LA ORACION DE Y CON JESUCRISTO

LIBRO DE LA SABIDURÍA: LO QUE AGRADA A DIOS

POR ANTONIO PAVÍA, MISIONERO COMBONIANO

“Pues ella todo lo sabe y entiende. Ella mediará prudentemente en mis obras (Sb 9, 11a).

La Sabiduría conoce qué es lo que realmente agrada a Dios, lo que hace que sus obras sean según su corazón. A la luz de este principio, nos es fácil ver en Jesucristo la personificación de la Sabiduría de Dios. El mantuvo siempre su voluntad unida a la del Padre, lo que hizo que todos sus actos fueran siempre de su agrado: “El que me ha enviado está conmigo: no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada a él” (Jn 8,29).

Una y otra vez hemos disertado acerca de la identificación de la Sabiduría increada con el Hijo de Dios, apoyándonos en los testimonios de los santos Padres de la Iglesia quienes, a su vez, bebían el Agua Viva de la fuente de la Palabra de Dios. Ahora vamos a ver una vez más cómo los discípulos de Jesús de todos los tiempos están ya profetizados en el Antiguo Testamento. Se habla de ellos como los que son conducidos por el futuro Mesías hacia la fuente de la Sabiduría. Gracias a ella recibirán la fortaleza y el discernimiento para agradar a Dios. Es tal la complacencia, que Dios mismo permanece con ellos en todas sus empresas.

Isaías, cuyas profecías acerca del Mesías están revestidas de una belleza y profundidad extraordinaria, nos lo presenta, en el texto que vamos a citar a continuación, como el enviado del Padre para abrir los ojos de los suyos. a fin de que puedan aventurarse por caminos desconocidos. La calidad de sus ojos hace que estos caminos se conviertan en familiares y luminosos: “Haré andar a los ciegos por un camino que no conocían, por senderos que no conocían los encaminaré. Trocaré delante de ellos la tiniebla en luz y lo tortuoso en llano...” (Is 42,16).

Ciegos, abatidos y desorientados están sus discípulos aquella noche de la última Cena, mientras les anuncia que va al Padre y que les preparará una morada. Y, en el colmo de su incertidumbre, les dice que a donde va ya saben cuál es el camino (Jn 14,2-,4). Ante este anuncio, los comensales llegan al límite de su confusión y perplejidad. ¿Qué es eso de que va al Padre y de que no nos preocupemos de su marcha ya que da por sentado que conocemos el camino?

El desconcierto es total que un halo de incredulidad se adueña de todos ellos. Da la impresión de que no quedan signos ni referencia alguna que les mueva a seguir con El. En el punto más álgido de la tempestad que se cierne sobre el grupo, uno de ellos. Tomás, como tomando aliento, se atreve a preguntarle: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?” (Jn 14,5).

La respuesta de Jesús es inmediata, diáfana y, además, revela el amor inmensurable que tenía hacia aquellos que le habían acompañado hasta entonces. Como si les susurrara uno a uno al oído, les dice: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí”.

Las palabras de Jesús a Tomás, a estos hombres, abren miles de focos de luz en sus corazones amortajados y huérfanos. En ellas convergen multitud de profecías que anunciaban, de una y otra forma, al Mesías como el Pastor enviado por Yahvé para conducir a la humanidad a su plenitud. Al mismo tiempo saca a la luz lo que podríamos llamar la fe adulta, la que realmente agrada al Padre. No les dice el camino es éste o aquél, para que nadie se convierta en señor de su caminar. Cuando digo señor, me refiero a los que dominan la situación marcando el ritmo de sus pasos en lo que se refiere a la búsqueda de Dios.

Efectivamente, no, no dice el camino es éste o aquél, sino ‘el Camino soy Yo”. Recordemos que “Yo soy” es el nombre con que su Padre se dio a conocer a Moisés: “Dijo Moisés a Dios... Cuando me pregunten los israelitas: ¿Cuál es su nombre?, ¿qué le responderé? Dijo Dios a Moisés: “Yo soy el que soy”. Y añadió: “Así dirás a los israelitas: Yo soy me ha enviado a vosotros” (Ex 3,13-14).

Yo soy el Camino, no lo busquéis fuera de mí. Si me amáis, si creéis en mí, de mí os habéis de fiar. El único signo que necesitáis es éste: Yo soy. Esta misma noche seré llevado a juicio y conducido a muerte. Si no la venzo, si no resucito, todo habrá sido un sueño, una ilusión, una locura. Pero si resucito, mi “Yo soy” es verdad, y verdad también es que soy vuestro Camino al Padre.

El Señor Jesús resucitó, tal y como repetidamente lo había anunciado a los apóstoles. Vencedor de toda ignominia y malicia que Satanás ha inoculado en el corazón del hombre, nos dejó en su Evangelio sus huellas, las que le llevaron hacia su Padre, cumpliendo así su promesa de no dejarnos huérfanos y de estar con nosotros todos los días que dure nuestro caminar (Mt 28,20).