CONSERVADORES Y PROGRESISTAS Por Ángel Gómez Escorial Llevo mucho tiempo queriendo escribir sobre este tema, sobre posiciones de la Iglesia española, que determinan una nomenclatura que tópicamente se divide en conservadores y progresistas. He sentido una cierta pereza al respecto porque existe el peligro de caer, precisamente, en el tópico. Pero en estos días con la polémica suscitada en Euskadi –y en toda España—por la no aceptación de una parte del clero guipuzcoano del nombramiento como obispo de San Sebastián de monseñor José Ignacio Munilla, me facilita hacerlo. Bien es cierto que la principal oposición de los párrocos y presbíteros de esa diócesis ha aflorado para –según dicen—el “antinacionalismo” de Munilla y, en mucha menor medida, por su presunto conservadurismo. Pero tanto da. Ahora se está preparando una mini-serie en Televisión Española sobre el Cardenal Tarancón. Monseñor Vicente Enrique y Tarancón fue arzobispo de Madrid y presidente de la Conferencia Episcopal española en los años –no fáciles—de la transición política española de la dictadura a la democracia. Pero, además, la Iglesia española había iniciado un evidente alejamiento del Régimen franquista con el que había colaborado en los años posteriores al final de la Guerra civil. Incluso al Papa Pablo VI el régimen franquista le consideraba antiespañol por su poco apego a la dictadura. El Concilio Vaticano II había sido el impulsor de esa separación y la Iglesia preconizaba, con cautela, la democratización de España. Y es entonces cuando yo comencé a oír lo de cristianos progresistas y cristianos conservadores, aunque a mí, en esos años, los cristianos y el cristianismo no me importaban mucho. Pero, entonces, se entendía bien, claro. EL CONCILIO Como he citado ya muchas veces yo considero que me convertí a los 50 años, allá en julio de 1991, y me encontré que no tenía mucha información sobre la Iglesia en ningún sentido. Y tuve que forzar una etapa de muchas lecturas para recuperar el tiempo perdido. Si es verdad, sin embargo, que tenía una buena formación política surgida de mi dedicación al periodismo político. Las ideas “preformadas” mías sobre la Iglesia eran muy políticas e, incluso, en mi ejercicio periodístico yo tuve la sensación de que los obispos era un poco como los gobernadores civiles. La realidad, años después, me demostró que no era así y que la independencia de los prelados dentro de un diócesis existía. En fin… Descubrí enseguida que la vara de medir para el progresismo y el conservadurismo era el Concilio Vaticano II. O, incluso, las valoraciones objetivas y subjetivas que se daban sobre el Concilio. En esos primeros años de gran curiosidad por lo religioso, tras la conversión, descubrí que para muchos obispos y sacerdotes españoles se aceptó el Concilio como un mal menor y se esperaba que la tormenta pasara pronto. Pero descubrí a otros muy insatisfechos porque el Concilio Vaticano II no había consumado todas las reformas previstas o anheladas, respecto a la modernización de la Iglesia en, por ejemplo, el celibato sacerdotal o el incremento del peso de la mujer en la organigrama de la Iglesia. Ya con Betania en la Red, como se sabe nació en diciembre de 1996, pude aproximarme, aunque tarde, a la Teología de la Liberación. Se organizó una fuerte y larga polémica en las páginas de Testimonios que me sirvió a mí para refrescar toda esa cuestión desde una vertiente más religiosa y menor política. Pero la cuestión quedaba clara: la explotación de los más débiles en Latinoamérica creaba una situación de una enorme injusticia. Algunos cristianos no abandonaron jamás el sentido pacífico que Jesús de Nazaret imprime a todos sus seguidores. Otros, sin embargo, si aceptaron la violencia como respuesta. Y, en fin, en estos días –en Noviembre—el Estado salvadoreño ha condecorado a Ignacio Ellacuría y sus compañeros mártires. Ellos murieron asesinados en la sede de la Universidad Centroamericana el 16 de noviembre de 1989 por elementos cercanos al Gobierno salvadoreño de entonces. La realidad es que quienes eligieron la vía pacífica tampoco salvaron la vida. La Teología de la Liberación fue, sin duda, un movimiento incardinado en Latinoamérica que no servia de catalizador divisorio para la cuestión española. Aquí los progres y los neocon se producían más por esas diferencias en la interpretación del Concilio. Hace