XXXIV Domingo del Tiempo Ordinario
Jesucristo, Rey del Universo
23 de noviembre de 2014

La homilía de Betania


1.- REINO TRASCENDENTE Y SOBRENATURAL…

Por Antonio García-Moreno

2.- AL ATARDECER DE LA VIDA TE EXAMINARÁN DEL AMOR

Por Gabriel González del Estal

3.- LA HORA DE LA VERDAD

Por José María Martín OSA

4.- “CONMIGO LO HICISTEIS”

Por Pedro Juan Díaz

5.- HEMOS CAMINADO CON ÉL

Por Javier Leoz

6.- UNA ADVERTENCIA PARA TODA LA ETERNIDAD

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


SOBERANÍA DE JESÚS, EL CRISTO

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- REINO TRASCENDENTE Y SOBRENATURAL…

Por Antonio García-Moreno

1.- EL HIJO DEL HOMBRE.- El profeta Daniel nos narra una de sus maravillosas visiones. Después de haber contemplado el triunfo y la ruina de las cuatro bestias, símbolos de cuatro reyes, nos habla de un quinto personaje. Ahora no tiene la forma de león ni de oso, ni de leopardo, ni de horrible animal con dientes de hierro. Ahora, ese quinto rey, el definitivo, el que reinará sobre cielos y tierras, tiene la figura sencilla de un hombre.

Aquellas bestias venían del mar, este Hijo del hombre llega sobre las nubes del cielo. Es difícil comprender a fondo el sentido de estos símbolos, de este lenguaje literario apocalíptico. Pero una cosa es cierta. En esta humilde figura de hombre ve el profeta al Rey del Universo, Dios mismo que baja hasta la humildad de la naturaleza humana, y se hace uno más entre la muchedumbre de todos los hombres.

Jesús de Nazaret, el Hijo del hombre. Así se presentaba él mismo ante la gente de su tiempo. Un humilde carpintero, un sencillo hombre de pueblo que tenía callos en las manos, la piel curtida por el viento y el sol. Un hombre recio que usaba palabras llanas, un hombre que hablaba con fuerza persuasiva de una nueva doctrina, hecha de rebeldía contra la mentira, cargada de amor a los pobres, y de confianza heroica en el poder y la bondad de Dios.

Nos sigue narrando el vidente que ese Hijo del hombre avanzó hacia el trono del Anciano. El de vestiduras cándidas como la nieve, el de cabellos como blanca lana, el del trono llameante, al que le sirven millones y le asisten millares y millares... Siguen unas palabras extrañas; palabras cargadas de un contenido hondo con un sentido más allá de lo que a primera vista se intuye. Son una letanía de palabras mágicas que despiertan en el espíritu del hombre religioso algo muy profundo y difícil de explicar.

Es el anuncio del Reino mesiánico, el Reino definitivo. Poder, honor y gloria al Rey, a Cristo. Cristo Rey, reinando por siempre, permaneciendo en su trono, mientras los demás reyes se quitan y se ponen. Reyes pasajeros, con unos reinos de fronteras reducidas, con una historia tantas veces de final desastroso. Cuántos grandes personajes acabaron de mala o de vulgar manera.

Cristo no. Cristo reinó ayer, reina hoy y reinará siempre... Rey de reyes, hoy nos rendimos a tus pies. Acepta el vasallaje de los hombres. También de los que no te reconocen, esos que tú has redimido con tu sangre. Reina, impera, manda. Nosotros queremos ser leales a nuestro Rey, que eres tú. Fieles vasallos de tu Reino de verdad y de vida, de santidad y de gracia. Reino de justicia, de amor y de paz.

2.- UN REY SIN SOLDADOS.- Los judíos habían decidido dar muerte a Jesús. La gente del pueblo, sin embargo, las almas sencillas que intuyen las cosas de Dios, habían aclamado con palmas y vítores como Rey mesiánico a aquel hombre de origen oscuro que procedía de Nazaret. Habían organizado espontáneamente una entrada triunfal en la que, como dijo el profeta Zacarías, el Mesías entraba majestuoso y pacífico, montado sobre un asno, a la usanza de los antiguos reyes y nobles de Israel. El entusiasmo de la muchedumbre colmó la envidia y los celos de escribas y fariseos. Estaba decidido, aquel hombre tenía que morir.

Ayudados por la traición de Judas, consiguieron apresarle. Aquel que fue poderoso, en palabras y en obras, quedó de pronto sin fuerza ni resistencia alguna. El que fue capaz de arrojar, solo contra todos, a los mercaderes del templo, aparecía inesperadamente desarmado, inerme y abandonado. Sin embargo, entonces empezó la última batalla del gran Rey en la que, dando su vida, vencía a la muerte y destronaba al Príncipe de este mundo, alcanzando para todos la salvación eterna.

Aunque decidieron su muerte, ellos no podían ejecutar la pena capital. El poder de Roma, bajo el que vivían sometidos, les imponía ciertas limitaciones, entre las cuales estaba la de no tener el "ius gladii", o poder para aplicar la pena de muerte. Por eso acuden a Pilato para que crucifique a Jesús. A fin de conseguir su propósito recurrieron a todos los medios a su alcance, incluida la mentira y la calumnia.

