Domingo después de Pentecostés
La Santísima Trinidad
3 de junio de 2007

La homilía de Betania


1.- FIESTA DE LA TRINIDAD: DIOS ES AMOR

Por Gabriel González del Estal

2.- DIOS UNO Y TRINO

Por Antonio García Moreno

3.- DE CAMINO AL MISTERIO

Por Gustavo Vélez, mxy

4. - MISTERIO DE AMOR

Por José María Maruri, SJ

5.- COMUNIDAD DE AMOR

Por José Maria Martín OSA

6.- ¡QUÉ ENCANTO TIENE LA TRINIDAD!

Por Javier Leoz

7. - LA HERMOSURA DE UNOS TEXTOS

Por Ángel Gómez Escorial.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


LA SANTÍSIMA TRINIDAD

Por Pedrojosé Ynaraja


LECTIO DIVINA: EVANGELIO Y ORACIÓN


TIEMPO DE LA VIDA CRISTIANA (27-V-1961)

Por Pedro Rodríguez


1.- FIESTA DE LA TRINIDAD: DIOS ES AMOR

Por Gabriel González del Estal

El gran pintor barroco, flamenco, Pedro Pablo Rubens, pintó un famoso cuadro al que tituló San Agustín. Lo conocemos, habitualmente, como el cuadro de San Agustín y el niño de la concha. En este cuadro aparece el santo paseando por la playa, vestido de obispo, inclinándose ante un niño que está echando con una concha agua del mar en un pequeño agujero que él mismo ha hecho con sus pequeñas y tiernas manos. El santo, según nos cuenta la historia, le pregunta al niño ¿qué haces, niño? A lo que el niño responde: quiero meter toda el agua del mar en este agujero. El santo, paternal y bondadoso, le dice: pero toda el agua del mar no cabe en ese pequeño agujero. Ya lo sé, le contesta el niño, tampoco Dios cabe en tu pequeña inteligencia. Y es que San Agustín estaba intentando escribir un libro de muchas páginas para explicar el misterio de la Santísima Trinidad. Un libro que, efectivamente, tardó Agustín veinte años en escribir, a base de un trabajoso y fatigoso esfuerzo, según él mismo nos dice. Con esta pequeña anécdota quiero decirles que yo no voy a intentar meter el misterio de la Santísima Trinidad en la mente de ningún posible lector. La palabra misterio, nos dice el diccionario de la Real Academia, significa una cosa arcana o muy recóndita que no se puede explicar o comprender. No intentemos, pues, explicar los misterios, limitémonos a contemplarlos o adorarlos, desde una actitud de fe y amor.

2.- Pero el misterio de la Santísima Trinidad también tiene para nosotros, los cristianos, una dimensión pastoral y vivencial que sí debemos tener en cuenta y meditar en ella. Porque, cuando hablamos del Dios Trino, hablamos de un Dios que es y quiere ser para nosotros comunicación y comunión antes que nada. La base teológica de esta afirmación es la repetida frase del evangelista San Juan Dios es amor. Nuestro Dios es un Padre que ama; el fruto de este amor es el Hijo y el cordón umbilical que une al Padre con el Hijo es el Espíritu Santo. Dios Padre es amor, el Hijo es amor y el Espíritu Santo es amor. El misterio de la Santísima Trinidad es, pues, un misterio de Amor y misterio de amor debe ser la vida de todos los cristianos, de cada uno de nosotros. Todas las personas formamos una sola familia porque somos hijos de un mismo Padre, que nos engendró por amor. Un cristiano que no amara dejaría de ser cristiano, porque no creería en el Dios Trino al que amó y en el que creyó Jesucristo. En esta fiesta de la Santísima Trinidad, nuestro propósito debe ser un propósito sencillo y nada misterioso: intentar amar a Dios y al prójimo con el amor que Jesús de Nazaret nos amó.

3.- En nuestra vida diaria de creyentes cristianos nos dirigimos una y otra vez, en muchas de nuestras oraciones, al Dios Trino. Lo hacemos cada vez que nos santiguamos o persignamos y, en concreto, al comenzar y terminar la misa: En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; La bendición de Dios Padre, Hijo y Espíritu santo. No sólo debemos rezar al Dios Trino, sino que debemos vivir trinitariamente, en comunión de fe y amor con todos, vivir en familia, considerarnos hermanos de todos, hacer de este mundo la casa de Dios.

4.- Para referirnos, aunque sea muy brevemente, a las lecturas litúrgicas de esta fiesta, diremos, comenzando por el evangelio, que cada vez que rezamos y vivimos trinitariamente estamos glorificando a Dios, porque rezamos y vivimos movidos e impulsados por el mismo Espíritu que glorificó a Jesús. Toda nuestra vida será un canto de gloria a Dios, si es el Espíritu de amor, el espíritu que es Padre, Hijo y espíritu Santo, el que nos guía y nos mueve. El Espíritu de Dios es Sabiduría de Dios –primera lectura- y la sabiduría de Dios es la que debe dirigir todas nuestras tareas, como una luz que guíe toda nuestra vida. Si todo lo hacemos con amor y por amor, todo lo hacemos con Dios y por Dios, porque el Dios Trino es un Dios Amor. Incluso nuestros mismos sufrimientos, nuestras tribulaciones, como nos dice hoy San Pablo, producirán en nosotros la esperanza, una esperanza que no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado. Que así sea.


