![]() |
||
TALLER DE ORACIÓN NATIVIDAD DE MARÍA Por Julia Merodio
Bendita la mañana, que la noticia trae, de que es tu cumpleaños ¡Madre felicidades! A tus plantas, postrados, nos tienes reunidos, Oh! Madre de los pueblos somos tus hijos. Estamos ante un día grande dedicado a la Madre, por eso recogeremos con emoción y alegría, toda la riqueza que se encierra en la liturgia del ocho de septiembre, natividad de María: elegida por el Señor para la misión más importante de la historia, Reina del mundo y de la Iglesia, Madre de cada corazón, regalo del mismo Dios, gracia para los pueblos y don para nuestras almas. Y en este marco tan especial empezamos nuestra oración silenciando nuestro interior y fijando nuestros ojos en la figura de María. (Cada uno desde la advocación que más llene su alma). Hoy es uno de esos días en que la Iglesia canta, la liturgia se engrandece y las Ermitas se visten de fiesta y se llenan de gente venida de los más alejados lugares, para felicitar a la Madre. Hoy es uno de esos días en que las estrellas resplandecen con más fuerza, la creación se engalana y el alma se ensancha para cantar las grandezas del Señor por medio de María nuestra Madre. “Mi corazón se alegra en Dios mi Salvador”, esas fueron las palabras salidas de su boca ante la sorpresa del mensajero de Dios, del Dios que, a través suyo llegaba a salvarnos, del Dios cuya presencia se hace fuerte entre nosotros. Por eso, en esta mañana llena de alegría, me dirijo al Señor con las mismas palabras de María, con las mismas palabras que han repetido los hombres de todas las edades, con las palabras del Magnificat. Y esto que ella misma rezó con su pueblo rezamos, nosotros hoy, como Iglesia de Cristo, como comunidad de creyentes. Porque cada palabra del Magnificat refleja la vida del ser humano que, junto a María, camina hacia la casa del Padre. “Desbordo de gozo con el Señor. Porque yo confío en su misericordia; alegra mi corazón con tu auxilio. Y cantaré al Señor por el bien que me ha hecho.” (Sal. 12, 6ab. 6cd.) ELEGIDA PARA SER MADRE DE DIOS Hoy la liturgia nos presenta ese pórtico de la salvación que ya llegaba, que estaba aquí, que venía a ser portadora de la plenitud, aunque ninguna persona pudiera sospecharlo en ese momento. Nadie en la tierra sabía nada cuando el Cielo ya gozaba de la gran noticia. Será consultada, se le pedirá permiso. El poderoso, el Grande, el Sublime la ha elegido y se pondrá en manos de una criatura humana, para venir a redimirnos. Ella sin títulos, sin dinero, sin fama, sin poder… será elegida entre todas las jóvenes de todos los continentes. Ella será elegida por unanimidad cuando el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo dijeron “Hagamos redención”. Y de su boca salieron palabras portentosas e inesperadas cuando llega el enviado de Dios: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según su palabra”. Sin ver nada, sin ninguna clase de seguridad pero sabiendo muy bien de quien se ha fiado. Mas yo sé, Señor, que Tú inspiraste a María esta oración que ella supo hacer evangelio, buena noticia; para que nosotros pudiéramos presentártela hoy desde lo más profundo de nuestro corazón. ¡Cómo te complace oírla de edad en edad, rezada por cada persona que tiene necesidad de Ti! Y es que María, al igual que Jesús, aprendió en este diálogo permanente con Dios cual era su misión. Ella es como el vigía que custodia la ciudad, con los ojos fijos en su Señor es capaz de expresar a todos las grandezas de Dios con su testimonio de vida. A través de la escucha de la Palabra cumple su cometido traduciendo en vida la voluntad de Dios y transmitiendo a todos la manera de vivirla. Ella no busca la salvación propia sino la de todos sus hijos y en cada momento es el impulso de cada uno de ellos para que seamos fieles, como Ella a la llamada. Por eso rezo, canto