Pilato acabó cediendo a las presiones y amenazas de los judíos. No obstante, hay que reconocer que procuró salvar a Jesús de la muerte. Con esa intención preguntó al reo si era cierto que fuese rey. Jesús, que antes se había opuesto a que lo proclamaran como rey, se confiesa abiertamente como tal ahora, cuando de sus palabras podía depender su crucifixión. El Señor contesta que sí, que él es rey, que para eso ha venido y para eso ha nacido. Pero aclara que su Reino no es de este mundo, pues si lo fuera ya habrían llegado sus soldados a defenderle. Pero en su Reino no hay soldados: no se implanta con la violencia de las armas que matan, sino con la fuerza del amor que vivifica.

Reino de Cristo, Reino trascendente y sobrenatural, que no desprecia este mundo sino que lo eleva y lo redime. Reino que acoge al hombre tal cual es, pobre y limitado animal racional, y lo transforma de hombre mortal en hijo de Dios que vivirá para siempre. Cristo, nuestro Rey de amor y de verdad, nos sale una vez más al encuentro, armado de comprensión y de amables exigencias, para reconquistar nuestra sumisión generosa, ese vasallaje entrañable que lleva consigo, para quien lo acepta, la felicidad y el gozo si fin.


2.- AL ATARDECER DE LA VIDA TE EXAMINARÁN DEL AMOR

Por Gabriel González del Estal

1.- Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos conmigo lo hicisteis. En las lecturas de este último domingo del año litúrgico no hemos leído las lecturas que se refieren a los hechos catastróficos que precederán a la venida del Hijo del Hombre, sino la lectura de Mateo 25, que se refiere a lo primero que hará el Hijo del Hombre cuando ya haya venido. Yo he escrito arriba esta frase de la canción que Cesáreo Gabarain escribió un mes antes de morir: “al atardecer de la vida te examinarán del amor”, porque creo que en ella está resumido el principal mensaje de estas lecturas. El mandamiento nuevo de Jesús no nos dice otra cosa: en esto conocerán que sois mis discípulos en que os amáis los unos a los otros como yo os he amado. Dios mismo nos reconocerá como auténticos hijos suyos si nos amamos unos a otros como Cristo nos amó. San Pablo repitió esta misma idea muchas veces: el que ama cumple la ley entera y los profetas. Y lo mismo dirían, cada uno a su manera, otros muy grandes santos: san Agustín, san Francisco, san Juan de Cruz y santa Teresa, etc. La verdad es que esto es algo fácil y bonito de decir, pero es dificilísimo de cumplir. El mandamiento nuevo de Jesús es el mandamiento más difícil de cumplir de todos los mandamientos del Antiguo y Nuevo Testamento. De hecho, al único que lo cumplió íntegramente, a Cristo, lo mataron precisamente cumplirlo, es decir, por amarnos a todos, hasta ofrecer su vida por nosotros. En este revolucionario texto de Mateo 25 que leemos en este domingo está dicho esto mismo de una forma radical y excluyente: lo que hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos conmigo lo hicisteis, es decir, si no amáis a las personas necesitadas no os reconoceré como discípulos míos. Podremos haber hecho todas las obras buenas que hayamos hecho, hasta haber hecho milagros, pero, si no hemos amado al prójimo necesitado, el Hijo del Hombre no nos admitirá en el reino preparado por el Padre desde la creación del mundo.

2.- Buscaré las ovejas perdidas, haré volver las descarriadas, vendaré a las heridas, curaré a las enfermas. Es el Señor Dios, Yahvé, el que expresa por boca del profeta Ezequiel su amor por las personas más desprotegidas y necesitadas. Es lo mismo que se expresa en el salmo 22, que todos sabemos de memoria: El Señor es mi pastor, nada me falta… tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida. Los cristianos siempre hemos aplicado este texto del profeta Ezequiel, así como el salmo 22, a Cristo. Lo que debemos poder hacer los cristianos es poder aplicarnos estas lecturas a nosotros mismos. Todos somos ovejas de Cristo y todos somos, o podemos ser, pastores de alguien. Como ovejas de Cristo deberemos dejarnos conducir por él, no por intereses puramente mundanos y egoístas; y como pastores, o guías, deberemos tratar de imitar al buen pastor, atendiendo a todo el que requiera nuestra ayuda, con especial esmero y dedicación a los que más lo necesiten.

3.- El último enemigo aniquilado será la muerte. En esta primera carta a los Corintios, san Pablo recuerda una vez más a los cristianos de esa comunidad que con la resurrección de Cristo se ha hecho posible nuestra propia resurrección. Naturalmente, para poder resucitar con Cristo deberemos asemejar nuestra vida a la suya: siendo buenas ovejas de su rebaño y buenos guías, o pastores, de las ovejas que el Señor ponga a nuestro cuidado. Al final de nuestra vida Dios nos va a examinar en eso: en el amor que hayamos demostrado a Cristo y en el amor que hayamos tenido a las ovejas más necesitadas del rebaño de Cristo. Como hemos dicho al principio, el examen sobre el amor cristiano es un examen dificilísimo de aprobar, pero si dejamos que el mismo Cristo sea siempre nuestro buen pastor seguro que lo aprobaremos, porque seguro que su misericordia nos acompañará todos los días de nuestra vida.


