XIV Domingo del Tiempo Ordinario
5 de julio de 2015

 

La homilía de Betania


1.- JESÚS VUELVE A NAZARET…

Por Antonio García-Moreno

2.- ¿SIGNIFICAMOS ALGO PARA NUESTRO MUNDO?

Por José María Martín OSA

3.- LA SABIDURÍA Y LA FUERZA DEL CORAZÓN DE JESÚS

Por Gabriel González del Estal

5.- ¿PIERDE O GANA NUESTRA FE?

Por Javier Leoz

5.- BUSQUEMOS LOS PROFETAS EN NUESTRA TIERRA

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


FALTAN PROFETAS

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- JESÚS VUELVE A NAZARET…

Por Antonio García-Moreno

1.- LA FUERZA DE DIOS. "En aquellos días el espíritu entró en mí, me puso en pie y oí que me decía..." (Ez 2, 2). El profeta nos cuenta el primer encuentro con Dios. Estaba viviendo en el exilio, entre los deportados que estaban junto al río Quebar. Allí fue arrebatado en éxtasis: Miraba yo y veía un viento huracanado de la parte del Norte, una gran nube con resplandores en torno, un fuego que despedía relámpagos, y en su centro como el fulgor del electro, en el centro del fuego. Y de pronto una fuerza interior le impulsa a ponerse de pie. Es algo que le domina, que le puede. Y se pone de pie, o lo que es lo mismo se dispone a marchar, a emprender el camino. Esa es la actitud que el profeta ha de tener ante la llamada de Dios. Una actitud de dinamismo, de lucha, de caminante, de peregrino, de soldado.

Cierto que ordinariamente la gracia de Dios se reducirá a menudo a una suave atracción que nos nace de pronto muy dentro. Pero tu respuesta ha de ser la misma: Ponerte de pie, disponerte a caminar por el itinerario que Dios te va a marcar. Alzarte en pie de guerra, con espíritu de lucha, con ánimo de guerrero. Preparado para combatir cuantos enemigos se interfieran a tu paso. Consciente de que el primer enemigo eres tú mismo, cuando eres comodón, egoísta, soberbio, ambicioso. Has de luchar esas malas inclinaciones interiores que a veces te dominan. Decídete, Dios pasa, ponte en pie.

"Ellos, te hagan caso o no te hagan caso (pues son un pueblo rebelde), sabrán que hubo un profeta en medio de ellos" (Ez 2,5). A lo largo de toda la Historia de los hombres, Dios ha enviado a sus mensajeros, sus profetas, los hombres que hablan en su nombre, sus pregoneros, sus portavoces. De un modo o de otro, también hoy nos llega el eco de sus voces, el contenido de su mensaje.

Lo contrario sería injusto por parte de Dios. Es como si se cerrara en un profundo silencio, ausente de nuestras vidas, desinteresado por nuestros problemas, indiferente ante nuestra salvación. No, Dios no se ha callado. Dios sigue enviando a sus profetas. Son los que siguen cogiendo la antorcha que un día Cristo entregara a los suyos... El que a vosotros os recibe, a mí me recibe -había dicho Jesús. Y también: Como el Padre me envió, así os envío yo a vosotros.

Pero este pueblo es rebelde y no quiere hacer caso. Es cierto que habrá quienes oigan el mensaje de Dios y lo vivan. Esos se salvarán, serán felices aquí en la tierra y allá en el Cielo. Los otros no. Los que no oyen la palabra de Dios, o los que la oyen y no la ponen en práctica, esos serán unos desgraciados. Aquí en la vida y después en la muerte. Y no podrán excusarse, no podrán decir que no hubo profetas en su tiempo.

2.- EL HIJO DEL CARPINTERO.- "Y desconfiaban de Él..." (Mc 6, 3) Jesús vuelve a Nazaret, su tierra, no por haber nacido en ella, sino por haber vivido allí después de volver de Egipto. Rincón risueño y escondido de Galilea, escenario y marco de su vida oculta, ejemplar y estímulo para nuestra propia existencia, hecha también de pequeños deberes, de un trabajo sencillo quizá, pero ocasión única para ofrecer al Señor con delicadeza y cariño esos retazos de vida, que se nos van quedando al borde de nuestra actividad de cada día.

