II Domingo de Cuaresma
1 de marzo de 2015

La homilía de Betania


1.- JESÚS NO SE QUEDÓ EN EL BALCÓN. SE METIÓ EN EL MUNDO

Por José María Martín OSA

2.-…Y CONTEMPLAR EXTASIADOS LA GLORIA DEL SEÑOR

Por Antonio García-Moreno

3.- EL TABOR EN CLAVE DE ESPERANZA

Por Gabriel González del Estal

4.- NO TODO ES BONITO

Por Javier Leoz

5.- HOMBRES Y MUJERES OLVIDADIZOS

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


EN LAS MONTAÑAS

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- JESÚS NO SE QUEDÓ EN EL BALCÓN. SE METIÓ EN EL MUNDO

Por José María Martín OSA

1.- La fe de Abraham. La primera lectura nos presenta el sacrificio de Isaac. Dios no puede pedir, ni en broma, el sacrificio del hijo único y de ningún hijo. Dios tiene un gran humor, pero esto sería humor negro. Las horas que pasarían Abraham y Sara serían realmente mortales. Eso no lo puede pedir ni Dios. Ni necesita pruebas de este tipo… Pero la historia que cuenta el Génesis es no sólo hermosa, sino profunda y paradigmática. Se inspira en la costumbre de ciertas religiones primitivas. Abraham pudo llegar a sentir esa exigencia. El patriarca, camino del monte, es un modelo de obediencia y de fe. Abraham con el cuchillo alzado es un campeón de la fe. Aquí se ganó de verdad esa paternidad millonaria de todos los creyentes. Si hubiese retenido al hijo, su semilla hubiera terminado agotándose. Al desprenderse de él, se lo devuelven con una bendición que traspasa los siglos, con una promesa de infinitud. "Retener es inferior modo de posesión a esperar", dice el sacerdote en el Misal de la Comunidad. La fe de Abraham es ésta: a Dios no se le discute ni regatea nada. Es verdad que le pide todo su amor y su esperanza; pero este hijo es más de Dios que suyo; y si Dios le ha dado un hijo en su vejez, puede seguir multiplicando su semilla.

2.- Dios nos ama. Los hombres siempre andamos exigiéndonos "pruebas de amor". Pero ninguna prueba nos satisface porque no existe ninguna definitiva. Dios comprobó la fe de Abrahán, porque no se puede pedir más. El Cristo crucificado es prueba de tal calibre que dudar luego de que Dios nos ama sería el colmo de la estupidez. Estamos seguros de muy pocas cosas. De una debemos estarlo del todo: Dios nos ama como nadie nos puede amar, está a nuestro favor. Ningún misterio, ningún desconcierto, ni el dolor ni la muerte, deben hacernos dudar de ese amor misterioso. Quien es capaz de morir literalmente por nosotros tiene derecho a nuestra confianza. Cualquier apariencia de desamor carece de sentido al lado del máximo amor. "El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por nosotros, ¿cómo no nos dará todo con Él?", dice san Pablo. Nuestra ley, nuestra ciencia y nuestra fuerza, no son un código ni un libro ni unos ritos, sino una persona: Cristo Crucificado. Es el objeto de nuestra predicación, de nuestra catequesis, de nuestro estudio, de nuestra ascesis, de nuestra espiritualidad, de toda nuestra vida.

