XV Domingo del Tiempo Ordinario
13 de julio de 2014

La homilía de Betania


1.- DIOS PUEDE HACER POSIBLE LO IMPOSIBLE

Por Antonio García-Moreno

2.- EL SEMBRADOR, LA SEMILA Y LA TIERRA

Por Gabriel González del Estal

3.- “LA SEMILLA CAYÓ EN TIERRA BUENA Y DIO FRUTO”

Por Pedro Juan Díaz

4.- EL CAMPO NO MIENTE

Por José María Martín OSA

5.- LLAMADOS A DAR O HACER ALGO

Por Javier Leoz

6.- LA PALABRA Y EL REINO

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILIA MÁS JOVEN


ÉXITOS, FRACASOS Y RESPONSABILIDADES

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- DIOS PUEDE HACER POSIBLE LO IMPOSIBLE

Por Antonio García-Moreno

1.- COMO LA LLUVIA.- Lluvia deseada que humedece la tierra seca, haciendo posible la esperanza de una nueva primavera. Lluvia que baja del cielo limpiando el aire y la tierra, barriendo el polvo que ensució el ambiente, manchándolo hasta el punto de no poder respirar. Lluvia que corre por los mil canales que riegan la tierra pobre de los hombres. Lluvia que llena los cacharros, grandes y pequeños, donde guardamos el agua que nos mantiene con vida, la que nos da energía para iluminar nuestras oscuras noches, para calentar nuestros hogares, para llenarlos de música y de palabras, de imágenes vivas...

Aguas tempestuosas, aguas temidas, aguas que se desbordan, que arrastran con ímpetu imparable cuanto se les pone por delante. Aguas que saben de tragedia, de vidas tronchadas, de cuerpos muertos que flotan junto con mil cosas íntimas. Aguas que se tragan tantas vidas, aguas que absorben furiosas, aguas que crispan las manos que se hunden sin posibilidad de agarrarse a nada. Aguas que pudren la sementera, que se llevan de un solo golpe la ilusión de todo el año, o de la vida entera.

"Así será la palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía..." (Is 55, 11) Así es la palabra de tu boca. Agua que baja del cielo con una potencialidad concreta, con una fuerza determinada, con una misión que cumplir. Unas veces será agua buena que salva y da vida, otras agua fatídica que condena y mata. Sea lo que fuere tu agua, Señor, tu palabra no se quedará baldía, conseguirá el resultado propuesto.

Y todo depende de quien recibe la palabra. Porque tú siempre eres el mismo. Tu palabra es siempre una palabra buena, una palabra de amor que intenta iluminar, encender, serenar, consolar, animar. Nosotros somos los responsables del resultado final. Por eso llegaste a decir que en realidad Tú no juzgarías a nadie, sino que tus palabras serán las que juzguen en el último día.

2.- QUÉ BUENA SIEMBRA.- La gente se arremolina en torno a Jesús, sus palabras tienen el sabor de lo nuevo, su mirada es limpia y frontal, su gesto sereno y atrayente, su conducta valiente y franca... Por otra parte aparece sencillo, amigo de los niños, inclinado a curar a los enfermos, aficionado a estar con los despreciados por la sociedad de su tiempo, amigo de publicanos y pecadores. Y, sin embargo, su manera de enseñar tenía una especial autoridad, tan distinta de la de los escribas y los fariseos.

La muchedumbre se siente atraída, le sigue por doquier, le gusta verle y escucharle. Por eso en alguna ocasión, como en este pasaje, Jesús se sube a una barca y se separa un poco de la orilla. Era aquella barca una curiosa cátedra, y la ribera del lago una insólita aula, abierta a los cielos, mirándose en el agua. El silencio de la tarde se acentúa con la atención de todos los que escuchan las enseñanzas del Rabbí de Nazaret. Su palabra brota serena e ilusionada, es una siembra abundante, desplegada en redondo abanico por la diestra mano del sembrador. Es una simiente inmejorable, la más buena que hay en los graneros de Dios. Su palabra misma, esa palabra viva, tajante como espada de doble filo. Una luz que viene de lo alto y desciende a raudales, iluminando los más oscuros rincones del alma, una lluvia suave y penetrante que cae del cielo y que no retorna sin haber producido su fruto.

