Domingo II de Adviento
6 diciembre de 2009

La homilía de Betania


1.- DIOS VIENE A SALVAR A SU PUEBLO

Por Pedro Juan Díaz

2.- LA PRIMERA CONVERSIÓN: DEL PARLOTEO AL SILENCIO

Por José María Maruri, SJ

3.- ARREGLAR LOS CAMINOS TORCIDOS

Por José María Martín OSA

4.- VOCACIÓN DE CAMINEROS DEL SEÑOR

Por Gabriel González del Estal

5.- QUE DIOS NOS ENVÍE AL QUE HA DE VENIR

Por Antonio García-Moreno

6.- ¿DESOLACIÓN O ESPERANZA?

Por Javier Leoz

7.- ACEPTEMOS CON ALEGRÍA TODO LO NUEVO

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


LOS CAMINOS DE DENTRO Y LOS DE FUERA

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- DIOS VIENE A SALVAR A SU PUEBLO

Por Pedro Juan Díaz

1.- Seguimos nuestra preparación para la Navidad en este tiempo de Adviento. La Navidad es, junto con la Pascua, el momento más relevante de nuestra fe, porque celebramos que Dios ha tomado nuestra condición humana. Y que Dios se haya hecho uno como nosotros, uno de los nuestros, nos tiene que dar mucha esperanza, ya que es capaz de entender nuestra humanidad y nuestra debilidad, porque ha formado parte de ella haciéndose niño y naciendo en un pesebre pobre y humilde. Dios se ha encarnado en nuestra historia. Por eso empieza así hoy el evangelio, con datos históricos que le sitúan tanto a Él como a Juan el Bautista en la entraña misma de la historia, que desde entonces es “historia de salvación”.

2.- Dios viene a nacer entre nosotros, y viene a salvar a su pueblo, como lo hizo con Jerusalén: “Dios ha mandado abajarse a todos los montes elevados y a las colinas encumbradas; ha mandado llenarse a los barrancos hasta allanar el suelo, para que Israel camine con seguridad, guiado por la gloria de Dios”, dice el profeta Baruc en la primera lectura. Celebrar la Navidad es celebrar la Buena Noticia de Dios que cumple sus promesas en Jesús hecho niño, hecho hombre para nuestra salvación. La salvación de Dios ya está en medio de nosotros y hemos de estar preparados para acogerla. “Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale”. Entonces “todos verán la salvación de Dios”.

3.- El Evangelio de hoy se presta a mil aplicaciones personales, sociales, políticas, eclesiales: ¿qué caminos hay para preparar y allanar en tu vida, en tu trabajo, en tu familia, en tu pueblo, en tu barrio, en tu edificio, en tu grupo, en tu parroquia...? Piénsalo, a nadie se nos hace ajena la llamada de Juan el Bautista. Es la tarea necesaria para hacer visible esa salvación que Dios viene a traer representada en ese niño “envuelto en pañales y acostado en un pesebre”. Jesús va a nacer de nuevo para todos, en las mismas entrañas de nuestra historia y de nuestro mundo. Jesús nace en medio de los más pobres. Jesús nace en nuestros corazones para que tú y yo podamos renacer también. Jesús nace y renace también en nuestra sociedad y en nuestra Iglesia, necesitadas ambas de “allanar senderos”.

4.- Ahora se habla mucho de los “brotes verdes” que van a aparecer para hacernos superar esta crisis. El adviento es el tiempo de la esperanza, de los “brotes verdes” que nos anuncian el gran “renuevo del tronco de Jesé”. El adviento es una llamada a seguir construyendo el Reino de Dios en nuestros ambientes, aunando esfuerzos, proponiendo iniciativas, siendo levadura en la masa, sal y luz de un mundo que lo que menos necesita son más condenas.

5.- Dios nos está llamando a los creyentes en la vida de hoy, como en los tiempos en que Juan predicaba en el desierto. El adviento es una invitación a responder con esperanza a esa llamada. Dice San Pablo en la segunda lectura: “mi oración es que vuestro amor siga creciendo más y más en penetración y en sensibilidad para apreciar los valores”, los “brotes verdes” que aparecen en nuestros ambientes y que nos anuncian la cercanía de Dios.

6.- Es necesario también que esta esperanza del adviento y de la cercanía de Dios la sepamos concretar en acciones concretas. En la Parroquia (**) seguimos animando la “Campaña de Navidad”. Queremos manifestar esa cercanía de Dios con nuestra acción hacia los más necesitados. Ya está en marcha la campaña para recoger material escolar y aceite para la Obra Social Diocesana de San José Obrero en su colegio de Orihuela y también para la Casita de Reposo en Elche, que también la ha asumido esta Fundación recientemente. Y por otro lado alimentos no perecederos y productos de higiene personal para Caritas Interparroquial de Elche. De esta manera estaremos ayudando a unos niños desamparados por sus familias y tutelados por la Iglesia, y a los más necesitados de nuestro pueblo.

