufriese la pasión. Veían en El, nos dice San Agustín, un maestro, un animador y un consolador, un protector, pero humano; si esto no aparecía a sus ojos, lo consideraban ausente, aunque en realidad sigue presente entre nosotros. Lo cierto es que les convenía a los discípulos ser elevados un poquito y que comenzasen a pensar en El en categorías espirituales. El misterio de la Encarnación de Jesús tenía un sentido. Es como si Jesús nos hubiera dado un empujón desde la rampa de lanzamiento para que ahora nosotros siguiéramos la carrera con lo que Él nos había enseñado. El Reino tenemos que construirlo nosotros mismos, Dios con su providencia amorosa velará para ayudarnos, pero no le pidamos que Él sea el que nos saque las castañas del fuego, somos nosotros los que tenemos que hacerlo. Podemos recibir pequeñas ayudas, como el ciclista recibe también la comida y bebida reparadora durante la carrera: son los sacramentos que nos fortalecen, nos dan vigor y energía para continuar trabajando en la construcción del Reino. Hoy Jesús nos pide que seamos sus colaboradores en esta difícil y a la vez apasionante misión.
2.- Es la hora de recoger el "relevo" que Cristo nos da. Es la hora de la Iglesia y del Espíritu. Es la hora de la madurez. Por eso entendemos las palabras de Jesús "os conviene que yo me vaya". Recibimos el Espíritu Santo para dar testimonio de nuestra fe. La gran tentación que tenemos es quedarnos parados mirando al cielo: "¿qué hacéis ahí plantados?". Hoy día también somos tentados si vivimos una fe desencarnada de la vida. Es significativo que en la reflexión de los grupos sinodales de la diócesis de Madrid sea una constante la petición de que la Iglesia se implique más en los problemas de la sociedad. La Iglesia somos todos los cristianos, luego todos tenemos que implicarnos más en la defensa de la dignidad del ser humano, de la vida, de la paz, de la justicia. ¿Cómo vivo yo el encargo que Jesús me hace de anunciar su Evangelio?, ¿qué estoy haciendo para que mi fe me lleve a la transformación de este mundo?, ¿cómo asumo el compromiso de la Eucaristía, la misión que cada domingo se me encomienda en la mesa del compartir? Recuerda que la Eucaristía es el sacramento del servicio.....a Dios y al hermano.
3.- Para poder ascender hay que descender primero. Para llegar a Dios hay que acoger al hermano. Así lo hizo Jesucristo y lo concreta el evangelista Lucas: convenía que Cristo padeciera y resucitara al tercer día de entre los muertos y que se predicase en su nombre la conversión de los pecados por todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Cristo se abajó para subir al Padre. El camino del cristiano tiene que ser igual que el suyo. Primero estar al lado de hermano que sufre, del hermano que pasa dificultades, del hermano solo y abandonado. Sólo así podrá ascender. Mira a la cruz: ves en ella un brazo vertical que se eleva hacia el cielo, pero también tiene un brazo horizontal que mira a la tierra. Si quieres seguir el ejemplo de Jesús asume la cruz, pero con los dos brazos, mirando al hermano y acogiéndote a la gracia y al amor que Dios te brinda.
2.- SUBIR AL CIELO… Y VOLVER
Por Gabriel González del Estal
1.- El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse. Podríamos empezar recordando los conocidos versos de fray Luis de León, en su oda a la Ascensión: ¿Y dejas, Pastor santo, tu grey en este valle hondo, escuro, con soledad y llanto; y tú, rompiendo el puro aire, te vas al inmortal seguro?... Cuán pobres y cuán ciegos, ¡ay!, nos dejas. No hay duda que los discípulos de Jesús, que se habían sentido siempre tan protegidos y seguros con la presencia del Maestro, se quedaron ahora tristes y afligidos. Hasta que escucharon las palabras que “dos hombres vestidos de blanco” les dijeron: que Jesús volvería. Yo creo que el principal mensaje de esta fiesta de la Ascensión es este: el mismo Jesús que subió al cielo, volverá. No nos importa ahora analizar lo que este relato de Lucas, en su libro de los Hechos de los Apóstoles, tiene de histórico, tal como nosotros entendemos hoy la historia. A nosotros nos basta el mensaje catequético: Cristo no va a dejarnos nunca solos y desamparados, él va a estar siempre con nosotros. Así podemos decir que el mensaje de la fiesta de la Ascensión no es un mensaje de desamparo y desesperanza, sino todo lo contrario. La poesía de fray Luis de León solo se fija en la primera parte del relato de Lucas: en el desconsuelo de los apóstoles, “antes bienhadados y agora tristes y afligidos”, pero nosotros queremos fijarnos principalmente en el final de la frase: “volverá como le habéis visto marcharse”. Realmente esta esperanza en una pronta segunda venida de Cristo fue la que mantuvo fuertes e ilusionados a los cristianos de las primeras generaciones.
