I Domingo de Adviento
30 de noviembre de 2014

La homilía de Betania


1.- ADVIENTO: VIGILANCIA ACTIVA Y ESPERANZADA

Por Gabriel González del Estal

2.- SIEMPRE DESPIERTOS Y DISPUESTOS

Por José María Martín OSA

3.- DEJEMOS DE UNA VEZ ESA VIDA RAMPLONA…

Por Antonio García-Moreno

4.- DIOS VA A VENIR A NUESTRAS VIDAS

Por Pedro Juan Díaz

5.- ¡SALGAMOS! ¡VIENE EL SEÑOR!

Por Javier Leoz

6.- APRENDAMOS CON LA CATEQUESIS DE LA LITURGIA

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


ESPERANZA

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- ADVIENTO: VIGILANCIA ACTIVA Y ESPERANZADA

Por Gabriel González del Estal

1. Mirad, vigilad, pues no sabéis cuándo es el momento. Vivir vigilantes es un imperativo ético en todas las edades y situaciones de la vida de un ser humano. Cuando desaparece la vigilancia aumenta el riesgo y la posibilidad de corrupción y decadencia, tanto en la vida corporal, como en la vida social y en la vida religiosa. Una persona seria y responsable es siempre una persona vigilante, con una vigilancia activa y esperanzada. Lo podemos ver claramente en lo referente a la salud corporal: mientras vivimos en este mundo todos nos preocupamos activa y esperanzadamente por nuestra salud corporal. Lo mismo debemos hacer cuando se trata de nuestra salud espiritual; no debemos nunca bajar la guardia, porque el enemigo está siempre al acecho. En el tiempo litúrgico del Adviento se nos pide que vivamos siempre vigilantes y preparados, para que cuando el Señor llegue nos encuentre bien preparados para poder recibirle con dignidad cristiana. No se trata sólo de preparar con dignidad cristiana las fiestas de la Navidad –que también-, sino de vivir siempre bien preparados y dispuestos para que cuando venga el Señor definitivamente a nuestras vidas nos encuentre bien preparados. En este primer domingo del Adviento hagamos el propósito firme de ser siempre personas espiritualmente activas, para que cuando el Señor venga definitivamente a nuestro encuentro, no nos encuentre dormidos. Con esta ilusión y con esta esperanza comenzamos hoy el tiempo litúrgico del Adviento.

2. Y, sin embargo, Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero: somos todos, obra de tu mano. En este bello texto del tercer Isaías el profeta pone en boca del pueblo un grito de auxilio al Señor Yahvé, su padre y redentor, para que no les deje desamparados y solos. El pueblo reconoce que su pecado es la causa de sus males y, por eso, pide al Señor que, como padre que es, olvide las culpas de sus hijos y les salve: no te excedas en la ira, Señor, no recuerdes siempre nuestra culpa; mira que somos tu pueblo. ¿Qué relación puede tener este texto con el tiempo de Adviento que hoy comenzamos? La necesidad que tenemos de la venida del Señor a nuestro encuentro, para poder ser salvos. Esto es lo que cantamos todos los años al comenzar el Adviento: rorate, Coeli, desuper et nubes pluant justum: destilad, cielos, el rocío y lloved, nubes, al justo. Sin la ayuda del Señor caeremos como las hojas del árbol en otoño y nuestras maldades nos arrastrarán como el viento. Por eso, nosotros rezamos hoy en el salmo responsorial: Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve.

3. La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre y del Señor Jesucristo, estén siempre con vosotros. Esto es lo que san Pablo pedía siempre al Señor para los fieles de Corinto, al comienzo de sus eucaristías. Esto mismo es lo que hemos pedido hoy nosotros al Señor cuando hemos comenzado nuestra eucaristía: la gracia y la paz de Dios nuestro Padre y de nuestro Señor Jesucristo. Esto mismo es lo que necesitamos pedir cada uno de nosotros, y toda la sociedad en general, en este primer domingo del Adviento: la gracia y la paz de Dios. Necesitamos la gracia de Dios, para que el Señor, con su fuerza, restaure nuestra naturaleza caída y menesterosa, y podamos así recibirle con dignidad cristiana, en esta Navidad y siempre. Necesitamos la paz de Dios, una paz que es a su vez gracia y don, no cálculo interesado de nuestros egoísmos y conveniencias particulares. Sí, la paz de los hombres necesita estar siempre defendida con armas y dinero; la paz de Dios, en cambio, brota del corazón y busca siempre el bien del prójimo tanto como el de uno mismo. Al comenzar la liturgia de este primer domingo del Adviento deseémonos mutuamente la gracia y la paz de Dios nuestro padre y de Jesucristo, el Señor.


