TALLER DE ORACIÓN

EL DON DE DIOS NO SE PUEDE COMPRAR

Por Julia Merodio

“Jesús le dijo: Remad mar adentro y echad las redes para pescar Pero no temáis, desde ahora, seréis pescadores de hombres” (Lucas 5, 1 – 11)

Este fragmento de la palabra de Dios no puede faltar en un tema dedicado al sacerdote. Pero no es, exclusividad del sacerdote, el echar las redes y remar, a cada persona en particular y para todos en general, es imprescindible: echar las redes, para acoger el Don de Dios y ponerlo al servicio de los demás.

No es necesario insistir, en las capacidades que recibe el que es capaz de seguir remando, aunque la ocasión no sea propicia. Jesús no se cansaba de repetirlo ¡Volved a echar las redes! El don de Dios llegará cuando menos lo esperéis.

El sacerdote es una persona que, ciertamente, ha echado las redes, ha conocido el Don y se ha abierto a él; por eso ha sido capaz de remar mar adentro, sin que nada ni nadie lo forzase; se ha entregado y se ha sumergido en Dios, desde la libertad más absoluta.

Cuando se habla de “ser pescadores de hombres”, encontramos que son innumerables las personas, abiertas a su gratuidad, que han sabido acoger el encargo del Señor sin condiciones; muchas de ellas llegarán a nuestra mente, pero hoy me voy a fijar en alguien que recibió este mandato de forma admirable: Se trata de San Pablo.

Tenemos reciente, el año Paulino, elegido por nuestro querido Papa Benedicto XVI, y es mucho lo que se ha hablado de su figura y su predicación, pero creo oportuno hacerle una destacada mención ya que lo considero capaz, de decir muchas cosas, sobre el tema, a cada sacerdote.

Todos sabemos que Pablo no fue sacerdote, ni tampoco discípulo de Jesús: Saulo era un judío, de los de verdad, que incluso tenía amenazados de muerte a todos los cristianos; y, con las cartas del sumo sacerdote en la mano, se paseaba por todas las sinagogas de Damasco para apresar a cuantos seguidores de Jesús encontrase y llevarlos a Jerusalén. Hasta tal punto llegaba su aversión, a todo lo que sonase a seguidores de ese tal Jesús de Nazaret, que acababa de presenciar, el martirio de Esteban, sin inmutarse lo más mínimo. Lo que él no podía esperar es que, en ese camino se encontrase con, el que le diría: ¡Echa las redes y pesca mar adentro! Porque quiero hacerte “pescador de hombres”

ENCONTRADO POR CRISTO

Cuando una persona es encontrada por Cristo busca la comunidad. Y es en la comunidad donde se descubre que: Dios, sale siempre al encuentro del ser humano. A veces, de maneras tan desconcertantes que no somos capaces de reconocerlo, pero siempre sale; y el encuentro, con el Señor, suele encerrar estas características.

-Primero.- La persona se cierra en sí misma; no ve salida; sin saber cómo, se va metiendo en la oscuridad más profunda. Lo mismo que Saulo, camina en tinieblas, en medio de su realidad.

-En segundo lugar.- De la manera más inesperada, aparece ante él Alguien, cuyo resplandor lo rodea.

Así nos lo narran los Hechos de los Apóstoles al plasmar la conversión de Pablo; dicen que: “Vio una gran luz y lo envolvió un inmenso resplandor”

¡Cómo necesita la comunidad personas capaces de dar Luz! ¡Cómo necesitamos estar abiertos al resplandor de Dios! ¡Como necesitamos “pescadores de hombres”!

Podemos pensar, equivocadamente, que en la actualidad ya no suceden esas cosas, pero, también en nuestro tiempo, seguimos conociendo personas que se encuentran, de frente con Jesús aunque, observemos con pena que, se niegan a recibirlo. Descubren en Él, esa Luz potente que dejará de manifiesto su realidad y, a veces, al contrario que el apóstol, prefieren vivir a oscuras sin enfrentarse a ella.

Sin embargo, lo de Saulo es distinto. Recibe esa luz y, ante tal resplandor, cae en tierra abrumado, y sin entender nada se atreve a preguntar:

-¿Quién eres, Señor?

-“Yo soy Jesús, al que tú persigues”

Eso mismo ha pasado a cada uno de nuestros sacerdotes. En un momento especial de su vida, -cada uno sabrá el suyo- vieron esa luz y sus esquemas se tambalearon; se les cayeron todas sus seguridades y evidencias, hasta que fueron capaces de preguntar –ellos también- ¿Quién eres, Señor?

Es una voz, que vuelve a repetirse hoy en el interior de cada sacerdote. Soy Jesús, al que tu mundo quiere: asolar, anular, sacarlo fuera de sus vidas… Por eso te he elegido a ti para que, a través tuyo, “vuelvan a echar las redes”; ya que, por estar tan ocupados, prefieren seguir hambrientos y saturados de ignorancia, antes que oír esa voz, que compromete demasiado.

UNA VOZ QUE SALVA

La voz del sacerdote, ha de ser como la voz de Dios, nunca aplasta al ser humano; siempre eleva, encumbra… la voz de Dios salva; y así le dice a Saulo: ¡Levántate!

Es la palabra que el sacerdote ha de pronunciar ante esa gente que llega hasta él para reconciliarse con Dios y con el hermano. ¡Levántate!

Todos sabemos que Saulo se levanta del suelo y observa que no ve nada. Sus ojos se han llenado de escamas y le impiden contemplar lo que hay a su derredor.

