Escribe: Julia Merodio


SÓLO DIOS VE EL CORAZÓN

Cuando la persona es capaz, de hacer silencio, para percibir lo que le rodea, se da cuenta de que, hoy más que nunca, nos movemos en la superficialidad. Sólo vemos el exterior de las cosas, de los sucesos, de las personas…

El estilo de vida que nos envuelve no nos deja pensar; las noticias se suceden, con más rapidez de la que podemos abarcar y unas a otras se tapan el contenido, sin tiempo para asimilarlas.

Sin embargo, casi sin apercibirnos de ello, nos estamos perdiendo las realidades más hermosas de la vida:

•El saborear a las personas que amamos.

•El ver crecer a nuestros hijos.

•El acariciar, la mano, de los padres ancianos.

•El frescor de la Creación abriendo la mañana.

•El lucir de las estrellas en una noche serena…

Y lo que más interesa los sentimientos que, el fluir de la vida va dejando en la persona, ya que “lo más importante es invisible a nuestros ojos” Pues: “El hombre mira las apariencias, pero Dios ve el corazón”

Todos sabemos ese dicho popular “No hay peor ciego, que el que no quiere ver” Por tanto, lo primordial es, reconocer nuestras cegueras porque si no somos conscientes de que no vemos, para qué acercarnos a Jesús para decirle: ¡Señor, que vea!

A mí me parece que nuestra primera ceguera consiste, en que no queremos mirarnos a nosotros mismos y por lo tanto no nos reconocemos.

Es cierto que todos tenemos una parte que se ve mejor desde fuera que desde dentro; es, esa parte de nuestra personalidad, que tenemos que ir desvelando poco a poco junto al Señor.

Porque, no siempre nos vemos como nos deberíamos ver. A veces tenemos, un desenfoque visual de nosotros mismos y no nos reconocemos bien. Nos sobre-valoramos, nos creemos mejores que los demás y no nos importa despreciar a los que no nos gustan demasiado.

Otras veces nos infravaloramos; nos creemos poca cosa, nos parece que no servimos para nada, nos sentimos desgraciados y, todos hemos constatado que, si alimentamos esta realidad, podemos desembocar en una depresión.

Este desenfoque puede llevarnos a querer desarrollar cualidades triviales: A obsesionarnos por nuestro físico, a condicionarnos por la posición social, a alimentar nuestro ego… olvidándonos de los verdaderos dones que Dios ha puesto en nuestra alma.

Y tantas cegueras, nos impiden ver, esa conexión que se funde con el misterio de Dios. Pues en esa profundidad es donde se encuentran:

- El valor de los hermanos.

- El valor de uno mismo.

- Y el valor por las cosas que, Dios ha puesto en nuestra vida, como un regalo singular.

Es significativo que, a la ceguera de “mirarnos a nosotros mismos”, siempre le suceda, una segunda ceguera; esa que, no nos deja reconocer a los demás, como hermanos nuestros.

De ahí, que como ciegos que somos, juzgamos a los otros por las apariencias. No somos capaces de aceptar el misterio de los demás y no es posible amar a lo que, en cierto modo, encierra un misterio.

Urs von Baltasar decía: “sólo donde hay misterio, hay hondura” Por eso, si nos movemos en la superficie, veremos al hermano como un simple bulto, o lo que es peor, como un rival nuestro, pero no seremos capaces de ver, la huella de Dios, que hay en cada ser humano.

El ciego se encuentra con Jesús sin esperarlo. Él no tenía ningún deseo de encontrarse con él, su ceguera era tan profunda que no tenía la aspiración de curarse. Se había instalado en ella y no creía que pudiese salir de aquella situación.

De nuevo, otra ocasión en la que Jesús que toma la iniciativa. Él es la Luz del mundo. Ha venido para disipar todas nuestras tinieblas.

Y aquí lo tenemos el ciego, sin saberlo, va a ser curado por el gran Sanador, pero antes ha entrado en la dinámica de la fe.

•Primero: con una Fe incipiente, solamente ve a Jesús, como un simple hombre.

•Después, con la Fe adulta, empieza a verlo como un profeta que viene de Dios.

•Más tarde, con la Fe cristiana, se postra para confesarlo: Enviado y Mesías.

•Finalmente, su Fe testimonial, será capaz de sufrir persecución para dar testimonio de Cristo.

El Ciego, se ha convertido en testigo. Ha dejado los salvavidas y se ha sumergido en el mar de Dios.

Qué momento tan oportuno para preguntarnos:

• ¿Qué situaciones me han llevado, a saber que no veía con claridad?

• ¿Qué personas me han ayudado a descubrir, mis cegueras?

• ¿Con qué medios he contado, para acercarme a Jesús y decirle: ¡Quiero ver!?

• ¿Qué situaciones, personas o cosas me ayudan a conocer mejor a Jesús?