Sólo la mala tierra, la cerrazón del hombre, puede hacer infecunda tan buena sementera. Sólo nosotros con nuestro egoísmo y con nuestra ambición podemos apagar el resplandor divino en nuestros corazones, secar con nuestra soberbia y sensualidad las corrientes de aguas vivas que manan de la Jerusalén celestial y que nos llegan a través de la Iglesia. Que no seamos camino pisado por todos, ni piedras y abrojos que no dejen arraigar lo sembrado, ni permitan crecer el tallo ni granar la espiga. Vamos a roturar nuestra vida mediocre, vamos a suplicar con lágrimas al divino sembrador que tan excelente siembra no se quede baldía. Dios es el que da el crecimiento, Él puede hacer posible lo imposible: que esta nuestra tierra muerta dé frutos de vida eterna.


2.- EL SEMBRADOR, LA SEMILLA Y LA TIERRA

Por Gabriel González del Estal

1. Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al bode del camino; otro poco cayó en terreno pedregoso; otro poco cayó entre zarzas; el resto cayó en tierra buena. La parábola nos cuenta lo que hacía un sembrador normal, en tiempo de Jesús. Hay que suponer que la intención del sembrador y la semilla que sembraba siempre eran igualmente buenas; el sembrador sembraba con la esperanza y el deseo de que toda la semilla que él esparcía en la tierra pudiera dar fruto abundante. Parece que la dificultad de una buena cosecha, tal como se describe en esta parábola, no estaba en la torpeza del sembrador, ni en la mala calidad de la semilla, sino en la mala calidad y en las malas condiciones de la tierra en la que se sembraba. A pesar de todo, el sembrador seguía sembrando año tras año. Es posible que hoy muchos de los sembradores de la palabra de Dios, los predicadores y los catequistas, tengan que sembrar su semilla en un campo, en una tierra parecida a las tierras en las que sembraban los buenos sembradores galileos. Tenemos que sembrar a voleo, en una tierra en la que hay muchos bordes de camino, mucho terreno pedregoso, muchas zarzas, y algunos trozos de tierra buena. La dificultad del terreno y la dificultad de la siembra en terreno pedregoso y lleno de zarzas, no debe desanimar nunca a los buenos predicadores, aun sabiendo que la cosecha no será excesivamente abundante. Debemos, por supuesto, afinar la puntería al sembrar y usar las mejores técnicas y tácticas para conseguir la mejor cosecha posible, pero sabiendo que la siembra de la palabra de Dios en nuestra sociedad y en nuestro tiempo actual es una tarea difícil y llena de obstáculos. Sembremos nosotros en cada momento la palabra de Dios como mejor sepamos y podamos, y pidámosle a Dios que sea él, con su gracia, el que dé a nuestra semilla el incremento abundante.

2 .Así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo. El profeta Isaías quiere animar a su pueblo, asegurándole que su Dios, el Dios de Israel, es un Dios cercano, que “riega los surcos, iguala los terrenos, con su llovizna los deja mullidos y bendice sus brotes; porque la acequia de Dios va llena de agua”. En esto tenemos que confiar también hoy nosotros: que en la acequia de Dios hay agua suficiente y que el Señor bendecirá nuestra semilla, si nosotros la sembramos con esmero y amor. Aunque muchas veces nos cueste ver el fruto de nuestro trabajo. El trabajo, la paciencia, la constancia y la esperanza en Dios siempre fueron virtudes propias de los sembradores cristianos. Procuremos que la semilla que nosotros sembramos caiga en tierra buena y confiemos en que Dios dará a la semilla un fruto bueno y abundante.

3. Considero que los trabajos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá. Sin esta esperanza firme y constante, san Pablo no hubiera podido sembrar la palabra de Dios con la fuerza y el amor con que lo hizo. San Pablo espera, con una esperanza iluminada por su gran fe en Cristo Jesús, que el reino de Dios llegará pronto. Porque “la creación entera está gimiendo con dolores de parto… aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios”. Mientras vivimos en este mundo nuestro, carnal y material, los dolores y los sufrimientos son habituales y constantes, pero nuestra fe y nuestra esperanza nos dicen que el Señor recompensará con creces nuestro afanado vivir en este mundo mortal. Los que creemos en Jesús resucitado “ya tenemos las primicias del Espíritu y aguardamos con esperanza firme la hora de ser hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo”. Con esta esperanza vivimos.