2.- Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban. Aunque es difícil separar este mensaje de la Ascensión, del mensaje que escucharemos el domingo próximo, en la fiesta de Pentecostés, no podemos olvidar hoy que los apóstoles, según se nos dice en este relato evangélico de Marcos, después de la Ascensión al cielo de su Maestro, no se quedaron quietos y desesperanzados. La esperanza pronto se sobrepuso a la inicial desesperanza: se fueron a pregonar el evangelio por todas partes. Esta es también nuestra misión en el día de hoy: predicar el evangelio de Jesús, con nuestras palabras y con nuestras obras. El evangelio de Jesús es el evangelio del Reino: la buena noticia de un reino de paz, de justicia y de amor. Hoy, tanto o más que en los tiempos de Jesús, vivimos en un reino de injusticia, de guerras, de egoísmo y de desamor. La tarea de los discípulos de Jesús sigue siendo ardua e inmensa. Si nosotros, los cristianos, no predicamos y luchamos por la venida de este reino, no seremos fieles a la misión que Jesús nos encomendó.
3.- Todo lo puso bajo sus pies, y lo dio a la Iglesia como cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos. Según estas palabras del apóstol Pablo, la Iglesia es el cuerpo de Cristo; nosotros, que somos Iglesia, somos cuerpo de Cristo. Cristo quiere actuar visiblemente en nuestro mundo valiéndose de nosotros, de nuestras palabras, de nuestras acciones, de nuestra vida. Dirigidos por Cristo, actuando en su nombre, debemos defender en nuestro mundo los valores del evangelio. Si nuestra Iglesia no defiende los valores del evangelio de Cristo, la misión de Cristo no se hará realidad en nuestro mundo y nosotros, los cristianos, seremos altamente responsables. ¿La sociedad ve a la Iglesia de Cristo, nos ve a nosotros, como personas totalmente comprometidas con la defensa de los valores que predicó Jesús de Nazaret mientras vivió entre nosotros en carne mortal? Si no es así, es que no hemos sabido cumplir el mandato que dio Jesús a sus discípulos de pregonar el evangelio por todas partes.
3.- PASMADOS, MIRANDO AL CIELO
Por José María Maruri, S.J.
1.- La Ascensión es para los Apóstoles el momento de la revelación por parte del Padre y de la perfecta compresión de la Resurrección. Y es que la Resurrección es el paso de muerte a vida tan infinitamente gloriosa, que ese Jesús, que convivió con ellos día a día, se iguala al Padre, se sienta a su derecha, y tiene todo poder sobre el cielo y la tierra.
-- Momento de inmensa alegría porque Jesús es el Señor de Cielo y Tierra, y de nostalgia porque habiendo gozado de su presencia, de sus palabras, de su cariño personal, hasta ahora no le habían sabido comprender en profundidad.
-- Momento de seguridad plena, porque el Señor va a estar con ellos... y de inseguridad en sí mismos, porque si no le han sabido comprender en tres años, ¿serán capaces de gobernar la barquilla que el Señor les encomienda llevar a buen Norte?
-- Por eso se quedan parados, pasmados, mirando al cielo. Pero es el mismo Señor, quien por medio del ángel les reprende: ¿qué hacéis ahí pasmados mirando al cielo?
2.- Jesús que, en sus ratos de oración en lo alto de la montaña tanto miró al cielo, jamás se quedó allí estático en su unión con el Padre, sino que bajo siempre a buscar a los hombres y pasó haciendo el bien.
