TALLER DE ORACIÓN


Julia Merodio comenta en su texto las tres celebraciones principales de este número extra: María, la Madre de Dios, la Epifanía y el Bautismo del Señor.


1.- MARÍA: PROTAGONISTA EN LA ACCIÓN DE DIOS

Por Julia Merodio

La acción de María, en la historia de la salvación, es absolutamente una opción personal; apoyada: en un acto de fe, un acto de confianza y un corazón inundado de amor.

COMIENZA UN NUEVO AÑO

Aunque el año litúrgico tuvo su inicio con el primer domingo de adviento, el año civil tiene su comienzo el día 1 de Enero; día en que la Iglesia presenta, como figura destacada, a María Madre de Dios y cuya fecha se designó, más tarde, para conmemorar la jornada mundial de la Paz. Por tanto se trata de volver a comenzar, de tomarnos en serio el año que iniciamos y, todo ello, desde la paz, desde el sosiego y desde la acogida a los demás.

Todos hemos experimentado que, la vida es un proceso en el que todo comienza y se acaba, para dar paso a otra novedad, a otra situación, a otra circunstancia… Sin embargo, las prisas y la rapidez, hacen que pasemos de un escenario a otro, como marionetas manejadas por el viento que sopla; ni siquiera somos capaces de percibir lo que se está desarrollando.

Además de eso, nuestra mente no termina de aclararse. Mientras que, para unas cosas, pedimos innovación a gritos, para otras requerimos que se conserve la tradición; mientras para unas circunstancias pretendemos estar al día, en otros momentos estamos ya preparando acontecimientos a largo tiempo… Nada se consolida con lo que requiere el momento actual; único momento realmente cierto.

Las personas de nuestro tiempo somos gente que, vivimos el futuro sin que nadie lo pueda remediar. ¿Qué nos pasa si no reservamos un billete, para viajar, con suficiente tiempo? Pues que nos arriesgamos a que estén agotados el día que lo necesitemos. Y ¿Con cuánto tiempo hemos de reservar las vacaciones? Pues todos sabéis que, cuando vivimos Navidad, reservamos las de Semana Santa y cuando llega esa fecha ya estamos reservando las de verano… Circunstancia que, no nos deja centrarnos en lo que tenemos presente.

Fijaos ¿qué le pasará a la gente que no tenga reservado, algo concreto, para Noche Vieja? ¡Eso si que será un verdadera tragedia! Empezar el año despierto ¡Qué atrocidad! Pero no, la gente tiene reservada su “noche vieja” desde hace meses y la celebrará a tope ¡cómo no! Y pasará el primer día del año durmiendo, martirizados por la resaca; imposible estar para nada ni para nadie, hecho que les hará comenzar el año el día 2 de Enero, pero llenos de felicidad pues podrán hablar de la noche vieja a todos sus amigos y conocidos, situación que los llenara de prestigio en su entorno.

Aunque contado de esta forma, un poco jocosa, es ciertamente triste el haber llegado a esta forma de vivir los grandes acontecimientos de nuestra vida, sin ser capaces de quedar admirados ante la grandiosidad que supone el haber terminado un año y que Dios nos regale otro nuevo.

DIOS QUIERE BENDECIRNOS

Si la Navidad nos trajo el amor de Dios y nos hizo sentirnos amados por Él, el Año Nuevo comienza bendiciéndonos. La Solemnidad de María Madre de Dios, se abre con una bendición que muchos se perderán porque, como ya he apuntado, para ellos el día primero del año, queda anulado al pasarlo durmiendo. Pero, lo triste está en que, aunque alguien se lo hiciera saber, tampoco les importaría mucho, pues ¿qué es eso de la bendición? ¿Para qué sirve? ¡Cómo vamos perdiendo la grandeza de lo esencial!

