Domingo de Pentecostés
24 de mayo de 2015

La homilía de Betania


1.- EL ESPÍRITU SANTO, LA PROMESA DEL PADRE

Por Antonio García-Moreno

2.- RECIBIR EL ESPÍRITU DE CRISTO: ESO ES PENTECOSTÉS

Por Gabriel González del Estal

3.- FUERZA PARA LA MISIÓN

Por José María Martín OSA

4.- SIEMPRE ES PENTECOSTÉS

Por Javier Leoz

5.- PENTECOSTÉS, RENOVARSE CON EL ESPÍRITU

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


¿QUÉ HAY DE LA PALOMA Y EL FUEGO?

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- EL ESPÍRITU SANTO, LA PROMESA DEL PADRE,

Por Antonio García-Moreno

1.- UN VIENTO IMPETUOSO.- Pentecostés era una de las grandes fiestas del pueblo judío. Día de acción de gracias, de recuerdo agradecido por la alianza que Dios concediera a su pueblo en el Sinaí... La ciudad de Jerusalén bullía en sus calles, un gentío multicolor procedente de la Diáspora se movía de un lado a otro. El pueblo, subyugado ahora al poder de Roma, esperaba nuevamente que Dios se apiadara de los suyos, y quebrara el yugo férreo e insoportable de la dominación romana.

Los profetas lo habían predicho: vendrían tiempos en los que los prodigios se repetirían. Tiempos en los que el Espíritu se derramará sobre toda carne, tiempos en los que los corazones duros se ablandarán, en los que ese Espíritu nuevo vivificará los cuerpos muertos. El soplo de Dios llenará de fuego la tierra, y de un extremo a otro del orbe resonará la voz del Espíritu, despertará la fuerza de Dios, del Amor.

Tierra fría, tierra olvidada de Dios, tierra muerta, tierra reseca... Ven, ¡oh Santo Espíritu!, envía del cielo un rayo de tu luz. Ven, padre de los pobres, ven dador de todo bien, ven luz de los corazones. Consolador óptimo, dulce huésped del alma, suave refrigerio. Descanso en el trabajo, en el calor fresca brisa, en el llanto consuelo... ¡Oh luz beatísima!, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.

En el momento en que todo surgía de la nada, el Espíritu de Dios aleteaba sobre el fragor de las aguas. Y cuando los tiempos se cumplen y se verifica la Redención, la nueva y definitiva creación, el Espíritu vuelve nuevamente a la tierra, cubriendo con su sombra a la joven virgen que concibe en su seno al Dios humanado. Y ahora, en Pentecostés, cuando la nueva hija de Sión comienza su historia, cuando la Esposa del Cordero se despierta, cuando la Iglesia toma conciencia clara de su misión, nuevamente actúa el Espíritu, el viento fuerte e imparable de Dios.

Desde entonces esa fuerza transformadora está siempre presente en la vida del pueblo elegido, actuando sin descanso, pasando por encima de las miserias de los hombres empujando la barca de Pedro hacia el puerto prefijado por Dios, en medio de las más terribles tempestades, de las más hondas borrascas... El Gran Desconocido, el Gran Olvidado, el Espíritu Santo. Y sin embargo, es el Gran Presente, la Promesa del Padre, el Paráclito, el Santificador de las almas. Sin su luz sólo tinieblas hay en el hombre, nada. Sin él, ni decir Jesús podemos...

Perdona nuestra rudeza, nuestra mísera ignorancia. Y ven: lava lo que está sucio -que es tanto-, riega lo que está seco, sana lo que está enfermo. Dobla nuestra rigidez, calienta nuestra frialdad, endereza lo torcido. Da a tus fieles, a los que en Ti confiamos -¡queremos confiar!- tus siete sagrados dones. Danos el mérito de la virtud, el éxito de la salvación, danos el gozo siempre vivo. Amén.

Se iniciaba entonces la gran aventura de prolongar la presencia operativa de Jesucristo en la tierra. Desde aquel momento los hombres elegidos, a pesar de sus limitaciones humanas, comenzaron una singladura divina. El fuego suave y violento a la vez del Espíritu Santo los fue empujando cada día a una tarea ardua y costosa. Ellos fueron dóciles y el milagro se operó, ellos desplegaron generoso sus propias velas y el Viento los empujó.

