LA ORACIÓN DE Y CON JESUCRISTO


Como ya anunciábamos, el padre Antonio Pavía ha terminado sus comentarios sobre el Libro de la Sabiduría y tiene previsto comenzar otra serie referida al Libro del Éxodo. Pero va a descansar un tiempo antes de comenzar su nueva serie. Mientras tanto, iremos dando, de manera aleatoria, algunos de los comentarios que hizo sobre los 150 Salmos. Aquellos comentarios que se convirtieron en un libro que ha editado Ediciones San Pablo.


SALMO 65. ELEGIDOS PARA EL MUNDO

POR ANTONIO PAVÍA. MISIONERO COMBONIANO

Es éste un himno de alabanza que tiene unas resonancias poéticas riquísimas en sus más variadas expresiones. Se alaba a Dios por el hecho de perdonar las obras culpables del hombre: “A ti se te debe la alabanza, oh Dios, en Sión... tú que escuchas la oración. Hasta ti viene toda carne con sus obras culpables; nos vence el peso de nuestras rebeldías, pero tú las perdonas.”

Nos es fácil descubrir en este texto la figura del Mesías. Él es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, tal y como lo presentó Juan Bautista al pueblo de Israel (Jn. 1, 29). Sabemos también que Dios mismo llama a su Hijo “el Elegido”, como podemos observar en el pasaje de la Transfiguración: “Y vino una voz desde la nube, que decía: éste es mi Hijo, mi Elegido, escuchadle” (Lc. 9, 35).

La referencia que hemos hecho de Lucas acerca de Jesús como el Elegido, viene a colación del salmo que nos ocupa: “Dichoso tu Elegido, tu privado, en tus atrios habita. ¡Hartémonos de los bienes de tu Casa, de las cosas santas de tu Templo!”.

Hemos visto que Jesucristo es el Elegido de Dios, del cual se habla en este salmo, y como tal, ha recibido del Padre el poder de elegir a sus discípulos. Queda así bien claro que no es el hombre el que hace su “opción por Dios”, sino que es Él quien, por medio de su Hijo, hace su “opción por el hombre”. De hecho, Jesús escoge a los suyos para hacer patente que la elección es iniciativa de Dios, tal y como lo leemos en el evangelio de San Juan: “No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca...” (Jn. 15,16).

Es muy importante insistir en la iniciativa de Dios respecto a la elección de todo hombre-mujer para su seguimiento. Nadie está capacitado por sí mismo para tomar la decisión de dirigir sus pasos por el camino de Jesús, ya que el seguimiento comporta la cruz. Y la cruz no es connatural a nuestra percepción religiosa, más bien ésta se nos presenta como un estorbo a nuestras ansias naturales de grandeza y de gloria. El discípulo de Jesús vive esta gracia con una claridad meridiana. Sabe que es un rescatado, no un héroe... Sabe que el seguimiento que está haciendo es por la fuerza de Dios, no por la suya; y es este convencimiento el que le preserva del mayor de los pecados: la soberbia. Fijos los ojos en Aquél que le llama, lleva como un tesoro en su corazón la recomendación del apóstol Pablo: “El que se gloríe, gloríese en el Señor. Que no es hombre de probada virtud el que a sí mismo se recomienda, sino aquél a quien el Señor recomienda”. (2Co. 10, 17-18).

Tenemos, sin embargo, que evitar la interpretación simplista y superficial de considerar la elección de Dios algo así como lo que se ha dado en llamar una predestinación. La elección de Dios no tiene ninguna relación con una supuesta predestinación a la salvación, como algunos hermanos separados lo han entendido.

Cuando Dios Padre envía a su Hijo al mundo y lo llama su Elegido, lo hace en función de nuestra salvación, pues ha sido enviado al mundo por y para nosotros. Así lo expresa el mismo Jesucristo en la catequesis que da a Nicodemo: “Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga Vida Eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él”. (Jn. 3, 16-17).

Vamos a ver, catequéticamente, la elección de los cuatro primeros discípulos de Jesús: Pedro, Andrés, Santiago y Juan, tal y como nos lo cuenta el Evangelio de Lucas. Encontramos a Jesús que está anunciando la Palabra a la orilla del lago. Se nos habla de dos barcas cuyos pescadores estaban lavando sus redes. De las dos barcas que hay en la orilla, elige una nada más, que era la de Simón, a quien le dice: Boga mar adentro y echad vuestras redes para pescar. Conocemos la extrañeza de Pedro, quien, no obstante, obedece a Jesús en atención “a la Palabra que ha escuchado”.

Sabemos que la pesca fue abundante, tanto que no cabían en la barca elegida. Los apóstoles tuvieron que hacer señas a los compañeros de la otra barca para que se acercaran, y ambas se llenaron hasta el punto de que casi se hundían. Una fue la barca elegida; no obstante, las dos se llenaron de la pesca milagrosa exactamente igual. Ambas rebosaron del fruto de la Palabra que Jesús dirigió a Pedro y que éste aceptó. (Lc. 5, 1-7).

Vemos, pues, que la elección que Dios hace de hombres y mujeres concretos no es, en absoluto, señal de ningún tipo de predestinación. Son elegidos para un servicio concreto. Elegidos para que todo hombre se salve, para que la gracia de Dios alcance a todos los seres humanos. En definitiva, elegidos en función, no de sí mismos, sino de los demás. Porque Dios no hace acepción de personas. (Hch. 10, 34).

Pedro tenía clarísimo que la Iglesia era el pueblo elegido por Dios para anunciar sus alabanzas, y que éstas resonaran por toda la creación: “Pero vosotros sois linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido para anunciar las alabanzas de Aquél que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz...” (1P. 2, 9).