Especial importancia tiene la sección de Reportaje de esta semana que reúne tres temas de enorme importancia. Por un lado el texto leído por nuestro colaborador, Pedro Rodríguez, en su ingreso en la Real Academia de Doctores de España. A continuación damos la segunda entrega de la serie que está realizando, David Llena sobre el Camino de Santiago. Y en tercer lugar el texto de Jesús Martí Ballester sobre el Hermano Rafael, canonizado este domingo pasado. Esperamos –y deseamos—que nuestros lectores aprecien la importancia de estos tres importantes trabajos ofrecidos por Betania. 1.- La estructura de la Iglesia y el Concilio Vaticano II Por Pedro Rodríguez
Publicamos con gran satisfacción el discurso de nuestro colaborador, Pedro Rodríguez en su ingreso en la Real Academia de Doctores. Don Pedro Rodríguez es, como se sabe, fundador y profesor de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra. Su ingreso en la docta institución se produjo el pasado 7 de octubre y obtuvo respuesta del también miembros de dicha Academia, monseñor Martínez Camino, obispo auxiliar de Madrid y secretario de la Conferencia Episcopal Española. Permítanme que, al comenzar mi Discurso y de una manera inusual, incluso poco académica, deje paso a algo que brota imparable en mi espíritu. Me refiero a este reluciente Salón de actos, marco de nuestra sesión, que es la antigua y destartalada Aula 1 de la vieja Facultad de Derecho en la que escuché, en los años 1950-56, a inolvidables maestros: a Ursicino Álvarez, a Federico de Castro, a Luis Olariaga, a Pérez Serrano, a Jaime Guasp, a Joaquín Garrigues. Por aquí se movía nuestra ruidosa y alegre juventud universitaria… Que sea aquí, precisamente, donde tiene lugar mi solemne ingreso en la Real Academia de Doctores de España, me parece un detalle entrañable de la Providencia, lleno, a la vez, de ternura y de humor. En este horizonte, los flecos rojos (Derecho) de mi birrete significan la añoranza de aquellos años magníficos, pero, a la vez, el conjunto de flecos blancos y rojos apunta a la fraternidad interdisciplinar entre la Teología y el Derecho, entre todas las demás ciencias humanas, tan propia de la Academia que hoy me recibe en su claustro. Pero vengo ya a la estructura fundamental de la Iglesia, que es el tema a que me he comprometido. Debo decir ante todo que la Const. Lumen Gentium del Concilio Vaticano II, al contemplar la Iglesia como misterio, ha hecho una decisiva concentración de todos los aspectos de su ser y de su obrar salvífico en su dimensión trascendente. La gran Tradición de la Fe ha comprendido ese misterio, el ser profundo de la Iglesia, como un misterio de comunión. Koinonia, commmunio, comunión, será la palabra y el concepto decisivo para entender el Concilio Vaticano II, como subrayó el Sínodo Extraordinario de 1985: «La eclesiología de comunión es la idea central y fundamental de los documentos del Concilio». El ser de la Iglesia —su entraña, su «essentia intima», su «intima et arcana natura», como decían los Relatores de la Const. Lumen Gentium— aparece como «la 'comunión' de los hombres con Dios Padre y entre sí por Cristo en el Espíritu Santo». Esa comunión constituye, como digo, el ser de la Iglesia, lo que es la Iglesia siempre: en la tierra, en la historia y en la eterna felicidad del Cielo. Desde el «misterio», como subrayó en su día el Cardenal Scheffczyk, adquiere también su pleno sentido neotestamentario la consideración de la Iglesia como «sacramento». La Iglesia-sacramentum designa, en efecto, el momento santificador y misionero que toma el mysterium communionis en su fase terrena, es decir, la manera de darse la Iglesia mientras camina en la historia y de operarse la salvación en la Iglesia y a través de la Iglesia. El misterio de la Iglesia histórica radica precisamente en eso: que ella es, a la vez, comunión y sacramento de la comunión; más exactamente, comunión incoada y sacramento de la comunión perfecta. La Iglesia de Cristo —dice el Concilio Vaticano II— «aparece en este mundo ut societas constituta et ordinata, constituida y ordenada al modo de una sociedad» y está dotada de «una estructura social y visible», como subrayó con exactitud la Const. Gaudium et Spes . EL TEMA
Sostengo que la estructura fundamental de la Iglesia tiene una doble dimensión: dimensión sacramental y dimensión carismática, cada una con sus correspondientes elementos y posiciones. Mi propuesta procede a su vez de la meditación de la doble misión del Hijo y del Espíritu, a los que el Padre envía para la salvación y santificación del mundo. Ciertamente, en la Iglesia —y en su estructura fundamental— todo es cristológico y todo es pneumatológico, pero esas dos dimensiones de la estructura se nos han hecho evidentes al rastrear su origen: Cristo y los sacramentos, en la primera; el Espíritu Santo y sus carismas —sobre esa base sacramental—, en la segunda. Así aparecerán los cuatro elementos de la dimensión sacramental de la estructura; en dos niveles, diremos: sacramental-personal («fieles cristianos» y «ministros sagrados»), y sacramental-eclesial («Iglesia universal» e «Iglesias particulares»)—; y, junto a ellos, los dos elementos de la dimensión carismática. Me refiero a la condición de «cristiano laico» y a la condición de «religioso»: los «fieles laicos» y los «fieles religiosos», para ser exactos. Se trata de dos modalizaciones permanentes de la radical condición sacramental de «fiel cristiano», que son fundantes de dos nuevas «posiciones» de la estructura fundamental de la Iglesia. Esta es en síntesis, a nuestro parecer, la estructura fundamental dada por Cristo a través de su Espíritu a la Iglesia, en orden a realizar en la historia la misión encargada a los discípulos en Mt 28. Se trata de una realidad estrictamente teológica, que, por su naturaleza, pide los necesarios desarrollos institucionales y jurídicos —realizados en las distintas claves de las culturas—, tanto al nivel de Iglesia universal y como de las Iglesias particulares, al servicio de la vida y de la misión de los cristianos. Voy a prescindir en mi exposición de la primera parte, titulada Estructura: aproximación filosófica, para entrar directamente en la segunda, que he titulado Comunidad y estructura en el ser de la Iglesia. Mi tesis va a ser que se trata no de dos cosas, sino de dos momentos de una única