Domingo XXXIV del Tiempo Ordinario
Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo
25 de noviembre de 2018

La homilía de Betania


 

1.- LOS CRISTIANOS SÍ QUEREMOS QUE JESUCRISTO SEA REY DEL MUNDO

Por Gabriel González del Estal

2.- CONSTRUCTORES DEL REINO DE DIOS AQUÍ Y AHORA

Por José María Martín OSA

3.- NO TENEMOS MÁS REY QUE A CRISTO CRUCIFICADO

Por Francisco Javier Colomina Campos

4.- LA ÚLTIMA BATALLA DEL GRAN REY

Por Antonio García-Moreno

5.- EL REINO DE CRISTO ESTÁ AQUÍ

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


CRISTO MI SEÑOR

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- LOS CRISTIANOS SÍ QUEREMOS QUE JESUCRISTO SEA REY DEL MUNDO

Por Gabriel González del Estal

1.- Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz. Cuando el Papa Pío XI, en 1925, estableció esta fiesta sí quería que Jesucristo fuera rey del mundo, de un mundo que estaba bastante secularizado y de poca práctica cristiana, y con una iglesia mayoritariamente monárquica, sobre todo en su jerarquía. Debemos tener en cuenta que cuando Cristo le dice a Pilato que su reino no es de este mundo, da a la palabra <reino> el mismo sentido que en el que Pilato se lo preguntaba, es decir, un reino con poder político y temporal. En ese sentido, evidentemente Jesús ni era, ni quería ser rey, en este sentido su reino no era ciertamente de este mundo. Pero la frase posterior de Jesús es también muy clara: Jesucristo sí es rey de este mundo y para eso le ha enviado su Padre a este mundo: para ser un rey testigo de la verdad. El reino, por tanto, del que Cristo quiere ser rey es del mundo de la verdad, es decir, del mundo de la justicia, de la paz, del amor, de la vida, de la santidad. De este mundo es del que nosotros, los cristianos, queremos que Cristo sea rey. Pero para que Cristo sea de verdad rey de este mundo, debemos defender y practicar sus súbditos estas mismas virtudes: la santidad y la vida, la justicia, la paz, la verdad y el amor. La pregunta que debemos hacernos todos nosotros ahora es, pues, esta: ¿en nuestra vida diaria somos realmente súbditos del Cristo que decimos que es y queremos que sea nuestro rey? Realmente, nosotros, en nuestra vida de cada día, ¿actuamos de acuerdo con la justicia, con la paz, con la verdad, con el amor?; es decir, ¿somos verdaderos discípulos y seguidores de Cristo? ¿Somos realmente santos, en el sentido que Cristo, nuestro rey, quiere que lo seamos? Pues, si no somos santos en el sentido en que Cristo quiere que lo seamos, no estamos celebrando con pleno sentido esta fiesta que hoy celebramos: la fiesta de “Jesucristo, rey del universo”. Sí, ya sabemos que la santidad cristiana es la meta de nuestra vida y hacia ella caminamos, aunque aún no hayamos llegado a ella. Pero, insisto, si no vivimos caminando hacia ella, hacia la santidad cristiana, no somos verdaderos cristianos, no estamos celebrando con toda dignidad esta fiesta de Jesucristo, rey del universo.

2.- Le dieron (al hijo del hombre), poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin. En el capítulo 7 del libro de Daniel, libro de carácter apocalíptico, aparece la figura del hijo del hombre, proveniente de Dios; los cristianos siempre hemos identificado esta figura con el futuro rey mesiánico, quien salvará definitivamente al pueblo de Israel de cualquier opresión. Aplicando este texto del profeta Daniel a la fiesta de Cristo rey del universo que hoy celebramos deberemos decir que Cristo, el hijo del hombre, quiere ser también nuestro rey y que, como rey, nos salvó también a nosotros. La condición necesaria para que Cristo nos salve debe ser, claro está, que nosotros queramos dejarnos salvar, cumpliendo su mandamiento de amarnos los unos a los otros como él nos amó.

