XIII Domingo del Tiempo Ordinario
Solemnidad de San Pedro y San Pablo
29 de junio de 2008

La homilía de Betania


1.- ¡AÑO PAULINO!

Por Javier Leoz

2.- PEDRO PUSO LA FUERZA EN LO DÉBIL

Por José María Maruri, SJ

3.- PABLO RECONOCE A PEDRO SU PRIMACÍA

Por Antonio García-Moreno

4.- EL DIOS NUESTRO DE CADA DÍA

Por Gabriel González del Estal

5.- ¿SOMOS TESTIGOS AUTÉNTICOS DE JESUCRISTO?

Por José María Martín OSA

6.- NO SABE. NO RESPONDE

Por Gustavo Vélez, mxy

7.- EN EL PÓRTICO DEL AÑO PAULINO

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


PEDRO Y PABLO

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- ¡AÑO PAULINO!

Por Javier Leoz

1.- En el día del Señor, en este último domingo del mes de junio, celebramos la festividad de San Pedro y de San Pablo. Además, con motivo de los dos mil años del nacimiento del Apóstol de los Gentiles, esta conmemoración nos trae a la memoria lo que el Papa Benedicto XVI abogó en la basílica de San Pablo de Extramuros de Roma al proclamar el “Año Paulino”; la unidad de los cristianos y la necesidad de personas dispuestas a dar su vida por Cristo.

*Este Año Jubilar, que se inicia este 28 de junio y se prolonga hasta el 29 de junio del 2009, nos debe de ayudar a redescubrir la figura del Apóstol. La lectura de sus numerosas cartas dirigidas a las primeras comunidades cristianas nos hará revivir los primeros tiempos de nuestra iglesia; nos hará profundizar en sus impresionantes enseñanzas a los “gentiles”.

*Este año jubilar nos debe de llevar a meditar la vitalidad y la vigorosa espiritualidad de fe, esperanza y caridad que llevó a Pablo a dar un giró de 180 grados en su existencia.

*Este año jubilar puede ser una ocasión excepcional para peregrinar a su tumba o acercarnos a los numerosos lugares que visitó. Nos ayudará, si así lo hacemos, a recuperar y revitalizar nuestra fe y nuestro papel en la Iglesia de hoy con el sabor, la inteligencia, la creatividad, el ingenio y la luz que nos aportan sus enseñanzas.

*Este año jubilar, y por deseo del Papa Benedicto, nos tiene que sensibilizar también a rezar, trabajar y movernos por la unidad de todos los cristianos en una Iglesia única y unida. ¿Imposible? ¡Más imposible pareció la conversión de San Pablo y, camino de Damasco, Dios se empeñó y lo consiguió!

2.- Hoy, en el inicio de este año paulino, emergen dos figuras que son asientos indiscutibles de nuestra Iglesia: Pedro y Pablo. En los dos un común denominador: Jesús. En los dos un mismo horizonte: incentivar y animar la fe en Jesucristo. En los dos una fragilidad, su humanidad. En los dos, un toque divino: Dios se sirve, por iniciativa y voluntad propia, para llevar adelante su obra.

Sí, amigos: hoy es el día de la Iglesia, el día del Papa, el día en el que –más allá del altruismo o voluntarismo simple- reconocemos que hay una fuerza superior que nos anima y nos empuja, como a Pedro y a Pablo, a ser testigos del Evangelio. ¿Lo somos? ¿Sentimos nuestra indignidad ante el deseo del Señor de contar con nosotros? ¿Somos conscientes que, aun con nuestro barro, el Señor quiere llevar adelante su proyecto?

“Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” ¿Qué piedra, Señor? ¿Esa piedra soy yo? ¡Qué dices, Jesús! ¡Mira hacia otro lado!” ¿Por qué te fijas en mí? ¡No quiero complicaciones, Señor! Pueden ser, perfectamente, nuestros interrogantes o exclamaciones ante la voluntad firme del Señor de hacer, algo bueno y nuevo, con nosotros. ¿Qué pensaría Pedro cuando escuchó, de labios de Jesús algo parecido a “te quiero y te necesito así”?

3.- Es difícil imitar a Cristo. Es delicado llevar adelante su reino. Es espinoso, en estos tiempos, presentar –en toda su integridad- el mensaje del evangelio a una sociedad que, lo prefiere, de una manera sesgada y a su medida. Pero, como a Pedro, nos acompaña la fuerza de la oración de la comunidad. ¡Hay que rezar! ¡Tenemos que rezar! Por el Papa, los Obispos y los sacerdotes. Para que no se cansen de evangelizar en medio de zancadillas, turbulencias, traiciones, negaciones y contrariedades. Nuestro mejor homenaje, a estos gigantes de la fe –Pedro y Pablo- es precisamente empujar con nuestra oración los afanes misioneros de nuestra Iglesia. Una Iglesia, que como Pedro y Pablo, no deja de combatir para que venza el bien sobre el mal; de correr para alcanzar los ideales cristianos y, sobre todo, sin miedo a poner la cara en nombre de Cristo, aún a riesgo de recibir algún salivazo que otro.