Jesús, como judío piadoso y cumplidor que era, acude a la sinagoga el día del sábado que según la ley mosaica era sagrado. La Iglesia, desde el principio de su historia, sustituyó el sábado por el primer día de la semana, que comenzó a llamarse domingo, precisamente por ser el día del Señor, Dominus en latín. Con su conducta Jesús nos da ejemplo para que también nosotros santifiquemos ese día dedicado a Dios y no el que a cada uno le parezca oportuno.

Jesús asiste al rito de la sinagoga y comienza a hablar, haciendo uso del derecho a intervenir que tenía cualquiera de los asistentes. Sus palabras trascienden sabiduría, fuerza y luz para quienes le escuchan con buenas disposiciones. En cambio, para quienes oyen con espíritu crítico, esas mismas palabras provocaron la desconfianza y hasta el escándalo. ¿De dónde saca todo eso? ¿No es éste el hijo del carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón?

Lo primero que hay que aclarar es que estos hermanos que se nombran aquí, así como en otros pasajes evangélicos, no se pueden entender como hermanos propiamente dichos. María, en efecto, sólo tuvo un hijo, y éste por obra y gracia del Espíritu Santo. Es decir, Santa María fue siempre virgen. Según el modo de hablar de los semitas se llamaban hermanos también a los parientes más o menos cercanos, como podían ser los primos.

Por otra parte, el rechazo de los habitantes de Nazaret nos ha de poner en guardia, para no dejarnos llevar del espíritu crítico cuando escuchamos a quien nos habla en nombre de Dios. Detrás de las apariencias de la palabra humana hay que descubrir el brillo de la palabra divina. Ojalá podamos decir con Santa Teresa que jamás escuchamos un sermón sin sacar provecho para nuestra alma.


2.- ¿SIGNIFICAMOS ALGO PARA NUESTRO MUNDO?

Por José María Martín OSA

1.- Hacen falta profetas auténticos. Ezequiel es investido de una gran responsabilidad: predicar la palabra de Dios a un pueblo de dura cerviz que no quiere escucharla. La experiencia de la presencia de Dios fue para Ezequiel tan fuerte que cae en tierra, pero el espíritu lo levanta y lo mantiene en pie. El hombre recupera su verticalidad con la fuerza de Dios que lo lanza a la acción. Ezequiel, cuyo nombre significa "Dios es fuerte", va a necesitar toda esa fortaleza divina para cumplir su difícil misión. Pero antes necesita recibir el mensaje, digerirlo, asimilar todas las palabras que Dios quiere decir a su pueblo: Dios le ofrece un libro en el que están escritas, y Ezequiel lo come. Si nos alimentáramos nosotros de la palabra de Dios el mundo sabría que hay hombres que no se doblegan y que aún viven los profetas. El Señor sabe que no es fácil la misión que encomienda a su profeta. Por eso le desengaña claramente de cualquier ilusión sobre futuros éxitos. Pues el pueblo al que va a ser enviado es un pueblo de cabeza dura y rebelde, su historia es una cadena de falsedades e infidelidades al pacto con el que está unido a Yahvé. Sin embargo, estamos acostumbrados a creer que un profeta es alguien que adivina el futuro. No es fácil la labor del profeta, pues muchas veces es incomprendido y perseguido. Los falsos profetas se dejan alagar por el éxito o el poder. Son aquellos que dicen a los poderosos lo que quieren oír. El verdadero profeta es aquél que dice palabras que escuecen, no busca la fama ni el éxito, ni los honores, sino sólo quiere ser fiel a la palabra que ha recibido de Dios. Profeta es el que denuncia la injusticia y el pecado, es el que anuncia la buena noticia. Dios presta su apoyo a Ezequiel y le dice que no se desanime, pues al final se cumplirán sus palabras. Ezequiel es el profeta de la esperanza. Todos reconocerán que “hubo un profeta en medio de ellos”. Sin embargo, el éxito de la misión no es asunto del profeta y no debe preocuparle. Además, Dios le garantiza que todos tendrán que oírlo y, hagan o no hagan caso, todo el mundo sabrá que hay un profeta. Nadie puede reducir al silencio la palabra de Dios.