3.- Jesucristo es el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos, el príncipe de los reyes de la tierra, a él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. También aquí, en este capítulo primero del libro del Apocalipsis, se nos dice que Cristo es “el príncipe de los reyes de la tierra y que a él debemos dar la gloria y el poder por los siglos de los siglos”. Pues, como a Cristo sólo podemos darle la gloria y el poder cumpliendo su mandamiento de amarnos los unos a los otros como él nos amó hagamos hoy este propósito. Sólo así, como venimos diciendo, estaremos celebrando con dignidad esta fiesta de Jesucristo rey del universo. Y trabajemos, además, con todas nuestras fuerzas para que Cristo sea rey de nuestro mundo, de la sociedad en la que nosotros vivimos.


2.- CONSTRUCTORES DEL REINO DE DIOS AQUÍ Y AHORA

Por José María Martín OSA

1.- "Ya, pero todavía no". Jesús predicó el Reino. En el evangelio podemos encontrar diez parábolas que nos hablan del Reino de Dios. Es como un grano de mostaza que va creciendo día a día, está dentro de nosotros, todos somos invitados a participar en él.... Hoy día diríamos que es la civilización del amor a la que se refería Pablo VI. Porque el Reino "no es de este mundo", pero comienza aquí en este mundo, aunque todavía no ha llegado a su plenitud. Es el "ya, pero todavía no". Jesús dejó bien claro que su Reino no es como los reinos de este mundo. En él es primero el que es el último, es decir el que sirve, no el que tiene el poder. Muchas veces quisieron hacer rey a Jesús, pero Él lo rechazó porque había venido a servir y no a ser servido. Su mesianismo no es político ni espectacular, sino silencioso y humilde. En este sentido, San Agustín recuerda que "no dice que su Reino no está en este mundo, sino no es de este mundo. No dice que su Reino no está aquí, sino no es de aquí". Consecuencia: hemos de trabajar para construir el Reino ya en este mundo, y esto significa establecer unas condiciones de vida en las que reine la justicia, la paz y la fraternidad. Mientras esto no se consiga, todavía no podemos estar contentos. No debemos huir del mundo, sino implicarnos en su transformación aquí y ahora, sin esperar a que llegue pasivamente el "Reino de los cielos".

2.- Debe reinar en nuestro corazón. Aunque la fiesta de Cristo Rey fue instituida por el Papa Pío XI en 1925 para luchar contra la sociedad laicista y exaltar la primacía de Jesucristo, fue muchas veces mal entendida. Desde hace unos años se trasladó su celebración del último domingo de octubre al último domingo del Año Litúrgico, para significar la culminación de nuestra salvación. ¿Tiene sentido celebrar hoy esta fiesta? Por supuesto que sí, porque lo que queremos celebrar es que Jesucristo debe ser lo más importante de nuestra vida, debe reinar en nuestro corazón. Sólo así le seguiremos con todas nuestras fuerzas y podremos gozar de su amor. Un rey existe para servir a su pueblo, el espíritu de servicio a la comunidad es lo que justifica su ser. Así lo hizo Jesús, que tuvo como trono la cruz, como cetro una simple caña, como manto una ridícula túnica de color púrpura y coronó su cabeza con una corona de espinas. ¿Podía ser Él el rey de los judíos? Indudablemente, su reino no era de este mundo, pero sí para este mundo. El escepticismo de Pilato ante la verdad coincide con el agnosticismo que muchos dicen profesar en nuestro tiempo. ¿Es que es imposible encontrar la verdad? Sin embargo, la verdad se encuentra dentro de ti, como testimonió el gran buscador de la verdad Agustín de Hipona: “no te desparrames, entra en ti mismo y la encontrarás”. La Verdad es Jesucristo, deja que El ilumine tu oscuridad y se disiparán todas tus dudas.