3.- LA HORA DE LA VERDAD

Por José María Martín OSA

1.- "Ya, pero todavía no". El último domingo del año litúrgico se celebra la fiesta de "Jesucristo, Rey del universo". Es la culminación de todas las fiestas del Señor que hemos celebrado a lo largo del año. ¿Cómo, dónde, cuándo tiene que reinar Jesucristo? Su reino no es de este mundo, por eso su forma de reinar es desde la humildad, desde la cruz.... Su corona es de espinas, su cetro una caña cascada, su manto un trapo de color púrpura, su trono la cruz. Reina en el corazón de cada hombre y cada mujer que se acerca al otro, descubre su necesidad y le ayuda. Reina en aquél que descubre a Cristo en el rostro del mendigo, en la madre angustiada por el hijo que se pierde, en el anciano que se muere en soledad. Cristo debe reinar ya en nuestro interior, porque su Reino ya ha comenzado, pero todavía no ha llegado a su plenitud. Es el "ya, pero todavía no" en tensión escatológica.

2.- El Rey- Pastor cuida de sus ovejas. El Profeta Ezequiel nos promete que en la Era Mesiánica el Hijo de David, el Mesías, será nuestro Rey-Pastor. Por culpa de sus jefes, Israel es un rebaño disperso. El Destierro de Babilonia es una calamidad que amenaza la misma supervivencia de Israel. Por eso va a intervenir Yahvé y va a realizar un plan de Redención y Salvación: «Porque así dice el Señor Yahvé: Aquí estoy Yo; Yo mismo cuidaré de mi rebaño y velaré por él .Y ante todo las rescata de todos los sitios adonde han sido desterradas y dispersadas; las reúne y congrega; las retorna al aprisco y a los pastos de Israel. Después del Destierro ya no se restauró la Monarquía; el Rey-Pastor será Yahvé. Y ahora, desechados y castigados los malos pastores que en vez de ocuparse de las ovejas, egoístas y avaros sólo buscaron las propias conveniencias, Yahvé mismo se hace Pastor de su pueblo: «Yo mismo apacentaré mis ovejas, Yo mismo las llevaré a reposar. Oráculo de Yahvé» .Esta maravilla de amor la realizará Dios enviando al Mesías: «Yo suscitaré para ponérselo al frente un solo pastor que las apacentará, mi siervo David; él las apacentará y será su pastor. Yo, Yahvé, seré su Dios y mi siervo David será Rey en medio de ellos». Dios reinará en su pueblo, Dios apacentará su rebaño por medio del Mesías. Jesús, en la parábola del Buen Pastor, reivindica para Sí este título y esta función Mesiánica. Nosotros lo proclamamos en el Salmo 22: El Señor es mi pastor, nada me falta”

3.- “El Cristo triunfante en el cielo es mendigo en la tierra”. (San Agustín). El juicio de Dios es para la salvación de todas las naciones. El resultado del mismo depende de la opción personal de cada uno por la misericordia o por la cerrazón de corazón al hermano necesitado. Es nuestra actitud ante el ser humano lo que se juzga. El evangelista Mateo abre aquí una gran puerta a la acción salvadora de Dios con toda la humanidad y actualiza la presencia de Jesús en los débiles los pequeños, los marginados, los excluidos, los estigmatizados. Si quieres ayudar a alguien, hazlo en vida, hermano, porque el Cristo triunfante en el cielo es mendigo en la tierra. Dios no nos juzgará por lo que le hayamos hecho a Él. Nadie ama a Dios directamente, ni ofende directamente a Dios. Le amamos y le ofendemos en nuestro hermano El hombre es el sacramento de Dios, la necesaria mediación y el único camino para llegar a él. Todos serán juzgados según su actitud hacia “los hermanos más pequeños” de Jesús. Seremos juzgados por el amor que hayamos tenido a los demás y por la capacidad que hayamos desarrollado de crear en el mundo condiciones fraternales de vida. El amor no es una idea abstracta, un buen sentimiento, una palabra cariñosa. Son obras concretas: Dar de comer, vestir, visitar en la cárcel... Y hacer todo eso no necesariamente "por amor de Dios". Basta con que se haga por "amor al ser humano". Si realmente es así, se está haciendo a plenitud y según la voluntad de Dios. Nadie será juzgado por su doctrina, por las ideas que tuvo sobre la religión, por los dogmas en los que creyó. Sólo contarán los actos de servicio al prójimo, los actos de justicia con el hermano oprimido y necesitado de nuestra ayuda. Contará el dar de comer, el dar de beber, el dar vestido... Cosas tan simples y tan básicas, las elementales "obras de misericordia” salvarán al hombre.