7. La Navidad está cerca. Nuestros corazones y nuestras vidas han de estar preparados para recibirla. Es una buena noticia, un brote verde de esperanza para todos. En cada Eucaristía Dios se hace pan para alimentar nuestra fe y nuestra esperanza y poder descubrirle entre los más pobres. Allanemos los senderos para recibirle con fe y con alegría.

** Como se recordará el padre Pedro Juan Díaz es párroco de la población alicantina de L’Altet en territorio de Elche. Y de ahí la cita que hace.


2.- LA PRIMERA CONVERSIÓN: DEL PARLOTEO AL SILENCIO

Por José María Maruri, SJ

1.- Y vino la palabra de Dios a Juan en el desierto, no en Jerusalén o en Cesarea de Filipo. Allí hay demasiado ruido para que el susurro de la voz de Dios se pueda oír. Vino en la soledad del desierto

Soledad, paz… necesitamos todos para escuchar la palabra de Dios. Con tanta televisión, tanta radio, tanto teléfono móvil, tanta música insufrible, cegamos los oídos y el corazón y es imposible escuchar a Dios, todos necesitamos momentos de soledad, de paz interior.

Y cuántas veces en el mismo interior necesitamos silencio. Cuantas veces, aun hablando con Dios, lo apabullamos con nuestros argumentos filosóficos y conocimientos teológicos. Dios se admira de nuestro saber y se le olvida comunicarnos lo único que Él sabe.

Y no pocas veces son las palabras de los curas las que impiden que Dios se comunique, palabras que en vez de ser tímidas, sencillas, a tono con el susurro de la voz de Dios son trompetería doctísima ante la que el mismo Dios se asusta. Pues esta es la primera conversión que nos pide Juan Bautista: del ruido al silencio

2.- Y creo que no nos vendría mal, o más diría que es absolutamente necesaria otra conversión: del mercantilismo y contabilidad religiosa que fiándose de los muchos actos buenos que hacemos, chalaneamos que Dios, a abandonarse por completo al amor de Dios en que vivimos envueltos.

Como peces en pecera de agua todos vivimos rodeados de esta atmosfera en la que respiramos sin darnos cuenta el aire que por todas partes nos rodea, pues así vivimos envueltos en el amor de Dios sin darnos cuenta que nos envuelve su cariño por todas partes, seamos buenos o malos, porque para Dios no hay nadie malo, sino insolvente, ni bueno, sino querido por Él. Conversión al amor de Dios, jugárnoslo todo a la sola carta del Amor de Dios

3.- Y a propósito de esa primera conversión de que os hablaba, del parloteo al silencio, dice un salmo

El cielo en su silencio proclama la gloria de Dios.

El firmamento proclama la obra de sus manos.

El día al día le pasa su mensaje

La noche a la noche se lo susurra.

Sin que hablen, sin que pronuncien,

sin que resuene su voz

toda la tierra le pasa su pregón

y hasta los límites del orbe su lenguaje

¿Aprenderemos alguna vez a hablar en silencio? ¿A estar callados con cariño?


3.- ARREGLAR LOS CAMINOS TORCIDOS

Por José María Martín OSA

1.- Juan Bautista, un personaje singular. El eco de la predicación de Juan Bautista ha llegado hasta nuestros días en este segundo Domingo de Adviento. Juan Bautista es un personaje singular, fiel siempre a su vocación y a su misión con humildad. Ni siquiera "se sentía digno de soltar las correas de las sandalias de aquel" a quien anunciaba. Pero aún atrae más su sentido espiritual, el mensaje ascético de Juan. Es un mensaje que se hacía durísimo con los poderosos: "No te es lícito vivir con la mujer de tu hermano"; cortante con los fariseos: "Son una raza de víboras"; fuerte con los soldados: "No hagáis extorsión a nadie y conténtense con la paga"; suplicante con los publicanos: "No pidáis más de lo tasado". Y todo esto, consciente de que estaba "preparando los caminos del Señor", "enderezando las sendas", Nos hace falta Juan en nuestros días. En estas ciudades rebosantes de multitudes, de muchedumbres informes y masificadas, en estas ciudades que, bajo otros aspectos, son verdaderos desiertos, está haciendo falta que aparezca Juan con su mensaje: "Yo soy la voz del que clama en el desierto".