2.- DIOS UNO Y TRINO

Por Antonio García Moreno

1.- "Esto dice la sabiduría de Dios: El Señor me estableció al principio de sus tareas, al comienzo de sus obras antiquísimas" (Pr 8, 22) Palabras que se pierden en la bruma de los tiempos, palabras que nos llegan envueltas en los tupidos velos del misterio. Nos hablan de cuando no había nada, de un tiempo fuera del tiempo. Quisiéramos que todo fuera claro y sencillo. Contemplar con nuestros ojos la hondura de la esencia de Dios, sin comparaciones ni metáforas. Pero es imposible, Dios no cabe en nuestras palabras, no podemos conocerlo directamente. Tan sólo llegamos hasta él por analogía, por aproximación. No obstante, es suficiente esa aproximación para que podamos entrever algo tan sublime, que nos rindamos ante tanta grandeza.

Sí, por la revelación de Dios podemos llegar hasta donde nuestro pobre entendimiento no pudo si soñar, hasta la misma cumbre divina. Y desde ese alto picacho, el hombre sólo puede hacer una cosa, adorar en silencio. Estamos ante lo sagrado, lo trascendente, lo inefable. Pretender preguntar siempre, querer saberlo todo es profanar la revelación, pisar torpemente esas palabras llenas de la sabiduría de Dios.

"Cuando ponía un límite al mar; y las aguas no traspasaban mis mandatos...” (Pr 8, 29) Dios uno y trino. Tres personas y una naturaleza. El Padre, Dios, dando forma y color al mundo, haciendo brotar de las tinieblas un torrente de luz, colgando sin hilos los millones de astros que pueblan los espacios siderales, tallando en hielo las imponderables filigranas de una brizna de escarcha... El Hijo, Dios hecho hombre, nacido de madre virgen. Trabajando sobre nuestra tierra, mojando con el sudor de sus manos de carpintero la madera tosca de nuestros árboles, predicando la Buena Nueva y curando a los enfermos, amando a los hombres hasta morir por ellos colgado de una cruz...

El Espíritu Santo, Dios que procede del Padre y del Hijo. Que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas... Ezequiel nos narra una visión maravillosa. Ve un campo lleno de huesos secos. De pronto el Espíritu sopla sobre ellos y cobran vida y cuerpo. El Espíritu da la vida, es el soplo de Dios. La fuerza que transforma, el viento que empuja con su impulso el barco de velas que es la Iglesia... Verdadera y única Trinidad, única y suma Deidad, santa y única Unidad. Sólo nos queda decir: Creo, espero, amo. Gracias a Ti.

2.- "Cuando contemplo el cielo, obra de tus manos..." (Sal 8, 4) Muchas veces el espectáculo de una noche estrellada ha suscitado en el hombre la emoción religiosa, y con frecuencia también la inspiración poética. Es una pena que los hombres de la ciudad no veamos esa maravilla de cada jornada. Las luces artificiales oscurecen nuestro cielo, en ocasiones enrarecido además por la polución atmosférica. Quizás por eso la gente del campo, los hombres sencillos de los pueblos, mantengan una vida de fe más honda y una limpieza mayor de costumbres.

Esa realidad constituye un símbolo de otra más profunda. Deslumbrados por una vida aburguesada y cómoda, cegados por los malos deseos y los vicios, embotados por el afán de lucro y de placer, los hombres viven iluminados por una claridad ficticia, una luz pobre que sólo permite ver a muy corta distancia, que oscurece hasta hacer totalmente invisible todo ese otro mundo que nos circunda, eso que es lo más hermoso que tiene la tierra y el cielo: la vida misma; eso que constituye la maravillosa y rutilante huella de Dios.

"¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?" (Sal 8, 5) Ante esta grandeza impresionante, el autor inspirado se pregunta con extrañeza sobre el interés que Dios demuestra por el hombre. En comparación de los espacios siderales, la criatura humana es casi nada, un ser diminuto que ocupa un rinconcito mínimo del orbe. Y, sin embargo, el Padre Eterno ha elegido al hombre como a su criatura predilecta, redimiéndolo de su pecado, digno de pena eterna, con la muerte redentora de su mismo Unigénito. Y no sólo lo redime, sino que también lo santifica, lo perfecciona por medio del Espíritu Santo que habita en el corazón del hombre creyente, a quien elige como a su propio templo.

Sí, es algo incomprensible el que Dios nos haya coronado de gloria y dignidad, que nos haya entregado el mando de la obra de sus manos. Hoy que celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad, además de hacer un acto de fe en la Unidad de Naturaleza y Trinidad de Personas, hacemos un acto de amor y de esperanza porque Él, que lo es todo, se acordó de nosotros, que casi somos la nada.

3.- "Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo" (Rm 5, 1) Mala situación es el estado de guerra, la peor situación en la que se puede encontrar el hombre. Aquellos que vivieron un ambiente bélico dan testimonio de ello, un testimonio que a los que no lo hemos conocido nos parece exagerado y un tanto machacón Sin embargo, es cierto que la guerra es uno de los males apocalípticos, un clima donde crecen el odio y el rencor como maldiciones que dañan terriblemente al hombre.