4.- “CONMIGO LO HICISTEIS”

Por Pedro Juan Díaz

1.- El final del año litúrgico nos recuerda, una vez más, que Jesucristo es el primero de los resucitados, y que eso nos abre a una nueva realidad, a un nuevo reino, a una nueva humanidad. Esta celebración de hoy resume la manera de vivir de Jesús: su cercanía con los pobres, su sentarse a la mesa de los pecadores, su no tener donde reclinar la cabeza, su afán por curar, perdonar, amar, recuperar a los desesperanzados, a los hambrientos, sedientos, forasteros (inmigrantes), desnudos, enfermos, presos… En definitiva, a los “ninguneados” de este mundo nuestro. Por eso el reinado de Jesús no es un reinado de poder y autoridad, ni se identifica con los reyes y príncipes de este mundo, sino que es un reinado de servicio, entrega, amor… y se identifica con los más pobres, que son los más importantes en ese Reino, en esa nueva humanidad que Dios va a crear cuando recapitule todas las cosas en su Hijo Jesucristo, Rey del Universo.

2.- No podemos decir que no estamos avisados, o que no lo sabíamos, porque en la Palabra de Dios se nos recuerda constantemente. Y por si fuera poco, hoy hay un subrayado especial. Todas esas personas que son apartadas del justo reparto de los bienes de este mundo, en todas ellas está Dios. Jesús se identifica con ellos. Y lo dice muy claramente: “conmigo lo hicisteis”. Jesús se identifica con toda persona hambrienta, sedienta, encarcelada, desnuda, con toda persona que se ve obligada a emigrar, con los que se cuelgan de las vallas de Melilla buscando un futuro mejor, con los que no tienen hogar y viven en la calle, con los enfermos, con los que sufren los recortes en sanidad, en dependencia, en definitiva, con todos los que se sienten “pisoteados” en su dignidad y en sus derechos. “Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis”.

3.- Además, vemos también como es Dios con nosotros, sus ovejas. Lo vemos en la lectura de Ezequiel. Él mismo nos busca, sigue nuestro rastro, hasta que nos encuentra; nos vuelve a reunir y nos protege de todo peligro; nos apacienta, nos hace sestear; venda nuestras heridas, cura nuestras enfermedades; se preocupa especialmente por aquellas más perdidas o descarriadas, por las que se sienten desprotegidas, apartadas. Así es Dios con nosotros. Y en el Salmo podemos ver cómo sentimos nosotros ese amor y ese cuidado de Dios en primera persona: “El Señor es MI pastor… en verdes praderas me hace recostar… me conduce hacia fuentes tranquilas… repara mis fuerzas… me guía por el sendero justo… tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida…”. ¿Por qué no hacer posible esta experiencia de amor a todas las personas que la necesitan y no la ven o no la encuentran?

4.- Los pobres son la presencia de Dios, de Jesús, entre nosotros. Dios se manifiesta a través de ellos. Ellos son para nosotros palabra y presencia de Dios. Si queremos estar cerca de Dios, también habremos de estar cerca de los pobres. Dios no es indiferente ante el sufrimiento humano. Por eso, aquellos que en esta vida no encuentren justicia, serán recompensados por Dios en la resurrección de los muertos y de los cuerpos. Ahí será restablecida toda justicia y todos será recapitulado y puesto en su justo orden. Ahí viviremos en plenitud ese proyecto de humanidad de Dios basado en el amor y la fraternidad entre todas las personas. Ahí también daremos cuenta de nuestra manera de actuar con los más necesitados, con los últimos de este mundo, con los pequeños, con los más pobres. Ahí recibiremos la herencia de Dios, de la cual somos herederos: “Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo”.

5.- Que la Mesa de la Eucaristía sea la Mesa de los hermanos, la Mesa de la fraternidad donde todos se sientan acogidos, respetados, acompañados, amados. Que sepamos mostrar a los más necesitados el rostro de un Dios que se entrega por ellos, para que tengan una vida digna y en condiciones; un Dios que se desvive por todos nosotros cada vez que, al celebrar la Eucaristía, entrega a su único Hijo para nuestra salvación.


5.- HEMOS CAMINADO CON ÉL

Por Javier Leoz

1.- Hoy, con esta conmemoración, coronamos el Año Litúrgico. Todo lo que ha acontecido en nuestras iglesias, en nuestras comunidades, en nuestras parroquias, en nuestra vida personal (cristianamente hablando) ¿Lo hemos centrado en Jesús? Si es así, este día, no resulta difícil entender, celebrar, ni asimilar. Sí; el Año Litúrgico es un inmenso arco que hemos recorrido (adviento, navidad, cuaresma, pascua y la cadencia semanal) Jesús es la piedra angular: la clave que sostiene todo.

-El Reino que Jesús nos propone no conoce fronteras. La creación es un racimo de hermanos en el que estamos llamados a entendernos y a promover la justicia.

-El Reino que Jesús tiene no son grandes hectáreas o palacios espléndidamente decorados con cortinajes y oropeles.