2.- Necesidad de conversión. Juan iba al grano y sin rodeos en su papel de precursor: Hay que cambiar, hay que convertirse. Porque “el hacha está tocando ya la raíz, y todo árbol sin frutos será talado y echado al fuego". Él nos invita también a ti y a mí, diciéndonos con potente y penetrante voz: ¡Endereza tus pasos! ¡El Señor viene, y ya está a la puerta!". Sí, el Señor que vino hace dos mil años y que vendrá al final de los tiempos, viene también a nosotros en el hoy de nuestra historia y de muchas formas se acerca para tocar suave o fuertemente a la puerta de nuestros corazones. Por tanto: ¡despójate de la impaciencia con que sueles tratar a algunas personas y revístete de la paciencia, tratando a todos con máxima afabilidad! ¡Despójate del egoísmo y apego a los bienes materiales para revestirte de actitudes de generosidad y desprendimiento! ¡Despójate de la insensibilidad frente a las necesidades del prójimo y revístete de la caridad que se hace concreta en actitudes e iniciativas de solidaridad! ¡Despójate de los chismes, de la difamación, de la calumnia, de hablar mal de personas ausentes!

3.- Nuestra tarea es preparar los caminos del Señor: "que los valles se levanten, que montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale". ¿Cuál nuestra colina? Quizá sea nuestro orgullo y nuestra autosuficiencia. El gran pecado del hombre actual es prescindir de Dios y creerse él mismo el todopoderoso. Pero podemos también vivir sin valorarnos, con una falsa humildad y abatimiento. Por eso se nos dice que nos levantemos y reconozcamos los dones que Dios nos ha dado para ponerlos a disposición de los hermanos. A veces nos empeñamos en caminar por caminos tortuosos o escabrosos. Dios quiere que eliminemos los baches y las curvas que nos desvían de la senda verdadera. Prepara los caminos al Señor y le abre la puerta quien con humildad reconoce que necesita del Señor y endereza sus pasos torcidos, quien se convierte de su mala conducta, quien abandona el camino del mal y de la mentira para recorrer el sendero del bien que conduce a la Vida. Prepara los caminos al Señor quien se afana seriamente en quitar todo obstáculo del camino, despojándose de todo lo que retarda o impide su llegada a nuestra morada interior. Prepara los caminos al Señor y le abre la puerta quien se esfuerza en "rellenar los valles y abismos", quien con sistemático trabajo lucha para se acaben las desigualdades y triunfe de una vez para siempre la justicia.


4.- VOCACIÓN DE CAMINEROS DEL SEÑOR

Por Gabriel González del Estal

1.- San Juan, el Precursor, tenía vocación de caminero del Señor: la palabra de Dios había venido sobre él para decirle que debía preparar el camino por el que nuestro Dios quería llegarse hasta nosotros, para salvarnos. En el camino por el que nuestro Dios quería llegar hasta nosotros no debería haber montes de soberbia, ni valles de indignidad, ni barrancos de miseria, ni piedras de codicia y ambición que hicieran el camino escabroso e intransitable, ni senderos de dirección torcida y equivocada. Juan debería predicar, con su palabra y con su ejemplo, un bautismo de conversión, de lucha sin cuartel contra la soberbia, contra la injusticia, contra la avaricia y la indignidad, contra la hipocresía y la mentira, contra las palabras egoístas y engañadoras. Juan había recibido de Dios la vocación de caminero del Señor, de preparar el camino del Dios que quería venir a habitar entre nosotros. La vocación de caminero es una vocación humilde y bella, aparentemente sencilla, pero muy difícil y sacrificada. En los pueblos de nuestra infancia existía el oficio de caminero. No siempre el oficio se convertía en vocación y muchas veces los pobres camineros, en la soledad de distantes y silenciosos caminos, descansaban largas horas junto a la chaqueta tirada al borde de algún ribazo. Por eso, de algunas personas vagas se decía que eran más vagas que la chaqueta de un caminero. Nosotros, como Juan, el Precursor, debemos ser camineros activos, vivir movidos y convencidos por nuestra vocación de camineros, de camineros del Señor. Ayudar a los demás, con nuestras palabras y con nuestro ejemplo, a limpiar los caminos por los que Dios quiere llegar hasta los hombres. Todo el Adviento debe ser un camino en dirección a la Navidad, un camino hecho de humildad, de sincero arrepentimiento, de auténtica y permanente conversión. Limpiemos de toda maldad nuestros caminos interiores, ayudemos a los demás a limpiar sus propios caminos; estamos en Adviento y el Señor quiere llegar hasta nosotros.

