III Domingo de Pascua
19 de abril de 2015

La homilía de Betania


1.- CREER EN EL TRIUNFO DE CRISTO

Por Antonio García-Moreno

2.- LA FE EN LA RESURRECCIÓN AHUYENTA LOS FANTASMAS

Por Gabriel González del Estal

3.- TESTIGOS

Por José María Martín OSA

4.- NO CUNDA EL DESENCANTO

Por Javier Leoz

5.- LAS APARICIONES PRIMERAS DE JESÚS

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


COMER ES GENUINAMENTE HUMANO

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- CREER EN EL TRIUNFO DE CRISTO

Por Antonio García-Moreno

HAY QUE RECTIFICAR.- "Israelitas, ¿de qué os admiráis?" (Hch 3, 12). Había un motivo más que suficiente para llenarnos de admiración ante el prodigio que narra esta perícopa. Aquel hombre llevaba años y años inválido, como pobre mendigo que pedía en una de las entradas del Templo, postrado en la puerta Hermosa. Y de pronto se le veía ágil, andando gozoso por entre la gente. Sí, se trataba de un hecho admirable para todos. Pero Pedro quiere dejar bien claro que no ha sido él, por su propio poder, el que ha curado a aquel enfermo. Quiere dejar constancia de que en realidad el milagro se ha verificado por el poder de Cristo, ese mismo que ellos habían entregado a Pilato y le habían acusado hasta conseguir la pena de crucifixión para él.

San Pedro es claro y valiente en sus palabras, les acusa de que han rechazado al Santo, al Justo de Dios. "Matasteis al autor de la vida, -les dice-, pero Dios le resucitó de entre los muertos y nosotros somos testigos". Esto era lo que realmente importaba, esa es la razón en definitiva de que haya curado al paralítico. Así mostraba con la evidencia de las obras que, en efecto, Jesús de Nazaret, en cuyo hombre se ha realizado la curación había vuelto a la vida, glorioso y vencedor de la muerte, glorificado para siempre por el Dios de nuestros padres.

La acusación de Pedro es clara y directa, pero al mismo tiempo está suavizada con la excusa, a favor de los judíos, de que hicieron aquello por ignorancia. Y no sólo ellos, sino también las autoridades del pueblo. El primero de los Apóstoles adopta la misma postura de su Maestro en la cruz, desde donde, en medio de sus dolores y sufrimientos, clamaba al Padre y pedía perdón para quienes se burlaban de él y le crucificaban. De esa forma Dios cumplió las profecías de los antiguos profetas, que habían predicho la pasión y muerte de Jesucristo. Esa actitud de comprensión y benevolencia es, por otra parte, un estímulo y una exigencia para que también nosotros nos esforcemos por comprender y perdonar siempre.

Después de esta justificación para sus oyentes, Pedro da el paso definitivo, mediante el cual les exhorta a la conversión y al arrepentimiento, para que así se borren sus pecados. Es decir, no basta con reconocer las propias culpas, ni siquiera basta con llorarlas, ni tampoco es suficiente decir me arrepiento. Es necesario, imprescindible, convertirse, es decir, cambiar de conducta. Rectificar, en definitiva. Son palabras que nos alcanzan a cada uno de nosotros, pues también nosotros, de alguna forma, hemos tenido parte en la crucifixión del Señor que, al fin y al cabo, murió por nuestros pecados.

2.- RENACER A LA ESPERANZA.- Los acontecimientos post-pascuales son el tema de la conversación de los apóstoles y discípulos en aquellos días. Ahora es el relato de los de Emaús lo que les ocupa y sorprende, lo que les alegra y al mismo tiempo les hace titubear. La Resurrección de Jesús era algo tan grande que no les cabía en la cabeza. Tan inaudito y tan fuera de lo común que les desconcierta y los conmueve profundamente. "Mientras hablaban, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: Paz a vosotros". Ellos reaccionaron llenándose de temor, con el miedo de quien cree ver un fantasma. Lo habían visto colgado de la Cruz, exánime y desangrado, con la palidez cérea de la muerte. Y ahora lo contemplan sonriente, lleno de vida y de vigor, con su atractivo personal de siempre, con aquella mirada luminosa y penetrante que acariciada y exigía al mismo tiempo. Tan formidable les parecía, que pensaban que no podía ser verdad tanta dicha.