Sus pobres velas raídas, mis pobres velas plegadas por el egoísmo y la cuquería. Barquilla que se enmohece, batida contra las rocas, sin más horizontes que un acantilado corroído, sin más agua que las de una orilla turbia. Y, no obstante, todavía se pueden romper amarras, y navegar feliz… Madre mía, Esposa Inmaculada del Espíritu, ayúdame.

2.- LA VICTORIA DE LA LUZ.- Las sombras de la muerte oscurecían ya la tarde del día primero después de la Resurrección. El miedo embargaba todavía el corazón de los discípulos. Tenían las puertas cerradas, estaban apiñados unos con otros, asustados ante el menor ruido. Los que crucificaron al Maestro bien podían venir en cualquier momento para castigar también a los discípulos.

 Pero la luz avanzaba a pesar de todo, y de forma paulatina, día tras día y siglo tras siglo, las tinieblas irían retrocediendo. Después de muchos años de aquel primer avance de la Luz pentecostal, el evangelista Juan describió de modo lacónico y preciso el duelo cósmico entre el Bien y el Mal, la Luz y las Tinieblas: "La Luz brilla en las tinieblas, pero las tinieblas no la vencieron".

Ni las puertas atrancadas, ni los muros sólidos del Cenáculo cortaron el paso de quien dijo ser la Luz del mundo. Cuando él llegó en medio de los suyos, todos los temores se desvanecieron y la oscuridad de la noche retrocedió. Los discípulos se alegraron mucho al ver al Señor que, como siempre, les daba su saludo de paz. Para disipar, además, cualquier duda que pudieran tener, Jesús les muestra sus llagas y heridas, les pide de comer. Detalle muy humano y, en apariencia sin importancia, pero decisivo para convencerles de que realmente estaba vivo.

Los abandonos de la hora crucial de la Pasión estaban perdonados. Jesús les volvía a enviar como antes hiciera, cuando habían curado enfermos y expulsado demonios. Ahora sus palabras tienen mayor solemnidad: Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Es una misión única y transcendente: salvar a los hombres de la esclavitud del pecado, sacarlos de las regiones de las sombras y llevarlos al Reino de la Luz.

Para ello les concede unos poderes divinos entre los que destaca el de perdonar los pecados. Prodigio que Jesús operó ante el escándalo de los fariseos y la admiración de las gentes que glorificaban a Dios por haber dado tal poder a los hombres. Como garantía y prenda de todo ello les confiere el Espíritu Santo, la promesa del Padre, el don inefable e inaudito que transformaría a los apóstoles en atletas de la fe, capaces de inundar de luces nuevas el tenebroso mundo romano de entonces. Fue tal la fuerza y el esplendor de aquella primera Luz que sus resplandores llegaron hasta el fin del mundo, y durarán hasta la consumación de los siglos.


2.- RECIBIR EL ESPÍRITU DE CRISTO: ESO ES PENTECOSTÉS

Por Gabriel González del Estal

1.- Ven Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo… Entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos. Yo creo que deberíamos rezar todos los días esta bella Secuencia de este día de Pentecostés. Sí, debemos pedirle todos los días al Espíritu divino que nos conquiste y nos posea, porque es la única manera que tenemos de vivir como auténticos hombres nuevos, dirigidos por la gracia de Dios. Desgraciadamente, de momento, cuando miro a la sociedad y cuando me miro a mí mismo, descubro más señales y más vestigios del hombre viejo que del hombre nuevo. Aunque nos cause tristeza reconocerlo, yo creo que debemos admitir que la mayor parte de nosotros vivimos en muchas ocasiones esclavizados por el cuerpo, más que dirigidos por el Espíritu. Claro que hay maravillosas y santas excepciones, pero, si nos miramos a nosotros mismos y si miramos a la sociedad en la que vivimos, lo primero con lo que nos encontramos es una gran preocupación por el cuerpo, por el goce inmediato y pasajero, por el éxito fácil, el poder y el dinero. ¿Dónde están esas lenguas de fuego, esas divinas llamaradas, que incendien nuestro corazón en amor a Dios y al prójimo? Y ¿qué decir si miramos, sobre todo en época de elecciones municipales o generales, a nuestros dirigentes, a nuestros empresarios, a nuestros periodistas, a nuestros intelectuales, al hombre de la calle, en general? Pues esta debería ser la tarea de cada uno de nosotros, los cristianos: incendiar el mundo con el fuego del amor, de la paz, del perdón, de la comunión y solidaridad universal, del verdadero Espíritu de Pentecostés. Si cada uno de nosotros, los cristianos, viviéramos de verdad dirigidos por el Espíritu de Cristo, si hubiéramos ya vivido cada uno de nosotros nuestro Pentecostés particular, deberíamos actuar sin miedo y salir a la calle con valentía, demostrando con nuestras palabras y con nuestro comportamiento que es el Espíritu de Jesús de Nazaret el que nos guía. Así sí podríamos celebrar con dignidad la fiesta de Pentecostés. Pongámonos hoy en oración y recemos con fervor y entusiasmo: ¡Ven, Espíritu divino…Mira el vacío del hombre, si tú le faltas por dentro!

