XVII Domingo del Tiempo Ordinario
27 de julio de 2014

La homilía de Betania


1.- “¿ENTENDÉIS BIEN TODO ESTO?”

Por Pedro Juan Díaz

2.- ESE TESORO: ENTRAR EN EL REINO DE LOS CIELOS

Por Antonio García-Moreno

3.- DENTRO DE NOSOTROS ESTÁ EL TESORO

Por José María Martín OSA

4.- EL ORDEN DE LOS VALORES, Y DE LOS AMORES, SÍ ALTERAN EL PRODUCTO

Por Gabriel González del Estal

5.- BUSCA Y ENCONTRARÁS

Por Javier Leoz

6.- YO TAMBIÉN ESPERABA ENCONTRAR UN TESORO

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


SABIDURÍA ES JUSTICIA Y ASTUCIA, QUE NO MANDO

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- “¿ENTENDÉIS BIEN TODO ESTO?”

Por Pedro Juan Díaz

1.- Sería bueno que comenzáramos nuestra reflexión por la pregunta final que hace Jesús: “¿Entendéis bien todo esto?”. Llevamos varias semanas escuchando las parábolas del capítulo 13 de Mateo, que terminan hoy. Jesús hablaba en parábolas para traer a la vida los misterios del Reino de Dios y hacerlos claros a nuestros ojos. Se trata de entender que lo que Él nos propone es un “tesoro” para nosotros, para nuestra vida, y para la de los que están a nuestro alrededor. Y también decía aquello de “donde está tu tesoro, allí está tu corazón”.

3.- Seguro que hemos soñado más de una vez en que nos toque la lotería, en encontrar al amor de nuestra vida, en tener un trabajo fijo con un buen sueldo, en que los hijos se labren un futuro y sean felices… Todas estas cosas se quedan “a la altura del betún” en comparación con la satisfacción de encontrar a Dios dentro de tu corazón y ponerlo en tu vida. Eso hace que todo lo demás cobre una nueva dimensión y un nuevo sentido. Y Dios tiene la capacidad de hacer posible lo imposible, sobre todo cuando se trata de sus hijos, de nosotros.

4.- Dios es como un tesoro. Uno lo encuentra y lo vende todo para comprar el lugar donde está el tesoro. Dios es como una pieza rara para un coleccionista, como una bolsa de petróleo en un terreno, como unas acciones de bolsa que van a subir… y hace que nada valga la pena tanto como tenerle a Él, tener su amor, sentirlo, experimentarlo, disfrutarlo. Dios es así de sorprendente. De repente, se da, se desparrama… bueno, de repente no, siempre lo hace, pero hace falta que nos demos cuenta.

5.- Por eso hace falta lo que pide Salomón en la primera lectura: “da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del bien”. Ese corazón sabio e inteligente es el que nos hace capaces de ver a Dios en lo cotidiano. Y darnos cuenta de lo que dice también San Pablo en la segunda lectura: “a los que aman a Dios todo les sirve para el bien”. Cuando se experimenta ese amor, cualquier ocasión es buena para manifestarlo, para compartirlo con los demás. Dios saca lo mejor de nosotros mismos para que lo demos y nos entreguemos a los demás, como hizo Jesús. Él es su mejor ejemplo de cómo actúa con las personas.

6.- Pero en esta aventura de dejarlo todo y seguir a Jesús nos surgen las dudas de si estaremos haciendo lo correcto, de si será verdaderamente eso lo que Dios quiere. Leía un texto preparando esta reflexión que me dio luz y lo comparto con vosotros: “Lo bonito y sorprendente es que nadie acierta “a priori”. Te arriesgas a vivir todo con autenticidad, buscando la verdad, pidiendo y deseando hacer la voluntad de Dios, y solo “a posteriori” el creyente se sorprende de no haber caído en la mentira ni en el egoísmo”. Es la fe la que nos lleva a actuar de esta manera, con un corazón capaz de amar de la misma manera que nos sentimos amados por Dios. Es un riesgo que merece la pena correr, como el de venderlo todo, dejarlo todo y quedarnos solo con el AMOR, que es lo único que importa verdaderamente en la vida.

7.- La Eucaristía es nuestro encuentro con el Amor más grande. “Nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos”. Aquí está Él, nuestro Amigo Jesús, el que más nos quiere, dándose por nosotros. Que le recibamos con el corazón abierto de par en par para que Él haga con nosotros lo que quiera.