2.- Nadie es profeta en su tierra. La extrañeza y el posterior rechazo de sus paisanos basándose en el origen humilde y conocido de Jesús tiene diversos acentos según el evangelista que lo narra. La reacción que presenta Marcos tiene un cierto tono de insulto. Le piden que haga en su pueblo los milagros realizados en otros lugares. El milagro se encuentra principalmente en la interpretación de un hecho como acción salvadora de Dios. Sin la fe de los testigos de una curación no puede haber milagro. En este caso, los actos de Jesús no fueron leídos desde una óptica de fe, y el milagro no fue posible. Jesús comentó amargamente: “Un profeta sólo en su patria, entre sus parientes y en su casa carece de prestigio”. Esta frase se ha convertido en proverbial: nadie es profeta en su tierra. Pero esto es sólo una curiosidad. El pasaje evangélico nos lanza también una advertencia implícita que podemos resumir así: ¡atentos a no cometer el mismo error que cometieron los nazarenos! En cierto sentido, Jesús vuelve a su patria cada vez que su Evangelio es anunciado en los países que fueron, en un tiempo, la cuna del cristianismo. El episodio del Evangelio nos enseña algo importante. Jesús nos deja libres; propone, no impone sus dones. Aquel día, ante el rechazo de sus paisanos, Jesús no se abandonó a amenazas e invectivas. Dios tiene mucho más respeto de nuestra libertad que la que tenemos nosotros mismos, los unos de la de los otros. Esto crea una gran responsabilidad. San Agustín decía: “Tengo miedo de Jesús que pasa”. Podría, en efecto, pasar sin que me percate, pasar sin que yo esté dispuesto a acogerle.

3.- Somos profetas. Hemos sido consagrados como tales en nuestro Bautismo. Ser profeta es anunciar la Palabra de Dios. Hoy hacen falta profetas que testimonien con su vida la verdad del Evangelio. Parece que hay un déficit de profetismo en nuestra Iglesia. ¿Dónde están los profetas?, es la pregunta que se hacía el cantautor Ricardo Cantalapiedra y la que tenemos que hacernos todos nosotros. El Papa Francisco es uno de ellos ¿Hoy nosotros qué hacemos con Jesús, con su mensaje, y con su testamento de amor?

3.- Jesús sigue siendo admirado por muchos. Jesús sigue siendo predicado en miles de iglesias. Jesús sigue siendo invocado por muchos y está en la boca de muchos hombres y mujeres, ¿pero en cuántos corazones está vivo? ¿Cuántos creen en Él? ¿Cuántos aman, sirven y viven como Él? Muchos piden el bautismo de Jesús, pocos lo piden para nacer al hombre nuevo que es Jesús. No basta admirar a Jesús, hay que creer en Él. Creer es seguirle y seguirle es transformarse en Jesús. Los paisanos de Jesús le rechazaron porque conocían muy bien a sus parientes…Nosotros rechazamos a la iglesia de Jesús porque conocemos muy bien sus pecados… Hemos de recuperar nuestro sentido profético, necesitamos personas que vayan abriendo camino y que nos den fuerza para caminar. No admires, cree. No critiques, edifica. No busques, ama. Así significaremos algo para nuestro mundo.


3.- LA SABIDURÍA Y LA FUERZA DEL CORAZÓN DE JESÚS

Por Gabriel González del Estal

1. ¿De dónde saca este todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? Jesús sacaba su sabiduría y su fuerza de su corazón manso, humilde y compasivo. No era hijo de noble cuna, sus padres eran humildes y pobres, no tenía títulos nobiliarios, no pertenecía a la casta de los sacerdotes, o escribas, o letrados de Israel. Pero tenía un corazón grande como el mundo, divino como Dios, compasivo como el de una madre tierna y solícita. Sí, Jesús sacaba todo de su corazón, no actuaba para agradar mundanamente a nadie, ni para demostrar nada a los demás, ni para cumplir normas de ninguna clase; actuaba misericordiosamente porque se lo pedía su corazón misericordioso, se compadecía de las personas enfermas, o marginadas, o pecadoras, porque su corazón no soportaba tanto dolor injusto y tanta injusticia como veía en el mundo que le rodeaba. Así debemos actuar siempre los discípulos de Jesús, los cristianos, los que desde niños fuimos bautizados en su nombre. Si no lo hacemos así, podremos ser muy buenos en muchas cosas, sabios en muchas materias, famosos y reconocidos en el mundo, pero no seremos buenos cristianos y Dios Padre no podrá reconocernos como hijos suyos, como auténticos seguidores de su Hijo Jesús.