2.- Cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua. Hay una lengua universal que entienden todos los hombres de buena voluntad, es la lengua del Espíritu. En la mañana de Pentecostés, cuando los discípulos del Resucitado estaban reunidos en el mismo lugar, se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar cada uno en la lengua que el Espíritu les sugería. Estaban tan llenos del Espíritu que todas las palabras que decían y todos los gestos que hacían eran voz del Espíritu. Cuando la madre Teresa de Calcuta se acercaba a un enfermo, este inmediatamente la entendía, porque la veía llena del Espíritu y veía que le hablaba y le atendía con la voz y con el amor del Espíritu. El Espíritu siempre crea comunidad y comunión, porque el Espíritu es como una luz que penetra las almas y fuente del mayor consuelo; riega la tierra en sequía y sana el corazón enfermo. Preocupémonos por tener el alma llena del Espíritu, para que las palabras que digamos en cada momento sean palabras del Espíritu. Así, todos los que nos oigan hablar nos entenderán en su propia lengua.

3.- Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu. Este es nuestro consuelo: que para ser buenos cristianos da igual que tengamos oficios y cargos más altos o más bajos, que seamos más guapos o más feos, que hayamos estudiado un poco más o un poco menos. Si todo lo que decimos y hacemos, lo decimos y hacemos en nombre del Espíritu y movidos por el Espíritu, todo contribuirá al bien común. Puesto que todos somos miembros del cuerpo de Cristo, lo importante es que cada uno realice con la mayor dignidad posible la función que le ha sido encomendada. No nos van a juzgar por los muchos o pocos dones que hayamos recibido del Espíritu, sino por el uso que hagamos de esos dones recibidos.

4.- Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Si nos sentimos llenos del Espíritu de Cristo, debemos sentirnos enviados a predicar el evangelio de Jesús, el evangelio de la paz, del perdón, de la alegría. En ese primer día de la semana, nos dice el evangelista San Juan, Jesús se puso en medio de ellos y les llenó de paz y alegría: los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. También mandó el Señor a sus discípulos que fueran mensajeros del perdón de Dios: a todos a los que perdonéis los pecados, les quedan perdonados. ¡Qué bella misión nos ha encomendado el Señor! Que seamos mensajeros de paz, de alegría y de perdón. Debemos intentar que nuestra predicación, y toda nuestra vida, llene de paz, de alegría y de perdón el alma de todas las personas de buena voluntad que se acerquen a nosotros.


3.- FUERZA PARA LA MISIÓN

Por José María Martín OSA

1.- Fiesta de la comunión. Pentecostés es la culminación de la Pascua. La vida nueva que Jesús consiguió es también nuestra vida. Muchas veces no somos conscientes de la actuación del Espíritu en nosotros. Quizá sea porque no le dejamos actuar....Da la sensación de que estamos como los discípulos antes de Pentecostés: decimos que creemos en Jesús, nos confesamos cristianos, pero vivimos apocados, medrosos, sin garra. Entonces nos refugiamos en nuestra fortaleza por miedo a salir al mundo. Pero la imagen que define mejor a la Iglesia no es la de la fortaleza, sino la de la tienda que se planta en medio del mundo. La primera lectura nos dice: "Se llenaron del Espíritu Santo". Y Cristo explica el sentido de su soplo: "Recibid el Espíritu Santo". Son gestos parecidos a los del Génesis cuando sobre el caos de la nada, sopla Dios su palabra omnipotente: "Hágase la Luz, háganse las cosas y fue la creación y vio Dios que todo era bueno". Pentecostés es un nuevo Génesis. Hoy nace el mundo nuevo, hoy el Espíritu de Dios se da en un don. Dichoso el hombre que lo comprende porque en su corazón ya ha nacido la eternidad; porque en su corazón ya ha nacido la esperanza de un mundo mejor; porque no se dejará abrumar por los problemas históricos, políticos y sociales. Cada uno tiene sus dones, sus capacidades, que contribuyen al enriquecimiento de la comunidad. El Espíritu nos ayuda a vivir la riqueza de la comunión para ser mejores instrumentos en las manos de Dios en la construcción de un mundo mejor.

