XXIII Domingo del Tiempo Ordinario
7 de septiembre de 2014

La homilía de Betania


1.- EL CÓMO Y EL CUÁNDO DE LA CORRECCIÓN FRATERNA

Por Gabriel González del Estal

2.- LA EUCARISTÍA ES LA FUENTE DEL AMOR FRATERNO

Por Pedro Juan Díaz

3.- SI CORRIGES… CORRIGE CON AMOR

Por José María Martín OSA

4.- EL SEÑOR ESTÁ PRESENTE ENTRE NOSOTROS

Por Antonio García-Moreno

5.- ¿SOMOS EXPLORADORES O DESCUBRIDORES DE CRISTO?

Por Javier Leoz

6.- NO ESTAMOS SOLOS

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


ALGO NUEVO MUY VIEJO

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- EL CÓMO Y EL CUÁNDO DE LA CORRECCIÓN FRATERNA

Por Gabriel González del Estal

1. Si tu hermano peca… Hoy no está de moda la corrección fraterna; en otros tiempos sí. Yo no creo que esto se deba a que todo tiempo pasado fuera mejor. Los tiempos son buenos o malos según seamos buenos o malos las personas. Si las personas son mejores, los tiempos serán mejores. Los tiempos, más que mejores o peores, son siempre distintos, porque las personas y las culturas son seres vivos que nacen, crecen, y mueren en tiempos distintos. Y ya sabemos que, como nos dijo tan acertadamente Ortega y Gasset, el hombre siempre vive pegado a su circunstancia. Antiguamente los padres corregían a sus hijos, los maestros a sus discípulos, los curas a sus feligreses y, en general, los considerados socialmente superiores tenían derecho a corregir a sus inferiores. Hoy, en parte, ya no es así. ¿Por qué? Seguramente, que por muchas razones que yo ahora no sabría enumerar. Quizá porque todos hemos crecido mucho en autonomía personal y, en parte también, porque hoy día la gente no quiere complicarse la vida corrigiendo a los demás. Yo creo, simplificando mucho, que la corrección fraterna es hoy tan importante como antes. Lo que debe cambiar, para bien, es la forma y maneras de hacer la corrección fraterna. Lo de “tienes que hacer esto porque lo digo yo que soy tu padre, o tu maestro, o tu superior” ya no vale. Hoy, más que nunca, la corrección fraterna sólo será valiosa si la persona corregida ve la corrección como expresión del amor de la persona que corrige. No te corrijo porque soy tu padre, o tu maestro, o tu superior, sino porque te amo y vivo preocupado por ti y de ti. También el talante y el clima de la corrección deben cambiar: la corrección debe estar acompañada y envuelta en un clima de sencillez, de cariño y, sobre todo, de humildad. En cualquier caso, debemos reconocer que muchas veces la corrección fraterna es difícil de realizar y algunas veces hasta imposible. Lo que siempre será posible será mostrar y demostrar nuestro amor a las personas a las que creemos que deberíamos corregir. Y esto ya es mucho.

2. Te he puesto de atalaya. Esto le dice el Señor al profeta Ezequiel. Se llamaba “atalaya” a una torre situada en un lugar alto, para poder ver y vigilar desde allí lo que pasaba alrededor. La persona que estaba en la atalaya, el vigía, tenía la obligación de avisar a la población de los peligros o amenazas que veía y oteaba en el exterior. En este sentido, el Señor le dice al profeta Ezequiel que debe corregir y exhortar a la conversión a todas aquellas personas a las que él, el Señor, le indica que son malvados y están en peligro de condenación por su mala conducta. Si el profeta no corrige a los que el Señor le manda corregir, la culpa recaerá sobre el profeta, por no cumplir la misión que el Señor le pide. Esto podemos y debemos aplicarlo a todas aquellas personas que, por su situación social, familiar, política o religiosa, tienen la obligación de corregir a otras personas. La corrección deberá hacerla, como hemos indicado antes, con amor y por amor, en la medida en que le sea posible. Si actúa con amor y por amor, “aunque el malvado no cambie de conducta” él puede dormir y vivir en paz.