3.- Hemos sido ungidos como reyes. También nosotros somos "reyes" por la consagración que hemos recibido al ser ungidos con el santo crisma en el Bautismo. ¿Somos conscientes de esta dignidad y de este compromiso? Se nos pide que vivamos según la dignidad que debe tener un rey, pero al mismo tiempo se nos exige dar nuestra vida, servir a todos como lo hizo el "rey de reyes". Hoy me propongo seguir a Jesucristo, el Príncipe de la Paz, defensor del Pueblo, luchador en favor del hombre, la fuente de agua viva, el camino, la mesa del hambriento, el consuelo de los tristes y esperanza de los angustiados; Quiero ser con Jesús el Amor entregado, quiero vivir en su Reino, el Reino del sí a Dios, el Reino del sí al hombre, el Reino de la comunión de vida con Dios, el Reino de la solidaridad.


3.- NO TENEMOS MÁS REY QUE A CRISTO CRUCIFICADO

Por Francisco Javier Colomina Campos

Llegados al último domingo del tiempo ordinario, como culmen del año litúrgico, celebramos hoy la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo. Con esta celebración la Iglesia nos invita a fijar nuestra mirada en Cristo, Él es el principio y el fin de la historia, el alfa y la omega. Y al concluir un año litúrgico más, contemplamos a Cristo como Rey y Señor de todo el mundo.

1. Jesucristo es el único rey. En el Antiguo Testamento había tres estamentos considerados como los pastores de Israel: los sacerdotes, los profetas y los reyes. En un principio, Israel no tenía rey. A la llegada a la Tierra Prometida, tras la salida de la esclavitud de Egipto, los israelitas eran gobernados por los jueces, hombres que Dios elegía cuando surgía algún problema en el pueblo. Dios era considerado el rey de Israel. Así, a lo largo del Antiguo Testamento, podemos encontrar numerosos textos en los que se proclama la realeza y la majestad de Dios, especialmente en los salmos. Pero fue en tiempos del profeta Elías cuando los israelitas, porque querían ser como los demás pueblos vecinos, pidieron a Dios que les diera un rey. A pesar de que el pueblo rechazaba por este motivo la realeza de Dios, Dios ungió un rey para Israel: el rey Saúl. Después vendrán David y Salomón, y tras la división del Pueblo de Dios, aparecerán los distintos reyes de Israel y de Judá. El Mesías prometido, además de ser sacerdote y profeta, tenía que ser también rey. Por eso estaba anunciado que el Mesías sería descendiente del rey David. Jesús es el Mesías prometido, por eso decimos que Cristo es sacerdote, profeta y rey. De hecho, Jesús es condenado a muerte precisamente por autoproclamarse rey de los judíos. En el Evangelio de hoy escuchamos el momento en el que Jesús está siendo interrogado por Pilato. “¿Tú eres rey?”, le pregunta Pilato, a lo que Jesús responde: “tú lo dices, soy rey”. De hecho, en el letrero que mandó poner Pilato en la cruz de Jesús con el motivo de su condena, estaba escrito: Jesús Nazareno, Rey de los judíos. Jesús es por tanto el único rey, no con tronos de gloria y con coronas de oro, sino colgado en el madero de la cruz y con una corona de espinas. Un rey que no ha venido a ser servido sino a servir y a dar la vida. Así es como el Mesías, el Rey de todo el mundo, ejerce su poder: desde el servicio y la entrega por amor a todos.

2. “Mi reino de es de este mundo”. Al contemplar a Cristo Rey en su trono que es la cruz y coronado de espinas, entendemos lo que Jesús mismo dijo a Pilato: “Mi reino no es de este mundo”. Cuando miramos a los poderosos de este mundo, a los que tiene autoridad y gobierno, vemos en la mayoría de ellos un afán por mandar, poniéndose por encima de los demás. Vemos incluso que hoy, como entonces, es verdad lo que dijo Jesús en una ocasión y que escuchábamos hace algunos domingos: “Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen”. Así son los reinos de este mundo. Pero el Reino de Cristo no es de este mundo, no sigue los criterios y los principios que rigen en este mundo. Pues mientras que los reyes y los señores de este mundo buscan ser servidos, Cristo se convierte Él en el servidor de todos; mientras que los reinos de este mundo buscan en las guerras y en los conflictos la satisfacción de sus ansias de poder y de riquezas, Cristo es un rey que trae la paz y la unidad de todos; mientras que los señores de este mundo viven en la mentira, en el rencor y en la avaricia, Cristo es un rey testigo de la verdad, que trae la concordia y el perdón, y que nos enseña a vivir desde la sencillez y la humildad. Un rey, en definitiva, que se hace esclavo y que da la vida por todos, hasta el punto de subirse al madero de la cruz. Éste es nuestro rey, a Él queremos seguir los cristianos, Él es quien guía nuestros pasos. Un rey incomprendido por este mundo, considerado como un absurdo por los que tienen poder y autoridad en la tierra, pero que precisamente por esto es el Rey del universo.

