TALLER DE ORACIÓN

ADVIENTO: UN SÍ A LA FIDELIDAD

Por Julia Merodio

Madre de los creyentes, que siempre fuiste fiel, danos tu confianza, danos tu fe.

Estamos en la última semana del Adviento y de nuevo se nos presenta, como protagonista invariable, a María. Sin encuestas: de semana ni de mes, sin consulta telefónica a los más entendidos, sin dar ningún regalo por votar en las revistas… ella que no es ni rica, ni célebre, ni famosa… vuelve a aparecer como protagonista insustituible. La avalan: su confianza, su fe, su servicio, su donación y, sobre todo su Fidelidad al Señor. Eso que, desgraciadamente, ni vende, ni interesa y, serán menos que otras veces, los que descubran esta grandiosidad. Evidentemente, estamos en un tiempo en el que, se demuestra con gran nitidez que: estas son las cosas que Dios revela a los sencillos y oculta a los importantes.

MARÍA ESA MUJER

María es una joven normal, una muchacha de su tiempo, pero hay algo en ella que la distingue, algo que no deja indiferentes a los que se cruzan en su camino, es el sello de identidad que marca a los que viven desde Dios, a los que escuchan la Palabra y la guardan, a los que todavía son capaces de optar por la Fidelidad, en este momento de la historia en el que, ser fiel, no parece gozar de mucho prestigio.

Creo que, nos vamos dando cuenta de que la palabra Fidelidad la van “borrando del diccionario de la lengua, por resultar demasiado incómoda” Ahora, lo que se lleva es: ser infiel, incumplir los compromisos, eludir las responsabilidades… y, lejos de hacerlo veladamente, como algo que no está bien; se airea a los cuatro vientos como signo de valentía.

Por eso querría invitaros, en este cuarto domingo de Adviento, a plantearnos seriamente, la virtud de la Fidelidad y, hacerlo, junto a la mujer fiel por excelencia, junto a la Madre.

Pero ¿qué se entiende por fidelidad? ¿Qué significa ser fiel? La Fidelidad:

• Es la fe que somos capaces de depositar en otra persona.

• Es el amor renovado. Tomando conciencia de que, el amor que no se renueva, primero se convierte en rutina y más tarde en esclavitud.

Por eso María es el paradigma de fidelidad, por eso sobresale su gran fe en Dios, porque ella supo renovar su amor en cualquier circunstancia de la vida. Ella no se rinde, ni se acobarda, ni se deprime, ella repite ese Sí que, aquel día dijo a Dios, ese Sí reiterado, aún en las circunstancias más adversas, en esas en las que a nosotros nos parece imposible soportar.

De ahí que, hagamos silencio y demos preferencia a la oración personal, para delante de Dios revisar en este domingo cuarto de Advierto:

• Si queremos acoger a María como nuestro modelo.

• Si queremos esperar a su lado la llegada del Salvador.

• Y si nuestra respuesta es afirmativa, hagámoslo como ella, confiando en Dios sin condiciones y amando como Jesús nos dijo que amásemos.

Sólo así, podremos tomarnos la libertad de cambiar la palabra amor, que aparece en el evangelio de S. Juan por la palabra fidelidad, y desde su enseñanza repetir: “Si no eres fiel a ti mismo, si no eres fiel a los que conviven contigo, si no eres fiel a los que pertenecen a la Iglesia de Jesucristo, que están a tu lado físicamente, difícilmente serás fiel a Dios a quien llega de una manera sorprendente, esa que nunca hubiéramos esperado”

Por eso si tratamos de vivir la fidelidad, en nuestra vida cotidiana no nos queda más remedio que mirar a la Madre.

¿CÓMO VOY DE FIDELIDAD?

Si nos miramos personalmente, quizá nos parezca que no somos personas que vivamos la infidelidad, pero vamos a examinarnos detenidamente.

La palabra fidelidad es mucho más amplia que lo que quieren hacernos ver esos que quieren eliminarla. Porque no solamente hay que ser fieles, sino que además hay que potenciar la fidelidad, cosa de la que rara vez se habla.

La fidelidad hay que trabajarla, con diálogo, con donación, con tiempo para la intimidad… y la fidelidad abarca a toda la persona, a todos los compromisos dados. De ahí, que hemos de ser fieles:

-A sí mismo.

-A la familia.

-A los demás.

-A la Iglesia.

-A Dios.

