V Domingo del Tiempo Ordinario
7 de febrero de 2016

La homilía de Betania


 

1.- LA VOCACIÓN Y LAS VOCACIONES QUE NOS DA EL SEÑOR

Por Gabriel González del Estal

2.- REMAR EN MARES TURBULENTOS

Por José María Martín OSA

3.- EL PRIMER MOMENTO DE PENTECOSTÉS

Por Antonio García-Moreno

4.- A TIEMPO Y A DESTIEMPO

Por Javier Leoz

5.- DIOS NOS ENCARGA UNA MISIÓN… A TODOS

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


CONVENCER CON LA SORPRESA

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- LA VOCACIÓN Y LAS VOCACIONES QUE NOS DA EL SEÑOR

Por Gabriel González del Estal

1.- Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos pescado nada; pero, por tu palabra, echaré las redes. Dios nos da a todos y cada uno de nosotros una vocación común: la vocación a la santidad. Esta vocación común a todas las personas debe realizarla después cada uno mediante el cumplimiento concreto de las vocaciones temporales que también nos da el Señor. Nosotros podemos aceptar la vocación y las vocaciones que nos da el Señor, pero también podemos rechazarlas. Aceptar o no aceptar esta vocación a la santidad que Dios nos da, supone colaborar o no colaborar con Dios en la edificación de nuestro yo interior, para que se parezca lo más posible al Yo de Cristo. Colaborar con Dios supone siempre reconocer nuestra imperfección radical y aceptar que sea Dios mismo el verdadero autor de nuestra santidad. Colaborar con Dios en la construcción de nuestra propia santidad supone, pues, siempre un acto de humildad y un ejercicio de oración. La humildad es siempre el primer paso hacia la santidad; sin humildad no avanzaremos nunca hacia la santidad. Pero, a la humildad debe seguir siempre la oración transformadora para que sea Él el autor de una santidad que por nosotros mismos no podríamos conseguir nunca. En la vida interior hay que bregar y trabajar, hay que sembrar y regar, pero sabiendo siempre que es Dios el que da el verdadero incremento. En las lecturas de este domingo tenemos tres modelos de personas que aceptaron la vocación a la santidad que Dios les dio, reconociendo inicialmente su incapacidad para conseguirlo. Estas tres personas -Pedro, Isaías y san Pablo- fueron llamadas por Dios a conseguir la santidad mediante la predicación de la palabra de Dios. Las tres respondieron positivamente a la llamada de Dios, a la vocación; cada una desde sus concretas y particulares circunstancias personales.

2.- Apártate de mí, Señor, que soy un pecador… No temas, desde ahora serás pescador de hombres. Ante la grandeza de Cristo Pedro se siente profundamente débil y pecador. Él, experto pescador, no había conseguido pescar nada en toda la noche, pero cuando actúa en nombre de Cristo consigue llenar las redes de peces. El asombro ante la grandeza de Cristo le lleva a Pedro al reconocimiento humilde de su incapacidad personal. Desde este momento, Jesús le dice que en adelante será pescador de hombres. Muchas veces, a lo largo de nuestra vida, también nosotros habremos experimentado la grandeza y la santidad de Dios actuando en nosotros. Si sabemos ser humildes y colaboradores de Dios en la construcción de nuestra propia santidad, no fracasaremos, a pesar de las muchas dificultades por las que tengamos que pasar. Pedro, con todos sus defectos y con todas sus virtudes puede y debe ser un buen ejemplo para nosotros. Desde que sintió la llamada del Señor, estuvo siempre dispuesto a dar y hasta perder su vida al servicio del evangelio.

3.- Yo dije: ¡Ay de mí, estoy perdido! Yo hombre, de labios impuros… Escuché la voz del Señor que decía: ¿a quién mandaré? ¿Quién ira por mí? Contesté: aquí estoy, mándame. También el profeta Isaías debe ser un buen ejemplo para nosotros. Reconoció humildemente su impureza y su incapacidad personal, pero ofreció a Dios su disponibilidad para cumplir con la vocación de profeta que el Señor le pedía. El profeta Isaías se convirtió en el cantor sublime y humilde de la grandeza del futuro Mesías. El libro del profeta Isaías es, sin duda, uno de los libros más leídos a lo largo de los siglos.

