1.- DECÁLOGO DE LA VOZ CRISTIANA

Por Javier Leoz

1. Está al servicio de la verdad. No se amilana ante los que, gritando mucho, saben que en el fondo son débiles.

2. Pregona el mensaje de Jesucristo. Sabe que, la persona, a través de la voz se convierte en mensajero de esperanza. La voz del cristiano, no es el mensaje, pero ayuda en su difusión.

3. Anima al que se encuentra triste y le indica los caminos por los cuales puede encontrar la alegría. Una palabra de aliento vale mucho y poco cuesta.

4. Aconseja al que, en una situación dispersa o confundida, necesita una palabra de luz en la oscuridad. El amigo acude, como la sangre, donde hay hemorragia.

5. Es afable y nítida. No hiere. No busca el imponerse sino buscar puentes entre las personas aunque sean de encontradas ideas. Se consigue más con miel, que con hiel.

6. Denuncia el mal y la calumnia. No es tímida cuando existen momentos de injusticia o de maldad. Dice “sí” cuando hay que decirlo y “no” cuando hay que negarlo.

7. Expresa con claridad y con caridad las verdades contenidas en el Evangelio. Se posiciona, cuando es necesario, frente aquellos que intentan silenciarlo.

8. Intenta comunicar una gran verdad: DIOS ES AMOR. Y, ese amor, se manifestó en una voz silenciosa pero misteriosa: JESUS EN BELÉN.

9. Es limpia y transparente. No busca el sobresalir. Guarda silencio, cuando alguien quiere expresarse y es respetuosa con las opiniones de los demás.

10. La voz cristiana dice lo que piensa, lo que cree y sin miedos a chantajes. No se acomoda a la sociedad sino que por el contrario, en las luchas de la sociedad, es voz profética aunque no sea bien recibida.

 

2.- LA FE: CONFIANZA CON CERTEZA

Por David Llena

Recuerdo de pequeño como cada tarde cuando volvíamos a casa después del colegio, nos esperaba un bocadillo y un buen vaso de leche. No sabíamos el trabajo que supondría a mi madre cuando lo preparaba, pero supongo que cada mañana al comprar el pan siempre pedía dos bollos para los bocadillos de los niños. Siempre llegábamos sabiendo que nos esperaba aquél bocadillo. No teníamos que hacer nada, siempre estaría allí.

Pienso que eso es la Fe, una confianza ciega en que el Señor nos da aquello que necesitamos. Alguna mañana pedíamos a mi madre que nos rellenara el bocadillo de jamón o queso y por la tarde sobre la mesa estaba el bocadillo deseado.

Así es la Fe, saber con certeza que Dios está tan pendiente de nosotros como nuestra madre cuando éramos niños. Aquella seguridad, nos permitía orientar nuestras actividades en el estudio, el juego, el sueño…

Si algún día no hubiésemos encontrado aquel bocadillo, seguramente nos hubiese extrañado y hubiésemos pensado que alguna cosa de importancia había sucedido. Sin embargo, ya nos lo dice Jesús: “Aunque vuestra madre se olvide de vosotros, yo jamás me olvidaré”.

Pero también es cierto que jamás encontrábamos ningún otro dulce, aunque alguna vez se lo hicimos saber a mi madre, y es que ella sabía que aquella petición no era lo mejor para nuestro desarrollo aunque nos resultase más delicioso.

Y aquí, también podemos asemejar nuestro modo de orar con la respuesta que obtenemos. Ya nos lo dice Santiago en su carta: “Pedís y no obtenéis porque pedís mal”. Y es que debemos ser como niños tener esa actitud de saber que todo lo esperamos del Padre y ese espíritu contentadizo que se siente feliz aunque reciba “solo” un bocadillo.

 

3.- VINO

Por Pedrojosé Ynaraja

Por definición, es el jugo fermentado de alguna fruta, aunque los mediterráneos entendemos siempre que la fruta será la uva.

El ser viejo tiene sus inconvenientes, de viejo nadie pasa, oigo decir desde pequeño, pero también tiene sus ventajas. Máxime los de hoy en día. De pequeños; costumbres, objetos y técnicas que conocimos, eran iguales a los de épocas bíblicas, así que nos resulta, muchas veces muy fácil entender el texto. Hoy me ceñiré al tema del título.