2.- ESE TESORO: ENTRAR EN EL REINO DE LOS CIELOS

Por Antonio García-Moreno

PÍDEME.- Salomón ha sucedido a su padre el rey David. Ahora es él quien se sienta en el trono de la casa de Jacob, quien rige los destinos del pueblo. El pasaje de hoy nos presenta al joven rey después de haber ofrecido un sacrificio a Yahvé, el Dios vivo de Israel. Por la noche, durante el sueño, Salomón tiene una visión. Dios se le presenta y le pregunta qué es lo que más desea, cuál es su mayor anhelo para concedérselo, sea lo que fuere.

Salomón responde: "Señor, Dios mío, tú has hecho que tu siervo suceda a David, mi padre, en el trono, aunque yo soy un muchacho y no sé desenvolverme. Tu siervo se encuentra en medio de tu pueblo, un pueblo inmenso, incontable, innumerable. Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del bien...". Salomón se ha olvidado en su petición de sí mismo, sólo está preocupado, hondamente, de su pueblo, de cómo regirlo con acierto, teniendo en cuenta el bien común de todos, sin dejarse llevar del favoritismo, ni de las apariencias. Ha preferido los bienes espirituales a los materiales. Buen ejemplo para cada uno de nosotros que tantas veces pedimos con una visión egoísta, sin mirar el bien de los demás, sin tener en cuenta una justa jerarquía de valores que pone lo espiritual por encima de lo material.

Dios responde a la plegaria de Salomón: "Por haber pedido esto y no haber pedido para ti vida larga ni riquezas, ni la vida de tus enemigos, sino que pediste discernimiento para escuchar y gobernar, te cumplo tu petición: te doy un corazón sabio e inteligente, como no lo ha habido ni lo habrá después de ti...". Y Salomón será el prototipo del rey sabio. Y junto con la sabiduría le vendrán los demás bienes a manos llenas. Su reinado será el de mayor esplendor, dejando un recuerdo indeleble en la mente y en el corazón de todo israelita.

Pedir a Dios, rezarle con la confianza de que somos escuchados. Pero pedirle como cristianos y no como paganos. Sabiendo apreciar los valores del espíritu, buscando primeramente el Reino de Dios y su justicia, conscientes de que todo lo demás nos vendrá por añadidura. Siendo nosotros los últimos a la hora de pedir algo. Ante todo el Reino de Dios, la Iglesia, el Papa, los obispos y sacerdotes. Después el bien de la patria y el del mundo entero, nuestros familiares y amigos. Y por fin, nosotros mismos. Y Jesús, que es bueno, infinitamente, sabrá apreciar nuestro desinterés, nuestro deseo auténtico de ayudar, sin esperar nada de los hombres, a todo el que lo necesite.

2.- EL MÁS PRECIADO TESORO.- Jesús pregunta a los suyos si entienden sus palabras. Una pregunta que se dirige también a nosotros. Son palabras tan sencillas y claras, que sería extraño que alguien no las entendiese. Es verdad, además, que son palabras muchas veces oídas. No obstante, siempre es conveniente recordarlas. Hemos de hacer como ese escriba de que nos habla Jesús, el cual rebusca en su viejo baúl para sacar de él lo antiguo y lo nuevo. Así consigue que toda su vida sea iluminada por ese rico arsenal de doctrina, de ideas y de recuerdos, que constituyen su más preciado tesoro.

El mejor tesoro, el más valioso don que el hombre puede codiciar, por muy grande que sea su ambición. Por eso el que lo encuentra, el que descubre su valor, ese lo sacrifica todo por obtenerlo. Nada vale como ese tesoro y quien lo consigue tiene ya todo cuanto se puede desear. Es el mayor bien que existe o que pueda existir. Una perla preciosa que colma las más grandes exigencias del corazón humano. Dios quiera que lo descubramos, ojala deseemos poseer ese tesoro que el Señor nos ofrece, entrar en el Reino de los cielos. Cuando comprendamos lo que eso significa, entonces todo nos parecerá poco para llegar a poseerlo.

La alegría, la dicha, la felicidad, la paz, el gozo, el bienestar, el júbilo, la bienaventuranza. Ahora, ya en esta vida aunque sea de forma parcial e incoada. Una primicia que, sin serlo todo, es más que suficiente para que, aunque sea entre lágrimas, brille siem¬pre una sonrisa y florezca la esperanza, también cuando todo nos haga desesperar. Inicio del gozo eterno que un día concederá Dios a quienes le permanezcan fieles, aún con altibajos, hasta el final. Entonces podremos abrir del todo ese cofre que contiene nues¬tro más preciado tesoro y disfrutar para siempre del Bien supremo, contemplando la Belleza sin fin y comprendiendo la Verdad esplendente que es Dios mismo.