Jesús les comprende y de nuevo les perdona su dureza de corazón para creerle. Se pliega a sus desconfianzas y recurre a todos los medios posibles para disipar sus dudas y miedos. "Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo". Qué más necesitaban para creer en Jesús Resucitado cuando podían hasta tocarlo, poner como Tomás las manos en sus llagas gloriosas. Sin embargo, no terminaban de convencerse, "no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos". Era demasiado bello todo como para que no fuera más que un sueño... El Señor sigue insistiendo con paciencia y habilidad: "¿Tenéis algo que comer? -les pregunta-. Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos". Para acabar de persuadirles les explica que lo que estaban viendo fue ya predicho por Moisés y por los profetas. "Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén". A partir de entonces la luz de la Pascua comenzó, en efecto, a extenderse hasta los últimos rincones de la tierra, llevando a todos los hombres la paz y el gozo de la más firme esperanza.

Ojalá que el recuerdo vivo de todo esto disipe de una vez nuestras dudas y temores, ojalá creamos firmemente en el triunfo grandioso y definitivo de Cristo, y nada ni nadie nos arranque la paz ni el sosiego, ni la esperanza ni la alegría. Que seamos portadores y transmisores eficaces de la gran noticia, la Buena Nueva, que trae a los hombres la salvación temporal y la eterna.


2.- LA FE EN LA RESURRECCIÓN AHUYENTA LOS FANTASMAS

Por Gabriel González del Estal

1.- Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma. No les fue fácil a los apóstoles creer en la resurrección de Jesús. Ni en el mundo judío de los tiempos de Jesús, ni en el pueblo hebreo en general, se creía en un Mesías que sería vencido y muerto y que después resucitaría. Se creía, eso sí, en un Mesías victorioso que vendría a instaurar el reino de Dios y en el que todos los muertos judíos resucitarían y serían juzgados. Pero esto ocurriría al final de los tiempos, en los tiempos mesiánicos. En el caso de Jesús de Nazaret esto no había ocurrido así y los apóstoles no acababan de entender lo que había ocurrido con su Maestro. Es verdad que el mismo Jesús les había insinuado varias veces, durante su vida mortal, que él tenía que morir y que después resucitaría, pero los apóstoles no habían entendido cómo podría ser esto. Por eso, cuando Jesús muere se quedan tan desconcertados y cuando ven ahora a Jesús que se presenta en medio de ellos se asustan y creen ver un fantasma. Sólo cuando ven con sus propios ojos que Jesús ha resucitado y está vivo dejan de tener miedo y se llenan de valor y de fe. La fe en la resurrección del Maestro cambia por completo la vida de los apóstoles. Los que antes eran miedosos y apocados se convierten ahora en audaces predicadores, hasta ser capaces de entregar su vida en defensa de su fe. Este es el ejemplo que nosotros debemos seguir hoy, en la defensa de nuestra fe cristiana. Sin fe en la resurrección, todo el edificio cristiano se derrumba y no es posible encontrar un punto de luz seguro que nos guíe en nuestro caminar hacia Dios, nuestro Padre. Sin fe en la resurrección, todo son dudas y fantasmas; sólo una auténtica fe en la resurrección puede ahuyentar los fantasmas de la duda y de nuestras incertidumbres religiosas.