3.- “LA SEMILLA CAYÓ EN TIERRA BUENA Y DIO FRUTO”

Por Pedro Juan Díaz

1.- Dios es un buen sembrador. De esa manera tan sencilla nos habló Jesús sobre nuestro Padre del cielo. También nos dijo que era un buen Padre. Utilizó imágenes tomadas de la vida para meter a Dios en las entrañas del mundo. Y era el más idóneo para hacerlo, porque lo había vivido en sus propias carnes con la Encarnación. Él fue introducido en el mundo como la semilla que cae en la tierra y cala hasta lo más profundo para dar buen fruto.

2.- Dios echa la semilla. Siempre. Todos los días. Las semillas son muy variadas. Unas dan fruto con más facilidad que otras. Pero Dios no para de actuar. Y nos sorprende, gratamente, porque va sembrando por donde nosotros no nos imaginamos. Y de repente crece algo. Y a lo mejor nos asusta porque no sabemos cómo ni por qué ha salido eso. Porque estamos acostumbrados a otro tipo de “frutos”. Entonces llega San Pablo y nos dice: “nosotros poseemos las primicias del Espíritu”. Y el Espíritu sopla donde quiere y cuando quiere. Y en nosotros está acoger esas inspiraciones y esos frutos nuevos. El Espíritu es así de libre.

3.- La semilla cae en la tierra. Pero hay “pájaros”, “piedras”, “zarzas” o el “maligno” que van a fastidiar la cosecha. Sin embargo, Dios es más fuerte que todas esas cosas y hace posible que la semilla dé fruto. A pesar de todas las dificultades que encontramos en la vida. Nosotros también tenemos que poner de nuestra parte, está claro. Y abrirnos a los ritmos de Dios, a sus tiempos, a sus “lluvias”. Dice el refrán que “nunca llueve a gusto de todos”. Y a veces no “llueve” cuando nosotros queremos. Porque Dios no se deja manipular, ni atrapar. Es tan libre, y tan próximo, y tan cercano… como el verdadero amor.

4.- La semilla da fruto. La gracia de Dios ha “empapado” la tierra. Dice Isaías: “Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra…”. La palabra de Dios no solo es eficaz y eficiente, sino fecunda. Hace lo que dice. Y lo hace porque es capaz de meterse hasta las entrañas mismas de la tierra, hasta las entrañas más profundas de nuestro corazón. Ahí es donde Dios actúa, si le dejamos entrar tan adentro. Porque muchas veces nuestra relación con Dios es superficial, que no nos moleste mucho, que no nos trastoque nuestros planes. Pero la acción de Dios va hasta dentro, hasta el fondo, empapa, cala, fecunda y hace germinar en nosotros las semillas y los frutos que Él quiere. Solo hay que dejarse hacer.

5.- “La semilla cayó en tierra buena y dio fruto”. Así lo hemos dicho en el salmo responsorial. “Tú cuidas de la tierra, la riegas y la enriqueces sin medida”. Así es el amor de Dios, sin medida. Nos da lo que necesitamos en cada momento. “Tus carriles rezuman abundancia”. Cuando venimos a la Eucaristía, esa Palabra se convierte en alimento de vida, en Pan para el camino, para la fe, para el amor, para la entrega, para el servicio a los más pobres. No la desaprovechemos. No dejemos que vuelva al cielo sin empapar y transformar nuestra vida.