y disfruto desde la confianza más plena, desde la fe más fuerte, desde el amor más grande. Porque estos son los dones que tu generosidad nos concede para caminar sin desfallecer por este gran desierto que es nuestro mundo. “Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien: a los que ha llamado conforme a su designio. A los que había escogido, Dios los predestinó a ser imagen de su Hijo. A los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó los glorificó.” (Rom. 8, 28 – 30) AHÍ TIENES A TU MADRE Será en un momento crucial de la historia, cuando todo parecía perdido, cuando se nos otorgará una herencia inesperada salida de labios de un moribundo, su Hijo, clavado en una Cruz por la vileza de unos hombres sin escrúpulos. Allí, agarrada a esa Cruz, con el corazón destrozado y el alma llena de paz, nota que las piernas se le doblan, pero su amor es más grande que la angustia y aunque presencia el acto más horroroso de todos los tiempos, ella sigue allí en pie, serena, como una gran señora, dispuesta a morir si fuera necesario. Le mira de nuevo está agonizando pero todavía le queda aire para decirle algo, pone atención porque habla con dificultad, y unas entrecortadas palabras salen de su boca. Es su testamento, su recomendación final, mira al discípulo que tanto amaba y le dice: “Ahí tienes a tu Madre”, luego dice a María: “Ahí tienes a tu hijo, y desde aquel día el discípulo la recibió en su casa.” Ya tenemos Madre. Cristo deseo que así fuera, Ella empezó a vivir con los discípulos. Todos la acogieron con mucha alegría, y el grupo de creyentes crecía cada día. Pero cuando Ella sube al Cielo no puede olvidarse de los hijos de la tierra, los lleva muy dentro de su corazón, no puede permitir que haya tanta distancia entre ellos, la comunicación sería difícil, lejana, casi inexistente. No puede aceptarlo, se acercará a ellos, bajará a su lado. Tiene que ser para sus hijos: cercanía, cobijo, apoyo, cariño, ayuda. Será el camino que los lleve a Dios. Les enseñará a creer, a esperar, a amar, a orar, a formar Iglesia. Desciende a cada pueblo. Todos reciben su cariño. Cada uno tendrá su manera particular de llamarla, pero todos al unísono dirán la misma palabra: Madre. Estará instalada en cada ermita de cada pueblo y ciudad esperando a todos. Normalmente en un alto para poder ver a todos sus hijos. Ella es la Madre de todos porque nadie puede vivir sin madre. Tiene madre el soltero y el casado, el pobre y el rico, el seglar y el religioso, el santo y el pecador y la madre tiene que estar a su lado aunque a veces alguno se aleje de Ella. Precisamente en esto consiste el milagro del amor. Con el paso del tiempo vemos que los altares y las ermitas han mejorado se han adecentado… pero los personas que honran a la Virgen siempre son personas., habrán cambiado las costumbres y la decoración, pero los corazones no cambian. Cuántas lágrimas acariciando mejillas. Cuántas penas contadas. Cuántas alegrías con acciones de gracias. Cuántos besos en las cabeceras de las camas. Cuántas plegarias que nadie ha escuchado. Cuántos secretos albergados en las almas.
MARÍA LO SUPO DE PRIMERA MANO La Madre no se cansa de escucharlas. Está ahí para saciar la sed de todos. Ella bebió del manantial brotado del corazón de su Hijo al darle la lanzada. A María no se lo contaron, lo había visto con sus propios ojos y lo había saboreado con sus labios. Sabía bien que todos los que bebiera de ese manantial se convertirían, como ella, en fuentes para los demás. Y aquí estaba para dar de beber a todos los que tenían necesidad. ¡Cuántos a través de Ella se convirtieron en fuentes para los hermanos! Allí nos espera a todos, a cada uno en su lugar y allí dirigimos nuestra felicitación para decirle: En pueblo, villa o ciudad, tu protección siempre dura, por tus hijos virgen pura, no te olvides de rogar.
|