2.- Dios te dará un nombre para siempre: “Paz en la justicia” y “Gloria en la piedad”. El profeta Baruc, en nombre de Dios, les dice a sus paisanos que el Señor ha decidido sacar a Jerusalén de su postración y darle un nombre nuevo: “Paz en la justicia” y “Gloria en la piedad”. La justicia y la paz se necesitan mutuamente. Ni las personas, ni los pueblos pueden vivir felices sin justicia y sin paz. La justicia de Dios es siempre una justicia misericordiosa, Dios manifiesta su gloria, su poder y su dominio, en la piedad. Podemos cambiar el nombre de Jerusalén por nuestro propio nombre. Dios quiere que nosotros seamos justos y pacíficos, fuertes y piadosos. Para eso, también nos dice a nosotros el profeta Baruc, tenemos que bajar los montes de nuestra soberbia y las colinas de nuestro orgullo, para poder así caminar con seguridad, guiados por la gloria y el poder de nuestro Dios.

3.- Que vuestro amor siga creciendo más y más… para apreciar los valores. San Pablo les dice a los Filipenses que les ama de verdad, porque siempre se han portado con él con mucha generosidad y siempre han sido fieles al mensaje del evangelio que él les transmitió. Lo que ahora les pide es que su amor aumente más y más cada día, porque el amor es siempre el distintivo de los buenos seguidores de Cristo. En estos días de Adviento éste debe ser nuestro propósito: purificar y aumentar nuestro amor, porque, con palabras del mismo San Pablo, si amamos de verdad, cumplimos la ley entera. Crecer en santidad es crecer en el amor a Dios y al prójimo, en el amor con el que Cristo nos amó y con el que quiere que nosotros amemos a todos nuestros hermanos. El amor es el mejor camino del Adviento para llegar a nuestro Dios.


5.- QUE DIOS NOS ENVÍE AL QUE HA DE VENIR

Por Antonio García-Moreno

1.- LO GRANDE DE LO PEQUEÑO.- Todo tiene fin en esta vida, también los dolores y los sufrimientos. Jerusalén era como viuda llena de tristeza, afligida, enlutada. Fueron descuajados sus cimientos de gran ciudad asentada sobre el monte Sión, el monte de Dios donde se recostaba vestida de vistosos mármoles. Sus moradores han sido deportados lejos, allá junto a los ríos de Babilonia. Pero ya está todo para terminar. El profeta exulta de gozo y grita con voz urgente: "Jerusalén, despójate de tu vestido de luto y de aflicción y viste las galas perpetuas de la gloria que Dios te da; envuélvete en el manto de la justicia de Dios y ponte en la cabeza la diadema de la gloria perpetua, porque Dios mostrará tu esplendor a cuantos viven bajo el cielo...".

"Ponte en pie, Jerusalén, sube a la altura, mira hacia Oriente y contempla a tus hijos...". Por los anchos caminos de los aires, de los mares y las tierras siguen marchando los enviados de Dios, los misioneros de la verdad, del amor y de la paz, de la justicia. El Oriente, lejano y misterioso, se ha llenado una vez más con la abundante semilla de la palabra de Dios. Y Occidente, el viejo padre de la cultura y la ciencia se siente esperanzado en medio de las mil negras noticias que surcan las ondas del espacio... Y nosotros, los hijos de la nueva Jerusalén, la Iglesia de Cristo, queremos contribuir a esa siembra de esperanza con nuestra vida pequeña de siempre, pero grande y hermosa si la vivimos con fe, muy unidos a Cristo.

Un espectáculo grandioso: se han abierto nuevos caminos en la tierra. Dios ha intervenido y por medio de los montes las aguas han pasado. Para que Israel –también nosotros los cristianos- caminemos con seguridad, con paso decidido y firme, con la cabeza alta y el corazón lleno de canciones.

El trabajo, la lucha por la subsistencia, el afán de progreso y desarrollo, el angustioso pluriempleo, la absorbente familia, el juego azaroso y rudo de la política... Todo puede y debe servir para llegar a Dios. Él ha señalado la ruta, la ha marcado con su propio caminar, cruzando muchas veces durante treinta años ese itinerario humano que se ha hecho divino.

Guíanos, Señor, con tu luz y con tu fuerza. Para que sepamos descubrir el sentido extraordinario de nuestra vida ordinaria, el valor grande y divino de todo lo pequeño y humano.

