TALLER DE ORACIÓN

POSTRARSE ANTE EL SEÑOR

Por Julia Merodio

Te ofrezco, una palabra personal, a ti que buscas en esta página. Levanta la cabeza, interrógate, no te justifiques, no busques excusas, mira al Señor y escucha lo que te dice: Ha llegado el tiempo de cambiar, de renovarte, de volver a empezar. Sé valiente, mírate por dentro, baja a tu fondo. Cuando lo hagas no te quedará más remedio que: postrarte ante el Señor, como signo de reconocimiento, acogida y conversión.

ES TIEMPO DE RECONSTRUIR

Una vez más, nos hemos postrado ente el Señor. El Señor de la vida y la misericordia. Hemos guardado silencio y nos hemos preguntado: ¿Qué estoy haciendo con mi vida?

Entonces, nos hemos dado cuenta de que cuando somos capaces de responder con sinceridad a esta pregunta y analizamos lo que hemos encontrado en nuestro interior, casi sin darnos cuenta, caemos postrados ante el Señor para decirle:

“¡OH Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme!”

Un año más tenemos ante nosotros el “Miércoles de Ceniza” que da paso a uno de los tiempos fuertes de la iglesia: La Cuaresma.

La mayoría de la gente, gracias a Dios, todavía siente la necesidad de salvación y las iglesias se ven, ese día, más llenas que de costumbre. Pero a mí me gustaría que esta cuaresma fuese especial, que nos la tomásemos en serio.

La cuaresma es un tiempo para morir y un tiempo para resucitar. No te asuste enfrentarte contigo mismo, piensa que cuanto más conozcas tu profundidad, más conocerás a Dios. Ponte en su presencia y mira a ver todas esas cosas a las que tienes que ir muriendo:

• Tu egoísmo.

• Tu mediocridad

• Tu arrogancia.

• Tu comodidad…

Pero no te quedes ahí. El Señor, es un Dios que salva, que regenera. Empieza a descubrir las cosas a las que tienes que resucitar:

• A la comprensión.

• A la caridad.

• A la alegría.

• A la fortaleza.

• A la misericordia…

Ten la seguridad, de que en la medida que vayas salvando todas esas miserias innatas a la condición humana, serás agente de salvación en tu familia, en tu comunidad, en tu ambiente, en la sociedad... y por lo tanto en la Iglesia.

Póstrate ante el Señor. Déjate mirar por Él, porque su mirada da vida, da luz y su luz inunda el alma.

¡Qué difícil resulta, al hombre y mujer modernos, dejarse mirar por Dios! Ellos no están acostumbrados a ponerse en su presencia para dejarse mirar; están habituados a moverse en la superficie de las cosas y les asusta eso de postrarse ante alguien, grande e inmenso, que puede ver el interior y reconocerlos por dentro.

Pero cuando las personas seamos capaces de ahondar en nuestras experiencias y hacerlo bajo Su mirada, nos daremos cuenta que todavía hay que ahondar más, pues sólo en esa profundidad infinita, en ese fondo inagotable de nuestro ser, es donde encontraremos lo que significa caer postrados ante la inmensidad de Dios. Encontraremos que Dios significa la profundidad última de nuestra vida, la fuente de nuestra esencia, el interés inagotable de lo que de verdad tomamos en serio, sin reservas y sentiremos su mano tendida para levantarnos con el inmenso amor que inunda su corazón.

No podremos llegar a las alturas que tanto ansiamos, sin descender hasta el misterio para arrodillarnos ante Él, pues sólo de rodillas y adorando podremos llegar a preciar quién es Dios en nuestra vida.

Sólo adorando y postrados nos daremos cuenta de: cómo nuestra nada de seres humanos limitados, empieza a entrar en contacto con el todo de Dios.

ES TIEMPO DE ORACIÓN

La cuaresma es un tiempo que te invita a que contemples tu existencia a la luz del mensaje que te brinda la Palabra de Dios.

Es un tiempo para hacer un alto en la vida y detenerte a revisar, a reflexionar, a corregir, a enderezar... para entrar en un proceso de solidez, de maduración, de respuesta. Mas, vuelvo a repetirte, esto es pura gracia de Dios y, a nosotros nos corresponde pedirla con insistencia.

Si decides, desde la libertad más absoluta, realizar el plan de Dios, tendrás que acercarte a los grandes hombres de la Biblia para que te enseñen a caminar. Acércate hoy a Abraham, un hombre puesto en camino y sin perder el sendero en medio de tantas pruebas como se le presentaron en su larga existencia. Contempla su gran fe de seguir sin descanso para llegar a la tierra prometida: DIOS.

Aquí tienes en tus manos esta cuaresma. Aquí tienes el estilo y el talante para que sea en tu vida una gran luz y, para tus hermanos, un testimonio importante. Aquí tienes el momento oportuno para tomar conciencia de tu condición de pecador que ha decidido entrar en una etapa de conversión.

Pero aquí tienes, además, la oferta de Dios para confortarte en estos momentos de respuesta: su gran misericordia. El ofrecimiento de perdón que el Señor te hace, no se agota nunca. Él te llama a la conversión y la penitencia, pero junto a ello te manda, para confortarte, su amor y su alianza.

