EL ENCUENTRO DIARIO CON JESÚS DE NAZARET

Por Ángel Gómez Escorial

Por supuesto es la Eucaristía la que nos permite encontrarnos diariamente con Jesús de Nazaret. Está en el Pan y el Vino. Y está en la Palabra. Día a día, un fragmento de los Evangelios llega a nuestros oídos trayéndonos la noticia siempre nueva y siempre bella del pasar de Él por la Tierra. Sería interesante que esa Palabra no llegara solamente a los oídos y se terminará ahí, respondiendo desgraciadamente al viejo dicho de “por un oído entra y por otro sale”. La Palabra debe quedarse en nuestro corazón y hacerse sitio en el alma. Pero también debe influir en la conducta, en nuestra forma de vida. Ocurre, de todos modos, que muchos días llegamos a la iglesia, distraídos, preocupados, temerosos, malhumorados.

La vida cotidiana es difícil, cambiante y, asimismo, nosotros mismos nos dejamos influir por muchos ídolos e idolillos que solo valen para desviar la atención de lo fundamental y hacernos perder el tiempo. Por eso, muchas veces, esa Palabra resbala y se pierde. ¿Cuántas veces hemos salido de la Eucaristía sin recordar el contenido del fragmento del evangelio proclamado en ese día? Pues muchas, la verdad. Deberíamos purificar nuestras actitudes en el momento de entrar en el templo, dejar el lastre fuera y estar en la mejor disposición de escuchar a Jesús. La liturgia –y es lógico—nos pide que examinemos nuestros pecados e imploremos perdón. Pero, también, deberíamos desatarnos de todo lo que nos aleja de la Palabra, y que no siempre son los pecados que reconocemos.

¿Hay otros encuentros cotidianos con Jesús de Nazaret además de los que experimentamos en la Eucaristía? Desde luego que sí. El rostro de Jesús está en todos los que sufren y en todos los que son despreciados o marginados. Está en la cara de los enfermos. La enfermedad grave es un gran misterio porque, aunque forme parte del deterioro finalista del cuerpo humano, siempre nos enfrentamos a la cuestión de que por qué la enfermedad ha vapuleado a unos si y a otros no. No tiene ni siquiera una explicación científica la aparición aleatoria de la enfermedad y del sufrimiento que lleva aparejado. Y, sin embargo, sabemos que Jesús está con los que sufren y que, por supuesto, aquellas personas doloridas que son capaces de no dejar de pensar en Jesús, lo llevan mejor.

También está el rostro de Jesús cerca de los niños, de las gentes limpias y sencillas, de las personas que aman a sus semejantes y en los que no tienen prisa. En aquellos que son capaces de esbozar una sonrisa contra todo pronóstico. No sería malo que saliéramos todos los días de casa queriendo encontrar en la calle el rostro de Jesús. Y si somos capaces, además, de pedirle, antes de salir, que nos ayude a encontrar su rostro, los vamos a encontrar muchas veces a lo largo de la jornada. No perdemos la ocasión, ni un solo día, de estar en la cercanía de Jesús de Nazaret no es difícil, no es cuestión de un milagro o de una aparición, es solo cuestión de generosidad por nuestra parte. Hay muchos sitios donde nuestro Maestro está permanentemente esperándonos.