3.- “No balconeen la vida, métanse en ella como hizo Jesús.” (Papa Francisco). La tentación de "hacer tres tiendas" está siempre presente. Es curioso que el hombre se preocupe siempre por construirle una casa a Dios, cuando el mismo Dios ha bajado a la tierra para vivir en las casas de los hombres. Dios no tiene tanta necesidad de metros cuadrados para iglesias como de acogida en el corazón humano. Dios no quiere vivir en un "hotel para dioses" relegado como nuestros ancianos, en una especie de parkings. Dios quiere vivir en familia con los hombres, andar entre sus pucheros. Por ambientados que estén nuestros templos, siempre le resultarán fríos a un Dios que busca el cobijo de los hombres. El Dios-con-nosotros no puede quedar en una especie de producto situado en un mercado al que se acude cuando se necesitan servicios religiosos. Dios no es un objeto de consumo. Él es la vida misma del hombre, pero nosotros nos empeñamos en confinarlo en su casa en lugar de tenerlo como compañero en el camino de la vida. El Dios de Jesús no se mantiene en alturas celestiales, sino que nos señala en dirección al mundo y quiere que como él nos encarnemos en el mundo.

Recordemos las palabras del Papa Francisco a los jóvenes:

“Estos son los entrenamientos para seguir a Jesús: la oración, los sacramentos y la ayuda a los demás, el servicio a los demás. A ustedes les pido que también sean protagonistas de este cambio. Sigan superando la apatía y ofreciendo una respuesta cristiana a las inquietudes sociales y políticas que se van planteando en diversas partes del mundo. Les pido que sean constructores del futuro. Que se metan en el trabajo por un mundo mejor. Queridos jóvenes, por favor, ¡no balconeen la vida, métanse en ella! Jesús no se quedó en el balcón. Se metió. No balconeen la vida, métanse en ella como hizo Jesús.”


2.-…Y CONTEMPLAR EXTASIADOS LA GLORIA DEL SEÑOR.

Por Antonio García-Moreno

1.- SÍ AL MENOS UNA LÁGRIMA... "Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?". Estas palabras son como un desafío, un reto audaz que San Pablo lanza a la cara de sus enemigos. Un grito de guerra, un grito de victoria. "¿Quién nos separará del amor de Cristo? -se pregunta-. ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada...?".

Pablo es consciente de las dificultades que hay en su vida, de las persecuciones que sufre, de las calumnias que han propagado contra él, de la incomprensión de los que podían y debían haberle comprendido. Él sabe que hay muchos que desean su muerte, está seguro de que terminará sus días en la cárcel, condenado injustamente a muerte, a una muerte violenta, al martirio.

Y sin embargo, se siente seguro, tranquilo, sereno, decidido, audaz, contento, feliz. Él sabe que vive entregado a la muerte cada día, todo el día, como oveja de degüello. Pero él dice: "En todas estas cosas vencemos por aquél que nos amó. Porque persuadido estoy de que ni la muerte, ni la vida, ni poder alguno por grande que sea, podrá separarnos del amor que Dios nos tiene y que nos ha manifestado en Cristo Jesús".

"El que no perdonó a su Hijo, -sigue el Apóstol-, sino que lo entregó a la muerte por nosotros..." Ahí está la clave de ese optimismo desaforado. Haber creído en clamor de Dios, este es el secreto de esa esperanza siempre viva, de esa audacia sin límites, de esa personalidad arrolladora. Dios nos amó hasta el extremo del amor. Lo dijo Jesús: "Nadie tiene amor más grande que aquel que da la vida por el amado". Y Dios entregó su vida por los hombres. El Padre Eterno no escuchó la súplica del Hijo que pedía, con lágrimas y sudor de sangre, que pasara aquel terrible cáliz, aquella dolorosa pasión. Y el Hijo aceptó los planes del Padre y caminó decidido, sin resistencia alguna, hacia el tormento supremo del abandono y del dolor.

Ante estos hechos, ¿cómo podemos permanecer insensibles, cómo podemos caminar de espaldas a Dios, cómo podemos vivir una vida tan mediocre y aburguesada, cómo podemos olvidar a quien tanto nos ama? No hay respuesta adecuada. Sólo cabría decir que somos unos pobres miserables, indignos de tanto amor. Y si al menos dijéramos eso, si al menos sintiéramos un poco de dolor de amor, si al menos derramáramos alguna lágrima de arrepentimiento...

