EL AMOR NO ESTÁ EN NUESTRAS VIDAS

Por Ángel Gómez Escorial

Solo la inconmensurable grandeza de Dios le hace ser completamente justo y totalmente amoroso con sus criaturas. El hombre, no. Si es partidario de la justicia llevada a su máxima expresión, habrá doblegado el amor por sus semejantes. Y si su alma se deshace de amor por los prójimos difícilmente podrá ser justo del todo. Y este ejemplo sirve para hablar del amor que tan bien define San Pablo en el fragmento que se lee de su Carta a los Corintios. Ya me refiero a ese texto en la homilía pero no puedo dejar de hacerlo también aquí. Pablo de Tarso lo define tan bien que no es cuestión de glosarlo más. Repasemos una vez más ese texto. Casi deberíamos hacerlo todos los días para aprender a amar y ser un poco más felices.

Lo que quiero yo decir es que la condición humana bascula de un lado a otro y establece prioridades donde no las hay. Y de ahí que haya interpuesto yo, al principio, ese comparación entre amor y justicia. Jesús nos enseñó que amaramos a nuestros enemigos. Y siempre que se oye predicar sobre este tema, el que más y el menos pone salvedades. Algo así como “bueno, si, pero no tanto”. Yo no dudo de la capacidad, humanamente objetiva, de muchos jueces a la hora de impartir justicia. Pero, ¿salen sus sentencias del amor y, sobre todo, si están juzgando algo execrable y terrible? Ciertamente no lo sé con precisión, pero he de suponer que no. Y, sin embargo, si se partiera del amor a la hora de hacer justicia probablemente se establecería un principio prioritario de intentar regenerar al imputado, por muy malo que fuera. Difícil, ¿verdad? Y, sin embargo, Jesús de Nazaret nos ha dicho que amemos a nuestros enemigos y que pongamos la otra mejilla sinos agreden. Si el amor de Dios –además del amor por Dios—estuviera en nuestros corazones todo sería mucho mejor. Y la paz sería un complemento seguro de nuestras vidas.

OJO POR OJO, DIENTE POR DIENTE

A veces nos ha horrorizado el famoso “ojo por ojo y diente por diente” de la justicia del Antiguo Testamento. Nos parece muy cruel y, sin embargo, era una limitación para evitar males mayores a quien había infringido un delito contra las personas. Ante un ataque, el más poderoso podría verse con el derecho de matar al agresor, aunque sólo hubiera producido una herida leve, y hasta ampliar la pena a su familia y a la gente de su pueblo natal. Por eso, responder con idéntico daño al producido por el agresor era –como decía—una limitación del “derecho” a infringir castigo. Pero llega Jesús y pulveriza ese principio que no era tan terrible como nos parece a nosotros ahora. Dice que no, que ni siquiera eso, que hay que poner la otra mejilla. Y la gente quedó completamente desconcertada… entonces y ahora. Es el amor lo que moviliza tanta paz y tanta mansedumbre.

El amor que predica Cristo y que tan bien define San Pablo no está presente en nuestra sociedad. De ningún modo. Puede haber –y los hay—principios humanitarios que limitan la salvajada del ajuste de cuentas. El Derecho –las leyes—de casi todo el mundo actual está basado en el Derecho Romano. E, incluso, dicen que el famoso Derecho Canónico se parece mucho al derecho que ejercía Roma. Pero en el ordenamiento legal del imperio romano no se buscaba el amor, ni siquiera la compasión. Sólo se quería hacer justicia, la más precisa posible, a pesar de las limitaciones subjetivas de quienes las impartían. La justicia, en general, tiene también un principio de escarmiento, de advertencia para no cometer delitos. Ahí tampoco hay amor…

CAMINO SIN AMOR

Entonces bien podría decirse que justicia y amorson contrapuestos. Y no es así. Si alguien está verdaderamente inmerso en el amor del que nos habla Cristo Jesús tendrá capacidad para administrar justicia con amor, aunque los culpables a los que juzgan hayan sido el paradigma de la crueldad y de la violación de la ley. Lo que no podemos, si somos cristianos, es iniciar nuestro camino personal o profesional sin llevar amor en las alforjas. Y poca gente lo hace. Tienen o sienten amor por su familia y no del todo. Otros viven –y es legítimo—el amor emocionante dirigido hacia una mujer o un hombre, según los casos. Pero no amplían ese sentimiento a nadie más. Incluso ese amor puede tener ingredientes de posesión que nieguen los derechos más elementales a los amados y amadas. Ciertamente, existe el amor de los padres por los hijos, que suele ser –hay demasiadas excepciones—un amor desinteresado, paciente, alegre… Dicen, incluso, que las madres aman mejor a los hijos que los padres. Pues, tal vez. Y ese amor de madre nos pude servir para identificar lo que es, en parte, el amor que nos muestra Dios y que nos pide Jesús para todos nuestros semejantes incluidos los enemigos.

JESÚS Y LA FELICIDAD

Lo terrible –y lo triste—es que faltan en la vida habitual de la humanidad, hoy, la mayor parte de los ingredientes que Jesús nos dio para ser felices. Y falta sobre todo lo que es esencia de Dios, que es el amor. Y ello me lleva a decir que, al menos, habría que intentarlo. Que no podemos polarizar nuestra vida hasta los extremos. Que la justicia es necesaria, pero que no hay que ser justicieros. Que los deseos de crecer económicamente o de desarrollarse, no pueden convertirse en acciones plenas de avaricia y de explotación de los más débiles. Que, asimismo, la soberbia no puede impregnar todo aquello que consideramos fundamental para nuestra vida en común. Si el amor estuviese en nosotros como cuestión fundamental de nuestra forma de actuar y sentir, todo, todo, sería más fácil. Que no demos de esquina al amor. Y que éste llene nuestras vidas. Y si no tenemos amor y nos cuenta conseguirlo, pues que lo intentemos. Tendremos muchas posibilidades, todos los días, de poner la otra mejilla, o de intentar mirar con amor a esa persona que tanto detestamos.