4.- Yo soy el menor de los apóstoles y no soy digno de llamarme apóstol…, pero por la gracia de Dios soy lo que soy. Sobre la humildad de san Pablo y sobre su disponibilidad para cumplir con la vocación de predicador del evangelio de Jesús, tal como el mismo Jesús le pidió, sabemos bastante. Sus cartas a las distintas comunidades cristianas que él mismo fundó son leídas casi diariamente en nuestras asambleas litúrgicas. En el libro de los Hechos de los Apóstoles también encontramos mucha información sobre la humildad de san Pablo y sobre su impresionante actividad como predicador del evangelio de Jesús. Imitemos a san Pablo en su humildad, en su continua oración y en su múltiple e incansable actividad a favor del evangelio.


2.- REMAR EN MARES TURBULENTOS

Por José María Martín OSA

1.- “Aquí estoy, mándame”. El profeta Isaías se siente abrumado ante el enorme contraste entre su insignificancia e indignidad y la dignidad y grandeza de la misión que se le confía: anunciar con sus propios labios la palabra de Dios. Y es que resulta carga excesiva el que la palabra humana sea vehículo de la palabra de Dios. Este mismo es el riesgo y la osadía de todo el pueblo de Dios, a quien se le ha confiado la misión profética: que, siendo pecadores, tenemos que ser mensajeros del evangelio. El profeta se serena y cobra ánimos cuando sabe que es Dios mismo quien le purifica y capacita para la misión. También en el caso de Jeremías, el profeta se crece y supera dificultad para hablar, cuando sabe que es Dios quien habla y le envía. Jesús tranquilizará a sus discípulos con la promesa de su presencia: él será quien les diga lo que tienen que decir. Sólo es posible cargar con la responsabilidad de la misión profética, cuando el hombre está totalmente a disposición del Señor. Con la misma disposición que María se someterá a los designios de Dios, ahora el profeta acepta voluntariamente la misión que se le encomienda: "Aquí estoy, mándame".

2.- Testimonio de nuestra experiencia de fe. Pablo no quiere terminar su primera carta a los corintios sin recordarles el Evangelio que les predicó y que ellos aceptaron, el Evangelio que es lo único que puede salvarles si es que no lo han olvidado. Porque tiene sus dudas al respecto, ya que algunos niegan la resurrección de los muertos. El Evangelio no es propiamente una doctrina, sino el anuncio de un hecho de salvación. Su contenido es, ante todo, el mensaje apostólico de la resurrección del Señor. El transmite lo que ha recibido. Pero la proclamación del Evangelio no es sólo la difusión de una noticia, sino también la difusión del Espíritu con cuya fuerza se proclama. Por eso es una tradición viva y vivificante. Aunque Pablo no pertenece ya a la generación de los Doce, se considera apóstol por excepción. Pues ha tenido también su "experiencia" del Señor resucitado. Su caso excepcional es como un nacimiento fuera de tiempo, como un aborto. Por eso Pablo no puede predicar el Evangelio sólo desde su experiencia, sino ateniéndose también al testimonio de los mayores, de las columnas de la iglesia, transmitiendo lo que ha recibido con fidelidad y que él mismo ha hecho vida. Nosotros también debemos transmitir nuestra fe desde nuestra experiencia de Jesucristo resucitado.

3.- “Rema mar adentro”. La predicación de Jesús, el milagro de la pesca y la decisión de abandonarlo todo para seguir al Maestro, marcan tres momentos psicológicos en el proceso de la vocación de los apóstoles. La "señal", o el milagro, refuerza las palabras de Jesús y aumenta su credibilidad ante los que van a ser sus discípulos en adelante. La invitación a internarse en alta mar conlleva el riesgo a afrontar los temporales tan frecuentes como inesperados en el lago de Tiberíades. Toda la tradición exegética se ha recreado glosando este pasaje, interpretando la barca de Pedro como figura de la iglesia de Cristo. En este sentido resultan sugerentes las palabras de Jesús: "Rema mar adentro y echa las redes para pescar". El riesgo de la pesca de altura, en medio del temporal, viene compensado por la abundancia de la pesca. Así le ocurre a la iglesia cuando anuncia el evangelio donde están los conflictos, cuando lleva la palabra de Dios a los problemas concretos y no se queda en vaguedades y en abstracciones que no significan nada y no comprometen a nadie. El Papa Francisco nos recuerda constantemente que tenemos que salir a la periferia, Iglesia “en salida”, como “un hospital de campaña” en medio del dolor.