1.- TRANSFIGURACIÓN.- Jesús se retira con los más íntimos a la montaña. Lo más probable es que se tratara del monte Tabor, alta colina que destaca en las planicies de Galilea, atalaya desde la que se divisa a lo lejos el reflejo azul del lago de Genesaret y el verde valle de Yiztreel. Las cumbres, esto lo saben bien los montañeros, invitan a la contemplación: Allí el espíritu se eleva y Dios parece estar más cerca. Es lugar propicio para la oración, para comunicarse con el Creador, esplendente en la altura, visible casi en la grandeza majestuosa de los hondos abismos y de las escarpadas rocas.

La grandiosidad de la cima del Tabor se llenó con la luz que Cristo irradiaba. Toda la gloria que se ocultaba tras los velos de la humanidad se dejó ver por unos instantes. Fue tanto el resplandor de aquella transformación que los apóstoles quedaron extasiados, como fuera de sí, sin saber con certeza lo que pasaba. Un gozo inefable les colmaba por dentro, y a Pedro sólo se le ocurre decir que allí se estaba muy bien, y que lo mejor era hacer tres tiendas. Y no moverse de aquel lugar. Estaban en la antesala del Cielo, recibían una primicia de la visión beatífica. El recuerdo de aquello es siempre un estímulo para los momentos oscuros, cuando la esperanza haya muerto y necesitemos que florezca de nuevo.

Moisés y Elías acompañaban a Jesús glorioso y hablaban acerca de su pasión, muerte y resurrección. Un juego de luces y sombras hacía entrever el duro combate que el Rey mesiánico había de librar, y también su gran victoria sobre la muerte y el dolor, su definitivo triunfo que alcanzaría a quienes siguieran sus pisadas de sangre y de luz... La voz del Padre resuena desde la nube: Este es mi Hijo amado, escuchadle. El Amado, el Unigénito, la impronta radiante del Padre Eterno. Con razón se admiraba San Juan del grande amor que Dios tiene al mundo, cuando por él entregó a su mismo Hijo, aun sabiendo que lo clavarían en la Cruz. Pero aquella fue la inmolación que nos trajo la salvación y remisión de nuestros pecados.

Cómo no escuchar la voz de quien tanto nos amó, atender las palabras de quien murió por salvarnos. Oír su doctrina luminosa, hacerla vida de nuestra vida. Subir a la montaña escarpada de nuestros deberes de cada día, grandes o pequeños; escalar con ilusión los riscos de cada hora, con la esperanza cierta de llegar a la cumbre y contemplar extasiados la gloria del Señor.


3.- EL TABOR EN CLAVE DE ESPERANZA

Por Gabriel González del Estal

1.- Maestro, ¡Qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Estaban asustados y no sabía lo que decía. Decía George Bernard Shaw que los hombres pueden alcanzar las más altas cumbres, pero no pueden permanecer mucho tiempo en ellas. Y es que momentos de Tabor seguramente que todos nosotros hemos tenido más de uno en nuestra vida, pero han sido siempre momentos cortos y fugaces. ¡Cuán presto se va el placer!, nos dejó escrito ya Jorge Manrique, en las coplas por la muerte de su padre. Aplicado esto a la Transfiguración del Señor podemos decir lo mismo: fue un momento maravilloso, de felicidad plena, pero ¡que pronto llegó la nube!, y los pobres apóstoles tuvieron que bajar a la áspera y complicada vida de cada día. ¿Es que la visión del Cristo transfigurado no les sirvió para nada a los apóstoles? Sí, y mucho, pero en clave de esperanza. Jesús acababa de anunciarles la inminencia de su muerte y del duro camino que les aguardaba en la subida hacia Jerusalén. Pedro –siempre tan espontáneo y hasta temerario- le criticó entonces a Jesús duramente. Jesús le dijo entonces a Pedro que hablaba como Satanás, porque pretendía suprimir el dolor del camino de su vida. El Tabor definitivo, la resurrección gloriosa, llegaría a su tiempo, paro antes tendrían aún que subir al monte del Calvario. Así es también nuestra vida, la vida de cualquier cristiano que quiera de verdad acompañar a Cristo hasta el final. Tendrá pequeños momentos de felicidad plena, pero la felicidad definitiva, el Tabor perpetuo, sólo lo alcanzará al final, con la resurrección gloriosa. Los pequeños momentos de Tabor deben servirnos para eso: para fortalecer nuestra esperanza en el Tabor definitivo. Esto es lo que quiso decir Jesús a sus tres desanimados discípulos con el deslumbrante espectáculo de su Transfiguración: esto es lo que os espera a todos vosotros en el momento final, pero por ahora debéis seguir caminando con esfuerzo hacia la cumbre sin desanimaros. El Tabor definitivo lo tendréis todos vosotros después, pero por ahora debe ser sólo la luz que ilumine vuestro camino hacia la Resurrección. Mirad siempre al Tabor en clave de esperanza.

