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TALLER DE ORACIÓN ADVIENTO: UN SÍ A LA ALEGRÍA Por Julia Merodio
Cantando la alegría de vivir, vayamos al encuentro del Señor; con ofrendas de paz y de esperanza, abramos, al misterio, el corazón.
La tercera semana de Adviento está envuelta por la alegría y no podía ser de otra manera. Si la primera semana se nos solicitaba estar despiertos, para tomar conciencia de los lados oscuros, que todavía acompañaban nuestra vida; y la segunda se nos invitaba a sanarlos, no nos queda más remedio que desembocar en la alegría que supone la sanación. Una alegría profunda que hace que el cristiano se distinga, como alguien que ha puesto su confianza en el Señor y espera su llegada desde lo profundo de su corazón. Porque, lo queramos o no, cuando Dios llega y se inserta en nuestra vida el gozo y el amor surgen a borbotones; no tenemos nada más que acercarnos a todas esas personas que optaron por el Señor, entre las que se encuentran los Santos, para ver plasmada esta realidad; es el cambio de vida que produce el encuentro con Cristo. CON UN CORAZÓN ALEGRE Desde el primer momento, en el que Dios tiene contacto con el ser humano, nos damos cuenta de que, en lo único en que piensa es: en crearlo feliz, en hacer que viva con gozo y alegría. Para ello le hace el más preciado regalo que pudiésemos pensar: le regala, además de la vida, la creación salida de sus manos esa de la que leemos: “Y vio Dios, que todo era bueno…” Ahí puso al ser humano, en medio de todo el universo como dueño de aquella obra maravillosa salida de su poder y su amor. Además Dios, lo dota de entendimiento e inteligencia para que sepa apreciarla y le da un corazón para que pueda sentirla y amarla; porque el Señor quería que ese ser que había creado llevase implícita la alegría y el gozo que le produjesen la felicidad. Estas cualidades, hacen que la persona humana se sienta dichosa cuando entra en armonía con la naturaleza y en comunión con el hermano, es algo que ha pasado en todos los tiempos; antes de que Jesús viniese a la tierra, allá en el Antiguo Testamento, ya encontramos hombres y mujeres disponibles, llenos de esa luz interior que les hacía caminar hacia el Dios desconocido, del Antiguo Testamento, experimentando la alegría que proporciona el encuentro con el Absoluto. Pero la inmensa mayoría viven la opresión y la desolación; huyendo para encontrar una vida más digna entre las mayores dificultades, por un desierto que los deja desolados; sin recursos, sin comida para saciar el hambre que los devasta… Y a punto de abandonar todo, pero sin saber donde ir. En busca de la liberación, se encuentran en una cautividad que los aplasta. Juan Bautista, el precursor, personaje anterior al nacimiento de Jesús, aparecido en la liturgia del domingo pasado, viene a anunciarles a ellos y a nosotros, la Buena Noticia, esa noticia que llenaría de alegría al mundo. Es verdad que la alegría que nosotros podemos tener es frágil y quebradiza y que muchas veces hemos oído decir que: “no hay alegría completa” pero a nadie se nos pide imposibles, nuestra finitud siempre nos separará de ese deseo completo que tenemos de felicidad y alegría, pero nos proporcionará el gozo de sentirnos salvados por el Señor. Nadie queda excluido de esa alegría, es el gran gozo que anunciará el Ángel la noche de Navidad y lo será para todo el pueblo: tanto para ese pueblo de Israel, que tanto ansiaba la llegada del Salvador, como para todo el pueblo; ese pueblo innumerable de todos los que al trascurrir de los tiempos acojamos el mensaje y nos esforcemos por vivirlo. LA SOCIEDAD TECNOLÓGICA Creíamos que toda esa situación, después de tantos años, estaría superada, pero se da la paradoja de que, en el momento actual la gente está más apesadumbrada que en otras ocasiones. La sociedad tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de placer pero le resulta difícil hacer llegar a las personas la alegría. Posiblemente ha olvidado donde tiene el origen y buscándola donde no está: en el confort, en el dinero, en la seguridad… solamente, encuentra tedio, aflicción y tristeza, para desgracia de tantos como solamente confían en sí mismos. ¿Será que la gente, en especial los que tienen la responsabilidad, se sienten impotentes de dominar el progreso industrial y la planificación de una sociedad más humana? ¿Será que ante ese porvenir incierto que nos espera nos echamos para atrás? ¿Será que vemos a la sociedad demasiado amenazada? ¿O se tratará más bien de sed de amor y vacío difícil de llenar? No tenemos nada más que abrir los ojos, para que se nos llenen de sufrimientos físicos y morales: opresión de la gente, parados en la fina de Cáritas, víctimas de atracos y violaciones, personas desplazadas, hundidas despechadas… Pero hemos de ser conscientes de que esto, quizá no sea lo más arduo, lo nuclear está en que los problemas se abordan con un espíritu alejado de Dios, salido de su cauce; un espíritu endurecido e indiferente que no conoce la alegría y pretende que los demás también la ignoren. La causa está presente: los entendidos, dicen que todavía no empezaremos a mejorar y los hechos lo demuestran: ¿Quién no conoce a alguien que haya perdido el trabajo? ¿Quién no tiene cerca familias que no llegan a fin de mes? Pero eso no tiene demasiada importancia, lo más importante es “quitar los crucifijos de sitios visibles” Y yo me pregunto: ¿Tiene todo esto algún viso de alegría? Dicen los analistas que la cosa no mejorará, pero nosotros seguimos abordando leyes absurdas que destruyen y matan; sin