4.- "Pescadores de hombres". Dios se manifiesta en un prodigio inesperado. Ante este milagro, Pedro, lo mismo que Isaías ante la revelación de Dios, se siente sobrecogido y descubre su propia indignidad. Lucas hace notar que los compañeros de Pedro participan de los mismos sentimientos de temor y de asombro ante el milagro. Pero las palabras de Jesús confortan a Pedro y le capacitan para la misión que ha de recibir. Pedro y sus compañeros, seguros en el que los envía, podrán aceptar responsablemente la vocación de ser en adelante "pescadores de hombres". Esto no debe entenderse en un sentido proselitista, de "echar el gancho" o de servirse de tretas para que la gente "pique". Echar las redes tiene aquí el sentido de sembrar o de anunciar generosamente la palabra de Dios también en mares turbulentos, confiando en la virtud de esta palabra y en Dios que es el que da el incremento y la cosecha.


3.- EL PRIMER MOMENTO DE PENTECOSTÉS

Por Antonio García-Moreno

DIOS LLAMA. "Él año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor sentado sobre un trono alto y excelso: la orla de su manto llenaba el templo" (Is 6, 1). Isaías contempla, entre extasiado y atónito, el grandioso espectáculo que se despliega ante sus ojos. Los cielos se han abierto, todo ha desaparecido de su vista, la opacidad de las cosas terrenas ha quedado bañada por la brillante policromía del mundo de la luz. Y allá, en lo alto, en lo más excelso, está sentado el Señor, llenando con su esplendor el recinto del templo.

Un canto nunca oído, una melodía jamás escuchada, una sinfonía inefable suena. La letra de esa música es tan sencilla como sublime: ¡Santo, santo, santo, el Señor de los ejércitos, la tierra está llena de su gloria...! Y temblaban las jambas de las puertas al clamor de sus voces, y el templo estaba lleno de humo. Una visión rutilante y terrible, una mezcla de paz y de horror. El profeta exclama asustado: ¡Ay de mí, está perdido!

Quizás por eso, Dios mío, té escondes. Quizás por no asustarnos te ocultas tras este mundo que has hecho de la nada. Sí, eso es más asequible para nosotros. Pero tenemos el peligro de no descubrirte, de quedar insensibles ante una flor abierta al rocío irisado, ante el espectáculo radiante de una alborada, ante el río que sigue su trote entre las piedras y los árboles. Tenemos el peligro de no pensar en ti cuando la noche llega, cuando nace la mañana, cuando la muerte pasa, cuando la vida empieza. No te pido que aparezcas ante nuestros ojos como apareciste ante el profeta Isaías. Pero sí te pido que sepamos descubrirte, y adorarte, tras el bello y sencillo transcurrir de todos los días.

"Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor de los ejércitos" (Is 6, 5). Está temblando el profeta. Lo había dicho el Señor a Moisés: No puede verme hombre alguno y vivir. Por eso Isaías espera, de un momento a otro, rodar por tierra sin vida. Es el terror ante Dios, ese sentimiento que tiene el hombre cuando siente la grandeza y el poder divinos. Sentimiento tan lejano de esa apatía y frialdad del hombre sin sensibilidad religiosa, incapaz de percibir, ni de lejos, el mundo de lo sobrenatural.

Danos fe, Señor. Abre nuestros ojos, te lo pedimos otra vez, para que podamos reconocerte, sentirte presente en el fondo de nuestra alma. Y haz que temamos con el temor santo que es el principio de la sabiduría. Danos un respeto hacia ti, tan profundo que nos haga temblar ante la sola posibilidad de ofenderte. Entonces podremos responder a la llamada del Señor y, con los mismos acentos que el profeta Isaías, decirle: Aquí me tienes, envíame a donde tú quieras. Apoyado en tu poder y confiando en tu amor seré capaz de las más grandes hazañas... Sin darnos cuenta, el temor se habrá cambiado en esperanza, el miedo en la intrepidez de la fe.