2.- No alargues la mano contra tu hijo ni le hagas nada. Esta escena en la que se nos presenta al patriarca Abrahán dispuesto a sacrificar a su propio hijo Isaac, en el monte Moria, la hemos interpretado siempre como una muestra suprema de la fe de Abrahán y de su fidelidad y confianza en Dios. Y, sin duda, es una interpretación correcta, pero también podemos interpretar la actuación de Dios cuando prohíbe a Abrahán alargar su mano contra la vida de su hijo como una clara prohibición de Dios contra el sacrificio de seres humanos. En muchos pueblos antiguos, politeístas e idólatras, era costumbre sacrificar seres humanos al dios de la tribu, para obtener su favor. Yahvé, el Dios de Israel, le prohíbe aquí a Abrahán seguir esta costumbre y le manda que no sacrifique a su hijo Isaac. Dios puso a prueba la fe de Abrahán y le prometió una larga descendencia por su heroica fidelidad, pero, al final, le prohíbe alzar su mano sangrienta contra su propio hijo. Las dos enseñanzas son válidas para nosotros: debemos ser fieles a Dios, en medio de las mayores dificultades, pero Dios no quiere que nuestra fidelidad a él vaya en contra de la vida de ninguna persona inocente. Matar a una persona en nombre de Dios es una ofensa gravísima a Dios.

3.- Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? También para san Pablo, como para el patriarca Abrahán, la amistad con Dios estará por encima de cualquier otra amistad. La vida puede, a veces, ponernos en situación de tener que elegir entre la amistad con Dios o la amistad con una determinada persona, o personas; siempre debemos elegir la amistad con Dios. Por otra parte, la verdadera amistad con Dios no debe hacer imposible la verdadera amistad con las personas; la verdadera amistad es mucho más que el simple sentimiento afectivo. Cristo murió por todos, no sólo por los justos, y con su muerte quiso reconciliarnos a todos nosotros con Dios. Busquemos siempre el amor de Dios y que el amor de Dios nos lleve de la mano hasta el amor a todos nuestros hermanos. En este mismo sentido, santa Teresa nos dirá que quien a Dios tiene nada le falta; sólo Dios basta. Teniendo a Dios con nosotros, podremos caminar siempre seguros en la presencia del Señor, como nos pide el salmo.


4.- NO TODO ES BONITO

Por Javier Leoz

Hemos comenzado con el rito de la ceniza nuestro camino hacia la Pascua y, al hacerlo, como Santiago, Pedro y Juan, necesitamos apartamos por lo menos del ruido, superficialidad y “más de lo mismo” para prepararnos a la muerte y resurrección de Cristo. Sólo así, si lo hacemos así (eucaristía, oración, vigilia, caridad, contemplación) llegaremos a la Semana Santa con una actitud distinta: no es vacación sino devoción.