Fue casual, yo debía tener unos 8 años, asistí a la vendimia en Pozaldez, el pueblo donde nací. Corté racimos y los deposité en cuévanos, que gente mayor llevaba al lagar y allí, con los pies descalzos, pisaban la uva. Probé el mosto y el arrope. También he conocido, y conservo uno, los pellejos u odres, que ya se usaban en tiempos de Abraham. Sé pues, porque reventarían los viejos, si se llenaran de caldo joven. Ahora ya no se hace así, todo es mecánica y automático. La temperatura de fermentación del mosto, se regula con termostatos y resistencias eléctricas y esta almacenado en grandes depósitos de acero inoxidable. De allí saldrá directamente al embotellado. Si ha habido estos cambios, cabe preguntarse ¿Cómo sería el del tiempo de Jesús, más concretamente, el que se utilizó en la Santa Cena? Para desilusión de muchos, diré que, probablemente, era un vino que hoy consideraríamos de baja calidad. En la bodega el mosto fermentaba y se depositaban en el fondo pieles y semillas. Se precipitaban algunos productos no solubles, pero, como no se filtraba el líquido, tendría la apariencia de vino espeso y turbio. Añádase que en la primavera, cuando aconteció la primera Eucaristía, el caldo habría empezado a avinagrarse. Nuestros sistemas de conservación, a base de quemar azufre, no se conocían y, como máximo, cuando se conservaban en vasijas de cerámica, se cubría la superficie de aceite, que atenuaba la oxidación. No es, pues, de extrañar que antes de beberlo, le añadiesen agua, para disminuir su fuerte sabor. Muchas veces se lo digo yo al Señor, que si hubiera tenido vino de Rueda, como el de mi pueblo, o de la Rioja, la tierra de mi madre, a los apóstoles, les hubiera gustado más la Eucaristía y no hubieran tenido que aguar el precioso fruto de la viña.

¿Cuál fue la práctica de la Iglesia? Pues ser fiel a la norma de Jesús, consagrar vino y usarlo tinto y seco, que, por su apariencia, les sugería mejor el contenido más profundo: la Sangre de Cristo, derramada por nosotros. Las Iglesias orientales continúan haciéndolo así, no la occidental, a la que se le permitió la utilización de vino blanco desde el siglo XVI, de tal manera que ha pasado a ser la más utilizada. Para más INRI, acostumbra a ser dulzón, como si estuviese a medio fermentar.

Nuestra cultura se inclina hoy en sus momentos de ocio, a actividades que no impliquen demasiado apasionamiento, ni exijan esfuerzos imaginativos, excepto en el caso de los deportes espectáculo. Es una pena, cuando te lo dan todo hecho y solo hay que pagar el importe, el gozo de la vida es menor.

Voy a contar una actividad a la que dedicamos buenos ratos y que los protagonistas aun recuerdan. Era ocupación de gente joven. En otoño, recogíamos racimos de una parra, con el debido permiso del dueño. Los estrujábamos con las manos y guardábamos el jugo en un pequeño garrafón, tapado con un artilugio, que permitía salir los gases de fermentación, pero no la entrada de aire exterior, que hubiera convertido el líquido en vinagre. La apariencia de los primeros días era desagradable en extremo, pero, poco a poco iba perdiendo el color verdoso y adquiriendo una cierta transparencia. Al cabo de un tiempo, lo probábamos, y ya diré el porqué. Llegaba un día solemne, preferentemente la noche de Pascua, era este vino el que se depositaba en el cáliz para consagrarlo. Se entendía bien lo de “fruto de la tierra y del trabajo del hombre” de la oración litúrgica. (Se había probado con anterioridad, para que no hubiera ni curiosidad ni desagrado).

Las normas de la santa Madre Iglesia dicen que se trate de vino natural, sin aditivo extraños, pero, cuando uno se entera de las manipulaciones a las que se le someten los que compramos, se dará cuenta de que nuestro artesanal vino, era mucho más semejante al de Jesús, que el que se adquiere de fabricantes acreditados.