Y a más fuerte enemigo, mayor tragedia; a más sabio contrincante, más penosa situación; a más grande amor roto, más profundo sufrimiento. Y Dios es el más fuerte, el más sabio, el más amante. Por eso la enemistad con Dios es lo más horrible que le puede ocurrir al hombre. Y el mayor bienestar que le pude venir es la paz con él. Pues eso es lo que nos ha conseguido Cristo. Pablo insiste en lo mismo con otras palabras. Por él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en la que estamos; y nos gloriamos apoyados en la esperanza de la gloria de los hijos de Dios... A la enemistad y el odio han sucedido el amor y la benevolencia. La guerra ha terminado y la paz ha renacido. Dios nos ha perdonado, está dispuesto siempre al perdón. Se dejó coser a una cruz para tener siempre los brazos abiertos al pecador arrepentido.

"Mas aún, hasta nos gloriamos en las tribulaciones..." (Rm 5, 3) Esta conciencia clara de estar en paz con Dios -el peor enemigo que podíamos tener y también el mejor amigo-, esta persuasión de haber sido adoptados como hijos por el Señor y Dueño del universo entero, provoca en Pablo una especie de complejo de superioridad, le transmite un sentimiento hondo de alegría y de optimismo. Lo cual le lleva a gloriarse siempre. Cuando todo va bien, y cuando todo pudiera ir mal. Se apoya san Pablo en la esperanza que tiene en el poder y en el amor de Dios, y se siente fuerte y seguro, vencedor.

Y no sólo esto -sigue diciendo-, sino que nos gloriamos hasta en las tribulaciones, sabedores que la tribulación produce la paciencia, la paciencia, una virtud probada, y la virtud probada, la esperanza. Y la esperanza no quedará confundida, pues el amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones por virtud del Espíritu Santo, que nos ha sido dado... Sí, no hay obstáculo que pueda interceptar el paso alegre del que se sabe hijo de Dios Padre, no hay verdaderas penas en la vida de un hombre redimido por Cristo, no hay lugar al miedo o a la angustia en aquellos que están inundados por la maravilla del Amor, el don primordial el Espíritu Santo.

4.- "Cuando venga él, el Espíritu de la Verdad, os guiará..." (Jn 16, 13) El Evangelio según san Juan es considerado por la liturgia como el Evangelio pascual por excelencia. Estas dominicas que preceden a Pentecostés, nos presentan una y otra vez sus páginas inspiradas, transidas por el recuerdo luminoso del Discípulo amado. Páginas cargadas en ocasiones de sugerencia y misterio, de amor velado y profundo. En especial las escenas y diálogos de la Ultima Cena tienen el acento entrañable de una despedida cargada de promesas y de ternura.

Jesús dijo entonces a los suyos, y nos lo dice ahora a nosotros, que muchas cosas tiene que enseñarnos, pero que todavía no podemos cargar con ellas; aún no podemos comprenderle del todo. Se refiere el Señor a la riqueza inagotable e inabarcable de los tesoros divinos que, poco a poco, a lo ancho y lo largo de la vida terrena, vamos recibiendo. Dios se adapta a nuestra capacidad limitada y se nos va acercando más y más, para descubrirnos paulatinamente su grandeza sin límites.

Jesús sabía que los suyos no le comprenderían de persecuciones y sufrimientos, ni incluso después de haber resucitado. Pero no se desanima y les dice que cuando venga el Espíritu Santo los guiará hasta la verdad plena. Él será quien culmine la obra de la redención, quien habite en nuestros corazones y actúe, día a día, hasta transformarnos en hombres nuevos, siempre que nosotros secundemos con docilidad su acción sobre nuestra alma.

Él me glorificará, sigue diciendo el Maestro, porque recibirá de mí lo que os irá comunicando. Los apóstoles comprendieron entonces, cuando llegó el Espíritu de la Verdad, lo que Jesús era y significaba realmente para todos los hombres. Desde entonces su amor y entusiasmo por Jesucristo creció hasta límites insospechados, por Él serían capaces de los mayores sacrificios, héroes de las más grandes hazañas. Jesús es confesado como perfecto hombre y como perfecto Dios, es proclamado ante todos los hombres a través de todos los tiempos y sobre todos los espacios, amado y venerado como ningún otro hombre, como ningún otro dios. Él es el Hombre por excelencia, pero también el único y verdadero Dios.

Al decir que todo lo que tiene el Padre es suyo, Jesús nos revela su igualdad de naturaleza y dignidad con el Padre y Creador del universo. También lo que anuncia el Espíritu Santo, y por tanto también con Él es uno es de Jesucristo e igual a Él. Estamos en los umbrales del misterio de la Santísima Trinidad, misterio insondable e incomprensible, ante el que sólo cabe la aceptación humilde y gozosa.

Misterio imposible de captar ni de entender. La grandeza divina es tan inmensa que la más penetrante inteligencia humana se siente embotada y lerda para comprender, y mucho más para comprehender. Esta incapacidad en lugar de entristecernos nos ha de alegrar. Ello significa que Dios Nuestro Señor es inmenso en todos sus atributos y perfecciones, digno de nuestro amor y nuestra fe, mantenedor firme de nuestra esperanza.


3.- DE CAMINO AL MISTERIO

Por Gustavo Vélez, mxy

1.- “Dijo Jesús a sus discípulos: Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis comprenderlas ahora. Cuando venga el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la verdad plena”. San Juan, Cáp. 16. Secuestrado por sus mismos frailes, Juan de la Cruz padece ansia de Dios. Sobretodo porque le han privado de celebrar misa. Entonces su fe se refugia temblorosa en la acendrada poesía que fluye de su interior. Y mientras escucha cómo discurre el Tajo arrullando la ciudad de Toledo, el pequeño fraile emborrona cuartillas que le ha facilitado el carcelero: “Qué bien sé yo la fuente que mana y corre. Aunque es de noche. Su origen no lo sé pues no lo tiene, más sé que todo origen de ella viene”.