Dedícate durante este tiempo a la oración, el ayuno y la caridad, como nos pide la Iglesia. Esto te ayudará a crecer y a seguir caminando. Pero no te quedes ahí. Yo te invito a profundizar un poco más. No te conformes con las obras externas. Es la conversión interior la que agrada al Señor. El cambio del corazón, la regeneración de tu persona, la liberación de tus opresiones. Porque si de verdad eres capaz de caminar en este sentido todo lo demás estará implícito en ello.

Hay un día para recordar que empieza este tiempo privilegiado, es el miércoles de ceniza y quiere significar cómo el Señor viene a hacer cenizas ese hombre viejo que nos aplasta y nos esclaviza, para que nazcamos al hombre nuevo, salvado por amor, salvado por ese amor-fiel de Dios entregado gratuitamente, como regalo para toda la humanidad.

Por tanto, es importante tener en cuenta, que el tiempo de cuaresma no es negativo, ni pesimista, ni está ahí para afligirnos. La cuaresma es un tiempo de gracia, de misericordia y de perdón. Es un acercamiento cada vez mayor a la persona de Jesucristo. Es caminar hasta nuestra plenitud en Él. Es volver la mirada una y otra vez hacia el Señor. Es reconocer todas las veces que nos quedamos mirando nuestro egoísmo, nuestra injusticia, nuestro quedar bien, nuestro sobresalir... en lugar de mirar a los ojos del Señor. Y reconocemos que bajamos la mirada porque cuando de verdad miramos a Cristo vemos con nitidez todas las miserias que componen nuestra vida.

Escucha de nuevo la invitación que el Señor te hace a cambiar de vida. Vuelve a responder si de verdad quieres seguir a Cristo viviendo el amor evangélico en plenitud. Pero no olvides que si tu respuesta es afirmativa tendrás que ser compromiso puesto a los pies de los demás. Tendrás que asumir que el amor de Dios es un amor de siervo. Es dar y darte para que los otros vivan. Es postrarte ante el Señor para que: Él haga brotar de tu interior un corazón nuevo y un espíritu renovado.

¿ANTE QUIÉN ME POSTRO?

Lo primero que nos ofrece el evangelio en este tiempo de cuaresma son las tentaciones de Jesús y en ellas esta afirmación del tentador: “Te daré todos los reinos de la tierra si postrándote ante mí me adoras…”

Se trata por tanto de adorar. Pero adorar ¿A quién? ¿A qué cosas?

Si nos paramos a pensar veremos que: Se nos da bastante bien eso de adorar, a nosotros personas con cultura y recursos.

Así nos decimos en nuestro interior: A este hay que adorarlo.

-Es ministro, tiene mano…

-Es banquero, puede hacerme ganar dinero…

-Es empresario, me hará escalar puestos con facilidad…

-Es millonario, me dará prestigio el estar a su lado…

Y, esto lo hacemos, aún a veces, sin saberlo porque estamos necesitados de adoración y sabemos que estos son los únicos caminos por los que, pronto o tarde seremos adorados, aunque sea falsamente; porque vendrán a dorarnos para sacar utilidad, lo mismo que nosotros la hemos sacado de los que adorábamos.

No nos hemos dado cuenta de que ante nosotros se mostraba la tentación camuflada. La misma tentación de todos los tiempos ¡Cómo no se nos va a presentar a nosotros si tuvo que pasar por ella el mismo Jesús!

La verdadera grandeza está en que Jesús, no cae presa de la tentación. Jesús salta por encima de ella y es capaz de gritar: “Al Señor tu Dios adorarás y a Él mismo servirás…

No hay nada ni nadie que merezca ser adorado ni sea digno de adoración. Sólo el Señor, Dios del Universo, poseedor de todos los dones y todas las generosidades… solamente Él es merecedor de adoración, de admiración, de reverencia, de respeto… porque sólo en Él están condensados todos los bienes de la tierra.

Pidamos al Señor luz para descubrir la tentación. Preguntémosle qué quiere de nosotros en cada momento. Quizá alguna cosa de las que Dios quiere, que nos cuestionen en esta cuaresma, sean éstas que te ofrezco. Estoy segura de que tú encontrarás muchas más.

• Buscar momentos de silencio para orar.

• Ofrecer nuestro tiempo gratuitamente.

• Buscar servir antes que ser servido.

• Procurar ver en toda persona a un hermano.

• Que no nos gloríes de nuestros dones. Si no que los pongamos al servicio de los

demás.

• Que no nos consideres mejor que los otros. Porque bueno sólo es Dios.

• Que apreciemos el valor de las cosas sencillas.

• Y, sobre todo, que reconozcamos, en lo más profundo de nuestro corazón, que sólo Cristo es el Señor, el único digno de ser adorado.

TEXTOS PARA LA ORACIÓN PERSONAL.-

“Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme; no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu” (Salmo 50, 12 – 14)

Pero no hay comparación entre delito y don. Porque si por el delito de uno todos murieron, mucho más la gracia de Dios, hecha don gratuito en Jesucristo, sobreabundó para todos” (Romanos 5, 15 -16

“Lavaos, limpiaos, quitad de ante mis ojos la iniquidad de vuestras acciones. Dejad de hacer el mal. Aprended a hacer el bien, buscad lo que es justo, pedid perdón a quien habéis ofendido, haced justicia al huérfano y amparad a la viuda” (Isaías 1, 16 – 18)

“Dijo Jesús a sus discípulos: Si os mantenéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres. Además, si Dios fuera vuestro padre me amaríais, porque yo salí de Dios, y aquí estoy. Sabed que no he venido por mi cuenta, sino porque él me envió.” (Juan 8, 31 – 42)