2.- ECHAD LAS REDES. "Subió a una de las barcas, la de Simón..." (Lc 5, 3). A orillas del lago de Genesaret tuvieron lugar muchos encuentros de Jesús con la muchedumbre. Paisaje sencillo de barcas y pescadores, de montañas, de aguas claras y azules. También allí llamó el Maestro a los primeros apóstoles que eran pescadores y siguieron siéndolo después. Aquellos momentos han quedado en la vida cristiana como ejemplo y modelo de esos otros encuentros que, a lo largo de la historia, se han ido repitiendo. Entregas generosas y decididas a este Señor y Dios nuestro que sigue cerca de nosotros, para llamarnos a colaborar con él en esta tarea de salvar a todos los hombres que existen y que existirán.

Hoy se nos narra una de las pescas milagrosas que aquellos pescadores lograron gracias a la fe que tenían en Jesús. Con la sinceridad de siempre, Pedro dice al Maestro que están cansados de lanzar la red durante toda la noche, sin conseguir nada. Pero por darle gusto, por obedecerle harán otra tentativa. Lección meridiana de confianza total en el poder de Dios, ejemplo de audacia en acometer las más difíciles y arriesgadas empresas, incluso las que nos parecen imposibles. Hay que decir como Pedro: Señor, porque tú lo quieres, volveré a lanzar mi red. Estemos seguros de que nuestro intento y nuestro esfuerzo no quedarán sin fruto abundante, más del que nosotros pensamos.

Después del prodigio, Pedro se siente anonadado, indigno de ser amigo de Jesús de Nazaret. Apártate de mí, le dice, que soy un pecador. Es una reacción lógica y hasta buena. Todo el que comprenda la grandeza de Dios y piense en su propia miseria, ha de sentirse indigno de ser amigo del Señor, incapaz de hacer nada bueno y, mucho menos, de entregarse a su servicio y consagrar la propia vida a su inmenso amor. Al mirar nuestra condición de pecadores, nos asustamos de la cercanía de Dios, nos sentimos manchados en su presencia. Uno quisiera huir y contemplar de lejos, casi a escondidas, la magnificencia y bondad del Señor.

Y sin embargo, Jesús elige a ese pobre pecador que era san Pedro. No temas, le dice, desde ahora serás pescador de hombres. Entonces aquel hombre rudo, avezado sólo en barcas y peces, se olvida de sí mismo y, como hizo antes, obedece a la voz de Cristo y se fía plenamente de él. Cuando llegue el momento, echará otra vez sus redes, ahora tejidas de palabras y oraciones, de gozosas renuncias. Y de nuevo se repetirá el milagro de una pesca milagrosa. El primer momento de Pentecostés se repetirá mil veces en la persona de otros que, como Pedro y a pesar de su propia condición, confíen plenamente en la palabra de Jesucristo y echen, animosos e incansables, sus redes en todas las aguas y los vientos del mundo.


4.- A TIEMPO Y A DESTIEMPO

Por Javier Leoz

Remar cuando vemos que no avanzamos demasiado en el mar de la vida; desplegar las redes cuando, día tras día, no conseguimos la proporción entre esfuerzo y fruto hace que nos preguntemos constantemente si merece la pena seguir en la brecha. Es bueno recordar aquello de San Francisco de Asís; volvía de un viaje cuando se encontró con una congregación decadente y totalmente desnortada. Es cuando, en su diálogo con Dios, escucho una voz que le recordaba: “recuerda que yo soy el dueño, que tú eres mi siervo”. Sólo entonces, Francisco de Asís, descansó poniéndose manos a la obra como si todo dependiera de él pero no olvidando que todo descansaba en las manos de Dios.