3.- DENTRO DE NOSOTROS ESTÁ EL TESORO

Por José María Martín OSA

1.- Jesús nos habla del Reino de Dios. Como el domingo pasado, también hoy las parábolas del evangelio se refieren al Reino. Las dos primeras parábolas dicen al discípulo cuál debe ser su escala de valores en su condición y calidad de discípulo. El centro de este Reino es la tierra y la historia humana, pero vistas y entendidas en colaboración y compañía de Dios. Lo que al discípulo de Jesús se le pide es que su escala arranque del Reino de Dios. ¿Qué quería decir Jesús con las dos parábolas del tesoro escondido y de la perla preciosa? Quiere decir que ha sonado la hora decisiva de la historia. ¡Ha aparecido en la tierra el Reino de Dios! Concretamente, se trata de él, de su venida a la tierra. El tesoro escondido, la perla preciosa, no es otra cosa sino Jesús. Es como si Jesús con esas parábolas quisiera decir: la salvación ha llegado a vosotros gratuitamente, por iniciativa de Dios, tomad la decisión, aferradla, no la dejéis escapar.

2.- Hay un tesoro escondido en la vida de cada uno. El domingo pasado veíamos cómo el Reino tiene que extenderse a todos ya en este mundo, a pesar de las dificultades del maligno. Estas dificultades son el dinero, el materialismo, el ansia de poder, el egoísmo, el relativismo moral........Hoy Jesús nos dice que poseer al Reino es lo más grande que nos puede ocurrir, como aquél que encuentra un tesoro en el campo y vende todo para comprar el campo, o el comerciante en perlas preciosas que encuentra una de gran valor y vende todo lo que tiene para conseguirla. Pero muchas veces no nos damos cuenta de que el tesoro, Jesús, está muy cerca de nosotros. Así lo refleja este cuento:

“Cuentan que un joven recibió en sueños una gran revelación: en el cruce de dos caminos cercanos a su aldea había un gran tesoro. Sólo tenía que ir allí y remover la tierra para conseguirlo. Ni corto ni perezoso se dirigió a aquel lugar. Estuvo todo el día cavando, retirando las piedras y apartando la tierra. Cuando ya estaba derrumbado y agotado por el duro trabajo pasó por aquel cruce un sabio que le preguntó qué estaba haciendo. Al explicarle su sueño el sabio le dijo que él también había tenido un sueño parecido, pero que el tesoro de su sueño estaba dentro de una casa que tenía dos ventanas, un hermoso porche a la entrada un tejado de color rojo. El joven recapacitó y se dio cuenta de que la casa de la que le estaba hablando aquel desconocido era su propia casa. Salió corriendo hacia su domicilio y excavó justo al lado de la puerta y encontró un hermoso cofre. Se dio cuenta de que el tesoro lo había tenido muy cerca, en su propia casa durante muchos años y no se había dado cuenta del hecho”.

3.- “En el hombre interior habita la verdad". Puede que nos ocurra a nosotros lo mismo que al personaje del cuento. Dentro de nosotros está la felicidad, pero hace falta descubrirla. Ya lo advertía un experto en búsqueda de la felicidad, Agustín de Hipona, quien hace dieciséis siglos y después de una larga experiencia vital de búsqueda, escribía: "No vayas fuera, busca en tu interior, pues en el hombre interior habita la verdad". Un buen programa para este verano: profundizar en nuestro interior para encontrarnos con nosotros mismos y con Dios. En la parábola de Jesús el que encuentra el tesoro y el de la perla preciosa venden todo y se quedan sólo con lo que de verdad merece la pena. Nuestro tesoro es el conocimiento de Dios. Cuando uno encuentra a Cristo opta por El, lo demás pasa a ser secundario, es capaz de renunciar a cualquier cosa por seguirle, porque el llena plenamente nuestro corazón. Y ahora pregúntate: ¿dónde está tu tesoro?, ¿has optado por Cristo?, ¿a qué estás dispuesto a renunciar por El?