Cuando nos hablan de la Santísima Trinidad, los cristianos comunes y corrientes, sólo alcanzamos a presentir, detrás de nuestra condición mortal, una fuente infinita de amor y de bondad que no ha tenido origen. Pero de la cual toma origen todo el universo. Aunque es cierto que la palabra Trinidad nunca es mencionada en la Biblia. Surgió en los primeros siglos de la Iglesia, cuando el Evangelio llegó al mundo griego y comenzó a expresarse en términos filosóficos.

Pero Dios se nos ha revelado como un Padre amoroso que envió a su Hijo al mundo. Murió crucificado, pero resucitó al tercer día. Y al regresar al cielo, nos dejó su Espíritu. El cual podemos señalar como su presencia, su influjo, su contagio, su amorosa capacidad.

2.- Muchas páginas se han escrito sobre el misterio de la Santísima Trinidad. Y aquí decimos misterio con toda propiedad, porque Dios es algo revelado, aunque no de manera precisa y completa. Pero más allá de cuanto podamos imaginar existe un Alguien infinito, espléndido y hermoso. De camino en la tierra, no nos queda sino aceptar que Dios existe, en un nivel que supera todo vocabulario, todo esquema mental. Todo discurso teológico.

Cuando el Señor habló a sus discípulos sobre aquel Abogado que les enviaría, les dijo: “Muchas cosas me quedan por deciros pero no podéis comprenderlas ahora. Cuando venga el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la verdad plena”. Una verdad que discurre más allá de nuestro entendimiento.

3.- Acostumbramos estudiar a Dios, al igual que las propiedades del agua, o el oficio del sol sobre las plantas. De pronto nos brota en lo interior algún afecto, que se desvanece de inmediato. Entonces volvemos a ese Dios conocido por nuestra razón: El que es justo y poderoso, creador del cielo y de la tierra. Y edificamos todo un andamiaje filosófico, apoyado en deducciones.

Pero habría otra manera de llegar a esa “verdad plena”, que señala Jesús. La encontraríamos por el camino de la evocación. La cual consiste en despertar sobre el corazón todas las experiencias positivas que la vida nos regala. Especialmente aquellas que traducen un amor verdadero. Sentiremos de inmediato la necesidad de relacionarlas con Alguien. Alguien plenamente infinito que nos ama. Alguien en quien descansa nuestra mente y se aquieta nuestro corazón. Entonces podremos repetir con san Juan de la Cruz: “Qué bien sé yo la fuente que mana y corre, aunque es de noche. Su origen no lo sé pues no lo tiene, más sé que todo origen de ella viene”.


4. - MISTERIO DE AMOR

Por José María Maruri, SJ

1. - Permitidme una anécdota de mi vida de estudiante. Estábamos estudiando el Tratado de la Trinidad y al acabar una de esas abstrusas clases un compañero mío me pidió que le dijese en palabras vulgares lo que el profesor nos había explicado. Y lo hice, en un dos por tres. Y cual sería mi horror al oírle exclamar: “oye lo he entendido perfectamente”. ¡Que barbaridad le habría dicho yo, que él entendió el Misterio de la Trinidad!

La Fiesta de la Trinidad es un grito, un anhelo de la Iglesia y de todos nosotros en busca del rostro verdadero de nuestro Padre Dios.

La historia de la humanidad es un largo proceso de esta búsqueda y lo hemos confundido con montes y ríos que hasta hoy se llamaba sagrados. Hemos querido verlo en el sol que trae la alegría de la luz y el calor de la tierra. Lo hemos plasmado en estatuas o lo hemos endosado al hombre. Recordemos que hasta el final de la Segunda Guerra Mundial hubo hombres dioses.

Y en todo este buscar al fin no hemos encontrado más que el rostro distorsionado de nuestro Padre Dios. Y es sólo Jesucristo que es igual que el Padre hasta ser uno con Él y que envía al Espíritu Santo que conoce y posee todo lo que el Padre y Él poseen para que nos vaya llevando a la plena verdad. Es sólo Jesucristo el que en la luminosa oscuridad de la fe nos da unos rasgos inequívocos del rostro del Buen Padre Dios. Ese Dios, que está sobre todo y sobre todos, no es un ser frío, lejano o solitario. Es amigo y entrañable por esencia. Es familiar y familia por esencia. Es uno sin soltería, múltiple sin división.

2. - El misterio no debe ni asustarnos ni avergonzarnos. El misterio nos rodea, nos envuelve y hasta lo llevamos dentro y siempre nos atrae.

—El misterio de la aparición del hombre en la tierra. Lo mismo hace medio millón de años que dos millones.

—El misterio del maravilloso organigrama que determina al niño y sus herencias.

—Ese subconsciente de cada uno en el que nos perdemos.

—Los poderes parapsicológicos que en algunos se manifiestan.

—Hasta la lluvia que somos incapaces de manejarla a capricho.

El misterio de Dios es esa otra orilla lejana a la nuestra que nos atrae y a la que somos llamados. La orilla legendaria de las Islas Orientales que desde la bruma del misterio atrajo a navegantes.