3. A nadie le debáis nada, más que amor; porque el que ama a su prójimo tiene cumplido el resto de la Ley. Esta frase tan rotunda de San Pablo es verdadera, aunque a algunos les parezca peligrosa. Pero es que no otra cosa nos manda Jesucristo con su mandamiento nuevo: UN mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. No voy a explicar aquí que San Agustín estaba pensando en este pasaje de San Pablo, en su carta a los Romanos, cuando escribió en repetidas ocasiones su tan conocida frase “ama y haz lo que quieras”. La explicación que da San Pablo, y que repetirá literalmente San Agustín, es esta: “uno que ama a su prójimo no le hace daño”. Es evidente que el amor al que se refiere San Pablo es el amor cristiano, como no podía ser de otra manera. Amemos, pues, siempre a los demás con amor cristiano, cuando les corregimos o cuando les alabamos, que el que ama así cumple la Ley entera.


2.- LA EUCARISTÍA ES LA FUENTE DEL AMOR FRATERNO

Por Pedro Juan Díaz

1.- Cada domingo nos reunimos en el nombre del Señor. Somos su Pueblo. Somos los hermanos convocados por Él. Y Él está en medio de nosotros, sirve a la Mesa y nos reparte el Pan, que es su Cuerpo. Su amor le lleva a entregarse completamente por todos y cada uno de nosotros, sus hijos. Y eso lo vemos aquí, en la Eucaristía. Somos la comunidad de los hermanos que se reúnen y reconocen la presencia de Dios en esta asamblea. Pero también somos los hermanos necesitados de perdón y conversión, porque no estamos exentos del pecado. Y sobre esto, leía dos definiciones sobre conversión y pecado que van muy unidas al sentir de la Palabra de Dios de hoy. Decía esta reflexión que la “conversión” es “la experiencia de amor que transforma el corazón”. Y que el “pecado” es “la plataforma privilegiada para experimentar el amor absoluto y misericordioso de Dios y de su comunidad, que es la Iglesia”. Me parecen dos definiciones excelentes.

2.- Ya sabemos todos que esta comunidad no es la comunidad de los perfectos, que la Iglesia no es un “museo de santos”, sino un “hospital de pecadores” (como decía el Papa Francisco). También es importante caer en la cuenta de que los cristianos no somos mejores que los demás, por el hecho de serlo, que también hay mucha gente buena fuera de la Iglesia. Y que nosotros no estamos exentos ni de la fragilidad, ni del pecado. Así que es importante sentir y vivir la experiencia del amor y de la misericordia de Dios. Por eso siempre empezamos la Eucaristía creando ese clima de amor que nos da el sentirnos perdonados y reconciliados con Dios y con los hermanos.

3.- Si juntamos todos estos elementos, la Eucaristía nos ha de llevar a vivir el amor fraterno. Si reconocemos a Dios, presente en medio de nosotros, que nos da su amor y su misericordia, que se entrega por nosotros en su hijo Jesús, nuestra norma de vida se convierte también en la misma, como decía San Pablo: “a nadie le debáis nada más que amor; uno que ama a su prójimo no le hace daño; por eso amar es cumplir la ley entera”. El amor que brota de la Eucaristía es el que lleva a implicarse y entregarse por los demás, por los hermanos, al estilo de Jesús. La Eucaristía es la fuente del amor fraterno. La Eucaristía nos lleva a vivir la comunión de los corazones y la unión y la fuerza de la oración: “Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo”. Así es Dios, que nos invita a la comunión, a la fraternidad, a la entrega… al amor en definitiva.

4.- Aquí está Dios. Él nos convoca, nos reúne, nos perdona, nos ama y nos envía al mundo a compartir todo eso que Él nos da. Y sobre todo, a hacerle presente a Él en la vida y entre las personas. “Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Él está “en medio”. Él es el centro, la razón de ser de nuestro encuentro, de nuestra fraternidad y de nuestra vida. Comulguemos con Él y vivamos entre nosotros ese amor que nos regala.