2.- SIEMPRE DESPIERTOS Y DISPUESTOS

Por José María Martín OSA

1- El adviento es el tiempo de la esperanza. Sólo es capaz de esperar aquél que está despierto y vigilante. Hoy suena el despertador en nuestra vida para sacarnos del adormecimiento. Pasamos casi un tercio de nuestra vida durmiendo, añádase a esto el tiempo en que vivimos adormilados y obnubilados. Nuestra mente está embotada por la rutina, la dispersión, el cansancio, el vacío. ¡Velad!, ¡Vigilad!, nos dice el Señor. ¿Cómo velar? Ante todo, sabemos que vela bien precisamente el que ama. Lo sabe la esposa que espera al marido que se ha quedado hasta tarde en el trabajo o que debe volver de lejos después de un viaje; lo sabe la madre que está intranquila porque el hijo todavía no ha vuelto a casa; lo sabe el enamorado que no ve la hora de encontrarse con su amada... El que ama sabe esperar también cuando el otro tarda. Esperamos a Jesús si lo amamos y deseamos ardientemente encontrarnos con Él. Se le espera amando concretamente, sirviéndolo, por ejemplo, en el que está cerca de nosotros, o comprometiéndose en la construcción de una sociedad más justa. Hoy Dios nos acucia para que velemos, para que no dejemos escapar la oportunidad de "vivir nuestra vida" con plenitud. Dios nos regala a raudales su Amor, viene a nuestra vida y quiere aprovechemos a tope los dones que nos da. Estamos a tiempo de hacer que nuestra vida merezca la pena.

2. - "Señor, Dios nuestro, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve". Pero en nuestro mundo no sólo hay amor, también hay pecado y maldad. E incluso pensamos que la tiniebla domina sobre la luz, el mal sobre el bien. Cuando contemplamos la muerte del hombre y de la naturaleza, cuando vemos las consecuencias del egoísmo, de la corrupción, del terrorismo, de la droga, de la pornografía, de la explotación del hombre por el hombre, sale de nuestros labios la súplica del salmo: "Señor, Dios nuestro, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve". Es el grito que dirigimos a Dios desde la desesperanza, el desánimo o la impotencia. Es posible que incluso le pidamos que venga sobre el mundo su castigo para que reaccione, que baje desde el cielo y derrita los montes para imponer la auténtica justicia, como dice el profeta Isaías. Pero el mismo profeta reconoce que Dios es nuestro Padre y sabe que nosotros somos de barro. Por eso se compadece de nuestras miserias y no deja de darnos una nueva oportunidad.

3. - Esperamos un mundo nuevo, pero ¿cuándo vendrá? Sólo será posible desde la compasión hacia el pobre o necesitado, pero además desde la indignación y el decir "¡basta ya!" ante tanta injusticia y miseria. De ahí vendrá nuestro compromiso solidario para construir un mundo nuevo. Sólo será posible si sabemos ser testigos de Dios en la historia, es decir será posible desde el Amor de Dios que transforma nuestras mentes y nuestros corazones. Por eso, le pedimos al Señor que venga pronto para que le conozcamos mejor y le queramos más, para que descubramos sus entrañas misericordiosas, para que transforme radicalmente nuestra vida. Adviento es espera, pero también transformación, conversión.... Nuestra oración "Ven, señor, Jesús" debe ir acompañada por la decisión "Voy, Señor Jesús". Pedimos en este comienzo de Adviento: unos ojos que estén en vela, que sean capaces de mirar a las personas y descubrir en ellas sus alegrías, sus preocupaciones, sus ilusiones, sus tristezas y además una actitud para estar dispuestos a responder a los que nos necesitan.