Hoy, en este día de los dos pilares de la Iglesia, también nosotros nos debemos de sentir “resortes” de esa Iglesia. No importa que seamos pequeños o grandes; altos o bajos; fuertes o débiles. Lo importante es que estemos aportando algo de nuestro tiempo, esfuerzo, dinero y creatividad en esa tarea ilusionante del anuncio de la Buena Nueva.

4.- ¡QUIERO SER UN PILAR, SEÑOR!

Que sostenga un poco más tu Iglesia,

con la fuerza y el calor de tu Palabra

Que me haga sentir, de arriba abajo,

y de abajo arriba, tú presencia y tú poder,

tu presencia y tu voz,

tu energía y tu confianza en mí.

¡QUIERO SER UN PILAR, SEÑOR!

Como Pedro, que diga quién eres Tú:

¡El Mesías!

Como Pedro, que confiese sin temblor:

¡Eres el Hijo de Dios vivo!

Como Pablo, que de los mil caballos

en los que voy montado, Señor, caiga

para que descubra, una y otra vez,

que caminas a mi lado y no me abandonas, Señor.

¡QUIERO SER UN PILAR, SEÑOR!

Útil y siempre abierto y buscando tu voluntad

Firme y agarrado a tu Gracia

Recio y embellecido por la oración

Limpio y resplandeciente por la luz de la fe.

¡QUIERO SER UN PILAR, SEÑOR!

Como Pedro, con los poros de las limitaciones

Como Pablo, con la experiencia de dos mil años

¡QUIERO SER UN PILAR, SEÑOR!

Que sostenga, con mi pobreza,

la gran riqueza del Evangelio

En el que edifiques, en mi debilidad,

el imperio y la grandeza de tu Reino.

¡QUIERO SER UN PILAR, SEÑOR!

Como Pedro, sin miedo a ser destruido

ni derrumbado por el enemigo de la fe

Como Pablo, aventurero y abierto

para elevar, sobre mí mismo, lo que

muchos todavía no conocen: A JESUCRISTO

¡QUIERO SER UN PILAR, SEÑOR!

Y que Tú, cuando quieras y como quieras,

edifiques cuando quieras y como quieras.

Amén.


2.- PEDRO PUSO LA FUERZA EN LO DÉBIL

Por José María Maruri, SJ

1.- Decenas de cardenales bajando por las escalerillas de los aviones en el aeropuerto romano de Fiumicino. Largas colas y maravillosos ropajes en la Capilla Sextina, miles de periodistas correteando por Roma, detrás de la mínima información de quién será el agraciado… Tanta multitud y boato que a penas hay cabida para el Espíritu Santo, que siempre, al fin, se mete por algún descuidado resquicio.

Todo ese revuelo armamos los cristianos para elegir un Papa. Y mucho pesan su virtud, sus estudios, sus puestos anteriores. Cuando Jesús elige Papa, el primero, bastan estas palabras del Evangelio: “Simón hijo de Jonás, tú eres Pedro y sobre esta roca edificaré mi Iglesia”. Dios, que es grande, no necesita del boato, al contrario se rodea de sencillez y naturalidad, porque todo lo grande es así: sencillo y sin complicaciones.

Y a pesar de que no hubo fumarola, ni que en Roma se dieron por enterados del nombramiento, ni en el círculo religioso de Jerusalén se dieron por enterados, aquella fue la primera elección papal.

2.- Y sin embargo, Pedro fue un buen Papa, de muy pocas letras y sin ningún doctorado, cuyas únicas encíclicas fueron dos breves cartas y, al parecer, tuvo un amanuense en San Marcos que en su Evangelio dejó la catequesis que San Pedro daba en Roma.

Fue humilde, por necesidad, porque no podía alardear de mucho, el que había negado públicamente a Jesús por tres veces. Y fue humilde con Pablo, (a quien no le hubiera venido mal aprender un poco de humildad y, así, no hablar tanto de si mismo) que le reprendió por su condescendencia con los judaizantes

Con valentía, y tras la venida del Espíritu Santo, se enfrentó con la multitud judía y sus jefes, echándoles en cara que habían crucificado al enviado de Dios. Soportó la cárcel dos veces y fue azotado. Excomulgó al primer hereje de la Iglesia, Simón Mago. Y al fin derramó su sangre por ese Señor al que le había dicho: “Señor, tú sabes todas las cosas. Tú sabes que te amo”. Abrió las puertas de la Iglesia y reunió un sencillo Concilio en Jerusalén en que declaró que la Ley de Moisés estaba abrogada.

Como el Señor Jesús, que puso la fuerza del Reino en la pequeñez de la semilla de mostaza, o en el pequeño grano de trigo que muere en el surco, así Pedro puso la fuerza en lo débil e ignorante de este mundo. No olvidemos tampoco que era un Papa casado.

3.- Aquello de “sobre esta roca levantaré mi Iglesia” les debió sonar a todos aquellos israelitas a divinidad. Para el pueblo de Israel, Dios fue siempre la Roca en la que se sentí seguro contra todos sus enemigos, como un castillo levantado en lo alto de una escarpada roca, como la Peña de Francia (**), que se hace inexpugnable para todo enemigo.