realidad. HECHA POR CRISTIANOS Digamos, ante todo, que esa sociedad que es la Iglesia está hecha por sus miembros, se compone de los cristianos, de las mujeres y los hombres concretos que son ciudadanos del Pueblo de Dios y miembros del Cuerpo de Cristo. Pero la Iglesia no es un colectivo, como ahora decimos, un mero agregado o conjunto de personas que, por afinidad de ideas, se congregan en un primer momento multitudinario, para autodonarse después una organización estructural. Ni es tampoco una comunidad “espiritual”, de lazos invisibles que, por un proceso de asimilación de formas históricas de la cultura, adquiere estructura societaria. Tanto en un caso como en otro estaríamos ante una concepción de la Iglesia que separa la comunidad de personas de la correspondiente estructura social, siendo aquélla la «verdadera» Iglesia y viniendo la estructura a ser, en rigor, una «superestructura». No viene, pues, «añadida» la estructura a una comunidad ya existente. Por el contrario, la estructura pertenece al ser mismo de esa comunidad, que es la Ecclesia in terris; es el aspecto orgánico de la comunión con Dios y con los hermanos, incoada en la historia y presente en esa comunidad, anticipo y sacramento de la plena comunión escatológica. Y esto es así porque los mismos sacramentos que nos introducen en la comunión con Dios y con los hermanos son los que hacen surgir —en su unidad y en su diferenciación— el «sacramento de salvación», es decir, la Iglesia-comunidad dotada de su fundamental estructura. Constituida así, y así mantenida en su ser, la comunidad dotada de esa estructura existe para la misión, cuyo fin es la perfecta comunión de los hombres con Dios y entre sí, impetrada por la Iglesia y anticipada por Dios en la Eucaristía, cumbre de los sacramentos. Ese ser «a la vez» de comunidad y estructura, en el que venimos insistiendo, no excluye sólo la prioridad cronológica (primero la comunidad, luego sociedad estructurada), sino la mera yuxtaposición de ambas (la institución o estructura junto a la comunidad). Por decirlo con una sola palabra: la Iglesia de Cristo es una comunidad de hombres y mujeres que «nace» estructurada y vive siempre con esa fundamental estructura . Esto es lo mismo que decir que ambas —comunidad y estructura— son de origen divino y que lo son como momentos de una única realidad, no como magnitudes autónomas y sustantes. Pues bien, la estructura fundamental de que hablamos, tiene esa doble dimensión sacramental y carismática, en base al origen cristológico-pneumatológico de la Iglesia. Porque la fundación de la Iglesia y la originación histórica de su estructura —escribí hace unos años— «es el resultado de los actos de Cristo, pero también de la acción «co-instituyente» del Espíritu Santo (la expresión es de Y. Congar)» . PASOS ORIGINARIOS Como tendré que prescindir de la exposición detenida de ambas dimensiones, quiero ahora nombrar de manera casi telegráfica los pasos originarios en orden a la comprensión de esa doble dimensión de la estructura fundamental: — Jesús, durante su vida histórica que culmina en la Cruz, llama y congrega a la comunidad de sus discípulos; de entre ellos elige a los Doce, con los que celebra la Pascua y, muerto y resucitado, les encarga a todos el anuncio del Reino, la misión en todo el mundo; — Ascendido al Cielo y sentado a la derecha del Padre, en Pentecostés envía a esa comunidad de los discípulos («mi Iglesia») su Espíritu, el Espíritu del Padre y del Hijo, que «pone en marcha» la Iglesia por la Palabra y los Sacramentos y la re-crea de continuo tanto en sus miembros (fieles y ministros ordenados) como en su esencial forma comunitaria (Iglesia universal e Iglesias particulares); — Pero no acaba ahí el diseño de la estructura fundamental de la Iglesia, porque sobre la comunidad de Jesús Resucitado —estructurada sacramentalmente— el Espíritu de Cristo continúa otorgando sus dones, sus carismas, algunos de los cuales pueden incidir en la configuración de la estructura fundamental de la Iglesia. Son, como hemos visto, direcciones carismáticas, presentes en la Iglesia desde el origen y discernidas como tales por la propia Iglesia. —La Iglesia-comunión así estructurada, es decir, el sacramentum salutis, la socialis et visibilis compago de que habla Lumen Gentium , es asumida a lo largo de la historia por el Espíritu de Cristo para realizar en el mundo la misión de Cristo a través del ministerio de la Palabra y la celebración de los Sacramentos, enriqueciéndola con sus propios dones (carismas); y de esta manera, a la vez que incrementa los miembros del Cuerpo y hace crecer su unidad (la communio), el Espíritu les asigna «posiciones» y mantiene a la Iglesia en su estructura fundamental. Lo que he tratado de decir acerca de la convocación de la Iglesia por Cristo en el Espíritu Santo, Tomás de Aquino lo expresa de manera lacónica y genial: «Ecclesia fabricata sacramentis», «la Iglesia se ‘fabrica’ por medio de los sacramentos» ; es decir, la comunidad que en Pentecostés recibe al Espíritu Santo enviado por Cristo, se mantiene, y vive en la historia como Iglesia, por los sacramentos que ella misma celebra. Decir esto es la forma eclesiológica de declarar que el originarse permanente de la Iglesia, su mantenerse en el ser, es esa convocación que acabo de nombrar y que realiza Dios por Cristo en el Espíritu Santo. La realidad Iglesia es, en efecto, re-creada continuamente por la acción trinitaria, que se sirve del «ministerio de la Palabra y de los Sacramentos». De esta manera, los hombres «entran y viven» en la Iglesia por los sacramentos y, en el mismo momento, se «sitúan» en la estructura de la Iglesia; y, a la vez, por esas mismas acciones sacramentales, la Iglesia se re-constituye de continuo en su ser de Iglesia (communio) y se mantiene, por tanto, como Iglesia para la misión y el testimonio (sacramentum). Este carácter simultáneo e inseparable que, como vemos, tienen en el diseño histórico de Dios la communio y el sacramentum, lo ha resumido el Concilio Vaticano II cuando subraya «la índole sagrada y orgánicamente estructurada de la comunidad sacerdotal» . Esta densa expresión pasa a ser normativa para nuestro Discurso. El tema es de tal calibre, también en relación con la hermenéutica del Vaticano 2, que Juan Pablo II, siendo todavía Arzobispo de Cracovia, pudo escribir: «La