La bendición viene de antiguo. En el libro de Deuteronomio ya aparece una fórmula de bendición sacerdotal; el sacerdote bendecía a la asamblea, en nombre de Dios. Intercedía a Dios por todos ellos pidiéndole su gracia, su protección, su paz… esa bendición era acogida por todos; de tal forma que luego los padres la pasaban a sus hijos bendiciéndolos. Los bendecían al salir de casa, al levantarse, al emprender una nueva situación, en los acontecimientos relevantes de su vida… Y, ellos entendían perfectamente, que eran bendecidos porque eran amados, pues la bendición sale de un corazón que ama.

En nuestros días esta práctica se ha perdido, pero no en todos en todos los lugares. Es verdad que a nosotros, quizá nos parezca algo obsoleto, pero esotros países se sigue practicando. Cuántas veces vemos en televisión personas que las ponen en comunicación con sus padres, fuera de España, y lo primero que les dicen es: ¡Bendición! ¡Qué Dios le bendiga mi hijito! ¿Acaso no os parece entrañable? Pues a muchos les sigue pareciendo que eso es signo de no haber progresado.

HEMOS SIDO BENDECIDOS

Aunque, tantas veces, lo pasemos por alto, como hijos amados de Dios hemos sido bendecidos y aunque ya no tengamos conciencia de tan gran don, tened la seguridad de que lo seguimos siendo.

Hace un tiempo leí como la comunidad judía celebraba un “mitzva” celebración en la que un adolescente de unos 13 años es declarado adulto por la comunidad y, en medio de ella, dirige el servicio religiosos por primera vez; momento en que sus padres lo bendicen. Quedé conmovida. Me imaginaba a Jesús, en el pasaje del evangelio, en el que el evangelista lo presente en medio del tempo, abriendo el rollo y leyendo… ¿Lo bendecirían a él María y José? Los imaginaba temblando, ante ese adolescente-adulto del que conocían su procedencia y al que bendecirían en nombre de Dios –su Padre-

Bueno pues ante el hecho que os cuento, me conmovió profundamente al leer la bendición con que, los padres habían bendecido a su hijo, en el “mitzva”; decía así: “Hijo, te pase lo que te pase en la vida, tengas éxito o no, llegues a ser importante o no, goces de salud o no recuerda siempre cuanto te aman tu padre y tu madre”

Fijaos que belleza. ¡Cómo se sentirían cualquiera de nuestros niños y jóvenes si nosotros fuésemos capaces de decirles esas palabras, salidas del corazón! ¡Cómo cambiaría la vida de esos jóvenes que caminan llenos de miedos, de inquietudes, de inseguridad…! ¡Qué fuerza cogería si recibiesen la bendición de sus padres, de sus profesores, de los sacerdotes…!

Pero antes necesitarán escuchar lo que significa la palabra bendición. Es algo admirable, os aseguro que el día que yo lo escuché se me ensanchó el alma.

Bendición: “bene dicere” –decir cosas buenas de alguien, alabar a otro, aplaudirlo, honrarlo… hacer ver sus cualidades. Bendecir es afirmar la condición de ser amado, es dignificar, engrandecer… porque la bendición crea todo lo que dice.

Cuando se bendice a alguien se declara, veladamente, una admiración. Esta actitud es algo que nos cuesta acoger a las personas de nuestro tiempo; normalmente hoy se admira lo externo y esa admiración, en algunos de los casos, lleva algo de condena, de envidia, de rivalidad… Todo vale, cada vez percibimos menos la distinción entre acciones buenas o malas; entre vicios o virtudes; entre amar y utilizar… Por eso perdemos la capacidad de bendecir, porque la bendición engloba una bondad que lleva al otro a sentirse amado, mientras que esas adulaciones postizas lo llevan a la insatisfacción.

Hemos llegado al momento clave para silenciarnos. Es el momento de entrar en oración ante Dios y observar cual es la realidad que anida en nuestro ser. Sería bueno que nos interrogásemos; y para ello es necesario estar despejados y lúcidos; vigilantes y valientes…

Podríamos empezar a observarnos con estas incógnitas:

-¿Qué significa, para mí, ser bendecido?

-¿Soy persona dada a la bendición?

-¿Cómo hablo de los míos?

-¿Cómo hablo con ellos?