-Su Reino, por el contrario, pretende llegarse y adentrarse en nuestro corazón. Es, en el corazón, donde Dios quiere reinar de verdad. Es en el corazón del hombre, donde Dios, encuentra más resistencias para pasearse y regir sin encontrarse obstáculos.

2.- Preguntemos, como Pilatos, a Jesús: ¿Tú eres rey, Señor? Tal vez, El, nos contestará: depende de lo que entiendas por “rey”. ¡Es un rey tan atípico! ¡Es un reinado tan original! ¡Es un reino tan idílico!

Nosotros, mal que nos pese, no somos el centro de las miradas del mundo ni, por supuesto, el eje alrededor del que gira todo lo demás. Luego viene lo que viene y pasa lo que pasa: el tinglado que nos habíamos montado (la sociedad del bienestar, de la mentira o de la corrupción) se nos viene abajo. Los vasallos que pensábamos tener a nuestro servicio (los amigos que resultaron no ser) nos dan la espalda y nos quedamos con lo que en realidad somos: simple pretensión de ser y de aparentar lo que nunca fuimos.

3.- El Reino del Señor es muy distinto al de aquellos que nos propone cualquier guion o cualquier otro que haya existido en la historia:

- Su defensa es el amor

- Su poder es el servicio

- Su corona es la verdad

- Su trono es una cruz

- Su castillo es la vida interior

- Su pregón es Dios amor

- Su ejército es el convencimiento de aquellos que seguimos esperando y creyendo en El

4.- Hemos caminado, de la mano de Jesús, durante estos meses. Hemos compartido, en el altar, la Eucaristía. Su amor inmenso en el calvario. Sus horas de gloria en la mañana de Resurrección. Hemos asistido emocionados a encuentros y desencuentros con los escribas y con los fariseos. Hemos visto como, Jesús, es un Dios que salva al hombre y sana a enfermos, ciegos, cojos, lisiados y que es capaz de ofrecer alimento allá donde exista la escasez. ¡Cómo no va a ser, siendo así, Rey del Universo! ¿Dónde hemos visto a alguien que, como Jesús, se desviva hasta exprimir su sangre en la cruz? ¿En quién hemos visto, sino en Jesús, un interés por el pobre hasta defenderlo y ponerlo en el lugar que le corresponde? ¿Dónde encontrar a otro, que no sea Jesús, apostando por el hombre, animándole a seguir adelante y a levantarse tras los tropiezos de cada día?

--¡Sí! ¡Tú, Señor, eres Rey! Un rey extraño y que, constantemente se está desprendiendo de las riquezas que, tus vasallos ponemos con variados intereses a tus pies. ¿Será, Señor, que te queremos sentado y no caminando? ¿Será, Señor, que te soñamos coronado y no sirviendo? ¿Será, Señor, que te preferimos en un palacio y no mezclado con los sinsabores, luchas y retos que nos plantea el mundo?

--¡Gracias, Señor! Después de estos domingos. Después de haber escuchado tu Palabra. De haber entrado en comunión contigo, por la oración, no podemos menos que exclamar que Tú eres el Rey que nos salva; la fuente que nos da vida; la luz que nos ilumina; la mano que nos conduce; el poder que nos hace falta.

--¡Qué razón tenía Jesús! ¡Mi Reino no es de este mundo! ¡Ni falta que hace, Señor! Entre otras cosas porque, los hombres, tenemos una capacidad extraordinaria para destruir lo bueno, lo santo o las raíces de un árbol (como el cristianismo) que ha sido la vena de poetas, artistas, labriegos, sacerdotes, arquitectos o de pintores, hasta no hace mucho tiempo.

5.- Pero, precisamente, Señor, porque tu reino no es de este mundo, necesitamos gente, personas, servidores tuyos que naden contracorriente; que digan al pan, pan; y al vino, vino.

Hombres y mujeres que, ante el intento de un diseño de la sociedad, la educación, la familia….al margen de tu reino, sean capaces de anunciarlo de nuevo. Desde abajo. Desde el principio. Sin temor. Con convencimiento. Y, entonces, Señor…tu reino volverá, de nuevo, a hacerse hueco en este destrozado imperio.

6.- TÚ, SEÑOR, ERES…EL CENTRO

En el centro de la rueda, Tú Señor, eres el eje

En el centro de la historia, Tú Señor, eres la página central

En el centro de la humanidad, Tú Señor, eres el corazón

En el centro de la Iglesia, Tú Señor, eres su cabeza

En el centro de la vida cristiana, Tú Señor, eres su motor

En el centro de la caridad, Tú Señor, eres su empuje

En el centro del amor, Tú Señor, eres la razón para regalarlo

 

En el centro de la alegría, Tú Señor, eres la fuente que la ofrece

En el centro de la fortaleza, Tú Señor, eres el secreto que la produce

En el centro de la fe, Tú Señor, eres su razón

En el centro de la Eucaristía, Tu Señor, eres quien la hace real

En el centro de la oración, Tú Señor, eres quien la hace verdadera

En el centro de la verdad, Tú Señor, eres quien la hace buena

En el centro de la humildad, Tú Señor, eres quien no la hace falsa

 

Tú, Señor, por ser Rey conoces nuestro vivir

De qué madera está construido el hogar de nuestras almas

Por dónde vamos y por qué y por quién nos movemos

Haz, Señor, que –como amigos tuyos-

podamos seguir caminando hacia ese Reino de paz y de justicia

de verdad y de gracia, de alegría y de esperanza

Que, lo comenzamos a levantar y conquistar en la tierra,

pero lo viviremos y disfrutaremos eternamente en el cielo.