El hombre de fe debe mirar al cielo para bajar los ojos de nuevo a la tierra, para conducir sus manos hacia el bien de los demás. En vano buscamos a Dios en los cielos, cuando ese mismo Señor no ha dicho que Él está en la tierra
¡¿Qué hacéis ahí pasmados mirando al Cielo...?!
* Si el Señor de Cielo y tierras es el Dios desnudo, el Dios enfermo, el Dios hambriento.
* Si el Señor que se sienta a la diestra del Padre es el Dios sediento, el Dios encarcelado, el Dios Abandonado y solitario.
* Si el Primogénito de toda Creatura está en mi hermano. ¿Qué hacéis ahí pasmados mirando al cielo? Ese Señor que se ha ido al cielo, está con nosotros hasta el fin de los tiempos y su Reino está entre nosotros.
No por mucho mirar al cielo evitaba San Isidro la pedriza o atraía la lluvia. Por eso sus manos no dejaban de sembrar la semilla en el surco y de preparar un plato más en su mesa para uno más necesitado que él.
4.- PROCLAMAR EL EVANGELIO A TODA LA CREACIÓN
Por Antonio García-Moreno
1.- COMO LOS PRIMEROS.- San Lucas quiso dejar constancia por escrito no sólo de la vida de Jesucristo, sino también de la de su Santa Iglesia. Al fin y al cabo ella es su prolongación, su Cuerpo místico, el Cristo total. Gracias a sus relatos conocemos la vida de los primeros cristianos, los inicios fundacionales, las líneas maestras que habían de caracterizar para siempre el estilo de todos los cristianos de la Historia. En esos primeros tiempos, bajo una especial asistencia del Espíritu Santo, se marca para siempre la dirección por la que luego la Iglesia habría de caminar. De ahí que haya un empeño permanente en volver a los principios para adecuar a ellos el presente.
Y esto que ocurre a escala universal, ha de ocurrir también a nivel personal. Cada uno ha de releer estas páginas inspiradas del libro de los Hechos de los Apóstoles, para ver hasta qué punto nuestra vida de cristianos es como la de aquellos primeros. Fueron tiempos difíciles y heroicos que han quedado para siempre como un modelo que imitar, un ideal de vida que intentar. Es cierto que las circunstancias son muy diversas, pero también es cierto que el espíritu que les animaba pervive y que, dejando a un lado lo accidental, es posible reproducir en nosotros las virtudes que ellos vivían.
Era necesario que aquellos primeros se convencieran plenamente de que la Resurrección era un hecho incontrovertible. Ellos habían de ser los testigos cualificados, los primeros, de que Jesús seguía vivo, presente en la Historia de los hombres. Por eso el Señor insiste y se les aparece una y otra vez. San Pablo recogerá este dato, hablando de que hasta unas quinientas personas llegaron a ver a Jesús resucitado. Después de todo aquello se persuadirán de la Resurrección de Cristo, y de tal forma que nada ni nadie les hará callar. Por todos los rincones del mundo y de los tiempos resonará el mensaje de los primeros, la buena noticia de que Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, después de morir crucificado para redimir a los hombres, ha resucitado y ha subido a los Cielos.
Pero esa noticia maravillosa era algo más que una mera noticia. Ese mensaje llevaba, y lleva, consigo unas exigencias y también unas promesas. Jesucristo con su muerte y resurrección, lo mismo que con su vida entera, nos traza un camino a seguir, un itinerario a recorrer día a día. También nosotros, si creemos en él, hemos de vivir y morir como él vivió y murió. Sólo así podremos luego resucitar con él y subir a los Cielos como él subió. Ojalá que la esperanza de una gloria eterna nos estimule, de continuo, a vivir nuestra existencia terrena como Jesús la vivió.
2.- EXALTACIÓN SUPREMA DE CRISTO.- Este domingo, dentro de la nueva distribución litúrgica, celebramos la Ascensión del Señor. La Iglesia, como buena Madre que es, se acopla dentro de lo posible a las exigencias de los tiempos y de la sociedad. Lo importante es rememorar en nuestra mente y en nuestro corazón el momento en que Cristo, Señor nuestro, subió a los cielos para sentarse a la derecha de Dios Padre. Es decir, Jesús culmina su vida en la tierra elevándose al Cielo, para recibir toda la gloria que como a Hijo de Dios le corresponde.
