
| La presente sección de Reportaje publica dos textos de enorme nivel. El primero es de nuestro colaborador decano, don Jesús Martí Ballester sobre la Virgen María. Está inspirado en la reciente celebración del 1 de Enero. Y a continuación un texto de gran sensibilidad de nuestro también colaborador, don Antonio Pavia que se basa en la inspiración que siempre producen los salmos. MARIA, MUJER CONTEMPLATIVA, REINA DE LA PAZ 1.- Ante todo, Madre Por Jesús Martí Ballester.
EL CONCILIO DE ÉFESO Y EL VATICANO II
El Vaticano II dice: "Desde los tiempos más antiguos, la Bienaventurada Virgen es honrada con el título de Madre de Dios, a cuyo amparo los fieles acuden con sus súplicas en todos sus peligros y necesidades" (Lumen Gentium, 66) «Todo nombre, que significa una naturaleza, puede atribuirse a una persona de esta naturaleza. Pero como la unión de la encarnación fue hecha en una persona, es evidente que este nombre Dios puede atribuirse a la persona que tiene la naturaleza humana y la naturaleza divina; y por eso, todo lo que corresponde a la naturaleza divina o humana puede atribuirse a aquella persona, tanto si se le atribuya a ella un nombre que significa la naturaleza divina, como si se le atribuye otro que significa la humana. Pero ser concebido y nacer se atribuye a la persona según aquella naturaleza en que es concebida y nace. Ahora bien, como en el principio mismo de la concepción la naturaleza humana fue tomada por la Persona Divina, se puede afirmar con toda razón que Dios fue concebido y nació de la Virgen. Pero una mujer recibe el nombre de madre de una persona por haberla concebido y engendrado. De lo cual se sigue que la Bienaventurada Virgen se dice verdaderamente Madre de Dios. Porque sólo se podría negar que la Bienaventurada Virgen es Madre de Dios si la humanidad hubiera estado sometida a la concepción y al nacimiento antes que aquel hombre hubiese sido el Hijo de Dios, como supuso Fotino; o si la humanidad no hubiese sido elevada a la unidad de Persona del Verbo de Dios, como supuso Nestorio. Pero ambas hipótesis son erróneas; por consiguiente es herético negar que la Bienaventurada Virgen es Madre de Dios» (3 q.35 a.4 c). LA RAZÓN DE SANTO TOMAS Santo Tomás lo explica del siguiente modo: María, por su divina maternidad, tiene una relación real con el Verbo de Dios hecho carne; esta relación se termina en la Persona increada del Verbo encarnado, pues Ella es la Madre de Jesús, que es Dios. La maternidad de María no se termina en la humanidad de Jesús, sino en la Persona misma de Jesús: es Él, y no su humanidad, quien es el Hijo de María" (3 q.35, a.4). Cristo, en virtud de la unión hipostática, es una sola Persona divina que subsiste en la naturaleza divina increada y en la naturaleza humana creada que es asumida. Enseña la filosofía que es verdadera madre la que le nace un hijo por generación. Ahora bien, la generación pasivamente considerada, exige como término de la generación una naturaleza específicamente igual a la del que engendra, pero en cuanto al sujeto generado exige un subsistente, que es la persona que sustenta y en quien subsiste la naturaleza engendrada. De ahí que hijo no se dice de la naturaleza, sino de la persona en el que subsiste la naturaleza. María engendra a Cristo según la naturaleza humana, pero quien de Ella nace, el sujeto nacido, no es una naturaleza humana, sino la Persona divina que la sustenta, que es el Verbo. De ahí que si el Hijo de María es el Verbo que subsiste en la naturaleza humana, María es verdadera Madre del Verbo, la única persona de las dos naturalezas, y, por tanto, María es Madre de Dios, puesto que el Verbo es Dios. El hecho de que el Verbo con su divina naturaleza preexista a la Encarnación no presenta dificultad, pues engendrar no significa crear de la nada, sino educir a una persona viviente en una naturaleza específicamente igual a la del que engendra. MARIA LA MUJER CONTEMPLATIVA María cumple la misión del hombre señalada por el Concilio: "Dios ha llamado y llama al hombre a adherirse a El con la total plenitud de su ser en la perpetua comunión de la incorruptible vida divina" (GS 