TALLER DE ORACIÓN

“¡HACED LO QUE ÉL OS DIGA!”

Por Julia Merodio

Es significativo que, estas palabras con las que titulo el artículo de hoy, y que tanto énfasis toman en el evangelio, aparezcan el día en que me dispongo a ofreceros el tema sacerdotal.

Llevo ya demasiado tiempo tras esta pretensión y creo que ha llegado el momento de entrar de lleno en ello. Sé que no me resultará fácil esta tarea emprendida, pero soy consciente de que en un año tan prolífico, en que han aparecido libros de una calidad excepcional, hablando sobre la dignidad del sacerdote, sobre la grandeza de su vocación, sobre la generosidad de su entrega… Libros escritos por personalidades como: Benedicto XVI, el Cardenal Albert Vanhoye… ¡Qué sé yo! Sea bueno que una simple seglar, madre de familia, brinde con su “granito de arena” lo que el sacerdote ha significado y significa en su vida; lo que observa que supone para la vida de los que la rodean, lo que encarna su presencia; lo que espera de él; lo que observa, que la gente le exige y lo poco que se le da; y quizá, también, pueda expresar algo de lo que, en este momento de la historia se le cuestiona, se le juzga, y se le utiliza.

SITUADOS EN EL PRESENTE

Podemos empezar dándonos un paseo por cualquier seminario, para comprobar que hay carencia de vocaciones (aunque el número de seminaristas, gracias a Dios, vaya aumentando últimamente) y preguntándonos ¿a qué se debe? Desde mi perspectiva, al observar el mundo que me rodea, veo que la Iglesia está desprestigiada; los cristianos, devaluados y los sacerdotes, despreciados y vejados en su valoración. Con estas premisas es muy probable que a los jóvenes no les seduzca demasiado emprender ese camino. Más, aunque esto interese poco a una sociedad laical como la nuestra, todavía quedan jóvenes valientes que, aunque no salen en los medios de comunicación ni son destacados en las noticias, han sido capaces de optar por Cristo y siguen el estilo de vida del evangelio. Ellos, desde esta vocación libremente elegida, son, sin duda, la semilla que un día hará fermentar la masa: son los futuros sacerdotes.

Por eso quiero este año, elegido como “Año Sacerdotal” decir a todos en voz alta lo que un sacerdote es para mí, como ciudadana de “a pie”. Sé que es un reto que afronto con respeto y temblor. Pero creo que cualquier tema, por arduo que parezca, cuando se perfila en oración ante la presencia del Señor, termina siendo posible.

Por eso esta reflexión hecha con cariño, aunque tenga muchas carencias, se la dedico a todos los sacerdotes; en especial a los que el Señor ha puesto en mi camino para ayudarme a ser: persona creyente y practicante, esposa, madre de familia y comprometida en las tareas del Reino. Y se la dedico a ellos porque en definitiva son los que, junto al Espíritu Santo, han hecho posible que hoy pueda ofreceros estas vivencias que acompañan mi vida.

HACED LO QUE ÉL OS DIGA

A mí me gustaría que esta aseveración la integrásemos en nuestra vida, la oyésemos, de labios de María, para cada uno en particular y nos preguntásemos:

- ¿Qué es lo que Dios me dice que haga?

- ¿Qué quiere que haga la familia?

- ¿Qué quiere, Dios, que hagan los sacerdotes del siglo XXI?

- ¿Qué quiere, Dios, que haga la Iglesia?

Posiblemente, lo primero que Dios quiera de mí, es que tome conciencia de dónde me ha situado, de las gracias que me ha concedido, del ambiente donde me muevo, de mis opciones casi olvidadas, de la realidad concreta desde la que parto…

Pero esto no se puede hacer así, someramente, yendo de camino al autobús, fregando los platos, ordenando papeles o firmando cheques… Esto hay que hacerlo en silencio, escuchando, pidiendo a Dios la gracia de que nos lo vaya recordando… Esto hay que hacerlo pasando tiempo ante Él sin prisa, abriéndonos a la verdad, acogiendo las desganas, las apatías, las equivocaciones… Y mirando si, de verdad, lo que hacemos es lo que Él nos dice que hagamos.

Porque, lo que Jesús nos dice que hagamos, no es algo del pasado sino del presente, lo que pasa es que nos parece demasiado exigente, demasiado duro… y lo obviamos con el pretexto de que la iglesia está anticuada y se tiene que modernizar.

Dando un repaso por el evangelio observo que, lo primero que nos dice que hagamos, se contempla en esta afirmación: “Amaos como Yo os he amado”:

-¿Qué os parecen estas palabras?

-¿Creéis que están anticuadas?

-¿Intuís que la iglesia podría modernizar algo sobre esta manera de actuar que

nos manda Jesús?

Seguiré compartiendo algo más de lo que sigue diciendo el evangelio de Mateo: Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen eso mismo también los publicanos? Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de particular? ¿No hacen eso mismo también los gentiles?”

De nuevo la pregunta: ¿Cómo podríamos expresar, esta aseveración, si la actualizásemos?

No creáis que he terminado, se nos pide todavía un poco más: “Yo os digo: Si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda”

Creo que, en esta última manifestación las preguntas sobran y nos ahorramos el trabajo de tener que actualizarla ya que, la hemos borrado definitivamente. En el mundo de hoy lo de la reconciliación parece signo de sometimiento, de humillación… De ahí que lo que hoy prima es situarse por encima de los demás, sea cual sea la ofensa realizada.

