CARTA ABIERTA A SANTA MARÍA DEL ADVIENTO

Señora:

Suelo escribirte siempre en estos días de Adviento, los que se están en cercanía con la fiesta de la Inmaculada Concepción. Lo hago ya desde hace varios años .Y no quiero dejar de hacerlo en este de 2009, aunque “me tiren” mucho otros temas de actualidad o más polémicos.

Eres Santa María del Adviento pues nadie ha esperado jamás con mayor intensidad la llegada de tu Hijo. El Adviento es tuyo y tú nos ayudas a construirlo mejor en nuestras vidas.

Este año, Señora, quiero pedirte ayuda para los más pobres, para aquellos que nada tienen y que celebrarán con dificultad el Nacimiento de tu Hijo. Los que estamos algo mejor hemos de pensar en ellos y compartir con ellos nuestro pan y nuestra alegría. ¡Qué la crisis no nos derrote, Señora!

Te pido tu poderosa intercesión para que reine la paz en todo el mundo, que la violencia de todo tipo pueda ser erradicada y, asimismo, se limite la pobreza que, casi siempre, está generada por la violencia y la avaricia de unos pocos.

Pero también deseo que te ocupes muy especialmente este año de las mujeres, que por motivos varios, desean o buscan abortar. No puede seguir el crecimiento de ese problema. Y creo que, sobre todo, hay que mover la conciencia de las mujeres. Si ellas defienden la vida, nadie puede atacarla. Tú lo sabes porque eres mujer y trajiste a la vida al Salvador del mundo.

Quiero rogarte por los niños y por los jóvenes, para que ellos, a pesar de un entorno adverso, sepan ver el camino de la verdad y de la auténtica formación, que les lleguen sentimientos vocacionales que sirvan para mejor construir su futuro.

Cada vez hay más solitarios y solitarias en el mundo. Cada vez la gente, asustada o un poco enloquecida, se encierra en su propio mundo. Es verdad que ahí hay que insistir por parte de los que no se ven solos y quieren ayudar. En las sociedades ricas la soledad es el gran problema. Te ruego por ellos.

Por tu mano cariñosa y cálida sobre la frente de los enfermos, sobre todo sobre en aquellos que saben o intuyen su final por la gravedad de su enfermedad. Y ruega al Padre, a Ti que nada niega, por el avance de la medicina y porque esta llegue a todos en todos los lugares del mundo.

Y quiero pedirte por tu Iglesia, la que comenzó a orar junto a ti, en las horas difíciles del cenáculo, para que crezca con las bienaventuranzas y sea pacífica, piadosa, humilde y pobre, que espere a los que desean volver y que nunca los aleje de una forma u otra.

Finalmente, Señora, acepta todas estas peticiones, incompletas y torpes. El Adviento me conmueve y me hace sentir mucho la cercanía de Dios, tu presencia y el deseo de servir a los hermanos, de amar a los enemigos y de perdonar a lo que, lógicamente, parezcan imperdonables.

Concédeme esperar, junto a Ti, la llegada de ese Niño que no salva.

Que así sea.