2.- VERACIDAD HISTÓRICA.- "En el año quince del reinado del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes virrey de Galilea..." (Lc 3, 1) Todos los evangelistas nos transcriben los hechos ocurridos con fidelidad, sin faltar en lo más mínimo a la verdad. La historicidad de los Evangelios es una doctrina que siempre ha sostenido la Iglesia, a pesar de los ataques que a lo largo de los siglos se ha venido haciendo contra los textos sagrados. En el pasaje de este domingo tenemos una prueba suficientemente clara de esa preocupación por narrar los acontecimientos, tal como ocurrieron.

Es cierto que los autores inspirados trataban ante todo de despertar la fe en sus lectores y oyentes, exhortarles para que creyesen en Jesucristo, mejorasen sus vidas y alcanzaran así la salvación. Por eso precisamente los primeros evangelizadores expusieron lo que ocurrió como testigos directos que sabían que era verdad cuanto contaban. Y cuando el que narra los hechos sobre la vida de Jesús no era un testigo presencial, como en el caso de san Lucas, trata de informarse cuidadosamente indagando y preguntando a los que vivieron con el Señor. En efecto, así nos lo dice con toda claridad el evangelista en el prólogo de su evangelio. Y así lo vemos en este pasaje que contemplamos, en el que da una serie de datos concernientes al tiempo preciso en que el Bautista comienza su predicación.

Los personajes que nombra, el emperador Tiberio, el gobernador de Judea Poncio Pilato, los tetrarcas o virreyes Herodes Antipas, Filipo o Felipe y Lisanias o Lisanio, son todos personajes que existieron y que fueron coetáneos a Jesucristo. De este modo, el hecho de la Redención se sitúa con exactitud en el tiempo, haciéndonos entender la veracidad histórica del Evangelio.

También el Bautista es un personaje que, lo mismo que los anteriores, está atestiguado por otros autores ajenos al cristianismo. Así Flavio Josefo nos refiere el ministerio del Precursor y la veneración de que fue objeto por parte del pueblo judío de entonces. Un dato más que nos ha de confirmar y fortalecer en nuestra fe acerca de cuanto nos narran los Evangelios. Al mismo tiempo, esas palabras que nos permiten conocer mejor a Jesucristo, han de despertar en nosotros un amor más profundo y comprometido, una fidelidad cada día más delicada en el cumplimiento de la voluntad divina.

Eso es, en último término, lo que interesa: conocer mejor a Dios y amarle sinceramente con una entrega total y gozosa a sus planes de salvación. Recordemos que estamos en Adviento, con una actitud de espera activa que se esfuerza por tenerlo todo a punto para cuando llegue el Señor. Es tiempo de purificación en el que hemos de intensificar el espíritu de oración y penitencia. Supliquemos, por tanto, a Dios que nos envíe al que ha de venir y que abra de nuevo el cielo y descienda hasta nosotros el Salvador.


6.- ¿DESOLACIÓN O ESPERANZA?

Por Javier Leoz

Necesitamos, y de una vez por todas, que el paraíso que se nos oferta o vende, lo podamos alcanzar sin más engaños ni dilación. Pero, cuando miramos a nuestro alrededor: cuánto profeta –de cuarta y de quinta- que nos hacen soñar con un olimpo tan inmenso que, cada día que pasa, sentimos que está más y más lejos.

1.- Bienvenido sea Juan Bautista. Aquel, en cuyos labios, sonaron con fuerza las Palabras del Señor: “preparad el camino”. Aquel que, no teniendo nada, poseía lo más importante para seguir adelante: ilusión, esperanza e ideales. Sabía que, aquello que anunciaba, estaba a punto de cumplirse. Su persuasión, intuición, radicalidad, capacidad, sobriedad y penitencia habían merecido la pena. Disfrutaba avanzando por los caminos del Señor y, además, gozaba siendo guía de los hombres y mujeres que querían encontrarse con el Salvador. ¿Qué era un tanto extraño? ¡Qué hombre de Dios no es un poco o un tanto original!

2. - Bienvenido sea Juan Bautista. El que no se andaba con componendas. Aquel que, sabiendo lo qué predicaba, sabía muy bien que se la jugaba. Dio testimonio de palabra y de obra. No se conformó con frases más o menos sueltas, más o menos sonantes. Su vida fue un clamor en medio del desierto. Quería corazones bien dispuestos para Dios. Pretendía ojos que vieran la salvación del Señor. Y, si alguno quería verlo y escucharlo, en el desierto es donde se mejor se le encontraba. Juan huía del ruido de la ciudad. De todo aquel montaje que los hombres se habían construido. Lo que ofrecía era puerto seguro: ¡Dios era la salvación!