2. – La Iglesia es pueblo de Dios. El texto de los Hechos dice que "estaban todos reunidos". No dice que estaban sólo los apóstoles, sino todos, es decir el conjunto de los discípulos, todos los que se proclamaban seguidores de Jesús. Por tanto, los dones del Espíritu lo reciben todos los cristianos, no sólo los que han recibido el orden ministerial. El Espíritu actúa en todo, aunque cada uno reciba un don y una función. A cada carisma o don corresponde un ministerio o servicio. Pero todos somos miembros del cuerpo de Cristo y hemos recibido la misma dignidad por el Bautismo. ¿Reconoces en ti el carisma que has recibido?, ¡sabes cuál es tu misión dentro de la Iglesia! En este momento de la historia más que nunca hay que reconocer la importancia de los ministerios laicales. La Iglesia debe tener una estructura circular y no piramidal. La Iglesia es pueblo de Dios.

3.- Reconocer que Jesús es “el Señor”. La fe es un don singular del Espíritu que nos hace reconocer en Jesús al Señor. La segunda lectura de hoy ha dicho una cosa que nos puede sorprender: "Nadie puede decir Jesús es Señor, si no es bajo la acción del Espíritu". Claro que materialmente cualquiera puede decir: "Jesús es Señor", pero debemos entenderlo como una profesión de convencimiento y como una profesión que nos lleve a adorar sólo a Jesús y no estar queriendo hacer adulterios en nuestro corazón, reconociendo a Jesús como Señor, pero en cambio viviendo de otros ídolos: el dinero, el aparentar, los materialismos de la tierra. Por eso, “Jesús es Señor” sólo lo puede decir el que tiene fe. Nadie puede decir "Jesús es el único Dios", "Jesús es el Señor" si no ha sido envuelto en el ropaje de la fe que nos da el Espíritu Santo.

4- Los dones del Espíritu hoy. El don de sabiduría nos capacita para distinguir la realidad de la fantasía y vivir en consecuencia. El sabio es aquel que encuentra el secreto de la felicidad: la vida según Cristo. La inteligencia nos ayuda a aceptar los cambios que se producen en la sociedad para el bien común. Tener una mente abierta es señal de inteligencia. El don de consejo nos lleva a indagar bajo lo visible para descubrir las causas ocultas y poder ayudar al que nos lo pide. La piedad nos protege del egoísmo y del materialismo. La ciencia nos marca una dirección consistente en nuestras vidas, nos ayuda a conocer cómo son las cosas. El temor de Dios, entendido en el buen sentido, es beneficioso y nos hace realizar obras buenas, como el niño que respeta a su querido padre y no quiere defraudarle. La fortaleza es necesaria para un verdadero amor, pues nos da valor para asumir un compromiso auténtico y maduro.


4.- SIEMPRE ES PENTECOSTÉS

Por Javier Leoz

Podemos pensar que aquellos hombres a los que el Resucitado enviaba por aquellos mundos de Dios eran distintos a nosotros.

Podemos creer que todos, sin excepción, vestían el traje de la perfección

Podemos cerrarnos en que eran tan tocados y elegidos por Dios que no había resquicio alguno para la duda ni para la desesperanza, para el pecado o la deserción.

Podemos quedarnos ahí y llegar a equivocarnos con esa imagen idílica de lo que fueron y, tal vez, no lo fueron tanto.

1.- Uno, cuando mira por la ventana de la Palabra de Dios, concluye que aquellos sobre los que el Espíritu descendía en aquel primer Pentecostés estaban tan traspasados de dudas como actualmente lo podemos estar nosotros. Tan llenos de miserias como de contradicciones nuestra misma vida. Tan condicionados por las debilidades como nosotros inmersos y atacados por el vacío espiritual que lo invade todo y lo penetra todo.

