TALLER DE ORACIÓN


Julia Merodio ha realizado dos entregas de su habitual taller: Una dedicado a la Navidad y otra a la Familia, dentro de la celebración del Domingo.


1.- NAVIDAD: UN SÍ A LA VIDA

Por Julia Merodio

¡Qué rápido pasa todo! María, aprendió, por propia experiencia, lo que es la aceptación libre, voluntaria y gratuita. Ella, supo bien, de quién se había fiado y no hubo nada ni nadie que pudiera detenerla. Después de lo que había pasado, conoció en, carne propia, lo que es la oscuridad de la fe. Esa oscuridad que, el conocimiento humano, no puede descifrar. Por eso supo ir, más allá de las cosas, con la seguridad de que, Dios lo puede todo.

ANTECEDIENDO A LA NAVIDAD

Dos escenas antagónicas envuelven este año mi retina:

• La primera.- Dos madres que se abrazan, llenas de felicidad, por el ser que ocupa sus entrañas: María e Isabel.

• En la segunda.- Un grupo de mujeres abrazándose y saltando, nada menos que en el parlamento, llenas de felicidad, porque habían logrado suficientes votos, para destruir vidas humanas indiscriminadamente y todo ello exhibido en primera plana de los televisores y la prensa.

En medio de las dos escenas: NAVIDAD. Esa palabra densa que sobrecoge el alma y ensancha el corazón. La Vida hecha vida, en el silencio de un punto perdido de la tierra, para derramar vida, para dar vida, para sanar vidas, para regalar vida… incluso a esas que tratan de quitarla por decreto ley.

Y yo aquí, Señor, con los ojos arrasados en lágrimas, en las que se fusionan el dolor y el gozo; y mi escritura fluyendo para compartirlo con los demás; consciente Señor de que son tuyas, cada frase y cada letra, que logro plasmar. Tuyas cada idea y cada realidad.

Aquí estoy, esta tarde Señor, con la certeza de que mía es la escritura y tuyo el significado; mío el rasgo y tuya la consideración; mío el lema y tuyo el mérito… Por eso me pesa la mano al intentar plasmar esa grandeza que no logro trasmitir en su realidad; esa solidez que, desvanecida en la parafernalia se le resta a la Navidad.

LA NAVIDAD

Llevo días en los que, al pensar en este artículo, llega hasta mi mente y de manera obstinada, algunos interrogantes:

- ¿Cómo conseguir conectar, esta realidad tan grandiosa, con el mundo que me rodea?

- ¿Cómo hacer llegar, al corazón de la gente, algo tan denso en un ambiente tan superficial?

- ¿Cómo hacer sobresalir la experiencia de Dios, en ese lenguaje vacío con el que se comunica la sociedad?

- ¿Cómo responder a los que piensan que no creer en Dios les ayuda a ser más felices?

La gente con la que convivimos y nos saluda en nuestro camino no suele estar acostumbrada al lenguaje del evangelio. Pero lo que es peor, tampoco nosotros damos la talla; las cosas que hacemos, las noticias que damos, las conversaciones cotidianas… han perdido el sentido de trascendencia y han empobrecido su realidad.

La imaginación humana se ha ido atrofiando de tanto pasar por alto lo verdadero y no es capaz de redescubrir lo auténtico para hacerlo el centro de sus vidas.

Sólo tenemos que preguntarnos ¿acaso nuestras palabras y nuestra vida, con capaces de dar respuesta a lo que los demás esperan de nosotros al mostrar la Navidad? Es necesario que tomemos conciencia de que cada uno habla de lo que guarda en su interior, por eso si nosotros nos sentimos admirados, ante la grandeza que supone el que Dios llegue a salvarnos, desearemos compartirla, hacer que llegue a todos, gritarles: que Dios viene para que sean felices, para que gocen de la vida, para llenar sus deseos más íntimos. Pero ¿cómo acallar sus respuestas si nosotros lo creemos de manera rutinaria, triste e incomoda?

Solamente podremos demostrar el esplendor de la Navidad cuando la vivamos a tope; cuando, ante su llegada, se nos esponje el alma; cuando lo acojamos como algo imprescindible para nuestra vida, cuando la consideremos la mayor de las noticias y el mejor de los dones.

Yo sé que la gente, no está tan lejos de la Navidad, como ellos mismos piensan; la nostalgia que anidan en su alma grita, quedamente, que están buscando a ese Dios que los llenaba en tiempos pasados; ese Dios, del que tratan de huir, creyendo que es el culpable de que la navidad complique tanto sus vidas; ese Dios del que quieren convencerse que no les importa nada, pero al que, desde el fondo de su alma, reclaman a gritos.