2.- No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa. Es triste, pero más de una vez se cumple lo que el mismo Jesús les dice a sus discípulos: “los enemigos del hombre son los de su propia casa” (Mt 36). Se ve que así pasaba ya en tiempos de Jesús y así ha ocurrido, a veces y desgraciadamente, siempre. Porque la envidia nos hace vivir comparándonos continuamente con los demás y, naturalmente, a los primeros que vemos y con los primeros que nos comparamos es con los que viven con nosotros. Así ocurrió ya con los primeros hijos de Eva, con Caín y con Abel. Así le pasó a Jesús con los de su propio pueblo, Pero el que esto haya sido, en parte, siempre así, no quiere decir que deba ser así. Debemos ser humildes y generosos con todos, comenzando los de nuestra propia casa. Un corazón humilde y generoso tenderá siempre a alabar lo bueno que ve a su alrededor y no se sentirá ofendido, sino todo lo contrario, por lo bueno que ve en los que viven con él o junto a él.

3.- Hijo de Adán, te envío para que digas a los israelitas: “esto dice el Señor”. Ellos, te hagan caso o no te hagan caso, pues son un pueblo rebelde, sabrán que hubo un profeta en medio de ellos. También el profeta Ezequiel, como Jesús, tuvo que ejercer su profesión de profeta en medio de un pueblo, el suyo, poco dispuesto a escuchar a los profetas. En este caso se trataba de un pueblo que vivía en el destierro, en Babilonia, y que no veía que su Dios les ayudara demasiado a solucionar sus problemas sociales y políticos. En fin, que el profeta Ezequiel puede ayudar a los predicadores de hoy a predicar sin desanimarse, a pesar de la indiferencia, cuando no hostilidad, que encuentran a su alrededor. Tampoco los profetas cristianos de hoy lo tienen fácil, pero esto no debe ser motivo de desánimo, sino todo lo contrario: predicar con convicción y fuerza el evangelio de Jesús en la sociedad en la que vivimos, sin desanimarse por el poco éxito de la predicación. La verdad del evangelio siempre debe estar por encima de las pequeñas verdades sociales y políticas que parecen dominar ahora en nuestra sociedad actual.

4.- Te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la debilidad. San Pablo habla por propia experiencia, porque sus propias debilidades físicas no le permiten actuar con toda la fuerza e intensidad que quisiera. Además, la sociedad a la que predica le pone dificultades continuas y le persigue con saña. Pero Pablo no sólo no se acobarda ante las dificultades y el peligro, sino que se crece ante las dificultades. Y todo lo hace por Cristo y con Cristo, dejando que sea el mismo Cristo el que actúe en él y por él. Es lo que tenemos que hacer los cristianos de todos los tiempos: no creernos nosotros los protagonistas del evangelio, sino dejar que sea Dios el que actúe en nosotros y a través de nosotros. El buen predicador no busca nunca su propia gloria, sino la gloria de Dios en todo lo que hace y dice. Esto es lo que quiere decirnos san Pablo, en esta carta, cuando afirma: “cuando soy débil, entonces soy fuerte”.


5.- ¿PIERDE O GANA NUESTRA FE?

Por Javier Leoz

1.- Hasta no hace mucho tiempo, en España (al igual que en otros tantos países) pensábamos que por el hecho de poseer el carnet de conducir ya lo éramos indefinidamente para siempre y que, como mucho, una extralimitación o imprudencia, no iría más allá de una sanción. Con el carnet por puntos ya no vale todo. Quien la hace, no es que la pague, pero sí que va restando en su haber y puede llegar un momento en el cual no pueda circular.