embargo, en medio de tanta incertidumbre y tanto dolor la Palabra de Dios nos dice que estemos alegres: • ¿No llevará razón? • ¿No será que, en los momentos duros de la vida, es cuando tenemos que plantearnos esta realidad? • ¿No será que el dolor y la alegría pueden convivir juntos? • ¿Acaso es, de una alegría diferente a la nuestra, de la que nos habla el evangelio? EL QUE AMA CONOCE LA ALEGRÍA Unas palabras, realmente certeras, dicen que “el último fundamento de la alegría es el amor; y que como Dios ama, es capaz de reír” Creo que será difícil encontrar una frase más cierta. ¿No será que nosotros no reímos porque fallamos en el amor? El amor, es la lleve que, puede abrir lo recóndito del corazón humano. Si la sociedad fuese capaz de respira amor, aparecería dentro de ella un clima de tranquilidad, de seguridad, de serenidad, que inundaría a todos sus miembros; y no es que los problemas se eludiesen, ni que los conflictos desaparecieran, simplemente es, que esas lóbregas complicaciones, se verían con realismo y esperanza y se trabajaría para que mejorasen, porque el rayo de luz siempre está allí, en el horizonte y al respirar amor, las personas, no podríamos hacer otra cosa que sonreír. Esta manera de vivir en el amor y la confianza, nos repetirían una y otra vez, que Dios es el Señor de la historia y que Él maneja los hilos de nuestra vida con habilidad y perfección. Y esto, lejos de lo que la gente pueda pensar, no nos hace estar ajenos a la realidad. Lo tenemos presente; miremos al lado que miremos observamos que el mundo va mal. Que el espíritu del mal se va apoderando de nuestra tierra y que la gente no es capaz, de tomar conciencia, de que el mal siempre destruye. Pero ignoran que el espíritu del mal, lleva a la persona a dudar de Dios, a pensar que Él no tiene nada que ver en nuestra vida y que nuestro proceder lo deja indiferente, llevándonos a vivir huyendo de él. Eso, aunque la gente no quiera verlo nos va minando; porque lo mismo que un cuerpo, que no se alimenta, va muriendo lentamente; el alma también puede morir por inanición. La interioridad de la persona se va secando, el corazón se nos va endureciendo y entramos en una dinámica de destrucción indescriptible, que nos lleva a caminar deprimidos, miedosos y tristes. Lo vemos día a día; es sorprendente el número de familias que fracasan; que viven desunidas, rotas; poco a poco se van disgregando, llevando este deterioro a una situación de desconcierto para los hijos, que no tienen trabajo, que vagan sin rumbo, que han perdido la ilusión; encontramos la desprotección para jóvenes gestantes y los medios que se brindan para dar facilidades a la destrucción de bebés no nacidos. Porque el desamor siempre destruye, el desamor arrasa los valores y la acogida; el desamor asola la alegría y el gozo. LA ALEGRÍA Y EL SACERDOTE Todos habréis oído decir que “un santo triste, es un triste santo” y quizá hoy nos venga bien para aplicarla a los sacerdotes: un sacerdote triste posiblemente será un triste sacerdote y es realmente cierto, nadie da lo que no tiene y si él no tiene alegría ¿cómo podrá llevarla a los demás? Dios que siempre está alerta a los problemas de sus hijos; Dios el dueño y creador de la alegría quiere venir un año más a traérnosla y lo hace con hechos palpables. Él viene a salvarnos de tantas cosas como nos asolan, viene a darnos fortaleza en estos tiempos difíciles, viene a trastocar nuestra escala de valores y a alertarnos de lo confundidos que estamos a la hora de buscar la verdadera alegría. Por eso nos trae la Salvación, para que la encontremos en ella. Una salvación, que cuando se experimenta, ya no se puede guardar. La persona, y más el sacerdote, percibe que hay que irradiarla, difundirla, divulgarla… El mundo entero tiene que saber que, el mismo Dios, puso su vida a nuestro servicio, haciéndose uno de nosotros; pasando por nuestras penurias, sufriendo nuestros fracasos y esto no deja de ser así, por mucho que la gente siga su ritmo y no quiera tomar conciencia de ello. Dios quiere darnos, una vez más su lección magistral de humanidad; Él mismo se hace humano y “humanizante”, aunque el mundo no quiera acogerlo. No puede estar más claro, cuanto más se aleja la sociedad de Dios, más difícil le resulta reír y casi imposible alegrarse. Huye de la luz y la oscuridad la invade. Rechaza mirar de frente la vida y solamente ve señales de muerte. Se cierra en su tristeza y se pierde la placidez de alegrarse. Es el, poco a poco, de la vida; parece imperceptible pero se va adueñando de la situación. EN ORACIÓN ANTE EL SEÑOR: Podría ser este, un buen momento, para revisar como vamos de alegría, ya que ese será el termómetro que mida nuestro amor. Así nos preguntaremos: -Cuando miro mi realidad ¿Afloran en mí sentimientos de alegría? -¿En qué aspectos de mi vida, surge el regocijo del deber bien hecho? -¿Cómo acepto en que, a veces, no logre encontrar sentimientos de satisfacción, cuando hago las cosas con empeño? Estamos ante el Señor que vuelve a salvarnos, vamos a poner todo de nuestra parte para recibirlo como merece: • Juntos, nos abriremos al amor de Dios y del hermano. • Procuraremos alimentarnos con su Palabra de Vida. • Ofreceremos a los demás un servicio desinteresado. • Nos brindaremos nuestros dones, unos a otros. • Intentaremos hacer oración unidos. • Y dejaremos que sea Dios, el que presida nuestra vida; sabiendo que la alegría está • En Dios y la alegría es Dios; precisamente por ella se hizo todo lo que Dios nos ha regalado.
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