4.- EL ORDEN DE LOS VALORES, Y DE LOS AMORES, SÍ ALTERAN EL PRODUCTO

Por Gabriel González del Estal

1.- El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. Hay muchas cosas buenas e importantes en nuestra vida, pero siempre hay algo que es lo más importante y, por amor de esto más importante, necesitamos saber prescindir de otras cosas secundarias. La familia cristiana, por ejemplo, se construye sobre el amor cristiano; también son importantes otros valores, como pueden ser la economía familiar, o saber respetar los distintos gustos de cada miembro de la familia, pero estos otros valores siempre deben estar subordinados al valor primero, que es el amor. Cada uno de nosotros debe saber discernir, en cada caso, qué es lo más importante en nuestra vida y subordinar todo lo demás a lo más importante. Este discernimiento puede resultar a veces difícil de hacer, pero merece la pena que lo busquemos con insistencia y humildad, mediante el diálogo y la oración, y que actuemos siempre con generosidad y sinceridad. En la primera lectura se nos habla del rey Salomón, a quien el Señor le prometió darle lo que le pidiera; el rey pidió al Señor “un corazón dócil para gobernar a su pueblo, para discernir el mal del bien”. Esto era lo más importante para el rey Salomón, en aquel momento, y a esto subordinó una vida larga para él y las riquezas, tal como se nos dice en este texto del libro de los Reyes. “Al Señor le agradó que Salomón le hubiera pedido aquello” y por eso le concedió una gran sabiduría para gobernar a su pueblo, dándole “un corazón sabio e inteligente, como no lo ha habido antes ni después de él”. Vamos a pedirle también nosotros al Señor que nos dé un corazón sabio e inteligente, para saber discernir en cada momento qué es lo que más nos conviene y actuar en consecuencia. Porque si, en nuestra vida, nos equivocamos en la elección de valores y de amores, nos equivocamos en lo más importante de la vida.

2.- Un letrado que entiende del Reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo. Parece evidente que, en este texto del evangelio según san Mateo, Jesús compara el Reino de los Cielos con el tesoro escondido, y con la perla preciosa, y con los peces buenos. Jesús nunca definió con palabras concretas y directas qué es lo que entendía él por Reino de los Cielos; prefería hablar de él en parábolas. Pero está claro que el Reino de los Cielos era, esencialmente, él mismo y su evangelio. El discípulo de Cristo es, automáticamente, discípulo del Reino de los Cielos; el que tiene a Cristo tiene ya el Reino de los Cielos, por eso, Jesús pudo decir a sus discípulos que el Reino de los Cielos ya estaba entre ellos (Lc 17, 21). Es cierto que el Reino de los Cielos no se hará realidad definitiva y última mientras vivamos en este mundo, pero si vivimos en comunión con Cristo ya vivimos, de alguna manera, en el Reino de los Cielos. Busquemos el Reino de Dios con sinceridad y amor y todo lo demás se nos dará por añadidura.

3.- Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien. Todos conocemos a personas optimistas y vitales, que siempre encuentran alguna razón para la alegría y el entusiasmo. Yo creo firmemente que para muchas personas su fe en Dios y su amor a Dios son motivo suficiente para aceptar las contrariedades de la vida, sin perder el ánimo y la sonrisa. Como nos dice hoy san Pablo, en su carta a los Romanos, a estas personas que aman de verdad a Dios realmente todo les sirve para el bien. Por supuesto, que tienen momentos mejores y momentos peores, pero aun ante las mayores dificultades consiguen mantener firme su fuerza y su entusiasmo. También Cristo en el Huerto de los Olivos sufrió un momento de tristeza y desasosiego, pero su amor al Padre le dio inmediatamente fuerza para subir al monte calvario y ofrecer su vida amando y perdonando, hasta a sus enemigos. Amemos a Dios de tal manera que las dificultades de la vida nunca consigan romper nuestra fe y nuestra esperanza, para que así todo termine siempre sirviendo para nuestro bien.


5.- BUSCA Y ENCONTRARÁS

Por Javier Leoz

“No es grande el hombre por lo que tiene sino, mucho más grande puede ser, por lo que le queda por alcanzar” S. Laven

1.- La fe es una llave que nos proporciona el conocer y abrirnos a los tesoros de Dios. Sin ella es imposible vender otros campos (lo material, lo aparente o lo superficial) para quedarnos con lo esencial y verdaderamente valioso: el amor de Dios. Desde lo más hondo de nuestras almas sentimos la presencia de Dios, pero son tantos los obstáculos que salen a nuestro encuentro que, en muchas ocasiones, ese sentimiento de lo divino queda en segundo o en tercer lugar. Siempre, y lo tenemos que reconocer, es más fácil marcharnos o escaparnos en busca de lo que reluce (aunque sea simple hojalata) y dejar de lado aquello que no es tan alucinante pero que resulta ser oro.