1.- Mirar a nuestro alrededor es caer en la cuenta de muchos rostros desfigurados o deprimidos porque tal vez, hace tiempo, dejaron de sentir y de escuchar aquello de “tú eres mi hijo amado”.

De nuevo, en este segundo domingo de cuaresma, Jesús nos invita a reemprender el camino junto con El. No será una senda fácil ni de respuestas a la carta. Pero, como siempre, nos lanzará a la cruda realidad, ayudados de su mano y sobrecogidos si, de verdad, hemos intentado tener una experiencia profunda de Él y con El.

A nadie nos gusta la cruz pesada; a ninguno nos seduce el final de un camino dibujado con el horizonte de las espinas o del dolor. Preferimos, y hasta echamos en falta, una vida más merengada y con éxitos, sin llantos ni pruebas, sin lamentos ni zancadillas, tranquila y sin sobresaltos. Todos sabemos…que no siempre es así.

El anuncio de su pasión y muerte, por parte de Jesús, nos trae a la memoria la inquebrantable fe de los recientemente asesinados 20 cristianos coptos o el testimonio de tres ancianas cristianas de Irak: “¿Por qué nos matáis si sólo damos amor?”. Y, aquí, se ponen las cartas sobre la mesa: nosotros acostumbrados a una fe costumbrista y, aquellos, a una fe radical llevada hasta el martirio. ¡Casi nada!

2.- El domingo pasado, Jesús en el desierto, nos recordaba que –la tentación- avanzará en paralelo con nosotros, pero que nunca nos faltará la fuerza de Dios para darle batalla y progresar hacia la victoria. Hoy, con su Transfiguración, da un paso más: nos toma de su mano y nos lleva a un lugar tranquilo (por ejemplo la Eucaristía o la misma Palabra de Dios) para que nos vayamos configurando con El, meditemos sus enseñanzas o reconstruyamos de nuevo ese edificio espiritual y hasta corporal que las prisas, el agobio, el egoísmo, el individualismo y la superficialidad han demolido.

También nosotros somos testigos de la Resurrección de Cristo. No estamos en el monte Tabor como meros espectadores o marionetas. Nuestra presencia, aquí y ahora, en la oración o en los sacramentos, nos debe de empujar a ser algo más que simple adorno, en la misión o en el apostolado que llevamos entre manos. ¡Qué más quisiéramos, como Pedro, construir tiendas lejos del ruido y de los dramas de la humanidad! Pero, el Señor, si nos lleva a un lugar apartado, es para que comprendamos y entendamos que vivir en su presencia en esta vida, es un adelanto de lo que nos espera el día de mañana: la Gloria de Dios y el compromiso activo en el día a día.

3.- Hoy, con el evangelio en la mano, podríamos preguntarnos si en algún momento (ante los amigos, enemigos, cercanos o lejanos) hemos dado firme testimonio de nuestra fe. O si, tal vez, por miedo al rechazo hemos preferido esconder la fe en el bolsillo como se hace con una tarjeta de crédito.

La fe no es algo bonito (aunque tenga sus expresiones estéticas, artísticas y musicales). La fe es algo que, cuando uno lo lleva hasta sus últimas consecuencias no deja indiferente a nadie: ni al que la profesa ni al que la observa

4.- SUBIR Y BAJAR

Quiero subir y bajar, Señor, contigo

y contemplar, cara a cara,

el Misterio de Dios que –estando escondido-

habla, se manifiesta y te señala como Señor.

 

Quiero subir y bajar:

Ascender para contemplar tu gloria

bajar para dar testimonio de ella

en la vida de cada día

en los hombres que nunca se encaminaron

a la cima de la fe, al monte de la esperanza,

a la montaña donde, Dios, siempre habla

nunca defrauda y siempre dice… que nos ama.

 

Quiero subir y bajar, Señor;

que no me quede en el sentimentalismo vacío

que no quede crucificado por una fe cómoda

que no huya de la cruz de cada día.