-¿Cómo los bendigo y los dignifico?

Así sin perder el clima de oración vamos a dejarnos bendecir; estas palabras con que nos recibe la liturgia:

“El Señor te bendiga y te proteja,

Ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor;

el Señor se fije en ti y te conceda la paz”

Después volvamos al silencio y dejemos que el Señor nos siga bendiciendo, hasta que las cosas difíciles, que nos oprimen, den paso a la sensación de sabernos queridos por el Señor y nos sintamos amados con su Amor eterno.

DIOS HA HABLADO POR JESUCRISTO

María fue la escogida para abrir esa puerta sellada, que impedía el que Jesús pudiese entrar en nuestro mundo. Ella fue la que hizo realidad que: “El Verbo se hiciese carne y habitase entre nosotros”

Juan es el encargado de presentárnoslo con ese comienzo, de su evangelio, que nunca nos cansamos de proclamar: “En el principio existía la Palabra y la Palabra era Dios…” ¡Qué bien lo entendía Juan y con qué fuerza debió vivirlo!

Así lo demuestra al tratar de dar testimonio de ello; su afirmación es categórica: Nosotros hemos conocido su gracia –nos dice- ; sus signos, sus prodigios… esos que siguen permaneciendo en vuestro mundo. Y hemos conocido también, su sabiduría, su ciencia, sus palabras… esas palabras que son eternas, que no tienen fecha de caducidad… porque Dios se ha hecho palpable y ellos lo han conocido.

Es, cuando menos, asombroso que ya Isaías, tanto tiempo atrás, tuviera palabras que invitan al júbilo de celebrar esos hechos portentosas que Dios realiza por medio de la Palabra. Lo leíamos el día de Navidad: “¡Qué hermosos son los pies del mensajero que anuncia la paz…! La Palabra anunciante de paz, los vigías gritando, el pueblo cantando… y todo porque el Señor consuela.

-Que importante regalar palabras de consuelo a los abatidos.

-Que primordial tener unas palabras de alivio para los que sufren.

-Que reconfortante escuchar una palabra de apoyo, para los que están caídos…

-Realmente sería grandioso, regalar a todos con nuestras palabras, porque hayamos siso capaces de dejar, que sea el mismo Dios, el que hable por medio de nosotros.

Pues Dios se ha hecho carne para hablar con claridad, con sinceridad, con autenticidad y por eso sus palabras tienen Vida. Dios hablando por medio de Jesús, con un mensaje envuelto en misericordia y bondad.

Con unas Palabras que tienen la fuerza de sanar: ¡Levántate…! ¡Quiero queda limpio…! ¿Qué quieres que haga por ti…? ¡No temáis…!

Pero, con tristeza vemos que la Palabra de Dios sigue sin ser acogida, por eso hoy se nos elige a cada uno de nosotros para que también gritemos: Mirad al Niño nacido en Belén, no os abrume la miseria que pueda envolver la realidad; en ese Niño de Belén se vuelcan los deseos de Dios para con el ser humano y los del ser humano para con Dios. No dudéis en llegar a Él, no dudéis en actuar en su nombre, pues sus palabras y sus hechos llevan dentro al Vida.


 

2.- EPIFANÍA: EL PASO DE DIOS POR NUESTRA VIDA

En la Palabra estaba la vida

y la Vida era la luz de los hombres”

Así sucedió en aquella cueva de Belén. Cuando en ella aparece la Vida, todo se inunda de luz y, aquel resplandor es divisado, por aquellos extraños personajes, que seguían la estrella.

Seguro que cuando llegasen ante María y José, poco les podrían decir, la diferencia de idioma les haría difícil la comunicación; sin embargo, al ver al recién nacido, se inunda su ser de tal manera que ya no necesitan pronunciar palabras.

La ternura que despierta en ellos aquel Bebé les hace ver su pequeñez y los transporta a lo auténtico, a lo que de verdad buscaban, sin saber siquiera lo que era.

Es entonces cuando se encuentran de frente con la auténtica Luz, esa luz que brilla mucho más que la estrella que los ha guiado y que ya no se apagará; perdurará, en sus vidas, después de navidad y siempre.