1.- El pesimismo es la oscuridad que se interpone entre la luz y las retinas de los ojos de nuestros corazones, de nuestras almas y de nuestros brazos. Brindar amor, cuando no se recoge contraprestación, nos puede hacer caer en el absentismo o en lo raquítico de una vida espiritual sin más trascendencia que una vivencia sincretista: creo como quiero y a mi manera. Ofrecer a Dios la belleza de nuestro interior sin más condescendencia que una relación simple y nada comprometida, nos puede llevar a un desentendimiento total de todo lo que nos rodea: una fe privada (excesivamente fácil) pero sin cuño en el ámbito social. Finalmente una entrega que busca los resultados inmediatos nos puede desactivar como cristianos, como católicos y como hombres y mujeres de fe. El seguimiento a Jesús no es subirse a la barca para alcanzar nuestros propios objetivos sino para vivir con el tiempo de Dios y con el reloj de Cristo: cuando Él quiera, como Él quiera pero contando con nosotros. La situación de nuestra Iglesia con muchos problemas, no en todos los continentes de la tierra, nos ha de llevar a ser mucho más creativos para que, las redes de nuestra evangelización, puedan llegar a esos fondos que son muy distintos a los de hace 40 o 50 años. La fe no cambia pero, su expresión, sí. La fe no muda pero la plataforma para transmitirla y los medios han de estar a la altura de los nuevos tiempos. ¿Problema? Que vivimos en un mundo saturado y colapsado de mensajes, propuestas, ocio y entretenimiento.

2.- Sacerdotes y laicos, hombres y mujeres, estamos llamados – desde la profesión que estamos ejerciendo- a remar mar adentro. Y, esto, no es palabrería ni simple poesía. ¡Es la hora de la iglesia! ¡Hoy más que nunca! Es nuestra hora, con su color (a veces negro) y su prueba (a veces excesiva) pero también con el convencimiento de que el Señor nos acompaña siempre; de que nada ocurre porque sí o de que todos nuestros afanes tarde o temprano verán su luz. Verlo y trabajarlo de otra manera sería excesivamente peligroso para nuestra salud espiritual y con aplastante cargo de conciencia.

El desasosiego, además de crearnos fantasmas, nos paraliza. Una Iglesia que cree y anuncia la Resurrección de Jesús es una iglesia que, entre otras cosas, no tiene miedo ni a la misma muerte. ¿Por qué habría de tener temor a seguir remando contracorriente? ¿Por qué nos ha de temblar el pulso o la mano a la hora de presentar, tal cual, el Evangelio y sus consecuencias? ¿Por miedo a quedarnos solos en la barca? ¿Por miedo a que nos falten relevos? ¿Por recelo a dejar la comodidad de lo que estamos haciendo? ¿Por la tristeza que produce el “ya no somos tantos”?

3.- Si Jesús creyó y echó el resto por su reino, nosotros no podemos dejarle en la estacada. No podemos romper los planes que tiene para cada uno de nosotros. Estamos en el Año de la Misericordia. Pidamos al Señor que, Él, salga con todo su corazón a socorrer nuestras miserias. Una de ellas la “parálisis evangelizadora” cuando se convierte en carne viva por el pesimismo o nuestra tristeza por los logros no conseguidos.

4.- AYÚDAME, SEÑOR

A remar hacia las profundidades de las aguas de la fe

A lanzar, aunque me parezca inútil, las redes de la esperanza

A esperar, aunque me desespere, en lo que hago por tu nombre

AYÚDAME, SEÑOR

A confiar en tu Palabra

A fiarme de tus indicaciones

A orientarme, sin miedo alguno, en la dirección que me marcas

 

AYÚDAME, SEÑOR

A sentirme aquello que soy: pecador

A ser consciente de lo poco que soy

A ofrecerte lo escaso que tengo

A darme con lo mucho que Tú me das

 

AYÚDAME, SEÑOR

A no resquebrajarme cuando no hay resultados inmediatos

A no desinflarme cuando surgen dificultades

A no dejar de pescar, en terrenos que me parecen indiferentes

 

AYÚDAME, SEÑOR

A juzgarme indigno de ser tu asalariado

A sentirme inmerecido de Alguien tan excepcional como Tú

A considerarme limitado, ante Alguien tan magnánimamente perfecto

 

AYÚDAME, SEÑOR

A deslizarme del “yo” hacia el “nosotros”

A caminar de lo “mío” hacia lo “nuestro”

A pescar, no tanto en aguas tranquilas,

cuanto en aquellas otras que pueden dar, por Ti,

un feliz, soñado y sacrificado fruto.

Amén.