En el inicio de nuestra vida cristiana también se nos dio un carnet por el Bautismo. Y como cristianos también corremos el riesgo de pensar que, por el hecho de estar bautizados, y de que Dios sea bueno y grande, tengamos derecho a todo, muy pocas obligaciones y que, incluso, nos podamos dar la satisfacción de infringir –una y otra vez- las normas mínimas de cara a una cierta calidad de vida cristiana.

Pero lo cierto es que sería bueno pensar que, en la gran carretera que son los años que vivimos, hay momentos en los que vamos restando puntos a nuestra vida ética, a nuestra conducta moral, a nuestro ser hijos de Dios, a nuestro compromiso con el mundo. Lo realizamos, unas veces, conscientemente y otras sin darle demasiada importancia. El mundo, entre otras cosas, nos ha habituado a alejar de nosotros el concepto de “culpa” o de “pecado”. Como si el “todo cuela” y el “todo vale” se constituyese en un factor-cloroformo para no desarrollar los valores evangélicos o justificar nuestras infracciones a Dios y a los demás.

2.- En este domingo, entre otras cosas, el Señor nos dice que estamos faltos de fe:

-Fallo de fe en lo que hacemos

-Ausencia de fe en lo que decimos

-Déficit de fe en lo que creemos y en Aquel en quien creemos

Ya que hablamos del carnet por puntos, nos dice que hay todo un grupo de “conductores” tocados por la fe, pero que viven rebeldemente ante Dios; que hace un tiempo que lo han olvidado; que lo han sustituido por diminutos dioses del tres al cuarto; que conducen su vida (familia, profesión, conciencia, etc.) sin más criterio que la moral personal.

Hoy nos recuerda con San Pablo, que lejos de presumir de hacerlo todo bien, hemos de ser conscientes de aquello que nos falta para, un día, presentarnos ante Dios intachables o por lo menos con la humildad de haber intentado ser sus hijos.

Mientras tanto, y metidos en el verano, el Señor nos escolta. A unos en la playa (para que no se broncee solamente el cuerpo sino el corazón), a otros en la montaña (para que el pulmón sea oxigenado por la fe) y a otros, simplemente, en el lugar donde nos encontramos.

3 .Lo importante es saber que el Señor sigue apostando por nosotros. Nos acompaña. Se fía de nosotros y, lejos de restar puntos a nuestras posibilidades de entrar en el Reino de los cielos, nos trae hasta la parroquia (auténtica autoescuela de fe y de esperanza) para que recuperemos la alegría de vivir, el deseo de ser fieles a él y la capacidad de no olvidarle.

¿Qué no está de moda el ser cristiano? ¿Qué ha perdido “puntos” el pertenecer a la Iglesia y defenderla? ¿Qué te señalan por el camino de la vida por ser miembro de…? ¿Qué te pueden criticar por ir contracorriente?

¡Que no nos condicione¡ Es mejor salir de la tierra, con el marcador a “0” según ciertos cánones que rigen en el mundo, y pensar que hay otro anotador, muy distinto y con otros parámetros en la eternidad, que es al fin y al cabo el que cuenta para llegar a la gran final: el encuentro con Dios.

Que no nos importe perder “ciertos puntos” en la sociedad que nos toca vivir, antes que perder aquellos otros que otorga el Señor, a los que creen en El, esperan en El y viven según El.

Para finalizar una breve reflexión; el maligno –a veces—se entrecruza en la felicidad del hombre. Eso es lo que ha ocurrido en los recientes atentados de corte islamista que, una vez más, nos recuerda las consecuencias de unas sociedades debilitadas y con incapacidad para defenderse ante la violencia sin razón.