Ante tanta grandeza las rodillas se les doblan para adorar. De hinojos, ante el Niño, empiezan a sacar los regalos que traían para ofrecerle, unos regalos caros y valiosos que costaban una fortuna. Pero pronto se dan cuenta de que Él era el auténtico regalo. Que los auténticos regalos son esos que no se pueden adquirir con dinero, esos que no se pueden vender, que solamente se pueden donar desde la mayor gratuidad.

Por eso Dios es el gran regalo, porque no se impone. Nadie puede imponer un regalo, como no se puede imponer la alegría ni el llanto. ¡Tantas frustraciones el día de Reyes porque no nos han obsequiado con el regalo que esperábamos!

La imposición del regalo va en contra de la gratuidad. Por eso Dios no se impone, está –como en suspenso- ofreciéndose a la libertad de quien lo quiere acoger. La gratuidad del regalo, envuelve todo el regalo en sí; por eso para que se dé el auténtico acto de regalar, renecesita:

-Gratuidad en el que da.

-Gratuidad en el propio regalo.

-Y gratuidad por parte del que lo recibe.

Porque si esto no es así, ciertamente hay algo que desvirtúa el regalo.

Y ahí estaba el mismo Dios “en oferta” y nunca mejor dicho, porque estaba ofreciéndose y más barato imposible; cualquier persona puede alcanzarlo solamente se necesitan unas manos y un corazón que quieran acogerlo.

Y dentro de aquella humilde cueva, otro gran regalo: María, cuyo nombre significa lugar de encuentro con Dios. Ella es el regalo que da a luz, la gran noticia de Dios.

Además María es un regalo porque es una madre y madre no hay más que una. Una madre puede tener muchos hijos, pero madre sólo hay una; por eso utilizamos el posesivo: es mi mamá.

Lo más bonito está en que Dios, siendo Dios se hace el regalo de una madre, el único regalo que se hizo en la vida, con el privilegio de poder elegirla, cosa que a nosotros se nos da impuesta.

Y, ahí tenemos ese juego de regalos envuelto en la mayor gratuidad. La maternidad es un regalo –aunque quiera adulterarlo-. Un hijo es un regalo. Pero, este hecho, agranda en María y de manera especial la gratuidad, porque María era Virgen. Juan Pablo II, que tanto amor tenía a María lo dice con estas bellas palabras: “Por ser Virgen esperó de Dios toda su fecundidad” Este regalo mutuo lo entendieron muy bien Jesús y María, ellos fueron cómplices; María porque llevó hasta las últimas consecuencias el dejar a su hijo hacer lo que tenía que hacer y le hizo salir de ella para ofrecerse; creo que no hay que explicar a una madre el dolor que ese hecho supone. Y Jesús porque nos regaló a su Madre y esto es difícil de asimilar. Se desposeyó de lo único que tenía: su Madre. Pero no sólo eso, además nos dejó mirarla con sus mismos ojos y llamarla como Él la llamaba.

¡No me diréis que en la cueva de Belén no había regalos! En aquella situación Jesús nos hacía el regalo de hacerse hombre como nosotros. De ver nuestra humanidad tan preciosa, que elige sus privilegios para hacerse humano y escoge una humanidad vivida desde la pobreza y la sencillez. Dios nos regala a su propio y no me diréis que no cuesta regalar lo que más quieres: tu propio hijo.

Lo que pasa es que Dios ha amado a nuestro mundo en lo que menos nos gusta; a nosotros nos gusta más quedarnos con los Reyes Magos, poderosos personaje para los que no hay obstáculos. Sin embargo, en esa contradicción de la vida, esos personajes encuentran su gran regalo en el Dios que reposa entre pajas. Porque cuando un alma se inunda de Dios, sabe leer los acontecimientos de la vida con una sabiduría distinta.