5.- DIOS NOS ENCARGA UNA MISIÓN… A TODOS

Por Ángel Gómez Escorial

1.- No puede entenderse la vida de un cristiano sin el conocimiento y aceptación de una misión. Pero hay muchos cristianos que viven su fe como una herencia o como una exigencia social, de un grupo, sin saber, demasiado, de donde vienen y a donde van. Pero, además, quien propone o encarga directamente esa misión: pues es Cristo, el Señor. Parecen –claro—palabras mayores. Misión y vocación es, casi, una misma cosa. La vocación también viene como un don de Dios, como algo llegado, en su última valoración, de fuera, del exterior, aunque el corazón ya esté preparado para recibirlo.

2.- El mayor conocimiento de nuestra vocación –o su descubrimiento—llega en un momento dado, cuando estamos preparados para ello, cuando, asimismo, el Espíritu Santo ha abierto las ventanas de nuestro corazón para poder recibir al Señor que nos manda por ahí. Habrá mucha gente que, con sinceridad, diga que a él nadie ha llegado, ni le ha dicho nada, fuera de lo que oye en la misa dominical a su párroco, aunque sus palabras a veces se hacen aburridas o ininteligibles. Y que toda esa comunicación exterior y transcendente es baldía, o, al menos, imposible de llegar a ella. Es lógico que se muestren dudas –y hasta temores—ante la aparición de sugestiones que han de surgir de fuera de nuestra realidad corriente.

3.- Para algunos les sonará a fenómeno paranormal o, incluso, a embustes dirigidos a gente sencilla. Y, sin embargo, muchos otros cristianos han sentido la llamada de Dios y el encargo de su misión en un momento dado, y con una claridad que admite pocas dudas. ¿Qué sucede, entonces? Hay que llegar al convencimiento humilde que el Señor elige a quien quiere y cuando quiere. Pero no es una lotería, ni una elección caprichosa o injusta. Dios nos busca a todos. Pero hay que tener los portalones del alma abiertos para recibirle. La abulia, el desinterés, las presiones sociales, la aceptación de injusticias, el pecado de cualquier tipo, la vagancia interior y exterior son causas claras para que el Señor Jesús pase delante de nosotros y no seamos capaces de verle, ni de escucharle.

4.- Pero también existen personas que esperan la llegada de Cristo a sus vidas. Y ejercitan su espera con buena voluntad y con buena disposición. Éstos sentirán un poco de envidia de los apóstoles, de Pedro, especialmente según el relato de Lucas en el evangelio que se ha proclamado hoy. Él, el que sería el primer Papa, recibió el signo de una pesca prodigiosa, de una red tan llena de peces que casi iba a reventar. ¡Así cualquiera!, se dirá alguno de nuestros hermanos que esperan su momento de escuchar a Jesús. Puede ser, pero… Pedro echó otra vez la red al agua, y ello contra todo pronóstico razonable. No había pescado nada a lo largo de la noche, a lo largo de la hora propicia para realizar capturas en el lago de Genesaret. ¿Están seguros, esos que esperan, de no haber recibido una invitación difícil o insólita para hacer algo? ¿E, igualmente, están seguros de haber aceptado sugerencias, en voz baja, para hacer algo importante o aparentemente imposible? ¿O, simplemente, una sugerencia repetida a dejar nuestra vida cómoda o aquel defecto repetido?

5.- Cuando el joven rico se acerca a Jesús y quiere obtener la perfección. El Maestro se lo explica directamente, sin parábolas, sin acertijos, claramente. “Vende todo, dáselo a los pobres y sígueme”. Pero este joven prefirió sus riquezas. Y el epílogo de ese encuentro fue la tristeza para ambos. Jesús sintió no haber convencido a ese muchacho, al que había tomado simpatía desde el principio. Y el joven no fue capaz de aceptar el precio –sin duda alto—que Jesús le había pedido para seguirle. A cada uno nos llega el encargo de la misión de una cierta manera, con un contenido muy especial y con una exigencia precisa, que, en la mayoría de los casos, no será nada fácil, porque la doctrina de Jesús no es fácil, ni cómoda.

