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LA ORACION DE Y CON JESUCRISTO Como se sabe, ya el Padre Pavía terminó su comentario sobre los 150 salmos del Salterio. Tiene previsto iniciar pronto una nueva serie de artículos basados en comentarios sobre el Antiguo Testamento, pero hasta que termine esa serie y la ponga en nuestras manos, volveremos a publicar algunos de los salmos. Hemos preguntado al propio don Antonio Pavía sobre que salmos le gustaría que se repitieran. Y el mismo nos ha señalado que a partir del salmo 23. Pues así lo hacemos. Hoy damos el 33. Y ello en espera de nuevos textos. SALMO 33. SOMOS SU PUEBLO El presente Salmo es un himno a la Providencia de Dios vista desde esta perspectiva constatable: mientras todo lo visible pasa, incluidos los reinos y poderes de este mundo, Él permanece para siempre, y con Él los hombres que han incubado la Palabra en su interior. Es por eso que el salmista invita al pueblo a gritar de júbilo y a salmodiar con variados instrumentos la acción de gracias a Dios. “Gritad de júbilo, justos por Yahvé, la alabanza es propia de los rectos; dad gracias a Yahvé con la cítara, salmodiad para Él el arpa de diez cuerdas; cantadle un cantar nuevo, tocad la mejor música en la aclamación”. El pueblo de Israel es consciente de que la obra que Dios hace con sus hijos es firme y estable por todas las generaciones; mientras que los planes y proyectos de los pueblos y naciones, tarde o temprano quedan frustrados. “Yahvé frustra el plan de las naciones, hace vanos los proyectos de los pueblos; mas el plan de Yahvé subsiste para siempre, los proyectos de su corazón por todas las edades”. El profeta Isaías exhorta al pueblo a no desmayar su confianza en Dios, pues Él es más fuerte que todos los opresores y ha dado a Israel una garantía: --mi pueblo eres tú--,”Yo, yo soy tu consolador. ¿Quién eres tú, que tienes miedo del mortal y del hijo del hombre, equiparado a la hierba? Olvidas a Yahvé, tu hacedor, el que extendió los cielos y cimentó la tierra, y te estás despavorido todo a lo largo del día ante la furia del opresor...Yo he puesto mis palabras en tu boca y te he escondido a la sombra de mi mano, cuando extendía los cielos y cimentaba la tierra, diciendo a Sión: mi pueblo eres tú” (Is.51; 12-16) El salmista se siente privilegiado por ser hijo del pueblo de Israel porque, al margen de que sea una nación más o menos poderosa o influyente respecto a los países de su entorno, es el pueblo de Dios. “Feliz la nación cuyo Dios es Yahvé, el pueblo que Él se escogió como heredad”. Jesucristo, que ha venido a unir todos los pueblos bajo el mismo Dios, rompió con su muerte y resurrección el muro que separaba a lo que simbólicamente la Escritura llama los dos pueblos: el escogido, es decir, Israel, y los gentiles, que no habían recibido la revelación de Dios. “Porque Él es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno derribando el muro que los separaba, la enemistad, ...para crear en sí mismo , de los dos , un solo Hombre Nuevo , haciendo la paz..”(Ef.2; 14-15). Es un pueblo universal, no está circunscrito a ningún límite geográfico. El signo de identidad de sus hijos es que son uno en Cristo Jesús. “En efecto, todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo: ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gal.3; 27-28). Todos los hombres y mujeres que pertenecen a este pueblo, permanecen para siempre pues, habiendo acogido la Palabra de Dios, llevan el sello de la eternidad, es decir, no son como la flor o la hierba del campo. “Toda carne es hierba y todo su esplendor como flor del campo... la hierba se seca, la flor se marchita, mas la Palabra de nuestro Dios permanece para siempre” (Is.40; 6-8)
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