3.- DEJEMOS DE UNA VEZ ESA VIDA RAMPLONA…

Por Antonio García-Moreno

JUSTICIA Y MISERICORDIA.- Después de los duros castigos con que aflige Dios a su pueblo, siempre sigue una época de perdón y de florecimiento. Jeremías ha predicado la ruina de Israel y de Judá, los dos estados hermanos que vivían separados. La época que se refiere fue terrible por sus incendios y por la sangre vertida por las calles y campos. Dios había castigado con mano dura a los rebeldes.

Ello nos recuerda que también ha habido guerras entre nosotros que han llenado de cadáveres los campos y las ciudades. Las últimas las del Golfo Pérsico, de Afganistán e Irak, con sus secuelas aún punzantes... Sin embargo, todo se va olvidando. Las heridas se cierran. Pero el peligro no ha pasado. Los hombres seguimos empeñados en no escuchar el mensaje de paz del Evangelio, sin darnos cuenta de que pueden soltarse de nuevo los jinetes del Apocalipsis.

Dios nos habla hoy de esperanza, nos recuerda el cumplimiento de las antiguas promesas. De nuevo ha llegado el Adviento, tiempo de espera gozosa, de vigilancia. En el alma brota el anhelo, el deseo vivo de que Jesús llegue hasta nosotros. Por eso repetimos como los primeros cristianos: ¡Maranatha, ven, Señor Jesús!

David, el rey pastor, el rey poeta. De sus ramas brotará un vástago escogido. Se llamará Jesús Manuel y nacerá de una Madre Virgen. Su dignidad superará a la de todos los reyes de la historia, es más excelsa que la de los mismos ángeles. Será el Mesías, el Redentor, el nuevo Moisés que librará a su pueblo de la esclavitud. Implantará el derecho y hará triunfar a la justicia. Barrerá todos los desafueros, los que han cometido los de arriba y los que puedan haber cometido los de abajo. Cada uno recibirá lo que es justo, lo que realmente ha merecido. Ya no habrá miedo a la mentira, al engaño alevoso, al fraude premeditado, al latrocinio simulado.

Temiendo y deseando estamos, Señor. No podemos pedirte que hagas la vista gorda y que pases por alto la justicia. Pero sí te suplicamos misericordia, mucha misericordia. Porque ¿quién puede considerarse justo ante ti? ¿Quién puede saberse inocente ante tu tribunal? Haz que la esperanza de tu misericordia, sin embargo, no nos haga olvidar tu justicia. Y que junto a la confianza que nos inspira tu bondad, florezca el santo temor que debe inspirarnos tu bendita justicia.

2.- DIES IRAE.- De nuevo la Iglesia nos transmite uno de los discursos escatológicos del Señor. El canto del Día de la ira se repite, las estrofas del "Dies irae", vuelven a tronar con sus terribles y cósmicos acentos en estas palabras del Señor. En ese día los hombres se llenarán de angustia ante el anuncio del final apocalíptico del gran teatro del mundo. Todas las explosiones atómicas, habidas y por haber, serán una pálida sombra en comparación con la hecatombe de aquel día. La gente, sigue diciendo el Maestro, enloquecerá ante el estruendo del mar y su oleaje, quedarán sin aliento a causa del miedo.

Son palabras escuetas en las que no hay retórica alguna ni afán por cargar las tintas. Son expresiones lacónicas que sólo pretenden ponernos en guardia y sobre aviso, para que vivamos vigilantes y siempre preparados por si el Señor llega. Adviento es lo mismo que advenimiento, acción de venir, preludio de una llegada. Es tiempo de espera, son momentos en los que preparar los caminos interiores, para dar paso al Gran Rey. Son, pues, días de conversión y de penitencia, de mortificación, de plegaria, en los que prepararnos para recibir dignamente al Señor.

