Federico Berenguer es colaborador habitual de Betania. Tiene una especial maestría para escribir recreaciones históricas de las páginas evangélicas. Hoy ofrecemos este relato sobre la multiplicación de panes y peces.


DOSCIENTOS DENARIOS DE PAN

Por Federico Berenguer

Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo:

-- Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero qué es esto para tantos (Jn 6, 1-13)

Cuando se es pobre, el mayor de seis hermanos con sólo doce años y se vive en la provincia romana de Palestina en el año 779 de la fundación de Roma, se vive mal. El joven Ananías era pobre y se ganaba unas monedas llevando bultos y recados de un lado a otro de la ciudad y también a los pueblos cercanos. Su padre, Oaknim, estaba siempre enfermo y su madre, Ruth, luchaba para poder dar de comer a sus hijos y a su marido enfermo. Lavaba ropa, cosía, tejía túnicas durante la noche en el pobre telar casero y hacía todo lo que le salía para poder alimentar a tantas bocas. Todos los hermanos y hermanas, menos el más pequeño, cooperaban con la madre en el trabajo en la medida de sus fuerzas. Vivían en Betsaida, junto al Mar de Galilea y, algunas veces, Ananías y su hermano José bajaban a la orilla a ayudar a los pescadores a sacar las redes, que les pagaban con algo de morralla.

Por ser el mayor, el primogénito, había sido rescatado del servicio del Templo por el precio de dos tórtolas y había tenido la suerte de poder asistir a las clases de Samuel, el anciano sacerdote. Conocía muy bien los Libros Sagrados, aunque no tanto como su padre, que, todas las noches en las que el dolor o la fiebre no le atormentaban, a la luz del candil de sebo, les contaba hazañas de los reyes de Israel o historias de los profetas hasta que todos caían dormidos. Había veces que Ananías pasaba a la cercana Cafarnaún, al otro lado del lago, llevando algún recado o paquete, aprovechando que el Jordán bajaba con poca agua y podía cruzar por el vado alto del molino de Barshlomón. Cuando el río bajaba henchido, no podía pasar porque no tenía dinero para pagarle a Juan el barquero.

Siempre que iba por aquel lugar saludaba a su amigo Simón el ciego que llevaba años sentado junto al camino que subía a Cesarea de Filipo, pidiendo limosna a los viajeros. Se sentaba junto a él y escuchaba historias del pueblo escogido. Fue Simón el primero que le habló de Jesús de Nazaret, que se llamaba a sí mismo el Hijo del Hombre y había curado a un pariente suyo de Cafarnaún, paralítico. También le contó cómo en la vecina Gerasa, había librado a un endemoniado, pero los demonios le pidieron ir a una piara de cerdos que cerca hozaba y estos, empujados por los malos espíritus, se arrojaron desde un acantilado al mar, donde perecieron. Y le contó que los de Gerasa, horrorizados, le rogaron que se marchara de la ciudad. Todavía los pescadores que faenaban en esa zona, perdían sus redes en aquel lugar, enganchadas en los restos de la piara, o sacaban a la superficie huesos de los animales. Por lo general evitaban pescar allí, porque creían maldito el caladero, a pesar de la abundancia de peces.

CONOCIENDO A JESÚS

Poco a poco fue conociendo más cosas de Jesús. Que aunque le llamaban el nazareno, en realidad había nacido en Belén, porque cuando el famoso censo de hacía treinta años, sus padres, que eran de la estirpe de David, tuvieron que ir allí a cubrir el padrón. Que hacía muchos milagros y la gente empezaba a llamarle el Mesías, el Enviado. Que su madre, María, vivía en Nazaret, en las montañas de Galilea y su padre, José el artesano, había muerto hacía algunos años. Aunque no era normal que pudiese ir, porque la distancia era muy grande, se prometió que si algún día iba a Nazaret, pasaría a conocer a la madre de Jesús. Una mañana, Josué el tintorero, que ganaba mucho dinero con los tintes de púrpura que fabricaba, le encargó que le llevara un fardo de tela a casa de su primo Zacarías, el vendedor y le dio medio denario por el encargo. Ananías casi se desmayó de la impresión. Con medio denario podría comprar el pan de toda la familia para una semana. Después de hacer le encargo, se acercó a la panadería y compró cinco panes de cebada y aún le sobraron unos céntimos con los que compró dos peces secos en casa de Myriam la mujer del pescador, que los preparaba muy bien, limpiándolos y oreándolos en la azotea de su casa. Eran peces del Jordán que su marido pescaba en la desembocadura del río y que eran más sabrosos que los del centro del lago, de carne más floja.