2.- Matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos. La fe en la resurrección ha operado en Pedro un cambio total: no sólo cree él en la resurrección de Jesús, sino que lo predica, lleno de valor, a todo el pueblo judío. Lo que Pedro busca ahora es ganarse la confianza de los judíos, para que también ellos se conviertan y crean. Sabe, por propia experiencia, lo que es negar a Jesús, pero también sabe lo que es arrepentirse de su pecado y convertirse al Señor. Esto es lo que quiere ahora que hagan todos los que le escuchan y para conseguir esto trabaja y trabajará durante toda su vida, hasta el mismo momento de su muerte. Esta es también la misión de los cristianos de ahora y de siempre: buscar la conversión de los que no creen en Jesús. Debemos hacerlo con convicción y con firmeza, pero, al mismo tiempo, con amabilidad y cercanía. Sabiendo que siempre la gracia de Dios es más fuerte y más eficaz que nuestras torpes palabras.

3.- Quien dice: “yo le conozco” y no guarda sus mandamientos es un mentiroso y la verdad no está en él. San Juan lo tiene muy claro: las palabras que no se traducen en obras, son palabras estériles. Decir que amamos a Dios y no intentar cumplir la voluntad de Dios es decir una mentira. El mandamiento de Cristo es el amor a Dios y al prójimo: “en esto conocerán que sois mis discípulos, en que os amáis los unos a los otros”. Los cristianos debemos ser testigos del amor de Dios, antes que predicadores. La gente nos creerá si ven que nosotros somos los primeros en practicar lo que predicamos. Predicar a los demás el amor, la humildad, la pobreza evangélica, la justicia, la paz… y comportarnos de manera distinta a lo que predicamos, es la mejor manera de desprestigiar la fe en la que decimos creer. Cada uno de nosotros, y nuestra Iglesia en general, deberá tener esto siempre en cuenta: ser nosotros los primeros en cumplir lo que predicamos. Lo contrario será como escribir en el agua.


3.- TESTIGOS

Por José María Martín OSA

1.- Pedro acaba de curar al paralítico que estaba pidiendo limosna a la entrada del Templo. A continuación dirige unas palabras a los que han presenciado este hecho. La fe en Jesús resucitado tiene que ser testimoniada siempre con los hechos y, cuando sea oportuno, con la palabra. El signo y la palabra van siempre inseparablemente unidos en la actividad misionera de los apóstoles. El milagro ha sido realizado porque el enfermo tenía fe en el "nombre de Jesús". La fe es una condición indispensable para gozar de la vida en plenitud. Pedro da testimonio de que Dios no es un Dios lejano; es un Dios familiar, cercano: "el Dios de nuestros padres". A la salida del pueblo de Egipto se corresponde ahora la salida de Jesús de la muerte. Al pueblo lo liberó Dios; a Jesús lo resucita Dios. Pedro dice que el justo que ellos mataron, el autor de la vida, Dios lo resucitó. Comprende que ha sido por ignorancia, pero la ignorancia también es culpable cuando es vencible, por eso les anima a arrepentirse y convertirse para que se borren sus pecados. Es importante la conclusión a la que Pedro invita: cambio de mentalidad y de actuación como condición imprescindible para superar los condicionamientos injustos y las decisiones arbitrarias. Dios borra los pecados lo mismo que se borra una deuda. Dios perdona y no tiene en cuenta los pecados de aquellos que creen en Jesucristo.

2.- Tener experiencia de Jesucristo resucitado. El evangelio de San Lucas de este domingo es la continuación de la aparición a los discípulos de Emaús. Ellos le reconocieron y volvieron a Jerusalén a contárselo a todos. Reconocieron que "era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón". Pedro fue de los primeros en reconocer al Señor resucitado después de las mujeres que fueron al sepulcro. No basta con que alguien hable de la resurrección, sino que es necesario tener experiencia del resucitado. Esta experiencia es personal e intransferible, poco a poco la van teniendo los discípulos. Cuando recibieron a los dos de Emaús estaban comentando lo que les había sucedido por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. Pero ahora Jesús toma de nuevo la iniciativa y se hace presente en medio de los discípulos. La insistencia en que le palpen las manos y los pies es porque quiere demostrarles que Él es el mismo que murió en la cruz. Muerte y resurrección van unidas. Se cumplen así las Escrituras: el Mesías padecerá, pero resucitará al tercer día. Lo del tercer día es porque para los judíos uno no estaba definitivamente muerto hasta que pasaban tres días del óbito. Así se aseguraban totalmente de que no enterraban a un ser vivo. Sólo entonces procedían a encerrarle definitivamente en el sepulcro.