Tened cuidado y que no se os embote la mente con el vicio, o con la preocupación por el dinero, y se nos eche de repente aquel día. Con estas palabras el Señor pone el dedo en la llaga. Ese es nuestro mal, olvidarnos de lo más importante y decisivo, vivir inmersos en cuatro tonterías. A veces nos ocurre que sólo pensamos en lo más inmediato, en lo que resulta placentero, en nuestro bienestar presente. Sin pensar que no todo termina ahí, sin darnos cuenta de que la meta final nos espera después de la muerte. Caminamos entonces con torpeza, dando tumbos y acercándonos a nuestra perdición. Despertemos de nuestro absurdo sueño, sacudamos con energía la modorra que nos embota y entorpece. Dejemos de una vez esa vida ramplona que nos hace insensibles y ciegos para las cosas de Dios, incapaces de avanzar hacia el puerto de la salvación.

Pidamos al Señor que nos ayude, que nos dé fuerzas para luchar con denuedo en esta batalla, quizá la última, en la que estamos metidos. Roguemos que nos abra los ojos para ver el peligro que se avecina, que cure nuestra sordera y podamos escuchar el grito de alerta que da la alarma y nos avisa para que nos preparemos, con la debida antelación, a la venida del Señor.


4.- DIOS VA A VENIR A NUESTRAS VIDAS

Por Pedro Juan Díaz

1.- Comenzamos un nuevo Adviento, un tiempo de esperanza, un recorrido espiritual, interior, para vivir con intensidad la presencia de Dios en medio de nosotros. Eso es la Navidad. Y el Adviento nos prepara, nos ayuda a tomar conciencia, a romper el ritmo ordinario y ponernos en alerta, en vigilancia, porque Dios va a venir a nuestras vidas, una vez más, a ver si de una vez por todas consigue hacerse un hueco en nuestro duro corazón. Y no queremos que nos encuentre dormidos, ¿verdad?

2.- Por eso la primera invitación del Adviento que nos hace el evangelio es “velad”, es una vigilancia activa, que va dando calidad a lo que hacemos cada día. Velar es la mejor manera para trabajar nuestro interior, purificando nuestro corazón y limpiándolo de malas intenciones, para que Dios “tome posesión” de nuestras vidas, de nuestras familias, de nuestros pueblos, de nuestras comunidades cristianas.

3.- ¿Por qué velar? La razón primera es nuestra confianza en Dios. Así lo hemos dicho en la primera frase de la primera lectura de hoy: “Tú, Señor, eres nuestro padre”. Y más abajo lo hemos vuelto a repetir: “Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero: somos todos obra de tu mano”. No es habitual atribuirle a Dios el título de “padre” en el AT, pero la situación de destierro del pueblo requiere una confianza total en un Dios Padre que se va a hacer responsable de su pueblo. Esa confianza es la fe. Confiamos porque creemos. Y en el Salmo responsorial, ese Dios que va a hacer brillar su rostro y nos va a salvar, se convierte en “Pastor de Israel”, que visita “su viña” y la protege, para que el pueblo no se vuelva a desviar del camino que le marca Dios. Esa es nuestra gran esperanza. Velamos porque confiamos, confiamos porque creemos y creemos porque somos personas de esperanza, porque no nos conformamos, ni queremos dejar las cosas como están. Velar, en el fondo, es esperar, pero una espera activa, una espera de conversión, de ser conscientes de nuestros fallos, de nuestros pecados, y ponerles remedio, “no sea que el Señor venga inesperadamente y nos encuentro dormidos”.

4.- Si esto lo aplicamos a la situación actual en la que vivimos, necesitamos un Adviento para que se haga presente una nueva realidad, y la vigilancia es la actitud fundamental. El evangelio insiste: “Mirad, vigilad… velad… lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: ¡velad!”. Si permanecemos dormidos, no tenemos futuro. Hay que intensificar nuestra relación con Dios, como exige nuestra vocación cristiana, para que nuestras comunidades sean más vivas. “¡Ojalá rasgases el cielo y bajases – dice el profeta Isaías – porque “jamás oído oyó ni ojo vio un Dios, fuera de ti, que hiciera tanto por el que espera en él!”.