EL RIESGO DE HACERSE HOMBRE

De todos es sabido que, en la historia humana ha habido muchas personas, con nuestras mismas características, que han sido capaces de llegar a la cueva de Belén y, como el Niño que descansaba en las pajas, correr el riesgo de ser hombres y mujeres auténticos; y sin amilanarse, pasar todos los riesgos necesarios para seguir, a ese recién nacido que descansa en el Pesebre, en el que fueron capaces de descubrir albergado al mismo Dios.

Pero nosotros estamos instalados en un mundo difícil ¿Qué diría la gente si frecuentásemos esos ambientes de pobreza suma? Mejor ser precavidos y guardar la distancia justa para no decantarnos por nada determinado. No queremos darnos cuenta de que la realidad consiste en qué nos da miedo ser auténticos; nos da miedo correr todos esos riesgos que conlleva el hacerse humano y humanizante. Por eso, nos es imposible entender que, Dios siendo Dios, decidiese hacerse hombre y correr todos nuestros peligros, para salvarnos a nosotros de ellos.

¡Realmente la grandeza de Dios sobrepasa nuestra mente humana y por eso tratamos de ignorarlo, su reconocimiento nos exigiría demasiados compromisos!

Hemos olvidado que, ante el Milagro de la Navidad, sólo queda callar y admirar; aunque ese silencio nos asuste demasiado. La gente huye del silencio. No se atreve a darle cobijo en su corazón. Porque el silencio pone al descubierto nuestros conflictos internos: los personales, los familiares, los que nos gustaría olvidar y los que ya teníamos aparcados. El silencio nos hace encontrarnos con nuestros sufrimientos, nuestras carencias, nuestras soledades… Nos hemos olvidado de que, el silencio, cuando es fecundo nos lleva a sanar tanto desorden como nos habita y nos trae la calma, la paz y el sosiego que tanto ansiamos.

LLEGA LA SALVACIÓN

¡Mirad! Ahí está. ¡Miradlo bien! Es, Él en persona. Ahí reposa, en una cueva sin puerta para que cualquiera pueda llegar. Sin protección, sin escolta, sin tapias, sin alarma, sin alambradas… Él no tiene tesoros que le puedan robar, ni bienes atractivos, ni riquezas de ningún tipo… Él es el gran tesoro, la gran riqueza…: Es Dios. Nuestro Redentor; que ha elegido para instalarse, un humilde y pobre, pesebre a fin de que no les dé reparo llegar a los pastores, los excluidos, los marginados, los sin techo… los desfavorecidos de la tierra. Y lo ha hecho para llenarlos a ellos y a nosotros de dones, para mostrarnos las cosas bellas que habitan en nuestro interior y que, todavía, no hemos sido capaces de reconocer.

Por eso quiero pediros que, este año dediquemos un tiempo amplio para hacer oración, en estos días de Navidad; procuremos, admirar y acoger al Dios que llega a salvarnos. Acerquémonos al Portal, contemplemos al Niño en brazos de su Madre; démonos cuenta del amor que refleja José en su semblante, miremos como cuida al Niño y a María; observemos su silencio, su delicadeza, su humildad para ocupar el último lugar.

Y después querría pediros una plegaría especial por todas esas madres a las que les han arrebatado al hijo de sus entrañas; por todos los no nacidos despedazados sin piedad; por todas las personas que, un año más, han despreciado la gracia que se les ofrecía; por todas esas que no quieren saber nada fuera del consumo y el despilfarro. Dentro del dolor que causa tanta indiferencia no queda más remedio que decir: Señor, conocemos nuestras carencias, pero tienes que comprender que, poco podemos manifestar a la gente que no ve lo que está mirando.

Por eso, vamos a tener muy presentes, en nuestra oración, a todos ellos: a esos que no ven, a los que ni siquiera miran, a esos que huyen cuando vislumbran que se les va a hablar del valor de la Navidad… y como somos conscientes de que, no podemos llegar hasta su realidad, este año los llevaremos con nosotros hasta la Cueva de Belén y, le hablaremos a Jesús, de una manera especial, de ellos y les diremos, por si alguno nos puede oír o leer: Tened la seguridad de que la técnica puede fallar, los interlocutores podemos fallar, los que se dicen amigos pueden fallar… Sin embargo, el único que nunca fallará a nadie, es:

EL EMMANUEL, EL DIOS CON NOSOTROS.

¡FELIZ NAVIDAD!


2.- LA FAMILIA: LEGADO GENERADOR DE VIDA

Por Julia Merodio

Después de ver la Vida en ese Niño del Pesebre, cualquier resquicio de vida toma una dimensión indescriptible.

