Escribe: Antonio García-Moreno


“…recibiréis la fuerza del Espíritu Santo” (Hch 1, 14)

Así ocurrió y aquellos ciento veinte que estaban en el Cenáculo, con las puertas bien cerradas por miedo a los judíos, oyeron de pronto un ruido de un fuerte viento, que abrió las ventanas de par en par. Entonces aparecieron como unas lenguas de fuego que se posaban sobre la cabeza de cada uno de ellos. “Todos quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en lenguas extrañas, según el Espíritu Santo les movía a expresarse” (Hch 2, 4). El ruido se oyó fuera de la casa y muchos acudieron. “La multitud se reunió y quedó estupefacta, porque cada uno les oía hablar en su propia lengua” (Hb 2, 6).

El prodigio llamado en griego “glosolalía” es difícil de explicar. El prodigio no se producía en los oyentes sino en quienes hablaban movidos por el Espíritu Santo… San Antonio de Padua dice: El que está lleno del Espíritu Santo habla diversas lenguas. Lenguas diversas son los diversos testimonios de Cristo: como son la humildad y la pobreza, la paciencia y la obediencia. Hablamos a través de ellas, al mostrarlas a los demás. Callen las palabras, hablen las obras. Estamos llenos de palabras pero faltan las obras y, por lo mismo malditos del Señor. Él fue quien maldijo a la higuera, porque no halló fruto en ella, sino sólo hojas. Dice Gregorio: Hay una norma para el predicador: obrar lo que ha de predicar. Inútilmente predica el que con sus obras echa por tierra lo que predica” (Sermones I, 226).

 

 “… y con María, la madre de Jesús” (Hch 1, 10).

Estaban todos juntos, apenados por la ausencia física de Jesús, pero al mismo tiempo “perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y con María la madre de Jesús y sus hermanos” (Ib.). Es uno de los pasajes que nos hablan de la Iglesia primitiva, aquel puñado de hombres y mujeres que formaban entonces aquel granito de mostaza, que en silencio crecía para adentro, echando las raíces que hicieron posible el crecimiento de la Iglesia. Una situación que, de alguna manera, se repite a lo largo de la Historia. En diversos lugares van naciendo comunidades de creyentes que reunidos forman pequeñas iglesias, cuyo conjunto estará presente en todo el mundo formando la Iglesia universal, cuyo centro a través de los siglos se afincará en Roma, cuyo Obispo será reconocido como Cabeza de todas la Iglesias cuyo piedra de fundamente, por voluntad de Cristo se asienta en San Pedro y sus sucesores. Así lo dispuso el Señor al decirle a Pedro: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia (cfr. Mt 16, 18).

La presencia de María se perpetua de tal forma que, aunque fue elevada a los cielos, no deja de ayudarnos, lo mismo que una madre sigue protegiendo al hijo de sus entrañas. En el día de hoy celebramos la memoria de la Virgen del Amor Hermoso, a la que tengo gran devoción y añado la advocación de Madonna del Divino Amore, tan querida por los romanos, y también por cuantos la invocamos y la honramos en esos mosaicos callejeros que tanto abundan en el Centro Storico de Roma, esos barrios romanos, tan cargados de recuerdos entrañables para mí.

 

 “Hijo mío, no olvides mis instrucciones, guarda en el corazón mis preceptos” (Prv 3, 1)

Cuánto me consuela que me llames “hijo mío”. Una frase que rebosa cariño paterno y hasta cierto orgullo de padre. Imagino a mi padre mirando satisfecho. “Mi niño” decía al referirse a su hijo. Aquel niño que se crió con bastante dificultad, en aquellos tiempos en que era tan numerosa la mortandad infantil. De hecho varios de mis primos murieron de niños…

Es cierto, guardar los preceptos del Señor, o al menos intentarlo, me ha proporcionado “largos días de vida y prosperidad”. Mi deseo es perseverar y tener gravados en mi corazón los preceptos del Señor.

 “Confía en el Señor con toda el alma, no confíes en tu propia inteligencia. En todos tus caminos piensa en Él y Él allanará tus sendas; no te tengas por sabio, teme al Señor, evita el mal; y será salud de tu cuerpo. Honra a Dios con tus riquezas, con la primicia de tu ganancia… Hijo mío, no rechaces el castigo del Señor, no te enfades por su reprensión, porque el Señor reprende a los que ama, como un padrea su hijo preferido (Prv 3, 5-12)... Padre mío, te agradezco las contrariedades que van surgiendo, entre las de un tiempo frío y húmedo. Hoy la niebla es tan densa que apenas permite ver claro a unos metros de distancia.

 

 “Bienaventurados los mansos porque ellos heredarán la tierra” (Mt 5, 5)

Es la tercera bienaventuranza del Sermón de la montaña. En cierto sentido nos enseña el Señor lo mismo al decir: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 2). En el lenguaje ordinario el término manso peyorativo. Y así se dice “del toro manso me libre Dios, que del toro bravo me libro yo”. Y, sin embargo, la mansedumbre es una de las virtudes que manifiesta el Señor en su pasión. Así ante Pilato no se defiende, permanece en silencio, ante la extrañeza del Pretor romano. Y cuando recibió una bofetada, se limitó a decir: “Si he hablado mal, declara ese mal; pero si bien, ¿por qué me pegas?”.

Por otro lado, en la Historia del cristianismo hay muchos ejemplos de mansedumbre, sobre todo en tantos mártires sin protestar ni rebelarse ante la injustita y crueldad que se cometían contra ellos. Igual que Jesús, fueron a la muerte como mansos coderos al matadero. También la Virgen se muestra llena de humildad, considerándose la esclava del Señor. Cuando su prima Isabel la llama bienaventurada, exclama: “Glorifica mi alma al Señor… porque ha puesto sus ojos en la humildad de su esclava”.

 

“Acuérdate de que eres polvo, y al polvo has de volver” (Del rito del miércoles de ceniza)

 La ceniza es evidentemente polvo, quizás el más expresivo de lo que acabaremos siendo tras la muerta. Con el Miércoles de ceniza se inicia la Cuaresma, tiempo previo a la Pascua. Durante esos cuarenta días nos preparamos para la celebración con diversas prácticas penitenciales, como son la oración y el ayuno. Se inicia con el relato de las tentaciones de Jesús en el Monte de la Cuarentena. De la misma forma, también nosotros hemos de retirarnos al desierto, buscar la soledad y dedicarnos en silencio a la oración.

Suelen darse unas charlas cuaresmales, hacer unos ejercicios espirituales o un Curso de retiro. Además de la penitencia y la oración es también importante la limosna, la generosidad con los pobres, sin llamar la atención pero colaborando con Caritas y otras asociaciones de socorro a los necesitados. En cuanto ayuno ha quedado a dos días, el Miércoles de ceniza y el Viernes Santo. En cambio los hay que por razones de estética pasan hambre… Señor, perdona nuestra frivolidad y ayúdanos a rectificar, para vivir la Cuaresma como tiempo de penitencia, de arrepentimiento y conversión.