¡Entonces cara a cara, sí que te veremos, gran Rey!


6.- UNA ADVERTENCIA PARA TODA LA ETERNIDAD

Por Ángel Gómez Escorial

1.- El Evangelio de hoy, que procede del capítulo 25 del libro de Mateo, guarda coherencia con los anteriores que hemos ido leyendo las semanas precedentes y que contienen advertencias firmes para el final de los tiempos. En definitiva, Jesús nos ha ido dado una serie de consejos a que vigilemos nuestra actitud ya que el tiempo se está consumando. Sería con la parábola de las vírgenes que esperan al esposo y con los empleados que han tenido que administrar convenientemente los dones dados por su Señor. Pero hoy la advertencia tiene efectos de eternidad. No es ya --en sí misma-- una advertencia y si una sentencia definitiva.

2.- Se ha acabado el tiempo y solo queda el juicio universal para iniciar lo eterno. No hay ya retorno. Ni otra oportunidad. El tiempo –y el espacio—tal como lo entendemos nosotros se ha terminado. Y, claro, el relato del juicio final nos llega en el último domingo del Tiempo Ordinario. El próximo ya será Adviento. Y, entonces, se abrirá un tiempo de esperanza y júbilo. Vamos a esperar al Niño que nos salva. Sin embargo, hoy Jesús quiere recordarnos el final de los finales. Y lo hace para que entremos purificados en ese ámbito de esperanza. O para, que a lo largo de los domingos que celebraremos hasta el Día de Navidad seamos capaces de enmendar nuestros caminos y allanar los personales riscos de conducta lejana a lo que es Jesús.

3.- Sobrecogen las palabras de Jesús. Y ninguno de nosotros quisiera oír, un día, el desprecio final que el Maestro expresa. Lo más duro es más pensar que no nos deje seguir a su lado, que no nos reconozca y que nos llame malditos. Las palabras cálidas con las que nos rogaba que fuéramos a su lado si estábamos cansados y agobiados se han desvanecido. Asimismo parece que quedan muy lejos las invitaciones a portar carga y yugo suaves y ligeros. Nuestra salvación es un asunto personal. Es cierto que contamos con la ayuda de Dios, sin la cual habría posibilidad alguna. Pero eso no quiere decir que podamos transferir nuestra responsabilidad. Jesús nos ido repitiendo que hemos de perseverar, vigilar y estar atentos. Dios Padre lo ha expresado de la misma forma en toda la historia prodigiosa del Antiguo Testamento. Las pruebas de su ternura son idénticas al talante de Jesús con los enfermos, pobres y humildes.

4.- Y dichas advertencias no son sólo una secuencia histórica expresada en los Libros Sagrados. Dios se acerca a nosotros, todos los días, para hablarnos de manera privada y con los mismos contenidos. Luego, nosotros haremos lo que queramos, porque el mismo Dios no ha creado libres y el ejercicio de nuestra libertad es completamente intransferible. La existencia de la libertad marca la presencia de la justicia. Y ambas constituyen un modo muy especial de armonía. Tal vez, dura armonía, pero real, importante, inevitable. Nuestra fe en Dios, nuestra adhesión a Jesús, como Hijo Unigénito, nuestro amor a dios y a los hermanos nos traerán la salvación. Pero podemos preferir otro camino y tenemos capacidad y libertad para seguirlo... Es nuestra responsabilidad, aunque hemos de esperanza en el amor de Dios sembrado en nuestra alma. Con esa confianza bien situada en nosotros todo es posible.

5.- "Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis." Conviene hacer un hueco en nuestro corazón a estas palabras. Debemos escucharlas atentamente y releerlas en nuestros momentos de oración. No se trata de una invocación tremendista o terrorífica. La advertencia final del Señor Jesús debe servirnos como medicina para evitar los engaños del de siempre. Es fácil confiarse o auto-engañarse. O dejar al Malo que nos engañe.

6.- Y también la literalidad de estas palabras de nuestro Amigo nos es muy útil. La condena que hace no se refiere más que a la relación con nuestros hermanos más necesitados personificados en la mismísima figura de Cristo. Porque le vamos a preguntar: "Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?" Su respuesta será inequívoca: "Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo." No hay mejor enseñanza. Es como el epílogo necesario a, por ejemplo, las bienaventuranzas. Se trata de una concreción fuerte para nuestra vida de cristianos. Además de nuestra fe, de nuestra religiosidad, de la necesaria vida íntima con Jesús tenemos que salir a la calle a ayudar a los hermanos más necesitados. No hay vuelta de hoja.