3.- SI CORRIGES… CORRIGE CON AMOR

Por José María Martín OSA

1.- La Palabra de Dios de este domingo nos propone hasta cinco temas de reflexión: la corrección fraterna, el amor al prójimo como resumen de todos los mandamientos, la facultad de perdonar los pecados, la eficacia de la oración en común y la presencia del Señor en medio de la comunidad.

2.- La difícil y necesaria práctica de la corrección fraterna. Ezequiel recibe el mandato del Señor: “pon en guardia al malvado”, pues si no lo haces “a ti te pediré cuenta de su sangre” y si después de tu advertencia él no quiere cambiar de conducta, al menos “has salvado tu vida”. Por tanto, la puesta en práctica de la corrección fraterna no sólo ha de ser posible, sino también es algo necesario y obligatorio en la vida del creyente. Jesús en el Evangelio nos da unas pistas sobre la manera de realizar la corrección mutua. Primero debes hablarlo personalmente con el hermano antes de que sea demasiado tarde y se extravíe definitivamente. Pero, ¿cómo hacerlo? No lo dice Jesús, pero se deduce de su mensaje: con amor y humildad. Si vas con aire superior, creyendo que tú eres perfecto en todo y sólo el otro es el que se equivoca, tu misión no tendrá éxito. Tu hermano lo tomará como una crítica negativa y no verá tu buena intención. Hay que emplear también buena dosis de prudencia, es decir saber encontrar el momento oportuno para hacer la corrección. Si conoces de verdad a tu hermano sabrás también como va a reaccionar y qué tono tienes que emplear: enérgico, suave o firme, según los casos. Decía San Agustín: “si corriges, corrige con amor”. Jesús nos dice, además, que si no te hace caso a ti, solicita la ayuda de otro hermano para que sea más eficaz la corrección. Y que el otro vea que lo haces porque le quieres, no porque te regodees en la crítica negativa. Hay que hacerlo con mucho tiento, pues hay cosas personales que no es necesario airear por ahí. Si no os hace caso a los dos, debes reunir la comunidad para que con, el consejo y la ayuda de todos, pueda recapacitar y recuperar la senda correcta. Es más fácil evadirse, decir “no es mi problema”, “allá él”, pero esto no es cristiano..... Es difícil llevar a cabo la corrección fraterna, pues también requiere humildad por parte del que recibe la corrección. Muchas veces el que corrige está expuesto a recibir la recriminación o el odio del otro. A la corrección fraterna yo la llamaría “corrección mutua”, porque todos somos perdonadores y perdonados.

3.- Con amor. “Amar es cumplir la ley entera”, nos dice San Pablo en la Carta a los Romanos. El que ama al prójimo como a uno mismo cumple todos los mandamientos. San Agustín nos dejó una sentencia definitiva: “Dilige, et quod vis, fac”, es decir “ama y haz lo que quieras”. No es ésta una invitación al desmadre, o a que cada uno haga lo que le dé la gana. Fijémonos en la primera palabra “Ama”, pero ama de verdad, como Jesucristo nos amó, de forma gratuita y desinteresada. El que tiene como norma de su vida el amor auténtico, no podrá hacer nunca daño a su hermano y todo lo que realice tendrá la impronta de la buena intención. Si uno ofende o se porta mal, en el fondo no ama de verdad. Pero es necesario que antes veamos a todos con ojos de hermano. Cuentan que un niño de 9 años tuvo que abandonar la aldea donde vivían porque la guerra había destruido su casa, y sus padres habían muerto. Con otros muchos hombres y mujeres buscaba refugio donde poder huir de la tragedia. Con él, sobre sus hombros, iba un hermano de 4 años. Después de varias horas de camino, un hombre se le quedó mirando y le dijo: “Me admira cómo puedes aguantar sin cansarte con ese niño a cuestas”. Pero nuestro héroe contesto: “No me pesa, es mi hermano”. Esta es la clave, considerar siempre al otro como un hermano de tu propia sangre. Este mismo amor es el que demostró esa madre peruana que protegió de las llamas con su propio cuerpo a su hijo tras el accidente de avión ocurrido la semana pasada ¿Cabe más amor?