3. - No nos avergoncemos del Misterio de Nuestro Dios, porque lo importante no es que nosotros sepamos cómo es Él, sino cómo piensa y siente Él de nosotros.

Dios Padre creó esta orilla en la que vivimos. Y la creó para nosotros, llena de paisajes, de gustos, de colores y de perfumes. El Hijo quiso tanto a los hombres que se vino a convivir con nosotros en esta orilla, a vivir en el corazón mismo de cada uno de nosotros, como un dulce huésped del alma.

Esto es lo que Dios siente hacia nosotros. Y eso nos muestra que Dios es un amor tan grande en aquella orilla en que vive que su calor y su luz se desbordan hacia ésta en que vivimos.

La Trinidad es un Misterio de Amor, no nos avergoncemos de no entender el Amor, cuando el Amor es infinito.


5.- COMUNIDAD DE AMOR

Por José Maria Martín OSA

1- Es muy conocida la leyenda del episodio de San Agustín en la playa: un niño trata de meter todo el agua del mar en un pequeño pozo que está construyendo en la arena. El santo obispo de Hipona contempla lo que está haciendo el niño y le dice que es imposible que consiga su objetivo. Pero el niño le responde diciéndole que es más difícil todavía desentrañar lo que estaba pensando. Al parecer, San Agustín estaba meditando en el misterio de la Santísima Trinidad. Leyenda o realidad, lo cierto es que, tras escribir un extenso tratado con el título "De Trinitate", San Agustín llegó a la conclusión de que vemos estas cosas en espejo y en enigma, pues es un misterio, pero sí podemos darnos cuenta de que "se nos presenta en el Padre el origen, en el Hijo la natividad, en el Espíritu Santo del Padre y del Hijo la comunidad, y en los tres la igualdad".

2- En efecto, Dios se ha revelado como padre y Creador, tal como nos muestra la lectura del Libro de la Sabiduría. La creación es la obra amorosa de Dios. Contemplándola surge en nosotros la admiración y la acción de gracias del Salmo 8: "¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!". El hombre es la criatura más perfecta realizada por el Creador, pero a su vez es pequeña ante la inmensidad de la creación.

3- Dios es Hijo, que se hizo hombre para enseñarnos que debemos querernos como hermanos. Nos muestra que sólo es feliz aquél que es capaz de darse al otro y está dispuesto a perdonar una y otra vez como El nos perdona. Por El hemos recibido "la justificación por la fe y estamos en paz" (Carta a los Romanos). Ahora nos encomienda a nosotros la tarea de continuar su misión en el mundo: "Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y del espíritu Santo". Nosotros somos el único Evangelio que mucha gente puede leer. Leerán nuestras obras...

4- Dios es Espíritu que nos fortalece y nos da su aliento. Ahora es el tiempo del Espíritu. Con su ayuda y su fuerza viviremos nuestra fe. Ser cristiano no es cuestión sólo de doctrina, pues donde de verdad demostramos que lo somos es con nuestra vivencia. El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado. No lo echemos en saco roto. ¿De qué nos serviría conocer algún bien, si no lo amásemos?. Acerca del misterio de la Santísima Trinidad lo más importante es que conocemos que Dios es comunidad, amor entre personas. Un misterio sí, pero también una realidad gozosa, que nos anima en nuestro caminar como miembros de la comunidad de los que siguen a Jesús. En un mundo en el que el hombre se siente más solo que nunca, sabemos que a Dios le encontramos y le celebramos juntos, porque Dios es comunidad de amor.


6.- ¡QUÉ ENCANTO TIENE LA TRINIDAD!

Por Javier Leoz

1.- Fiesta en honor a DIOS. El homenaje a la UNIDAD de tres personas que, siendo diferentes, deja a la intemperie nuestra dispersión, la ruptura del mundo y de las cosas, del ser humano y de las estructuras sociales.....

Con Jesús, en este día, remontamos hacia las alturas y –como el montañero que ha sabido intuir y valorar la importancia de las herramientas de escalada- contemplamos con el Resucitado los tres anillos fundidos en oro de la misma naturaleza y con los mismos quilates: PADRE, HIJO Y ESPIRITU SANTO.

¿Cómo puede Jesús dirigirse a DIOS si El es DIOS”? Buena pregunta para una sencilla respuesta: Jesús nos enseña a optar por El, pero como camino hacia el Padre. No pretende que nos quedemos exclusivamente en El. Nos empuja nadar aguas arriba, como aquel que quiere encontrar su nacimiento o el origen del todo.

2.- ¡GLORIA Y ALABANZA A LA TRINIDAD! Tres en Uno....y el Uno en Tres. No es juego de palabras y sí, por el contrario, corazón indiviso, misterio profundo de nuestra fe y de nuestra vida cristiana:

-Nos enseña que DIOS es familia y que, nosotros, formamos parte de ella aunque no lleguemos a comprender ni entender todo el entresijo y la riqueza que encierra.

-Dios es AMOR y, nosotros, participamos de esa fusión única y maravillosa que existe entre las tres personas.

-Dios es COMUNIÓN y, nosotros, la contemplamos y la comemos, la vivimos y la palpamos, la añoramos y la necesitamos ante la fragmentación existente en nuestro entorno, en las galaxias de nuestros afectos, en nuestras luchas, proyectos y fatigas.

-Dios es UNICO y, nosotros, le damos gloria y alabanza porque nuestra FE nos dice que en El está puesta nuestra esperanza, nuestro ser iglesia, nuestra vida cristiana que ha de ser siempre trinitaria.