En el Adviento, la voz de Juan, da sonido y sentido a la Palabra. ¡Ya sabemos que él no era la Palabra! Pero, con Juan, esa Palabra se acoge mejor. Sabemos cómo y dónde sembrarla. Con él, con Juan, todos estamos llamados a ser testigos de la misión del Señor. A preparar sendas y cañadas para que, el mundo, pueda abrirse a Dios.

3. - Ante la Navidad podemos escoger dos caminos. El de la esperanza o el de la desolación. El de la esperanza es aquel que cultiva a Dios en el fondo de cada persona. El horizonte que necesitamos para mirar con más luz y hasta para trabajar con más ilusión. La esperanza, a un cristiano, es lo que el aceite a un motor: precisamos de ella para que todo nuestro engranaje cristiano, lejos de chirriar, siga estando vivo y operativo hasta el día en el que el Señor se presente ante nosotros.

Por el contrario, el camino de la desolación, es la sombra solitaria de cada persona. La Navidad que llama a nuestra puerta, quiere de nosotros asignaturas resueltas o frutos que son consecuencia de la verdad de nuestra fe. ¡Cuánta desolación fruto del hombre que se empeña en progresar y pensar al margen de Dios! ¡Cuántas soledades consecuencias del cerrazón del ser humano a un Dios que viene humanado!

Que el Señor, en domingo de adviento, nos ayude a rectificar aquellos senderos que están un tanto retorcidos en nuestra forma de pensar, vivir o existir.

Que el Señor, en este tiempo de adviento, nos ayude a reformar aquellos puntos que sean necesarios para que, cuando el venga, podamos presentarle un edificio espiritual irrefutable, limpio, convertido y volcado totalmente a su voluntad.

4.- TÚ TIENES PROMESAS VERDADERAS

¡Ven, Señor, y no tardes demasiado!

Estamos cansados de tantas promesas falsas

A cada momento nos asaltan dudas,

incertidumbres, fracasos, bofetadas,

traiciones, desencuentros, engaños.

¡Ven, Señor, no te demores!

Pensamos haber atinado el futuro,

y estamos inmersos en constantes fracasos.

Creemos ser portadores de humanidad,

y aniquilamos, una y otra vez,

inocentes y víctimas de nuestro vivir opulento.

¡Ven, Señor, no retrases tu llegada!

Porque, entre otras cosas, sentimos que la tiniebla

se impone con más rapidez que la misma luz,

que los engaños se disparan a más velocidad

que la verdad que pide y exige el hombre

¡Ven, Señor, y endereza nuestros caminos!

Haznos buscar un desierto en el que hablarte

Un desierto en el que encontrarte

Un desierto en el que buscarte

Un desierto en el cual poder escucharte

¡Ven, Señor, y allana nuestros senderos!

Rebaja nuestro orgullo, para conquistarte con humildad

Alisa nuestra dispersión, para quererte sólo a Ti

Pule nuestro vivir, para que tengas más cabida en él

¡Ven, Señor, y no aplaces tu vuelta!

Entre otras cosas, porque cada día que pasa,

sentimos que el mundo está más herido de muerte

si Tú le faltas por dentro

si Tú no le envías tu esperanza y tu aliento

¡Ven, Señor, y acelera tu llegada!


7.- ACEPTEMOS CON ALEGRÍA TODO LO NUEVO

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Sería bueno que desde el principio del Adviento nos dejáramos contagiar por la alegría y el sentido del cambio que nos trae este tiempo litúrgico, preparación para la Navidad. Puede parecer muy obvio lo que digo, pero lo cierto es que, en estos tiempos difíciles, podemos estar con el ánimo cerrado por todo lo malo que nos rodea y por lo desconocido que queda por llegar. Vivimos un tiempo de crisis económica muy profunda, pero también es cierto que la dificultad en sí nos trae la idea clara de que se aproxima un cambio. La sociedad parece que quiere rectificar los errores que hace solo dos o tres años han cambiado el mundo. Nos preocupa la crisis y es razonable. Mucha gente que conocemos ha perdido su trabajo y algunos, incluso, han pasado de la opulencia a la pobreza en poco menos de un par de años. El Adviento pide cambio, el Adviento provoca la meditación sobre los tiempos pasados y la búsqueda de mejores formas de vivir. Y todo ello rodeado de alegría, no se tristeza, ni de temor. Y, una vez más, quiero invocar nuestra solidaridad en unos tiempos muy difíciles. Hemos de ser agentes de alegría espiritual y material para tantos hermanos nuestros que nada tienen y que no esperan una Navidad feliz.