Por eso ahora solamente nos queda postrarnos en tierra y adorar. Hacer silencio e iniciar un rato largo de oración, para ir entregando al Señor todos nuestros regalos, ¡todos! hasta quedarnos vacíos, hasta hacernos transparentes; porque solamente así, podremos convertirnos en regalo para los que nos rodean; sólo así, podremos ser manifestación de Dios; sólo así, podremos mirar a la cara a Jesús y decirle como los magos de Oriente:

Mi gran tesoro eres Tú. Y como los magos sabremos:

• Descubrir a Jesús en cada circunstancia de nuestra vida.

• Manifestar a cada ser humano la salvación de Dios.

• Encontrar a Jesús en los desheredados de la tierra.

• Gritar a los demás lo que Jesús significa en nuestra vida.

• Y dar testimonio de que, la vida es inexplicable, si no hemos sido capaces de

encontrar a Dios.


 

3.- EL BAUTISMO DE JESÚS

Al terminar las fiestas de Navidad, la liturgia sitúa la fiesta, del Bautismo de Jesús, como puente entre el nacimiento y el comienzo de su vida pública.

Si todo en Belén ha sido pobre y menesteroso, su “bautismo” es también una humillación de sí mismo, un olvidarse de sus privilegios; es la aceptación e inicio de su misión como siervo. Porque, Jesús entendió como nadie, que la verdadera humildad está en la entrega servicial y callada a los demás.

Lo vemos claro en nuestra vida, la falta de humildad, es la raíz de muchos de nuestros problemas.

-Si escasea el diálogo en el matrimonio: es por falta de humildad.

-Si a los grupos les cuesta consolidarse: es por falta de humildad.

-Si en el mundo hay tanta diferencia entre ricos y pobres: es por nuestra falta de humildad.

-Si no hay sumisión a la moral católica: es por falta de humildad.

-Si hemos descuidado todo lo que suena a religioso: ha sido por falta de humildad; creemos que lo podemos todo, que somos los mejores, que no necesitamos acudir a la fuente de la gracia, que se halla en el núcleo de la liturgia.

Sin embargo, la humildad de Jesucristo va mucho más lejos, no es solamente la expresión de un sentimiento hacia su Padre, sino una entrega total sin medir los riesgos. Él no buscó ser grande, ni se sintió avergonzado al tomar la naturaleza humana, ni al verse nacer en una cueva, ni sentirá vergüenza al morir en una Cruz… aunque humanamente todo esto pueda resultarnos contradictorio; Él solamente quiere cumplir la voluntad del padre y llegará hasta el final.

Y el Padre que entiende, perfectamente la entrega del Hijo, lejos de dejarlo solo y volcado a su suerte, abre los cielos para comunicarse con Él, para que sepa que es el Hijo amado y, que por serlo, quiere bendecirlo delante de todos, para que nadie ignore que es predilecto de su corazón. Y así, mientras Jesús estaba sumido en ese silencio impactante, una voz suave e íntima se deja oír: “Este es mi Hijo, en el que me complazco”

--¡Qué dicha llegaría a nuestro mundo si fuese capaz de escuchar esa voz!

--¡Cómo cambiaría nuestra vida si abriésemos los oídos de la fe para escucharla!

El día de Navidad puse la televisión para recibir la bendición del Papa y como estaba escribiendo sobre la bendición al escuchar, las palabras “urbi et orbe” sonaron de forma distinta en mis oídos. El Papa bendiciendo a todo el ser humano, al orbe entero.

También Jesús es bendecido a la vista de todos y sin embargo me doy cuenta de que muchos nunca se enteraran de que, también ellos, han sido bendecidos.

Sólo lo malo hace ruido y se tramite a gritos, solamente las críticas, las agresiones, los ataques de cualquier tipo son aireados a gritos; mentiras que se pueden creer o no, pero que en cualquier caso siguen siendo mentiras.

Mientras le bendición edifica a la persona, la levanta, la engrandece… ¡Qué pena que nos hayamos olvidado de una gracia tan especial!

Por eso, querría invitaros a recordar vuestro bautismo, en silencio, junto a Dios y en esa actitud orante que seamos capaces de escuchar su Palabras y dejar que nos bendiga.