18). La contemplación acerca intuitivamente a la divinidad, es integradora, afectiva, unificante. Cuando María contempla, admira, se asombra, alaba, se enternece, glorifica, agradece, se ofrece, se entrega. Sale de sí misma. Esto es el éxtasis que se abisma en la "profundidad de la riqueza, de la sabiduría y ciencia de Dios y comprende cuán insondables son sus pensamientos, y cuán indescifrables sus caminos" (Rm 11,33). Y se convierte en una mujer madura y grande, inalterable y equilibrada, viviendo en la atmósfera de paz que el mismo Dios le contagia. “Tiene en Dios clavada la mirada y el corazón” en frase de Pablo VI. LA NAVIDAD DE SARTRE Sartre, escribió en la Navidad de 1940, cuando estaba prisionero de los alemanes, y después de haber leído el Diario de un cura rural, de Bernanos: «Como hoy es Navidad, tenéis el derecho de exigir que os muestre el Pesebre. Aquí está. Aquí tenéis a la Virgen, y aquí a José, y aquí al Niño Jesús. El artista ha puesto todo su amor en este dibujo. Fijaos, los personajes tienen una vestimenta hermosa, pero están rígidos: se diría que son marionetas. Ciertamente no lo eran. Si fueseis como yo, que tengo los ojos cerrados..., pero escuchad: no tenéis más que cerrar los ojos para oírme y os diré cómo los veo dentro de mí: la Virgen mira al Niño. Y lo que sería necesario pintar en su cara es un ansioso estupor que solamente una vez ha aparecido en un rostro humano; porque el Cristo es su bebé, carne de su carne y fruto de su vientre. Hay también otros momentos, rápidos y difíciles, en los que siente, simultáneamente, que el Cristo es su hijo, su pequeño, lo mira y piensa: Este Dios es hijo mío, esta carne divina es mi carne. Es Dios y se me parece. Esto es todo sobre Jesús y sobre la Virgen María. ¿Y José? A José, yo no lo pintaría. Sólo pondría una sombra en el portal y dos ojos brillantes, porque no sé qué decir de José, y porque José no sabe qué decir de sí mismo. Adora, y es feliz adorando, y se siente un poco como en el exilio. Me parece que sufre sin confesarlo, porque ve cuánto se parece a Dios la mujer a la que ama, y qué cerca está ya de Dios. Porque Dios ha estallado como una bomba en la intimidad de esta familia. José y María están separados para siempre por este incendio de luz. Y me imagino que toda la vida de José no será suficiente para aprender y aceptar. MARA REINA DE LA PAZ
El mensaje del Papa para este año, desciende a la ecología, y, frente a lo que se ha dicho de que “la tierra no pertenece a nadie, si no es al aire” con tanta vacuidad, afirma el Papa humanista: “Todo lo que existe pertenece a Dios, que lo ha confiado a los hombres, pero no para que dispongan arbitrariamente de ello. Por el contrario, cuando el hombre, en vez de desempeñar su papel de colaborador de Dios, lo suplanta, termina provocando la rebelión de la naturaleza, «más bien tiranizada que gobernada por él» Así, pues, el hombre tiene el deber de ejercer un gobierno responsable sobre la creación, protegiéndola y cultivándola”. ¡La paz! Esta gran aspiración del corazón de todo hombre y de toda mujer se construye día tras día con la aportación de todos, como enseña la admirable herencia que nos ha entregado el Concilio Vaticano II con la Constitución Pastoral «Gaudium et spes», en la que se afirma que la humanidad no logrará «construir un mundo más humano para todos los hombres en toda la extensión de la tierra, sin que todos se conviertan con espíritu renovado a la verdad de la paz». Ante las situaciones de injusticia y de violencia que siguen oprimiendo diferentes zonas de la tierra, ante las nuevas y más insidiosas amenazas contra la paz –el terrorismo, el nihilismo y el fundamentalismo fanático–, ¡se hace más necesario que nunca trabajar juntos por la paz! RECORRER EL CAMINO DE LA PAZ
PLEGARIA Madre del Redentor, Virgen fecunda, puerta del cielo siempre abierta, estrella del mar, ven a librar al pueblo que tropieza y quiere levantarse. Ante la admiración de cielo y tierra, engendraste a tu santo Creador, y permaneces siempre virgen. Recibe el saludo del ángel Gabriel, y ten piedad de nosotros pecadores. Reina de la Paz, Ruega por el mundo.