4.- EL “MARCADOR” DE LA FE

Si vives de espaldas a Dios;

tendrás el marcador a cero

 

Si vives de vez en cuando con Dios;

subirás algún punto

 

Si pretendes ser como Dios;

tu marcador se volverá loco

 

Si quieres ser sólo hombre;

tu marcador durará lo que respire tu vida

 

Si quieres ser frío y calor a la vez;

tu marcador será variable

 

Si anhelas el triunfo;

tus puntos quedarán en el olvido

 

Si crees en un más allá;

tu marcador tendrá puntuación eterna

 

Si crees en Jesús;

tus puntos serán anotados en el cielo

 

Si esperas en Jesús;

tu marcador será la alegría y la fraternidad

 

Si te fías de Jesús;

tus puntos serán la justicia y el perdón

 

Si sigues al Señor;

tus números serán la fe y la esperanza

 

Si escuchas a Jesús;

tu marcador será la Palabra que ilumina

 

Si acoges al Señor;

tu meta final será la salvación

 

Si, en tu vida, caminas con el código del Evangelio ¡no lo dudes!

Lejos de ser sancionado por Dios, encontrarás la fórmula para ser feliz

y el premio de ver –cara a cara- al Señor.

Y, esto ¿no merece la pena conservarlo, cuidarlo y actualizarlo?


5.- BUSQUEMOS LOS PROFETAS EN NUESTRA TIERRA

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Podemos comenzar comentando algo que, desde luego, no es lo más importante del contenido exegético de las lecturas que acabamos de escuchar. Pero que siempre ha levantado un interés muy especial entre los estudiosos de la Escritura. En el fragmento que hemos proclamado hoy de la Segunda Carta de San Pablo a los Corintios se refleja uno de los temas que más se han debatido entre exégetas y escrituristas. Pablo a alude a un gran sufrimiento personal; o a una enfermedad; a una gran tentación. Recordémoslo: “Para que no tenga soberbia, me han metido una espina en la carne: un emisario de Satanás que me apalea, para que no sea soberbio”. Se ha especulado muchísimo sobre el mal sufrido por el Apóstol, pero en realidad poco importa cual fuera la naturaleza de su mal. A él le sirvió para limitar la soberbia y, sobre todo, para obtener la revelación de uno de los puntos culminantes de la doctrina paulina: que la debilidad humana es querida y utilizada por Dios para hacer cosas importantes.

2.- Nadie esta inmune a esos grandes sufrimientos o esas enormes y permanentes tentaciones, algo que está siempre presente en nuestras vidas. Y que no nos deja. Sirve, como dice San Pablo, para hacer caer en la cuenta de nuestra fragilidad. La espina que sufre Pablo en su carne le ha hecho más humilde, más conocedor de sus limitaciones, Y ello enlaza, directamente, con la idea que Jesús quería dar a sus paisanos: que alguien como ellos, sin especiales brillos sociales, fuera el Ungido de Dios, el Mesías.

3.- Es el episodio de la visita de Jesús a su pueblo: a Nazaret. Y que ha suscitado la famosa frase, de uso universal: “nadie es profeta en su tierra”. Y en este caso, una cuestión importante sería dilucidar qué fue peor: si el no reconocimiento de Cristo como profeta o que la comunidad de Nazaret no se beneficiase de la capacidad salvadora de Cristo. Sinceramente, creo que las dos cosas, aunque, tal vez, puedan resumirse en una sola: si hubieran creído en su paisano, Jesús, su fe les hubiera dado muchos frutos, como siempre el Maestro ha buscado: la de que mueve montañas.

4.- Pero hay otra realidad. Muchas veces anteponemos lo ritual y magnificente, lo bien presentado, aquello de gran apariencia. O, incluso, lo sorprendente, lo inesperado. Como es obvio Jesús no bajó a la tierra para presumir. Si hubiese querido tal cosa, su llegada habría sido bien distinta. Él se presentó "como uno de tantos e iba por pueblos y aldeas haciendo el bien y curando a los oprimidos". Merece la pena hoy, en este domingo del mes de julio adentrarse en esta idea y meditarla. A veces, posiciones demasiado puristas o falsamente ortodoxas impiden recoger los frutos de la acción de Dios.

5.- Y trasladados nosotros a aquel momento concreto del paso de Jesús por las tierras de Palestina descubriríamos que muchos "creyentes" pensaron, entonces, que estaban haciendo un favor a Cristo por creer en Él, cuando el verdadero favor era el que les hacía Cristo de poder participar en “vivo y en directo” del prodigioso misterio de la Redención. Fueron duros los paisanos de Jesús y ellos dejaron pasar ese ofrecimiento generoso, histórico y cósmico. Pero curiosamente somos nosotros los que recibimos el favor por tener la dicha de saber bien quién es Él. La reticencia de los habitantes de Nazaret les privó del gozo de otras comunidades que se entregaron a Jesús sin más. Suponemos que su salida de Nazaret, un tanto desilusionado, iba a ser anticipo de la gran catástrofe en que se sumieron quienes despreciaron el mensaje de Jesús y lo enviaron a la Cruz.