5.- A pesar de que “nadie invocaba tu nombre ni se esforzaba por aferrarse a ti”, a pesar de que no se cuente con Dios en nuestro mundo, nosotros seguiremos siendo LUZ, y seguiremos diciendo con el Salmo: “Señor, Dios nuestro, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve”.

6.- Vigilar es vivir atentos a la realidad. Escuchar los gemidos de los que sufren. Sentir el amor de Dios a la vida. Vivir más atentos a su venida a nuestra vida, a nuestra sociedad y a la tierra. Sin esta sensibilidad, no es posible caminar tras los pasos de Jesús. Por eso nuestra vigilancia pasa por una escucha más atenta de la Palabra de Dios, una vivencia activa de los sacramentos y un ejercicio práctico y esperanzador de la caridad hacia los hermanos que más sufren.

7.- Hace falta el Adviento, hay mucho que esperar y mucho que hacer. Dios nos brinda de nuevo la oportunidad de esperarle, de acogerle. En cada Eucaristía que celebramos se hace presente la Navidad, porque Dios “baja”, se encarna, se hace hombre, pan, alimento, para que no perdamos la esperanza. Que nuestra comunidad parroquial sea un lugar para aprender a vivir despiertos, sin cerrar los ojos, sin escapar del mundo, sin pretender amar a Dios de espaldas a los que sufren. Puede ser un buen propósito para comenzar el Adviento.


5.- ¡SALGAMOS! ¡VIENE EL SEÑOR!

Por Javier Leoz

Son tantos nubarrones los que se ciernen en el horizonte del bienestar, tantos malos augurios sobre el presente y el futuro (casi mejor no enumerarlos) que el Adviento, tiempo de preparación a la Navidad, al Nacimiento de Cristo, nos va a venir de perlas para infundirnos aliento y esperanza.

1.- ¿Qué es el Adviento? El adviento nos sitúa en la dirección adecuada. ¡Va a llegar el Señor! Y lo hará desde tres direcciones distintas:

- Desde Dios. Ese Dios que se ha convertido en el gran olvidado de muchas personas. ¿No será precisamente el olvido de Dios causa de tanta ruptura personal, ansiedad, corrupción, abusos infelicidad, insatisfacción, etc.? Os lo dejo a vuestra reflexión

- Desde el hombre. Viene el Señor desde el intento, por parte de Dios, de compartir nuestra humanidad. De hacerse uno como nosotros. Y, esto, produce en nosotros una sensación de alivio: ¡no estamos solos! ¡Dios camina junto a nosotros!

- Desde la esperanza. ¡Pues bendito sea Dios! ¡Por fin, en medio de un mundo decadente en tantos aspectos, Dios nos infunde valor, ánimo, alegría y optimismo!

2.- El Adviento, amigos, no es una repetición de jugada; no es hacer ni celebrar otra vez lo mismo: es dar una nueva oportunidad a la esperanza para que, de lleno, entre en la vida de las personas, en aquellos que buscan y que, mirando hacia el horizonte saben que Dios es lo máximo que puede esperar y encontrar.

3.- El Adviento, más que nunca en el momento en el que nos encontramos, produce paz y sosiego. ¿No sentimos alegría ante la llegada de un amigo? ¿No nos ponemos en pie para ponerlo todo a punto? Qué bueno sería que, así como estamos ya pensando en lista de Navidad, también nos apuntásemos en nuestra agenda aquello en lo que podemos ser más aplicados y mejores vigilantes para que, el Nacimiento de Cristo, lejos de dejarnos indiferentes produzca en nosotros una riada de felicidad, de fe y de esperanza.

4.- A mí, para terminar, se me ocurren algunos puntos:

- No descuidemos nuestra fe personal. Acerquémonos a la escucha de la Palabra de Dios. ¿Tal vez la misa diaria?

- Vigilemos la tarea que Dios nos ha encomendado. Si somos padres, indiquemos a los hijos el camino de la fe. Si somos catequistas, crezcamos primero nosotros antes de animar a los demás, si estamos implicados en la vida activa de la Iglesia preguntémonos ¿en qué tenemos que progresar y qué hemos de desterrar de nuestros trabajos para preparar un digno camino al Señor?