2000 años después de aquel tiempo inaugurado por el Espíritu Santo, el tiempo de la Iglesia, seguimos con las mismas luchas y con los mismos condicionantes para vivir como testigos del Resucitado.

Unos quieren vivir esa experiencia al margen de la iglesia. La ven como algo desfasado y cerrada en sí misma. Como que, hace tiempo, que dejó de escuchar la voz del Espíritu que le llama a la renovación personal y comunitaria.

Otros, aun siendo conscientes de sus limitaciones y traiciones al espíritu del Evangelio, la queremos porque sabemos que si la Iglesia fuese perfecta y santa al cien por cien no tendríamos cabida en ella y, porque la sentimos tan nuestra, trabajamos y nos desvivimos hasta la muerte por lo que es grande en ella: JESUCRISTO

2. Hoy, en Pentecostés, damos gracias a Dios por esta gran casa en la que todos tenemos un sitio y algo que ofrecer y realizar: LA IGLESIA.

-Una iglesia que se hace fuerte e irrompible cuando siente y se agarra a la COMUNIÓN de hermanos en la misma fe y unidos por la misma esperanza

-Una iglesia que se lanza al futuro sin miedo alguno sabiendo que lleva entre manos la mayor riqueza que el mundo puede esperar: EL EVANGELIO

-Una iglesia que habla sin tapujos, sin vergüenza y que, precisamente por ello, su mensaje hará que salten chispas cuando puede más la sinrazón que el sentido común, la banalidad de las cosas que la dignidad humana, el personalismo más que lo comunitario, el cosmos más que el propio hombre.

-Una iglesia que no le importa mirar de reojo pero con acierto a los orígenes de su nacimiento: en aquel alumbramiento la comunión de bienes y el perdón, la fraternidad y la alegría, la valentía y la audacia para presentar a Jesucristo, etc., rompieron esquemas y tradiciones, corazones y modos de vida.

-Unos hombres y mujeres que llamaban la atención y que fueron formando esa gran familia que ha llegado hasta nuestros días. ¿Por qué hoy nuestra iglesia brilla más por el esplendor de su riqueza artística que por el estilo de vida que muchos cristianos no llevamos dentro de ella?

Pentecostés… a los cincuenta días entonces, y 2000 años después, es un soplo que nos viene bien para lanzarnos como iglesia a la conquista de ese mundo tan duro para entender y comprender, vivir y amar las cosas de Dios.

Pentecostés con todo lo que la Iglesia ha sido y es supone un abrir de par en par la creatividad de todo creyente para que el mensaje de salvación de Jesucristo no quede clavado entre las cuatro paredes de una sacristía o de un templo.

Pentecostés con nuestras fatigas e incoherencias nos infunde aires nuevos y bríos nuevos, ganas e ilusión, compañía y fortaleza, honestidad y transparencia, vitalidad y ansias de conquistas para Dios.

3.- ORACIÓN

LLÉNANOS DE TI

Que, como cántaros resquebrajados por los golpes de este mundo

necesitamos ser renovados por tu Gracia.

Que, como ríos que antaño corrieron frescas aguas,

hoy sentimos que secas están los caudales de nuestras venas

y sucias las arterías de nuestra existencia.

 

¡LLÉNANOS DE TI!

De tu Misterio que es Padre, Hijo y Espíritu!

De tu Paternidad que nos aguarda en el cielo

De tu humanidad que la sentimos nacer en Belén,

crecer en Nazaret, morir en Jerusalén

y resucitar de la fría e ingrata losa

De tu presencia que es voz y es silencio,

es calor y es fuerza, es alegría y es gozo

 

¡LLÉNANOS DE TI!

Que orientados por ideas mezquinas

vivimos en un sin vivir y sin rumbo alguno

Que creyéndolo tener todo

no poseemos lo más necesario e imprescindible:

la vida de Dios para el hombre

el futuro más allá de este presente

y la fe antes que las dudas que nos pervierten

 

¡LLÉNANOS DE TI!

Para que seamos uno y todos a una

y entonces, sólo entonces,

podamos presentarnos ante lo que acontece

como consuelo y respuestas a un mundo que es viejo

Para que, nuestro soplo, además de ser humano

tenga aliento divino, fraterno y eterno.