6.- La rebeldía del pueblo de Israel, respecto a los designios a Dios, era una constante en toda la historia del Antiguo Testamento. Pero, en el caso de Jesús, se establece lo dicho en la parábola de la vid, los arrendadores de la misma cometen el último gran pecado: matar al Hijo del dueño de la viña para quedarse con su herencia. Y por ello, para mejor justificar su crimen, no podían, ni por un momento, reconocer la identidad del Heredero. Por eso, cuando Jesús se atribuye las palabras de Isaías, reflejadas en el Evangelio de San Lucas sobre el mismo episodio narrado hoy por San Marcos –“el Espíritu del Señor está sobre mí, me ha enviado a anunciar el Evangelio a los pobres”—se produjo el gran escándalo. No se admite la sabiduría de alguien a quien conocen y tienen cerca. Si hubiera llegado a Nazaret montado sobre un brioso caballo y rodeado de una fuerte y vistosa escolta no habrían dudado. Pero un paisano no podría ser más que ellos. También es cierto que la gran paradoja que ofrece Jesús a sus paisanos es la humildad: presentarse como Mesías como uno más, como un miembro normal de su comunidad. Y esa paradoja la irían experimentando todos –también los Apóstoles—hasta que no se produjo la Resurrección.

7.- La enseñanza para nosotros hoy es que debemos poner mucha atención a lo que ocurre a nuestro alrededor en todas las manifestaciones de la vida, y, asimismo, en el ámbito religioso. Cristo se nos presenta muchas veces ante nosotros con la imagen de los hermanos que sufren o, ¿quién sabe?, con la presencia de unos niños –que como a San Agustín—que cantan, en la lejanía, sobre lo que tenemos que hacer. Es muy importante estar abierto a cualquier inspiración del Espíritu y hemos de pedirle a Dios el don del discernimiento: saber que es de Dios, de todo lo que recibimos de nuestros hermanos más cercanos a nosotros.

8.- La humildad es siempre un buen camino para descubrir esos mensajes. Y por el contrario la soberbia es el gran impedimento para tener ojos y oídos abiertos a las inspiraciones de Dios. Amemos a nuestros semejantes, comenzando por los que comparten nuestra vida en nuestro barrio, que nos parecerán, ni famosos, ni importantes. Por ellos nos puede hablar Dios… No hay que cruzar los mares y atravesar los continentes para recibir la Palabra. Es más que probable que nos la estén diciendo cerca, muy cerca, y, sin embargo, que no consideremos que esa persona “conocida de toda la vida”, pueda ser un mensajero del Altísimo. Busquemos, con ahínco, los muchos profetas que, sin duda, hay en nuestra tierra.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


FALTAN PROFETAS

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- En el mercado laboral se habla con frecuencia de los especialistas que se necesitan para cumplir unas determinadas funciones. Para el desierto unos, en zonas industriales otros. Las grandes empresas solicitan logistas capacitados, los propietarios de rebaños pastores con perros adecuados, astutos y dóciles, la minería precisa geólogos. Evidente. Si se encuentra la persona que tenga las cualidades que consideren precisas, facilitará la prosperidad de la entidad. Encajará en la dinámica del trabajo colectivo. O así lo creen.

2.- Pero ocurre a veces que las necesidades son otras y que precisamente son desconocidas, pero se intuye que algo nuevo se precisa. Tal vez vigilancia jurada, para evitar robos, tal vez expertos en mercados, para orientar en que línea de fabricación podrán triunfar y sus productos, por su originalidad llamarán la atención del consumidor ingenuo etc. etc. Tales personas, con frecuencia, resultan incómodas. Los resultados que esperaba quien las contrató muchas veces no los percibe, más que tranquilidad, suscitan inquietudes. Nadie vive cómodamente, nadie está seguro, desde que tal persona se introdujo en la sociedad. Pero sin saber exactamente el mecanismo, la entidad cambia y progresa.