- Cuidemos la oración. El Adviento es una buena oportunidad para recuperar el gusto por el “estar a solas con Dios”. Es hora de que, cada cristiano, cada católico, empiece a recuperar o a iniciarse en el camino de la oración personal. Entre otras cosas, porque el vigilante, sabe que en las horas de más soledad sabe que alguien y sin ruido puede presentarse. Y, es en la oración, donde el Señor se manifiesta de una forma silenciosa, suave y sanadora.

Si en el hombre hay una gran carencia de esperanza; si el mundo es un tren de prisas y de ansiedades; si la atmósfera que respiramos es un cúmulo de incertidumbres… ¿por qué empeñarnos en estar dormidos cuando, el Señor, nos quiere despiertos y con ganas de recibirle?

¡Feliz Adviento 2014!

5.- ME LO DIJERON, SEÑOR

Que en el bienestar y en el tener,

encontraría el futuro y mi seguridad.

Pero, cada día que pasa,

veo que soy menos que ayer

y que, en muchos momentos,

siento que no soy ni dueño de mí mismo.

Que los acontecimientos caminan muy deprisa

Que la apariencia y la superficialidad es pan que sacia

pero un algo que siempre me falta

 

SI; ME LO DIJERON, SEÑOR

Que el horizonte era marcado exclusivamente

por la brújula del ingenio humano,

y que, en ese paisaje, poco o nada

Tú, Señor, tenías que ver.

Pero, cada día que pasa,

compruebo que el hombre es un barco a la deriva

y que, empeñado en ser “súper-dios”

corre el riesgo de dejar de ser lo que es: hombre

 

ME LO DIJERON, SEÑOR

Que no hay fuerza que venga de lo alto

que todo lo que somos y tenemos

es fruto del azar o de la pura casualidad.

Pero, cada día que pasa,

siento que algo va a ocurrir;

que Alguien tiene que echar una mano

que Alguien tiene que intervenir

para que, la tierra, no sea un brasero de cenizas.

 

ME LO DIJERON, SEÑOR

Por ello mismo, porque espero en Ti, Señor

¡Ven! ¡Ven y sálvanos!

Y, a este mundo –roto, gélido y vehemente-

regálanos un poco de esperanza y de ilusión

 con tu llegada en Belén.

Amén.


6.- APRENDAMOS CON LA CATEQUESIS DE LA LITURGIA

Por Ángel Gómez Escorial

1.- La liturgia es una forma suprema de catequesis que reúne al pueblo de Dios todos los días. La presencia y escucha de los textos sagrados condensa una forma de enseñanza de gran importancia. Y esa catequesis se hace de especiales resonancias en las misas dominicales, en las eucaristías del Día del Señor. Vemos así como las lecturas de este primer domingo de Adviento pues guardan oportuna continuidad con los textos del domingo anterior en el que celebrábamos la solemnidad de Cristo Rey.

2.- El consejo se repite: tenemos que estar vigilantes porque la venida del Señor está próxima. En realidad, cada vez, que las oraciones de la misa decimos “¡Ven, Señor Jesús!” o “¡Hasta que vuelvas!” rezamos ante la venida segunda de Jesús –la Parusía—que aunque mantenga el secreto del momento en que se vaya a producir no por eso es menos deseada por los fieles del Señor. Y es que, entre otras cosas, uno de los más grandes anhelos del cristiano es ese encontrarse a Jesús de una vez y para siempre.

3.- Celebramos este primer domingo de Adviento y con él iniciamos un nuevo año litúrgico y estrenamos nuevo ciclo, el B. Ya en el altar, y en el ornamento del templo, se apreciará que estamos iniciando la cuenta atrás para la llegada de Jesús a la Tierra. Renovamos, una vez más, el deseo de verle Niño, allá en Belén, junto a María y a José. Y nos proponemos a recorrer ese tiempo de espera en la convicción profunda que algo nuevo debe abrirse en nuestro interior, para mejor recibir al Hijo de Dios. Es el Padre Dios quien nos lo envía para que todos los hombres y mujeres se salven y para que la paz y el amor reinen entre todos.