2.- Donde está tu tesoro, está tu corazón Por Antonio Pavía, misionero comboniano
Dios, en su amor por él, no permanece indiferente a tan lastimosa necedad e irrumpe en su vida. En esta su irrupción, que podría ser considerada incluso intromisión, lo primero que hace es sacar a la luz pacientemente la necedad asumida y consentida del letargo en el que se ha acomodado. Dios se la hace visible al hombre; le da forma, figura e incluso hasta aliento. Es como si le provocara con el fin de que llegue a preguntarse si el valor de su vida no es mayor que el absurdo que está dejando crecer en él. El simple hecho de hacerse esta pregunta ya supone un aliento de Dios en él, un paso hacia el umbral de la Vida. Volviendo al salmo citado, fijémonos en la descripción que hace del impío. Es alguien cuyo caminar se configura al ritmo de su veleidad. Su corazón, estigmatizado por todo capricho, se detiene incluso ante la invitación de los burlones. Sirviéndonos de una metáfora, podríamos decir que estos hombres asfixian su razón de ser y su herencia imperecedera con la trama del cordón umbilical que ata en un mismo nudo los cuatro o cuarenta logros o conquistas que ha podido alcanzar. No son los cuatro o cuarenta logros alcanzados los que hacen al hombre necio, sino el encumbramiento que hace de ellos. El sabio se sirve de sus conquistas para volar más alto. El necio las convierte en anclas que le atan a “su propia gloria”. Cuatro o cuarenta, no importa el número sino el hecho de que justamente porque es número ya está de por sí desmarcado del infinito. Es la tensión hacia lo ilimitado la que da al hombre la libertad para elevarse majestuosamente por encima de sus logros personales. Su vuelo torna pálidas todas las conquistas con las que podría dar lustre a su historia personal. La espiritualidad bíblica llama necios y dignos de compasión a aquellos cuyo lote y herencia están amarrados y, por lo tanto, condicionados a esta vida tan abúlica (Sl 17,14). La llamamos abúlica porque es frustrantemente lineal; desprovista, o más bien expoliada, de los saltos al abismo que comporta la búsqueda de Dios y que son impulsados por su natural trascendencia. Es una vida cuya linealidad toma la forma del espectro que se mueve serpenteante en el interior de todo aquello que ha llegado a ser intrascendente.
El “Yo soy” con el que Yahvé se ha manifestado, se ha dado a conocer a Israel, se lo ofrece como porción y herencia a una de las tribus de su pueblo santo. Para nuestra alegría, diremos que es un don que alcanza su plenitud en Jesucristo, auténtico y definitivo linaje de Dios, quien, a su vez, lo ofrece a cada uno de sus discípulos. El Señor Jesús es el “Yo soy” hecho carne. Sus palabras, su Evangelio, es la actualización pluridimensional de la salvación de Dios. Así oímos al Hijo de Dios desdoblar el Nombre sobre todo nombre en distintas direcciones: Yo soy el Buen Pastor, el Pan Vivo, la Luz del mundo, el Camino, la Verdad, la Vida, todas ellas aunadas en la mejor de las noticias: Yo soy tu porción y tu herencia. El corazón y los pasos de todo hombre sabio se mueven presurosos en pos de esta herencia. Saben que es incorruptible porque nace de la Palabra incorruptible del Padre (Sb 18,4). Palabra que tomó un cuerpo, y cuerpo que tomó un nombre: Jesús de Nazaret. Los santos Padres de la Iglesia tenían conciencia meridiana de que habían recibido el don de la inmortalidad por su identificación con la Palabra que nació de lo alto. Entre tantos de ellos, no me resisto a presentar el de san Ignacio de Antioquía quien, poco antes de caminar hacia su martirio, dio como último testamento a sus comunidades esta confesión de fe estremecedora: “Ya he llegado a ser Palabra de Dios, ahora ya soy discípulo de Jesucristo”. UN VINO ESPECIAL El salmista de quien nos estamos sirviendo en esta catequesis, nos hace saber con gozo incontenible que Dios otorga a sus amigos signos más que evidentes por los cuales pueden detectar que esta herencia, que tantas veces aparece en la Escritura y de la cual estamos hablando, no es una ficción neurótica de unos “iluminados”. Es una herencia real y que toma