Contento y relamiéndose de antemano con el festín que toda la familia se iba a dar, se acercó a su casa. Pero al llegar a la plaza donde está la sinagoga, vio a un tropel de gente que iba en dirección de la salida hacia Gerasa. A uno que pasaba y al que conocía porque le había hecho varios encargos, le preguntó qué ocurría, pensando que venían los romanos o los temidos soldados de Herodes.

-- Ha venido gente de Cafarnaún y de Magdala, diciendo que Jesús de Nazaret ha embarcado en la otra orilla y se dirige hacia los llanos de Jerud, a la salida del pueblo, le dijo.

Ananías no lo dudó. La comida podía esperar. Se echó el saco de los panes al hombro, se puso bajo el brazo el paquete con los dos peces y se dirigió con la muchedumbre hacia el sitio indicado. Pasó algún tiempo y el gentío aumentaba hasta reunirse cerca de cinco mil, contando sólo a los hombres, pero Ananías vio a familias enteras, incluso con los ancianos y enfermos, hasta que el llano se quedó pequeño para tanta gente. Todos miraban hacia la orilla del lago, intentando descubrir cual de las muchas barcas que navegaban por él, era la de Jesús. De pronto un murmullo que se fue acrecentando, recorrió la multitud. Una barca, con las velas desplegadas y ayudada por los remos iba derecha hacia la orilla. En su proa se distinguía la figura erguida de un hombre joven, agarrado a una de las escotas de la vela mayor. Varó la barca y el hombre saltó ágilmente a la orilla, seguido por sus amigos. La multitud empezó a aclamarle y le acercaban los enfermos para que, aunque sólo fuera su sombra, les tocara y los sanara. Ananías miró hacia el punto más alto del llano y se dirigió hacia allí, pensando que Jesús se pondría en aquel sitio para poder hablarles. Pero no pudo acercarse mucho debido al apretado gentío así que se quedó lejos de su objetivo.

EN LA COLINA

Como había supuesto, Jesús subió hacia la pequeña colina que dominaba el llano de Jerud, bendiciendo y hablando a la gente. Cuando llegó a lo alto empezó a hablar y Ananías, que estaba muy lejos, más allá del alcance normal de la voz, notó con gran asombro que le oía perfectamente, como si estuviese a su lado, más aún, como si estuviera hablando con él. Y allí estuvieron durante toda la mañana oyendo hablar del amor a los demás, de que los pobres serían los poseedores de todos los bienes de la vida eterna, que los que lloraban encontrarían consuelo, de los justos, de los misericordiosos...

Ananías escuchaba con la boca abierta, empapándose de aquellas palabras. Pensó en todas las cosas malas que había hecho, las pequeñas raterías, las mentiras a su madre, los engaños a sus hermanos para quedarse con una parte mayor de comida, y se arrepintió. No sabía qué tenía aquella voz que le hacia sentirse como nuevo. Queriendo estar más cerca de Jesús, aprovechando los huecos de la gente se fue acercando hasta llegar adonde estaba Él. Entonces le pudo ver. Un hombre joven, como de treinta años, vestido con una túnica sin costura, con melena castaña clara y una barba bien recortada que le daba un aspecto señorial. Los pies calzados con unas sandalias de esparto. Le llamaron la atención sus ojos y su boca. Los ojos dulces, pero que denotaban al mismo tiempo una gran fortaleza de espíritu. Su boca, siempre sonriente. En general su aspecto era de una gran elegancia y serenidad, pero no como la de los escribas y fariseos, sino que en cada uno de sus gestos se notaba el amor a los que le rodeaban, sin hieratismo ni rigideces.

Uno de los discípulos, al que sus amigos llamaban Andrés, estaba muy cerca de Ananías y varias veces le había mirado, como extrañado de que un chico tan joven, en realidad, un niño, estuviese tan pendiente de las palabras del Maestro, pero sin soltar el saco que llevaba al hombro y sin dejar de apretar bajo el brazo un paquete que debía contener algo valioso. En un momento determinado se le acercó y le saludó. Sonreía como el Maestro y cuando le preguntó qué llevaba en el saco, Ananías se lo dijo sin ningún temor, añadiendo que también llevaba dos peces para sus padres y hermanos. La sonrisa de Andrés se hizo más amplia y acarició la cabeza del muchacho, alejándose luego de él, para acercarse otra vez donde estaba Jesús.