7.- Sabemos, por otro lado, que la ayuda de Dios nunca nos va a faltar para seguir el camino adecuado. Y que escuchar a Jesús las palabras transcritas a continuación no es una realidad imposible si confiamos en Él y queremos servir a los hermanos. Merece la pena oírlas con mucha atención y, asimismo, releerlas con mucha entrega: "Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme." Y lógicamente esto producirá sorpresa, porque algunos de los buenos que han suspirado --y trabajado-- para estar cerca de Jesús, tal vez no se hayan dado cuenta con suficientemente intensidad que en aquel pobre que echaron una mano estaba el mismísimo Cristo. Y, por tanto, el Señor va a decir: "Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte? Y el rey les dirá: "Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis." Conviene, pues, valorar de manera muy precisa y objetiva el servicio a los demás, a nuestros hermanos, como lo más importante de nuestro amor a Dios. Es bueno repetir sobre esta idea e invitar a la meditación sobre este importante relato del Evangelio de Mateo.

8.- En la profecía de Ezequiel que hemos leído se dan pistas suficientes para mejor entender lo anterior. El Señor busca a sus ovejas, para amarlas y curarlas. Y después las separa, las elige. Nunca falta el amor de Dios. Quien elige otro camino, contrario a la salvación, ha de hacerlo en contra del Señor. Luchando contra su ayuda manifiesta. No es cierto del todo que el camino más fácil sea el de la perdición. A veces, instintos, placeres, engaños llevan hacia situaciones difíciles, a pecados manifiestos. Pero, en seguida, aparece el Señor en nuestro rescate. La separación definitiva es algo más duro, más profundo. Es una ruptura violenta, avalada por la soberbia y enmarcada en la desidia. Es necesario examinar nuestras conciencias. Y tener un análisis objetivo de la forma de actuar. No es ocioso entrar, a veces, en el pormenor de una mala actuación. No se trata, por supuesto, de hurgar en el mal. Se trata, solo, de conocerlo y evitarlo. El ejercicio nos servirá para conocernos mejor y estar preparados ante otros embates del Malo.

9.- El análisis que hace San Pablo de los tiempos finales es, además, de profético, verdaderamente importante. Es sabiduría divina expresada en magnífico lenguaje. De este final Pablo nos dice en su Primera Carta a los Corintios que "el último enemigo aniquilado será la muerte". Y añade que "cuando todo esté sometido, entonces también el Hijo se someterá a Dios, al que se lo había sometido todo. Y así Dios lo será todo para todos". Es el final absoluto. Es el principio del firme y permanente Reino de Dios. Y tras todo esto se no va abriendo la esperanza del tiempo del Adviento. Hemos de llegar al mismo bien preparados y estas lecturas de la misa de hoy nos ayudan.

6.- La tradición llama al domingo que celebramos hoy de "Cristo, Rey del Universo". Que el Verbo es rey de todo lo creado es más que obvio. Y es rey, además, de nuestras almas y de nuestros caminos. No obstante alguno quisieron ver, en su día, una cierta dimensión terrena y política a este título. La política se ha mezclado con la vida de la Iglesia desde siempre. Y no es política lo que preconiza el Salvador si no servicio. Y los políticos aunque dicen que sirven, en la mayoría de los casos quieren servirse de los demás. Aunque, tal vez, no deberíamos ser tan severos con los políticos. San Pablo decía que había que orar por ellos y así, muchas veces, en la oración de los fieles de la Santa Misa, se pide por ellos y por la validez comunitaria de sus trabajos. Lo malo es politizar a Cristo y a su Iglesia. Y eso se ha intentado siempre: desde la izquierda a la derecha; desde las monarquías o desde las repúblicas. Pero nuestra seguridad está en considerar a Cristo nuestro único Rey. Y Él reina en un espacio y un tiempo --en un Reino-- que nunca se acaba.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


SOBERANÍA DE JESÚS, EL CRISTO

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- En mi infancia aceptaba oír el título de Cristo Rey sin ningún titubeo. Esta cualidad que se le atribuye, no podíamos compararla con ningún contemporáneo. El título de rey lo llevaban personajes de la antigüedad, no teníamos ninguna referencia a personas que lo poseyeran por aquel entonces. Había sí, pero yo, y la mayoría de nosotros, las desconocía. Recuerdo que cuando estudiaba bachillerato, en retiros o ejercicios espirituales, entonábamos melodías cuyo vibrante acento estaba en repetir el estribillo: Cristo vence, Cristo reina, Cristo impera. En el seminario la aprendí en el latín gregoriano. En Taizé también se canta con otra melodía.

2.- Os he explicado un poco de mi historia a este respecto, mis queridos jóvenes lectores, para que comprendáis que la expresión que da nombre a este domingo, la conozco de siempre. Pero llega uno un día y se pone uno a reflexionar el significado que pueda tener para nuestra actualidad el título. Si salgo y digo a quien me encuentro: creo que Jesús es rey, tal vez se me responda con una sonrisa y un interrogante, pues, aun tomándolo en serio ¿a qué clase de rey me refiero? ¿a alguno que con esta titularidad tiraniza a su pueblo? ¿a aquellos que reinan, pero no gobiernan? ¿a aquellos otros que cumplen una función puramente representativa, a las órdenes de quienes en realidad mandan?

