LA ORACIÓN DE Y CON JESUCRISTO

LIBRO DE LA SABIDURÍA: LAS COSAS DEL CIELO
Por Antonio PavÍa. Misionero Comboniano.

“Trabajosamente conjeturamos lo que hay sobre la tierra y con fatiga hallamos lo que está a nuestro alcance; quién, entonces, ha rastreado lo que está en los cielos” (Sb 9,16)

Continúa Salomón su exposición acerca de las limitaciones del saber humano, incidiendo ahora sobre su falta de conocimiento no ya de lo alto sino incluso de la realidad que le rodea. ¡Cuántas cosas escapan a su mente! ¡Cómo tiene que indagar y experimentar incansablemente acerca de la naturaleza, y aún así puede equivocarse y tiene que cambiar de procedimiento sobre la marcha o empezar de nuevo! Pensemos, por ejemplo, en cómo estaba la medicina en aquel tiempo y con qué denuedo experimentaban, una y otra vez, distintas combinaciones de productos sacados de las plantas para obtener unos resultados que años más tarde pasaban al olvido.

Acerca del precario conocimiento de la realidad, encontramos una especie de diálogo, que nos parece asombroso, entre Dios y Job. Digamos que es, más bien, una respuesta de Dios a las quejas de Job. Este buen hombre no comprende la prueba por la que le está haciendo pasar. Dios, en su respuesta, le viene a decir que su prueba sólo es comprensible si es capaz de juzgarla desde la luz de lo alto. ¿Cómo va a entender nada de lo que le pase sin esta luz sí ni siquiera tiene el conocimiento completo acerca de la naturaleza de la que hace parte?

La respuesta que le da Dios respecto as incógnitas presentadas por la naturaleza, se nos antoja de una belleza indescriptible. Desgranamos algunos de los alegatos más significativos. “¿Has mandado, una vez en tu vida, a la mañana, has asignado a la aurora Su lugar...? ¿Por dónde se va a la morada de la luz?, y las tinieblas, ¿dónde tienen su sitio? Si lo sabes, ¡es que ya habías nacido entonces, y bien larga es la cuenta de tus días...! ¿Tiene padre la lluvia?, ¿quién engendra las gotas del rocío? ¿De qué seno sale el hielo’?, ¿quién da a luz la escarcha del cielo?” (Jb 38,12... 29).

Si bella es la respuesta de Yahvé haciéndole notar su obra creadora -llena de incógnitas pero también de riquezas escondidas que el hombre ha de sacar a la luz con su esfuerzo- no menos bella es la respuesta que sale de la boca de Job. El, que había hablado a la ligera ante Dios, que había defendido a capa espada su inocencia porque cumplía exteriormente muy bien sin conocerse por dentro, comprende que la prueba le ha sido beneficiosa.

Gracias a ella ha conocido la presuntuosidad de su corazón: en definitiva, le ha hecho humilde Y bien, es desde esta humildad que se ha adueñado de él, que da a Dios una réplica que nos agrada enormemente piles vemos en ella una mezcla de sabiduría y de ingenuidad. “Y Job respondió a Yahvé: ¡He hablado a la ligera!: ¿qué voy a responder? Me taparé la boca con mi mano. Hablé una vez…, no he de repetir dos veces..., ya no insistiré” (Jb 40,3-5).

Así pues, -y volvemos a Salomón- si lo que nos rodea nos es a veces enigmático, si tantas veces nos hemos equivocado al intentar discernir los elementos naturales, si tantas otras no alcanzamos a entender a las personas con las cuales convivimos…¿cómo podemos rastrear los cielos ? Si no conseguimos explorar la tierra, ¿cómo podremos explorar el Misterio?

Esto nos lleva al diálogo que Jesús sostuvo con Nicodemo, doctor de la Ley, recogido en el capítulo 3 del Evangelio de Juan. Recordemos que Jesús le dijo: “En verdad, en verdad te digo: El que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios’. Por supuesto que Nicodemo se quedó boquiabierto, tanto que lo que respondió a Jesús no cabe en la cabeza de cualquier persona medianamente inteligente: “¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo” ¿Puede acaso entrar otra vez en el seno de su madre y nacer?

Jesús, con una paciencia inmensa, le explica que la fe nace de lo alto. Que el que es de la tierra comprende e intenta comprender las cosas de la tierra fatigosamente, como hemos oído decir a Salomón. Pero las cosas del Cielo, el Misterio de Dios, le toca explicarlo a Él... y esto es la fe. Rastreamos el Misterio de Dios desde su encarnación, desde su Hijo: “Si al deciros cosas de la tierra no creéis, ¿cómo vais a creer si os digo cosas del cielo?”

Cosas del cielo, cosas del Padre, revelación del Misterio de Dios. Si no alcanzamos a explorar a fondo el universo, si hasta algunas reacciones humanas escapan a la ciencia, a la más alta psicología, ¿qué podremos saber de Dios? Es ésta una incógnita que tiene un final feliz. Él, el Hijo, el que se encarnó, nos dejó el Evangelio. Por medio de él nos es revelado el Misterio de Dios Jesús es el que lo revela, y lo hace desde el Misterio del Padre. Con esta buena noticia, Juan culmina el Prólogo de su Evangelio “A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo Único, que esta en el seno del Padre, Él lo ha revelado”