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TALLER DE ORACIÓN EL VALOR: CARACTERÍSTICA DE UN PROFETA Por Julia Merodio “Entonces dijo el Señor: Está bien, haré que salga de entre ellos un profeta como vosotros, uno que sea compatriota vuestro y repita lo que yo le mande” (Deuteronomio 18, 17 -19) Cuando nos situamos ante los profetas del Antiguo Testamento, llega hasta nosotros una gran perplejidad ¡Aquellas cosas que les pasaban…! Pero si nos adelantamos un poco y nos ponemos ante Jesús, nuestra perplejidad va mermando pues su grandeza lo llevo a rebajarse hasta “llegar a pasar por uno de nosotros” tomando nuestra misma humanidad. Sin embargo, yo creo que, aunque los profetas nos resulten familiares, los riesgos por los que han de pasar preferimos ignorarlos y es, precisamente, en esos trances donde el valor del profeta se incrementa de manera espacial. Por eso es importante que, el valor, dejamos de mirarlo con ojos humanos, para contemplarlo bajo el prisma de Dios, pues ello nos llevará a darnos cuenta de que, la valentía llega cuando se es capaz de: • Dar sin calcular riesgos. • Optar, en serio por una determinada manera de vivir. • Realizar la vocación, con todas las consecuencias. • Hacer lo que se debe hacer, a pesar de la inseguridad y el peligro que comporte. • Para, de esta manera, ser signo y sacramento de bendición para cuantos nos rodeen. EL RIESGO DE SER VALIENTE A cualquiera le gusta que lo consideren una persona con valor. Vivimos en un momento en que, todo lo que conlleva riesgo, es altamente valorado por la sociedad. Pero tenemos que ser sinceros y decir que, lo que hoy se presenta ante nuestros ojos atónitos es, que tener valor es sinónimo de ser duro; de saltar por encima de los demás; de conseguir lo deseado; de devolver, al menos con la misma moneda y si puede ser con una crueldad mayor, pues mucho mejor. En este contexto aparece, de nuevo insertado el sacerdote, metido en medio de este mundo que se ha dedicado ha degradar todo lo auténtico, haciéndonos ver que, lo valeroso sólo podremos conseguirlo, introduciéndonos en ese “progreso” que ha sido capaz de mancillar cualquier virtud, cambiándola por lo más burdo y grotesco, porque así viviríamos realmente felices. Me causa risa, por no decir enojo, que esa gente que tanto alardea de progreso, repudiando todo lo que suene a religioso, siga instalada en el Antiguo Testamento: “ojo por ojo y diente por diente…” Me gustaría decirles, que pagar con la misma moneda no tiene ningún merito. Cuando alguien nos hace daño, lo que nos pide el cuerpo es devolver el daño multiplicado, por lo que no parece necesario el valor para llevar a cabo el objetivo; sin embargo para lo que de verdad se necesita valor es, para no devolver el daño, para no pagar con la misma moneda, incluso para ser capaces de devolver bien por mal. Es aquí donde debe aparecer, el valor el sacerdote, para defender esos valores que quieren anular, para denunciar esos antivalores que intentan imponer, para especificar todo lo que dignifica a la persona, y demostrar, por medio de su testimonio, que todo esto es posible. El sacerdote tendrá que enfrentarse a toda esa carga de bazofia que, algunos medios públicos se encargan de remachar cada día, para que de tanto oírlo, lo vayamos encajando como lo más normal del mundo. Todos hemos escuchado frases como estas: • Tal famoso ha tenido “el valor” de separarse. • Ha tenido “el valor” de reclamar (aquello que no le pertenecía) y le ha salido bien la jugada. • Ha tenido “el valor” de dejar –aparcados- a sus padres, porque tiene derecho a vivir su vida. • Ha tenido “el valor” de –hacer lo que le apetece- sin preocuparle del daño que hiciese a los demás • Y así, podíamos seguir poniendo casos, incluso mucho más duros que estos. Pero llega lo más triste; el sacerdote hablará con gente estupenda, de la que se encuentra en su parroquia, de los que van a misa, de los que alardean de ir a hacer filas en los santuarios para besar una reliquia… y le dirán sin recato: Es que la persona ahora es muy auténtica, hace lo que le apetece, vive a tope, tiene su fe y su Dios… pero obra así porque es muy valiente. Ante una afirmación tan rotunda, parece que poco puede hacer el sacerdote. Él lo sabe muy bien, ha comprendido que, en el ambiente que le rodea, no puede presumir de valentía. En su entorno no se considera valiente a: • Esa mujer que es capaz de cuidar a sus padres renunciando a cualquier comodidad. • Esa madre que se priva de cualquier cosa por mantener unida a la familia. • Ese padre que trabaja sin descanso para que en su casa no falte lo necesario. • Ese matrimonio que lucha por su relación en cada momento. • Esos compañeros suyos, que sacrifican