doctrina del sacerdocio de Cristo y de la participación en él es el corazón mismo de las enseñanzas del último Concilio, y en ella se encierra de algún modo cuanto el Concilio quería decir acerca de la Iglesia, del hombre y del mundo» . Por eso, la más originaria acción estructurante acontece en la celebración de los sacramentos que dan una participación en el sacerdocio de Cristo: el Bautismo (y la Confirmación), por una parte, y el Orden sagrado, por otra, que confieren, respectivamente, el «sacerdocio común de los fieles» y el «sacerdocio ministerial» . Estamos en el que he llamado Nivel «sacramental-personal»: «Fieles» y «Ministros sagrados». Surgen así los dos elementos radicales de la estructura fundamental de la Iglesia, que llamamos «fieles cristianos» y «ministros sagrados», o en los términos de Ricardo Blázquez, «fraternidad cristiana» y «ministerio ordenado» . Merece la pena considerar con un cierto detenimiento este primer y radical nivel de la estructura. A) BAUTISMO (Y CONFIRMACIÓN) Y ORDEN, SACRAMENTOS ORIGINANTES
Pero, también desde el origen, en el seno del pueblo de Dios, es decisivo el sacramento del Orden: algunos de esos fieles cristianos son llamados por Cristo para ejercer un ministerio peculiar, el «sagrado ministerio». Digámoslo con las palabras mismas del Concilio: «El Señor, para que los fieles se fundieran en un solo cuerpo, 'en el que no todos los miembros tienen la misma función' (Rom 12, 4), de entre ellos, a algunos los constituyó ministros, que en la sociedad de los fieles poseyeran la sagrada potestad del Orden para ofrecer el Sacrificio y perdonar los pecados, y ejercieran públicamente el oficio sacerdotal en nombre de Cristo en favor de los hombres» . A través del sacramento del Orden, que les capacita para actuar in persona Christi , Cristo configura el elemento jerárquico de la estructura fundamental de la Iglesia. Ya se ve que, desde el punto de vista del análisis primario de la estructura, el «sagrado ministerio» abarca toda la realidad diacónala, presbiteral y episcopal de la Iglesia y, por supuesto, el servicio propio del Papa, Obispo de Roma y Sucesor del Apóstol Pedro. Este nuevo elemento de la estructura —a su vez internamente estructurado— es el que hace que la comunión de la Iglesia, de que hablamos, sea comunión de los fieles jerárquicamente estructurada. Como vemos, los sacramentos que originan el nivel personal de la estructura son precisamente los que, según la expresión clásica, «imprimen carácter» y dan una participación en el sacerdocio de Cristo. Lo cual pone de relieve cómo el primer nivel de la estructura fundamental de la Iglesia presenta los distintos elementos y funciones de la sociedad eclesial estructurándose como radicalmente sacerdotales. Y esto, de tal manera que, volviendo a la fórmula del arriba citada, la Iglesia es, toda ella, según el Concilio Vaticano II, una «comunidad sacerdotal». B) CRISTIFICACIÓN DE LA ESTRUCTURA FUNDAMENTAL DE LA IGLESIA Por eso la Iglesia, tanto en su estructura como en su ser profundo (comunión), sólo puede ser entendida desde el misterio de Dios hecho Hombre; no sólo por su relación genético-histórica, sino en cuanto que es en sí misma un misterio de «cristificación» en el Espíritu, por el que la Iglesia se constituye en Cuerpo de Cristo. Pero Cristo, en su humanidad, por la unción del Espíritu que acontece en la misma unión hipostática, es esencialmente el Mediador entre Dios y los hombres, el Sacerdote eterno, que ofrece el Sacrificio de esta Nueva Alianza, cuyo fruto es la Iglesia. Esa realidad sacerdotal, a la que el Concilio Vaticano II ha ligado tan intensamente la misión salvífica de Cristo, se da en la Iglesia, como decíamos, por el Bautismo con la Confirmación y el Orden sagrado. Los «fieles» y los «ministros sagrados» están operativamente cualificados para colaborar con la acción de Cristo Salvador del mundo a través de la doble magnitud que la Iglesia llama «sacerdocio común de los fieles» y «sacerdocio ministerial», que surgen de esa donación sacramental del Espíritu . De esta manera, tanto el «vivir redimido» de la Iglesia —existencia cristiana—, como la estructura de que está dotada para servicio de la redención, aparecen, en la economía histórica de la salvación, como la manifestación de esa cristificación radical de los cristianos que es obra del Espíritu Santo. «Cada cristiano, decía San Josemaría Escrivá, debe ser alter Christus, ipse Christus: otro Cristo, el mismo Cristo presente entre los hombres» . Veamos, pues, temáticamente, estas dos primarias «posiciones» de la estructura de la Iglesia. C) EL «CHRISTIFIDELIS» Y SU CONDICIÓN SACERDOTAL Como es sabido, el cap. II de la Constitución Lumen Gentium, titulado «De Populo Dei», es el lugar determinante del Concilio Vaticano II para la comprensión de la estructura de la Iglesia histórica, es decir, para entender teológicamente cómo el misterio de la Iglesia se hace sacramento de salvación. En los números 9 a 13 encontramos el núcleo de esa teología. Allí, lo que aparece en primer lugar es la «nueva criatura», es decir, los hombres y las mujeres redimidos por Cristo, transformados en hijos de Dios por la fe y el Bautismo, fortificados en su ser cristiano por la Confirmación, ofreciéndose con Cristo al Padre en el Sacrificio eucarístico y alimentando su vida nueva con el Cuerpo y la Sangre del Señor. La profunda antropología cristiana que allí se contiene pone ante nuestros ojos la radical condición cristiana, la vocación cristiana simpliciter, la nueva criatura en Cristo, como dije antes. Por decirlo gráficamente, allí aparece el «común denominador» de los diversos «numeradores» que pueden darse y se dan de hecho en el Pueblo de Dios. El Vaticano II designa ese común denominador con una expresión bien precisa: christifidelis, que podemos traducir por fiel cristiano o, sencillamente, cristiano, discípulo de Cristo, fiel de Cristo, etc. El christifidelis de Lumen Gentium incluye a todos los miembros de la Iglesia, laicos, ministros sagrados y religiosos. Esto lo expresaba con toda la claridad deseable Agustín de Hipona en un célebre texto recogido por la citada Constitución, en el que no me parece improcedente detenernos: «Cuando me lleno de temor pensando en lo que soy para vosotros, me llena de consuelo lo que soy con vosotros. Vobis enim episcopus, vobiscum