4.- Jesús nos anima a pedir. Esta es la eficacia de la oración. Ya en una ocasión nos dijo “Pedid y se os dará”. Ahora nos recuerda que si esa petición es en común tiene más fuerza. Es lo que hacemos en la Eucaristía cada domingo. La oración universal es llamada también “oración de los fieles”. Nos unimos a cada petición personal, asumiendo los problemas e inquietudes de todos nosotros y de la humanidad entera. ¡Qué bonito es cuando alguien pide por algo personal o familiar y todos juntos oramos por su intención! Al pedir nos comprometemos a colaborar para que eso que pedimos sea posible.

5.- Jesús está presente entre nosotros. Notamos de verdad la presencia de Jesucristo en medio de la comunidad cuando nos reunimos para orar en común. Él ha prometido que siempre estará en medio de nosotros cuando “dos o más se reúnen en su nombre”. Más de dos personas, casi un millón de jóvenes, se reunieron con el Papa Benedicto XVI en Colonia hace dos semanas. Allí estaba presente Jesucristo, allí se palpaba la fuerza del Espíritu, que nos impulsa a auténtica revolución como nos dijo el Papa, la revolución que nace del amor a Cristo.


4.- EL SEÑOR ESTÁ PRESENTE ENTRE NOSOTROS

Por Antonio García-Moreno

1.- ¡CENTINELA, ALERTA! El Señor le dice al profeta Ezequiel que lo ha puesto como atalaya, como torre de centinela, promontorio que domina el horizonte, para avisar con tiempo la llegada del enemigo. Centinela alerta que dará, en el momento preciso, la voz de alarma; para poner en guardia a los defensores de la fortaleza. Pieza importante en la batalla, acción decisiva que dará la victoria o provocará la derrota.

Por eso, en muchos casos, el centinela que se duerme durante la guardia es reo de muerte. Y es que todo está en sus manos mientras que monta la guardia. Todos confían en él y duermen tranquilos porque sabe que hay quien vela y vigila.

Un centinela hay que ser en la propia fortaleza del alma, siempre con la guardia montada, ojo avizor, pendiente de las asechanzas del enemigo. También en esas pequeñas escaramuzas, que nos pueden parecer sin importancia... Centinela alerta. Siempre. Lo dijo el Señor: velad, pues no sabéis cuándo sonará la hora. Y también dice san Pedro: Sed sobrios y vigilad, que vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda rondando y busca a quien devorar. Resistidle firmes en la Fe.

Centinela alerta también en beneficio de los demás. No podemos pensar sólo en nosotros mismos. No es lícito olvidarse de los otros, prescindir de ellos, contentarse con salvarse a sí mismos, abandonando en el peligro a los demás. El "sálvese quien pueda" no es nunca compatible con la fidelidad a la doctrina de Cristo.

Por eso hoy nos dice el Señor: "Si yo digo al malvado que es reo de muerte, y tú no le hablas poniéndole en guardia, para que cambie de conducta, el malvado morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre. Pero si pones en guardia al malvado, para que cambie de conducta y no cambia, él morirá por su culpa, pero tú habrás salvado tu vida".

Está claro. No podemos vivir tranquilos, pasar de largo ante quien se hunde en la miseria, en el peor de los cenagales, en el lodo movedizo del pecado... Centinela, alerta. Con la guardia bien montada, dispuestos a romper el silencio de la noche con nuestro grito de alarma que detecte el peligro y salve la situación.