Para que, nuestros pasos, lejos de metas cortas

sean huella de lo que más allá del sol y de las estrellas aguarda

 

¡Sí! ¡LLÉNANOS DE TI!

Para que nuestra vida sea canto de Dios

testimonio de Cristo

y presencia del Espíritu Santo

Amén.


5.- PENTECOSTÉS, RENOVARSE CON EL ESPÍRITU

Por Ángel Gómez Escorial

1.- El Espíritu Santo mantiene la actividad de la Iglesia y nuestro propio esfuerzo de santificación o de evangelización. Y los textos de la Misa del Día de hoy nos ayudan a entenderlo. Aparece la Secuencia del Espíritu, texto maravilloso, utilizado también como himno en la Liturgia de las Horas y que es, sin duda, una de las composiciones litúrgicas más bellas que se conocen. El relato de los Hechos de los Apóstoles es de una belleza y plasticidad singulares, el viento recio, las lenguas como de fuego, la capacidad para hacerse entender en diversas lenguas e, incluso, el comentario asombrado de quienes escuchan.

2.- Y es que el prodigio acaba de comenzar y este prodigio continúa vivo. La respuesta al salmo es también de una gran belleza y portadora de esperanza: "Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra". La faz de la tierra tiene que ser renovada en estos días malos. San Pablo va a definir de manera magistral que hay muchos dones, muchos servicios muchas funciones, pero un solo Espíritu, un mismo Señor y un mismo Dios. Es una gran definición Trinitaria enmarcada en la vida de la Iglesia. El Evangelio de San Juan nos completa el relato. Será Cristo resucitado quien abra a los Apóstoles el camino del Espíritu. Les dice: "Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos". Y se muestra, asimismo, la capacidad de la Iglesia para el perdón de los pecados. Cristo acaba de instituir el Sacramento de la Penitencia. El camino, pues, de la Iglesia queda abierto. La labor corredentora de los Apóstoles y de sus sucesores está en marcha.

2.- Pero hay otra realidad. Jesús se ha marchado. Ha ido al cielo. Y cumple lo que había prometido: envía al abogado, al Paráclito, al Espíritu. Este Espíritu de Dios va a cambiar profundamente a los Apóstoles y va poner en marcha --a gran velocidad—a la naciente Iglesia. Y ese, a nuestro juicio, va a ser el gran milagro de la Redención, superior –si se nos permite—a los grandes signos que el Señor Jesús realizó sobre la faz de la Tierra. Unos cuantos jóvenes temerosos, que habían asistido --desperdigados-- a la ejecución de Jesús, asisten, todavía, llenos de dudas al prodigio de la Resurrección y de la contemplación del Cuerpo Glorioso. Van a preguntar a Jesús, todavía --lo leíamos el domingo pasado--, "si va a restablecer el Reino de Israel". No se percatan de la grandeza de su misión, ni de lo que significa la Resurrección de Jesús. El Espíritu va a cambiarlos, profunda y radicalmente. Y así, de manera maravillosa, va a comenzar la Iglesia su andadura. Y cómo llama la atención el efecto del Espíritu Santo que inundó a los primeros discípulos y que narran los Evangelios, los Hechos de los Apóstoles y las Cartas de Pablo. Lucidez, entrega, valentía, amor, exhiben los Apóstoles en esos primeros momentos.

3.- Puede decirse que ya, en un momento de nuestra conversión, tenemos todos los conceptos básicos en nuestra mente. Y poco a poco esos conceptos se van haciendo más claros para situarse en la realidad de nuestros días, pero también en lo más profundo de nuestro espíritu. Hay percepciones muy interesantes y "explicaciones" internas a muchas dudas. Existe pues una ayuda exterior, clara e inequívoca que marca esa presencia del Espíritu Santo. El Espíritu Santo nos renueva por dentro y por fuera. Está cerca de nosotros y lo único que tenemos que hacer es dejarle sitio en nuestra alma, en nuestro corazón.

