ARRODILLADO JUNTO AL PESEBRE…

Por Ángel Gómez Escorial

Aquí –y ahora—sobra cualquier retórica. La grandeza de lo pequeño hace a nuestro Dios aún más cercano y entrañable. Dios es inconmensurable, no lo podemos medir… pero sí le podemos abrazar. Y así, yo mismo, arrodillado junto al pesebre, en el portal de Belén, espero el milagro impresionante e incomprensible de un Dios que ha querido ser hombre… y venir a nacer, junto a nosotros, en alegría y en pobreza.

La Navidad siempre será una gran lección para los poderosos y para todos aquellos que, además de tener poder, tienen la necesidad de aparentarlo, de demostrarlo. Pero es más que probable que esos poderosos prefieran no pensar en ello y convertir la Navidad –aun siendo oficialmente creyentes—en un festejo de luces y estruendo.

La contemplación del Portal de Belén da fuerza para abrirse a un mundo de alegría y esperanza, tras comprender que Dios no dejó en la estancada a su criatura principal, el hombre y a la mujer, tras haberse revelado. Perdieron una situación y un destino que es difícil de soñar, porque todos nosotros somos herederos de aquel primer pecado humano que nos cambió en profundidad. Pero el mismo Dios proyectó desde la Eternidad la vuelta al redil de ese rebaño tan desagradecido. Y elevó su perdón a lo más alto cuando decidió que el mismo Dios –su Hijo Unigénito—se hiciera hombre para conseguir la Redención. Entiendo que, a veces, estas palabras pueden parecer muy retóricas o muy repetidas, pero son así. Es nuestra realidad conocida, pero que, al mismo tiempo, se convierte en un gran misterio, solo comprensible desde la vertiente de la infinita generosidad de Dios.

Y arrodillado junto al pesebre intento, un año más, estar a la altura de las circunstancias ante algo tan grande y hermoso. Es verdad que los grandes afortunados fueron aquellos pastores que, entre el asombro y el aturullamiento, llegaron al Portal de Belén, y se arrodillaron ante la sonrisa de un Niño que, con ese gesto, lo expresaba todo. Por mucho que estuviese escondido, todo ser humano sabe entender la presencia cercana de la divinidad, aunque ésta se “tape” en las graciosas formas de un bebé y dentro de un establo. Los apócrifos –y benditos sean por su imaginación—hablaron de luces y cantos inefables en torno al portal. Obviamente, los ángeles que llevaron la noticia a los pastores de la campa de Belén ya debieron suponer un asombro para aquellos beneméritos personajes, pero los autores apócrifos de los primeros años del cristianismo sustituyeron su falta de datos con toda una gran imaginación.

Ya, este adviento, he escrito varias cartas abiertas a los protagonistas de Belén, hoy sólo quiero que me dejen permanecer, en estas horas, en silencio y arrodillado ante el Portal.