3.- Seamos testigos de Jesucristo resucitado. Jesús les pide a los discípulos, también a nosotros, que sean testigos de la resurrección, que anuncien la conversión y el perdón de los pecados, comenzando por Jerusalén. Testigo es aquél que no sólo ha visto o ha oído, sino que sobre todo ha experimentado algo que ha transformado su vida. Entonces no le queda más remedio que comunicarlo a todos. Podemos preguntarnos: ¿Cómo puedo ser testigo aquí y ahora de la experiencia de Cristo resucitado? En nuestro tiempo se necesitan testigos antes que maestros. La experiencia de fe no se transmite de memoria o por lo que hemos aprendido en los libros, sólo nuestro testimonio será creíble si lo que decimos lo hemos experimentado antes en nuestra vida. Es un mandato del Señor resucitado dar testimonio de nuestra fe.


4.- NO CUNDA EL DESENCANTO

Por Javier Leoz

1.- Como los de Emaús, cierta parte de nuestra sociedad, se encuentra agobiada y hastiada. Hay muchas esperanzas, sobre todo las superficiales, que hicieron aguas. Y, esa decepción, se ha convertido en duda sistemática de todo y sobre todo.

Los discípulos de Emaús estaban un poco de aquella manera; se encontraban desconcertados y cabizbajos. Vuelven desazonados y sin muchas perspectivas de una experiencia idílica con Jesús hacia una “nada” que les hace sentir su fragilidad, orfandad y desesperanza.

2. ¿Dónde está el Señor? ¿Ya le dejamos avanzar y transitar a nuestro lado? ¿No estaremos dibujando un mundo a nuestra medida sin trazo alguno de su resurrección? ¿Se dirige nuestro mundo hacia un bienestar permanente y duradero o sólo a corto plazo? Son interrogantes que surgen constantemente como fruto de la desazón de los discípulos del Emaús de nuestros días: regresamos decepcionados de muchos panoramas que se nos presentan en nuestra vida corriente como fantásticos…y resultan que eran ruinosos.

3. Necesitamos volver hacia el encuentro con el Señor. No para que nos resuelva de un plumazo nuestras peticiones o inquietudes. En principio es necesario regresar de la desesperanza. Cristo salió fiador por nosotros, por nuestra salvación, por nuestra felicidad eterna y seguimos huyendo cabizbajos concluyendo que, el Señor, se ha desentendido de nosotros. Que, el Señor, tal vez murió y nunca resucitó. ¿Tal vez somos esos murciélagos habituados a la oscuridad –como señalaba recientemente el Papa Francisco- huyendo de la luz?

Que seamos capaces de reconocer al Señor allá donde nos encontremos. No esperemos signos extraordinarios. Nada y todo nos habla de Dios. Todo y nada nos muestra al Señor. No es juego de palabras y sí pura verdad: sólo quien vive con la percepción de que el Señor nos acompaña es capaza de vivirlo intensamente.

¡Feliz Pascua! ¡Estamos en Pascua!

4.- QUÉDATE, SEÑOR, NO PASES DE LARGO

Que, si ahora todo es luz,

sin ti y cuando te vayas, volverá a ser oscuridad

Que, si ahora veo tu grandeza,

sin Ti y cuando te vayas, sólo tocaré mi pobreza

 

QUÉDATE, SEÑOR, NO PASES DE LARGO

Porque, mis dudas con tu Palabra,

se convierten en seguras respuestas

Porque, mi camino huidizo y pesaroso

se transforma en un sendero de esperanza

en un grito a tu presencia real y resucitada

 