4.- También, la promesa de la renovación de la faz de la tierra es importante. En estos tiempos en los que la mayoría del género humano ha aprendido a ser ecologista, sí que se le podía pedir al Espíritu que renovara la faz del planeta para terminar con toda contaminación y agresión. Contaminar es sucio --lo contrario a puro-- y agredir es violencia, lo opuesto al sentido amoroso de la paz que nos comunica el mensaje de Cristo. El Día de Pentecostés es la jornada de la renovación, de la mejora, del entendimiento y tiene que significar un paso más en la calidad de nuestra conversión. El, el Espíritu nos ayuda. Y debemos oírle y sentirle, uno a uno; no solo en las celebraciones comunitarias en las misas de hoy, si no en nuestro interior.

5.- Y deseo reproducir un parrafo que escribo en la Carta del Editor. Digo: Pensamos poco en el Espiritu. Casi, casi, una sola vez al año. Y ello es, en sí mismo, un misterio. También lo digo en la homilía de esta semana. La pregunta sería: ¿Si Tú nos mueves a todo lo espiritual, por qué no nos influyes más para tu mejor conocimiento y mayor aprecio? ¿Eres modesto? ¿Puede Dios tener sentido de la modestia? ¿O es que interesa más el mensaje en sí, que quien lo trasmite o lo hace posible? Como verás, si Tu no contestas no podré hacerlo yo.

5.- La Iglesia celebra la Jornada de la Acción Católica y del Apostolado Seglar. Es el día de los laicos y de su misión. La Acción Católica es una benemérita institución creada hace muchos años y que ha facultado la incorporación de los laicos a las tareas de la evangelización de la Iglesia. Pero, obviamente, la jornada está dedicada también a otros muchos movimientos de seglares que trabajan por la extensión del Reino de Dios en inteligencia y cercanía de la Iglesia católica. Todos los laicos que, de una forma u otra, trabajamos en expandir la Palabra de Dios debemos festejar este día y buscar, en lo personal y en lo comunitaria, fórmulas que mejoren la evangelización de nuestra sociedad, tal vez cada vez más alejada del pensamiento de Cristo. Sinceramente, es un día para reflexionar en profundidad sobre todo ello. Y es que, sin duda, Pentecostés es jornada de renovación, gracias al Espíritu que todo lo hace nuevo.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


¿QUÉ HAY DE LA PALOMA Y EL FUEGO?

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- El origen de esta fiesta, como de tantas otras, es agrícola. Os vengo repitiendo muchas veces, mis queridos jóvenes lectores, que para entender la Biblia, es muy conveniente conocer la cultura enclavada en la cuenca mediterránea. Me estoy refiriendo a entender el aspecto narrativo, no la Revelación. La maduración de la cebada era celebrada ofreciendo sus primeras espigas a la divinidad. Posteriormente, antes de segar el trigo, se obraba de idéntica manera con este. La primera labor, en épocas posteriores, fue la Pascua, añadiendo, ya que el pueblo de Israel era beduino de origen, el sacrificio del cordero, a lo que siguió la liberación de la esclavitud de Egipto. Le seguía, al cabo de siete semanas, el llamado pentecostés en griego, shavuot en hebreo, la fiesta del cereal superior. Los judíos añadieron el acontecimiento de la entrega de la Ley en el Sinaí a esta segunda celebración.

2.- Coincidió con la Pascua judía, la muerte, sepultura y resurrección del Señor, que llamamos Pascua de Resurrección acertadamente. Coincidió la solemne efusión del Espíritu Santo, con la fiesta de las semanas y no tenemos ningún inconveniente en llamarla Pentecostés, como los judíos de habla griega. En más de una ocasión, en algún encuentro de Jesús resucitado con los apóstoles, les dijo “recibid el Espíritu Santo”.

3.- Le he dado el calificativo de solemne, por las circunstancias que el relato de Lucas nos describe y por el número de participantes. No olvidéis, mis queridos jóvenes lectores, que, pese a lo que veáis en pinturas, que se limitan a plasmar la figura de los Apóstoles y de Santa María, según el libro de los “Hechos de los Apóstoles”, estarían en aquella ocasión reunidas unas 120 personas. Ciertamente que la Virgen no faltaba, aunque a ella ya le había llegado antes, fue en el momento de su aceptación, a propuesta de Gabriel, de la maternidad divina, en Nazaret. Los once, sin duda, estaban, pero también las santas mujeres, aquellas que se habían ofrecido generosamente, entre las cuales no faltaba la de Mágdala, escogida apóstol de los apóstoles, y mucho otros discípulos. Pocos artistas plasman el acontecimiento así. La cosa viene de antiguo. Conservo fotografía de una preciosa vidriera de la catedral de Colonia, donde el artista plasmó un conjunto más numeroso.