Hoy, más que nunca, vemos que el tesoro de la fe es joya escondida en el inmenso campo de nuestra sociedad. Resulta arduo dar con él; nos quedamos en las cosas y olvidamos las personas. Apostamos por las ideas y relegamos el lado humano de los que las defienden. Nos asombramos por la grandeza del mundo y desertamos de Aquel que lo creó para la perfección, disfrute y supervivencia humana: a Dios.

¿Dónde hemos dejado a Cristo? ¿En qué risco lo hemos olvidado? ¿Es la familia un huerto en el que cultivamos la perla de la fe? ¿Es la política una tierra en la que los católicos, cuando acceden a ella desde distintas opciones, respetan e incluso valoran el tesoro de la fe? ¿Es el corazón y nuestra vida misma un rincón en el que cuidamos con esmero nuestra pasión por Cristo?

2.- Hay que comenzar desde abajo. Si hay cosecha es porque, previamente, ha existido siembra, riega, poda, abono y esfuerzo. La fe, aun siendo una fortuna, nos exige un trabajo de conocimiento y de transmisión. ¿Sirven de algo cruces o imágenes en los montes o en las plazas si, luego, la vida de sus ciudadanos van en dirección contraria a lo que esos símbolos significan? Desde luego, la simbología cristiana, ha de ser más que pura estética. Mucho más que un decoro histórico o cultural.

El tesoro de la fe no podemos sustentarlo exclusivamente en las formas o en las tradiciones seculares heredadas. En cuántos momentos, sin percatarnos de ello o incluso sabiéndolo, podemos caer en un paralelismo entre fe celebrada y fe vivida: celebro festivamente a María, a los santos….en mil expresiones populares pero, a continuación, la fe no cambia mi forma de pensar, vivir o actuar. Es cuando vemos que, la fe, lejos de ser un tesoro, es moneda irrelevante y sin valor. Se queda en la superficie, su manifestación, pero no ha llegado a calar en nuestro comportamiento personal o comunitario.

¿Qué hacer para que, la fe, llegue a ser un tesoro apetitoso y recuperarla de nuevo?

-No poner a las cosas, lo efímero, por encima de Dios. Volver a la lectura de su Palabra.

-Vivir como cristianos implica no mirar hacia atrás (quemar o vender lo que puede convertirse en huida)

-No vivir apegados (como el erizo en un acantilado marino) a nuestros caprichos o religión a la carta

-Considerar el ser católico o cristiano, como una ganancia, un orgullo, una oportunidad para ser diferentes y distanciarnos de muchos dictados de la sociedad.

Ojala que, al meditar el evangelio de este domingo, nos preguntemos ¿qué tengo que vender para salvaguardar el tesoro de Cristo? Cosas tan sencillas como el egoísmo, la timidez como cristiano, el testimonio silenciado ante las gentes, la vanidad, el mal carácter, la tacañería, las malas palabras, la falta de oración o de comunión con la Iglesia… pueden servir para seguir cultivando el campo del gran tesoro de nuestra fe en Jesús.

3.- ¿DÓNDE ESTÁS, SEÑOR?

Que me dicen que, hace un tiempo,

te sembraron en mi corazón…y no te encuentro

Que pregonan que, en el cielo te hayas,

y cuando levanto la vista no te alcanzo

Me repiten que, en los destrozos del mundo,

es donde especialmente sales a su lado

y… no llego a percibir tu presencia.

¡Dónde estás, Señor!

¿Qué tengo que vender para poder comprarte?

¿Qué tengo que dejar para poder conseguirte?

¿Qué parte de mi hacienda he de regalar

para que, Tú, seas la definitiva riqueza y valor a mi vida?

¡NO ME CONTESTES, SEÑOR!

Mis ojos no te ven porque andan distraídos

Porque prefieren verse seducidos

por el gran capital que el mundo oferta

Mis manos disfrutan mucho más

cuando acarician los lingotes del oro del bienestar

de lo que cuenta y vale en la sociedad

del prestigio o del dinero

del buen nombre y buena vida…sin mínimo esfuerzo

¡NO ME CONTESTES, SEÑOR!

¡Demasiado bien sé dónde se encuentra tu tesoro!

