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LA ORACIÓN DE Y CON JESUCRISTO LIBRO DE LA SABIDURÍA: ROMPIÓ NUESTRO VELO Por Antonio Pavía. Misionero Comboniano “¿Qué hombre, en efecto, podrá conocer la voluntad de Dios? ¿Quién hacerse idea de lo que Dios quiere?” (Sb 9,13). El rey Salomón acaba de confesar públicamente que sólo le es posible gobernar al pueblo con justicia y, por consiguiente, agradando a Dios, si El le concede su Sabiduría, aquella que está más allá del simple entender los hechos, acontecimientos y sentido profundo de la existencia, es decir, desde nuestras capacidades intelectuales y sensitivas. A continuación nos da la razón de por qué acude a Dios en busca de su Sabiduría. Hace pública su incapacidad como hombre para, como ya hemos explicitado, abarcar sus profundidades. Incapacidad que saca a la luz en forma de pregunta: ¿Hay algún hombre que pueda conocer la voluntad de Dios...? La pregunta como tal, en realidad está poniendo de manifiesto la distancia existente entre Dios y el hombre. Es tal que, para que nos entendamos, es como si estuvieran ambos de espaldas. Esta es solamente una imagen para que nos aproximemos a entender el abismo de separación existente ya que, de hecho, Dios nunca ha estado de espaldas a nadie. Sin embargo, la distancia es tal que podemos hablar de dos tipos de sabiduría, dos formas de pensar diferentes. Dios mismo da constancia de ello por medio de sus profetas: “Porque no son mis pensamientos vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos, dice Yahvé. Porque cuanto aventajan los cielos a la tierra, así aventajan mis caminos a los vuestros y mis pensamientos a los vuestros” (Is 55,8-9). Distancia inmensurable, abismal, que, no obstante, indirectamente le sirve, si así lo podemos decir, para que podamos atisbar lo inaudito de su amor cuando, rompiéndola, viene hacia nosotros. En efecto, el autor del salmo 103, inspirado, por supuesto, por el Espíritu Santo, se sirve de la altura insondable de los cielos para intentar hacer comprender el amor ilimitado de Dios para con sus fieles. Así mismo, señala que aleja nuestros pecados de su vista como grande es la distancia entre el oriente y el occidente: “Clemente y compasivo es Yahvé, tardo a la cólera y lleno de amor, no se querella eternamente ni para siempre guarda su rencor... Tan lejos como está el oriente del ocaso aleja él de nosotros nuestras rebeldías” (Sal 103, 8-12). Sabemos que la revelación con la que Dios se va manifestando a su pueblo tiene un proceso gradual. De ahí que podamos encontrar tantos textos veterotestamentarios que hacen hincapié en la distancia irreducible existente entre Dios y el hombre que, a veces, parece que se acorta ante la experiencia de su cercanía. En esta dimensión y como pequeñas pinceladas, encontramos textos que se abren a un principio de comprensión del pensamiento de Dios, comprensión que, como quien dice, toma forma en la medida en que se van asimilando en el propio corazón las obras de Dios. Al decir que se puede llegar a comprender y asimilar sus obras en lo más profundo del ser del hombre, estoy abriendo una puerta a lo que en la Escritura aparece en sus más variadas formas lo que podríamos llamar la fe adulta. Esta fe es la de los sabios, no la de los necios, aquellos cuyos ojos están tan vueltos sobre sí mismos que nunca podrán entender nada. La aclaración y distinción entre sabios y necios es fundamental, ya que está en juego la capacidad o no de penetrar los pensamientos de Dios. A este respecto, podríamos servimos del salmo 92, pues en él se pone en evidencia tanto el discernimiento del sabio para entender a Dios como la incapacidad del necio para no entender nada: “Bueno es dar gracias a Yahvé, y salmodiar a tu nombre, Altísimo, publicar tu amor por la mañana, y tu lealtad por las noches... ¡Qué grandes son tus obras, Yahvé, que hondos tus pensamientos’ El hombre estúpido no entiende, el insensato no comprende estas cosas” (Sal 92,2-7). Esta apertura y conocimiento de Dios que ya se nos muestra en el Antiguo Testamento, se hace diáfana y total en Jesucristo. El supo perfectamente que su vida y su misión llegarían a su plenitud en el hecho de cumplir la voluntad del Padre. Hasta tal punto está en ella la vida del hombre que, a fin de que lo entendiéramos en profundidad, comparó el hacer su voluntad con el alimento que mantiene y acrecienta la salud del cuerpo: “Los discípulos insistían ante Jesús diciéndole: Maestro, come. Pero él les dijo: Yo tengo para comer un alimento que vosotros no conocéis... Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra” (Jn 4,31-34). Esto que Jesús conocía en toda su claridad y el hombre sólo entre sombras, nos lo dio como fruto de su resurrección. Abrió nuestro espíritu, nuestra inteligencia, a la Palabra de Dios que, como sabemos, se identifica con su Sabiduría. Sólo colmado de ella puede el hombre conocer y amar como algo bueno la voluntad de Dios sobre él. Para que comprendiéramos que realmente era bueno para nosotros, Jesús resucitado rompió el velo que se interponía entre nuestra sabiduría y la del Padre: “Jesús les dijo: Estas son aquellas palabras mías que os hablé cuando todavía estaba con vosotros... Entonces, abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras” (Lc 24,44-45).
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