3. “Venga a nosotros tu reino”. Cada vez que rezamos el Padre nuestro, la oración que el mismo Jesús nos enseñó, le pedimos a Dios que venga a nosotros su reino. Con ello, le pedimos a Dios que venga Cristo, el Rey del universo. Él nos trae “el reino de la verdad y de la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz”, como reza el prefacio de la fiesta de hoy. Este es nuestro deseo: que entre nosotros vaya creciendo día a día el reino de Dios, un reino que no tendrá fin, y que el mundo entero se vaya transformando en este reino que deseamos. Pero para ello no basta sólo con pedirlo en la oración. Es necesario que también nosotros trabajemos por este reino. Cada uno de nosotros, desde nuestro lugar, hemos de trabajar por el reino de Dios. Nosotros somos ese pueblo de reyes, un reino consagrado a Dios.

En este último domingo del año litúrgico, antes de comenzar el adviento, éste es nuestro deseo: que Cristo sea nuestro rey, el Rey del universo, que venga a nosotros su Reino, un reino de paz, de amor, de servicio, como Él mismo nos enseñó desde la cruz. No tenemos más que un Rey crucificado.


4.- LA ÚLTIMA BATALLA DEL GRAN REY

Por Antonio García-Moreno

1.- EL HIJO DEL HOMBRE. - "Yo vi, en una visión nocturna, venir una especie de hombre entre las nubes del cielo" (Dn 7, 13) El profeta Daniel narra una de sus maravillosas visiones. Después de haber contemplado el triunfo y la ruina de las cuatro bestias, símbolos de cuatro reyes, nos habla de un quinto personaje. Ahora no tiene la forma de león ni de oso, ni de leopardo, ni de horrible animal con dientes de hierro. Ahora, ese quinto rey, el definitivo, el que reinará sobre cielos y tierras, tiene la figura sencilla de un hombre.

Aquellas bestias venían del mar, este Hijo del hombre llega sobre las nubes del cielo. Es difícil comprender a fondo el sentido de estos símbolos, de este lenguaje literario apocalíptico. Pero una cosa es cierta. En esta humilde figura de hombre ve el profeta al Rey del Universo, Dios mismo que baja hasta la humildad de la naturaleza humana y se hace uno más entre la muchedumbre de todos los hombres.

Jesús de Nazaret, el Hijo del hombre. Así se presentaba él mismo ante la gente de su tiempo. Un humilde carpintero, un sencillo hombre de pueblo que tenía callos en las manos, la piel curtida por el viento y el sol. Un hombre recio que usaba palabras llanas, un hombre que hablaba con fuerza persuasiva de una nueva doctrina, hecha de rebeldía contra la mentira y cargada de amor a los pobres. Y de confianza heroica en el poder y la bondad de Dios.

"A él, se le dio el poder, honor y reino. Y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su poder es eterno, no cesará. Su reino no acabará" (Dn 7, 14) Nos sigue narrando el vidente que ese Hijo del hombre avanzó hacia el trono del Anciano. El de vestiduras cándidas como la nieve, el de cabellos como blanca lana, el del trono llameante, al que le sirven millones y le asisten millares y millares... Siguen unas palabras extrañas; palabras cargadas de un contenido hondo con un sentido más allá de lo que a primera vista se intuye. Son una letanía de palabras mágicas que despiertan en el espíritu del hombre religioso algo muy profundo y difícil de explicar.