4.- Y eso se trasluce claramente en la primera lectura, sacada del capítulo 63 del libro de Isaías. En ella se anuncia –a nosotros y al pueblo judío de quinientos años del nacimiento de Cristo— la paternidad sublime de Dios y que ella va a sustituir, por mejora evidente, a aquella otra que inició el Patriarca Abrahán, porque para esperar al Hijo antes hay que reconocer al Padre, al Dios de todos que es Padre para todos. Isaías lo dice claramente: nosotros somos arcilla y Dios es el alfarero.

5.- San Pablo en el fragmento que hemos escuchado hoy de la primera carta a los fieles de Corinto nos confirma con sencillez y profundidad esa paternidad de Dios Padre, por revelación de Jesucristo. Hay además un matiz muy importante para estos tiempos: el llamamiento que Pablo de Tarso que hace a los Corintos contiene una invocación a la unidad, por la misma que mantienen Padre e Hijo. Y hemos de tenerlo en cuenta en este primer día del Adviento. Hemos de esperar a Jesús pero todos unidos. Eso no significa un uniformismo a ultranza o un diseño exclusivo del pensamiento de los fieles cristianos.

6.- La discrepancia es posible y hasta aconsejable. Pero no en nada de lo que es fundamental y que no es otra cosa que nuestra comunión en la unidad de Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. Habría además una unidad operativa, útil y no restadora de libertades, que es la posición fraterna de todos aquellos que comparten la comunión con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, pues dicha unidad es fuente de confianza para aquellos hermanos alejados que se acercan a nosotros.

7.- Hemos de esperar en el Señor. Lo dice el Evangelio de Marcos, que nos presidirá y nos enseñará durante este ciclo B. Pero esperar y confiar en Dios, no significa adentrarse por la senda de la vagancia y de la inoperancia. Hemos de pedir a Dios que nos cure, pero hemos de acudir al médico y poner toda nuestra voluntad en curarnos. Y así con todas las cosas de la vida. Es posible, no obstante, que el conocimiento de las ciencias modernas y de las tecnologías recién descubiertas nos lleven a pensar en lo contrario: que no necesitamos a Dios. Y eso puede ser un error fatal.

8.- Trabajamos junto a Dios para hacer un mundo mejor y para buscar el bienestar legítimo de nuestros hermanos. Sabemos que Jesús de Nazaret nos ha pedido que colaboremos con Dios Padre –con la Trinidad—en la redención de todos los hombres. Y la espera, hoy, que nos pide Marcos es un tiempo de esperanza, dirigido a hacer mejor nuestro trabajo, cuyas pautas fundamentales no son otras que esas ya muy sabidas de amar a Dios sobre todas las cosas y que ese mismo amor dirigido a los hermanos nos lleve a entregarnos a ellos, sin reservas, para su salvación y por tanto para su felicidad, tanto aquí en la tierra, como un poco más tarde, allá en el cielo. Despojémonos de todos los viejos hábitos, del viejo traje, para revestirnos de la gran esperanza de la llegada del Salvador del Mundo.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


ESPERANZA

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- El calendario litúrgico cambia de tercio, entramos en el ciclo B, durante el cual nos acompañarán, en la misa dominical, textos del evangelio de Marcos, excepto en algunas ocasiones especiales, que se nos proclamarán fragmentos del de Juan.

Vistas en conjunto las tres lecturas de hoy expresan muy bien el sentido de este tiempo: etapa de preparación. Observando con algún detenimiento, comprobaremos que la primera y la tercera nos llaman a la Esperanza y es a esta actitud exclusiva y genuinamente humana, la que voy brevemente a explicar, mis queridos jóvenes lectores.

2.- Si observáis en vuestro entorno y si examináis vuestro interior, comprobaréis que nuestra actualidad está enferma de Esperanza. Por si no lo habéis advertido, os lo digo ahora, esta virtud tan olvidada, la escribiré siempre con mayúscula. Os recomiendo que si estáis interesados por ella, leáis a Charles Péguy. Este autor místico francés es un poco difícil de asimilar. Su lenguaje es llano y sencillo, pero repetitivo. Os trasmito una imagen muy suya: la Esperanza es como una criatura pequeñita que va de la mano de sus dos hermanas mayores: la Fe y la Caridad.