Él se anonadó y tomó la forma de siervo, se hizo obediente hasta la muerte y muerte de Cruz. Él bajó hasta lo más hondo de la miseria humana. Él se hizo maldito, nos viene a decir San Pablo, dejándose colgar de un madero, patíbulo de malhechores. Por eso precisamente, Dios lo exaltó y le dio un nombre sobre todo nombre, de modo que ante él doble la rodilla cuanto hay en los cielos y en la tierra y en los infiernos, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre.
Pero antes de marchar para recibir la corona de Rey de reyes, Jesús confía a sus apóstoles la misión de proclamar el Evangelio a toda la Creación, de predicar a todos los hombres que sólo quien crea en Cristo se salvará. Les prometió, además, que aunque se marchaba no les dejaría solos y que en su nombre harían prodigios, vencerían al maligno.
Ellos fueron fieles al mandato de Jesús y caminaron por todo el mundo, levantando muy alta la luz de Cristo. Después, cuando ellos pasaron de la tierra al Cielo, entregaron el fuego sagrado a quienes les sucedían, y éstos a su vez a quienes vinieron luego. Así, el fuego que el Hijo de Dios trajo a la tierra, fue encendiendo todas las páginas de la Historia. Ahora ese fuego está en nuestras manos y nos toca a nosotros reavivarlo y propagarlo por entre los hombres de nuestra época. Ojalá que seamos responsables de la misión que Jesús nos encomienda y consigamos que el fuego de la fe no se apague. Antes al contrario, convirtamos el mundo en una bendita hoguera que ilumine, alegre y mejore más y más la conducta de los hombres.
5.- ¡A PREGONAR EL EVANGELIO!
Por Pedro Juan Díaz
1.- Con esta fiesta de la Ascensión del Señor se cierra un círculo que comenzó con la encarnación. Jesús bajó, nació de María Virgen, compartió nuestra vida y nuestra condición humana, murió crucificado, resucitó y ahora vuelve al Padre, sube a donde estaba, y continua la tarea con el don del Espíritu Santo (que celebraremos la semana que viene) y con toda la confianza puesta en sus discípulos, a los que ha convertido en testigos: “Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos”, hemos leído en la primera lectura. Y aquellos discípulos, lejos de quedarse parados, se pusieron a pregonar el evangelio por todas partes, y el Señor les ayudaba y cooperaba con ellos, confirmándoles con las señales que les acompañaban: los enfermos eran curados, las personas encontraban motivos para vivir, los pecadores se convertían, los tristes eran consolados….
2.- Habrá que ver qué señales damos los cristianos hoy. Habrá que ver si nos creemos las palabras de Jesús: “Id al mundo entero y proclamad el evangelio a toda la creación”. Él está con nosotros, nos acompaña, nos anima. Nuestra tarea es poner luz, amor, compañía, vida… ser signos de la presencia de Dios en la vida de cada día, sobre todo para esa gente que piensa que Dios vive allí arriba en el cielo, despreocupado de nuestros problemas. Ese no es nuestro Dios. Y los cristianos hemos de mostrar al verdadero, al Dios encarnado, al Dios de Jesús.
3.- Para Jesús ya somos mayores de edad, adultos en la fe, suficientemente libres y responsables como para hacer esta tarea que él nos confía. Cada uno de nosotros ha acogido la fe en su corazón libremente, y nos esforzamos cada día por vivirla en coherencia. Esta fiesta de la Ascensión nos recuerda que Dios apuesta al 100 % por nosotros, que nos ha confiado esta tarea sabiendo que somos capaces de eso y de más, porque él nos conoce en lo más profundo de nuestro corazón.
4.- No podemos quedarnos embobados mirando al cielo. Nuestro mundo necesita que les transmitamos nuestra experiencia de Dios. Hay experiencias en la vida que llenan bastante y que son muy gratificantes, pero son efímeras. Nada ni nadie llenan tanto el corazón como lo hace Dios, y esa es una experiencia permanente, eterna. Esa es la experiencia que hay que transmitir. Esa es la experiencia que necesitan nuestros jóvenes, los niños de la catequesis, nuestros vecinos, los que acuden a la parroquia en bodas, bautizos, comuniones y entierros, y poco más. Los cristianos de El Altet, ¿transmitimos esa experiencia de Dios? ¿La hemos descubierto? ¿La estamos viviendo?
