LA ORACIÓN DE Y CON JESUCRISTO

LIBRO DE LA SABIDURÍA: LLENOS DEL ESPÍRITU SANTO
Por Antonio PavÍa. Misionero Comboniano.

“…y no le hubieses enviado de lo alto tu Espíritu Santo” (Sb 9, 17 b)

El interrogante que habíamos oído formular a Salomón en el que deja en evidencia la dificultad del hombre en lo que se refiere a interpretar la voluntad de Dios si no le asiste con su Sabiduría, parece que se abre a la esperanza. Si ya en el texto anterior apuntaba el monarca que sólo era posible este conocimiento si El mismo enriquecía nuestra mente, ahora vemos que desvela la forma en que ha de iluminar nuestro saber y nuestra conciencia: por el envío de su Espíritu Santo.

Nos ayuda mucho echar mano de las numerosísimas catequesis que nos ofrece el Antiguo Testamento a este respecto. Hablando con propiedad, habríamos de decir más bien que toda la Escritura en sí es una monumental e interminable catequesis Digo que nos ayuda mucho pues constatamos con nuestros propios ojos que es cierto lo que tantas veces hemos oído y leído, y es que toda la revelación de Dios en el Antiguo Testamento alcanza su plenitud en Jesucristo. El es el enviado del Padre por quien nos es dado el Espíritu Santo profetizado por Salomón. En El esta nuestro saber, entender y acoger la voluntad de Dios porque la vemos no como una carga o una prueba, sino como un bien, un don para nuestras propias vidas. Ahí radica el milagro de la fe. Por ella llevamos adelante la obra de Dios, obra que en otras circunstancias -como fuera de su Sabiduría- nos hubiera parecido una carga imposible de realizar

Jesús el Señor envía el Espíritu Santo a los apóstoles quienes nos representan a todos aquellos que hemos recibido su llamada y deseamos ser sus discípulos. Llamada que el apóstol Pablo considera como “vocación santa”, como así se lo hace saber a Timoteo, su compañero de misión: “No te avergüences, pues, ni del testimonio que has de dar de nuestro Señor, ni de mi, su prisionero sine, al contrario, soporta conmigo los sufrimientos por el Evangelio, ayudado por la fuerza de Dios, que nos ha salvado y nos ha llamado con una vocación santa, no por nuestras obras, sino por su propia determinación y por su gracia que nos dio desde toda la eternidad en Cristo Jesús” (2 Tm 1,8-9)

La vocación santa al discipulado a la que, como hemos podido ver, hace mención el apóstol, solamente es posible desde la sabiduría y fuerza de Dios. Sabiduría y fuerza que nos es infundida por el Espíritu Santo enviado por el Resucitado, tal y como El mismo se lo prometió a los apóstoles a lo largo de las catequesis que les impartió inmediatamente antes de dirigir sus pasos hacia el Huerto de los Olivos, es decir, durante la última cena: “Os he dicho estas cosas estando entre vosotros. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviara en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho. Os doy la paz, mi paz os doy no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde” (Jn 1425-27).

El os lo enseñara todo, les dijo el Maestro. Los apóstoles recibieron de sus labios el Evangelio de la gracia y de la salvación; mas para alimentare de la sabiduría y fortaleza escondidas en Él, es absolutamente necesaria la asistencia continua del Espíritu Santo. De hecho podríamos incluso afirmar que antes de recibir el Espíritu Santo prometido, el Evangelio que habían oído de la misma boca del Hijo de Dios no les sirvió de gran cosa, pues bien sabemos que, ante la pasión de Jesús, cada uno de ellos puso a resguardo su vida como pudo.

Vencedor de la muerte, Jesús los reúne junto a Él. Podemos imaginarnos la alegría enorme de estos hombres que tanto habían dudado. Alegría porque sí es cierto que le habían amado. Mas también tristeza porque eran conscientes de no haber estado a la altura de las circunstancias. Jesús les reúne. Ningún reproche. Se deja amar, tocar, para que no piensen que están ante un fantasma. Antes de subir a tos cielos hacia el Padre, los convoca y les confirma la promesa cuyo cumplimiento es ya inminente. Oigamos el testimonio de Lucas: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra” (Hch 1 ,8).

Sabiduría y fortaleza revisten desde entonces a todos los discípulos del Señor. El envío del Espíritu Santo fue para los allí reunidos, y también para todos aquellos que en adelante acogerían la llamada del Maestro, ese sello que les identifica en todo el mundo como discípulos suyos.

Ya en el mismo libro de los Hechos de los Apóstoles, se habla de multitud de hombres y mujeres que manifestaron en un mundo hostil la sabiduría y la fortaleza de la que habían sido revestidos Entre tanto testimonios, transcribimos por su importancia el del primer mártir de la iglesia: san Esteban: “Esteban, lleno de gracia y de poder, realizaba entre el pueblo grandes prodigios y señales. Se levantaron unos de la sinagoga llamada de los Libertos... y se pusieron a disputar con Esteban; pero no podían resistir a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba” (Hch 6,8-10).