Les debió sonar a que Jesús concedía a su Iglesia participar de la inmovilidad del mismo Dios. Y, realmente, si se ve un poco la Historia, todos los grandes enemigos de la Iglesia han pasado, unos, hace muchos siglos como Nerón, otros, hace decenas de años, como el comunismo ateo, están bajo la fosa del tiempo y la Iglesia sigue viva.

Y la explicación nos la da San Pablo que dice que Cristo es la cabeza y la Iglesia es su cuerpo. Nadie puede ya acabar con el Cuerpo del Hijo de Dios. Una vez pudieron, clavándole con una cruz. Este segundo Cuerpo de la Iglesia, unido a su Cabeza, el Hijo de Dios, nunca jamás será abatido por los enemigos humanos. Será Roca, como Dios es Roca inexpugnable, inconmovible, eternamente firme.

(**)La Peña de Francia es una montaña de 1.723 metros de altura, al sur de la provincia de Salamanca (España).


3.- PABLO RECONOCE A PEDRO SU PRIMACÍA

Por Antonio García-Moreno

1.- Cristo y la Iglesia.- En este año la Dominica XIII cede su puesto preeminente a la Fiesta solemne de San Pedro Apóstol, índice inequívoco de la importancia del personaje, pues su condición de Cabeza del Colegio apostólico, entró dentro de lo que son las líneas maestras de la fundación de la Iglesia, y como ésta permanece hasta el fin de los tiempos, se hizo necesario que quien sucediera a Pedro siguiese cumpliendo el encargo, dado por Cristo mismo, de ser piedra viva de fundamento para toda la Iglesia, y de confirmar en la fe a los hermanos.

Jesús fue enviado por el Padre para anunciar la salvación a todos los hombres, que se realizaría con su Muerte y Resurrección. Este anuncio no pasó desapercibido entre la gente de su tiempo. Todos hablaban de él, los de arriba y los de abajo. Unos a favor y otros en contra. Algunos le llegaron a llamar endemoniado y blasfemo, otros lo confundían con Elías, el gran profeta de Israel. Tanto unos como otros estaban equivocados...

También hoy se habla de Cristo y de su obra, la Iglesia. Para criticarla o para defenderla. Todos se consideran aptos para emitir un juicio. Sin embargo, con frecuencia se aplican en esos juicios unos criterios inadecuados, se emplea una visión materialista y temporal que no llega ni a intuir la grandeza divina del Señor y la naturaleza sobrenatural del misterio de la Iglesia.

2.- Tú eres Pedro. En el evangelio de hoy vemos a san Pedro que, movido por Dios Padre, exclama entusiasmado y seguro: Tú eres el Mesías, el hijo de Dios vivo. Con ello nos ofrece la clave para entender a Jesucristo y a la Iglesia. Sólo desde la perspectiva de la fe se puede entender la verdadera naturaleza del mensaje que Jesús ha traído, la salvación que él ha iniciado con su muerte en la cruz y que la Iglesia proclama y transmite a los hombres de todos los tiempos.

Y en esa Iglesia, en ese Pueblo de Dios, un jerarca supremo. En esa casa de Dios una piedra de fundamento. En ese rebaño un pastor. En esa barca un timonel. En ese cuerpo una cabeza visible. En ese reino un soberano pontífice. Es cierto que el único Sumo Pontífice es Cristo Jesús, el único Rey, la Piedra angular, el Buen Pastor, la única Cabeza. Sin embargo, el Señor quiso que su Iglesia fuera una sociedad visible y organizada, con una jerarquía y un supremo jerarca, un pueblo, el Nuevo Israel, regido por Pedro y los otros once apóstoles, por sus sucesores cuando ellos murieron, el papa y los obispos de todo el mundo en comunión con la Sede romana.

Desde el principio la primacía de san Pedro fue reconocida por todos, como vemos en los Hechos de los apóstoles. Es cierto que hubo una ocasión en que Pedro actuó de una forma inadecuada: “pues antes de venir algunos de los de Santiago, comía con los gentiles; pero en cuanto aquellos llegaron, se retraía y apartaba por miedo a los de la circuncisión” (Ga 2, 12). Era tal la presión que le mismo Bernabé había cedido. Cuando llegó San Pablo y vio lo que ocurría, según nos refiere él mismo, le dijo a “Cefas delante de todos... ¿por qué obligas a los gentiles a judaizar?”. Sin embargo es preciso aclarar que esa intervención de Pablo, en lugar de quitarle autoridad, se la reconocía y afianzaba. En efecto, a Bernabé no le dice nada y a Pedro sí, sencillamente porque lo grave es quien era la cabeza de la Iglesia actuara así. “Además de esto, decía Ratzinger en libro citado, la Carta a los Gálatas atestigua que esa preeminencia subsiste incluso cuando el primero de los apóstoles permanece en su comportamiento personal por debajo de su cometido ministerial (Ga, 2, 1-14)”. Por tanto, Pablo reconoce a Pedro su primacía. Por eso, además, le llama Cefas, el nombre que Jesús da a Simón el hijo de Jonás, vocablo arameo que significa piedra, alusión clara a que sobre él, a pesar de sus fallos, edificaba su Iglesia.