4.- ¡GLORIA Y ALABANZA A LA TRINIDAD!

-En la Trinidad reina el amor....y el amor siempre produce abundancia de frutos. En nosotros, cuando acampa el egoísmo, nuestra vida sólo produce esterilidad.

-En la Trinidad nace y se REVELA el amor que se hace servicio. En nuestro entorno (medios de comunicación, en la pareja, en la sociedad...) se confunde amor con placer. Y con el poder (no con el servicio) se compra muchas veces el simple placer olvidando y descafeinando el amor.

-En la Trinidad, Jesús, nos presenta el rostro, el número, la identidad, la grandeza, el apellido de su familia invitándonos a dar razón y testimonio de ella: ¡ID POR EL MUNDO!

Como cristianos, que participamos de esa comunión de las tres personas, estamos llamados a dar a conocer la buena fama y la solera de esta gran familia que es la Santísima Trinidad. Quien se acerca hasta ella, siempre tiene ganas de volver de nuevo.

Nota.- En la Misa Familiar hay una oración del Padre Leoz, del mismo tipo de las que suele incluir en las homilías.


7.- LA HERMOSURA DE UNOS TEXTOS

Por Ángel Gómez Escorial

1. - Voy a referirme a la hermosura de los textos que de este domingo, dentro de Ciclo C. En el fragmento del Libro de los Proverbios, la Sabiduría de Dios habla en primera persona y señala su origen. Tal vez, la mayor hermosura coincide en las ultimas palabras: "...yo estaba junto a él, como aprendiz, yo era su encanto cotidiano, todo el tiempo jugaba en su presencia: jugaba con la bola de la tierra, gozaba con los hijos de los hombres." Luego el salmista se va a preguntar: "¿que es el hombre para que te acuerdes de él?, lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad”. El final del texto de San Pablo --Epístola a los Romanos-- se dice: "porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado." Finalmente, el Evangelio de San Juan afirma: "El Espíritu de la Verdad os guiará hasta la verdad plena".

2. - Hay más, por supuesto, porque el texto de San Juan sitúa en las palabras de Cristo esa realidad profunda que es la Trinidad Santísima. Pero aquí queremos llamar la atención sobre esos retazos de altura --dan vértigo-- que los textos sagrados nos muestran. La sabiduría de Dios está cerca de Él y juega con la tierra y los hombres. Los hombres, si queremos, podemos estar cerca de la sabiduría divina, tal vez no podremos comprenderla en plenitud, pero sí sentirla y algo más que intuirla. El amor de Dios está en nuestro interior porque ahí ha sido puesto por "el Espíritu Santo que se nos ha dado" y ese mismo Espíritu nos guiará hasta la verdad plena.

3.- ¿No es todo esto lo máximo que podemos aspirar? Creemos que sí. Y, sin embargo, no somos capaces de mantener esa proximidad por culpa de nuestros abandonos, de la lejanía de Dios que imponemos a nuestras almas por faltas y pecados. Pero a poco que nos esforcemos toda esa huella clara de la Divinidad Cercana estará a nuestro lado. Nos hace falta un poco de paz, de sosiego, de serenidad, de humildad para aislarnos del ruido de nuestro mundo loco y así aprehender lo que nos Dios nos manda. No se trata de salirnos del mundo. Debemos sentir a Dios en nuestro interior y luego salir al mundo --y a grandes voces-- contárselo a quienes no le encuentran, o no le sienten.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


LA SANTÍSIMA TRINIDAD

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Yo no sé, mis queridos jóvenes lectores, si habéis reflexionado alguna vez, sobre la evolución de la religiosidad humana. Os lo digo, porque, a veces, se sabe mas de cómo han cambiado los medios de trasporte, que van desde los rodillos empleados para los grandes bloques de las pirámides de Egipto, hasta los modernos aviones de "cargo" que llevan de un extremo a otro del planeta toda clase de materiales, que los cambios antropológicos importantes, como es el caso de los que se operan en el campo religioso. Es bueno estar instruido en estas cosas, pero mejor saber como ha ido progresando la Fe entre los hombres. Ha habido un gran adelanto en este terreno, conseguido gracias a que Dios tenía la iniciativa y algunos hombres le eran fieles.

Nuestros más lejanos ancestros, intuyeron en su vivir cotidiano, que algo trascendentemente bueno, verdadero y bello, debía existir. Se manifestaron estas creencias mediante las danzas, los dibujos rupestres y las ofrendas rituales. Se trataba de una religión de contenidos muy sencillos y simples que, a veces, erróneamente, llamamos magia. Progresó la religiosidad debido a que el hombre en su conjunto también progresaba, que crecía su inteligencia, pero, principalmente que tenía la experiencia íntima de fenómenos inexplicables, de consecuencias buenas unas veces, adversas otras. Se tuvo en cuenta, en la vida práctica, a la divinidad o a las divinidades. Algo es algo, que decimos.

2.- Hubo un hombre que se arriesgó a aceptar a un Ser personal y hacerse su amigo, se llamaba Abraham. Creyó valientemente en el Dios Yahvé, aunque pensase que existían otros dioses. Su descendencia fue avanzando. La primera lectura de hoy nos presenta a la sabiduría divina como una persona, es un ejemplo de este progreso. No fue hasta la llegada de Jesús, cuando Dios en persona, hecho individuo físico, aterrizó en nuestro planeta, cuando acampó entre nosotros y pudimos acercarnos a la Divinidad y, a través del Hijo, repito: hecho nuestro compañero y deseando ser nuestro amigo íntimo, cuando empezamos a saber algo más lo que era Dios, sin perder Él su aureola real de misterio.