Es el anuncio del Reino mesiánico, el Reino definitivo. Poder, honor y gloria al Rey, a Cristo. Cristo Rey, reinando por siempre, permaneciendo en su trono, mientras los demás reyes se quitan y se ponen. Reyes pasajeros, con unos reinos de fronteras reducidas, con una historia tantas veces de final desastroso. Cuántos grandes personajes acabaron de mala o de vulgar manera.

Cristo no. Cristo reinó ayer, reina hoy y reinará siempre... Rey de reyes, hoy nos rendimos a tus pies. Acepta el vasallaje de los hombres. También de los que no te reconocen, esos que tú has redimido con tu sangre. Reina, impera, manda. Nosotros queremos ser leales a nuestro Rey, que eres tú. Fieles vasallos de tu Reino de verdad y de vida, de santidad y de gracia. Reino de justicia, de amor y de paz.

2.- EL ÚNICO SEÑOR. "El Señor reina, vestido de majestad, el Señor, vestido y ceñido de poder" (Sal 92, 1) "Señor" (Kyrios en griego) es uno de los títulos más antiguos, y más frecuentes, para denominar a Dios, o para referirse a Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Con ello estamos confesando la soberanía absoluta, que Dios tiene sobre todo cuanto existe, y que sólo a él corresponde de modo propio y adecuado.

Los demás señores lo son solamente a medias, de forma relativa y parcial, por muy alto que sea el cargo que ostenten, o por mucho poder y riqueza que posean. Con razón decía Jesús a Pilato que no tendría ningún poder sobre él si no se le hubiera dado de lo alto.

Pensemos hoy un poco en esta realidad maravillosa, en la grandeza suma de nuestro Dios y Señor. Fomentemos en lo más profundo de nuestro ser sentimientos de adoración ferviente, deseos de servir con alma y vida a nuestro auténtico Rey.

“Tu trono está firme desde siempre, y tú eres eterno..." (Sal 92, 2) Todos los señores de la tierra terminan por dejar de serlo, todos los reyes del mundo tienen que ceder un día, de grado o por fuerza, sus coronas y sus cetros. Apenas si muere el rey, cuando ya se aclama al sucesor exclamando, como si nada hubiera ocurrido, ¡viva el rey!

Con Cristo Jesús no ocurre así. Él es un Rey eterno que nunca jamás será destronado. Habrá, de momento, quienes lo rechacen, o quienes lo desprecien. Pero por mucho que hagan no podrán menoscabar en lo más mínimo su gloria y su grandeza.

En oposición a esos infelices que no son capaces de ver la majestad infinita de nuestro Rey, adorémosle nosotros con rendido vasallaje, acatemos su poder y su ley, suframos lo que sea preciso por serle fieles. Estemos persuadidos de que si padecemos con él, con él también triunfaremos.

3.- REY DEL UNIVERSO. "A Jesucristo, el Testigo fiel, el Primogénito de entre los muertos, el Príncipe de los reyes de la tierra..." (Ap. 1, 5)

Una vez más termina el año litúrgico, y una vez más la fiesta de Cristo Rey es como el broche de oro que cierra un año que termina... Cristo Rey en la cima del tiempo, en la cumbre de la creación... Cristo como la esperanza suma de todos los hombres, la fortaleza de cuantos luchan contra el mal, el gozo y la alegría de cuantos han dicho que sí a las exigencias de Dios.

Toda la gloria y el poder le pertenecen a nuestro Señor y Rey, a él que es el vencedor por todos los siglos del maligno; a él que nos da la vida que no sabe de muerte. Él nos amó, nos ha liberado -única y real liberación- de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios.

Somos súbditos del más grande Rey que ha existido, existe y existirá. Pertenecemos al Reinado de Cristo, y como súbditos de tal Rey nos hemos de comportar. Su Reino no es de este mundo, es decir, no tiene nada que ver con lo que sea malo, con lo que de alguna manera es indigno. En su Reino no hay odios, ni mentiras, ni egoísmo, ni lascivia. Por eso hemos de rechazar con decisión y energía cuanto haya en nosotros de rencor, de amor propio, de lujuria, de falsedad o hipocresía.