4.- EL CAMPO NO MIENTE

Por José María Martín OSA

1.- La semilla es la Palabra de Dios. La parábola del sembrador habla de los obstáculos con que tropieza el Reino de Dios en su desarrollo terreno. El final de la parábola, sin embargo, es optimista, pues nos habla de la buena tierra que produce una gran cosecha. La parte de semilla perdida, ¿no se halla ampliamente compensada por la otra que llega a dar un 30, un 60 y hasta un 100 por uno? Una buena cosecha en Palestina no suele exceder el 10 por uno, lo cual nos da a entender el significado de la gran cosecha que se anuncia en la Parábola. Entre las descripciones poéticas que hace el Antiguo Testamento sobre el tiempo de la salud figura la asombrosa fecundidad del terreno. Los rabinos de la época de Jesús describían también los tiempos mesiánicos aludiendo a una producción fantástica de la tierra, que evocaba los días del paraíso. Jesús utilizó la misma imagen. Y hace recaer el acento parabólico no en la semilla que se pierde, sino en la gran cosecha que se logra y que supera todo cálculo previsible. El sembrador de la Palabra tropezaba con una serie de dificultades que parecían ahogar toda humana esperanza: superficialidad indiferente de los oyentes, su positiva adversidad frente al Reino, su inconstancia ante las exigencias de la fe. Pero El cuida de la tierra y la enriquece sin medida, por eso “cayó en tierra buena y dio fruto (Salmo 64)

2.- Podemos ser buenos sembradores. La interpretación de la parábola –probablemente posterior a la misma—pone de relieve las dificultades can que tropieza la Palabra. Se desplaza el acento del mensaje. Ya no es la gran cosecha lograda lo que se pone en primer plano, sino la semilla perdida. El fruto se halla condicionado por las disposiciones y actitud humana ante la Palabra. Fructifica en proporción directa a la calidad del terreno, a las diversas disposiciones de los oyentes. La parábola expone la verdadera naturaleza del Reino. Los tres obstáculos –el camino, las piedras y las zarzas- que encuentra para que la semilla alcance su período de madurez significan simplemente que una parte más o menos grande de la semilla se pierde. A pesar de todo, el labrador logra una gran cosecha: el reino de Dios se establece en la tierra con un éxito desproporcionado a sus comienzos humildes y adversos. A pesar del fracaso aparente del Reino, de la predicación y del mensaje cristiano, el poder de Dios logrará que la esperanza del sembrador se vea colmada con abundante cosecha. Su Palabra, como dice la lectura de Isaías, no vuelve a El vacía. También nosotros podemos ser buenos sembradores: siembra una disposición y cosecharas un sentimiento, siembra un sentimiento y cosecharas un pensamiento, siembra un pensamiento y cosecharás una acción, siembra una acción, y cosecharás un hábito, siembra un hábito y cosecharás un carácter, siembra un carácter y cosecharás un destino

3.- La tierra en la que cae la Palabra somos nosotros. Todo dependerá de las disposiciones de los oyentes de la Palabra. Ha llegado la hora de la siembra y la cosecha, ha llegado la hora en que tu ministerio muera al pasado, pero nace renovado, restaurado, cambiado, transformado, como el águila, ha llegado la hora de nacer, crecer, desarrollar, reproducir a plenitud todo lo que emprendas, porque Dios está dándote la semilla y esa primera semilla es la palabra de Dios. Crece espiritualmente y todas las cosas vendrán por añadidura. Destruye la cizaña y aprópiate del trigo. San Agustín en el Sermón 101 nos dice cuál debe ser nuestra actitud: “Lo único que nos atañe es no ser camino, no ser piedras, no ser espinas, sino tierra buena. --¡Oh Dios! Mi corazón está preparado (Sal 56,8)-- para dar el treinta, el sesenta, el ciento, el mil por uno. Sea más, sea menos, pero siempre es trigo. El campo no miente, Señor. El campo da lo que es. El campo no engaña. El labrador lo sabía. Años de experiencia trabajando le habían enseñado. El campo no miente, da lo que tiene. Si no está arado y preparado contra las malas hierbas, la cosecha es mínima. La vida es un campo. La vida no miente. La vida da lo que se da….Si damos mucho, lo multiplica y da maravillas. Si le damos poco, discutido, regateado, la cosecha es baja y la vida baja de tono. Nos quejamos, pero todos sabemos de dónde viene la carencia. ¿Te quejas de la vida?, ¿pero que le diste tú? ¿Le diste amor, trabajo, entusiasmo, paz?, ¿te arriesgaste?, ¿te lanzaste?, ¿te sacrificaste?, ¿te fiaste?, ¿te comprometiste?, ¿te quedaste a medias en todo? La vida no miente, la vida da lo que ponemos en ella. Mucho si mucho, y poco si ponemos poco. Hay que arriesgarse. Hay que fiarse. Como se fía el campesino de los cielos y la tierra, de las estaciones y de la lluvia, de la bondad de la simiente y de la fuerza vital de la savia que sube por los tallos. Como se fía el campesino del campo. El campo no miente. La vida tampoco. Déjate llevar, y la mies de tus cosechas hablará por ti.