2.- IGLESIA JERÁRQUICA.- "Si tu hermano peca, repréndelo a solas...", dice hoy el evangelio. Refleja el mensaje salvador de Cristo enseña que el hombre no puede desentenderse de su prójimo. Considera que todos somos hermanos y que nadie puede pensar tan sólo en sí mismo. Los pecados ajenos no pueden dejarnos tranquilos, lo mismo que no podemos eludir las necesidades ajenas, si está en nuestras manos el aliviarlas. Por eso cuando alguien obra mal, tenemos la obligación de corregirle, de advertirle de su error. Y eso hecho por amor y con amor, buscando el bien del prójimo y no nuestra propia satisfacción o vanagloria. Ha de ser una corrección de hermano a hermano, a solas y con prudencia, sin humillar en lo más mínimo. Con el deseo sincero de levantar a quien ha caído, persuadidos de que también nosotros podemos caer.

El pasaje evangélico de hoy nos habla, además, de la Iglesia y de su constitución jerárquica. De esas estructuras visibles, queridas por Jesucristo, mediante las cuales se lleva a cabo la misión salvadora que Dios le ha encomendado. Para ello dio el Señor a Pedro y a los demás apóstoles el poder de atar y de desatar. Es decir, el Colegio Apostólico, formado hoy por los obispos en comunión con el Papa, ha recibido los poderes necesarios para regir a la Iglesia y a cuantos formamos parte de ella. Es una realidad que, por voluntad de Cristo, persiste a través de los tiempos, por mucho que estos puedan cambiar.

El Señor está presente entre nosotros que, sin duda, estamos en la Iglesia en nombre de Jesús. Su promesa no falla. Hemos de creerlo firmemente y permanecer muy unidos entre sí. De este modo daremos un testimonio evidente que atraerá a los que están fuera de la Iglesia. Por otra parte, nuestra oración será escuchada de modo más seguro si oramos unidos. Así lo ha prometido Jesús y así será. En este sentido recordemos que la plegaria por excelencia es la que tiene lugar en la Santa Misa, en la celebración de la Eucaristía, cuando Jesús mismo se ofrece como víctima de propiciación y como intercesor eficaz ante Dios nuestro Padre


5.- ¿SOMOS EXPLORADORES O DESCUBRIDORES DE CRISTO?

Por Javier Leoz

“Ayudad a los hombres a descubrir la verdadera estrella que indica el camino: ¡Jesucristo! “ Lo dijo el Papa Benedicto en Colonia en aquellas famosas Jornadas Mundiales de la Juventud y, el Papa Francisco, recientemente nos ha dicho: “Un cristiano es memoria de Dios ente mundo” (Jornada de os Catequistas)

1. Atar en la tierra, con los nudos de Jesús, muchas veces conlleva la crítica y no, precisamente, el aplauso fácil. Desatar, según las modas o estrategias que nos acosan y nos uniforman, pueden llevarnos a ese olvido de Dios, del cual también hablaba a los jóvenes el Papa. Lo cierto es que, la Iglesia, sigue siendo esa atalaya desde la cual se puede divisar todo lo, mucho y bueno, que la fe ofrece y todo lo que Dios es capaz de realizar por el hombre.

Es cómodo dejarnos llevar por una religión a la carta (cojo lo quiero y cuando quiero) pero las consecuencias pueden ser fatales en los momentos de turbación y de crisis. El Evangelio de este domingo es una llamada a la esperanza a esta iglesia a la cual pertenecemos. Su fin, llevar a los hombres hasta Dios, ha de ir también alimentado por un clarificar las conciencias de los hombres de hoy y por un despertar las entrañas de una sociedad que parece vivir montada en el caballo de su propia autosuficiencia y arrogancia.

2. El perdón es una actitud evangélica, y un medio terapéutico que libera al que lo otorga y reaviva al que lo recibe. En cierta ocasión, un discípulo, comentaba a su maestro lo difícil que le resultaba perdonar. Que siempre, junto a ese afán, en su mente, se le cruzaban sentimientos de orgullo y de amor propio que le impedían dar ese paso hacia la reconciliación. El maestro espiritual le respondió: qué poco esfuerzo te costaría si pensaras que, arriba, es Dios quien es perdonado por ti en el hermano.