consistencia al constatar que algunos de sus bienes ya se disfrutan. Por ejemplo, uno que ya nos pertenece es que la Palabra ha quedado liberada de todo dato académico o carga moral. Se ha hecho oración. El corazón, legalmente cumplidor, ha sido convertido en un corazón abierto y orante. No está sujeto a una oración regulada por un horario o norma. Ha madurado, su relación con Dios ha llegado a ser delicia y complacencia de su alma, y todo su cuerpo participa también de la fiesta ininterrumpida. Para estos hombres la oración se ha convertido en un surtidor del cual discurre,-a veces atropelladamente, otras mansamente, e incluso otras como hilos incandescentes- el Misterio del Amor de Dios. A estos hombres, así abrazados por Dios, les sale de lo más profundo de su ser “susurrar su Palabra de día y de noche” (Sl 1,2). No tiene que hacer memoria, las palabras que habitan en él son vivas, tan vivas que engendran el susurro insistente e ininterrumpido, y lo eleva hacia sus labios. El hombre/mujer orante, así, lleno de sabiduría, no sirve a Dios según el espíritu servil propio de los súbditos. Está a gusto con El. Su alma ha abierto sus más recónditos e inexplorados huecos a la Palabra, ella es su delicia (Sal 119,47). Al intentar explicar la naturaleza de tanto deleite, mirará a su alrededor y buscará una comparación que pueda aproximarse a su vivir de cada día. Al fin la encuentra, la compara al jugo de los panales, lo más dulce y agradable que puede saborear el paladar: “...sus palabras más dulces que la miel, más que el jugo de panales” (Sal 19,11). María, la hermana de Marta, representa la nueva humanidad nacida del costado abierto del Señor Jesús (Jn 19,34). Supo elegir, y eligió permanecer sentada a sus pies escuchando su Palabra: “Tenía ella una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra” (Lc 10,39). Más adelante volveremos sobre ella, ahora señalamos simplemente que representa a la esposa del Cantar de los Cantares a la que damos paso: “Como el manzano entre los árboles silvestres, así mi amado entre los mozos. A su sombra apetecida estoy sentada, y su fruto me es dulce al paladar. Me ha llevado a la bodega, y el pendón que enarbola sobre mí es Amor” (Ct 2,3-4). Como vemos, la esposa se nos muestra junto a su amado radiante de vida, sentada, sin prisas. Es una catequesis bellísima sobre la oración. Esta mujer no está cumpliendo con nadie, a no ser con los infinitos e inexpresables amores que brotan impulsivos desde 1 más profundo de su ser. Nadie la obliga y a nadie tiene que dar cuenta. Su Amado le ha conducido a la bodega, y ahí está, con él, a gusto, apetecida, rendida y entregada. Bebiendo el vino nuevo, el que estaba reservado para ella. Juntos están alma y Dios, Dios y el alma, bebiendo el vino de sus bodas. El mismo que Jesús ofreció a los novios de Caná y del que el maestresala, al degustarlo, le hizo un comentario de aprobación que no deja lugar a dudas: “. . . has reservado el vino bueno hasta ahora” (Jn 2,10). Esta es la melodía no sujeta a cualquier canon musical y que resuena en lo más profundo del alma de la esposa: ¡has reservado el vino nuevo y especial de tu bodega para mí, para satisfacer mis amores! Amores por nada ni nadie satisfechos porque no tienen medida. Son tan fuertes que atraviesan el tiempo y el espacio. Sólo tú, cogiéndome de la mano, podías salir a su encuentro estrechándome junto a ti. Abrazada, amada, embriagada…, hasta la extenuación. Es tal su fiebre de amor que sólo acierta a decir a sus amigas: “Confortadme con pasteles de pasas, con manzanas reanimadme, que estoy enferma de amor” (Ct 2,5). Dios reserva su vino, su amor, su bondad, su vida en abundancia (Jn 10,10), a aquellos que le buscan con todo su corazón, con toda su alma y con todas sus fuerzas (Dt 4,29). Buscar, escuchar, amar, todos estos impulsos dinámicos hacia Dios son válidos en la medida en que tienen impreso su sello de autenticidad. Este sello es amar y buscar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas... NO LE SOLTARÉ JAMÁS