Que entienda, Señor, que para bajar

es necesario, como Tú, subir primero:

a la presencia de Dios, para vivirlo

ante la voz de Dios, para escucharlo

ante la fuerza de lo alto,

para que la vida brille luego

con el fulgor y el resplandor de la fe.

 

Quiero subir, Señor, al monte Tabor

y contemplar cara a cara,

ese prodigio de tu brillante divinidad

sin olvidar que, como nosotros,

también eres humano.

Muéstranos, Señor, tu rostro

y, que para bajar al llano de cada día,

no olvidemos nunca de buscar y anhelar

los signos de tu presencia.

Amén.


5.- HOMBRES Y MUJERES OLVIDADIZOS

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Si intentamos nosotros imaginar la escena de la Transfiguración pues, como poco, nos comportaríamos como Pedro… O, lo más probable, es que saliéramos corriendo muertos de estupor y de miedo. Pedro, obnubilado, tuvo el valor de querer perpetuar la escena y convertir la conversación entre Jesús, Moisés y Elías en algo permanente, eterno. Y es que este Dios nuestro –este que nos ha mostrado Jesús y a quien llamaba Abba: Papaíto—respeta mucho nuestra condición humana y muy pocas veces y con muy poca gente produce esas maravillas y milagros que, tal vez, a nosotros nos gustaría ver. La vida, junto a Dios, discurre con normalidad. Es decir, sabemos de su presencia y su cercanía pero no hay maravillas a nuestro alrededor. ¡Y menos mal!

2.- José Luis Martín Descalzo, un sacerdote y periodista español, ya fallecido hace años, escribió una monumental biografía de Jesús de Nazaret –“Vida y Misterio de Jesús de Nazaret”—y con gran perspicacia, cuando narra los primeros momentos de la vida terrena del Niño Jesús pues dice, poco más o menos, que las maravillas escaseaban. Allá en Belén, en la Nochebuena, si hubo un gran jaleo de ángeles y pastores. Pero, luego nada. Después María y José y el Niño irían a la Presentación en el Templo. Y Simeón, profeta, justo y santo, reconoció al Niño y dijo cosas grandiosas. Ana también. Pero luego nada. Las horas y los días pasaban como los de cualquier familia. E, incluso, Jesús pasó 30 años de normalidad absoluta, según parece.

3.- Pero eso no significa que Dios no esté presente y que no tenga que decir lo que quiera decir. Cuando Jesús se bautiza en el Jordán el Padre se manifiesta para hablar de su Hijo. En la Transfiguración, también. La llegada de los Magos también debió de ser extraordinaria. Produjeron una gran alarma en el Jerusalén oficial y oficioso de entonces. Pero las cosas se olvidan. A Pedro se le olvidó ese trozo de gloria que contempló y quería perpetuar y abandonó al Maestro. Juan, el Bautista, olvidó también la presencia Trinitaria a la orilla del Jordán y, un día, mando a preguntar a Jesús si era Él el Mesías. Del paso de los Magos poco quedó. Pero Dios estuvo presente en esas tres manifestaciones. Y fueron magníficas pero se olvidaron. Solo María, dotada de una gracia muy especial, guardaba estas cosas en su corazón.

4.- La Transfiguración quiso ser un “refuerzo” para que los Apóstoles aguantaran los momentos difíciles que les vendrían con la Pasión. Pero olvidaron, sufrieron de miedo y de desconcierto. Y tuvo que ser la Resurrección del Señor la que trajo, luego, esa maravilla de convertir a unos tontos olvidadizos en auténticos gigantes de la predicación y del apostolado. El Espíritu Santo los emborrachó de felicidad y sacudiría y llevaron la Palabra de Dios a los confines del mundo. Y la cosa sigue hoy con nosotros. ¿Sirvió, entonces, la Transfiguración para algo? Claro que sí. Los apóstoles fueron reconstruyendo en clave divina muchas de las actuaciones del Señor Jesús. De hecho, nosotros, aquí y ahora, en este Siglo XXI que ha comenzado, somos los grandes beneficiarios de la Transfiguración. Sabemos de la gloria de Jesús porque nos la han contado personas frágiles y olvidadizas como nosotros.

