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LA ORACIÓN DE Y CON JESUCRISTO LIBRO DE LA SABIDURÍA: YO OS ASISTIRÉ “Y me protegerá con su gloria “(Sb 9, 11b). En el texto anterior vimos que la Sabiduría se encarna en el Mesías y también en sus discípulos, y que por ello sus obran son del agrado de Dios. De ahí la función de guía y conductor de la que es revestido el Hijo de Dios, y por la que es constituido como Buen Pastor para toda la humanidad. En el texto actual, y continuando con esta figura de Jesús, vemos que su misión de guiar al hombre hacia el Padre, se desdobla en solicitudes que llamaremos de cuidado y protección. Necesitamos estas solicitudes ya que las asechanzas de Satanás contra los que emprenden este camino de fe son continuas, tal y corno nos advierte el apóstol Pedro: “Sed sobrios y velad. Vuestro adversario, el Diablo, ronda como león rugiente, buscando a quién devorar” (1 P 5,8). Es un caminar bajo su gloria y poder que nos recuerda el peregrinar de Israel por el desierto, siempre expuesto a todo tipo de peligros y desmayos. Justamente el libro del Éxodo, que nana la salida de Israel de Egipto y su marcha gloriosa por el desierto, termina con un reconocimiento agradecido a Yahvé, su protector. El mismo, con su gloria y su poder, en forma de Nube acompañó todos sus pasos: “En todas las marchas, cuando la Nube se elevaba de encima de la Morada, los israelitas levantaban el campamento. Pero si la Nube no se elevaba, ellos no levantaban el campamento, en espera del día en que se elevara... Así sucedía en todas sus marchas” (Ex 40,36-38). La protección, no sólo desde lo alto sino también en medio de ellos, que experimentaban los israelitas a lo largo de sus jornadas por el desierto, culmina, como sabemos, con la conquista de la tierra prometida. Todo ello es imagen y figura de una realidad mucho más completa. Es un preanuncio profético de la asistencia y compañía que el Señor Jesús brinda a sus discípulos en su caminar hacia el Padre. Caminar que culmina con la consiguiente toma de posesión de la Morada preparada por el Hijo para nosotros. Respecto a esta Morada que, como ya hemos dicho, es una propiedad que por obra de Jesús nos pertenecerá más allá de nuestra muerte, nos apoyamos en las mismas palabras del Hijo de Dios. Es el Evangelio del Señor Jesús quien da autoridad a esta bellísima noticia que acabarnos de anunciar. En la noche de su pasión, Jesús dice a sus discípulos que va al Padre para prepararles una mansión: “En la casa de mi Padre hay muchas mansiones, si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar. Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros” (Jn 14,2-3). En cuanto a su estar con nosotros protegiéndonos en nuestro propio éxodo, podemos remitirnos a la promesa que hace a sus discípulos antes de subir al Padre, promesa que, por la naturaleza propia del Evangelio, es universal. Les envía por todo el mundo con una promesa incomparable: ¡No estáis solos, yo estoy con vosotros! ¡No vais solos en vuestro éxodo a lo largo y ancho del mundo, voy yo con vosotros! “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,19-20). No son estas palabras algo más o menos pío para recordar de vez en cuando así como de pasada. Son palabras esenciales para nuestra fe. Sin la continua asistencia y compañía del Señor Resucitado es imposible dar testimonio de El en el mundo, ya que éste odia a muerte tanto al Hijo de Dios como a sus discípulos: “Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo, pero, como no sois del mundo, porque yo al elegiros os he sacado del mundo, por eso os odia el mundo” (Jn 15,18-19). Los apóstoles obedecieron a su Señor. Apenas fueron visitados por el Espíritu Santo y colmados de sus dones, tal y como les había prometido, se rompieron todos las ataduras que les atenazaban. Salieron a testimoniarle en un mundo hostil. Hostil que lo fue, que lo es y que lo será. Obedecieron, y sus miedos dieron paso a montañas de fortaleza y esperanza. Sabiéndose acompañados por El, a El recurrían para poder seguir anunciándole como único Salvador. Alguien podrá argumentar dónde quedó la protección de Dios sobre los primeros apóstoles siendo así que todos ellos, excepto Juan, derramaron su sangre a causa de su testimonio. Es cierto, derramaron su sangre, pero sólo cuando Dios lo quiso, cuando a causa de su fe y amor ya eran más ciudadanos del cielo que de la tierra. Además, en todo su proceso de evolución y madurez, no dejaron de sentir que el Señor Jesús estaba con ellos sosteniéndoles.
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