Como ya anunciamos, traemos ahora a nuestra presencia a María, la hermana de Marta. Al igual que a la enamorada del Cantar de los Cantares, la encontramos sentada, apetecida, trasladada en cuerpo y alma a la bodega. Está a los pies de Jesús bebiendo de su vino; le encanta, es como un río de fuego que recorre todo su ser; y, lo más importante, sabe que estaba reservado para ella. Bebe y conoce, y conoce y bebe. Sí, conoce el deleite, el gusto, la complacencia, el apasionamiento, la delicia, hasta perder los sentidos..., y elige. En su embriaguez, se asombra de que se pueda escoger algo que no sea El. Es la elección al discipulado, la elección a ser amada sin medida, la elección al amor que la hace crecer, la elección al Todo. Eligió, valga la redundancia, ser elegida, amó ser amada, buscó ser buscada...; consintió con la única locura que nos es permitida en la total libertad: la locura de creer en El. Una elección así no se entiende fácilmente. Ni siquiera su hermana Marta lo comprendió. De ahí, y para que quedase grabado a fuego como memorial para todas las generaciones, que Jesús proclamase solemnemente: “Maria ha elegido la mejor parte y no le será quitada” (Lc 10 42). En cuanto a María, nos la podemos con toda verdad imaginémosla musitando las mismas palabras de la esposa del Cantar de los Cantares: “Encontré el amor de mi alma, me he abrazado a él, no le soltaré jamás” (Ct 3,4). Ha encontrado su tesoro, su lote, su herencia, y se ha abrazado a ella con todo su corazón, con toda su alma y con todas sus fuerzas (Dt 30,6). No hay poder alguno en este mundo que se lo pueda arrebatar. No puede ser despojada de él pues no está al alcance de ladrones, polillas, ni siquiera del poder corrosivo del orín o la herrumbre, como pueden estar todos los demás tesoros que podrían erigirse como competencia con sus cantos de sirena: “No os amontonéis tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbre que corroen, y ladrones que socavan y roban. Amontonaos más bien tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que corroan, ni ladrones que socaven y roben” (Mt 6,19-20). De ahí que nuestra querida y sabia amiga pueda proclamar junto con otro hombre orante del pueblo santo de Israel: “Las palabras de tu boca valen para mí más que miles de monedas de oro y plata” (Sal 119,72). De él y de los que son como él habló Jesús cuando dijo: “donde está tu tesoro, allí estará tu corazón” (Mt 6,21). Y ahí la encontramos con el corazón arrodillado y, a la vez, arrebatadoramente audaz como para apropiarse de lo que “le pertenece”. Le pertenece lo que Dios mismo le ha entregado: su propio Hijo (Jn 3,16). El es su herencia, su tesoro, y hacia El tiende su corazón. Hacia El tiende toda su alma. Hacia El tienden todas sus fuerzas... Esta nuestra María encama el espíritu del Shemá (Dt 6,4-5). María es imagen del discipulado, representa a los hijos de la sabiduría. Así como, en general, se vive, desvive y malvive para amontonar, acumular tesoros que están sujetos al robo, la corrosión y el desgaste, ella está pendiente de atesorar las riquezas insondables que fluyen de la boca del Señor Jesús. El es el anhelo, la única medida de su corazón y de su alma; atesora, amontona y guarda sus palabras con el mismo amor con que las guardó María de Nazaret, la que hizo posible el Emmanuel, el Dios con nosotros (Le 2,19). María, a los pies de Jesús, ha escogido la parte buena. Jesús la llama así porque es la parte incorruptible, aquella que nadie tiene potestad ni de arrebatar ni siquiera de devaluar. Escapa a toda transacción comercial o bursátil. Nos parece oír a Jesús diciendo a su hermana Marta: ¡Te agitas tanto y por tan poca cosa! Tu hermana ha elegido bien, y su elección está en mi mano y en la de mi Padre. Es una elección infaliblemente protegida, ¡Yo mismo la protejo! Lo que digo de ella lo digo también de todos aquellos que me escogieron como Señor, Maestro y Pastor: “Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano” (Jn 10,27-28). Para una mayor profundización en la espiritualidad bíblica, aconsejamos leer el libro titulado “En el espíritu de los Salmos” del P. Antonio Pavía. Editado por la Editorial San Pablo
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