1.- MI HERMANA HA MUERTO… Por Pedrojosé Ynaraja Desde pequeño me enseñaban, junto a la imagen de la Virgen que presidía nuestras oraciones, un frasquito y me contaban que había contenido agua del Jordán. El párroco de la de Santiago, en Calahorra, la había traído y con ella bautizó a mi hermana. Este anecdótico objeto, sin pretenderlo, me aseguraba a mí que aquella Tierra bendita, no era pura fantasía. Que la Historia Sagrada, no era una fábula. Fue la primera ayuda de mi hermana, sin ella pretenderlo. Tendría unos cinco años, eran los agitados tiempos de la guerra civil. Mi hermana, de unos doce, me enseñó a rezar. Plegarias simples, inocentes, a mi medida. Otra cosa era el rosario, práctica familiar diaria. Setenta años han pasado de esto. Mi hermana me pedía: Pedrojosé, no me dejes sola. Le contestaba siempre, que el que estaba sólo era yo, que ella tenía asegurada la compañía de su esposo y de sus hijos. Insistía. Insistió más tarde que le administrase el sacramento de la Unción, lo hice. Llegó un día que ingresó en el hospital. Le hacía compañía, de acuerdo con los turnos que me asignaba mi sobrino. Era consciente de que la ayuda que me había solicitado debía ser de orden espiritual. Se me ocurrió empezar así. Le recordé que en Zaragoza me había enseñado a rezar. Para sorpresa mía, se acordaba perfectamente aquellas plegarias. Las repetimos juntos. Era lo de Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía, ella añadió acertadamente: Jesús, José y María, asistidme en mi última agonía. Estábamos situados en el trance. Sin dramatizar, aquel día y los siguientes, rezábamos, un misterio del rosario. Pensé que su insuficiencia cardíaca no le permitía más. No se contentaba con oraciones vocales. Al principio, una escena de la película Balarrasa, atenazaba su conciencia y cayó en depresión, que preocupó a los médicos más que las deficiencias orgánicas. Se trataba del momento en que la hermana del protagonista, víctima de un accidente, enseña sus manos diciendo: mira, están vacías. Gracias a Dios, le pude recordar a mi hermana que, además de ser fiel en su matrimonio y al deber de educar a sus hijos, había estado ayudando caritativamente en el asilo de las Hermanitas de los pobres y en otras instituciones, y que había socorrido a gente necesitada. Poco a poco fue siendo consciente de su pequeña generosidad, que no pretendo compararla con la Madre Teresa, y superada la angustia, gozó de paz interior. Volvimos a la oración. Aquellas ingenuas súplicas de “los cuatro angelitos, de las cuatro esquinitas que tenía mi cama”, derivaron al salmo: mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros. No pretendo grandezas que superen mi capacidad, sino que acallo y modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre (Salmo 131). Cada día el enfoque de su situación variaba un poco. La vida eterna, la referíamos a su visita al Santo Sepulcro, le infundía esperanza. Pero no era esto lo que más le preocupaba. El miedo al dolor, sí. De nuevo recordamos a Jesús en Getsemaní. Pero Él era Dios, me decía. Pero era más humano que nosotros, con sensibilidad más grande que la nuestra, le añadía yo. Fue bien atendida por el personal médico. Gozó de la simpatía de las enfermeras. Admiraba y veneraba al obispo de la diócesis, Mons Casanova, que tuvo la gentileza de visitarla en su primera estancia en el hospital. Ilusionada, cuando hubo de volver, me pidió que se lo comunicase. Pasaron unos días sin tener ninguna noticia al respecto. Cuando parecía que había superado ella la insuficiencia y estaba preparado su traslado a un hospital de recuperación, volvió a visitarla el obispo. Se quedaron solos un buen rato. Aquel atardecer pensé que el encuentro con el pastor de la diócesis, era suficiente vivencia religiosa y no hablamos de cuestiones cristianas. No puedo dejar de decir, que esta visita de quien ella tanto admiraba fue una demostración de la ternura del Amor de Dios, también en la historia. Al amanecer me comunicaron que había muerto. Era mi hermana, ya había perdido otra, también piadosa mujer. Para un célibe una hermana es algo más de lo que lo es para un casado. Todo amor engrandece, yo había renunciado al matrimonial, el de mis hermanas me había enriquecido, sin llegar a suplir al de una esposa, por supuesto. Pero el Amor de Dios se ha volcado de tal manera en mí, que no he sentido en modo alguno su carencia. Esta fue mi primera constatación. Recordé luego, que habíamos pasado unos días hablando de Dios y ahora se me habían terminado estos coloquios. Me di cuenta de inmediato, que ella, confiaba, estaba junto a Dios y que yo, podía continuar hablando a Dios. Su recuerdo, pues, me invitaba a hacerlo. Ninguna muerte es inútil, la de mi hermana, por dolorosa que me resulte, tampoco para mí lo ha sido. Os lo sirvo en el tapete de este escrito, porque espero que para vosotros también os puede resultar provechoso.