poco leí un artículo de un prestigioso periodista radiofónico que hacia referencia a la situación de la Iglesia católica holandesa. Y opinaba que estaba completamente “destruida” salvo en una caso de un pequeño grupo de fieles –citaba, creo, el Libro de los Macabeos-- y que sobre ese grupo –desde ese pequeño resto-- había que intentar reconstruirla. Hace poco también en conversación con un sacerdote levantino me refería como las iglesias se cerraban por falta de fieles. El desinterés de los franceses no era muy explicable para él, pero, en cierto modo, y aún en sentido contrario, venia casi a expresar lo mismo. Había un cierto hastío porque la Iglesia no había evolucionado tanto como lo esperado. Y estas dos ideas me llevan a hablar de la situación actual entre progresistas y conservadores en términos de mayor cercanía que lo pudiera salir de viejas disputas de los años ochenta. LA POLÉMICA DEL ABORTO Un libro del sacerdote de la diócesis de Oviedo, don Luis González Morán –es también profesor de la universidad de Comillas-- sobre el aborto, centra, muy bien, la polémica en torno a esta espinosa cuestión, anticipando él –y yo también—que cree en la existencia de una persona humana desde el primer momento de la fecundación. Dice textualmente González Morán en la introducción de su libro “Aborto, un reto social y moral”: “Puede decirse que, desgraciadamente, es un tema de cuya discusión surgen con mayor fuerza y llegan hasta el enconamiento los enfrentamientos ideológicos, culturales e incluso religiosos. En esta materia (el aborto), en vez de posiciones divergentes parece que se enfrentan hostilidades radicales que con mucha frecuencia, derivan hacia innecesarias descalificaciones globales, tanto de ideas como de personas”. El enfrentamiento está ahí en términos muy políticos. No todos los católicos, aun no aceptando para nada el aborto, aceptan el excesivo enfrentamiento. Algunos dicen que sería mejor el dialogo. Aunque, claro, los políticos –algunos de ellos—que mueven estas decisiones legislativas sobre el aborto están encantados con el enfrentamiento con la Iglesia que bien puede facilitar sus anhelados designios de enguetar de una vez a la Iglesia y a los católicos. Puede que el diálogo sea imposible. Pero desde el lado católico hay gentes que no desean tal diálogo tampoco. La única medida es el enfrentamiento. Y eso es muy poco cristiano, por mucho que se quieran defender las vidas de los no nacidos. Pocos católicos son partidarios del aborto. Pocos. Algunos creen que el Estado tiene que organizar una cuestión difícil de parar, desde el punto de vista sanitario. Porque en España se abortaba antes de la existencia de la ley de despenalización y con una nueva prohibición se seguiría abortando. Otros si son partidarios de que el Estado legisle una ley de plazos. Pero la impresionante influencia que tiene en el actual Gobierno de España la llamada ideología de género, llega a crear aspectos repudiados en un setenta por ciento de los españoles, como es la posibilidad de abortar a los 16 años sin permiso y conocimiento de los padres. La idea es que si la ley permite las relaciones sexuales con consentimiento a los 16 años, lo mismo debe ser para el aborto. Y la radicalidad de unos trae la radicalidad de otros. Esto se cita aquí sólo a modo de ejemplo, ya que la visibilidad de los católicos centrados o casi progres es mínima. LOS “PROTESTANTES” Dicen –eso me dicen—que los neocom triunfantes, lo que defienden el pequeño resto de ortodoxia llaman a los progres los “protestantes”. No se si estarán entreviendo el cisma o son, simplemente, apasionados o exagerados. Lo que está claro es que desconfían de los que no piensan como ellos. Y, tal vez, quieren terminar de una vez con ciertas permisividades originadas en el Concilio. No he sido capaz de establecer el verdadero valor del traslado de los seminaristas de la diócesis de Palencia, por parte del entonces obispo de la diócesis, monseñor Munilla, a la facultad de Teología de San Dámaso, situada en Madrid y auspiciada por su archidiócesis. Parece que ese hecho trajo estupor y sorpresa en Palencia. No sé si es que didácticamente, en pura técnica de la enseñanza, es mejor San Dámaso que el seminario castellano-leonés. No lo sé. Aunque podría pensarse cualquier cosa. La teoría del pequeño resto para salvar a la mayoría –al estilo de lo