"Yo soy el Alfa y la Omega, el que es, el que era y el que viene, el Todopoderoso" (Ap. 1, 8) ¡Mirad! Él viene en las nubes -exclama el vidente de la isla de Patmos-. Exclamación que debía resultar un tanto extraña a los hombres del siglo I que no sabían todavía lo que era atravesar los aires y volar sobre las nubes. Y, sin embargo, la fe hizo el prodigio de que aquellos creyeran y esperaran que un día viniera Cristo por los caminos del aire, el Amado, con todo su esplendor y majestad a juzgar a los vivos y a los muertos, a ejercitar el poder judicial y el ejecutivo que como Rey universal le compete.

También nosotros hemos de creer con toda la mente y con todo el corazón que un día llegará nuestro Rey, Cristo Jesús. Y movidos por esa esperanza hemos de vivir siempre fieles nuestro compromiso de amor, siempre fieles a las promesas del Bautismo. Si vivimos así, nada nos asustará. Nada, ni la suprema catástrofe del fin del mundo. Entonces, en medio de la prueba, nos fortalecerá nuestra firme creencia en la llegada inmediata de Cristo, nuestro Rey de amor y de paz.

4.- UN REY SIN SOLDADOS. "¿Eres tú el rey de los judíos?" (Jn 18, 33). Los judíos habían decidido dar muerte a Jesús. La gente del pueblo, sin embargo, las almas sencillas que intuyen las cosas de Dios habían aclamado con palmas y vítores como Rey mesiánico a aquel hombre de origen oscuro que procedía de Nazaret. Habían organizado espontáneamente una entrada triunfal en la que, como dijo el profeta Zacarías, el Mesías entraba majestuoso y pacífico, montado sobre un asno, a la usanza de los antiguos reyes y nobles de Israel. El entusiasmo de la muchedumbre colmó la envidia y los celos de escribas y fariseos. Estaba decidido, aquel hombre tenía que morir.

Ayudados por la traición de Judas, consiguieron apresarle. Aquel que fue poderoso, en palabras y en obras, quedó de pronto sin fuerza ni resistencia alguna. El que fue capaz de arrojar, solo contra todos, a los mercaderes del templo, aparecía inesperadamente desarmado, inerme y abandonado. Sin embargo, entonces empezó la última batalla del gran Rey en la que dando su vida vencía a la muerte y destronaba al Príncipe de este mundo, alcanzando para todos la salvación eterna.


5.- EL REINO DE CRISTO ESTÁ AQUÍ

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Hay una tendencia –expresada con urgencia— en la mayor parte de los comentarios homiléticos de la solemnidad que celebramos hoy a no confundir religión y política. Y de ahí que, a veces, la noción del Reino de Cristo y de su realeza quede amortiguada por un exceso de espiritualización. Cuando el realidad el Reino de Dios de ha comenzado –con mayor o menor intensidad— a erigir también en nuestro mundo desde que Jesús de Nazaret comenzara a proclamar la llegada del Reino en las tierras de Palestina hace ya 2.018 años. Y algo similar pasa con las bienaventuranzas, que ante la dificultad en su aplicación en, en también, nuestro mundo, preferimos decir que es algo solo alcanzable en la vida futura.

2.- Es verdad que Jesús, preso ante Pilato, reconoce que su Reino no es de este mundo, que procede de lo más alto, pero eso no quiere decir que no esté aquí ya. Y lo que celebramos en este domingo último del Tiempo Ordinario no es otra cosa que la existencia de ese Reino de paz y de amor y de, asimismo, la confirmación de Jesús es el Rey de ese Reino. E, igualmente, si el Reino de Cristo en la tierra estuviera más extendido y fuera más perceptible en comparación con los habituales reinos de la tierra no tendríamos miedo los cristianos a que nos confundieran con cualquier mala definición de religión y política como puede ser lo de “nacionalcatolicismo”. En fin…

3.- La Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, fue instituida por el papa Pío XI el 11 de diciembre de 1925. El Concilio Vaticano II sitúa la celebración como final del Tiempo Ordinario y, por tanto, como despedida del año litúrgico. Su significado es que Cristo reinará al final de los tiempos y supone un plan espiritual de redención lejos de cualquier interpretación de poder político o pseudoreligioso, como decía un poco más arriba. Además, el Evangelio de San Juan que se lee hoy presenta en la propia voz de Cristo las mejores consideraciones sobre su Reino.