5.- Y hemos de estar atentos porque a nuestro alrededor ocurren cosas muy singulares que muestran la presencia cercana del Señor. A veces, un amanecer se llena de brillos muy especiales. Otras la frese de un buen amigo nos llega a lo más hondo de nuestro ser. Y otras, claro está, nuestra angustia y nuestro dolor cambian de un día para otro, como si algo muy grande hubiera pasado cerca de nosotros. Claro que puede ocurrir lo contrario y que el mundo se entenebrezca hasta lo terrible. Jesús mostraba en la Transfiguración lo que iba a pasar poco tiempo después. Elías y Moisés hablaban de ello. El Mal, con mayúsculas, existe y trabaja. La Pasión y Muerte de Jesús es una muestra de ello. Hoy, todavía, aun habiendo escuchado esos sucedidos muchas veces, nos conmueven y nos llenan de profunda pena. Nos suenan a terrible injusticia, aunque también como a Pedro se nos olvida. Los hombres y mujeres somos olvidadizos. Dios, no. Resucitó a Jesús y toda la fuerza y la energía de Dios se concentró en el sepulcro. Y lo soldados que vigilaban saltaron por los aires. Aunque lo importante no fue –claro está—los concretos aspectos telúricos de la Resurrección. Sería la fuerza interior alojada en unos pocos hombres y mujeres que fueron capaces de cambiar el mundo. Y vaya si lo hicieron. El cristianismo terminó con el imperio romano.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


EN LAS MONTAÑAS

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Con frecuencia os hablo de lugares o cosas que la mayoría de vosotros, mis queridos jóvenes lectores, deberéis imaginar, pues, no habréis visto nunca algo semejante. Me parece que hoy no tendréis necesidad. Difícilmente se pondrá encontrar una persona que no sepa lo que es una montaña. Me refiero a montaña no muy alta, como las que se mencionan en las lecturas de la misa de este domingo.

2.- El relato del Génesis es impresionante. Lo ha recogido la tradición judía, que es la que proclamamos en la liturgia, y también la musulmana que, con pequeñas variantes, la lee en el Corán. (Para estos últimos, el acontecimiento, que tiene como protagonistas al mismo Patriarca pero con el hijo de Agar, Ismael, es celebrado solemnemente el día de la “fiesta del cordero”, como nos lo cuentan ellos).

2.- Después de una larga caminata, que Abraham seguramente querría que fuera eterna y para su hijo Isaac, un enigmático viaje, llegan, tal como se les había indicado, al país de Moria. En otro lugar se nos dice que David escogió el monte Moria para edificar su palacio y Salomón allí elevó el templo que lleva su nombre. Si se trata del mismo sitio, estaríamos refiriéndonos al espacio que ocupaba el santuario y que hoy lo hace la “domo de la roca” mal llamada mezquita de Omar. Ya sabéis que para conseguir una gran explanada donde acotar el templo central de la Fe hebrea, fue necesario levantar unos grandes muros que abarcaban la superficie necesaria para albergar todo el complejo de culto judío. Os explico esto para que comprendáis que hoy, no podemos contemplar ninguna montaña allí, ya que ha quedado cubierta totalmente.

4.- La tradición samaritana sitúa el acontecimiento en su santa montaña, el Garizín, situada al lado mismo de la actual población palestina llamada Nablús, muy cercana al pozo de Jacob, donde el Señor se encontró con la mujer que iba a sacar agua. El lugar está encerrado dentro de una alambrada, con un letrero lo anuncia. Los autores modernos no creen que hayan acertado los de esta secta y sería muy largo de contar los motivos por los que ellos se lo atribuyen.