Así lo quiso Jesucristo, así ha sido, así es y así será. Es cierto que hay quien lo discute, quien lo niega o lo ridiculiza. Pero es inútil. La Iglesia, por voluntad de su divino fundador, es así y sólo así seguirá adelante, pues según la promesa divina los poderes del Infierno no prevalecerán contra ella. Por eso la barca de Pedro continuará navegando hasta llegar al puerto de la salvación. Y sólo los que, de una forma u otra, estén dentro de esa barca, se salvarán.


4.- EL DIOS NUESTRO DE CADA DÍA

Por Gabriel González del Estal

1.- San Pedro y San Pablo tenían personalidades muy distintas, pero los dos fueron fieles seguidores del Maestro, desde el momento mismo en el que se convencieron de que Jesús era el verdadero Mesías, el que Dios había enviado al mundo para salvarnos. Los dos profesaron la misma fe, pero cada uno vivió su experiencia de fe en conformidad con su temperamento, con sus convicciones y con sus sentimientos más profundos. Pedro era más primitivo, más inculto, más titubeante en sus convicciones, pero fue siempre sincero, espontáneo, dispuesto a reconocer y a llorar sus errores en el momento mismo en el que los reconoció. Dios mismo le reveló que Jesús era el Mesías, el Hijo de Dios vivo. El Maestro le hizo piedra y fundamento de su Iglesia. Pablo era más culto, más seguro de sí mismo, más iluminado, más batallador. Dios mismo le reveló que Jesús era el verdadero Mesías, nuestro único Salvador. El Maestro, mediante revelación particular, le envió a predicar su evangelio a los gentiles, a anunciar la superioridad de la fe en Jesús sobre la Ley de Moisés y los profetas. Los dos, a pesar de sus grandes diferencias, son piedras vivas y fundamentales en la edificación de la Iglesia de Cristo. Pues bien, lo que quiero ahora decir es que cada uno de nosotros somos distintos y debemos vivir nuestra fe, una misma fe, de acuerdo con nuestro propio temperamento, con nuestras propias convicciones, con nuestra propia manera de sentir y de amar a Dios y al prójimo. La fe cristiana, evidentemente, es una y única, pero la vivencia y la expresión de esa fe será siempre personal e intransferible, aunque nuestra profesión de fe se haga dentro de una misma Iglesia y dentro de una misma comunidad cristiana. Dios es uno y único, pero cada uno de nosotros nos relacionamos con él de forma particular. En este sentido podemos decir que cada uno de nosotros tenemos nuestro propio Dios, el Dios nuestro de cada día, aunque todos somos hijos del mismo y único Dios. Lo importante es que no perdamos nunca la fe profunda y fundamental de Pedro y la fe católica y universal de Pablo. Y que seamos siempre religiosamente respetuosos con la fe de los demás.

2.- Pedro recapacitó y dijo: pues era verdad. No tenía Pedro muchos motivos para fiarse de Herodes, que acababa de mandar pasar a cuchillo a Santiago. Lo más probable era que con él hiciera lo mismo. Por eso, cuando le están quitando las cadenas y sale fuera de la cárcel, cree que está viendo visiones. Pero, en este momento, emerge de su conciencia su fe profunda en el Mesías salvador y se da cuenta, alborozado, de que ha sido él mismo, por medio de un ángel, el que le ha librado de las manos de Herodes y de la expectación de los judíos. Es probable que muchos de nosotros en más de una ocasión nos hayamos visto perdidos y alguien, algún ángel del Señor, nos haya salvado. Es bueno reconocer la mano de Dios en nuestra vida, una mano poderosa que ha hecho posible lo que a nosotros nos parecía humanamente imposible. Seguro que cada uno de nosotros tiene su ángel de la guarda y hasta es posible que algunos tengamos más de uno.

3.- El Señor seguirá librándome de todo mal. Desde el momento mismo de su conversión Pablo fue un hombre sin miedos. Estaba seguro que Dios estaba con él y, teniendo a Dios a su lado, ¿quién le iba a hacer temblar? Es esta seguridad en la mano protectora de Dios la que le permite a Pablo asumir riesgos y dificultades sin miedos ni titubeos. Es asombrosa la serenidad y la valentía con la que Pablo, fiándose de Dios, se enfrenta en muchas ocasiones a dificultades que parecían insuperables. ¡Que gran lección para nosotros que con demasiada frecuencia vamos por la vida, vacilantes, con el alma llena de angustias y temores!