christianus. Porque para vosotros soy el Obispo, con vosotros soy un cristiano; aquél es el nombre de mi ministerio, éste es el nombre de la gracia; aquél señala mi responsabilidad, éste es mi salvación» . Aquí tenemos, en efecto, condensada, toda la teología del Vaticano II sobre el tema. San Agustín designa la condición de miembros del Pueblo de Dios y Cuerpo de Cristo con la palabra «cristianos» y él se incluye gozosamente dentro de ella. Con vosotros —es decir, en el nivel de lo que Agustín llama nomen gratiae, que es el nivel del cap. II de Lumen Gentium—, yo soy un cristiano, un christifidelis, es decir, un miembro del Pueblo de Dios. San Agustín no es un laico, sino un ministro del Señor, un Obispo. Pero es un hombre cristiano. Y, permaneciendo un fiel cristiano, es, a la vez, para los demás fieles, un Obispo; para los de Hipona, «el» Obispo: vobis Episcopus. Con ello no sólo no deja su condición de cristiano para adquirir la de Obispo, sino que precisamente aquélla es la condición de posibilidad de ésta. Antes dijimos que la «posición» de cristiano es el común denominador, la nueva criatura. El Obispo Agustín es, sencillamente, un cristiano que es Obispo. Ya se ve por lo dicho que la palabra christifidelis puede ser tomada en una doble acepción. Designa, por una parte, la «novedad cristiana»: la conditio o status propio de los cristianos en contraste con el de los demás hombres. El lenguaje clásico tiene aquí un rigor teológico inapelable: hablamos de los fieles en contraste con los infieles. Ante los demás hombres, por tanto, un cristiano —sea sacerdote, laico o religioso— es, ante todo, eso: un fiel cristiano, un miembro de la Iglesia de Cristo. Estamos hablando de la identidad profunda que se origina en la vocación bautismal. Pero, ad intra de la comunidad cristiana, con la palabra christifidelis nombramos el primer «elemento», la más originaria «posición» que se da en la estructura fundamental de la Iglesia. Sobre ella y a partir de ella se construye todo el despliegue de la estructura de la Iglesia-sacramento. Designa «el sustrato común a todos los miembros de la Iglesia» , su ontología radical, cualquiera que sea la ulterior posición estructural que cada cristiano ocupe en la Iglesia organice exstructa, es decir, independientemente de su condición ministerial, laical o religiosa. Este sentido es el que tiene la expresión en Lumen Gentium, n. 11, por ejemplo: «christifideles omnes, cuiusque conditionis ac status...» . El sujeto humano, hombre o mujer, al recibir por el Bautismo esa participación en el sacerdocio de Cristo que la Iglesia llama «sacerdocio común de los fieles», queda situado en esa radical «posición» de que hablamos y, al ejercerlo —siempre y cualquiera que sean sus ulteriores posiciones estructurales—, da a Dios el culto de la existencia cristiana y contribuye a la misión de la Iglesia en el mundo. Les remito a Vds. a leer con atención el nº 10 de la Const. Lumen Gentium. Quedémonos aquí por el momento y pasemos a considerar la otra forma de participación en el sacerdocio de Cristo —el sacerdocio ministerial—, que corresponde al segundo elemento sacramental-personal de la estructura originaria de la Iglesia: el sagrado ministerio. D) EL «SACRUM MINISTERIUM» EN LA ESTRUCTURA DELA IGLESIA Este nuevo paso es el que hemos visto a propósito del Obispo Agustín de Hipona: de entre los fieles, algunos son ministros. Tocamos aquí un punto esencial de la comprensión católica de la estructura fundamental del sacramentum salutis. Me refiero a la existencia en la Iglesia, por institución que arranca del mismo Señor Jesús, de un ministerio sagrado de naturaleza sacerdotal, conferido por Jesús a los Apóstoles, que se transmite por medio de un específico sacramento —el sacramento del Orden— y recae sobre algunos fieles que pasan de este modo a ser los «ministros sagrados» . No vamos a detenernos en esta decisiva afirmación eclesiológica, que estudió profundamente Joseph Ratzinger siendo Profesor en Münster . Tan sólo debemos considerar lo que es inmediatamente necesario para nuestro propósito. Ante todo, que el sagrado ministerio comporta una nueva manera de participar en el sacerdocio del único Sacerdote, Cristo. Esa nueva manera determina el proprium de obispos y presbíteros: la «re-praesentatio Christi Capitis» . Eso es lo característico de su posición estructural en el Sacramentum Ecclesiae, y, en consecuencia, lo peculiar de su servicio. En palabras del Concilio: «En los obispos, a quienes asisten los presbíteros, Jesucristo, nuestro Señor, Pontífice Supremo, está presente entre los fieles» . «Los presbíteros, por la unción del Espíritu Santo, quedan marcados con un carácter especial que los configura con Cristo Sacerdote, de tal forma que pueden obrar in persona Christi Capitis, en la persona de Cristo, Cabeza» . Esta consagración sacerdotal de los ministros arranca de la de los Apóstoles. San Pablo, en efecto, entendía el ministerio propio de los Apóstoles como una acción de naturaleza sacerdotal: «Ministros de Cristo Jesús en medio de las naciones, ejerciendo el sagrado ministerio del Evangelio de Dios, para que la oblación de las gentes sea agradable, santificada por el Espíritu Santo» (Rom 15, 3) . En síntesis: el binomio «fieles / ministros» constituye el nivel más primario —nivel sacramental-personal— de la estructura de la Iglesia fundada por Cristo, que es una estructura sacerdotal, cuya dinámica —vida santificada y misión apostólica— resulta de la interrelación entre ambas posiciones estructurales, entre el sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial, descritos en el n. 10 de Lumen Gentium. E) LA DIFERENCIA ENTRE AMBAS POSICIONES ESTRUCTURALES Pero hemos de agregar que esta inmanente interrelación presupone una conciencia clara de su diferencia, que la Const. Lumen Gentium expresó de esta manera: «El sacerdocio común de los fieles, y el sacerdocio ministerial o jerárquico, están ordenados el uno al otro, aunque su diferencia es esencial y no sólo gradual; ambos, en efecto, participan, cada uno a su manera, del único sacerdocio de Cristo» . El Concilio Vaticano II —cuya auténtica recepción, aunque pueda parecer increíble, sigue todavía pendiente— expresa así una convicción unánime de la fe católica: ambas formas de participación del sacerdocio de Cristo difieren essentia et non gradu tantum.