Un psicólogo norteamericano, Robert Enright, afirmó que las personas que han sido profunda e injustamente heridas pueden sanar emocionalmente perdonando a su ofensor. El insigne fraile dominico Henri Lacordaire dijo: "¿Quieres ser feliz un instante? Véngate. ¿Quieres ser feliz toda la vida? Perdona".

3. Los cristianos, y volviendo al principio, hemos de enseñar a descubrir la estrella de la fe con aquello que es peculiar y original en ella: el perdón con amor. Acostumbrados a vivir en una sociedad que todo lo airea, distorsiona y todo lo pregona, el mensaje cristiano nos alerta sobre una dimensión totalmente nueva: hazlo con amor y…perdona.

La urbanidad, en las formas y en los modos, no es precisamente la tónica dominante de la realidad que nos rodea. Jesús, por el contrario, nos orienta en el sentido de recuperar y potenciar el sentido de hermandad que debe existir entre aquellos que llevamos el distintivo de la cruz.

Es bueno leer el evangelio de este domingo desde dos dimensiones: la iglesia de hermanos (que se quiere y se perdona) y la iglesia en oración (que vive, siente y se edifica con la presencia del Señor).

4.- ¡TENGO TANTO MIEDO, SEÑOR!

De invertir tiempo, ideas y sudor,

esfuerzo e ilusión, y como respuesta

encontrar sólo el vacío o la incomprensión.

¿Por qué me has dado tanto, Jesús?

Con menos talentos divinos,

se vive la vida más fácilmente y mejor

Con más comodidad y sin tantos riesgos

 

¡TENGO TANTO MIEDO, SEÑOR!

De no estar a la altura que Tú me marcas

de no dar la talla en el campo de batalla:

en la familia, o en el trabajo

en la enfermedad o en la salud

en la palabra o en la obra

 

¡TENGO TANTO MIEDO, SEÑOR!

De gastar por el camino lo que Tú me has dado

aquello que pienso que es mío y no tuyo

De quemarme por brindarme y ofrecerme

o cansarme de sembrar sin recoger nada a cambio

 

¡TENGO TANTO MIEDO, SEÑOR!

De que regreses y, tu fortuna, la encuentres mal empleada

por mi falta de valentía o audacia

por mi cobardía o desinterés

por mi timidez o mi falta de seguridad

¡CUÁNTO MIEDO TENGO, SEÑOR!

De no invertir mi vida como, Tú en la cruz, lo hiciste:

con silencio, grandeza y dolor

con perdón, humildad y sacrificio

con fe, esperanza o misericordia

 

¡CUÁNTO MIEDO TENGO, SEÑOR!

De mirarme a mí mismo,

y viendo lo mucho que me has dado

creer que no merece la pena arriesgarlo todo:

por Dios y por el hombre

por la Iglesia y por el mundo

por mis hermanos y por mí mismo

 

¡CUÁNTO MIEDO TENGO, SEÑOR!

Que vengas…y me pilles con el pie cambiado

lejos de tus caminos y, con mis talentos,

sin haberlos utilizado a fondo.


6.- NO ESTAMOS SOLOS

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Tenemos una gran responsabilidad sobre la salvación de nuestros hermanos. Todos. Absolutamente todos. No es una obligación particular de los curas y de otros hermanos consagrados. A todos nos afecta y nos obliga. Una de las formas de procurar la salvación del prójimo es transmitiendo la Palabra de Dios. Y no es el templo el único lugar donde debe aparecer la Palabra. Esta Palabra –sin duda—toma especiales resonancias en la celebración litúrgica ante la asamblea de fieles. Es el caso de nuestra misa dominical donde hemos proclamado, con alegría, con fuerza y con la necesaria solemnidad, la Palabra del Señor.