5.- Lo importante no es la montaña. Lo que se nos ha trasmitido es una revelación que salva. El heroísmo de Abraham es de admirar y debemos preguntarnos si nosotros somos capaces de escoger lo que creemos es la voluntad de Dios, por encima de egoísmos y precauciones que nos atenazan. Esta reflexión es seria, me gustaría, mis queridos jóvenes lectores, que ahora fuerais capaces de cerrar los ojos a vuestro presente y meditarais la enseñanza y exigencias que implica el relato.

6.- Incluye también otro contenido este episodio, y muchos autores dicen que es su exclusiva finalidad. Con esta historia se nos enseña que Dios no aprecia los sacrificios humanos. Que Él está siempre a favor de la vida. En aquel tiempo, diferentes culturas, ofrecían niños a sus dioses. La misma Biblia nos cuenta que al lado mismo de Jerusalén, pasaban por el fuego a niños, eufemismo para referirse a lo que os vengo hablando. Nos cuenta trágicos errores de aquel tiempo, ahora bien los “media” nos dan noticia de criminales utilizaciones de gente joven de ahora, los que los captan pretenden para ellos una finalidad, para ellas otras, víctimas de fanáticas obsesiones religiosas o de injustos intereses económicos. Hay materia para hablar largo y tendido.

6.- El texto evangélico se refiere a otra montaña, esta sí que continúa a la vista del viajero, se trata de una preciosa colina, guinda central en el pastel de la llanura de Esdrelón. Ni Marcos ni los otros le dan nombre, se limitan a llamarla alta y santa. La tradición ha señalado al Tabor y aun hoy en día hay múltiples razones para no dudar de que esta lo sea. He ido bastantes veces y me he paseado relajadamente por la alargada cima, en la última ocasión que estuve. Su estratégica situación ha sido razón para que desde la prehistoria estuviera ocupada en celebraciones cultuales o acuartelamientos militares. No tiene fuentes de agua propias, de aquí que tampoco tuviera en ningún tiempo una numerosa población estable. Hoy es diferente, espero contaros con detalle una acertada ocupación de la que me han hablado, pero primero he de volver a ir, que Dios así lo quiera. Crece en el lugar una peculiar encina propia, de la que he conseguido traerme bellotas que, por fin, después de más de un centenar de intentos, he logrado se hicieran diminutos arbolitos. Evidentemente, se llama “quercus ithaburensis”. Son descendientes de los testigos que presenciaron el episodio evangélico de la misa de hoy.

7.- Cambio de tercio. Jesús se acompaña para esta excursión de los tres más íntimos colaboradores de entre su equipo apostólico. Si con todos compartía –a vosotros os llamo amigos porque todo lo que he recibido del Padre os lo he comunicado, les diría un día – estos quiso que participaran de más íntimas y misteriosas confidencias. Quiso que conocieran uno de los aspectos de su divinidad, la relación profunda, trascendiendo espacio y tiempo, con estos personajes emblemáticos de la historia de Israel: Moisés y Elías. Algo entenderían ellos de esta presencia.

8.- Pedro, el más adulto de los cuatro, sintiéndose responsable y lamentando haber descuidado levantar un abrigo que les protegiera de la intemperie, perturba la situación proponiendo hacer unas cabañas…La voz del Padre se escucha con solemnidad: este es mi Hijo mimado: escuchadlo. Ya es suficiente, es preciso que en su interior elaboren las consecuencias y se propongan cambios de conducta. Algo semejante se nos pide hoy a nosotros. En este cerro hay una sencilla ermita que perpetúa las confidencias que han recibido. Se preguntan ellos, espectadores de la Transfiguración, porqué les ha hablado aquí de su resurrección de entre los muertos.

También nosotros, peregrinos litúrgicos hacia la Pascua, debemos reflexionar, adelantando imágenes que conocemos, de Getsemaní y el Calvario, no dejéis siquiera de intentarlo.