5.- LLAMADOS A DAR O HACER ALGO

Por Javier Leoz

Avanza el mes de julio y también el Tiempo Ordinario con el que vamos descubriendo, siguiendo y escuchando los pensamientos y estilo de Jesús de Nazaret.

1. En estos tres próximos domingos, incluido el de hoy, vamos a meditar tres impresionantes parábolas conocidas como las parábolas del Reino.

¿Qué pretenden? Ni más ni menos que sensibilizarnos, interpelarnos seriamente en el cómo vivimos nuestra fe y si hacemos algo por transmitirla a los demás.

¡Cuántas cosas recibimos de Dios! Hay algunos que dicen que no; que todo lo que son, adquieren, mueven y disfrutan, es fruto de la casualidad o del propio esfuerzo.

Los creyentes, sin embargo, sabemos que Dios dirige como nadie esta complicada maquinaria del mundo y que, nada de lo que acontece en él, ocurre sin su consentimiento.

Qué bueno sería que saboreásemos la parábola de este domingo. Salió el sembrador a sembrar y, encontró a gente como nosotros. Y por si no nos hemos dado cuenta, nosotros, somos campo y sembradores a la vez. ¿Que…cómo puede ser? ¿Que es imposible? ¡Somos siembra y sembrador!

Desde el día de nuestro Bautismo, el Señor, puso en nosotros la semilla de la fe. A continuación, con el paso de los años, en el campo de nuestra vida espiritual, el Señor ha ido depositando, una y otra vez, simientes de su amor, de su Eucaristía, del Sacramento de la Reconciliación. ¿O es que, los sacramentos, no son pepitas de las buenas, de esas que crecen y nos hacen fuertes frente a tantas adversidades?

Pero, como en los campos castigados por la sequía o por la cizaña, también con nosotros ocurre algo parecido: o queremos y no podemos, o dejamos malograr aquello que Dios depositó en lo más hondo de nuestras entrañas.

2. ¿Qué tal va la cosecha? Nos pregunta el Señor en este domingo. Que ¿qué tal va, Señor? ¡Aquí nos tienes! Lo intentamos; queremos ser de los tuyos, pero somos muy nuestros; queremos dar la cara por ti, pero tenemos miedo a que nos lastimen; nos gustaría anunciar tu Reino, pero preferimos sentarnos frente al televisor y dejarnos seducir por los anuncios de bienes pasajeros.

Es así, amigos; nuestra vida cristiana ha estado muy acostumbrada a recibir. ¿Y cuándo vamos a dar? ¿Cómo San Pablo, sabemos de quién nos hemos fiado? Un campo, como el de los cristianos, no puede estar en permanente vacación. Mejor dicho; una vida, como la de los cristianos, no puede conformarse con mirar hacia el cielo; con esperar a que todo se nos dé hecho. Hemos recibido mucho y, en justicia y por contraprestación, por amor a Dios y por coherencia, hemos de brindar algo de lo mucho que Dios nos da. ¿Lo intentamos?

-Los que sois padres ¿por qué no os involucráis un poco más en la educación cristiana de vuestros hijos? ¿Estáis dando el tanto por ciento que Dios espera de vosotros?

-Los que somos sacerdotes ¿anunciamos el Reino con todas las consecuencias o…lo hacemos de una forma dulce y descafeinada para no herir sensibilidades? ¿Tal vez –como dice Papa Francisco- más funcionarios que consagrados?

-Los que sois políticos o tenéis algún cargo de responsabilidad ¿Lo hacéis para todos o sólo para algunos?