Mirando a María te das cuenta de que, cuando se ha tenido la suerte de engendrar un hijo, lo de ser familia adquiere otra dimensión. No escatimas esfuerzos para que el niño esté bien, para que nazca sano, para que llegue a término la gestación… pero cuando recibes el don de tenerlo en brazos por primera vez, te inunda el asombro y el gozo a la vez.

¡Qué sentiría María al contemplar a su hijo por primera vez! ¡Qué sensaciones descubriría, al ver que era como todos los demás niños, que no tenía ninguna característica especial, a pesar de lo que le había dicho el Ángel!

Me imagino que, como cualquier madre, se preguntaría:

--¿Cómo puede formarse un ser humano sin que nadie lo regule, lo ajuste, lo dirija, lo forme…?

--¿Cómo puede tener cada órgano, cada hueso, cada músculo, cada nervio…?

--¿Cómo puede funcionar todo, con un acoplado perfecto, sin necesidad de controladores?

Pero todavía queda más: ¿Qué ha pasado en el corazón de esos padres para que amen, de manera tan singular, a una criatura incipiente, sin poner condiciones? Y ¿qué ha pasado en el interior del Bebé, recién nacido, para que conozca a sus padres, de modo que, los distinga de todos los demás cuando lo cogen en sus brazos?

Al contemplar la escena del nacimiento, empiezas a descubrir lo que encierra “ser querido, deseado, amado”

Yo creo que todos tendríamos que partir de aquí, de lo más singular, para acoger y gritar a todos la importancia de la familia.

La familia es el sueño de Dios. Él, le dio prioridad a todo lo demás, cuando decidió crear a la humanidad; y es en cada Navidad, cuando nos damos cuenta de que Dios quiere reiterar su sueño, al decidir venir al mundo y tomar carne mortal, como la nuestra, apostando de nuevo por la familia.

Así lo comprobamos:

• Jesús nace en el seno de una familia.

• Saborea, en familia, lo que es realmente amar de verdad.

• Y en ella desarrolla sus capacidades durante 30 años.

Aprende a:

-Obedecer.

-Trabajar.

-A respetar.

-En ella recibe la cultura adecuada a su tiempo.

-Una formación, humana, sólida y fuerte.

-Y en ella aprende a orar.

Nosotros también hemos apostado por la familia y no escatimamos esfuerzos para que se consolide, para que prospere, para que se fortifique… porque vemos que está amenazada en grado sumo.

No hace falta nada más, que echar una ojeada por el entorno para comprobar, con estupor, que la familia, de hoy, vive desasosegada. Con amplios horarios; con un bombardeo de amor sensacionalista por parte de los medios de comunicación; con la exigencia de amarse a sí mismo, olvidando a los demás y pasando por alto la exigencia del respeto; y lo que es peor, parece que el futuro no se observa demasiado halagüeño.

Sin embargo, es asombroso que, en medio de tanta desolación, Dios vuelva de nuevo a salvarnos.

El Señor sabe, mejor que nadie que la familia tiene que calmarse. Que la familia no tiene tiempo de ser familia.

Dios sabe que la familia de hoy, gasta el tiempo que le ha concedido para ser feliz, en correr tras una felicidad que no halla; porque la ha confundido con el placer. Por eso:

• La familia de hoy tiene que aprender que, la felicidad. No se encuentra huyendo de los compromisos, sino asumiéndolos y realizándolos.

• La familia necesita aprender a mirar, a contemplar, a valorar, a descubrir, a aceptar el misterio…

La familia necesita juntarse, palparse, saborearse, sentirse…

• La familia necesita dejar, a Dios, vivir en su centro para tener vida y vivirla en el amor.

• La familia necesita volver a los orígenes, al primer encuentro, al lugar del enamoramiento… a, ese Paraíso, donde Dios paseaba a su lado, al caer de la tarde.

• La familia necesita sentir su precariedad y darse cuenta de que se ha apartado de Dios y se siente sola, desarropada, desasida… No tiene donde apoyarse.

• La familia necesita volver a la fidelidad.

Porque cuando se es fiel a los compromisos, cuando se vive en el amor, experimentas la libertad de mostrarte como eres; no tienes que tapar nada, no necesitas divorcio Express, ni supuestos del aborto… porque todo fluye desde el amor.

Hoy, día de la familia, tenemos que adquirir el compromiso de estar a la escucha de esa voz interior que nos delata, cuando hacemos algo que no está bien. Esa voz que nada ni nadie, puede ahogar y nos golpea cuando no somos coherentes con lo que hemos prometido.