ESCUCHEMOS A MARÍA

Por eso, de nuevo aparece María para repetirnos: “¡Haced lo que Él os diga!” y nosotros volviendo a preguntar ¿Qué nos dices que hagamos Señor?

La respuesta llega rauda: “Bendecid a los que os persiguen; bendecid, sí, no maldigáis... No devolváis a nadie mal por mal; procurad el bien para cada ser humano; tratad de hacerlo posible, en cuanto a vosotros dependa y no olvidéis lo de ser constructores de paz”

¡Basta Señor! ¿No crees que, todo esto es demasiado exigente? Sin embargo, aunque me gustaría seguir el tema cambiando de materia, no me es posible; las cosas que Dios me pide que haga, se agolpan en mi mente y requieren que les preste, una detenida atención.

Da de comer al hambriento, -nos sigue diciendo- aunque sea tu enemigo; y si tiene sed dale de beber. No te dejes vencer por el mal; véncelo a base de bien.

Al que te dañe en la mejilla derecha, preséntale la izquierda y al que pleitee contigo para quitarte el manto, déjale también la túnica; al que te pide dale y al que te pide prestado no le vuelvas la espalda.

El programa de Jesús deja extenuado a cualquiera y tras verlo plasmado en estas líneas, el silencio sella mis labios y, ni siquiera por compromiso, soy capaz de pronunciar mi “SÍ” ¿Os pasa a vosotros los mismo?

Sin embargo os invito a comprobar que, cuando la persona se acerca a la Palabra de Dios, por muy exigente que parezca, siempre deja un regusto de gozo en el corazón, un gozo que proviene de la cercanía con Cristo.

Porque Jesús, como lo demuestra la lectura del evangelio, ha venido a traer: la alegría, la fiesta, el júbilo… Así lo plasman los apóstoles que habían oído estas palabras de sus labios, pero habían vivido la ternura de su corazón.

Y así quiere decírnoslo, Jesús, hoy a nosotros, personas del siglo XXI atosigadas por el progreso y la falsedad:

- “Estad siempre alegres, os lo repito estad alegres”

- “Que la esperanza os mantenga alegres”

- “Yo estoy contigo. Te protegeré donde quiera que vayas, porque no te

abandonaré hasta que se cumpla en ti, lo que he prometido”

Creo que no es necesario que siga diciendo más cosas, lo importante ahora es hacer silencio para escuchar, personalmente, lo que Jesús a cada uno nos dice que hagamos.

HAY DIVERSIDAD DE DONES

Uno de los regalos que, no agradeceremos nunca lo suficiente, es el que entre nosotros, Dios haya puesto a sus sacerdotes.

El carisma sacerdotal es algo tan grandioso que por mucho que queramos llegar a él, siempre se nos seguirá yendo de las manos, siempre será más de lo creamos saber e intuir.

Por eso, ¿Cómo atreverme, ni siquiera, a opinar lo que Dios le dirá que haga a un sacerdote? Lo que, quizá sí pueda hacer, es atreverme a plasmar algunas exigencias, de las que la gente demanda al sacerdote.

A mí me parece que lo primero que la gente espera del sacerdote es que sea santo y sabio, no sólo de sabiduría humana –que la necesitará en abundancia- sino también, en ese sabor que guste a Dios.

Le pedimos que sea un enamorado de Cristo. Que sea una persona de oración y enseñe a orar a su comunidad. Le pedimos que sea cercano, afable, austero, alegre… y, sobre todo que lleve muy visible el marchamo del evangelio. ¡Qué barbaridad! ¡Qué fácil es pedir y qué difícil vivir!

Donde ya no podemos llegar es a plasmar si cada sacerdote hace lo que Dios le ha dicho, pero si puedo compartiros lo que percibo.

Observo y quiero que, todo el mundo lo sepa que, cada sacerdote opta libremente y por amor a Cristo, por dar su vida, por regalarla a los demás, gratuitamente, sin pedir nada a cambio.

Que, al contrario de lo que la gente opina, a ellos les importa todo lo que pasa en el mundo y que, ahí los tenemos: igual están celebrando una Eucaristía, que administrando cualquier sacramento; lo mismo están en los momentos festivos de la persona, que en la cama de un enfermo acompañando su dolor.

La gente tiene que saber que, su jornada no tiene horario; que el sacerdote ha firmado por la jornada completa y con total exclusividad; y, lo estamos viendo, por mucho que intenten machacarlos, ellos siguen en pie sirviendo y ayudando a cuantos los necesitan.

Por eso la gente necesita saber y, sobre todo, dicho por una seglar que, lo mismo que Jesús quiso ser recordado por sus cualidades sacerdotales de: entrega, donación y desprendimiento; así quiere también, que estas sean las señales de identidad de los sacerdotes, para que todos, por medio de ellos, podamos participar la salvación.

Yo creo que los sacerdotes hacen lo que Dios les dice, por eso: Queramos a nuestros sacerdotes, ayudémosles en todo; ellos son el puente que une a Dios con los seres humanos; ellos son los destinatarios de comunicar el amor y la fidelidad de Cristo, no sólo con sus palabras, sino también con su vida; ellos convierten el agua de nuestras desilusiones en vino que regenera. Ellos son: El rostro humano de Dios.