-Los que sois jóvenes ¿sentís, en vuestra vida, algo más que la pura apariencia, las prisas, el disfrute o la fiesta?

-Los que sois niños ¿os dais cuenta de lo mucho que otros hacen por vosotros?

Un campo, el espiritual, que no se cuida, el día de mañana nos pasa factura.

3. Sí; es verdad. Tenemos que hacer todos, algo más. ¡Hemos recibido tanto! ¡No podemos guardar, el tesoro de la fe, en el banco de nuestros propios intereses! No podemos consentir que, la semilla de la fe, se pierda por falta de interés, por timidez, por falsas vergüenzas o, simplemente, porque ya no nos hemos preocupado de regalarla con el abono de la oración, la Palabra de Dios, la caridad o la Eucaristía dominical.

Por cierto, hoy más que nunca, el sembrador sigue mirando y saliendo a sus campos. El Señor, sigue observando a los creyentes y ¡cuánto espera de ellos! ¡Cuánto espera de nosotros!

¿Estamos dispuestos hacer algo por Cristo? Para muestra un botón; miremos a nuestro alrededor. ¡Cuántas almas secas! ¡Cuántos corazones que palpitan con todo y de todo, menos con Dios! ¡Cuánto maligno disfrazado de bienestar aparente!

Si, amigos; a tiempos difíciles….cristianos valientes y convencidos. En tiempos de incredulidad; hombres y mujeres que sepan en quién creen, por qué y para qué. Hay que huir del “cristiano bajo mínimos” y lanzarnos con todas las consecuencias, con audacia y entusiasmo, a la siembra de Cristo en el mundo. Y es que, un domingo más, sale el sembrador….y malo será que nos encuentre al “0” por ciento.

3.- QUIERO, SEÑOR

Ser campo, donde tu mano siembre,

y trabajo donde yo me afane.

Ser camino por donde tú te acerques,

y sendero por el que otros, al avanzar con ellos,

puedan llegar a conocerte y amarte.

 

QUIERO, SEÑOR

Que las piedras que entorpecen tu gran obra

las deje a un lado, con la ayuda de tu Palabra

Que la superficialidad en la que navego

dé lugar a la profundidad de tu Misterio

 

QUIERO, SEÑOR

Que nunca se seque en mí

lo que, en mi Bautismo, Tú iniciaste

Que las zarzas del materialismo

no ahoguen la vida del Espíritu

que en mi alma habita

Que el sol abrasador, de la comodidad

o del materialismo,

nunca sean más grandes que mi deseo

de amarte, seguirte y ofrecer mi vida por Ti.

 

QUIERO, SEÑOR

Dar el diez, o el veinte o el treinta por ciento

por Ti y por tu Reino,

más, bien Tú lo sabes,

que eres el Dueño de mi hacienda

el responsable de mis campos

la mano certera de mis sembrados

 

QUIERO, SEÑOR

Que lo que me des, yo esté dispuesto

a entregarlo a todos aquellos

que todavía no te conocen

 

QUIERO, SEÑOR

Que, siendo campo con tantas posibilidades,

metas Tú, la mano del Buen Sembrador,

y recojas lo que más necesites

para el mundo y para mis hermanos

Amén.


6.- LA PALABRA Y EL REINO

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Hemos iniciado en este Domingo Decimoquinto del Tiempo Ordinario, con la parte del Evangelio de Mateo, llamado “Libro de las parábolas”. Y así, con la del Sembrador, que acabamos de escuchar, se nos presentarán, en domingos sucesivos, las de la cizaña, el tesoro escondido, la perla y la red. Y todas estas cinco parábolas se refieren al Reino de Dios. Y a la disposición de cada uno de nosotros para recibir su existencia y presencia. Y es que Palabra y Reino son los dos grandes contenidos de lo que llamaríamos nuestra fe práctica. Es decir, todo aquello que nos impulsa a vivir profundamente las verdades que nos trajo Cristo el Señor.