2.- Los relatos evangélicos nos narran con gran exactitud la conmoción que debió acontecer con el inicio de la presencia de Juan en caminos y plazas. Está claro que tenía una personalidad muy fuerte, que contagiaba a todos su inquietud y que, desde luego, lo hacía con gran fuerza. Su forma de vestir, su forma de vivir, austeridad total en contraste con una sociedad judía de entonces muy contagiada conel “buen vivir” que importaban los romanos y, sobre todo, la cultura griega totalmente actual en aquellos tiempos. La austeridad de pueblo peregrino por el desierto se había perdido. Surgía, entonces, este hombre del desierto, y se presentaba como alguien que daba de lado a una sociedad que no “casaba” con el auténtico espíritu de los padres espirituales del pueblo judío. Y, además, su singularidad estribaba en que no se anunciaba a si mismo. Era heraldo de un personaje desconocido, que estaba por venir, y que él ni siquiera conocía. Eso, sin duda, le daba mayor credibilidad, porque, en esos tiempos de una clara agitación mesiánica abundaban charlatanes y falsos profetas que, sobre todo, buscaban fama o dinero.

3.- El Evangelio de Lucas que acabamos de escuchar es breve y contenido. Da, además, una serie de precisiones históricas sobre el momento en que aparece Juan. El evangelista desea ser notario de esa presencia para los de su época y para las generaciones venideras. Nos ha dicho, asimismo, que Juan predicaba un bautismo de conversión y que empleaba las palabras del profeta Isaías para identificar su misión. “Una voz grita en el desierto…”. A nosotros, esas palabras, nos invitan a un camino de conversión, de cambio. Como decía antes, vemos que algo ha terminado y algo nuevo está por llegar y que hemos de estar preparados, con la mente abierta y el corazón dispuesto. El profeta Baruc, en la primera lectura, muestra la vuelta de los desterrados a Jerusalén, narra la misericordia de Dios con su pueblo oprimido y, además, la fuerza de Dios ayudará a mejorar los caminos, a preparar la ciudad a inundar de alegría todo el orbe después de unos tiempos malos. Desde luego, la profecía de Baruc nos ayuda a mejorar nuestra percepcióndel Adviento. Al final del mismo, con los caminos del cuerpo y del alma, mejorados asistiremos gozosos a la llegada del Niño Dios a nuestra vida y a nuestras ciudades.

3.- ¿Pero sabremos abrir las puertas de nuestras murallas personales y comunitarias a la alegría que nos ofrece Dios? Lo primero que hay que hacer es creerlo. Es decir, el Adviento no es, para nada, un tiempo de preparación para celebrar una efemérides, un importante hecho histórico. Algo así como los trabajos previos de este verano, para celebrar el vigésimo aniversario de la caída del Muro de Berlín, o los doscientos años de la independencia de los países iberoamericanos. No, claro que no. Si verdaderamente no tenemos la esperanza de que el nacimiento del Niño Dios nos vaya a cambiar, lo convertiremos en eso, en una conmemoración política. Hemos de resucitar la alegría infantil de nuestras primeras navidades conscientes, hemos de hermanarnos con el Niño del Pesebre, tal como hacíamos cuando éramos pequeños, pues, además de contagiarnos de la alegría exterior de luces, adornos, regalos y del mayor cariño que se respiraba –y el cariño saben verlo muy bien los niños—sentíamos una secreta identidad con ese bebé que reposaba sobre pajas es un pesebre.

4.- San Pablo añade, en su Carta a los Filipenses, un ingrediente que no podemos ni debemos obviar. Toda Navidad será siempre promesa y camino de que el Señor Jesús vendrá por Segunda Vez. Nuestra fe nos dice que, un día, todo acabará bien. Y que como en la profecía de Baruc todo estará preparado para recibir al Cristo que, vencedor de sus enemigos y de los nuestros, traerá la paz, la alegría y el amor que no cesan, que permanecen para siempre.

Aceptemos con alegría todo lo nuevo que se nos viene encima. Reflexionemos sobre el poco valor que tienen el miedo o la desesperanza ante lo desconocido que el tiempo nuevo nos trae. Y pongamos toda nuestra confianza en Dios que, simplemente, quiere que seamos felices.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