Pero, atención, la congregatio fidelium no se autodona la salvación que debe testimoniar, ni genera la Palabra y el Sacramento que salvan, ni se da a sí misma el sacerdocio común de los files. Sólo Cristo es el que salva. Por eso, los cristianos sólo pueden ser hostias vivas «recibiendo» de Cristo en el hoy de la historia la fuerza de su palabra y de su sacrificio, que Él ofreció al Padre en la Cruz semel pro semper. Aquí es donde aparece la insoslayable necesidad del «sacerdocio ministerial o jerárquico», y su irreductibilidad al sacerdocio común. El sacerdocio ministerial, en la economía de la gracia, es —valga la expresión— el «invento» divino por el que Cristo, exaltado a la derecha del Padre, entrega hoy a los hombres su palabra, su perdón y su gracia. Esta es la razón de ser del sagrado ministerio: constituir el signo e instrumento infalible y eficaz de la presencia de Cristo, Cabeza de su Cuerpo, en medio de los fieles . Miren cómo lo decía el pasado 17 de septiembre el Papa Benedicto XVI, hablando a los Obispos de Brasil en visita ad limina: «La identidad específica de sacerdotes y laicos se entiende en la diversidad esencial entre sacerdocio ministerial y sacerdocio común. Por ese motivo, es necesario evitar la secularización de los sacerdotes y la clericalización de los laicos ». Quede finalmente apuntado que el estudio, en cada época histórica, de los elementos de la estructura fundamental de la Iglesia abre —a la Eclesiología, a la Teología práctica de la Misión, a la Teología Ecuménica y al Derecho Canónico— un amplio horizonte de diálogo interdisciplinar, que, como bien sabemos, es tarea tan propia de la Real Academia de Doctores, que nos acoge. (Las fotos recogen varios momentos del acto. y una de ellas, don Pedro Rodríguez recibe la felicitación de nuestro editor, Angel Gómez Escorial) Nota.- En la sección de Noticias hay una información sobre tan importante acto.
2.- El Camino de Santiago (2) Por David Llena Damos la segunda entrega del Reportaje que sobre el Camino de Santiago está realizando nuestro colaborador, David Llena. David Llena es uno de nuestros más antiguos –y más diligentes—colaboradores. Laico, casado, padre de tres hijos, es profesor de Matemáticas de la Universidad de Almería. Ya tiene preparada una tercera entrega que publicaremos la semana próxima. En esta entrega hace referencia al Camino Francés.
Los caminos de Santiago en España: El camino Francés. La cantidad de caminos para llegar a Santiago es bastante grande. Desde el camino primitivo que anduviese por primera vez Alfonso II para, desde Oviedo, visitar la ciudad de Compostela, hasta el tradicional Camino Francés que, como su nombre indica comienza en la frontera Hispano-Francesa y discurre siempre hacia la puesta de sol, hasta la tumba del Apóstol. Otros caminos para llegar a Santiago son el camino del Norte, que discurre paralelo al Francés y muy cerca siempre del mar cantábrico. Uniéndose con el Francés en Arzúa a penas a 40 Km. de Santiago. También partiendo de Irún es posible seguir el camino Vasco que atravesando esta bella región, acaba encontrándose con el camino Francés en Santo Domingo de la Calzada a 560 Km. de Santiago. Y para rematar los caminos que vienen de Francia, aparece el camino aragonés que partiendo de Somport en la frontera recoge a los peregrinos que vienen desde la localidad francesa de Arlés. Este camino aragonés se une al camino principal en el Puente de la Reina a 680 Km. de Santiago. Otras rutas son aquellas que provienen del Sur de la península destacamos dos: la vía de la Plata que discurre siguiendo trazados romanos desde Sevilla hacia el norte uniéndose en Astorga al camino principal a 260 Km. de Santiago, y el camino portugués que realmente son dos, el que corre junto al Atlántico desde Lisboa y el que cruza el país luso por el interior. Y por último resaltar el llamado camino Inglés que comienza en los puertos de Ferrol o la Coruña y que viene precedido por una travesía en barco desde los países británicos y del norte de Europa. EL PRINCIPIO De todos el más tradicional es el llamado camino francés que comienza en Sant-Jean-Pied- de-Port en la parte Francesa de los pirineos y recoge los peregrinos que vienen desde París, Vezelay y Le Puy todas ciudades francesas que a su vez recogen peregrinos de Suiza, Alemania, los Países Bajos y demás países al este de Europa. La primera guía a Santiago está dentro del Codex Calixtinus. Es un libro que se atribuye a Calixto II. En él también se recoge la liturgia y la música especialmente compuesta para honrar al apóstol, así como el relato del traslado del cuerpo de Santiago y los milagros por este realizados, como ya comentamos en el primer reportaje de esta serie. Según leemos en el Codex Calixtinus, “cuatro son los itinerarios que conducen hacia Santiago y que en Puente la Reina, en tierras españolas, confluyen en uno solo. El primero pasa por Saint-Gilles, Montpellier, Tolosa y Somport; el segundo por Santa María del Puy, Santa Fe de Conques y San Pedro de Moissac; el tercero, por Santa María Magdalena de Vézelay, San Leonardo de Limoges y la ciudad de Pérogueux; y el cuarto, por San Martín de Tours, San Hilario de Poitiers, San Juan d'Angély, San Eutropio de Saintes y la ciudad de Burdeos. La ruta de Santa Fe, la de San Leonardo de Limoges y la de San Martín de Tours se juntan en Ostabal y pasado el Port de Cize se unen en Puente la Reina a la ruta que pasa por Somport, formando desde allí un solo camino hacia Santiago”. El llamado camino francés. También vienen relatadas las jornadas del Camino de Santiago, algunas a pie otras han de ser a caballo. TRES CORTAS ETAPAS
