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LA ORACIÓN DE Y CON JESUCRISTO LIBRO DE LA SABIDURÍA: ENTREGADO “Y ¿quién habría conocido tu voluntad, si tú no le hubieses dado la Sabiduría?” (Sb 9,17a) Las anteriores reflexiones de Salomón hacían hincapié, incluso con cierta severidad, en la pobreza del hombre en lo que respecta al discernimiento y conocimiento no ya del Creador, lo cual es lógico, sino también, al menos en cierta medida, de su obra, la creación. Es tal la insistencia en nuestra incapacidad para ver más allá de nuestros pequeños horizontes, que llegarnos a admitir que el monarca se puede estar dejando llevar por el pesimismo. Sin embargo, sabernos que toda reflexión o texto hemos de verlo y juzgarlo no por partes sino en su conjunto Dicho esto, pasarnos a afirmar que el texto presente es como un puente que nos traslada del supuesto pesimismo a la esperanza. Es cierto lo de las incógnitas, también lagunas, en nuestros conocimientos y límites intelectuales, sobre todo en lo que respecta a penetrar el sentido profundo y último de lo que somos y de lo que nos rodea; mas también lo es que estos límites de nuestro saber no están cenados irremisiblemente. Hay un saber de Dios puesto —he ahí lo inaudito- al servicio del hombre. Un conocimiento tan elevado que llega incluso hasta el punto de saber discernir el abismo que supone la voluntad de Dios. Es posible porque Él mismo nos ha dado su propia Sabiduría, tal y como nos anuncia el rey “Dios nos ha dado su Sabiduría”. He ahí las palabras radiantes del rey Salomón Las catequesis que surgen de esta buena noticia son muchas y a cada cual más profunda. Nosotros vamos a recoger la perspectiva mesiánica desde la dimensión de su envío por parte del Padre: su ser entregado al mundo (Jn 3,16-17). Dios da, entrega su Hijo al mundo para que todos los hombres conozcamos la luz, la salvación, la sabiduría..., semillas, todas ellas, de su divinidad que nos permiten conocerle a El y su Voluntad. Oigamos a este respecto la bellísima exhortación del apóstol Pablo: “En Él—Jesucristo- tenemos por medio de su sangre la redención, el perdón de los pecados, según la riqueza de su gracia que ha prodigado sobre nosotros en toda sabiduría e inteligencia, dándonos a conocer el Misterio de su voluntad” (Ef 1,7-9). Dios ha dado a su Hijo, lo ha entregado al mundo, no para condenarlo sino para salvarlo. Estas son palabras textuales proclamadas por el Señor Jesús a Nicodemo abriendo así la perspectiva de salvación a todo el mundo. En Jesús ¡todos los pueblos de la tierra son el pueblo elegido! Para ello, Dios Padre entregó al Hijo Ambos, mano a mano, Padre e Hijo, se dieron, se entregaron; uno gemía de dolor mientras el otro contenía sus entrañas, a punto de quebrarse ante el Misterio de la cruz. Fue como un parto por medio del cual se dio a luz al hombre nuevo, al hombre revestido de la luz y de la sabiduría de lo alto. El anuncio velado de Salomón, que casi se parece más a un deseo que a una afirmación, alcanza, como ya sabemos, su plenitud en Jesucristo. Él es la Sabiduría del Padre. El es el que ha sido entregado a causa de nuestras sombras, carencias y pecados. Resucitado por el Padre, nos alcanzó la justificación, es decir nos hizo aptos para permanecer libres de culpa en su Presencia: “… a nosotros que creemos en Aquel que resucitó de entre los muertos a Jesús Señor nuestro, quien fue entregado por nuestros pecados, y fue resucitado para nuestra justificación” (Rm 4,24-25). Libres de culpa, ya que, al aceptar ser entregado, anuló, como dice Pablo, la nota de cargo la factura con nuestras deudas, clavándola con él mismo en la cruz y perdiendo así todo valor jurídico de condena. “Canceló la nota de cargo que había contra nosotros, la de las prescripciones con sus cláusulas desfavorables, y la suprimió clavándola en la cruz (Col 2,14). La Iglesia primitiva, presidida por los apóstoles, tuvo conciencia clarísima de que, al entregar Dios Padre a su Hijo al mundo, la había colmado de su Sabiduría. Esta se va abriendo con todas sus luces, como cuando el sol se abre al amanecer, en la medida en que el Evangelio va tomando carta de ciudadanía en el corazón del hombre: “…a causa de la esperanza que os está reservada en los cielos y acerca de la cual fuisteis ya instruidos por la Palabra de la Verdad, el Evangelio, que llegó hasta vosotros Por eso, tampoco nosotros dejamos de rogar por vosotros desde el día que lo oímos, y de pedir que lleguéis al pleno conocimiento de su voluntad con toda sabiduría e inteligencia espiritual, para que viváis de una manera digna del Señor (Col 1,5-10). Que es una sabiduría entregada, dada de lo alto, no ofrece, como ya he dicho, la menor duda a aquellos primeros discípulos a los cuales Jesús envió por todo el mundo con su Evangelio. Oigamos el testimonio de Pedro, que tiene un enorme valor ya que está hablando de la sabiduría que ha sido otorgada a Pablo, que, como sabemos, no conoció a Jesús físicamente: “La paciencia de nuestro Señor juzgadla como salvación, como os lo escribió también Pablo, nuestro querido hermano, según la sabiduría que le fue otorgada” (2 P 3,15).
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