Por eso este, cuarto domingo de Adviento nos muestra como referencia a María. Al mirarla comprobaremos que no siempre hemos cumplido la palabra dada; que no siempre hemos confiado al dar y al recibir; que en ocasiones hemos querido controlar a los demás; que tenemos en cuenta lo que damos; que nos gusta que los demás hagan lo que nosotros decimos… Por eso rehusamos el momento de dar el Sí, porque supone demasiada exigencia. Sin embargo María da un Sí incondicional, y pudo hacerlo porque estaba enraizada en Dios. Porque, día tras día, dedicaba ese momento de intimidad, en el que, desde lo profundo de su ser, escuchaba a Dios, repetía los Salmos: “Tu rostro busco Señor, no me escondas tu rostro…” trabajaba su ser para que Dios lo habitase. María, ya en ese momento y sin apenas saberlo estaba siendo fiel y no dudaba a abrirse a la voluntad del Señor de forma paciente y generosa.

Por eso fue capaz de aceptar la voluntad de Dios sin condiciones. Ella era de los “Anawin” (Los pobres de Dios) que no piden certezas, ni comprender los hechos, ni un “seguro de vida a todo riesgo” para los imprevistos.

-María acoge y acepta la voluntad de Dios con un ¡Que se haga como Tú quieres mi Señor!

-María no usa a Dios para su beneficio, ella opta por el Señor sin más puntos de apoyo que su propia fe.

-María tampoco era un ser especial al que le daban unas instrucciones de fidelidad al levantarse.

-María, como cualquiera de nosotros, era: trabajadora, pobre… y mujer, pero con una vida y una realidad mucho más complicada que la nuestra y, desde esa difícil realidad: María es fiel al Señor, por eso no duda en convertirse en madre del mismo Dios.

¡Cómo dista todo esto de nuestros esquemas! Nosotros, a veces, aceptamos diversas realidades, aunque nos parezcan difíciles; pero eso de firmar un “cheque en blanco”… es apostar demasiado.

Nosotros podemos admitir muchas cosas de los que viven a nuestro lado: esposo-a, hijos, padres…, pero admitirlos tal como son eso es excesivo.

Por eso tenemos que acercarnos a la Madre, para esperar al enviado, al salvador.

LA FIDELIDAD EXIGE COHERENCIA

Ella se abrió al misterio de Dios, no con resignación, sino con valentía, con disponibilidad, con la garantía que le ofrecía, Aquel de quien se había fiado.

También nosotros tenemos a nuestro lado esas personas que son misterio, que cada día ofrecerán novedades, que tienen un determinado carácter, una manera propia de ser, de vivir… y si queremos ser fieles como María tendremos que aceptarlos y acogerlos como son, sin querer cambiarlos, ayudándoles a mejorar, pero dejando que sean ellos mismos. Y, eso es duro, eso cuesta, requiere esfuerzo… por eso muchos abandonan. Pero si no eres fiel a los tuyos ¿Cómo esperas ser fiel a Dios?

La Fidelidad exige coherencia. No se puede vivir de espaldas a lo que se cree. Nosotros, como María, hemos elegido vivir desde el Evangelio, pero fijémonos como lo cumplió ella. Toda su vida fue, una adhesión incondicional, al Señor. No sólo cuando las cosas iban bien, sino cuando llegaron las incomprensiones, la hora de dar a luz a su hijo, el lugar precario donde tuvo que albergarse, los rechazos de la gente a la que pidió ayuda, la huida para que no matasen a su hijo... ¡Qué distinto a lo nuestro!

Nosotros, cuando menos lo pensamos, aparece la ruptura entre lo que pensamos, lo que creemos y lo que vivimos. Así vemos a matrimonios que se casaron llenos de ilusión y amor, pero las cosas se pusieron mal y ya están en trámites de separación.

Vemos a sacerdotes y religiosos, que se consagraron a Dios llenos de entusiasmo y lo han dejado porque dicen que esta vida ya nos les llenaba.

Vemos hijos que son buenos cristianos y se olvidan de sus padres porque les pesan demasiado…

Y, vemos gente trabajando en la Iglesia, que pasan de los desfavorecidos, porque les resultan molestos… ¡Dónde ha quedado la fidelidad!

La fidelidad, como no, exige perseverancia. Es fácil ser fiel cuando todo es nuevo y bonito cuando las cosas salen bien, cuando los aplausos halagan nuestros oídos, cuando el entusiasmo todavía no se ha desgastado… Pero ser fiel cuando no se entiende, cuando la amargura llama a la puerta, cuando te chocas, de frente, con la incomprensión… eso ya es otra cosa.

Sin embargo ahí tienes a María, la mujer fiel que pasó por todas las vicisitudes de la vida. Acerquémonos a Ella, pidámosle que nos enseñe a ser fieles, que nos ayude a vivir el valor, de la fidelidad, como ella: con coherencia, con entusiasmo, con esfuerzo, con perseverancia…

Y, no olvidemos en cuarto domingo de Adviento, esas palabras, de Juan Pablo II, que me encantan: “Ser fiel significa: no traicionar en la oscuridad lo que se aceptó en la luz”

LA FIDELIDAD Y EL SACERDOTE

Siguiendo el tema del sacerdote, dado que estamos en el año sacerdotal, tendremos que detenernos en lo que para él supone la fidelidad a Cristo y a los hermanos.