Por otro lado, de Port de Cize (Sant-Jean-Pied-de-Port) hasta Santiago hay 13 etapas. La primera va de la villa de Saint-Michel, situada en la falda del Port de Cize en la vertiente de Gascuña, hasta Viscarret, es una etapa pequeña (37 Km.). La segunda va de Viscarret a Pamplona, es una etapa pequeña (30,4 Km.). La tercera va de la ciudad de Pamplona hasta Estella (46 Km.). La cuarta va de Estella hasta la ciudad de Nájera (75 Km.), claro está, a caballo. La quinta va de Nájera hasta la ciudad llamada Burgos (97 Km.), igualmente a caballo. La sexta va de Burgos a Frómista (63 Km.). La séptima, de Frómista a Sahagún (56 Km.). La octava va de Sahagún a la ciudad de León (54 Km.). La novena, de León a Rabanal (68 Km.). La décima, de Rabanal a Villafranca (55 Km.), en la embocadura del valle del río Valcarce, pasado el puerto del monte Irago. La undécima, de Villafranca a Triacastela (49 Km.), pasado el puerto del monte Cebrero. La duodécima, de Triacastela a Palas de Rey (65 Km.). La decimotercera, en fin, de Palas de Rey a Santiago (67,5), y es también moderada. Antes de continuar no debemos asustarnos por los kilometrajes de las jornadas, está claro que lo primero que hay que hacer es adecuar esas etapas a nuestra resistencia, ya hablaremos de eso en el último reportaje dedicado a la preparación. Comentamos ahora una versión moderna de este trayecto. EL CAMINO FRANCÉS A PIE: Desde Sant-Jean-Pied-de-Port quedan por recorrer 775 Km. que se hacen según el Codex Calistinus en 13 Etapas, pero que podemos dividir, en un principio, en etapas de 25 Km. bastante más asequibles. Así pues, tenemos que dedicar 31 días para recorrer dicha distancia. No obstante, una vez superada la barrera sicológica de la cantidad de esfuerzo que uno puede hacer, es posible llegar a etapas de 30 o incluso 40 Km., lo que reduce algo la duración de nuestra caminata. Ya discutiremos estos detalles cuando veamos la preparación. 1ª Semana. Desde Sant-Jean-Pied-de-Port a Logroño. La primera etapa es común a la mayoría de las guías y transcurre desde Sant-Jean-Pied-de-Port hasta Roncesvalles. Hay gente que prefiere salir de este lado de los pirineos y así evitarse la primera gran subida, pues la etapa es una continua subida de más de 1300 metros, aunque hay un pequeño descenso al final. Desde Roncesvalles a Pamplona (41,5 Km.) son dos etapas de rompepiernas en ligero descenso, y hasta el Puente de la Reina una etapa más de 24 Km. 22 Km. más hay hasta Estella, y en dos etapas más (50 Km.) llegamos a Logroño. Llevamos una semana de etapas con continuos subibajas desde que salimos al otro lado de los Pirineos. 2ª Semana. Desde Logroño hasta Frómista. Hasta Nájera hay 29 Km. de camino por la planicie de las tierras castellanas y 21 hasta Santo Domingo de la Calzada. ¡Los más aventajados pueden hacerlo al tirón! Hasta Burgos hay 76 Km. que se pueden partir en 2 o 3 etapas. En tres etapas más debemos recorrer los 82 Km. hasta Carrión de los Condes. La última etapa transcurriría entre Frómista y Carrión. 3ª Semana. Desde Frómista hasta Astorga. La primera etapa nos lleva tras 19 Km. hasta Carrión, Hasta León quedan 100 Km. a cubrir en 3 o cuatro etapas muy llanas. Los 48 Kilómetros que hay hasta Astorga se hacen bien en dos etapas. 4ª Semana. Desde Astorga hasta Portomarín . A Ponferrada son dos etapas para cubrir los 52 Kilómetros que la separan de Astorga. Una etapa más de 23 Km. nos lleva hasta Villafranca del Bierzo desde donde se asciende en una dura etapa de 28 Km. hasta O’Cebreiro ya en Galicia, salvando una altura de más de 800 metros. El discurrir de las etapas en Galicia está bien definido aunque hay multitud de combinaciones debido a la multitud de albergues y dependiendo también de nuestro caminar. La propuesta que es la que yo realicé y que contaré en la próxima entrega es: O Cebreiro-Triacastela 20 Km. Triacastela-Sarria 18 Km. Sarria-Portomarín 22 Km. Estas tres etapas se pueden hacer en dos días.
Últimos días Desde Portomarín a Santiago: Portomarín-Palas de Rei 24 Km. Palas-Arzua 28 Km. Arzua-Arca 21 Km. Arca-Santiago 18 Km. Estas dos últimas etapas se pueden hacer en un solo día.
3.- San Rafael Arnáiz Barón, el Hermano Rafael Por Jesús Martí Ballester El Padre Martí Ballester nos ha escrito, con gran celeridad el reportaje de la vida de San Rafael Arnáiz, del popular Hermano Rafael. Esperamos que sea del interés de nuestros lectores. Don Jesús Martí Ballester, sacerdote valenciano y nuestro primer colaborador, es un reconocido autor especializado en Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz. Ha publicado en Betania una ingente cantidad de biografías de santos que se completa con está del Hermano Rafael.
