LA ORACION DE Y CON JESUCRISTO

SALMO 146. APOYAOS EN MÍ
Por Antonio Pavía. Misionero Comboniano.

El salterio nos ofrece este himno litúrgico de alabanza a Yahvé, el único a quien el ser humano debe de rendir culto de adoración. A lo largo del salmo, el autor señala la razón por la que sólo Yahvé es digno de alabanza y bendición, en contraposición a cualquier hombre por muy encumbrado que esté: "¡Alaba a Yahvé, alma mía! A Yahvé, mientras viva, he de alabar, mientras exista salmodiaré para mi Dios".

Yahvé, como su propio nombre indica, "Es el que es", es decir, tiene la vida en y por sí mismo; y, precisamente, porque es vida por esencia, la puede dar y, de hecho, la da. En cambio, el hombre es apenas un soplo que, llegado su tiempo, se apaga; y, con él, todas sus obras y proyectos: "Su soplo exhala, a su barro retorna, y en ese día sus proyectos fenecen".

Partiendo de esta realidad, el salmista nos instruye catequéticamente. Es como si nos preguntara: ¿En quién confías tu vida?, ¿en alguien que, aunque sea un príncipe, no es más que un hijo de hombre, y que, como tal, no puede salvar? "No pongáis vuestra confianza en príncipes, en un hijo de hombre que no puede salvar".

El versículo que acabamos de transcribir nos ilumina acerca de uno de los pilares básicos y fundamentales de la fe. Todos sabemos que la fe implica apoyarse en alguien. El salmista proclama con énfasis que la vida de un fiel israelita se apoya únicamente en Yahvé, creador de los cielos y la tierra: "Feliz aquel que tiene su apoyo en el Dios de Israel, su esperanza en Yahvé su Dios, que hizo los cielos y la tierra, el mar y cuanto hay en ellos".

Yahvé anuncia, con énfasis, por medio del profeta Jeremías una maldición y una bendición. Maldición para todo hombre que apoye su vida, en todas sus dimensiones, -seguridades, elecciones, proyectos... - en cualquier otro hombre, por muy atrayentes que sean los bienes que ofrece a su corazón. Es maldito porque, al inclinar hacia él la balanza de su vida, paulatinamente se va alejando de Dios. Es maldito porque pone su ser en quien no tiene la vida y, por lo tanto, no le puede salvar: "Así dice Yahvé: maldito sea aquel que confía en hombre, y hace de la carne su apoyo, y se aparta de Yahvé en su corazón" (Jr 17.5).

En cambio, es bendito todo aquel que se apoya en Yahvé. Bendito porque no se sentirá defraudado y porque no conocerá la confusión ni el fracaso. Se trata del fracaso último, el que rasga inmisericordemente el telar de nuestra vida. Jeremías llama benditos a estos hombres, benditos porque sus raíces están plantadas en Dios, por lo que, aún en medio de las pruebas y sufrimientos, no dejan de dar fruto: "Bendito sea aquel que se fía de Yahvé, pues no defraudará Yahvé su confianza. Es como árbol plantado a las orillas del agua, que a la orilla de la corriente echa sus raíces. No temerá cuando viene el calor, y estará su follaje frondoso; en año de sequía no se inquieta ni se retrae de dar fruto" (Jr 17,7-8).

Volvemos al salmo, y nos damos cuenta de por qué se llama feliz al hombre cuyo apoyo y esperanza están en Yahvé: porque Él no le abandona; le sostiene, le hace justicia y le protege. Nos lo dice en términos propios con que la espiritualidad de Israel define la acción de Dios con los suyos: "Hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos, Yahvé suelta a los encadenados. Yahvé abre los ojos a los ciegos, Yahvé a los encorvados endereza".

Dios ha bendecido a toda la humanidad al enviamos a su Hijo. Él es la bendición de Dios sobre el hombre, y que se va manifestando y aconteciendo progresivamente. El Señor Jesús inicia su misión curando a ciegos, sordos, paralíticos, leprosos, etc., hasta que anuncia la noticia sorprendente: ¡Vengo a daros la vida!

La vida que buscáis donde no está, y en quien no os la puede dar porque no la tiene. Yola tengo en propiedad, yo Soy el que soy, igual que mi Padre. Yo os doy la vida eterna. Creed en mí, apoyaos en mí. No temáis, yo soy vuestro Maestro. Venid a mí, porque sólo yo puedo enseñaros a apoyaros en Dios.

En la medida en que las palabras del Maestro se adueñan de nuestro ser, crece nuestra fe, nuestro apoyo y confianza en Él. Él mismo dice que esta forma de creer es la que nos otorga la vida eterna: "Porque aquel a quien Dios ha enviado habla las palabras de Dios, porque da el Espíritu sin medida. El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en su mano. El que cree en el Hijo tiene vida eterna" (Jn 3,34-36).

Es justamente este don, otorgado por Jesucristo, el eje de la predicación de los primeros apóstoles, como vemos, por ejemplo, en este texto de la carta del apóstol Pablo a los romanos: "Al presente, libres del pecado y esclavos de Dios, fructificáis para la santidad; y el fin, la vida eterna. Pues el salario del pecado es la muerte; pero el don gratuito de Dios, la vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro" (Ro 6,22-23).