4.- El Reino de Cristo es uno de los grandes anhelos de los cristianos. Para algunos, llevados de ciertas interpretaciones más parecidas a los anhelos de los antiguos judíos, creen que este reino es posible en este mundo. Otros, quitándole fuerza, lo sitúan como una entelequia simbólica o abstracta de imposible concreción. Pero Jesús nos preside que el Reino está cerca y que está dentro de nosotros. Entonces, ese reino es una forma de vida, una fórmula de amor y una entrega a los hermanos, mientras que amamos a Dios sobre todas las cosas.

5.- San Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales, en el "episodio" del "Rey Temporal y el Rey Eternal" lo define muy bien. Viene a decir que si nosotros somos capaces de apoyo total a un rey de este mundo que quiere instituir lo que todos queremos y guardamos una relación de identidad con sus postulados, sus vestidos, sus trabajos, sus sufrimientos, etc.; mucho más tendríamos que apoyar a un Rey Eterno que busca nuestra salvación y nuestra felicidad, que constituyen --sin duda-- uno de los mayores anhelos.

6.- También es posible declarar a Jesús Rey de nuestras vidas. Su ejemplo –el seguimiento de sus enseñanzas—nos trae paz, felicidad, justicia y amor. Y, sobre todo, nos muestra un reino de humildes, de afables, de limpios de corazón, de pobres de cuerpo y de espíritu. Alejado del poder, de la violencia, de la explotación, del odio. Es más que probable que, en un día como hoy, nos sea más difícil comprender fenómenos como el "nacionalcatolicismo" o el "cristianismo de metralleta”.

7.- Es difícil en este día comprender a los manipuladores y a los falsarios del ideal de Cristo. También a los inquisidores o a los moralistas oprimentes. Asimismo, respetar a quienes en función de una libertad mal trazada pretenden desnaturalizar el cristianismo con falsas tolerancias que no son otra cosa que pecados. Creemos, pues, en el Reino de Cristo como lugar pleno de amor, de solidaridad, de alegría, de paz, de mansedumbre y de esperanza fuerte. El Reino ha llegado. Lo que ocurre es que cada uno debe descubrirlo.

8.- Es el libro de Daniel, que es la primera lectura de hoy, donde se habla de Hijo del Hombre, Jesús adoptó esa terminología que sin duda es muy hermosa para nosotros los humanos. Un Dios hecho hombre y que, además, quiere llamarse así: Hijo del Hombre. Pero, además, el Profeta Daniel retrata perfectamente lo que será el Mesías muchos años más tarde. Breve esta primera lectura de hoy, pero de una gran belleza y profundidad.

9.- Jesús no niega a Poncio Pilato que Él sea Rey. Y eso le llega a sorprender aún mucho más al Gobernador romano. A nosotros nos puede ser muy útil hoy esa característica que Jesús añade: Rey de la verdad. En este mundo actual lleno de mentira y de falsedades establecidas como si fueran verdades, nuestro sentido de la verdad –yo diría casi adoración por ella— ha de llenar nuestro afán. Nunca como ahora la verdad se hizo tan necesaria. La mentira abunda por doquier, desde en la política hasta en el comercio. Vivimos un tiempo de fraude, de mentira generalizada. Luchemos, pues, por el Reino de Cristo. Ese es nuestro lugar. Y no ningún otro. Seamos valientes y no confraternicemos con los mentirosos, no merece la pena.


