Escribe: Antonio García-Moreno


“Confírmanos, Señor, en el espíritu de penitencia” (Oración de Laudes, 20 del día 2 del 2)

Te lo ruego, Dios y Padre mío, confírmame en el espíritu de penitencia, pues sólo así lucharé por ser fiel a tu voluntad, y caminar por los caminos divinos de la tierra. Gracias por las noticias que me llegan de Roma

Sobre la buena marcha de la próxima publicación. Ayúdame en mi afán por sembrar en el viento, superando la impresión de que es tiempo perdido. Es no es cierto, porque ni un solo vaso de agua queda sin recompensa cuando se da por amor a Dios, tanto más se recompensarán las horas pasadas estudiando, escribiendo y publicando.

Es necesario sobreponerse al desánimo al no ver con claridad en qué quedará todo lo que predico o escribo. Tengo que dar cauce a ese tu amor que, que como ancho río y desbordado, inunda mi alma. Hacer actos de contrición, virtud que consiste en el dolor de haber pecado. Ayúdame, Madre mía, a rezar el acto de contrición con fervor y confianza: “A mí me pesa de haberos ofendido. Propongo firmemente nunca más pecar; apartarme de toda ocasión de ofenderos…”. Con los italianos digo también: “O Gesù d’amore acceso, non ti abessi mai offeso…”

 

“Todo primogénito será consagrado al Señor” (Lc 2, 23)

Soy primogénito en cuanto que fui el primer hijo de mi madre, aunque luego, a pesar suyo, no tuvo más hijos. Por otro lado, en el Bautismo todos somos ungidos con el óleo sagrado, y desde ese momento dejamos de ser “morito”, como dice la bibliotecaria que era su hijo hasta ser bautizado. Por otro lado en la Confirmación también somos ungidos. En mi caso, fui ungido además en mi ordenación sacerdotal. Estrechando de un modo especial mi condición de ungido de Cristo. Jesús dijo a sus apóstoles: “A vosotros os llamo amigos, porque lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer”. Es sin duda algo extraordinario. “Pero, –como dice San Ireneo-, esa amistad conlleva la entrega al servicio de Dios, que no es esclavitud, sino entrega amorosa, pues Dios no tiene necesidad de los servicios humanos, en cambio otorga la vida, la incorrupción y la gloria eterna a los que le siguen y sirven, con los beneficios a los que le sirven por el hecho de servirle, pues él es rico, perfecto y sin indigencia alguna” (Adversus haereses, VI,13, 4. SC. 100, 534-540).