NO ES MIA LA IDEA

Por David Llena

Juan acababa de tener un hijo. Era su primer hijo, y Juan estaba loco de contento. Había hecho muchos planes para él junto a Teresa su mujer. Los tres vivían felices en una casa confortable sin grandes lujos pero con todo lo necesario. Juan y Teresa disfrutaban cada hora que tenían en la compañía de su pequeño. Por las noches disfrutaban viéndole dormir, ¡era tan guapo! Aquel niño había colmado de felicidad a ambos y eso se notaba en el hogar. La abuela del niño hubiera querido bautizar al pequeño, pero los padres no lo veían necesario, pensaban que ya habría tiempo para ello e incluso pensaban que no debían imponerle ninguna fe que él debería elegir.

Al poco tiempo cuando llegó la primavera, gustaban de dar largos paseos por los parques de la ciudad, el pequeño iba sentado en su carrito y a veces lo llevaba su padre junto a él, en uno de esos artilugios que enganchándose a la espalda, permiten transportar al niño.

El pequeño apenas contaba con un año de edad, cuando en uno de esos paseos vespertinos, se cruzaron con un hombre bien parecido, que se les quedó mirando. No era una persona de la que se pudiese desconfiar, se les acercó y entablaron conversación. Les contó que venía de un país lejano, y que acababa de heredar una gran fortuna, su padre le había dejado una herencia fabulosa y que pretendía repartirla entre la gente del mundo. En cada ciudad que visitaba, elegía una persona y le regalaba un lingote de oro.

En esta ocasión, se había fijado en el pequeño hijo de Juan y Teresa. No era un niño especial, pero la sonrisa no se le borraba de la cara y eso fue lo que le llamó la atención a este hombre venido de tierras lejanas. Así pues, fue una sorpresa muy grata para ellos recibir ese regalo inesperado en forma de lingote de oro.

Una vez llegados a casa contaron lo sucedido a los padres de Teresa, cómo aquel hombre le hizo aquel regalo al pequeño y la gran suerte que habían tenido. A lo que la abuela contestó: “¿Por qué cogisteis el lingote de oro para el niño?” “¿Por qué lo cogisteis sin preguntarle?” “Podíais haber esperado para que él decidiese si lo quería o no”. Y entonces: “¿Por qué no le dais el tesoro de la fe?” “Es un don de un hombre Jesús que lo recibió de su Padre, le da la salvación de su alma y le posibilita disfrutar de grandes ventajas que también vosotros podéis disfrutar” Porque privar a los pequeños de ese gran regalo. Bauticemos a los niños.

 

AGRADECIDOS

Por Pedrojosé Ynaraja

Que me perdone el lector si cree que insisto en lo musical. Aludo a mi favor, que, cuando hoy en día se interesa uno por lo que en cualquier periódico, revista o noticiario de Radio o TV, llaman cultura, queda decepcionado, pues, a cualquier cosa, por desafortunada que sea, se le llama así. Los conciertos sinfónicos y los espectáculos de ballet, en cambio, tienen calidad, casi siempre. Otra cosa es que goce uno en ello. Que cada uno es cada uno y tiene sus cadaunadas. Y para poder ser más exacto en el comentario, me referiré exclusivamente al ballet.

Al final de una pieza bien interpretada, quien la ha protagonizado, recibe el aplauso de los asistentes, y él o ella, se vuelven al público y saludan agradecidos. Este gesto lo efectúan siempre con una elegancia extraordinaria. Tal vez le parezca ridículo al lector el que le diga que es el momento que más espero, allí donde se descubre la expresión más personal del interprete. He visto muchas veces “la muerte del cisne” de Camille Saint-Saëns. No se si existe otra coreografía que la que ideó Fokine para Páulova y que es la que se sigue interpretando. Sublime sin duda, que nadie se escandalice si le digo que lo que yo siempre espero, como creación original, es la actitud, el saludo, que dirige la bailarina, como agradecimiento a los aplausos. Otro tanto diré del famoso Bolero de Ravel. La música, y la coreografía de Maurice Bejart, que es la más conocida en la actualidad, me las sé de memoria, ahora bien el saludo de la danzarina, es siempre diferente, siempre elegante, pero diversa, por mucho que acompañe a los aplausos, que suenan siempre igual. Uno no se cansa de observar la mirada, la sonrisa, los ademanes corporales.

No soy amante de los espectáculos deportivos, pero, aun sin quererlo, antes o después de los noticiarios, se le cuela a uno algún fragmento de partido de futbol o de básquet, algún gol del equipo predilecto o del deportista mejor pagado. El público en estos casos, también aplaude, pero el gesto del protagonista, es deplorable, expresa orgullo y carece de belleza.

Debo añadir otra característica. Cuando acaba la sesión, la principal estrella, no se contenta con agradecer, con gesto, vuelvo a repetir, de suma elegancia, sino que llama a los componentes de la compañía, al director escénico, al de la orquesta… ¡yo no sé cuantos se unen a ella! Este acto generoso es una maravilla y no me lo pierdo nunca. Poco rato antes de corregir este texto, he visto el final de la ópera “guerra y paz”, pues bien, todo el personal que había intervenido, lleno estaba totalmente el escenario, saludaba agradecido, cada uno a su manera, cada uno con ademán bello. No podía dejar de pensar en las escenas triunfales del Apocalipsis

Lo contado es porque, al margen de la estética, implica algo que tenemos olvidado.

Las buenas madres, enseñan a sus hijos pequeños a decir gracias, después de haber recibido un obsequio. Yo no sé quien les enseña a decir mío, o a decir yo quiero. Pero son expresiones que repiten. Y de mayores, es frecuente observar el afán de poseer, de satisfacer individualmente la propia vanidad, de presumir, de sentirse importante.

Lo dicho no es indiferente al cristiano. Ser agradecido, es un deber que recuerda Pablo en Colosenses 3, 15. Los perros cuando reciben un regalo mueven alegremente la cola. Si no lo hacen, son incapaces de arrepentirse, de corregir su error al cabo de un tiempo, el hombre sí. Ser agradecido es una peculiaridad del ser humano. Aprende uno a serlo contemplando un espectáculo musical de calidad. Y falta nos hace practicar esta virtud.