2.- Decíamos que no es el único medio, ni el lugar exclusivo. Hay otros de gran calado y eficacia como pueden ser los que funcionan en las nuevas, o renovadas, tecnologías: Internet, radio, televisión por satélite, etc. Y por supuesto aquellos más clásicos como los periódicos, las revistas, etc. Pero un modo imprescindible y más emocionante es aquel que se dirige al interlocutor cercano, al amigo próximo, a quien contamos, en confianza, esos fragmentos de la palabra divina que le van a comunicar vida. Podría ser que el hermano no atienda –o no respete—la Palabra de Dios... Dicha actitud contraria será observada por todos y tendrá un doble efecto negativo. Primero, para el mismo que transgrede la Palabra; segundo, como efecto desmoralizador para quienes observan tal conducta. La Palabra, en definitiva nos marca el camino e indica la conducta coherente con los mensajes que salen de esa palabra.

3.- ¿Dónde está la solución? El Señor Jesús con todo el amor, pero con una certera precisión nos dice: "Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano". No está pues nada oscuro el procedimiento del Salvador para mantener la necesaria coherencia interna en la comunidad. Lo anterior parecería que choca con el perdón permanente que Jesús pide para todas las ofensas. No marca nuestro Maestro las veces que hay que ejercer el perdón, señala, la insalvable actitud de quienes no quieren ese perdón. Hay un punto de máximo interés en esas palabras. No podemos dejar de hacer una advertencia a tiempo a nuestro hermano porque este podría quedar ignorante de su propia falta. Callar sería ejercer complicidad con la falta y con quien la hace.

3.- En la primera lectura, del capítulo 33 del Libro de Ezequiel, se dice muy claramente y lo hace con las mismísimas palabras de Dios: "Si yo digo al malvado: '¡Malvado, eres reo de muerte!', y tú no hablas, poniendo en guardia al malvado para que cambie de conducta, el malvado morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre." Aquí el pecado de omisión es verdaderamente grave.

4.- ¿Cuáles son los límites de la corrección fraterna? Pues los que inspira el amor. La religión cristiana es una observancia permanente del amor a Dios y del reflejo de este mismo amor dirigido al prójimo. Si amamos a nuestro hermano nuestras advertencias ni serán agrias, ni mucho menos injustas. San Pablo en la Carta a los Romanos lo dice de manera muy clara: "Uno que ama a su prójimo no le hace daño; por eso amar es cumplir la ley entera". Y si bien la frase de Pablo es válida para todas las circunstancias, lo es especialmente significativa para aquellos quienes, por su posición en el ministerio de la Iglesia, tienen que ejercer la acción de reprender y educar.

5.- No hay que olvidar, por otro lado, que esa acción educadora es patrimonio especial de la Iglesia y que en ella está presente el Maestro, el Señor Jesús, que comunica profunda eficacia espiritual a dicha labor. "Os aseguro –dice Jesús—que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo". La Iglesia no es una realidad humana alejada de lo transcendente. Jesús es la cabeza del cuerpo y todo junto forma esa Iglesia que supera la dimensión estrictamente terrenal o humana.

6.- Los dos últimos párrafos del capítulo 18 del Evangelio de San Mateo que leemos hoy nos marcan una realidad fehaciente sobre nuestra relación con Dios. Leámoslos otra vez: "Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos". Si nos ponemos de acuerdo para pedir algo al Padre nos lo va a dar. Además, si dos o tres nos reunimos en nombre de Jesús, Él vendrá a nosotros. Es algo muy emocionante y lo es, desde luego, si pensamos en la oración comunitaria, en la oración de la familia, en ese rosario de atardecer que se reza en muchos lugares de España y de América. Pero, además, marca lo comunitario como consustancial con la religión cristiana. No es, pues, una religión de solitarios. Debemos meditar hoy sobre las promesas de Cristo respecto a su presencia al lado nuestro. Está esperándonos en la Eucaristía. Nos promete venir a nuestro lado si solo dos o tres nos reunimos a rezar en su nombre. No vivimos pues esperando a un Dios lejano. Está siempre muy cerca si somos capaces de llamarle con fe, amor y esperanza.