QUÉDATE, SEÑOR, NO PASES DE LARGO

Que, contigo y por Ti,

merece la pena aguardar y esperar

Que, contigo y por Ti,

no hay gran cruz sino fuerza para hacerle frente

Que, contigo y por Ti,

la sonrisa vuelve a mi rostro

y el corazón recuperar su vivo palpitar

 

QUÉDATE, SEÑOR, NO PASES DE LARGO

Porque, contigo, mi camino es esperanza

Porque, contigo, amanece la ilusión

Porque, contigo, siento al cielo más cerca

Porque, contigo, veo a más hermanos

y siento que tengo menos enemigos

Porque, contigo, desaparece el desencanto

y brota la firme fe de quien sabe que Tú, Señor,

eres principio y final de todo.

Amén.


5.- LAS APARICIONES PRIMERAS DE JESÚS

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Se llama a este domingo tercero de Pascua el de las apariciones. Y es que en los tres ciclos –A, B, y C—se narran las apariciones primeras de Jesús poco después de la Resurrección. En el texto de Lucas que se ha proclamado hoy es como un resumen de esas apariciones al hacer referencia, primero, al episodio de los que caminaban hacia Emaús y luego describir su presencia en medio de los discípulos en el cenáculo. Hay en todos los relatos características comunes de ese nuevo aspecto físico de Jesús: no se le conoce en el primer momento. O, como dice el texto de Lucas de hoy, su aspecto produce inquietud o alarma. Incluso, el mismo Jesús resucitado reprocha a los discípulos que tengan esas dudas interiores. Y al pedirles de comer –y comerse el pescado asado—pues demostraba que no era un fantasma, ni siquiera un “espíritu puro”: lo contrario de un cuerpo humano, según algunos. Ya en días anteriores hemos hablado bastante sobre el aspecto del cuerpo glorificado de Jesús.

2.- Era, sin duda, diferente pero era un cuerpo. La catequesis que surge de estas apariciones reside en afirmar la condición corpórea de Jesús, nunca sólo en espíritu, y que ello pudiera servir para negar, ni por un segundo, la realidad humana fehaciente del Señor Jesús. No debemos olvidar que las primeras herejías –algunas muy tempranas—querían negar la humanidad total de Cristo al admitir su condición divina. Y si, finalmente, Jesús se hubiera aparecido como espíritu, pues la resurrección gloriosa de su cuerpo y alma no se hubiera producido. Por eso, dichas advertencias tenían un recorrido más largo que el propio ámbito del cenáculo y correspondiente a los discípulos de primera hora. Están hechas para todos los que iban a llegar a después. La historia ha demostrado que la condición de Cristo como hombre total y Dios verdadero iba a traer muchas dificultades a lo largo de la historia. Los primeros fueron los gnósticos que llevados de una sublimación del espíritu consideraban la materia como impura y, por tanto, un cuerpo humano no podía formar parte de una realidad divina.

3.- Hoy existe una tendencia a suponer que Jesús de Nazaret fue un hombre maravilloso, único en la Historia, pero que no fue Dios. Es parecido a lo anterior, pues es una forma de limitar la auténtica naturaleza nuestro Señor. Conviene señalar ahora que toda la Escritura, hasta en sus más nimios detalles, ofrece una realidad profética y de revelación de la verdad. Por eso hemos de leerla con esperanza de que nos vaya a dar respuesta a muchas de nuestras dudas. La Escritura siempre debe estar siempre a nuestro lado y no debemos hurtar ni un minuto a su necesario estudio y contemplación. No es un camino en soledad, porque los cristianos, según nos enseñó Jesús en el Padrenuestro rezamos unidos. Ese “nuestro” es buena prueba de ello.

4.- Otro aspecto que debemos tener cuenta dentro de la enseñanza del cenáculo que Jesús da a sus amigos –y que también se lo expresó a los discípulos de Emaús—es la “necesidad” de que el Mesías tenía que padecer. Y es que todavía a los testigos presenciales de la tragedia del Gólgota se les hacía duro creer en ello y puede que la nueva presencia pujante y gloriosa de Jesús tendiera a hacer olvidar lo anterior. Por eso Jesús insiste en lo que ya había dicho muchas veces antes y que se cumplió: que iba a padecer, morir y resucitar. Hemos de comprender lo difícil, desde el punto de vista humano, de los días posteriores a la Resurrección para los apóstoles y resto de los discípulos.