4.- Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Podemos olvidarnos ahora del texto y del contexto evangélico, y preguntarnos a nosotros mismos: ¿Quién es para mí, Jesús de Nazaret? Olvidémonos de lo que dice la gente y de respuestas que hemos aprendido más o menos rutinariamente. Entremos en el santuario de nuestra conciencia y a solas con nosotros mismos repitamos, sosegada y profundamente, la pregunta: ¿Quién es para mí Jesús de Nazaret, hasta qué punto mi fe en él condiciona y dirige toda mi conducta? Ojalá que de la respuesta, sincera, que demos, pueda decirse que no nos la ha revelado nadie de carne y hueso, sino el Padre que está en el cielo! Sería el mejor homenaje que, en esta fiesta, podríamos ofrecer a San Pedro y a San Pablo.


5.- ¿SOMOS TESTIGOS AUTÉNTICOS DE JESUCRISTO?

Por José María Martín OSA

1.- Mártires, testigos, de Jesucristo. En esta solemnidad de San Pedro y San Pablo celebramos que la Iglesia actual tiene su origen en los apóstoles y guarda una identidad de vida y doctrina con las primeras comunidades cristianas. Pedro y San Pablo son apóstoles y “arquitectos” de las primera Iglesia. La tradición sostiene que ambos sufrieron martirio en Roma en algún momento del siglo I. Ambos combatieron bien su combate, como expresa Pablo en la II Carta a Timoteo. Sufrieron múltiples persecuciones, de las que el Señor les libró. Al final los dos sufrieron el martirio en la persecución de Nerón tras el incendio de Roma. Fueron testigos fieles de Jesucristo, confesaron su fe derramando su sangre por el Maestro. La lectura del Evangelio se centra en la figura de San Pedro, el portavoz de los apóstoles. Mateo presenta la famosa “confesión de San Pedro” y la respuesta de Jesús a tal confesión de fe. El suceso se sitúa en Cesarea de Filipo, región pagana en el antiguo territorio de Palestina, como una previsión de que la misión de Pedro y los apóstoles no se quedará limitada a su propio país. Deben estar dispuestos a alcanzar las regiones paganas y seguir al Maestro donde quiera llevarles.

2.- Jesús espera una respuesta que defina lo que estamos dispuestos a dar por El. ¿Quién dice la gente que soy yo?” Jesús comienza con una pregunta impersonal. ¿Qué impresión tienen los otros de mí? ¿Cómo me ven? A esto responden los discípulos: “Unos dicen que Juan el Bautista, otros que Elías, Jeremías o uno de los profetas.” Lo evidente es que la gente percibe a Jesús como un hombre santo, en línea con los profetas. En este momento crítico de la historia de la salvación judía, le ven como portavoz de Dios. “Y vosotros ¿Quién decís que soy yo?” Jesús no deja a los apóstoles sólo en un nivel superficial. Quiere una relación más personal: decidme “¿quién pensáis vosotros que soy yo?” Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.” Así respondió Pedro a aquel examen, hablando por sí mismo y por los demás apóstoles. Es una profesión de fe de más alcance que la expresada por la gente. Jesús no es un mero profeta; es mucho más. Es el Mesías largamente esperado, el Ungido de Dios, realmente el Hijo mismo de Dios. Conociéndole y permaneciendo con él, Pedro y los apóstoles poseen la auténtica presencia de Dios, aquella “luz atractiva” imposible de despreciar y de renunciar. Esta misma pregunta nos la hace Jesús a cada uno de nosotros: ¿Y tú, quién dices que soy yo? En otras palabras te está preguntando ¿para ti, quién soy yo? Debes pensar antes de responder, no se trata de contestar con palabras bonitas aprendidas del catecismo, se trata de responder con la vida. ¿En tu comportamiento en el trabajo, en casa, en la vida pública, tienes presente lo que Jesús espera de ti? 3.- Me da la impresión de que no estamos del todo convertidos a Jesucristo. Es más fácil cumplir unos preceptos, que en el fondo no alteran nuestra vida, que “mojarse” de verdad y dejar que el Evangelio empape nuestra vida y cuestione incluso nuestras seguridades. Es más fácil responder de memoria, como un loro, que Jesucristo es el Hijo de Dios, que plantearse en serio nuestra fe cristiana. Raramente somos capaces de renunciar a nuestro dinero o a nuestro tiempo para compartirlo con los necesitados. Nos hemos fabricado una religión a nuestra manera, por miedo a comprometernos de verdad. Muchas personas se escandalizan y se alejan de Dios al contemplarnos. ¿Seremos capaces de ser de verdad testigos -mártires- de Jesucristo, como lo fueron Pedro y Pablo.