que se lee en el Libro de los Macabeos—es altamente inexacto. Es obvio que los Macabeos se alzan contra la destrucción evidente de la religión judía y contra la persecución de aquellos que se mantienen fieles. Pero, en este caso, hay miles y miles de sacerdotes y laicos que, desde una óptica, más dialogante con la sociedad que nos ha tocado vivir, no son contarios a la fe, ni a los sacramentos, ni a todo lo sublime que contiene el obispado de Roma. Y, sin embargo, el otro grupo recela de ellos porque no coinciden al cien por cien con sus planteamientos. A MODO DE RESUMEN El resumen no puede ser más que este. En una zona de la política española, amparada en las filas del PSOE impera en profundidad la llamada ideología de género, como casi única ideología, obviando y olvidando otros pronunciamientos ideológicos habituales y meritorios de la izquierda. Un enemigo a batir es la Iglesia, por su propia estructura y por sus planteamientos. No ven en la Iglesia la capacidad de sacrificio, la atención a millones de pobres y marginados, la importancia de un pensamiento que lleva muchos años en el interior de los pueblos. Sólo ven en ella su supuesta condición patriarcal y machista, sin admitir su lenguaje de amor y de servicio. Miran, tal vez, sólo hacia el pasado y sólo ven en la Iglesia un apoyo a las sociedades patriarcales. No entienden que la Iglesia vea en la procreación el fin primordial del amor físico. Pero, asimismo, en otra zona de la Iglesia española, tras el susto morrocotudo que les dio el Concilio, quieren volver a antiguas ortodoxias donde se sentían más seguros. No hay mucho de sentimientos de pobreza, de humildad, de cordialidad, de mansedumbre. Desconfían de los “centrados”, de aquellos que quieren mantener cauces abiertos con la sociedad, con aquellos que, incluso, son adversarios. Cuando algunos dicen que los auténticos pobres de este momento son los niños que no nacen a causa del aborto, atacan la dedicación antigua, desde los tiempos de Jesús, a los más pobres. Y si sustituyen a los pobres de verdad es porque no quieren ayudarles. Y, en definitiva, que tiene que ver una cosa con la otra. El mundo del mal y de las carencias es multiforme. Y es necesario evitar, con todo el empuje posible, la practica del aborto. Pero no se puede dar de lado a los pobres porque dejaríamos de ser cristianos. PECADOS “MAYORES” Y “MENORES” Una cosa que siempre me ha desconcertado mucho es la elección de los pecados “mayores” y “menores”. Veamos: enfatizar, por ejemplo, los excesos en la cuestión sexual y no hablar nunca de los excesos económicos y de opresión económica a las personas. Y por qué no se habla de las dos cosas al mismo rango, ¿no lo tienen? El pecado –que existe—es multiforme y, desgraciadamente, encadena a hombres y mujeres de muchas formas. No hay pecados de “primera” o de “segunda”. Solo podrán graduarse por la gravedad de sus efectos. Y, obviamente, no dar la oportunidad de vivir a miles y millones de niños nonatos es gravísimo. Pero son igualmente graves los comportamientos que, mediando la avaricia por el dinero –que es un ídolo—producen la muerte de miles y miles niños de hambre o de enfermedad, por no tener medios. ¿Y por qué unos u otros utilizan ambos casos como armas contrarias? Son pecados idénticos, porque a la postre producen la desaparición de personas con alma. Los cristianos no podemos dejar de tener a Cristo presente a todas las horas del día. Y no podemos, asimismo, aceptar unas enseñanzas y otras no. No podemos construir una jaula de oro para meter a Dios en ella, como hacían los fariseos. Hemos de ser humildades, cordiales, pacíficos, no agresivos, no hemos de dejar por perdidos para siempre a unos hermanos nuestros que nos hostigan y hasta nos atacan. Hemos de tener la esperanza de que podemos salvarnos, aunque sea difícil. Hemos de volver con humildad a la tierra del Padre que nos espera con alegría, que ha ido todos los días a la colina cercana para ver si llegábamos. Y, además, por muy duro que resulte tenemos que poner la otra mejilla. Parece inhumano, irrita toda soberbia, pero es así. El mejor titulo que tiene el Papa y al que debemos aspirar todos los cristianos es aquel de “servidor de los siervos de Dios”, aunque algunos hermanos no se dejen servir ni por el Papa, ni por Dios. Hemos de intentarlo.
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