Es verdad que, para ello el sacerdote tendrá que confiar en el Amor Misericordioso de Dios; ese Dios que, por amor, se fía del ser humano hasta tal punto, que es capaz de contar con él para seguir construyendo su Reino; pero también es verdad que a nosotros nos corresponde renovar nuestra fidelidad al sacerdote.

Sé que no siempre es fácil, que son demasiados los que han abandonado, que quizá conozcamos a alguno de ellos que no nos gusta su manera de comportarse… pero también creo que, precisamente este tiempo de Adviento, es un tiempo idóneo para renovar nuestra confianza en los ministros de Cristo. Miremos, con ojos nuevos, a cuantos Dios ha puesto en nuestro camino; a los que comparten tareas con nosotros; a los que son amigos… y, también, a esos que, de tanto tratarlos nos han ido defraudando y haciendo que nuestro corazón recele de ellos.

Pidamos al Señor que nos preste sus ojos, para mirarles como Él los mira; que nos ablande el corazón, para acogerlos como Él los acoge y nos dé fuerzas para trabajar a su lado, como Él quiere que lo hagamos.

Pero, sobre todo, pensemos que ese, del que desconfiamos, ha sido ungido por el Señor, como todos los demás, para ser su testigo en el mundo. Que es su hijo y, un hijo muy querido por Él.

Bien sé que esto no es fácil; el tiempo nos ha hecho comprobar que la vida es cambiante, que cuando menos lo esperamos aparecen, en nuestra existencia: nubarrones oscuros, aguaceros persistentes, vientos huracanados… pero es, precisamente entonces, cuando hemos de afianzar nuestra confianza en ellos sabiendo que, aunque todo lo que nos envuelve oculte el sol, el sol permanece y nada ni nadie puede hacerlo desaparecer.

La Palabra de Dios no deja lugar a dudas. Imposible hablar de fidelidad si no la fundamentamos en el Dios que viene a salvarnos, si no la afianzamos en su Palabra, si no la insertamos en sus mismas actitudes y acciones. Porque la fidelidad, ciertamente, es una gracia, un don nacido de la fe que tenemos en Dios y en los demás y ¡quién más propicio a ello que el sacerdote!

Pero… la fidelidad desaparecerá si no se trabaja y se practica.

¡Este es de fiar! –oímos decir-

Y, ¿por qué? ¿Acaso lleva un cartel colgado?

Decimos eso de alguien porque lo respaldan: su comportamiento, sus acciones, sus actitudes, sus cualidades…

¡Cómo necesita oír esta afirmación un sacerdote de Cristo! Es verdad que, a veces, esto no resulta fácil decírselo; que muchos criterios de moda desprestigian la figura del sacerdote sin piedad; que, cuando alguno falla se ceban en él sin clemencia y que, con tanto desprestigio, indudablemente, cuesta confiar.

Pero no los juzguemos gratuitamente. Si ahondamos en su situación, quizá encontremos motivos por los que, esos que han fallado, han tenido razones para actuar de esa forma.

Todos hemos observado que, cuando vemos gente escéptica que desconfía de todo y de todos. En el fondo está dañada, tiene motivaciones para obrar así, aunque nosotros no podamos llegar a comprenderlo; y es precisamente el sacerdote, el que ha de acogerlos; el que estará a su lado para ayudarles sin pedirles ninguna explicación.

Por eso el sacerdote tiene que ser una persona fiel, para poder ayudar a los demás a fiarse del Señor; para poder acercarse a esas personas que han dejado de creer, para descubrir qué es lo que las ha llevado a ello y para sacarlas de su cerrazón.

Verá que los daños que las acompañan, suelen ser comunes para todas:

-Suelen venir, de familias problemáticas y desestructuradas.

-No han encontrado a nadie que les sea fiel.

-Y, tristemente, han prescindido de Dios.

Es una situación dura, pero real, en la que el sacerdote halla una doble exigencia; hacerles:

• Fiarse de las personas.

• Y de Dios.

Solamente la oración, puede tener la fuerza suficiente para hacerlo realidad. Por esto será preciso, pedir al Señor un espíritu de sabiduría que ayude a cada sacerdote a tener cordialidad con los que han dejado de ser fieles; y un espíritu de clemencia para acercándose a ellos con un corazón, tan misericordioso, que al experimentarlo puedan volver a confiar, sin ningún recelo.

Estas no son situaciones nuevas que solamente nos pasen a nosotros, el ser humano de todos los tiempos ha experimentado la necesidad de confiar y ¿dé quien vamos a fiarnos más que de Dios? Acerquémonos a la Madre, en esta última semana de Adviento y digámosle: Madre queremos decir Sí a Dios como tú lo dijiste y queremos serle fieles como tú lo fuiste.