4.- Replanteamiento de nuestro seguimiento de Jesucristo. Pedro, la piedra sobre la que Jesucristo edifica su Iglesia, selló con su sangre la fidelidad al Maestro. “Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi Iglesia…” En reconocimiento de la respuesta de Simón Pedro, le da Jesús un nombre nuevo. Darle un nombre nuevo significa una nueva vocación y misión de Pedro. Participa ahora de la misión misma de Cristo, es decir Pedro se convierte en trabajador-compañero de Jesús para la reconstrucción del nuevo Israel, la nueva casa y familia de Dios. Jesucristo es realmente la piedra angular de este nuevo “edificio”. Comenzando desde Pedro, todos los apóstoles y sus seguidores están destinados a participar en esta vocación y misión de Cristo, su Maestro, reconocido por ellos como el Hijo de Dios vivo. La legitimidad de su función nace de este mandato dado a Pedro por Jesús. De aquí surge también la seguridad de que, mientras permanezcan fieles a este mandato, ningún poder, ni terreno ni sobrehumano, prevalecerá sobre ellos. Pablo fue capaz de reorientar su vida y dejarse seducir por ese Jesús al que persiguió anteriormente. Pedro y Pablo cuestionan nuestra vida mediocre y nos replantean nuestro seguimiento de Jesucristo. Ahora nadie va atentar contra nuestra vida, no seamos cobardes a la hora de demostrar nuestro amor a Jesús.


6.- NO SABE. NO RESPONDE

Por Gustavo Vélez, mxy

“En aquel tiempo, Jesús preguntó a sus discípulos: ¿Y vosotros, quién decís que soy yo? Simón Pedro tomó la palabra y dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. San Mateo, Cáp. 16.

1.- "Pedro, roca. Pablo, espada. Pedro, la red en las manos. Pablo, tajante palabra. Cristo tras los dos andaba. A uno lo tumbó en Damasco y al otro lo hirió con lágrimas". Un himno de la Liturgia de las Horas, que nos presenta a estos apóstoles como las columnas de la Iglesia.

Sus historias comienzan por un encuentro personal con Jesús. Pedro, en las orillas del Tiberíades. Pablo, mientras perseguía a los cristianos. Ambos respondieron a Cristo con su vida y con su muerte. Ambos fueron los fundamentos de la Iglesia que habrá de durar hasta el fin de los siglos.

San Pablo, en la carta a los gálatas, nos cuenta cómo se le mostró el Señor en el camino de Damasco: "Dios me llamó por su gracia y tuvo a bien revelar en mí a su Hijo".

2.- San Mateo indica que, a los pocos meses de su llamamiento, Pedro ratificó ante los Doce su adhesión al Señor. Ocurrió en Cesarea de Filipo, una ciudad cercana al mar de Galilea. Jesús pregunta a sus discípulos: "¿Quién dice la gente que soy yo?" Varios del grupo le responden con vaguedad. Pero ante la insistencia del Maestro: "Y vosotros quién decís que soy yo?" Pedro toma la palabra y responde: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo".

Lo valedero de esta afirmación no fue la palabra fervorosa del apóstol, a la cual seguirían dolorosas circunstancias de duda y negación. Lo valedero fue el esfuerzo posterior de seguir a Jesús hasta la muerte.

Muchos de nosotros confesamos a Cristo de palabra, pero nuestra vida permanece distante del Evangelio. Si alguien observa nuestro comportamiento ordinario, podía colocarnos en la casilla final de las encuestas: "No sabe. No responde". De allí que, ante la presión emocional de algunos grupos, cambiamos nuestra fe por cualquier espejismo religioso.

Llama la atención el curioso itinerario de muchos, que un día fueron bautizados, pero nunca identificaron con claridad su cristianismo. Permanecen como creyentes en las encuestas. Pero ningún valor cristiano se descubre en sus vidas.

3.- Un primer estadio para ellos consiste en proclamar: Cristo sí, Iglesia no. Para descender al poco tiempo otro peldaño: Dios sí, Cristo no. Les queda en su haber un ser superior, ajeno sin embargo a todo lo nuestro. Pero vendría un tercer paso: Dios no, religión sí. Para estos hermanos religión significa un vago sentimentalismo, que nos proyecta a una imprecisa trascendencia. Otros hermanos han llegado a una situación más precaria: Religión no, sacralidad sí. Allí el "creyente" contempla el universo desde cierta visión estética, mezcla de filosofía oriental, afán ecológico y un marcado egoísmo que los convierte en centro del mundo y de la historia.

4- ¡Qué lejos se encuentra todo esto de Jesús y su Evangelio! Se han esfumado del horizonte religioso la paternidad de Dios, y una vida futura de plenitud y bienaventuranza. Quedamos en posesión de una desvanecida fe, de un Bautismo y un cierto aroma cristiano que se deslíe en el alma, como el aroma de una rosa marchita.

¿Qué les pudo suceder a estos hermanos frente a la persona de Jesús? No saben. No responden.


7.- EN EL PÓRTICO DEL AÑO PAULINO

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Es hoy el inicio del Año Paulino, instituido por Benedicto XV, lo que da prelación a la celebración litúrgica de la solemnidad San Pedro y San Pablo, apóstoles, en lugar de la correspondiente al Domingo XIII del Tiempo Ordinario. La instrucción sobre el cambio litúrgico emanó de la Santa Sede hace meses, en el mes de abril. Y decir también que la solemnidad de Pedro y Pablo es muy importante, pues tiene misa de vigilia, que solo aparecen en celebraciones muy notables. Nosotros nos hemos ceñido a la Misa del Día y a sus lecturas.

