LA ORACIÓN DE Y CON JESUCRISTO

LIBRO DE LA SABIDURÍA: OBRAS DE JUSTICIA
Por Antonio PavÍa. Misionero Comboniano.

“Entonces mis obras serán aceptables, juzgaré a tu pueblo con justicia y seré digno del trono de mi padre” (Sb 9,12).

La reflexión del monarca nos lleva de forma inevitable a formulamos una pregunta fundamental para todo hombre que se relaciona con Dios: ¿Estoy agradando a Dios con mi forma de actuar? ¿Estoy verdaderamente haciendo su voluntad? Estas y parecidas preguntas deberían estar con frecuencia en nuestro corazón y labios, pues contienen implícitamente la súplica y petición de la Sabiduría que nace de lo alto. Sólo desde ella es posible para el hombre actuar según Dios y, por consiguiente, también la de hacer las obras que son de su agrado. De ahí que Salomón le suplique su asistencia para que pueda actuar según sus deseos.

El profeta Baruc señala que una de las prerrogativas más excelentes que Dios ha concedido a su pueblo es la de haberle dotado de un espíritu de sabiduría que no posee ningún otro pueblo de la tierra. No estamos diciendo que Israel sea más culto. No hay la menor duda de que otras naciones de la antigüedad vieron nacer en su seno sabios, filósofos, astrónomos, etc. mucho más ilustres. Israel, sin embargo, ha recibido esta sabiduría que es en definitiva un espíritu especial de discernimiento que ilumina sus corazones en orden a agradar a Dios: “Ella es el libro de los preceptos de Dios, la Ley que subsiste eternamente: todos los que la retienen alcanzarán la vida, mas los que la abandonan morirán. Vuelve, Israel, y abrázala..., Felices somos, Israel, pues lo que agrada al Señor se nos ha revelado” (Ba 4,1-4).

Conocer lo que agrada a Dios, conocerlo y amarlo con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas para que, de forma natural, se pueda dar el paso entre el conocimiento y las obras, es decir, para obedecer sin traumas. Israel recibió este don que alcanzó su plenitud de cumplimiento en nuestro Señor Jesucristo. Plenitud que se hace patente cuando, ante el cumplimiento de la voluntad del Padre que contemplaba su pasión redentora, sobreponiéndose al natural abatimiento que provoca la injusticia y la muerte, fue capaz de decir “el que me ha enviado está conmigo: no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada a él” (Jn 8,29).

Jesucristo: Dios y hombre verdadero, cuya vida es del agrado de Dios. No es un agrado con tintes serviles, aquel que procede del sometimiento. Es un agrado de amor y comunión. En el Hijo de Dios, en El que es la Palabra, es engendrado el hombre nuevo. San Pablo puntualiza este acontecimiento salvífico para el hombre y le da un nombre, lo llama nuestra nueva creación en Cristo: “El que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo. Y todo proviene de Dios, que nos reconcilié consigo por Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación” (2 Co 5,17-18).

El hombre creado en Jesucristo, engendrado por su Palabra, -como nos dicen Juan, Pedro y multitud de santos Padres de la iglesia- está capacitado para hacer obras que agradan a Dios, y también para hacer de su vida un culto espiritual. Está especialmente dotado por el Espíritu para distinguir lo bueno, lo agradable, lo perfecto..., lo que es conforme a la voluntad de Dios. Escuchemos al apóstol Pablo: “Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual... Transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno. Lo agradable, lo perfecto” (Rm 12,1-2).

El hombre puede llegar a hacer la voluntad de Dios porque, gracias a Jesucristo y a su santo Evangelio, va poco a poco aprendiendo a dejar de mirarse a si mismo, es decir, a sus intereses, y, como el águila que no pierde de vista su presa, es llevado a fijar sus ojos en Dios. En este continuo ejercicio de lanzar sus ojos a lo alto va aprendiendo que hacer la voluntad de Dios redunda en su propio bien. El hecho es que es justamente su propio bien lo único que Dios busca cuando nos invita a hacer su voluntad.

Este continuo hacer de Dios al servicio de los hombres cuando éstos elevan sus ojos hacia El, les permiten aplastar sus propios intereses. Buena experiencia de esto tienen sus discípulos. Oigamos, por ejemplo, la exhortación, cargada de apremio, que Pablo hace a los discípulos de Colosas a fin de que busquen los bienes que nacen de lo alto: “Así pues, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios” (Col 3,1-3).

Como ya he señalado, son muchos los textos de los apóstoles en los que se invita a los primeros discípulos a llenarse de Sabiduría, aquella que nace y crece con la Palabra. Con estas alocuciones invitaban a los primeros cristianos a que sus obras fuesen fructíferas y, por lo tanto, agradables a Dios. Sin salirnos de la carta a los Colosenses, escuchamos otra recomendación del apóstol: “Por eso, tampoco nosotros dejamos de rogar por vosotros, para que viváis de una manera digna del Señor, agradándole en todo, fructificando en toda obra buena y creciendo en el conocimiento de Dios” (Col 1,9-10).