5.- Jesús envía a sus discípulos, y nos envía a nosotros, a pregonar el evangelio a través del testimonio sobre la persona y la obra de Jesús que han experimentado y vivido. No hablan de teorías sobre Jesús, ni dan grandes discursos, sino que cuentan su propia experiencia, como Dios les ha tocado el corazón, como Dios nos ha tocado el corazón a nosotros. Eso es lo que hay que compartir, ese es el evangelio que hay que pregonar. No nos podemos quedar sólo en una contemplación pasiva. Hemos sido testigos de la resurrección y ahora tenemos que dar testimonio de ello. Pero para que la tarea sea más fácil, el Señor nos envía el Espíritu Santo, que nos fortalece para ser sus testigos.
6.- En cada Eucaristía el Señor se hace presente con los signos de partir el pan, por el que lo reconocieron los discípulos de Emaús, y por su cuerpo y su sangre que nos da como alimento. Aquí recibimos la fuerza y el Espíritu Santo para salir ahí fuera y ser sus testigos, para pregonar el evangelio a nuestra gente y a todos aquellos que necesitan descubrir la cercanía de un Dios que está con nosotros, confirmando nuestras palabras con sus signos, todos los días de nuestra vida.
6.- ¿POR QUÉ NOS DEJAS, SEÑOR?
Por Javier Leoz
¿Por qué nos abandonas tan pronto? –Preguntaba un hijo a su padre a punto de cerrar los ojos al mundo- Y, éste, le respondía: he estado muchos años entre vosotros. Ahora os toca vivir según aquello que yo os he enseñado. Guardar todas mis pertenencias y, todo aquello que tanto me ha costado conseguir, cuidadlo. Un día, tal vez, os hará falta.
1.- Cuarenta días atrás nos encontrábamos celebrando el acontecimiento central de nuestra salvación: la Resurrección de Cristo. Hoy, y después de aquella noche en la que renovamos nuestra fe, nuestra adhesión a la Iglesia y nuestra opción por la vida cristiana, vitoreamos este misterio de la Ascensión en el que Jesús, victorioso sobre el pecado y sobre la muerte, asciende al encuentro del Padre.
-Quisiéramos tener siempre contacto personal con nuestros seres queridos pero, por ley de vida, se van yendo de nosotros.
-Desearíamos contemplar cara a cara a aquellos maestros o modelos de referencia que tanto nos han enseñado, pero van desapareciendo
-Soñaríamos con que todo lo bueno permaneciese perpetuamente en medio de nuestra existencia y, comprobamos, que se nos escapa entre nuestras manos.
La Solemnidad de la Ascensión es una evocación a la madurez: ahora nos toca a nosotros continuar con todo ese legado espiritual, humano y divino que Cristo nos ha desgranado. Se va pero, en su Ascensión, nos indica un camino abierto: nos volveremos a ver. Volverá y, cuando vuelva, nos descubrirá todo este inmenso misterio que hoy no llegamos a comprender en plenitud.
2.- Cuando una persona se muere solemos decir “Dios nos libre del día de las alabanzas”. Y es que, normalmente, esperamos a que una persona fallezca para hacer racimo de sus virtudes. Pues bien; la solemnidad de la Ascensión, nos convierte en pregoneros de todo aquello que Cristo ha anunciado. Además de ser un modelo de referencia, de hablar bien de Él, de proclamar sus maravillas……..tenemos un gran cometido y una gran asignatura pendiente: ¡NO PODEMOS DEJAR EN EL TINTERO EL REINO DE DIOS!
-Si eres padre o madre de familia, háblales a tus hijos de Jesús de Nazaret. ¿Que no quieren saber nada? ¿Acaso los apóstoles no toparon con corazones duros y obstinados?
-Si eres empresario o estas al frente de un medio de comunicación; si eres obrero, funcionario, arquitecto, médico, o participas en algún órgano de decisión (política o económica), no olvides que –como cristiano- estás convocado a sembrar valores altos en esa realidad terrena que te toca vivir.