En el silencio,

que tanto hiere porque tanto me dice

En la humildad,

donde la pequeñez tanto me asusta

En la sinceridad,

que me convierte en diana de tantos dardos

Ayúdame, oh Cristo, a no perder el campo de tu tesoro:

La fe que es llave para poder amarte y descubrirte

El amor que es bono seguro que cotiza en el cielo

Mi perfección, para no convertirme en algo vulgar y solitario

¡NO ME CONTESTES, SEÑOR!

Soy yo, quien hoy más que nunca,

necesito buscarte por mí mismo

y ponerte en el lugar que te corresponde:

¡EN EL CENTRO DE MI TODO!

Amén


6.- YO TAMBIÉN ESPERABA ENCONTRAR UN TESORO

Por Ángel Gómez Escorial

1.- No. No era tan joven cuando comencé a dar, en solitario, unos largos paseos por una playa alicantina. Allí viajaba –y viajo—con frecuencia. Y en esos paseos, yo, ya con más de cuarenta años esperaba encontrarme un tesoro lanzado por el mar a la playa. No era una obsesión pero, en efecto, esperaba que el mar regalase algo valioso. Yo también buscaba mi tesoro escondido. No era tanto la búsqueda exclusiva de dinero o de algo muy valioso. Se trataba de esperar algo que me cambiase la vida o me hiciese más feliz.

2.- Cuando yo comencé a dar esos paseos no era creyente. Y, cuando lo fui, ya no buscaba el tesoro. De ello me he dado cuenta ahora. Pero, no obstante, la especial finura psicológica de Jesús de Nazaret nos muestra en el evangelio de Mateo de hoy que todo hombre y toda mujer buscan su tesoro. Claro, algunos, lo encuentran; otros, jamás. Y muchos creen que han encontrado un tesoro cuando, en realidad, solo han hallado quincalla, bisutería. La cuestión es saber, y discernir, cual es nuestro tesoro oculto verdadero y necesario para que nuestra vida sea mejor. También, esa ya aludida finura de Jesús en el análisis de la mentalidad humana lo llama tesoro que es una palabra que plantea, la mayoría de las veces, que existe en su interior un contenido de riquezas materiales e inmediatas, de dinero. Y Jesús no es amigo del dinero, pero sabe que los hombres y mujeres de todos los tiempos si lo son. Y lo que desea es dar verdad a sus vidas. Enseñarles que el verdadero tesoro que necesitamos para ser felices es vivir en sintonía con el Reino de Dios, dentro de él. Lo demás, como decía antes es quincalla, bisutería.

3.- Vamos “atravesando” en estos domingos de julio la “ruta de las parábolas”. Hemos leído varias. Nos llamó la atención el domingo pasado la de la cizaña, porque es una explicación necesaria de Jesús a unos de los grandes enigmas de la humanidad: la coexistencia del bien y del mal dentro de la presencia totalizadora del Dios Bueno. Es la pregunta de “¿Por qué Dios permite esto? Y, desde luego, hay situaciones muy cercanas que nos llevan a hacer esa terrible pregunta. Ahí están los salvajes atentados de Londres, Madrid y Nueva York. La libertad absoluta de hombres y mujeres les lleva a asumir su propio camino. La idea de “imagen y semejanza” anunciada por Dios en el momento de la creación del género humano es eso. Dios es libre. Nosotros, también. Resulta chocante que el poderoso deje ser libre al débil. Pero Dios es así. Y es que nuestra libertad para hacer el bien o el mal está presente en nuestras vidas y no hay nadie –absolutamente, nadie—que no haya experimentado su capacidad cotidiana para hacer el bien y el mal. Y es esa libertad plena la que, asimismo, nos lleva a poder elegir el tesoro del Reino de Dios, totalmente, libremente, sin coacciones. Tampoco hay “coacción” divina en la búsqueda del bien. Es la capacidad de discernimiento que nos da nuestra libertad lo que nos lleva a ello.