su vida para regalarla a raudales, en un pueblo sin ninguna comodidad. • Ni a ese religioso que siempre está disponible para salir de prisa cuando alguien precisa sus servicios. • Ni al misionero que deja todo a cambio, tan solo, de servir a los pobres… El sacerdote conoce bien que, a esto ya no se le llama valentía, a esto los modernos, le llaman “masoquismo”; pero ¿qué sería el mundo si no hubiera sacerdotes y personas “masoquistas” que dieran todo a cambio de nada? Y ¿Qué harían esa clase de “valientes” sin alguien que los supla, en lo que ellos dejan de hacer? Porque, qué es más fácil: -¿Renunciar a todo para darse a los demás, o hacer lo que me apetece en cada momento? -¿Aparcar a unos padres o cuidarlos? - ¿Comprar a los hijos con caprichos o educarlos? - ¿Hacer solo lo que me gusta o lo que debo de hacer? Que bueno sería todo esto, si sirviera para tomar conciencia, no solo los sacerdotes sino también cada uno de nosotros. Que estupendo si tuviéramos el arrojo de preguntarnos Y yo: -¿Para qué uso mi valor? -¿Para afianzar mi criterio? -¿Para elevar mí autoestima? -¿O para vivir el evangelio de Jesucristo, que es el único que puede dar: seguridad y confianza a los demás? Los que nos consideramos cristianos y, de manera especial el sacerdote, no podemos excusarnos. El código donde asentaremos nuestro valor, será el de la Palabra de Dios y el pilar donde la apoyaremos Cristo. Desde ahí encontraremos que, el valiente es el que vive: La entrega. La paz. La verdad. La libertad. La fraternidad. La acogida. La justicia. El Don. LLAMADOS A SER PROFETAS Al comenzar el artículo, veíamos como en el Antiguo Testamento, el Espíritu Santo, suscitaba profetas, que guiasen al pueblo. Y, precisamente profetas es, lo que también precisamos nosotros. En la actualidad constatamos que, nuestro mundo está carente de profetas valientes, que no se dejen comprar, que no tengan miedo al riesgo, que no midan las consecuencias, que hablen de la verdad… De nuevo a nuestra mente llega la figura del sacerdote. Pero, ¿querrá, el sacerdote, ser uno de ellos? Todos sabemos que no es fácil ser profeta en esta vida compleja y complicada. • ¿Quién quiere ser profeta hoy día? • ¿Sabes cómo terminan los profetas? Ciertamente, todos preferimos quedarnos de sustitutos. Sin embargo esto no es nada nuevo, no tenemos nada más que dar un vistazo por la Biblia para comprobar que los grandes profetas, se escondieron, huyeron, se camuflaron para no ser vistos por el Señor. Pero Dios en su infinita misericordia, en su infinita bondad de Padre, siguió llamándolos, preparándolos y confortándolos, pacientemente y sin presiones, hasta que fueron capaces de responder a su llamada. Porque responder a la llamada implica aceptar que, las características de un profeta se centran en: • La elección. • La vocación. • Y la misión. El profeta, es por tanto, una persona elegida por Dios para que trasmita su Palabra, para que parta su Pan, para que sacie el hambre de cuantos lleguen a él. Y todo, desde la gratuidad; sin esperar nada a cambio de su trabajo, ni elegir los destinatarios a los que ha de llevar el mensaje. Pero sin olvidar que, el profeta necesita a la comunidad. No puede ser una persona aislada y encerrada en sí misma, su enseñanza tiene que ir dirigida a la comunidad en su conjunto, ya que se trata de una comunicación que no puede quedarse para los cercanos, su efecto ha de traspasar fronteras y llegar lejos, muy lejos. Leía hace poco que los teólogos habían elaborado un listado de las características más importantes para definir cómo es y cómo opera un profeta. Señalaban estas como las más destacadas: • Ningún profeta ha visto la realidad completa. • El lenguaje profético es simbólico. • El profeta sabe hacia dónde va la historia. • El profeta suele contradecir los deseos de la gente. • El profeta se mezcla con el pueblo. ¡Cómo cuestionan estas pautas! Nadie las debería obviar, sería bueno llevarlas a la oración, contemplarlas bajo la mirada de Dios y hacer de ellas una buena catequesis, sin olvidar que: SE TRATA DE DARLO TODO Se trata de entregar una medida repleta, rebosante. Se trata de hacer una apuesta de verdad. Se trata de medir con la medida de Dios. Porque Él, siempre dará mucho más de lo que nosotros podemos darle, aunque haya querido contar con nosotros para llevar a cabo su obra. A Él, le gusta ver nuestra medida llena; le agrada nuestra generosidad, nuestro desinterés, nuestra entrega… Y ¿Quiénes mejor para darnos ejemplo que los que lo han dado todo por Cristo? Será bueno que esta semana busquemos tiempo de oración y ejemplos de gente que ha sido capaz de hacer una opción de esta envergadura.
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