-Si eres religiosa, si soy sacerdote, si eres catequista o perteneces a cualquier grupo cristiano…no olvidemos de levantar la cabeza. De insistir, por activa y por pasiva, que una realidad superior está por encima de nosotros.
3.- Dios espera mucho, pero mucho, de esta última hora de nuestra era cristiana en la que nos encontramos: unir el cielo y la tierra con nuestro esfuerzo por supuesto, y sobre todo abriendo el corazón y nuestras iniciativas apostólicas a la fuerza del Espíritu Santo en la próxima fiesta de Pentecostés.
Hoy, desgraciadamente, muchos han dejado de mirar hacia el cielo. Prefieren fijar sus ojos en los pequeños paraísos que, luego, se convierten en grandes infiernos en la tierra.
Es un momento oportuno, hoy más que nunca, para llevar nuestra experiencia de Cristo resucitado a cuántos nos rodean. La pregunta, claro está, es si durante este tiempo de Pascua hemos sentido y vivido esa presencia resucitadora de Jesús. Porque, nadie, puede dar algo que no posee previamente.
¡Gracias, Señor! ¡Marcha al cielo y, desde allá, haznos pregoneros de todo lo que nos has hablado y dejado!
4.- ¡MARCHA, SEÑOR, PERO ACOMPÁÑANOS!
Oh, Señor, gracias por tus palabras que nos dieron vida
y por tu mano que nos regalaron la salud
Oh, Señor, gracias por tus gestos
que nos hicieron pensar en la Salvación de Dios
y, por tus ojos, que nos llevaron a rumiar en lo eterno
Gracias, Señor, por tus caminos
que nos hicieron abandonar los nuestros
egoístas y perdidos en sí mismos
o colapsados del polvo, mentira y tristeza
Después de tu tiempo, marcha Señor hacia el cielo
pero, desde las alturas, no dejes de guiarnos.
Que, nuestras voces, necesitarán de tu voz
que, nuestros pies, pedirán impulso de tu Espíritu
que, nuestro corazón, reclamará amor de tu Amor.
¡MARCHA, SEÑOR, PERO ACOMPÁÑANOS!
Que, en tu Ascensión, queremos agarrarnos nosotros
para compartir y ansiar la eternidad
Que, en tu Ascensión, nos dejas pistas y senderos
que conducen hacia esa Ciudad de Dios
Que, después de tu trabajo valiente y sincero
mereces ser coronado y festejado
en ese lugar cerca del Padre, en estancia feliz del cielo
¡MARCHA, SEÑOR, PERO ACOMPÁÑANOS!
Que, sin tu mirada, nuestras miradas caerán hacia el suelo
Que, sin tu mano, nuestros ideales se cruzarán de brazos
Que, sin tus palabras, nuestros labios se cerrarán en dique seco
Que, sin tu corazón, nuestros amores serán necios o mezquinos
¡MARCHA, SEÑOR, PERO ACOMPÁÑANOS!
No te decimos, Señor, adiós sino ¡hasta pronto!
Porque, bien sabemos, amigo y Señor,
que todo lo que dices o prometes, siempre cumples
Que, tarde o temprano, de mañana o en la oscura noche
vendrás, regresarás en definitiva vuelta hasta nosotros
para que se cumpla, de una vez para siempre,
la Salvación que todos creemos, rezamos, añoramos y esperamos.
Amén.
¡MARCHA, SEÑOR, PERO NO TE OLVIDES DE NOSOTROS!
