LA ORACIÓN DE Y CON JESUCRISTO

LIBRO DE LA SABIDURÍA: SU GRANDEZA NOS ELEVA

Por Antonio Pavía, Misionero Comboniano

“Los pensamientos de los mortales son tímidos e inseguras nuestras ideas” (Sb 9,14).

Veíamos en el texto anterior que un abismo infranqueable se interponía entre los pensamientos de Dios y los nuestros; o, lo que es lo mismo, entre su Sabiduría que abarca todo conocimiento, y la nuestra tan limitada por estar reducida a nuestras pequeñas dimensiones. De ello deducíamos que existen dos formas de saber, lo que daba lugar a dos tipos de pensamientos. Nuestra capacidad de conocimiento engendra, como vemos en el texto presente, pensamientos inseguros, inciertos e incluso tímidos, algo así como si no se atrevieran a salir a la luz.

Quizás a alguien le podría parecer pesimista esta apreciación de Salomón. Parece como si latiera en él una especie de desprecio a la condición humana al catalogar su saber y pensar de forma tan negativa. Si analizamos sus palabras literalmente, podríamos conceder que su criterio no hace justicia a la riqueza intelectual que poseemos los hombres. Sin embargo, si las interpretamos desde su intención, es decir, desde su punto de comparación con la sabiduría de Dios, no encontramos ningún atisbo de menosprecio. El llamado por antonomasia sabio de Israel sólo quiere dejar bien claro el abismo inmenso existente entre Dios y su Sabiduría, y el hombre y la suya.

Ni pesimismo ni menoscabo, sino canto a la omnisciencia de Dios. Canto que encontramos con frecuencia en todos los hombres y mujeres de fe profunda del pueblo de Israel y que nos han legado como patrimonio imperecedero. Sus loas y alabanzas a Dios, el único sabio y omnisciente, no tienen parangón con las de ningún otro pueblo.

Entre tantos hijos de Israel que nos han dado como herencia su asombro e incluso estupefacción ante la obra de Dios y sus grandezas, no podemos olvidarnos de Job. Dios le hizo descender a lo más profundo de los abismos. Y aquello que todo el mundo puede ver como una desgracia, resultó ser su ganancia definitiva: en el abismo conoció a Dios. Un conocimiento que tiene un pórtico de entrada: queda absorto ante su grandeza: “Job respondió a Yahvé: Sé que eres todopoderoso: ningún proyecto te es irrealizable... Sí, he hablado de grandezas que no entiendo, de maravillas que me superan y que ignoro” (Jb 42,1-3).

Una vez que reconoce la hondura de sus pensamientos, su grandeza y su sabiduría, Dios actúa en él. Es como sí le quitara el velo que se interpone ante sus ojos. Entonces oímos a Job hacer una de las confesiones de fe más bellas y enternecedoras que encontramos en toda la Escritura: “Yo te conocía sólo de oídas, mas ahora te han visto mis ojos” (Jb 42,5).

Una vez sondeada la experiencia de Job, damos paso a la del autor del salmo 139 y que muy bien podríamos titular: “Himno, homenaje a Dios omnisciente, al que todo lo sabe”.

Como acabo de decir, su autor expresa su asombro con piadosa reverencia, casi en actitud de adoración exenta de temor, ante su Sabiduría que todo lo abarca, todo lo escruta y todo lo penetra. No hay espacio o acto interno o externo del hombre que no sea conocido por El. La percepción de este salmista no le lleva al temor sino a la admiración: “Yahvé, tú me escrutas y conoces sabes cuándo me siento y cuándo me levanto, mi pensamiento calas desde lejos; esté yo en camino o acostado, tú lo adviertes, todas mis sendas te son familiares... Esto es ciencia misteriosa para mí, tan alta que no puedo alcanzarla” (Sal 139,1-6).

Es al final de su himno donde aparece en toda su evidencia que nuestro hombre de fe no se asusta ni se retrae ante Dios por el hecho de que su Sabiduría lo abarque todo; es tan penetrante que escudriña hasta lo más oculto que hay en él; Aun así, nuestro hombre hace de este descubrimiento una palanca para acercarse a El. Le suplica que, dado que conoce profundamente su corazón y que es consciente de sus debilidades, que no le deje de sus manos, que permanezca junto a él en su camino. Sólo así sus pasos podrán dirigirse por la senda de la vida eterna: “Sondéame, oh Dios, y conoce mi corazón, pruébame, conoce mis desvelos; mira que no haya en mi camino de dolor, condúceme por el camino eterno” (Sal 139,23-24).

Como broche de oro para cerrar la pléyade de los fieles israelitas que cantaron la grandeza de Dios, traemos a nuestra presencia al autor del libro del Eclesiástico. Acudimos a este israelita porque, de una forma magistral, une la grandeza y majestuosidad de Dios, con su misericordia. Es como si tanta altura tuviera como función levantar hacia El al hombre: “El que vive eternamente lo creó todo por igual, sólo el Señor será llamado justo... El poder de su majestad, ¿quién lo calculará?, ¿quién pretenderá contar sus misericordias?... La misericordia del hombre sólo alcanza a su prójimo, la misericordia del Señor abarca a todo el mundo. El reprende, adoctrina y enseña, y hace volver, como un pastor, a su rebaño...” (Si 18,1-13).