Pero dichosos, nosotros, si al oírla somos capaces de ponernos en pie y decir: ¡Aquí estoy! ¡Quiero rectificar! ¡Quiero tomar de nuevo la decisión de amar! ¡He optado por ser familia!

EL SACERDOTE Y LA FAMILIA

“La Palabra de Dios presenta a la familia, como la primera escuela de la sabiduría. Una escuela que educa a los propios miembros en la practica de esas virtudes que conducen a la felicidad auténtica y duradera” Benedicto XVI”

Quizá parezca raro que, en el día de la familia, guarde un apartado para hablar sobre los sacerdotes, pero no debemos olvidar que estamos en el Año Sacerdotal y que la familia ha de ser donde se amase y se cultive la semilla de las vocaciones.

Todo lo significativo de la vida: las grandes decisiones, las opciones reveladoras, las elecciones importantes… tienen un largo proceso; por lo que es natural que, algo tan sublime como ser sacerdote, también lo tenga.

El proceso tiene un inicio, un comienzo, un instante en el que se decide el camino a seguir. Es ese momento en el que se descubre que algo pasa por dentro y que, aunque no se sea capaz de definirlo, intuyes que debes prestarle atención; a ello seguirá un largo transcurso en el que tendremos que trabajarnos, ya que, en la vida nada se nos da hecho; a nosotros nos corresponde: percibirlo, encauzarlo, trabajarlo, seguirlo…; y, como es lógico, también el sacerdote tendrá que pasar por ello; porque, el sacerdote: no nace, se hace. Y, el primer sitio, donde se empieza a fraguar esa realidad, es en la familia.

A nadie le resulta ajena la importancia que tienen los padres, en la vida de un sacerdote. Es, en el mismo Jesús, donde se encuentra forjada esta circunstancia. Sin embargo, en el momento actual, quizá no se pueda apuntar, con tanta rotundidad, el papel que los padres juegan en todo ello.

CUADRANDO LOS DATOS

Los que leemos y escuchamos la Palabra de Dios, con asiduidad, comprobamos que, una alegoría constante, en la que Jesús basa su predicación, es en: el pan y la levadura. Eso que tantas veces había visto hacer a su madre.

-Jesús se reúne con sus amigos y comparte el pan.

-En la oración que les enseña: quiere que pidan el pan.

-En el monte multiplica el pan.

-En el Sermón de la Cena, se muestra como Pan de Vida.

-En la Última Cena: Toma el pan, lo bendice y lo reparte…

- Y así, en cada eucaristía llega hasta nosotros, por medio del Pan Eucarístico.

Sin embargo al descender al momento actual, esto no cuadra del todo bien ¿De qué tipo de familia han de florecer los sacerdotes de hoy? ¿Qué actitudes contemplan, nuestros futuros sacerdotes, tanto en los colegios, como en las familias? ¿En medio de qué tipo de conductas se han formado…? ¿Dónde podrán adquirir la “levadura madre” que necesitan para ser “pan”?

Las madres actuales no amasan el pan, ni lo cuecen. Ellas lo compran ya hecho y, no sólo eso, pueden elegir porque hay pan para todos los gustos: con sal, sin sal, de cereales, de centeno, de leña, candeal… panes que, ni siquiera se pondrán en la mesa ya que los horarios agobiantes de, unos y otros, no coinciden y será difícil que la familia se siente junta para comer.

Todos salen al punto de la mañana a trabajar. La vida se ha vuelto complicada y en la sociedad del bienestar, donde estamos insertados, hay muchas necesidades que cubrir.

Al trabajar tanto, también es necesario tener momentos de diversión, esparcimiento y ocio por lo que después del trabajo, cada uno se va por un sitio distinto sin que se prodigue ese momento de encuentro e intimidad; el cual queda relegado para el día siguiente, “día siguiente” que, rara vez llega.

Cada miembro de la familia tiene problemas propios y no se entera de los de los demás, por lo que tanto desarraigo los va metiendo en la incomunicación, no sólo en cuanto a la convivencia, sino también al aislamiento espiritual.

Por otro lado, al tener independencia económica, pueden divertirse como quieran, ir donde quieran, actuar como quieran y, aunque a veces les gustaría hacerlo en común, los compromisos tampoco se lo facilitan.

También vivimos en edificios más grandes, pero las viviendas son más pequeñas por lo que parece obligada la dispersión. A los jóvenes no les gusta permanecer largas horas en el hogar, prefieren todas esas cosas atractivas y cómodas, que les va presentando la sociedad y esta manera de vivir ha propiciado que la familia se desvincule, se desmorone, se devalué… Sin entrar en todos los esfuerzos, que hace el mundo de hoy, para desintegrar la unidad familiar que tanto prestigio daba hace escasos años. Gran dificultad para los comienzos de un sacerdote ¿Cómo subsistir a tantos ataques?