LOS CAMINOS DE DENTRO Y LOS DE FUERA

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Los que vivimos en países que llamamos civilizados, tenemos carreteras alquitranadas que, de cuando en cuando, hay que repasar, pues, de otra manera, los numerosos baches que se forman, dificultan el tránsito. Las brigadas de obras públicas se encargan de ello. Antiguamente los caminos eran simples sendas por terrenos rellenados en unos casos, o rebajados en otros. Las lluvias torrenciales arañaban el terreno y se llevaban las superficies que parecían firmes. El viento trasportaba arena que convertía en almohada el piso donde se hundían los pies del caminante o las ruedas de los carros. En tales circunstancias era fácil perderse y preciso por tanto rectificar el rumbo. Recuerdo que en mi última visita a Petra, la antigua ciudad nabatea, en Jordania, un hotel había organizado una cena selecta, para unas invitadas muy especiales: se trataba de mujeres alemanas que se llamaban precisamente Petra y tenían el capricho de celebrarlo allí. Para gente venida de tan lejos, y acaudaladas probablemente, debía preparárseles el terreno y de esta forma sus elegantes zapatos no se clavarían en la arena, ya que no podrían acercarse al lugar del banquete en vehículo. Los organizadores habían extendido una enorme alfombra de esparto que facilitaba el tránsito. De no ser por esta, las germánicas visitantes, todavía estarían hoy tratando de avanzar, sin conseguirlo.

2.- Situados ahora en el terreno espiritual, el interior del hombre, su corazón y su cerebro espiritual, con frecuencia esta repleto de vericuetos. Rico en contenidos, pero más complicado que el almacén de un chatarrero. Y si se avecina un momento trascendente, el hombre debe facilitar el progreso del conocimiento y convertir en agradables sus sentimientos.

Como siempre, mis queridos jóvenes lectores, os resultaré cargante con mis elucubraciones. ¡con lo fácil que es decir que el Señor quiere aproximarse a nosotros, o acercarse más de lo que está! Bueno, pues, sin pretenderlo, ya os he dicho con simplicidad, lo que pretendía.

3.- Seguramente sabréis que, en la actualidad, existen diversas formas de calcular el tiempo. Cuando voy a Tierra Santa, veo en las sacristías, unos calendarios muy curiosos. Cada día está encabezado por la cifra llamada gregoriana, la de Occidente, después viene la Juliana, propia de países del Oriente europeo, más abajo la Copta, después la Musulmana, al final la Hebrea. Aunque os parezca complicado lo que os digo, mucho más difícil era el cálculo del tiempo en la antigüedad. Se debía referir a épocas de reyes o emperadores, y a la duración de su dominio. Así que para situar un acontecimiento era necesario estar enterado de la historia local. La cosa, a veces, resultaba un embrollo. Ahora bien, si se trataba de un acontecimiento importante, era preciso situarlo con exactitud. Es lo que hace el evangelista en el fragmento que se lee en la misa de hoy. Que un hombre llamado Juan, nacido de Zacarías e Isabel, encerrado solitario en el desierto durante bastantes años, se decidiera a salir de él, encaminarse a la cuenca del Jordán y ponerse a predicar proféticamente, era un hecho digno de señalar con detalle inconfundible. De aquí el guirigay de datos que nada os dirán a vosotros, pero que nos aseguran que lo que nos va a contar el escritor, no es algo que ocurrió en “el tiempo de maría castaña”, o sea, pura imaginación, que nunca acontecido. Debéis saber, que Juan se hizo, por aquel entonces, mucho más importante y conocido que Jesús, de aquí la necesidad de precisar la fecha.

4.- Si nuestro personaje era importante, mucho más lo era el contenido de su lenguaje. Tan importante que aun es útil hoy. Hay que limpiar el interior del corazón. Hay que abrir sendas espirituales por las que pueda penetrar el Señor.

Si lo conseguimos, lograremos ver la salvación de Dios. Cosa que es mucho más importante que vislumbrar el final de la actual crisis económica, que ahuyentar los males del cambio climático o lograr vacuna para todas las gripes.

--Lo primero que debemos plantearnos, es si reconocemos nuestros errores, nuestro mal obrar, nuestras ignorancias culpables.

--Lo segundo, es recapacitar si queremos corregirnos.

--Lo tercero, estudiar la estrategia a seguir para conseguirlo.

--Se trata, no lo olvidéis, de la preparación de la Navidad, de la navidad que debemos celebrar en nuestro interior.

Los comercios hace unos días que ya exhiben lo que quieren que les compremos. Las calles se adornan para que el tránsito por ellas sea placentero. Las empresas de edición nos ofrecen sus postales…

5.- La Navidad es una realidad cristiana que no podemos dejarnos arrebatar u ofuscar, ya que el Señor está cerca. El Señor que se nos ofrece en la Eucaristía, el que quiere impregnar nuestras relaciones personales, el que anima nuestro espíritu adormecido o desanimado. El protagonista de la fiesta litúrgica que se avecina. No nos olvidemos de lo que es fundamental. Que cada uno examine lo que falta en las veredas de su corazón y lo corrija.