5.- No tenemos más que ponernos en su lugar e imaginar algo similar en nuestras vidas. Y todo ello en poco más de una semana. Tiene sentido por ello la permanencia de Jesús durante un buen número de días antes de la Ascensión. La catequesis “definitiva” llegaba entonces y no exenta de dificultades. Parece que el prodigio de la Resurrección de Jesús no fue suficiente para “convertir” a los discípulos. Tuvo que llegar el Espíritu Santo para que la más prodigiosa aventura humana en el terreno de la enseñanza de una doctrina comenzara. Por todo ello no nos debe extrañar esa minuciosidad del Resucitado en sus enseñanzas. El domingo pasado escuchamos la historia de Tomás y el Señor lanzaba un mensaje importante: “bienaventurados los que han creído y no han visto”, que era una gran lección para todos esos testigos presenciales que continuaban renuentes a aceptar todo lo que estaba ocurriendo.

6.- La cronología en la liturgia de estos domingos pega un salto cuando nos presenta los textos de los Hechos de los Apóstoles. Narran los primeros momentos de la vida de la Iglesia en Jerusalén. Ya se había producido la Ascensión y Pentecostés. Y la doctrina de la Iglesia en torno a la salvación, a la encarnación y a la resurrección es expuesta por Pedro ante el pueblo de Jerusalén –y sus autoridades—con unos argumentos idénticos a los que la Iglesia ha ido ofreciendo desde entonces hasta ahora. Ya había nacido la Iglesia e iniciaba su andadura. Ciertamente, no ocurría así en los primeros días tras la Resurrección. Está claro que esa “última catequesis” y el influjo del Espíritu Santo fueron los pilares inmediatos desde donde se comenzó a construir el edificio eclesial.

7.- Muchos años después, el apóstol Juan escribía sobre Jesús como víctima y como altar, como ofrenda maravillosa, para el perdón de los pecados de todos. De aquellos de esa época y de nosotros y de los que están por venir. Y es que los seguidores de Jesús de Nazaret hemos ido comprendiendo, poco a poco, lo importante y sublime de su misión. Por eso es bueno que le dediquemos nuestro tiempo a la contemplación del contenido de las Escrituras. Y hacerlo comunitariamente e individualmente con nuestro rezo puesto en las manos del Espíritu Santo. No podemos –y eso parece más que obvio—que la Escritura solo resuene en nuestros oídos cuando acudimos los domingos a la Eucaristía. Hemos de tener presente, sobre todo, esa capacidad de Jesús como maestro que está tan vivamente expresada en los Evangelios. No dejemos ni un día, en la quietud de nuestra habituación, de escuchar como Jesús nos habla a través de los evangelistas. Tomemos hoy mismo el propósito de hacerlo.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


COMER ES GENUINAMENTE HUMANO

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Después del simpático episodio del encuentro del Señor con aquellos discípulos que decepcionados, huían de Jerusalén, camino de Emaús, que nos cuenta Lucas, la narración continúa diciéndonos que presurosos ellos, volvieron a la capital para encontrarse con los demás. La Fe cristiana es comunión con Dios y con los hermanos y la comunión se expresa sensorialmente mediante la comunicación. Los hombres, cada hombre, cada cristiano, no es una isla incomunicada, protegida y solitaria. Los dos caminantes no quieren quedarse el gozo de su experiencia para sí y los suyos exclusivamente. Los de Emaús son, pues, los primeros misioneros de entre los seguidores del Maestro. María, la de Mágdala, la apóstol de los apóstoles, no lo olvidéis, mis queridos jóvenes lectores. Y que lo dicho no se entienda en el sentido de quiera yo desacreditar a Pedro o a Juan, se trata sólo de poner los puntos sobre las ies.