2.- LA CASTIDAD: UNA INVERSIÓN A LARGO PLAZO Por David Llena A mi modesto entender, y en este tema más aún, creo entrever que la castidad no puede presentarse como un impedimento o una renuncia (que lo puede ser). Creo que más bien se debe ver como un renunciar ahora para disfrutarlo luego. Aunque el ejemplo quizá no sea acertado, alguna semejanza si es posible con la idea de un plan de pensiones. Uno renuncia a una parte del dinero que podría gastar ahora para luego recibirlo en su madurez laboral con grandes intereses. Además ese poco que se va dando a ese plan de pensiones, muy pronto pasa desapercibido. Así pues, podemos contemplar la castidad como una renuncia a una parte de la sexualidad que se nos ha dado, para poder disfrutarla con mayor intensidad y profundidad dentro de un amor bendecido por Dios. ¿Qué pasa hoy en día, y desde varias décadas atrás? Que gastamos algo de ese dinero destinado al plan de pensiones o incluso hay quienes lo gastan todo y entonces no ven necesario llegar al momento de la jubilación. Y entonces, cuando deberían dedicar el dinero de la jubilación a viajar con el Inserso y disfrutar porque tienen todo el tiempo del mundo; les toca viajar y estancias de “dos semanas de vacaciones” a misma vez que tienen que dedicar 8 horas diarias de responsabilidad laboral; y es entonces, cuando, al no poder gozar del relax de las vacaciones, tienen que rechazarlas. ¿Por qué no sabemos esperar? Porque estamos acostumbrados a la inmediatez de todo, desde el deseo satisfecho mediante el chantaje del llanto de los niños, hasta el pelotazo de los adultos, o a resolver las cosas ya y como sea. Hay muchas partes de la sexualidad, que podemos descubrir y que debemos descubrir durante esos años de noviazgo, desde las diferencias psicológicas hasta la complementariedad de ambos puntos de vista; son momentos de mucho diálogo y mucha preparación. Nosotros tuvimos la suerte de contar con un sacerdote que reunió un grupo de parejas de novios donde se trataban todos estos temas: La convivencia, la paternidad responsable, la reconciliación,… Aún así, los problemas y dificultades aparecerán, pero ya no nos cogerán tan de improviso, ya estaremos preparados y tendremos un bagaje y un dinero ahorrado, en nuestro plan de pensiones, para estos contratiempos. Aquellos que, llegan cansados de probarlo todo y toda su sexualidad acaba cuando lo probado ya no les gusta, no tendrán inconveniente en renunciar a los frutos de sus actos (los hijos) por no tener tiempo de disfrutarlos y así los hijos se convierten en el problema y todo su problema será como no concebir sus hijos o como deshacerse de ellos sin que nadie se entere. Y aquí encajan el aborto como una solución, pero ojalá cada aborto (lo digo con lágrimas) lleve a sus padres (a ambos) a recapacitar y darse cuenta del camino errado y puedan retornar a la casa del Padre y recomiencen su plan de pensiones… Pero mucho me temo que el primer aborto llevará a muchos otros en una cruel huida hacia adelante. Un último apunte sobre la castidad: “La castidad implica un aprendizaje del dominio de sí”. “El dominio de sí es una obra que dura toda la vida”. “La castidad es también un don de Dios”. CIC 2339,2342,2345. (CIC: Catecismo de la Iglesia Católica) |