Sin embargo para Dios no hay imposibles. Es verdad que los seminarios están más vacíos que antes; es verdad que las madres de ahora no son como las madres de los sacerdotes de antes; es verdad que todo son ataques a la vida sacerdotal pero, pese a quien pese, los seminarios van empezando a tener más vocaciones y los jóvenes sienten la llamada de manera diferente a la de otros tiempos.

Este año, cuando se celebraban los tres días de oración por las vocaciones nos encontramos con un seminarista que nos contaba como surgió su vocación. Sus padres eran ateos y unos amigos le invitaron a una convivencia en la que descubrió a Jesús de Nazaret. Lo que más me duele, nos decía, es cuando al hablar con mis amigos más íntimos les parece que, siendo cura, he destrozado mi vida para siempre. No pueden entender la grandeza de mi vocación.

Este chico tenía una carrera superior terminada, había estudiado en un colegio religioso y nada le había servido para encontrar su vocación, sin embargo, Dios lo estaba esperando en otra parte.

LOS PADRES EN LA VIDA DEL SACERDOTE

A pesar de todo lo que transcribo, yo soy madre y sé el papel tan importante que los padres y, sobre todo, las madres desempeñamos en la vida de nuestros hijos, por lo que me parece insustituible el sitio que debe ocupar la familia en la vida del sacerdote.

Cuando asistes a Ejercicios Espirituales o haces alguna convivencia, el sacerdote que la imparte o que brinda los puntos de reflexión, casi siempre suele tener alguna mención especial para sus padres. Ellos suelen acordarse de cómo se rezaba en familia; de cómo rezaban con él, sus padres, al acostarse; de cómo se bendecía la mesa; del momento importante en que iban juntos a misa… y a mi mente llega, esta singular pregunta: ¿Los futuros sacerdotes podrán tener también una mención especial para sus padres? Porque ser padre o madre de sacerdote y acompañarlo requiere mucha renuncia, mucho servicio, mucha entrega… requiere una labor maravillosa: santificarlos.

Los padres del sacerdote tienen que tener la grandeza del desprendimiento, para dejar que su hijo, vaya a servir a otros por amor y os aseguro que desprenderse de un hijo duele, lo sé por experiencia propia.

Pero esto no se improvisa, esto nace de la vida y, si la vida de hoy ha cambiado tan drásticamente, ¿qué sucederá con los que opten por ser sacerdotes en el futuro?

Nos encontramos en la era, donde las familias se separan con facilidad; el individualismo se impone, cada vez, con más fuerza; se prescinde de Dios; se critica a la iglesia y se juzga sin piedad a la jerarquía eclesiástica… sin embargo es, precisamente, en este tipo de familia y en esta sociedad donde ha de “amasarse” y fermentar la vocación sacerdotal ¿No os parece que será difícil hacerla prosperar?

Yo desde aquí, quisiera decir a todos los padres y madres de cualquier sacerdote, que no pongan obstáculos a la vocación de sus hijos, que procuren acompañarlos en su apasionante andadura, que no duden en que Dios les dará su gracia para que sean capaces de entregarle, lo que más quieren, lo mejor que tienen: su propio hijo.

Sin embargo, el que esta realidad mejore es tarea de todos; cada uno tenemos nuestra parte de responsabilidad.

• ¿Rezamos por las familias de los sacerdotes?

• ¿Rezamos por los colegios donde estudian y se forman?

• ¿Rezamos por las vocaciones…?

• ¿No será que rezamos poco y mal?

En mi parroquia hay una oración por las vocaciones una vez a la semana y la verdad es que es muy bien acogida; cada vez asiste más gente, aunque no seamos demasiados.

Esto se podría repetir en muchas parroquias e incluso hacer una oración donde asistiesen los padres de los futuros sacerdotes para pedir por todas las vocaciones y por toda la Iglesia.

Yo, para empezar, me uno desde aquí a esa oración, donde se pide: por las vocaciones y los sacerdotes, no importa dónde se haga ni quién la haga, solamente importa ser piedras vivas, capaces de hacer todo por amor; para, desde nuestra entrega afable y silenciosa, ayudar a todos y cada uno de los sacerdotes de Cristo.

Pues sé muy bien que:

DIOS, CUANDO LLAMA, NO BUSCA A ALGUIEN PORQUE HAGA COSAS MAGNÍFICAS; ÉL BUSCA A LA PERSONA.