LAS RAICES Todo cuenta en el humus humano y explica y prepara la personalidad de todos, también en la de Rafael. La familia, las amistades, el país, la raza, el momento histórico, la cultura, las costumbres, la religión, Todo converge a dejar su señal en la persona, contando con la propia responsabilidad y la misteriosa acción de la gracia divina en su irrepetible proyecto de amor. Por eso que tener en cuenta la familia: las raíces. Rafael tiene una posición privilegiada. Sus hermanos, Fernando y Leopoldo y Mercedes, Fernando se hizo cartujo poco después de la muerte de Rafael. Leopoldo, se casó y tiene doce hijos... Del padre, Rafael Arnáiz y Sánchez de la Campa sabemos que había nacido en Burgos en 1883. Procedía de una familia de la "alta burguesía. Educado en una atmósfera muy refinada a causa de la posición económica, social y cultural de la familia. Tenía fundamentos cristianos muy sólidos, que demostró ante el anuncio imprevisible de la vocación trapense hijo mayor, después de un breve instante de silencio, con los labios temblorosos, pronunció estas palabras: “Demos gracias a Dios por el favor tan grande que nos hace". Sin duda que él dejó una marca profunda en la personalidad de Rafael, y hemos de encontrar muchos aspectos del carácter paterno en él. La formación de Rafael corresponde a la madre la parte más importante. Doña María de las Mercedes Baró nació en Manila en 1884, cuando su padre era comandante de la marina de guerra en Filipinas. A los veinte años se casó en Madrid con don Rafael Arnáiz. Su madre era una figura espléndida. Llamaba la atención, impresionaba cuando se la veía en muy bien vestida, con muchas joyas de gran valor. La gente se paraba a mirarla, y ella se daba cuenta sin darle importancia a la cosa.". Tenía una inteligencia muy aguda. Una mente preclara con gran facilidad de expresión. Hablaba y escribía muy bien. Gran música, y tenía mucho talento, se imponía a las personas con las que convivía desde que era niña. Eran frecuentes las reuniones y las veladas, a causa de sus dotes y de su extraordinaria viveza. Su personalidad sobresalía, sin que se envaneciera por su protagonismo. La formación espiritual de los hijos fue su principal ocupación, delegada en ella por el marido y cumplida con plena conciencia. Les dio muy buena educación. De los cuatro hijos, tres se consagraron a Dios, y el mayor murió en olor de santidad. Fernando, dice sin vacilar: "A ella le debemos los hijos nuestra vocación". Nos recuerda la "mujer fuerte" del libro de los Proverbios. LA TENTACIÓN Su fervorosa vida interior, nutrida no sólo de oración, sino también de penitencia, le protege de las tentaciones en las cualquier joven puede verse envuelto. Un episodio revelador nos es relatado por un compañero de estudios e íntimo amigo Juan Vallaure, que vivía con Rafael en la pensión donde se hospedaba también una divorciada, muy "desenvuelta", que se había enamorado perdidamente de Rafael. Una noche, le invitó descaradamente a pasar la noche con ella. El rechazo de Rafael fue tajante e inmediato. El se fue a la cama. Pero ella se metió de repente en su habitación y se encontró con la más inmediata y decidida repulsa. Rafael no fue indiferente a la crudeza de la tentación, pero salió victorioso. Era todo lo contrario de un introvertido. Con la respiración entrecortada, consiguió permanecer fiel en la castidad. Otra Mujer dominaba sus pensamientos. El día siguiente confió a Juan que para librarse de la conmoción había tenido que levantarse y dormir el puro suelo. CONSEJO ACERTADO A su tío Polín, quien le inició en el conocimiento de la Trapa, muy amigo del Nuncio Monseñor Tedeschini, les comunicó su deseo de irse a la Trapa le recomendaron que informara debidamente a su familia su intención de entrar en el monasterio para que no tuviese las apariencias antipáticas ni contraproducentes de una "huida", sin despedida, por más terriblemente dolorosa que fuera, con la aceptación por parte de todos. El actuó fielmente según los consejos paternales del Nuncio, y todo se desarrolló en una atmósfera penetrada de fe y de caridad, aunque con los indecibles sufrimientos humanos. El sufría angustiosamente por lo que los suyos tendrían que sufrir. Fue la gracia del Señor, por medio de los sabios consejos del tío y del nuncio apostólico, los que le ayudaron. LA DIABETES MELITUS A los cuatro meses de su entrada en la Trapa, llegó una carta desconcertante a la familia Arnáiz Barón: «Muy señor mío y distinguido amigo D. Rafael: Cuando menos lo esperábamos, se ha notado hoy que Rafael padece diabetes sacarina, que podrá curarse con un tratamiento apropiado y una medicación racional. Comunicado el caso a nuestro médico, opina que es conveniente marche al lado de ustedes, a la mayor brevedad. Por esta razón y con el natural sentimiento, ruego a ustedes vengan con su coche. Aquí se le darán todas las instrucciones convenientes. Con este motivo y en espera de su llegada, me reitero: Fray María Marcelo León». DE LA FUERZA A LA DEBILIDAD Ni el día que decide ser monje, ni cuando decide entrar en el Cister constituyen el momento central de su vida. Al conocer la enfermedad que acabará por llevarle a la muerte, cambió el signo de la fuerza por el de la debilidad, es cuando cambia el horizonte de su existencia. Rafael tenía éxito en los estudios. Tocaba el violín y el piano. Conducía su coche por las costas de Asturias y pateaba las cumbres de los Picos de Europa. Cuando visitó el monasterio vio que era lo suyo. Rafael entró en el monasterio el 15 de enero de 1934, pero el signo de la fuerza pronto se trocó por el de la debilidad. El joven atleta llego al hogar de Oviedo deshecho físicamente por la diabetes, moribundo y atormentado en el espíritu:¿No me quiere Dios en el monasterio? ¿Estaba equivocado? ¿He sido presuntuoso y egoísta? Estas preguntas amargas que se agolpaban a su alma, le sumergían en una profunda noche oscura. Pero su grandeza consiste en cómo supo interpretar la voluntad de Dios. Rafael se entrega a la oración, escucha los consejos de personas de su confianza y, por fin, después de año y medio se decide volver y a pedir el ingreso en el monasterio como