6.- La primera lectura del Profeta Isaías nos enseña algo. Y es que, si creemos y sabemos que no estamos preparados para cumplir la misión que Dios nos encarga, Él mismo nos ayudará. Pero tenemos que dejar ayudarnos. Estamos dispuestos a aceptar el encargo de Dios pero hay un temor razonable de que no ser capaces de cumplirlo. El ángel, el serafín, que voló hasta el futuro profeta para purificar sus labios es muestra de esa ayuda. Pedro, atónito y asustado, por el portentoso milagro que acaba de ver, se arrojó a los pies del Señor para reconocer que él no era la persona apropiada, para el encargo que le proponía Jesús y se declara pecador… El Maestro le dice, simplemente, “no temas, yo te haré pescador de hombres”. La debilidad del género humano es evidente. Hombres y mujeres no están a la altura de los encargos que el Señor Dios pide. Pero Él, sí. Cuando elige a alguien ya sabe quién es “desde que estaba en el seno de su madre”. Pero Dios no impone. Dios no obliga. Podemos decirle que no a Dios. Podemos no aceptar su Palabra. Podemos refugiarnos en la molicie y en abulia.

7.- La historia de Pablo de Tarso es muy clara –y tremenda—respecto a la forma que el Señor Jesús tienen de elegir a sus colaboradores. Pasó de perseguidor a perseguido, de heterodoxo del judaísmo a contrario profundo de la ley hebrea. Es obvio que todos, alguna vez, hemos suspirado por caernos del caballo y escuchar la voz de Jesús. Pero tengamos en cuenta varias cosas. En primer lugar no sabemos si Pablo iba a caballo. Y en segundo, el perseguidor Saulo pudo no aceptar esa cercanía del Señor, argumentando que le había derribado un rayo o que, simplemente, era una alucinación producto de una insolación, por ejemplo. Rayo e insolación producen a veces ceguera por, precisamente, el exceso de luz. Y, además, recibió un mensaje de humildad. Tenía que dejarse llevar –también contra todo pronóstico—como un inválido, no como un aguerrido policía político, a Damasco y allí esperar. Podría haberse negado y, mejor o peor, seguir su camino y cumplir la otra misión: la de perseguir a los seguidores de Cristo.

8.- Pablo de Tarso necesitó de muchos años de soledad, convertida poco a poco en enorme formación y preparación, para hacer y decir lo que hizo y lo que dijo. Todavía, nadie, en el ámbito de los cristianos, ha conseguido superar su ciencia cristológica. Su conocimiento profundo de Jesús, conseguido con esfuerzo y trabajo, aunque, sin duda le llegó también con la ayuda del Espíritu Santo, que, de acuerdo con la promesa de Jesús, “nos enseñará todo”… si nos dejamos. Y ahí está esa impresionante Carta a los Corintios en que anuncia y comenta la Resurrección de Jesús con datos y claridad. Pablo abre los caminos para el conocimiento de la doctrina de la resurrección de los muertos que es una de las mayores esperanzas de los cristianos.

9 .- Deberíamos aprovechar este momento, la jornada de hoy y los siguientes días para reflexionar sobre el momento de nuestra fe, de nuestro seguimiento al Señor Jesús y saber si hemos sido capaces de escuchar su voz. Y no olvidemos que tenemos instrumentos para ser capaces de recibir sus mensajes. El bautismo –nos dice el Señor—nos ha hecho profetas, reyes y sacerdotes. Y no es una broma. Desde aquel día muy lejano en que, siendo niños, nos bautizaron en nuestras almas permanece la semilla de tales tres dedicaciones. Y si nos creemos capacitados para ejercer la medicina o la abogacía, o a conducir un automóvil, porque lo dice un título, un diploma, deberíamos aceptar nuestra alta misión espiritual que el bautismo del Señor Jesús nos ha comunicado. Y si tenemos dudas, pues nada, a preguntárselo al mismo Señor Jesús, que sin duda, nos va a responder.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


CONVENCER CON LA SORPRESA

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Reconoceréis conmigo, mis queridos jóvenes lectores, que discutir y discutir es un deporte con el que se divierten muchos, sin ganar ni perder, hay que reconocerlo. Se justifica tal inclinación diciendo que se busca creer, o de convencer a otros de que no hay que creer. Se cae fácilmente e el engaño, se pierde el tiempo y se arrincona la pretendida fe a la buhardilla de lo inservible.

2.- La descripción del profeta Isaías puede resultaros extraña, tal vez estrambótica. Os recordaré que uno de los medios de curación de heridas por mordiscos de animales infectados, de desinfección diríamos hoy, era la cauterización. Someter la desgarradura a un tizón ardiendo o a un hierro caliente al rojo vivo, era práctica brutal en aquel tiempo. A Louis Pasteur le impresionó esta forma de tratar a los mordidos por un perro rabioso y puso su empeño en mejorar el tratamiento, consiguiendo más tarde la vacuna. Pero el sistema continuó usándose. Cauterizar significaba purificar.