LA HOMILIA MÁS JOVEN


CRISTO MI SEÑOR

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- El nombre que se da a las celebraciones cristianas tiene a veces la posibilidad de que se confunda con el sentido que tiene en lenguaje habitual de un lugar o tiempo. Seguramente que la figura pictórica de Cristo más antigua sea la del Buen Pastor, tanto en Tierra Santa como en Roma. Pictórica o escultórica. Pero sin duda, donde más elocuente sería, es en el Israel bíblico.

2.- Paso a explicarme. Las dos formas de vida fundamentales eran la beduina y la agrícola. Existía entre ellas una cierta rivalidad. Triunfó en la tradición hebrea la formula pastoril, tal era su héroe, David y, pese al fracaso del primer líder Saul, que fue llamado rey, quedó en la tradición su figura como representativa de la suprema categoría social. Que los reyes judíos del tiempo de Jesús fuesen más bien reyezuelos al servicio del gobierno de la Ciudad de Roma, no por ello se había borrado la categoría que se le atribuía a un rey, por ficticia que pudiera ser. Hoy en día podemos admirar estéticamente las representaciones del Buen Pastor, pero difícilmente nos emocionarán de tal manera, que ante una de ella, se nos ocurra una oración.

3.- Pasó el tiempo y la noción de rey era poca cosa y algún soberano tuvo el privilegio de ser llamado emperador. Los tales y sus equivalentes, abusaron de sus prerrogativas y hubieron de cambiar y someterse ellos mismos, a unas leyes que sus súbditos les proponían, nació la monarquía constitucional y el dicho aquel de que “el rey reina pero no gobierna”.

4.- Todo este mejunje conceptual os parecerá superfluo a muchos de vosotros, mis queridos jóvenes lectores, y no os niego que podáis tener razón. Me he atrevido a divagar un rato, para facilitar vuestra aceptación del nombre de la solemnidad que celebramos hoy. En la actualidad hay estados que recuerdan fueron reinos, algunos otros continúan llamándose todavía así, otros república, otros federación o confederación o unión. Cualquiera de las formas o nombres que hayan aceptado, lo que ningún país se atreverá a afirmar es que no es democrático.

5.- El 11 de diciembre de 1925, el Papa Pio XI, el papa Ratti, el alpinista que en su juventud abrió una vía en el Mont Blanc que todavía conserva su nombre, instauró la fiesta de Cristo Rey. Su propósito era que, de acuerdo con este nombre, los cristianos reconociesen la supremacía de Jesús de Nazaret sobre todos los hombres. Buen propósito sin duda. El fervor es una característica muy personal y que no es motivado a todos de la misma manera.

6.- Cuando en Chamonix miro la cumbre del Mont Blanc, de inmediato pienso en esta Papa, que me cae simpático por relacionarlo con Juan Bosco, don Orione, José Cottolengo y otros cristianos ilustres que florecieron por tierras piamontesas, pero que no quiero cansaros repitiendo sus nombres. Semejante admiración siento por él cuando desde el valle de Aosta observo la misma cumbre y le imagino escalando. A la mayoría de vosotros esto que os cuento no os interesará y apreciaréis a otros santos y otras maneras de seguir al Señor. Cada uno es cada uno y tiene sus cadaunadas, dijo aquel.

7.- A Jesús de Nazaret le llamó el ciego Hijo de David, que fue pastor y rey y el Maestro no se lo reprochó. Cuando Pilatos se encontró con Él, demacrado, desfigurado, torturado, descalabrado, “ante quien se vuelve el rostro”, había dicho Isaías, y le preguntó si era rey, el Señor no lo negó, pero le advirtió que de manera muy distinta a como el gobernador pensaba.

Celebrar este domingo como el de Cristo Rey, no es desacertado, con tal de que tal apelativo no creáis que es semejante a la función y categoría social que los reyes actuales ejercen. Pensando en todo ello, mis queridos jóvenes lectores, os he redactado este mensaje.

Por mi parte prefiero, como hizo Tomás, llamarle Señor mío y Dios mío.

Y no por ello dejo de celebrar esta solemnidad, final del año litúrgico.

¡hasta el año que viene, si Dios quiere!