oblato. Era la renuncia a su ilusión de ser monje y al sacerdocio. Pero era la ocasión de dar un salto de gigante en el amor que movía ya su vida. CAMBIO DE SIGNO Cuando escribe al abad pidiéndole volver, le dice: «Hace dos años yo buscaba a Dios, pero también buscaba a las criaturas. Sí me buscaba, a mí mismo, y Dios me quiere para El solo ... » La debilidad resultó para Rafael ser la fuerza motriz del amor puro. Esos eran los planes de Dios que él supo interpretar. Los poco más de dos años que le quedaban de vida fueron su debilidad ofrecida a Dios. Su amor a la Cruz de Cristo. Esa fue su gran fortaleza y la causa de una alegría indescriptible, escribe más tarde, como fino teólogo sin estudios: «En el mundo se sufre mucho, pero se sufre poco por Dios. Los cristianos ven la debilidad y el sufrimiento con miopía, cuando deben verla como es en Cristo, y el que ama a Cristo, ama su Cruz». Dios sufre en Cristo y el que le ama, desea estar con el sufrimiento de Dios. Una mística así es lo que más necesita el mundo de comienzo del siglo XXI: la teología de siempre en el contexto materialista y hedonista de nuestros días. La realización plena de la existencia sólo es posible como amoroso y radical abandono en Dios. No es el progreso entendido como el conjunto de la fuerza humana lo que trae la felicidad al mundo. Eso es puro ruido, escribía Rafael. Ese progreso carece del silencio del corazón humano que sabe escuchar el latido del Corazón de Dios. Sin esa mística, no habrá vida ni misión cristianas, ni realización humana «Me he dado cuenta de mi vocación - escribe Rafael:-No soy religioso ... , no soy seglar- ... , Bendito sea Dios, no soy nada más que un alma enamorada de Cristo. El no quiere más que mi amor. Que mi vida sólo sea un acto de amor>. SAN JUAN DE LA CRUZ Y SANTA TERESITA DEL NIÑO JESÚS, SUS ALMAS GEMELAS De la sencillez dice Teresita: "A veces, cuando leo ciertos tratados espirituales en los que la perfección se presenta rodeada de estorbos y mil trabas y circundada de una multitud de ilusiones, mi pobre espíritu se fatiga muy pronto, cierro el libro que me quiebra la cabeza y me diseca el corazón y tomo en mis manos la Sagrada Escritura. Entonces parece luminoso, una sola palabra abre a mi alma horizontes infinitos, la perfección me parece fácil. Cuando vienen a provocarme, me porto valientemente: sabiendo que batirse en duelo es una cobardía, vuelvo la espalda a los adversarios sin dignarme siquiera mirarlos a la cara". "Cuando no se nos comprende o se nos juzga desfasadas, ¿para qué defendemos o dar explicaciones? Dejémoslo pasar, no digamos nada, ¡es tan bueno no decir nada, digan lo que digan...! En el Evangelio no vemos que María Magdalena haya dado explicaciones cuando la acusaban de estarse a los pies de Jesús sin hacer nada. Dios mismo se encarga de orientar la vida espiritual de los que se le entregan con gran amor y simplicidad, escribe Rafael "Dios no me pide más que amor y espíritu de sacrificio. Dios no nos exige más que sencillez por fuera y amor por dentro. "El camino de la santidad lo veo más sencillo. Más bien me parece que consiste en ir quitando cosas, que en ponerlas. Más bien se avanza con sencillez que complicando con cosas nuevas. En las instrucciones particulares que daba a cada una de las novicias se volvía a lo mismo: humildad, pobreza espiritual, sencillez y confianza en Dios". Santa Teresa de Lisieux dice estoy contenta, porque he visto que todo es sencillo y simple... y eso está a mi alcance, dice San Rafael Arnáiz. Las almas sencillas no necesitan usar medios complicados. Lo que más vi brillar en ella durante su última enfermedad es la sencillez, la desconfianza de sí misma, la humildad, el recurso constante a la oración y a la confianza en Dios, dice refiriéndose a Santa Teresa de Lisieux y Rafael dice:"Mira tu nada, mira la nada del mundo, ponte a los pies de todos, sI eres sencillo, verás a Dios. Muchas veces no llegamos a comprender la grandiosidad que se encierra en un acto de sencillez, porque buscamos lo grande en lo complicado, buscamos la grandiosidad de las cosas en la dificultad de las mismas. "No se ha de trabajar por llegar a ser santos, sino por complacer a Dios". Su "caminito" consistía en ver las propias imperfecciones, la propia impotencia para todo bien decía Santa Teresa de Lisieux. Y Rafael " vivir una vida muy sencilla, sin cosas extraordinarias... muy oculto a los hombres mi amor por él ... LOS TRES ULTIMOS DIAS DE RAFAEL EN LA TIERRA Sus tres últimos días están señalados por acontecimientos o episodios que prueban una vez más la heroicidad y la necesidad de compartir, con sus sufrimientos, los de Cristo. Presa de fiebres altísimas, unas convulsiones atormentan su pobre cuerpo. Los momentos de plena lucidez se alternan con delirios y pérdida de conciencia, sonríe serenamente y se preocupa de tranquilizar a los monjes que le asisten: "No se asusten si deliro, como ausente de la tierra. En su mirada, llena de dulzura, se descubre todo su sufrimiento, pero los ojos ven algo divino, que sólo percibe su alma. "¿Quién se puede quejar de padecer?", dice quedamente. No tiene ni una expresión o que dé la sensación del hambre que le mordía las entrañas, ni un lamento por aquella sed abrasadora que le requemaba el paladar ... "¡Jesús mío, cuánto te quiero ... y te querré siempre ... , y me agarraré a ti”. Dice su madre- no soltó su cruz mientras la vida alentó en su cuerpo corruptible... Pasaron sábado y don noche de éste, creyéndose solo en su celda de la enfermería, levantó se trabajosamente de su humilde paso vacilante, apoyando sus manos temblorosas de fiebre a lo largo de las paredes, llegó hasta un grifo de agua en la galería. La sed abrasadora lo consumía. Apoyó sus labios ardientes en el frío metal, pero no bebió ni un sorbo. Se agravó rápidamente. ROMPE LA TELA
El domingo 11 de octubre la Iglesia ha inscrito en el Catálogo de los Santos a San Rafael Arnáiz Barón. Ruega por nosotros. Nota.- En la sección de Noticias se da la información sobre los actos, en la Basílica de San Pedro, de canonización presididos por el Papa Benedicto.
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