4.- Salomón –nos cuenta el Libro de los Reyes—escucha una pregunta fabulosa, soñada, también, por todos. Dios le pregunta: “Pídeme lo que quieras”. La respuesta va a ser humilde, pero magistral: “da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del bien”. Y el Señor entusiasmado por la respuesta dará a Salomón todo lo mejor que se puede encontrar en la tierra. Es obvio que Salomón opta por lo que llamaríamos el talante del Reino de Dios. Y ello, pues, guarda su relación con el tesoro de la parábola. Pero, también, se pone de manifiesto un hecho muy habitual y corriente en la vida humana. Pedir a Dios lo que necesitamos o lo que –según nosotros—nos falta. “Pedir y se os dará” dice Jesús. Entonces qué es lo que podemos pedirle a Dios. Pues, sinceramente, creo que todo, hasta que nos toque la lotería, porque como Padre Bueno que es entenderá nuestras peticiones. ¿Todo lo que pedimos nos lo puede dar? No claro que no. No todo nos conviene o, realmente, existe. Además, Dios no puede traicionar sus propias leyes. Lo que sería absurdo por otra parte es ir con reservas a nuestra conversación habitual con nuestro Padre.

5.- Es posible que a todo esto haya que aplicar la frase del Apóstol Pedro respecto que para Dios mil años son como un día. Es decir, que nuestro cómputo respecto a los dones generosos dados por Nuestro Señor Dios, deben tener un recorrido, espacio y tiempo. Como niños impacientes que somos desearíamos que lo pedido nos llegue inmediatamente, a vuelta de correo. Pero no es así. En mi caso, he de reconocer que examinando mi vida de unos cuantos años –no pocos—he obtenido mucho de lo que he pedido. Tal vez, concretado de otra manera la petición inicial. No le podemos poner puertas al campo de nuestra relación con Dios, ni tampoco querer llevar a nuestro Padre por los caminos inmediatos de nuestra cambiante existencia.

6.- Hemos leído un brevísimo fragmento de la Carta de Pablo a los fieles de Roma. Y, sin embargo, es más que fundamental. Resume el plan completo de Dios para nuestra salvación. La doctrina de la Iglesia ha hablado de vocación, elección, predestinación y justificación como los pasos para dicha salvación. Y nadie, como Pablo de Tarso, lo ha referido de manera tan breve y completa. La cuestión es que ese plan de salvación tiene dos lados inseparables, diferenciados, pero inseparables. La salvación es individual y comunitaria. La salvación llega a cada uno de nosotros, pero incardinados en un conjunto de bien, amor, solidaridad, belleza y felicidad que contiene el Reino de Dios. Y así, las palabras de Pablo nos ayudan a mejor comprender todo lo que hemos dicho anteriormente y que no es otra cosa que la relación con Dios en el contexto de una vida coronada por el descubrimiento del Reino de Dios.

7.- Debemos meditar muy especialmente las lecturas de hoy. Merece la pena que hoy especialmente –siempre hay que hacerlo—cuando lleguemos a casa leamos y releamos estos textos de la Misa de hoy. Y abrir con ellos una meditación abierta, como la búsqueda del tesoro escondido. Y no nos debe faltar una condición en nuestro avance. Ella está perfectamente definida en el versículo responsorial del salmo 118 que hemos proclamado: “¡Cuánto amo tu voluntad, Señor!


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


SABIDURÍA ES JUSTICIA Y ASTUCIA, QUE NO MANDO

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Tenemos en la mente todos, mis queridos jóvenes lectores, que los jefes sirven para dar órdenes de obligado cumplimiento, o prohibiciones a golpe de sanción. Pero eso es tener el mando y aferrarse a él, a costa de lo que sea, generalmente obrando injustamente, si es preciso. David de origen humilde, al ser escogido por Dios para gobernar a su pueblo, se sirvió de sus dotes personales para introducirse en los aposentos de Saúl el rey. Caído en desgracia acudió a una vida de arriesgada guerrilla para, poco a poco, lograr el poder. Lo conservó con energía, una vez conseguido de la manera que fuera, de manera que acudió a batallas con quien conviniera y se entrenó bien, utilizando escaramuzas por el desierto. Era el escogido, de manera que Dios no lo abandonó, pero cuando le quiere erigir un templo en su ciudad, le dijo el Señor que había derramado mucha sangre, que dejase el proyecto para su hijo. Gracias a intrigas palaciegas, llegó Salomón a sucederle. En él continúan las promesas hechas a su padre. Un apetitoso horizonte se le abre a la vista.