3.- Vivimos muchos en lo que se ha venido a llamar la sociedad del bienestar. Otros, con acierto, la califican como la del derroche. Me estoy refiriendo a lo que llamamos Primer Mundo. La ausencia de Esperanza era una realidad un tanto oculta hace unos años. Al introducirse “como elefante en una cristalería”, la crisis económica, esta pandemia se ha hecho mucho más visible y la enfermedad ha empeorado la situación.

4.- El fenómeno del suicidio molesta a todos. Cuando acontece en una persona joven es todavía más enojosa y se trata, generalmente, de ocultar por parte de los allegados, sea familia o amistades. Pues sucede que, a la noticia de la muerte, de inmediato viene la pregunta ¿la provocaron los padres? ¿Tal vez es consecuencia de un fracaso sentimental? A nadie le gusta verse involucrado en ello, más vale, pues, tratar de ignorarlo, relegarlo al olvido. Pero el triste fenómeno continúa existiendo. Tal vez no se recurra a él por diversos motivos, pero se acude a la droga de cualquier clase, incluido el alcoholismo, como a una muerte obtenida a plazos.

Pensaréis, mis queridos jóvenes lectores, que me he vuelto trágico o pesimista y no os acusaré de que así lo imaginéis. Pero os advierto que la única manera de elevarse a la Esperanza, que es algo muy superior al optimismo, es conociendo la profundidad de donde estamos.

5.- El profeta Isaías nos anuncia un cambio radical. Utiliza un vocabulario propio de una cultura agrícola y de tiempos lejanos. De las espadas forjarán arados, de las lanzas podaderas, dice. Debemos hacer un esfuerzo y traducirlo a nuestra actualidad. Tal vez podamos expresarlo así: los cañones, las minas antipersona, los misiles, se convertirán en diversiones festivas, en fuegos de artificio para la fiesta final, la gran celebración. Él habla de Jerusalén, nosotros debemos atribuirlo a la Iglesia y no iremos errados. Habréis observado que en la Santa Madre Iglesia brotan las flores del martirio con una fuerza y cantidad que nunca se dieron en otros tiempos. Que si a nuestro alrededor observamos indiferencia y los medios de comunicación se abonan a difundir maldades y desvelar vicios entre personas que ocupan lugares importantes, que en muchos casos son ciertas, no olvidemos que para lograr la limpieza de un tejido, debemos conocer primero con detalle las características de la mancha.

6.- Otro síntoma. Si en otros tiempos, con deseos de dominio, los países que se creían civilizados ejercieron poder injusto sobre otros, principalmente del hemisferio sur, que vivían pobremente y se aprovecharon para ventaja propia, ahora no hay rincón del mundo donde un misionero esté presente con su testimonio y junto a él, una escuela y un hospital. Mártires y misioneros son la Esperanza. Diminuta semilla que germina y crece.

7.- Un fenómeno inesperado ha sido la elección del Papa Francisco que ofrece una imagen nueva de la Iglesia. Ahora bien, si no debemos ignorar su valor y su valer, tampoco desdeñar a quienes le acompañan, los que conociéndole lo escogieron y, sintiéndolos a su lado, le dan coraje y ánimos para la difícil tarea, preparada por sus antecesores, de renovar a la Iglesia.

8.- No perdáis la Esperanza, fundamentarla en la Iglesia de Jesucristo. Que crezca el conocimiento y vivencia de la Fe. Que no olvidéis el Amor. Amor de conmiseración con los indigentes, de cuerpo y de espíritu. Amor generoso de amistad, de comunicación sin precauciones. Amor de enamoramiento, proyecto común y generoso de un obrar juntos, para mejorar el futuro, otorgando a la sociedad nuevas vidas y a la Iglesia nuevos santos. El egoísmo y la pereza son obstáculos que debéis superar. Estad preparados.