LA ORACIÓN DE Y CON JESUCRISTO

LIBRO DE LA SABIDURÍA: SÚPLICA DEL SABIO

Por Antonio Pavía. Misionero Comboniano

"Concédame Dios hablar según él quiere y concebir pensamientos dignos de sus dones, porque él es quien guía a la Sabiduría y quien dirige a los sabios" (Sb 7,15).

Una vez que Salomón ha comprendido que todos los bienes que le puedan hacer feliz son fruto de la Sabiduría, se dirige suplicante a Dios con una oración bellísima cuya riqueza iremos desvelando progresivamente. En su plegaria reconoce a Dios como aquel que conduce y dirige, por medio de su Sabiduría, a los hombres sabios. Teniendo esto presente, le ruega que pueda concebir pensamientos dignos de un sabio para poder hablar con sensatez.

Otro sabio del Antiguo Testamento a quien conocemos con el nombre de Ben Sirá, autor del libro del Eclesiástico, escribe también acerca de la relación existente entre lo que concibe el corazón y la palabra que sale por la boca. Oigámosle: "El horno prueba las vasijas de alfarero, la prueba del hombre está en su razonamiento. El fruto manifiesta el cultivo del árbol; así la palabra, el del pensamiento del corazón humano" (Si 27,5-6).

Jesucristo utiliza una parábola muy original para instruimos acerca de la necesidad de la conversión del corazón, a fin de que las palabras que fluyan de él sean útiles y provechosas. Compara el corazón con un árbol, y las palabras con su fruto. Si el árbol es bueno, los frutos serán buenos; si el árbol es perverso, también los frutos lo son: "Suponed un árbol bueno, y su fruto será bueno; suponed un árbol malo, y su fruto será malo; porque por el fruto se conoce el árbol. Porque de lo que rebosa el corazón habla la boca" (Mt 12,33-34).

A final de cuentas, se nos está llamando la atención acerca de una realidad cotidiana sobre la que debemos estar vigilantes: hablamos lo que concebimos. Si concebimos belleza, amor, bondad, perdón, etc., de nuestra boca brotarán palabras cargadas de belleza, amor, bondad, perdón... Por el contrario, si nuestro corazón concibe odio, rencor, resentimiento, envidias…, nuestra boca dará a luz todos estos males.

Numerosas son en la Escritura las descripciones del hombre perverso a quien se presenta como tal porque concibe en su seno el mal y luego lo saca afuera. Veamos, por ejemplo, esta descripción del salmista: "Para sí sólo prepara armas de muerte, hace tizones de sus flechas; vedle en su preñez de iniquidad, concibió malicia y da a luz el engaño" (SI 7,14-15).

En el mismo salmo se proclama que estas personas reciben en su propio ser el fruto de sus perversiones: "Cavó una fosa, recavó bien hondo, mas cae en el hoyo que él abrió; revierte su obra en su cabeza, su violencia recae en su cerviz" (SI 7,16-17).

Consciente el rey Salomón de la debilidad humana y de la capacidad que tiene de hacerse daño a sí mismo por el hecho de situarse como esclavo del mal -como catequéticamente nos acaba de explicar el salmista- recurre humilde y confiado a Dios para que dirija y cuide su corazón; es como si se lo confiara en depósito. Le ruega que le preserve de concebir pensamientos inicuos y que cuando abra su boca sea para hablar según su sabiduría.

La sinceridad con que el rey se dirige a Dios, nos conmueve profundamente; no hay duda de que se conoce a fondo. Es consciente de que su corazón, inclinado como el de todos a la vanidad y a la violencia, puede jugarle una mala pasada haciendo llegar hasta su boca palabras cargadas de perversidad. Palabras que todos conocemos y que son como dardos mortales. Salomón se conoce a sí mismo, mas también conoce a Dios y se fía de Él lo suficientemente como para suplicarle que no aparte su sabiduría de su boca y su corazón.

En esta línea de tener el corazón y la boca llenos de la sabiduría de Dios, nos hacemos eco de un ejemplo entrañable que nos brinda el apóstol Pablo. Encarcelado a causa de su fidelidad a Jesucristo y a su Evangelio, escribe desde la prisión su carta a los efesios. Suplica a sus hijos en la fe que se acuerden de él en sus oraciones. Aunque esté atado a las cadenas, no por eso va a dejar de seguir cumpliendo la misión por la que está dando su vida: predicar el Evangelio de Jesús.

Consciente de que predicar la Sabiduría de Dios, es decir, su Evangelio, supera sus capacidades humanas, les pide que recen por él para que, cuando abra su boca en orden a la predicación, Dios mismo le dé la Palabra que ha de anunciar. Dicho un poco poéticamente, Dios le ha de dar su Palabra de vida y él pondrá el esfuerzo y el sonido. Escuchémosle: "...Intercediendo por todos los santos, y también por mí, para que me sea dada la Palabra al abrir mi boca y pueda dar a conocer con valentía el Misterio del Evangelio, del cual soy embajador entre cadenas, y pueda hablar de él valientemente como conviene" (Ef 6, 18.20).