Jesús, Dios-hombre, se hizo confidente nuestro. Vosotros sabéis, mis queridos jóvenes lectores, que tenéis un amigo auténtico, alguien enamorado de vosotros, si os ha contado algo que nadie lo sabía. Explicar un secreto es una de las pruebas de la amistad. Si alguna chica me lee, y ha pasado por lo que explicaré, me entenderá muy bien. Si se encuentra un día con alguna compañera que le pregunta qué es lo que le pasa, ya que observa algo extraño en ella, es posible que le diga: mira, aquel chico del que te había hablado, anoche, me estuvo contando unas cosas... a nadie se lo había dicho hasta entonces, no hago más que pensar en ello y no me lo puedo quitar de la cabeza. ¡Estaba tan emocionado él, cuando juntos y apretados estábamos, mientras me lo contaba...! Y lo que a la muchacha le decía no era solo que la amaba, le explicaba cosas de su vida, de su familia, de sus proyectos. Le podía decir que quería ser piloto de un A380 y ella no saber de que se trataba, la emoción que sentía mientras se lo contaba, era suficiente para merecer su confianza. En el amor ¡hay, o debe haber, tantas confidencias! ¡Hay tanto misterio y recuerdos íntimos, que uno no comprendió, ni llegará nunca a comprender!

3.- Algo semejante es lo que pasa con Dios. Hemos conocido las aventuras del Hijo en la tierra y en la historia. Nos ha hablado Él de unos seres espirituales, compañeros-servidores, los ángeles, nos ha explicado que algunos traicionaron y contado también su desgraciada existencia, nos ha desvelado realidades ilocalizables: cielo e infierno... ¡tantas cosas nos ha descubierto! Hasta ha pretendido que supiéramos un poco como era en su más profunda realidad. Al Padre-Dios le podemos llamar Abbá, decía, como si, utilizando nuestro lenguaje, nos dijera podéis llamarle papá, papaíto o papito. Nos ha explicado que vendría a nosotros el Espíritu. Que era fortaleza, que nos podía comunicar fortaleza, ingenio, ensueño y amor sublime ¡tantas cosas nos ha contado! ¡Y nosotros a veces, como tontos, tratando de saber lo que significan, tratando de entender a Dios! ¿Alguien se preocupa de saber la composición química de los huesos de una persona que acaba de conocer y que va a ser su protector y compañero? Lo que le interesa es saber algunos detalles de sus costumbres, de su temperamento, para no meter la pata, para no ofenderle. Lo que interesa es poder seguir encontrándose y tratándose, para que su compañía nos enriquezca.

Hay un instinto, iba a decir genético, pero no me atrevo a afirmarlo, a recordar a las personas mediante imágenes, mediante signos. Antiguamente fueron dibujos en las paredes, luego estatuas, ahora metéis en vuestro móvil (o celular), una fotografía y un número para poder localizar a quien os interesa continuar manteniendo contacto. Algo semejante ocurre con Dios. Y puesto que Jesús nos ha dicho que es Trinidad, se ha pretendido, de alguna manera, dibujarlo. Tengo unos iconos de Etiopía, donde aparece como tres solemnes y bondadosos abuelos. No es correcta, es aburrida y parece que sean tres cromos repetidos. La más tradicional, en el mundo occidental es un Señor-anciano junto al Hijo, en la cruz o con la cruz, a otro lado una paloma (en algunas ocasiones es un chico joven, en otra, una sola, que yo sepa, en Alemania, una chica joven y en otra que conozco, un joven, ni masculino ni femenino. Ahora se ha puesto de moda un icono, los ejemplares mas conocidos son reproducciones del que pintó el artista-místico ruso Andrei Rublev. En la tradición oriental, se cree que la aparición a Abraham, en Mambré, en figura de tres ángeles, o de un solo Señor, en alguna frase, fue un anticipo de la revelación de la Trinidad. Esta pintura es extraordinariamente bella, que necesita que un buen iconógrafo nos la explique, para desentrañar un poco su contenido.

4.- Imaginaos como queráis a Dios. Lo importante es que tengamos presente que nos ama, que es Padrecito nuestro, Hermano mayor y Fuego de amor y pasión valiente. Y después de imaginarlo, que sintamos por Él reverencia, confianza y lealtad, Amor. Os lo recuerdo: nuestra actualidad tiende a tener múltiples amistades débiles. Muchos amigos, que resultan ser simples compañeros. Y nosotros necesitamos algo de mas calibre. No desesperéis cuando sufráis derrota o decepción. Descubrid en este sentimiento la necesidad de la oración, de la intimidad con Dios.


LECTIO DIVINA: EVANGELIO Y ORACIÓN


TIEMPO DE LA VIDA CRISTIANA (27-V-1961)

Por Pedro Rodríguez

Evangelio dominical meditado y escrito para la prensa hace (casi) cincuenta años, en la época de Juan XXIII. Hoy es un testimonio de la continuidad de la liturgia y de la meditación del Evangelio en el tránsito del Misal de San Pío V al de Pablo VI. La fecha que se hace constar es la del domingo en que se publicó en los periódicos.