7.- LA ASCENSIÓN NO ES UN SIMBOLISMO
Por Ángel Gómez Escorial
1.- El VII Domingo de Pascua acoge, desde hace ya tiempo, a la Solemnidad de la Ascensión. Es obvio que en algunos lugares esta gran fiesta litúrgica sigue situada en el jueves de la VI Semana. Pero parece oportuna su posición en la Asamblea Dominical pues, sin duda, engrandece al domingo, pero también el domingo --el día del Señor-- universaliza la celebración. Contamos en los textos de hoy con un principio y un final. Se leen los primeros versículos del Libro de los Hechos de los Apóstoles y los últimos del Evangelio de Marcos. En los Hechos se va a narrar de manera muy plástica la subida de Jesús a los Cielos y en el texto de Marcos se lee la despedida de Jesús que, sin duda, es impresionante: "Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo". Es el mandato de Jesús a sus discípulos y el ofrecimiento de si mismo, de su cercanía, hasta el final de los tiempos. Interesa ahora referirse, por un momento, a la Segunda Lectura, al texto paulino de la Carta a los Efesios donde se explica la herencia de Cristo recibida por la Iglesia. Dice San Pablo: "Y todo lo puso bajo sus pies, y lo dio a la Iglesia como Cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos". Es, pues, la confirmación del mandato de Jesucristo
2.- Vamos a volver al texto del Libro de los Hechos porque aparece un detalle de mucho interés que expone, por otro lado, cual era la posición de los discípulos el mismo día en el que Jesús se marcha, va a ascender al cielo: esperaban todavía la construcción del reino temporal de Israel. Parecía que la maravilla de la Resurrección, que ni siquiera la cercanía del Cuerpo Glorioso del Señor, les inspiraba para entender la verdadera naturaleza del Reino que Jesús predicaba. Y es que faltaba el Espíritu Santo. Va a ser en Pentecostés --que celebramos el próximo domingo-- cuando la Iglesia inicie su camino activo y coherente con lo que va a ser después. Tras la venida del Espíritu ya no esperan reino alguno porque el Reino de Dios estaba ya en ellos. Y así se lo anuncia también: "Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo".
3.- Para nosotros, hoy, esa cercanía del Espíritu nos debe servir como colofón de todo el venturoso tiempo de Pascua. La Resurrección nos ha ofrecido el testimonio de la divinidad del Señor Jesús. Pero, al igual que ocurrió con los Apóstoles, nos falta todavía algo para entender mejor al Salvador. Sabemos que ha resucitado y "que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama", como dice San Pablo. Pero este Dios Padre, además, "desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro". Es muy necesario, leer y meditar, todo esto para sentirnos más cerca de Jesús y de su Iglesia.
4.- La Ascensión no es un puro simbolismo. Se trata del final de una etapa y es la que Jesús quiso pasar en la tierra para construir la Redención y poner en marcha el camino hacia al Reino. Bajó primero y volvió, luego, al Padre. Y de acuerdo con su promesa sigue entre nosotros. Su presencia en el Pan y el Vino, en la Eucaristía, es un acto de amor supremo. Y nadie que reciba con sinceridad el Sacramento del Altar puede dejar de sentir una fuerza especial que ayude a seguir junto a Jesús y a consolidar el perdón de los pecados. Hoy debemos reflexionar sobre como ha sido nuestro camino en la Pascua, de como hemos reconocido en el mundo, en la vida, en la naturaleza, el cuerpo de Jesús Resucitado. Y de como, asimismo, nosotros hemos subido un peldaño más en la escala de la vida espiritual. Pero, nos faltaran motivos y fuerzas. Y esas nos las va a dar el Espíritu de Dios, pero conviene que analicemos nuestro propio sentir y talante al respecto, para que nos aproveche más y mejor esa llegada del Espíritu.
5.- Probablemente, seguimos pensando en el reino temporal, en las preocupaciones de la vida cotidiana: el trabajo, en el dinero, en el éxito, en nuestros rencores y miedos. Pues si es así, no importa porque definiremos la esencia de dicho reino temporal. Una vez conocido, será más fácil de arreglar. Y será el Espíritu quien nos haga ver lo verdaderamente importante. Esperemos, pues. Con alegría y emoción. Solo nos queda una semana de espera. Hemos corrido hacia la meta y ojalá estemos haciendo bien nuestra carrera como decía Pablo. Hemos pasado la cuaresma y la Pascua con la esperanza de ser mejores de alcanzar esa meta de paz y amor que es la sintonía total con ese Jesús, amigo y maestro que hoy asciende entre aclamaciones al son de trompetas.