3.- Tal vez debamos cambiar el lenguaje e ir a vocablos más apropiados. Se me ocurre el de soberano, quizá por su imprecisión. No me interesa demasiado el lenguaje. Lo que os confieso, mis queridos jóvenes lectores, es que Jesús es mi ilusión, mi protector, mi amigo, mi confidente, mi referencia en cualquier momento. Me pregunto en alguna ocasión ¿Cómo obraría el Maestro, si estuviera en mi situación? Pero también, jocosamente, le digo: Tú no supiste lo que era un buen café, o nunca viste un edelweiss, tampoco gozaste de volar en un avión. De manera semejante le confío: probablemente sufriste dolor de vientre o de cabeza semejante al mío. Tuviste seguramente hambre, porque faltó previsión al compañero apóstol que se encargaba de ello. Eres un sol, le digo en otras ocasiones. Aunque me hubiera casado con una mujer maravillosa, no me amaría tanto como me amas Tú, le repito.

4.- Así es mi Rey.- El pueblo de Israel era, en sus orígenes, beduino. Desconocía el título real. El Jeque de su tribu era un pastor. He tenido ocasión en mi niñez de conocer a los pastores de un tío mío. Aunque eran trabajadores a sueldo, ejercían su oficio con una delicadeza que no tenían los obreros del ferrocarril, que eran los más próximos a mi realidad familiar. Querían a sus ovejas y corderos con ingenuo amor, muy diferente a como apreciaban sus herramientas o máquinas los otros. Yo, que en diversas circunstancias he tratado con pastores, entiendo seguramente algo mejor que vosotros, el significado de esta solemnidad que cierra el año litúrgico.

5.- Si la primitiva comunidad reconoció la divinidad de Jesús y su soberanía, y expresó la cualidad de su amor con la figura del Buen Pastor. La comunidad industrial actual, desconoce este oficio y por tanto será preciso hablar del Corazón de Jesús o de la Divina Misericordia, su significado es semejante. Para entender el mensaje de la primera lectura del evangelio de hoy, será preciso situarse mentalmente entre un rebaño, para reconocer la bondad de nuestro Señor. El misterio de la Santísima Trinidad es muy misterioso. Valga la redundancia. En Él, como podamos, debemos situarnos. Somos del Hijo y con Él seremos presentados al Padre. Lo limitado, mediocre o malo que hayamos heredado, será blanqueado y suprimido por esta incorporación a Cristo. Tal vez nuestra estirpe, aprisionada en el espacio y tiempo, no sea la única. Tal vez existan otras que tengan diferentes relaciones con Dios. La nuestra está tan íntimamente unida al Hijo, que un día, en otra existencia, seremos con Él, así lo esperamos, incorporados a la Total Divinidad Trinitaria. Si entró en nosotros el pecado, Jesús lo borrará.

6.- ¡Qué bella es esta perspectiva! ¿Es utópica? ¿Es casual e imprevisible? La lectura evangélica nos ilumina. La felicidad eterna en la nueva existencia, es un don de Dios, pero sin desdeñar nuestra colaboración. Deseándola Él y reclamándonosla a nosotros. Si la parábola de los talentos era exigente, la plástica descripción imaginaria del Juicio Final, lo es mucho más. Bueno es aquel que ve a Jesús en el indigente, en el discapacitado, en el enfermo… Este tal es un cristiano practicante.

7.- Malo es el egoísta, el calculador cuando se trata de ser generoso y que está convencido de que lo que posee lo necesita para sí mismo. El que no tiene tiempo para ayudar a un niño impertinente, a un mendigo que supone se gastará lo que le dé en vicios, así que será mejor no darle nada, para no colaborar a su borrachera, el que piensa que un enfermo en estado de coma irreversible es mejor no ir a verlo, respetar su situación de vegetal… Total, si no se entera de nada…Tal vez va a misa, a pesar de ello, será un cristiano creyente y no practicante.

8.- Por mi parte, os lo confieso, trato de imitar a Jesús y una condición indispensable para conseguirlo, en mi caso, es encontrarme con Él cada día en la misa, que celebro habitualmente yo sólo. Por los senderos de la vida, por los avatares de cualquier situación vuestra, siempre o cruzaréis con alguien menesteroso o discapacitado. No le ignoréis. Un día nos lo encontraremos convertido en el fiscal de nuestro juicio.

Si somos hospitalarios, generosos sin cálculo, amables, ignorantes de antipatías que las pueda tener el que sale a nuestro encuentro, esperando ayuda, si rezamos por aquellos a los que no podemos personalmente ayudar de otra manera, además de gozar satisfacción en esta realidad en la que estamos, preparamos nuestra estancia feliz a la que llamamos Eternidad.