FIESTA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

(DOMINGO 1º DESPUÉS DE PENTECOSTÉS)

San Mateo 28, 18-20:

Y Jesús se acercó y les dijo:

—Se me ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.

Tiempo de la vida cristiana (27-V-1961)

Ya hace una semana que llegamos a la cumbre del año litúrgico. Con Pentecostés, la fiesta del pasado domingo, ya han desfilado, en efecto, ante nuestros ojos todos los misterios de la vida del Señor. El último acto ha sido esa maravillosa efusión del Espíritu, fruto máximo de la Redención.

Este tiempo que hoy comenzaremos a recorrer —tiempo después de Pentecostés: el más largo, veintitantas semanas— podría ser llamado “tiempo de la vida cristiana”: porque la Iglesia quiere ahora que sus hijos, penetrados del Espíritu Santo, vivamos plenamente eso que hemos ido contemplando a lo largo del año litúrgico. Y la liturgia va tomando de aquí y de allá pasajes evangélicos de la vida de Cristo, para grabarnos bien sus rasgos; va espigando en las Epístolas, para mantenernos en los valores de la vida cristiana; y va, sobre todo, elevando su oración a Dios para que nos conserve “fortes in fide”, fuertes en la fe: y así llevemos la nave a buen puerto. Seis meses, pues, para meditar y poner en práctica lo que hemos ido contemplando, paso a paso, en los otros seis.

Pero, en este primer domingo después de Pentecostés, al comienzo pues de este “tiempo de la vida cristiana” la Iglesia se siente dominada por algo que es de la máxima importancia y que tiene prioridad sobre esa “práctica” de las virtudes. Me refiero a la necesidad de cantar la gloria de Dios, de dar a Dios toda gloria.

Esto ha de entenderse bien. Me explico. Muchas veces nos encontramos como envueltos en una actitud un tanto pragmática, utilitarista, en todo lo relativo a la vida cristiana: el Cristianismo consiste en “hacer” una serie de cosas. Todo lo demás es “cuento”, y se echa mano del refrán: “obras son amores…”.

Que hay que hacer cosas, que obras son amores, etc., todo esto es verdad y nadie puede ponerlo en duda. Pero con frecuencia se queda en una verdad a medias —que es una de las más peligrosas formas que adopta el error—. Es una visión miope de la realidad, que podríamos llamar “activismo”: la acción por la acción. Frente a esta verdad a medias hemos de colocar la verdad completa: el “hacer” del cristiano sólo es cristiano verdaderamente en la medida en que se trasciende a sí mismo para desembocar en la gloria de Dios. De ahí que los actos de reconocimiento, alabanza y glorificación de Dios tengan la primacía absoluta a la hora de la “práctica” de las virtudes. De ahí también que cosas al parecer “inútiles” sean más gratas a Dios —y eficaces— que otras “utilísimas”…

Al contemplar ahora toda la obra redentora de Dios, vistos en perspectiva —desde Adviento a Pentecostés— los misterios de la vida de Cristo, la Iglesia —nosotros, los cristianos— levanta sus ojos hasta la fuente misma del torrente y glorifica con su voz al Dios Uno y Trino.

Domingo de la Santísima Trinidad: esta es la fiesta de hoy, domingo primero después de Pentecostés. El Evangelio, brevísimo, como hemos visto, nos presenta unas palabras de Cristo resucitado a sus discípulos. Y en ellas la salvación de las almas aparece en directa relación a la Omnipotencia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. La presencia en Dios de una vida íntima tan pletórica que se manifiesta en la existencia de tres Personas distintas, dentro de la Unidad de la Esencia divina, constituye, sin duda, el más profundo de los misterios revelados por Nuestro Señor Jesucristo. Es algo que nunca hubiéramos podido penetrar con nuestras fuerzas humanas.

Este es el Dios que nos ha salvado. Y a ese Dios nuestro, Uno y Trino, nos dirigimos los cristianos en acción de gracias y en alabanza, y nos unimos, hoy de manera muy especial, al “Sanctus, Sanctus, Sanctus” que cantan sin fin los Ángeles y los Arcángeles, los Tronos y las Potestades…

Pues bien, un momento de silencio. Ese Dios inmenso, inabarcable, que hace exclamar a San Pablo en la Epístola de hoy: “Cuán incomprensibles son tus juicios e inescrutables tus caminos”, ese Dios Uno y Trino ¡habita en el centro del alma que vive en gracia! Nos lo dijo el Señor Jesús: “Si alguien me ama… vendremos a él y ¡en él haremos morada!” (Juan 14, 23). Y esto ¡ya ahora!, sin esperar al Cielo…

Ante esta verdad de fe no cabe otra actitud que la acción de gracias y la adoración. La mente humana, en verdad, no alcanza a comprender… y adora, mientras descubre una luz nueva en esa oración recitada otras veces monótonamente: “Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo…”.

Decíamos al empezar que, por encima del “hacer” de las virtudes, la Iglesia sentía la necesidad de glorificar a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Pero en la vida en Cristo no hay dicotomías. Todo es sencillo y se reduce a unidad: la mejor forma de dar gloria a Dios es precisamente la práctica de las virtudes cristianas, según aquellas palabras del Señor: “El que me ama, guardará mis Mandamientos” (cf. Juan 14, 15.21).

He aquí el panorama que se divisa al comenzar este largo tiempo “después de Pentecostés”.