3.- La escena se adorna con el cortejo de serafines, los más excelsos “extraterrestres” habitantes del Cielo, según la mente hebrea. Solemne es la visión, aterradora para Isaías, que se siente acobardado y tembloroso espectador. Y lo curioso del caso es que a este hombre víctima de la ansiedad, se le escoge para ser portador de un mensaje. No tiene capacidad para conseguirlo. Dios no se lo reprocha. Dios mismo le proporciona medios. Y él se fía. Tal vez cualquiera de nosotros se sienta igual un día en que la presencia de Dios le resulte más notoria. Y teme. O se apoltrona perezoso. Que cada uno se pregunte cuál es su actitud.

4.- He leído hace poco que los ingenieros israelíes han lanzado un satélite preparado para descubrir los lugares donde las grandes conducciones de agua sufren pérdidas. No sé cuántos metros cúbicos se escapan por grietas o roturas de las conducciones. Y el agua no llega a los hogares donde debiera llegar y se pierde por el camino. Algo semejante, trasportado al terreno espiritual, ocurre con la Gracia. A veces la recibimos y la absorbemos, inutilizándola. San Pablo se reconoce el último, no por carencia de sabiduría, sino por haber sido el postrero de entre los apóstoles que se comunicó con el Señor, amén de haber sido su perseguidor. El acontecimiento camino de Damasco que derribó su cuerpo y abatió su espíritu, lo tiene siempre presente. Por la Gracia recibida llegó a ser lo que se reconoce es en el momento de dirigirse a los cristianos de Corinto, pero esta Gracia no fue inútil. Siguiendo el símil: no fue un molesto e inservible humedal, dirigió el caudal divino hacia otras personas a las que evangelizó. ¿Podemos afirmar nosotros lo mismo?

5.- Si nunca habéis pescado ni siquiera un pececito, mis queridos jóvenes lectores, difícilmente comprenderéis la actitud de Pedro que nos relata el evangelio de la misa del presente domingo. Yo sí me acuerdo muy bien que un día a orillas del Arlanzón, que pasaba frente al instituto donde estudiaba, un compañero de curso estaba pescando. Me intrigó lo que hacía y conseguía. Le pedí utensilios y me dio un trozo de cordel fino, con un alfiler curvado. También una lombriz, así eran aquellos tiempos que conseguir sedal y anzuelo no estaba al alcance de cualquier chico. Al poco picó y saqué una bermeja. No cabía de gozo.

6.- El oficio de leñador tiene su lógica, el de tejedor también. El labrador tiene oficio. El pescador siempre tira la red o la caña al agua, esperando, suponiendo, imaginando, que conseguirá pescar algún pez, siempre arriesga. Pese a la profesionalidad del Apóstol, que no tenía el Maestro, le hace caso, arriesga su prestigio y cala las redes. Sorprender un banco de peces no es ningún milagro, pese a ello Pedro descubre la superioridad del Señor.

7.- Digo y repito que cada vez creo menos en Dios. En Dios me siento sumergido y arropado por su bondad., que me sorprende de continuo. Que me ama a mí y yo le amo a Él. Esto no lo puedo demostrar, pero estoy convencido. Capacidad de asombrarse es lo que les falta a muchos para ser seguidores de Cristo. Ser calculador en las cosas del Reino es mala cosa. Difícilmente el que pretende ser comerciante de apostolados en la Iglesia, es capaz de proseguir sin segundas intenciones. Es en lo que podían caer Pedro, Santiago y Juan, de aquí que lo abandonaran todo para seguirle. La ambición, sea orgullo o envidia, son la carcoma que vicia a tantos que se creen seguir al Maestro. Clérigos y seglares incluidos. De categoría en el enjambre diocesano eclesiástico o de elevada condición social entre la ciudadanía. No peligran tanto los simples soldados rasos o peones en cualquier estamento cristiano.

Recordadlo siempre, mis queridos jóvenes lectores: Jesús no convenció a Pedro, el Señor le asombró.