Siempre resulta atractivo y un poco enigmático que la Iglesia, desde el comienzo, haya reunido en la misma celebración a Pedro y a Pablo. Sin duda, ambos podrían tener una fiesta independiente. Además, lo que sabemos con referencia histórica de la relación entre ambos no es mucho. Ciertamente, Pablo visitó a los apóstoles en Jerusalén y se conoce como Pablo reprendió a Pedro por su giro ante las presiones de los nuevos cristianos partidarios de mantener la ley mosaica. Ambos mueren en Roma. Y siempre se ha especulado con que, probablemente, hubiera sido en la capital del imperio donde Pedro y Pablo pudieran haberse relacionado más. Ambos, asimismo fueron martirizados en Roma. Ha sido difícil datar la fecha de la crucifixión de Pedro –boca abajo—y se establece un periodo posible entre los años 54 y 67. Sin embargo, si se tiene bastante certeza de que Pablo de Tarso muriera decapitado en el 67, ya que como ciudadano romano que era no se le podía aplicar el infamante castigo de la cruz. Pedro fue enterrado en una necrópolis romana que había en la colina vaticana, y en ese lugar se construyó la basílica del Vaticano. Pablo fue ejecutado fuera de la ciudad, tal vez, también, por su condición de ciudadano romano, a unos cinco kilómetros de la Urbe, junto a la Vía Ostiense. Y allí se erigió la basílica que se llama San Pablo Extramuros, que indica esa lejanía de Roma.

Y en fin, las precisiones históricas no arreglan el “problema” y nos seguimos preguntando: ¿cómo es que la Iglesia los celebra juntos? La única explicación en la importancia capital de ambos en la historia eclesial. Pedro fue investido Papa por el propio Jesucristo. “Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificare mi Iglesia”. Y Pablo –sus escritos—ha producido la más importante y profunda infraestructura histórica y doctrinal de la Iglesia católica, base y origen, en cuanto a interpretación, de lo que ha venido después. Incluso se sabe que sus escritos fueron anteriores a los cuatro Evangelios. Pablo ha definido, desde entonces, la cristología. Y nadie le ha podido superar. Aquel encuentro con Jesús resucitado en el camino de Damasco debió de ser una intensidad enorme, muy grande.

2.- Las lecturas de hoy arrojan –si pudiera decirse así—un saldo positivo más a favor de Pedro. La primera lectura, del Libro de los Hechos de los Apóstoles, cuenta la liberación milagrosa de Pedro, tras haber sido encarcelado por el Rey Herodes. Tiene mucha enseñanza. La Iglesia se reúne para rezar intensamente por su liberación. Ciertamente, Pedro ya estaba al frente de la comunidad cristiana recién nacida. El relato de la caída prodigiosa de grilletes y de la apertura automática de puertas es muy sugerente y atractivo. No quiero, asimismo, dejar de citar el Salmo 33, que es uno de los hermosos del salterio, y que nos enseña –y no debemos de olvidarlo—que el Señor nos escucha en nuestras angustias y nos libra de ellas.

El fragmento de la Segunda Carta a Timoteo es muy revelador. Pablo habla ya de la cercanía de su muerte –“a punto de ser sacrificado”, dice—y hace como un testamento espiritual a uno de sus discípulos más queridos. Y el evangelio, sacado del capítulo decimosexto del texto escrito por San Mateo, narra esa consagración como primero, como líder de la nueva Iglesia. Pueden caber pocas dudas sobre la primacía petrina. Además, Jesús habla de que Él será el muro de contención contra los ataques del Maligno, que abundarán, como el mismo Jesús de Nazaret sufrió constantes tentaciones.

3.- Y debemos, sin duda, centrar el foco sobre este Año Paulino. Pablo, se ha demostrado, es un camino de unidad entre las Iglesias, como demuestra el Octavario de Oración para la unidad de los cristianos que se organiza en torno a la festividad de la Conversión de San Pablo. Y lo mejor que podemos hacer es leer las Cartas del apóstol. Leerlas despacio e intentar sacar el máximo aprovechamiento. Pablo fue capaz de fundirse totalmente con Cristo y solo vivía en función de Él. Nos irá llegando mucha información sobre el referido Año Paulino, que deberemos tener en cuenta y aprovecharlas. Pero como decía lo fundamental es leer total e intensamente a San Pablo. Tenemos tiempo. Todo un año.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


PEDRO Y PABLO

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Celebramos hoy, mis queridos jóvenes lectores, la fiesta de los dos apóstoles principales columnas de la Iglesia. Como quiera que durante un año, a partir de hoy, pondremos una especial dedicación a Pablo, me referiré en este mensaje, casi exclusivamente a Pedro. Empezaré como me gusta hacerlo siempre, imaginando que yo estoy en el lugar de los hechos y explicándoos como es, lo conozco por haberlo visitado en unas cuantas ocasiones.

