CARTA URGENTE AL NIÑO JESÚS Por Ángel Gómez Escorial Querido Niño Jesús: Terminaba yo mi editorial de hoy, sobre la necesidad de ayudar a los más pobres, con la idea de que, el premio de los hermanos generosos, será una amplia sonrisa tuya de niño pequeño, de bebé contento, desde el pesebre del Portal de Belén. Y sabes, cuando se me ha ocurrido la idea y me proponía escribirla he llorado un poco y he sentido una gran emoción. La Navidad, Niño Mío, nos hace más niños, más alegres, más buenos. Y es que el hecho de que un Dios único y todopoderoso se abaje hasta convertirse en un niño pequeño, recién nacido, es algo que emociona por grande e inaudito, de un lado; y por sencillo y hermoso, por otro. Sinceramente creo, Niño Mío, que no hay escena más fuerte y más potente en tu historia de Hombre Dios, sobre la Tierra. No limito, ni hago de menos, ese hecho terrible, generoso y misericordioso de tu Muerte en Cruz. Pero tu Nacimiento y tu vida de Hombre, igual que la nuestra salvo en el pecado, tiene un punto de enorme grandeza y sencillez como tu presencia, pequeño y desvalido, en el Portal de Belén, junto a dos jóvenes –tus padres—como nosotros, pobres y alegres, María y José. Como Dios que eres podrías haber consumado tu presencia en la Tierra como hubieras querido. Podrías haber sido un Titán, fuerte y entregado, que, obviamente, también, podría haber muerto por la maldad de todos. Podrías haber aceptado el papel que te tenían escrito desde hacia tiempo los fieles judíos: eras su esperanza de liberación temporal, de gran fuerza y poder, pero con poco amor. Pero no. Tú elegiste a la mujer más bella y virtuosa para que fuera tu Madre. Y era pobre. Tenía un esposo muy parecido a ella: pobre, santo, humilde y alegre. Y así en pobreza, en santidad, en humildad y alegría se personó el Espíritu Santo en María. Y así, también, tu naciste alegre, humilde, santo y pobre. Y es tu sonrisa de bebé lo que nos mueve a seguir, a ser mejores, a ayudar a los demás, a perder –al menos en una noche—nuestros miedos y egoísmos. Se hará un silencio cósmico, largo y denso, en la noche de la Nochebuena. La creación entera va a esperar tu llegada… y, en un momento dado, la alegría de todos, de hombres y de ángeles, de estrellas y mujeres, de vientos y músicas, completará la gran sinfonía del amor de Dios por sus criaturas: Dios ha nacido, y desde el portal de Belén, nos obsequia una sonrisa. No queremos más. ¡Ven, no tardes! ¡Te esperamos!
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