2.- La Palabra es el propio Jesús, el logos, tal como nos muestra Juan Evangelista en el prólogo de su Evangelio: la Palabra es Dios y la Palabra se hizo hombre y acampó entre nosotros. Y esa Palabra es la trasmisión de la sabiduría de Dios hacia el pueblo que Él ama, pueblo que ha conocido y ha encontrado a Dios, aún con muchas dificultades. Y nosotros lo reiteramos cada vez que proclamamos una lectura en una Eucaristía: decimos con gozo, como asintiendo, cargados de razón espiritual: “¡Palabra de Dios!”. El Reino es la esperanza de vivir unidos en amor y fraternidad. Jesús predicaba la llegada del Reino, y el Reino, en realidad, estaba ya dentro de todos. No es Reino de este mundo, y no porque no haya llegado todavía. No lo es, porque otro reino, el de las tinieblas, se aferra con enorme fuerza a la vida cotidiana. Y, en fin, si la Palabra, acepta la siembra en nosotros y da fruto, el Reino comienza a manifestarse. No es difícil. No es un juego de palabras. Es una realidad fehaciente.

3.- No podemos, de todas formas, obviar algo que queda muy claro en la parábola del sembrador. Y es que en la diferente textura de cada terreno, en que sea mejor o peor para la siembra, influye un hecho definitivo. Nuestra propia libertad. Dios nos ha creado libres con libertad incluso para oponernos a Él mismo. Y por eso hay un acto de libertad plena a aceptar o no la Palabra de Dios. Puede acontecer, asimismo, que nos aleje de la Palabra un desconocimiento de la misma. Pero para eso siembra el Sembrador. Una vez caída la semilla, será nuestra libertad la que influirá en su desarrollo futuro.

4.- La primera lectura que es breve párrafo del capítulo 55 del Libro de Isaías viene a confirmar todo lo anterior. La palabra procede de Dios y baja de la mejor forma a la tierra sedienta: como lluvia y nieve. La figura, sin duda, combina con la idea de la siembra, con la necesaria fertilidad que el riego suficiente comunica al terreno. Y aquí tenemos un doble contenido que también nos puede ser muy útil en nuestra reflexión de hoy; semilla y agua se “confunden” en una misma cosa. La Palabra es sementera y es riego. Lo es todo, en definitiva.

5.- Continuamos con la lectura de la Carta a los Romanos. Hoy Pablo de Tarso nos habla de la futura manifestación de los Hijos de Dios, después de librarse de la esclavitud del maligno, gracias al efecto de la Palabra de Dios en nuestros corazones. Y Pablo amplia esa liberación a toda la creación, a toda; no solo al género humano terrestre con capacidad intelectual para apreciar esa liberación. Y es que un día, Jesús, por la Redención, y su Espíritu liberaron a toda la creación. Y poco a poco tiene que ir viéndose esa apertura a la libertad plena.

Merece la pena que reflexionemos sobre el poder de la Palabra, sobre ese Reino que nace en nosotros y, sobre la promesa de Jesús de que daremos fruto abundante para nuestro bien y el de nuestros hermanos.


LA HOMILIA MÁS JOVEN


ÉXITOS, FRACASOS Y RESPONSABILIDADES

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- En el territorio donde dónde Jesús predicó casi siempre, que fue por otra parte en el que creció y trabajó profesionalmente, la gente vivía de la agricultura. Todavía ahora a Galilea se le llama el granero de Israel. El Señor fue artesano autónomo de la construcción, la mayoría de los apóstoles pescadores, uno funcionario y de los demás no conocemos su ocupación exacta. Ahora bien, todos estaban familiarizados con las labores agrícolas. Sus etapas y técnicas, las que ellos vieron, continuaron siendo idénticas hasta hace muy pocos años. Yo mismo, mis queridos jóvenes lectores, hijo de funcionario que lo fui, no obstante, la siembra, la siega, la trilla y el aventado de la mies, fueron actividades que conocí al detalle desde pequeño. Actualmente en cambio, se echan herbicidas previamente, se siembra el grano con maquinaria que hunden las semillas bajo una tierra previamente preparada y acotada, vendrá finalmente la siega mediante cosechadoras que separaran y guardan el grano y empacarán la paja en compactas balas. Todo es tan rápido y tan tecnificado, que la gente ignora estos procesos. Podéis entender el relato, pero no os interesarán los detalles.