LA HOMILÍA MÁS JOVEN
LIBRE Y SERVIDOR TOTAL
Por Pedrojosé Ynaraja
1.- Pese a que ni los veamos, ni los toquemos, nuestra vida está encerrada en una cárcel con rejas que nos aprisionan, son dos barrotes: el espacio y el tiempo. Si pudiéramos afirmar como Guy de Larigaudie: “Me he paseado por el mundo como por un jardín cerrado por muros. He llevado la aventura de un extremo al otro de los cinco continentes y he realizado uno tras otro todos los sueños de mi infancia. El parque de la vieja casa solariega de Perigord, donde di mis primeros pasos, se ha alargado a los confines de la tierra y he jugado sobre el mapamundi, el maravilloso juego de mi vida. Por tanto, las paredes del jardín no han hecho más que retroceder y continúo en una jaula. Pero vendrá un día que podré cantar mi canción de amor y júbilo. Todas las barreras caerán. Y poseeré el infinito”. Si con sinceridad pudiésemos confesar lo mismo, nos daríamos cuenta de que esta realidad no nos satisface del todo. El hombre, culminación sublime de la creación, intuye que está destinado a otra realidad superior.
2.- La resurrección de Jesús, como os he dicho en otras ocasiones, mis queridos jóvenes lectores, no es una resucitación. Las apariciones, hablando, enseñando cicatrices, comiendo o compartiendo pesca del lago, si bien les aseguraba a sus discípulos que estaba vivo, que era el mismo que con ellos se había movido de arriba abajo, y de este a oeste, por la Galilea, convenía que se enteraran claramente que Él pertenecía a otra existencia, que cuando terminaba una aparición, no se ocultaba, para volver en otro momento a encontrarse con ellos. Que su vida, su muerte y su resurrección no les pertenecía a ellos. Que era salvación para todos los que quisieran aceptarla y que con todo ello, había abierto un camino seguro, que se inauguraba para todos. Era, pues conveniente, que esta etapa acabase y quedaran convencidos de ello. De aquí que lo que llamamos Ascensión, es en realidad la última aparición y el mensaje de los varones (ángeles en realidad) que les reprochan su alelada actitud, quería enseñarles lo dicho. Había llegado la hora de que Él velara por todos, de que a todos fuera accesible. Si hubiera permanecido en un lugar, únicamente los que estuvieran capacitados para viajar, hubieran podido ponerse en contacto con Él.
3.- La Ascensión es llegar Él a una gran morada, donde, si en Él creemos, todos podemos permanecer felices para siempre. También es una demostración de su triunfo, pero, pese a ser testigos de ello, continuaron sin decidirse y es que, para que la estancia del Señor entre nosotros, cambiara, mejorara la vida de los discípulos, y la llevara a caminos de heroicidad, era necesaria la asistencia del Espíritu del Señor, que llegó el día de Pentecostés. Solamente apunto la idea. Debemos esperar impacientes y esperanzados, el próximo domingo. Si le somos fieles, nuestra vida cambiará. El nacimiento, los desvelos de Jesús mientras predico por Galilea, su tortura, condena y ejecución, no serán inútiles. Para que se incruste en el interior de nuestro ser e influya en nuestra vida, se precisa la asistencia del Espíritu del Señor. Lo repitió más de una vez: conviene que me aleje de vosotros para que Él, que es vuestro abogado y será estímulo en vuestra vida, os llegue, os ilumine y os de coraje.
4.- Como sé que a muchos de vosotros, mis queridos jóvenes lectores, os gusta que dé detalles topográficos de las hazañas del Maestro, os explicaré que la cima de la montaña donde acabó la aparición, esta delante de Jerusalén. En realidad, es una minúscula sierra que se eleva pocos metros más que la ciudad. Se construyó allí una basílica, de sólidos muros, pero sin techo. En el centro del perímetro octogonal, hay un pequeño edículo, también octogonal y este sí cubierto por una sencilla cúpula, donde se atreven a enseñarnos la huella (sic) que dejó el pie del Señor, antes de elevarse. Lamentablemente, el recinto pertenece al mundo musulmán y para visitar el lugar hay que pagar entrada. Solo el día de la festividad se permite a los cristianos celebra la liturgia. He subido y bajado la empinada cuesta bastantes veces. Creo que si uno no se para por el camino, se puede llegar aproximadamente en media hora, a partir de Getsemaní. Si uno sube en coche, debe poner la primera marcha, os cuento este detalle para que imaginéis la pendiente de la ruta.
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