3.- Hasta aquí me he situado en un terreno que no es el mío precisamente. Os preguntaréis seguramente, mis queridos jóvenes lectores, qué relación tiene todo esto, con los textos de la misa de este domingo. Y si pensáis así, no vais desencaminados, aunque no acertados. Mi introducción pretendía reclamar vuestra atención, para que comprendáis que en el terreno religioso, ocurre algo paralelo, aunque en diferentes dimensiones. Oiréis que se dice que faltan sacerdotes, y no seré yo quien lo niegue. Pero lo que más urge son profetas, pienso yo también. Y sin duda otros muchos. Hombres de Dios, incómodos en su lenguaje, aguafiestas a veces, agrios denunciantes.

4.- Profeta es aquel que asumida la Ley de Dios, empapado en lo más genuino de su doctrina, reconociendo que su validez es eterna, se siente impulsado a la denuncia inmediata. Una denuncia en lenguaje actual, aunque su contenido sea perenne. Aquí radica la esencia de su vocación. Huye de éxitos, vive de esperanzas, pese a lo que para su tranquilidad supone, lo que de palabra o testimonialmente, debe predicar. Ezequiel, se siente arrebatado por Dios y fiel a lo que le suscita, debe marchar a acusar, a reprochar y a culpar al pueblo de Israel, que ha caído en dureza de corazón. Debe decirlo, tanto si es escuchado, como si nadie le hace caso.

5.- Ni el arzobispo Romero resultó cómodo para los que ejercían autoridad en San salvador, ni Martin Luther King para la burguesía blanca norteamericana, ni Mahatma Gandhi para los ingleses que ocupaban el sub continente asiático, ni Mandela para los europeos de la Colonia del Cabo. Os he citado ejemplos, mis queridos jóvenes lectores, de profetas de nuestro tiempo. Algunos de ellos fueron asesinados, pero sus sueños dieron frutos más tarde. Como la predicación de Ezequiel. Es he nombrado algunos, muy conocidos, aunque haya muchos más. Pero urge para la decadente cultura cristiana occidental, muchos otros. Revulsivos perturbadores, que despierten a tantos que duermen satisfechos, en su cómoda y amodorrante monotonía. Egoísta, sin duda. El profeta es un hombre de ensueños, un privilegiado de la intimidad de lo más sublime, aunque por ello sufra persecución o desprecio.

6.- A Pablo, Dios le concedió experiencias de la mayor categoría espiritual. Podía enorgullecerse, nadie de su entorno se podía comparar con él. Pero a Dios no le gusta que los suyos farden. Y el que había sido arrebatado al tercer cielo, como cuenta en II Cor 12,2, para que no presuma, sufre lo que llama una espina que le humilla. No especifica de qué se trata, se ha especulado mucho sobre ello. Os voy a dar mi opinión personal. Imagino yo que padecía una úlcera gastroduodenal que le dolía, agriaba su carácter y que, como es típico de esta dolencia, se presenta con periodicidad, de aquí que se pueda acordar de que ha solicitado la ayuda del Señor tres veces. Pues para que recuerde su pequeñez, se le dice que se apañe, que no se deje vencer, que haga de tripas corazón, según el dicho vulgar. Pablo el apóstol profeta no esconde sus pequeñeces. (Lo que os he escrito continúe siendo válido, pese a los conocimientos actuales sobre la “helicobacter pylori”)

--El profeta, pese a que su actuación y testimonio pueden ser espectaculares, no debe dejar de ser humilde. Pablo nos confía con sencillez esta virtud.

--El profeta no acostumbra a triunfar de inmediato, generalmente no es aceptado, ni obedecido. La indiferencia de su entorno es uno de sus más astutos enemigos, que corroen su esperanza. Jesús en su tierra, en su mismo pueblo, sufre este mal. Lo sufre y le duele, pero no abandona. No se declara depre, continúa cumpliendo en el tiempo y en aquel lugar concreto en que se encuentra, la misión recibida, la voluntad eterna del Padre.