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LA ORACIÓN DE Y CON JESUCRISTO LIBRO DE LA SABIDURÍA: EN DIOS VIVIMOS “Pues un cuerpo corruptible agobia el alma y esta tienda de tierra abruma el espíritu lleno de preocupaciones” (Sb 9,15). Una visión superficial y literal de esta reflexión de Salomón podría inducir a pensar que se ha dejado llevar por el dualismo. Este preconiza el antagonismo entre el alma y el cuerpo. Por supuesto que expresiones como “un cuerpo corruptible agobia el alma” nos recuerdan la concepción dualista de Platón infravalorando lo que es la materia en sí. Según la concepción platónica, alma y cuerpo, materia y espíritu, parece que son llamadas a enfrentarse en un combate en el que uno termina sofocando al otro. No nos parece que sea ésta la intención del monarca. De hecho, la concepción platónica, su dualismo de alma y cuerpo, es ajena a la espiritualidad bíblica. Recordemos que Dios culminó su creación, incluida la del hombre y la mujer, con estas palabras: “Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien...” (Gé 1,31). Visto esto, podemos señalar que, quizás, lo que Salomón nos está queriendo transmitir es la fragilidad del hombre en el sentido de que sus facultades están sometidas al deterioro causado por el inexorable paso del tiempo. También nos está diciendo que, dada la riqueza de nuestro espíritu, éste hace surgir el deseo, que bien podríamos llamar intuición cargada de sabiduría, de que la muerte no es el fin de la vida humana. Es en esta dirección que podemos interpretar lo que él denomina “las preocupaciones del espíritu”. No creo que sean preocupaciones en el sentido de miedos o temores, comunes a las fantasías y leyendas ancestrales surgidas de las religiones inventadas por los seres humanos. Son preocupaciones que nacen de unas constataciones concretas como, por ejemplo, que Dios ha visitado a su pueblo, lo ha liberado, le ha dado su Palabra. etc. A la luz de tan abundantes dones. No tiene sentido tanto mimo por parte de Dios si al final resulta que la última palabra sobre el hombre no la tiene El sino la muerte. Detrás de lo que él llama las preocupaciones del espíritu, intuimos que hay una experiencia, una historia. Israel tiene conciencia de que es un pueblo diferente a todos los demás. No han ido ellos a buscar a Dios ni se han inventado nada para representarlo. No es éste su caso sino más bien lo contrario. Ha sido Dios quien ha ido a buscarlos a ellos y los ha elegido como pueblo santo. Es El quien se ha dado a conocer a los israelitas. En su historia, Israel constata con asombro que ha sobrevivido a la cercanía de Dios, el cual le ha hablado en medio del fuego. Sobrevivir a una experiencia así era impensable en aquel tiempo. Al narrar este acontecimiento, deja constancia de que ningún pueblo tiene esta experiencia: la de sobrevivir ante la presencia de Dios: “Pregunta, pregunta a los tiempos antiguos... ¿Hubo jamás desde un extremo a otro del cielo palabra tan grande como ésta? ¿Se oyó cosa semejante? ¿Hay algún pueblo que haya oído como tú has oído la voz del Dios vivo hablando de en medio del fuego, y haya sobrevivido?” (Dt 4,32-33). Quizá podamos ahora adivinar cuáles son las preocupaciones de espíritu aludidas por Salomón y que en cierto modo agobian al cuerpo. No es un malestar al estilo platónico que se identifica con la asfixia y la opresión, algo así como si el cuerpo fuese la cárcel del alma. El agobio del que nos habla Salomón es lo que hoy llamaríamos las preguntas existenciales del hombre. Las llamamos así porque nacen de lo más profundo de nuestro ser y, por mucho que sea el ir y venir de la vida, no podemos soslayarlas. He aquí algunas de ellas: ¿Quién soy yo? ¿De dónde vengo, a dónde voy? ¿Realmente todo termina con la muerte? ¿Es ley inmutable que lo que soy hoy llegue a ser un día nada más que polvo? La intuición de Salomón acerca de su espíritu tiene un fundamento. Si los israelitas han sobrevivido a la cercanía de Dios quien es infinitamente mayor que la muerte, también ellos, y todos los hombres de la tierra, están dotados de un espíritu que se sobrepone a la muerte. Es desde este su espíritu con vocación de eternidad que surgen sus preguntas. Sabemos que Dios acompaña a la humanidad en la figura de Israel. En su pueblo santo se va revelando y dando a conocer progresivamente. En este sentido y para no dar pábulo a leyendas mágicas y fantasiosas, va revelando al hombre su sello eterno. Poco a poco va creciendo en él la persuasión de que ha sido creado para la vida eterna. Con los israelitas, en quienes reconocemos a nuestros padres en la fe, nos asomamos al Mesías. En El alcanza su plenitud la intuición, adivinada en Salomón, de que hemos sido creados para la vida eterna. Vida que se desveló en toda su plenitud en su resurrección. El Señor Jesús es no sólo el Resucitado sino el que tiene poder para dar Vida Eterna al hombre: “En verdad os digo: el que escucha mi palabra y cree en el que me ha enviado, tiene Vida Eterna... Llega la hora en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán” (Jn 5, 24-25).
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