PEDIRTE UN FAVOR

Pasó el tiempo y Jesús terminó de hablar. Ananías vio que se dirigía a sus amigos y les comentaba algo, a lo que ellos respondieron con gestos negativos y el universal de frotar el dedo pulgar con el índice, indicando que no había dinero. El chico no sabía de qué hablaban. Luego vio a su nuevo amigo, Andrés que le decía algo al Maestro mientras miraba en su dirección. Jesús se volvió hacia él y le miró a su vez. A Ananías le dio un vuelco el corazón. Los ojos de Jesús eran dulces, muy dulces y llegaron hasta el fondo del alma del niño. Andrés se acercó y le dijo:

-- El Maestro quiere hablar contigo y pedirte un favor.

Ananías apretó el paquete del pescado bajo el brazo, se acomodó el saco sobre el hombro y se acercó a Jesús. Éste le esperaba con una sonrisa en sus labios.

-- Shalom, Ananías

-- Shalom, Rabí.

Sin que nadie se lo dijera le dio el tratamiento de Maestro.

-- Ananías, todos estos que han venido a verme y escucharme, no tienen qué comer. Ni con 200 denarios, que no tenemos, se le podría dar de comer a tanta gente.

--Rabí, yo sólo tengo estos cinco panes de cebada y estos dos peces, que son para mi familia.

El niño, dudó durante breves instantes y añadió:

-- Pero habrá bastante para Ti y para tus amigos.

-- Gracias, Ananías, pero yo quiero darle de comer a todos. Préstame tus panes y tus peces.

Ananías se descargó el saco del hombro y le dio a Andrés los dos bultos. Éste metió los peces en el saco del pan y se lo acercó a Jesús, que puso las manos encima y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición de la comida. Luego metió la mano en el saco y empezó a sacar los panes y los peces y los dio a sus discípulos que empezaron a repartirlos. La gente se había agrupado en corros de cien y de cincuenta y sentados en la hierba esperaban. Ananías, automáticamente empezó a contar los panes que salían del saco:

-- Uno, dos, tres... cinco, seis, siete, ocho, nueve...

Y los peces:

-- Dos, tres cuatro...

Se le iba la cabeza. ¿De donde salían tantos peces y tantos panes? Miró a Andrés que estaba junto a él, repartiendo la comida y este le guiñó un ojo y señaló con la cabeza hacia donde estaba Jesús. Entonces Ananías lo comprendió. Verdaderamente, aquel era el Hijo de Dios, el Mesías. Se sentó en el suelo y comió el trozo de pan y el pescado seco que le pasó Andrés. Y todos comieron hasta hartarse. Luego oyó cómo Jesús mandaba a sus discípulos que recogiesen los trozos sobrantes y ante su asombro llenaron doce canastos con las sobras.

LA COMIDA MILAGROSA

Terminada la comida milagrosa, la gente empezó a arremolinarse y Ananías les oyó comentar que deberían nombrar Rey de Israel a Jesús. El niño miró hacia donde estaba el Maestro rodeado de sus discípulos y pensó que Jesús no necesitaba ser rey de Israel porque era rey del universo. Una mano se posó sobre su hombro. Se volvió y vio a Andrés que le tendía su saco, al tiempo que le decía:

-- El Maestro te da las gracias.

Ananías no pudo ni contestar. Cogió el saco y notó con asombro que pesaba como si estuviese lleno. Abrió su boca y miró dentro y vio sus cinco panes de cebada y su paquete con los dos peces y recordó el salmo de David: “El Señor es mi pastor, nada me falta” Se volvió hacia donde estaba Jesús, pero ya no lo vio porque se había marchado al enterarse que le querían hacer rey. Volvió a su casa y allí contó a su madre y su padre, que estaban preocupados por la tardanza, todo lo que había pasado. Los hermanos pequeños estaban a su alrededor intentando abrir el saco, pero Ananías se lo impidió. Cuando terminó el relato abrió el saco y mostró su contenido intacto, cinco hermosos panes de cebada y dos ricos peces secos del Jordán. Comió toda la familia mientras Ananías les comentaba todo lo que había dicho el Maestro. Sabía que había recibido más que aquellos panes y aquellos peces, que él, generosamente, había ofrecido a Jesús. El amor y la paz que notaba en su corazón y un gran deseo de explicarle a todo el mundo quien era Jesús, el Mesías, era su mayor regalo.