2.- Por el contexto, debemos suponer que el minúsculo grupito de los apóstoles, se alojaría en casa de la madre de Juan-Marcos (Hechos 12,12). Hoy en día, en un rincón de entre las callejuelas de la Ciudad Vieja, una comunidad cristiana de sirios ortodoxos, ocupan lo que creen fue esta casa, de la que os estoy hablando. Viven y rezan, los que ahora están, en lengua siria, la más parecida al arameo que hablaba Jesús. A la mansión le falta la grandiosidad del Cenáculo que sirvió, seguramente, para la Santa Cena y la solemne efusión del Espíritu en Pentecostés, pero no carece de importancia.

3.- Un ámbito pequeño no es obstáculo, más bien ventaja, para encuentros y confidencias. Allí, o donde fuera, estaban refugiados y ya un poco animados por las primeras experiencias pascuales. Llegan ellos, seguramente su corazón latiría a cien por hora, como se dice vulgarmente, entusiasmados, no están reprimidos ni unos, ni otros Mientras comparten sus vivencias, aparece Jesús. Su presencia les asombra, todavía les queda alguna duda. La Fe siempre implica riesgo, no lo olvidéis, también esto era válido para ellos, como lo es para nosotros.

4.- Ya os decía la semana pasada que, pese a que acudimos tantas veces a los sentidos para cerciorarnos de algo, pueden, no obstante, conducirnos a situaciones equívocas. Ahora bien, el Maestro se adapta a su mentalidad. Les enseña las cicatrices de su ejecución, pruebas que no serían agradables a la vista, pero muy certeras, de que era Él. Aun así continúan dudando y Él lo sabe y no se enoja, lo mismo ocurrirá con nuestra vacilante actitud de tantas veces. Sin disgustarse, cambia de tercio.

5.- Comer, y según qué y de qué manera, es prueba que demuestra la identidad de algo o alguien a quien estamos observando. Los fantasmas, si existieran, no comerían, de eso estamos todos muy seguros. De acuerdo con la manera de ser de aquellos compañeros de aventuras galileas, les pide algo de comer y ellos le dan una cosa muy típica de sus tierras: pescado a la brasa. Acordaos que cerca de Cafarnaún, donde centró su apostolado el Maestro, existían factorías de salazón de pescado que lo elaboraban con tanto éxito, que conseguían exportarlo hasta la misma Roma. El pez semejaría a nuestros arenques, o al bacalao, pero asado. Algunos manuscritos han trasmitido también que le dieron miel, cosa nada extraña dentro de las costumbres de aquellas gentes.

6.- Come Él y se convencen. Ahora somos nosotros los que interrogaremos ¿es posible que un resucitado se alimente? Nuestra Fe nos promete una resurrección individual. Pero no una resucitación o que vayamos a revivir perpetuamente. San Pablo ilumina un poco el enigma subsiguiente. Os recomiendo que leáis I Cor 12, 52 y 15,44. Pese a que, evidentemente, un resucitado no necesite alimentarse, hacerlo convence al grupo de aquellos que, en su etapa histórica, le habían visto y acompañado tantas veces en tal menester. Y a nosotros también nos convencería, seamos sinceros. A partir de esta experiencia, Jesús pasa a enseñarles. Serle fiel no supone saber de memoria textos o frases. Él quiere que seamos amigos suyos, ya que lo que ha recibido del Padre, nos lo ha comunicado (Jn 15,15). Meditad bien esto último

7.- Ahora os propongo, mis queridos jóvenes lectores, que para evocarlo alegremente y retenerlo mejor, os reunáis algún día en alguna ermita, por ejemplo, como lo hacemos nosotros. Sí, primero celebramos misa, lo más importante y después, alegremente, almorzamos “comida de resucitado” es decir pescado a la plancha, que nos sabe a gloria. (Os confieso que para complementar este alimento, cada uno trae otras viandas que ofrece a los demás). Inolvidable esta experiencia, os lo aseguro.