4.- Cambio de tercio. ¿Para qué “sirve” el Espíritu Santo? Podéis preguntaros. ¿Qué sé yo de Él? ¿Es más adecuada la pregunta? ¿Qué hay de la paloma y el fuego?

Empezaré por la última cuestión. Para empezar os digo: el Espíritu Santo es Dios y como tal invisible a la mirada sensorial, perceptible por la interior. Se ha manifestado sensibilizándose a nosotros bajo dos aspectos fundamentalmente: el fuego y la paloma. Pero ni es combustible, ni se empalomó. Secundariamente también lo sintieron algunos como viento impetuoso.

La figura de la paloma, tal vez la más vista entre nosotros los occidentales, tiene algún peligro. Hay algunos que interpretan que la acción respecto a María fue biológica. No hace mucho unas quinceañeras me lo decían y por eso me atrevo, con cierto temor, a escribirlo. Sé que no son, ni han sido únicas personas que así lo han creído. En la Virgen fue poder divino que realizó el prodigio, lo visible a los ojos de Nuestra Señora, fue Gabriel, con aspecto masculino y sin alas. Las palomas, por otra parte, en las ciudades, son animales que dañan monumentos y pueden transmitir enfermedades, así que resultan para muchos, antipáticas. Las salvajes, las llamadas torcaces, que me encuentro por la mañana cerca de casa, es algo diferente.

5.- Pero en el momento de Pentecostés, el Espíritu Santo se hizo perceptible mediante fuego. Llamas que se repartieron entre los asistentes y que no quemaban. El fuego como figura y símbolo es otra cosa. Ya en la escuela de primaria me explicaron que es una llama, no obstante, el fuego siempre me resulta misterioso. Mirando el fuego central de un campamento scout o en la chimenea hogareña, podía pasarme mucho tiempo, sin aburrirme.

6.- Paloma y fuego no son imágenes únicas. Tengo reproducciones de una figura femenina, pintadas según inspiración a una santa que ahora no puedo precisar el nombre. En otra, al querer representar en el muro de una iglesia a la Santísima Trinidad, el Espíritu Santo aparece como una bella mujer. Ambos ejemplos son de Alemania. Conozco bien otros casos. En la Cartuja de Miraflores, en Burgos, aparece como un discreto joven, netamente masculino. En el “ermitage de la Trinité”, en el Pirineo Oriental francés, la figura joven que le representa no se distingue si es masculina o femenina. En la tradición etíope la Santísima Trinidad, se la representa por tres ancianos netamente masculinos e idénticos. Seguramente hay alguna más, que ahora no recuerdo o desconozco. Espero que estas explicaciones os sirvan para comprobar el interés que a través de la historia ha tenido en los artistas.

7.- Vuelvo a lo anterior y más importante ¿tenemos necesidad del Espíritu Santo? ¿No es suficiente para nuestra vida espiritual aceptar a Cristo? La experiencia nos demuestra que nosotros, como los Apóstoles en Getsemaní, en algunas situaciones caemos en el error, tenemos miedo, somos cobardes. Nos preguntamos a veces ¿cómo se las arregla este misionero? ¿De dónde saca fuerzas esta madre de familia? ¿Cómo es posible tanta valentía? El Espíritu del Señor le da fuerzas. Añado más: el mismo Jesús nos lo envía ilusionado. Recibir al Espíritu Santo es también complacer a Cristo.

8.- Mis queridos jóvenes lectores, no quiero continuar. Mis escritos, estoy seguro, no son vuestra única fuente. Trato cada semana he de enviaros un mensaje que sea diferente al que otros puedan dirigiros. No soy mejor que ellos, ni más listo, ni más santo ¡Dios me libre de pensarlo! Pero sinceramente reconozco que tengo aficiones y curiosidades, que otros no han tenido y que ofrecéroslas es un deber.

Que el Espíritu Santo se os meta dentro, cambie vuestro corazón, ilumine vuestra mente, tengáis coraje y valentía. Pedídselo también para mí. Y que me otorgue juventud en mis vejeces. Que, olvidaba deciros, el también llamado Paráclito, es expresión de la eterna juventud de Dios.