2.- Dios acoge su situación y le pregunta cuál es su deseo. Astuto y prudente, pide a Dios sabiduría para gobernar y esto le complace al Señor. Le responde que se la dará y aun mucho más. El imperio salomónico fue impresionante y su fama se extendió hasta muy lejos. La súplica de Salomón os debe enseñar a vosotros, mis queridos jóvenes lectores, que vuestra ambición de cara al futuro adulto al que os preparáis, no debe ser codearos con gente importante, que os puedan aupar más tarde. Ni buscar caminos de dominio. Ni siquiera muchos títulos académicos o abundantes riquezas. Quienes coleccionan diplomas y codician fortunas, caerán posiblemente en la indigencia. La sabiduría da serenidad. Hoy que en este mundo burgués capitalista se sufre agobio y ambición, este don es importante. Ante una desgracia o catástrofe, de poco sirven las armas o la posibilidad de mando exclusivo. Pensadlo, discutidlo entre vosotros.

3.- Jesús no gozó de mando político, ni social. Si todavía causa admiración su vida, es por la lucidez de sus enseñanzas. Sus verdades podían resultar controvertidas para las autoridades que, evidentemente, hace siglos murieron. Su doctrina todavía encanta a muchísimos. Resumen de ella es el contenido que nos llega comprimido, en lo que llamamos bienaventuranzas y en sus parábolas. La segunda manera es encantadora, ahora bien, como os repito tantas veces, está mediatizada por la cultura de los primeros receptores: aquel pueblo sencillo, galileos agricultores casi todos ellos.

4.- Si en la actualidad alguien encuentra un tesoro, ya lo sabéis, no puede quedarse ocultamente con él. Las leyes obligan a declararlo y pasará al patrimonio común nacional. Ahora bien, el ejemplo puesto por el Maestro enseña una verdad que nuestra sociedad quiere ignorar: el valor está en lo que realmente tiene un valor superior. Se habla se aprecia y se promueven actividades mediocres, pasajeras. Que si una excursión a un lugar bonito, pero banal, que si unas colonias donde aprenderán convivencia, tradiciones locales o bailes de salón, etc. Aunque la Fe parezca oculta, está vivita y coleando, y estimula las iniciativas superiores, aquellas que no solo son válidas para nuestro hoy, sino que traspasarán las barreras de la Eternidad.

5.- El segundo ejemplo, la segunda parábola, enseña lo mismo. La perla, pese a ser conocida por aquel entonces, no era un valor corriente, como ocurre con el oro. Los que escuchaban al Maestro, seguramente no habían visto ninguna, pero podían imaginar su cuantía. Hoy diríamos que no se trataba de una perla artificial, ni siquiera cultivada, era una perla asimétrica y de precioso lustre. Pero este lenguaje entonces no existía. (Los que hayáis leído la preciosa novela del premio Nobel Steink, podréis imaginar mejor la enseñanza). Como os adelantaba, esta parábola, es más de lo mismo. No lo olvidéis: lo mediocre, por mucho que se pongan de moda, pronto se olvida y pierde aprecio. Los padres y educadores, también los monitores juveniles, que se contentan con menudencias, por atractivas que parezcan y estén de moda, un día, al comprobar la inutilidad de su trabajo, se hunden en frustración y desánimo y conocerán su equivocación cuando ya sea tarde. No temáis buscar a Dios y comunicar a los demás la fortuna de la Fe. Es como el oro, no pierde valor, pese a que pueda fluctuar en el mercado.

6.- Lo de los peces de la red del pescador, tiene su miga. En el lago de Galilea abunda la fauna. Hay caracoles de agua, almejas negras, cangrejos de agua dulce, con apariencia de los nuestros de mar, y peces, muchos peces, grises azulados y otros anaranjados. Os hablo solamente de lo que yo he observado. Algunos se introdujeron allí a partir de 1948, otros son autóctonos. Una antigua ley bíblica, vigente todavía entre los judíos, dice que no es apto para el consumo humano, aquellos animales acuáticos que no tienen escamas. Dicho de otra manera, no se pueden comer ni crustáceos, ni moluscos, ni atunes. Evidentemente, de estos últimos no he visto ninguno, ni creo puedan vivir allí, pero sí unos cabezudos y bigotudos de su misma especie, que conozco muy bien, pues, en mi juventud, pesqué bastantes por mi tierra y por eso sé que su piel carece de escamas. El pescador de aquellos lares, sabe que este pescado, de piel semejante al pez lija, no podrá venderlo y lo tira (o, si es grande y bueno, lo regala a un cristiano, como me contaba un buen fraile, único habitante entonces, en el convento de Tiberias).

Revueltos vivimos, pero no debemos equivocarnos. No todos los hombres valen lo mismo, ni sus obras son indiferentes. Un momento llegará en que seremos juzgados. Procuremos que nuestros valores sean aceptados a la entrada de la Eternidad.