2.- Me pregunto yo ahora ¿qué ejemplo, qué parábola os podré explicar que os resulte clara y familiar? Me temo que no acierte del todo o que el relato no os impacte, pero me debo arriesgar. Hubo un ingenioso e inquieto inventor, que descubrió un día un artilugio que estaba seguro que iba a resultar de gran utilidad general. Su vida eran sus investigaciones y era ducho en ello, pero la manera de que llegaran al gran público sus intuiciones, no la dominaba. Se le ocurrió entonces lo siguiente. Encargó a una imprenta unas hojas que con grandes letras describían su artilugio y pagó a una empresa de reparto, que inundaron los buzones de la población con aquellos anuncios. Nadie respondió, la inmensa mayoría de vecinos los tiraron sin mirarlos siquiera. Como en la población se iba a celebrar una feria, alquilo un stand y se encargó él mismo de atender a los interesados, que esperaba y deseaba se convirtieran en clientes. Unos acudieron curiosos, le escucharon y se entusiasmaron, pero en la próxima caseta, oyendo las excelencias de una tontería, olvidaron de inmediato lo que les había encantado e interesado del innovador buen hombre. Alguien pretendió primero enterarse, para después tratar de asustar al inventor, amenazándole con posibles denuncias, de tal manera que, sintiéndose derrotado, decidió abandonar el proyecto. Pero al atardecer de aquel mismo día, se presentó interesado un hombre experto, aunque no lo pareciese. Solicitó informes, le aconsejó que desmontara su garita y así evitar pagar alquiler por el espacio contratado. Volvería enseguida y le propondría un pacto muy interesante, le dijo.

3.- Se trataba de un empresario espabilado. Estipulada la exclusiva de producción, que de inmediato patentó, fabricó aquel instrumento en grandes cantidades, que se desparramaron de inmediato por todo el territorio e incluso muy pronto atravesó fronteras. Y aquel ingenioso e inquieto inventor, a partir de aquel momento se hizo rico y del fruto de su descubrimiento se aprovechó una multitud. Vosotros, mejor que yo, mis queridos jóvenes lectores, conoceréis historias de estas, en el terreno de la informática o en el de utensilios del hogar. Y no digo más, que de sobras sabéis en qué estoy pensando.

4.- No por nuestra listeza, ni por méritos propios, nos llegó el Evangelio y con él la Gracia. Ambos estrechamente unidos, tienen gran capacidad de salvación. Lo recibimos para nuestro gozo y salud espiritual y para que los propagásemos de inmediato. ¿Cómo hacerlo? Que cada uno estruje su mente, sin desanimarse porque en sus primeros intentos nadie le haga caso. Que tampoco crea que es una labor individual. El Maestro, inmediatamente después de abandonar su tierra y recibir el bautismo de Juan, se hizo encontradizo con algunos y les propuso seguirle compartiendo, sin excluir a mujeres, cosa insólita para aquellos tiempos. Continuó con el mismo proceder, sin desanimarse, pero sí entristecerse, cuando alguien no aceptó su invitación porque las riquezas le ataban o por encargos y faenas que le reclamaban, según ellos pensaban. La misión recibida del Padre quiso que aprovechara a la mayor cantidad posible de personas. Respetó la libertad, pero no se desentendió de nadie.

5.- En muchas profesiones, médico, sicólogo, profesor, por ejemplo, quien la ejerce está disponible, está a la escucha, pero si nadie se le acerca y solicita sus servicios, no se aproxima a él demandando ayuda, se queda indiferente en su sitio. Sus profesiones son servidoras de la comunidad, si alguien las reclama. El cristiano no es así, debe reconocerse, aceptarse y exigirse como apóstol que es y nadie le debe ser indiferente. Tener una semilla viva, supone el deber de sembrarla y que germine, crezca y con la madera que resulte de la planta o con la fruta que proporcione, salvar a muchos de la inanición, aunque no se hayan enterado.

Espero, mis queridos jóvenes lectores, que el cambio formal que me he atrevido a hacer de la parábola, os ayude para vuestro bien. Y acordaos del dicho de R Kipling: si tropiezas el triunfo, si llega tu derrota y a los dos impostores tratas de igual forma…