2.-Hacia finales del verano, los judíos celebraban, y todavía celebran, la fiesta de las cabañas. Habían ya acabado las labores de la siega, de la trilla y de la vendimia y cuando ya el mosto reposaba en la bodega, llegaba la ocasión del descanso laboral y de la fiesta. Acostumbraban a salir de excursión y vivir unos días en chozas improvisadas. A Jesús le gustaba la naturaleza, buena prueba de ello son las referencias que de ella hace en sus discursos. Parece, pues, que fue en tales días del año. Se fueron a tierras del norte, exactamente a una de las tres fuentes del río Jordán, la más importante, al lugar que ahora se llama Baniyas. En este lugar, pocos años antes, habían edificado una ciudad llamada Cesarea, para que el mandamás de Roma estuviera contento. El lugar pertenece a las estribaciones del Hermón. Cerca de allí hay nieves perpetuas y en las mismas fuentes se levantan unos peñascos imponentes. Brotaba el río por una gruta enorme en tamaño y en profundidad, a la que se referían algunas leyendas. En sus entrañas estaba el infierno, es una, por allí entró el pueblo escogido, es otra. No mucho después de que el Señor muriese y resucitase, se derrumbaron algunos peñascos y el agua desde entonces aflora un centenar de metros más abajo. La ciudad nueva, edificada cerca de las fuentes, era de estilo clásico, pero en las paredes de las rocas, por donde Jesús estaba con sus discípulos, había hornacinas con ídolos del dios Pan, una divinidad pastoril. Estos nichos todavía hoy se conservan, las esculturas no. En el lugar se está muy bien, yo he pasado muy buenos ratos allí. Me he sentido a gusto, pues he mirado el paisaje y cerrado después los ojos. Repitiéndome en mi interior las palabras del evangelio de hoy.

3.- Así como os gusta saber que piensan vuestros amigos de vosotros, o vuestro enamorado o enamorada, e indagáis por quien os tienen, si les gustáis o les resultáis molestos, si reconocen vuestros valores o pasan olímpicamente de ellos, algo semejante le pasaba al Maestro. Así que, a sus amigos de confianza, allí, en la soledad de la montaña, en el silencio de una naturaleza viva, les pregunta: ¿qué dice la gente de mí? ¿Qué pensáis vosotros? Como yo, el que os escribe, lo pienso y me lo pregunto con los ojos cerrados, os invito a que vosotros, mis queridos jóvenes lectores, os hagáis la misma pregunta: ¿qué piensan vuestros compañeros de Jesús? ¿Habéis hablado con ellos de ello? ¿Qué lugar ocupa el Señor en vuestra vida? ¿Os interesa, o lo tenéis olvidado? Para facilitaros la reflexión os propongo que analicéis vuestros recuerdos. Es preciso que comparéis las veces que pensáis en vuestro deporte preferido, o en cualquiera de vuestras aficiones. Que relacionéis al Señor con vuestros mejores amigos, o con quien os sentís enamorados. No se trata de que os olvidéis de aquellos con los que compartís vuestra vida, que apartéis de vuestra imaginación a aquel a quien amáis, no. Si vuestra amistad es autentica, si vuestro enamoramiento es sincero y noble, el Señor debe estar presente en vuestras conversaciones, en vuestras vivencias conjuntas. Vuestra oración debe amparar la relación estrecha que sintáis por ellos. O ¿tal vez ahora estáis pensando que a Jesús queréis dedicar por entero vuestra vida? Volved una y otra vez a escuchar la voz que os va repitiendo insistentemente ¿Quién soy yo para ti?

4.- Pedro ya era mayor. Ni sabría leer ni escribir. No conocería casi nada de lo que vosotros habéis aprendido en la escuela, entre otras cosas porque nunca habría asistido a ninguna. Pero era generoso, espontáneo, impulsivo. Tener cualidades y virtudes, es mejor que acumular diplomas. Le salió de dentro: eres el Mesías, dijo. El Señor le advirtió: has acertado, te felicito, pero no porque seas listo, ni sobresalgas por encima de los demás. Tú has dejado hablar a mi Padre en tu interior y no has tomado ninguna precaución para contarlo. Eres afortunado, Simón. Te cambio el nombre. Eres duro de mollera como estas rocas, pronto te convertirás en peñasco compacto. Te llamaré Petrós, que así, como sabéis, llaman los griegos a los grandes pedruscos. Tengo pensado que has de ser el cimiento de mis futuros proyectos. Habéis visto la caverna que imaginaron llegaba al infierno, pues bien, lo que haré contigo, eso que se llamará Iglesia, se mantendrá sin peligro de ser adsorbido por los abismos tenebrosos. Así como nadie puede entrar en esa ciudad cercana si el guarda ha cerrado la puerta y no la quiere abrir, algo semejante serás tú respecto al Cielo. Te otorgo poderes, obra con ellos según te lo concedo.

5.- Cuando salgo del recinto y veo las instalaciones deportivas, comerciales y cafeterías que hace unos años han levantado en las proximidades del lugar que os he descrito, me parece que estoy en otro mundo. Me siento diferente y no me arrepiento de ello. Quisiera que vosotros os sintierais también diferentes, después de esta meditación. Qué fuerais diferentes a partir de hoy, puesto que espero que os haya hablado confidencialmente el Señor, que, no lo olvidéis, quiere ser vuestro mejor amigo.