LA CONVERSIÓN EN ADVIENTO

Por Ángel Gómez Escorial

Siempre que se espera –o llega—el tiempo de Adviento yo espero avanzar en mi conversión. Resolver problemas, limar asperezas, hasta mejorar de carácter. Y cuando llega el Tercer Domingo de Adviento siempre, también, me pasa lo mismo. Quiero teorizar para mis lectores sobre ese hecho. Y es curioso que aunque quiera escribir ex novo, siempre termino en derroteros ya trazados. Y es que, en realidad, siempre he creído que la lectura de experiencias anteriores, o de otros, al respecto de la conversión, son útiles. Lo más importante, hoy por hoy, es que comprender que nos queda poco más de una semana de Adviento. Y que hemos de aprovechar nuestro tiempo para completar nuestra tarea. Sirvan, pues, unas cuantas nociones mías de ese tiempo de cambio que, sin duda, nos lleva a Dios.

MUCHAS SORPRESAS

El camino de conversión va deparando muchas sorpresas. Una de ellas, de muy primera hora, es cuando que descubrimos que Dios no ha elegido, que nos ama, nos conoce y nos llama por nuestro nombre. Hasta entonces muchos habíamos pensado que éramos nosotros los únicos obligados a amar a Dios y a que a partir de ahí, Él nos haría caso. Pero al descubrir esa predilección por nosotros –con la misma fuerza en la forma colectiva que en su efecto personal—nos llena de estupor. Y, sin embargo, la Revelación que nos trae Cristo es precisamente esa: la condición de Padre cariñoso que el Señor Dios ejerce con sus criaturas. Su amor no es dispensado en dosis impersonales lanzadas de arriba abajo y con destinatarios anónimos. Nos llega uno a uno. El envío va perfectamente personalizado como su fuera un sobre en el que se indicara nuestro nombre, edad, situación, anhelos, personalidad, etc. Esto es, sin duda, un descubrimiento.

Luego llega otra idea “terrible”: Dios forma parte de nosotros. Tiene su refugio en nuestra alma. Y es posible llegar a Él sin ir a parte alguna. Sólo mirando en nuestro interior. Y también ahora la sorpresa es enorme, porque nuestra idea es que Dios está en otro lugar, es otra cosa, otra persona. Podíamos pensar que al ser todo de Dios, parte de nuestra naturaleza tendría algo del Dios, como lo tiene toda nuestra naturaleza. Además, en el Génesis se dice que Dios quiso crearnos a su imagen y semejanza. Por tanto, la similitud es posible, pero la presencia interior parece imposible e inapropiada. Han sido los místicos –y, sobre todo, San Juan de la Cruz y Santa Teresa—quienes, a nuestro juicio, mejor han explicado esa presencia divina. En estos días que celebramos la fiesta de San Juan de la Cruz –ver el magnífico reportaje del Padre Martí Ballester en esta misma página—en “Cántico Espiritual” el santo alude a ese Dios escondido que está en nuestro interior y que se esconde para que vayamos a buscarle. En ese sublime juego del escondite reside, pues, un camino de relación entre el hombre y Dios. Pero la cuestión central es que está en nosotros, a nuestro lado, en nuestro interior. Y ello, de solo pensarlo, da vértigo.

DIOS EN NUESTRO INTERIOR

El descubrimiento y goce de Dios es nuestro interior ha de marcar ese otro episodio fundamental de nuestra conversión. Y no es fácil, porque, tal vez, nuestro miedo o nuestro egoísmo no deseen esa presencia y ese abocamiento a estar en Dios, con Dios y para Dios. Una cosa es adorarle en la distancia, servirle mejor o peor en la lejanía, que admitir que está dentro de nosotros, de todos y cada uno de nosotros. Nos cuesta trabajo admitirlo y mucho más sentirlo. Pero atemos cabos. Sabemos que el Espíritu Santo, Dios verdadero y Segunda Persona de la Trinidad Santa, está en nosotros. Llegó con el Bautismo y la Confirmación. Debemos pues centrar nuestro camino en la presencia interior del Dulce Huésped del Alma.

Santa Teresa, en las Moradas, habla de un bellísimo castillo, todo de cristal o de diamante purísimo en nuestro interior. Y que en esas moradas está Dios y se manifiesta cada vez de manera más evidente. Será la oración la que nos muestre y nos “aclare” en el cristal la imagen divina. Y la santa de Ávila dice que la oración sólo se puede perfeccionar por el amor. Será nuestro amor a Dios, lo que nos enseñe a dialogar con eficacia con Él. Y no tanto un entrenamiento de nuestra voluntad y nuestras facultades.

HUMILDAD Y ALEGRÍA

Si no somos humildes difícilmente nos podemos convertir. Si no nos desatemos de nuestros excesos culturales o “técnicos” nunca llegaremos a ver a Dios. Si pensamos que, en estos tiempos de sublimación de la ciencia, esperar algo que no se pueda demostrar es absurdo o hasta estúpido, no conseguiremos nada. Y una pregunta: ¿no se puede demostrar? ¿No arde nuestro corazón, a veces, como les ocurría a los discípulos de Emaús? ¿Y, asimismo, no entra en nuestro corazón una enorme alegría cuando pensamos que Dios está cerca y nos espera, hecho Niño, en Belén? Abramos nuestro corazón a la alegría, sin poner condiciones a lo que pueda ocurrirnos. Así, Dios vendrá a nosotros.