Para la confección de los correspondientes comentarios homiléticos puede consultarse también la Carta del Editor en su correspondiente página.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


ALGO NUEVO MUY VIEJO

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- No seré yo quien devalúe la presencia eucarística de Jesús, ni quien olvide los preceptos de Dios que estudiamos en la catequesis, ahora bien, las dos enseñanzas contenidas en el texto evangélico de la misa de hoy, mis queridos jóvenes lectores, os sonarán a muchos como doctrina nueva. La primera y más extensa parte habla de una actitud que debe tener el discípulo del Señor. Se trata de un deber que ocupa el aspecto profético, incómodo por tanto.

2.- Que el hombre peca es cosa evidente. Que la gravedad de su proceder puede ser de mayor o menor calibre, también. Ahora bien, hay un aspecto que, generalmente, no tenemos en cuenta: hay conductas consideradas vergonzosas y otros no, depende de la cultura en la que uno vive. Si tu hermano peca, repréndelo a solas, dice el Maestro. Sí, no te calles, ni quieras ignorar su mal proceder. Reconoce con sinceridad y humildad su mal comportamiento y, por su bien, amonéstale. Es incómodo hacerlo, se juega uno su amistad en muchos casos. Tal vez se corrija y te agradezca que te hayas ocupado de él. Tal vez se enoje y reaccione contestándote que no te metas en su vida y, en consecuencia, se aparte de ti. Arriésgate, no obstante, confía en el Señor. Es un deber personal, como ir a misa el domingo, o no mentir. Ser fiel a los dos ejemplos que te he recordado, comporta la satisfacción de haber cumplido. En el caso de que el hermano al que has advertido se corrija, tendrás otra complementaria: le estás salvando.

3.- No todo acaba aquí. Si no te hace caso, no huyas, no te escapes. Habla de ello con él, en presencia de su entorno, el grupo de amigos comunes. No lo hagas agresivamente, ni acaloradamente, obra con esperanza. Que se sienta acogido y reciba la advertencia, sabiendo que es por su bien. Él y vuestro grupo, tal vez se trata de una asociación, saldrá enriquecido. Si este paso no da resultado, no dudes en denunciarlo públicamente. La acusación puede hacerse de múltiple maneras. No te fijes en el término que usa Jesús. Entendería uno en principio que se trata de un juzgado al que, tal vez no puedas acudir, o tampoco te fías de él. Hay un tribunal hoy en día al que todo el mundo puede apelar: la opinión pública. Se acude a este tribunal mediante los medios, sean “cartas al director” si se trata de papel, o de una web que lo permita, sea Internet por los diversos conductos. No ignoráis que con una tal técnica ha sido posible derribar a directores generales, apartar a injustas empresas o a corruptos dirigentes.

4.- Lo que nos manda el Señor a veces es incómodo, si obramos con rectitud y amor. Seguramente no sacaremos de ello ningún provecho personal. La única satisfacción será haber obrado por fidelidad al Maestro. Es un deber tan serio como procurar comida al que está hambriento.

5.- Os advertía, mis queridos jóvenes lectores, que no ignoro la riqueza que nos procura nuestra Iglesia, ofreciéndonos la presencia eucarística. Pero esta presencia no es única. Tal vez la iglesia a la que acudís está cerrada, tal vez la situación legal de una persona no le permita comulgar, estoy pensando en alguien cuya realidad matrimonial no la viva según normas y no alardee, sino que lo lamente. A quien está en una tal situación no se le niega ni la compañía del Maestro amigo, ni la posibilidad de un encuentro personal.

Allí donde dos o más se reúnan en su nombre, allí está Él intercediendo por ellos ante el Padre. O simplemente, acompañándolos. Reunidos de cualquier manera, en cualquier sitio, podéis gozar de la presencia del Señor. Una tal fortuna no se le ofrece a ninguna fe religiosa.