Nosotros, por el contrario, no tenemos que levantarnos porque ya nos hemos encargado de estar en las alturas. A nadie le gusta caer y, menos, permanecer ciado. A nosotros nos gusta subir, escalar puestos, ser considerados, tener “clase”…

No somos capaces de asumir que, como Saulo, los ojos los tenemos cegados por escamas de todo tipo, y somos incapaces de ver lo que nos circunda.

Hemos llegado demasiado lejos; no nos hemos dejado ayudar por las personas que intentaban acercarnos al verdadero camino y estamos llegando a unas circunstancias que, cuando menos, parecen ser inquietantes.

¡Imposible salir de ellas, estando lejos de Dios!

De ahí la importancia del sacerdote, para hacernos descender hasta nuestro interior, para hacernos llegar a ese fondo donde se funde la vida; para observarla con tranquilidad y dejarle que, nos ayude a entrar con ahínco, en la conversión del corazón.

EL SACERDOTE, NO SIEMPRE, ES BIEN ACOGIDO

Los discípulos no querían unirse a Pablo porque le tenían miedo y no acababan de creerse que fuera discípulo de verdad” (Hechos 9, 26 – 27)

En el mundo del individualismo, en el que estamos inmersos, la persona tiende a sentirse superior, a querer ser “un dios” alabado y adorado ¡Cuántas depresiones porque no se ha alcanzado, la fama y el reconocimiento, que se buscaba!

Pero esto no es nuevo, lo tenemos plasmado en el libro de los Hechos, donde se narra la conversión; el cambio de corazón es individual, pero lo que nos rodea es imprescindible.

En él se nos dice que, después de que las escamas se le cayeran de los ojos, Saulo, se queda un tiempo con los discípulos en Damasco. Y, un hecho, que quizá tantas veces hemos pasado por alto, ahora observamos que es de suma importancia, Pablo ha de formarse en comunidad.

Nadie da lo que no tiene, ni enseña lo que no sabe, ¿Cómo iba a predicar, Pablo, a Jesucristo si no sabía nada de Él? Hasta ese momento, todo lo que le decían de Jesús y sus seguidores, tan sólo servía para que su cólera se disparase. Por eso Pablo necesita aprender, saber… vivir a Cristo Resucitado, para luego poder llevarlo a los demás; y, Pablo, lo tiene claro; irá, hasta a los confines de la tierra, si es preciso a gritar a todos que, cuando se tiene un encuentro con Jesús, ya no se puede vivir lejos de Él.

Por eso el sacerdote, también, ha de formarse en comunidad, para saber lo que se desarrolla en su interior, para conocer a las personas, para saber como llegar a cada una de ellas.

El sacerdote ha de conocer las carencias, las soledades, las privaciones… de la comunidad, nadie puede ayudar a resolver un problema desconocido. Y todo ello tendrá que hacerlo desde el Señor; de ahí que tenga que pasar largos ratos en silencio, junto a Cristo, para que sea Él mismo el que le enseñe cómo ha de actuar.

Pero esto no les gustará a todos. A veces la gente se siente celosa de su intimidad y cuando se pretende ayudarles creen que vas a distorsionar su privacidad. Como Pablo, tampoco el sacerdote es bien recibido por algunos de los suyos y en este desprecio, Pablo descubre dos factores muy comunes en la Iglesia de todos los tiempos:

• El recelo.

• La envidia.

Sin embargo cuando Pablo comienza a predicar en las sinagogas todos quedan admirados.

Los cristianos de “a pie”, los que no iban a cumplir, los que, estaban abiertos a la novedad de Dios… tenían un lógico recelo. Ellos conocían a Saulo; lo habían visto llevarse, encadenados, a los jefes de los sacerdotes; perseguir en Jerusalén a cuantos pronunciaban el nombre de Jesús; y, ahora, no podían salir de su asombro. Ese que hablaba, no era el que ellos conocían; estaba claro que algo muy importante había pasado en su vida.

Sin embargo la situación de Pablo sigue siendo, ciertamente, incómoda. Al llegar a Jerusalén e intentar unirse al grupo de los discípulos, estos tampoco lo acogen. Tienen miedo; están recelosos; no se creen que pueda ser un discípulo de verdad.

El mundo de hoy, como el de tiempos de Pablo, también está escéptico ante los sacerdotes. Quieren hundir a la iglesia, buscan en ella contrariedades para difamarla; hablan de su patrimonio, de sus lados oscuros, de las equivocaciones que hayan podido tener alguno de sus ministros… Pero nada de esto logra asustarnos. Cuando uno se adentra en la Palabra de Dios, descubre que, el camino de la salvación no es fácil.

En cada momento, de la vida, se presentan ante nosotros y también ante el sacerdote, dos encrucijadas ¿Cuál tomar?

Qué importante es que, en ese momento, nos encontremos unidos para ayudarnos. La vida en solitario es impensable; solamente los que creen que lo saben todo se empobrecen. Cuando vas con el alma abierta todo te ayuda, todo te beneficia, todo te anima, todo hace crecer y da fuerza para seguir el camino.

Yo, personalmente, doy gracias muchas veces, por el privilegio tan grande que siento, al observar tantos sacerdotes como me han acompañado en mi vida; tanta gente excepcional como Dios ha puesto en mi camino; esa familia que Dios, soñó un día para mí… Cada tema que soy capaz de concluir, lleva un retazo de ellos; gentes desconocidas, que me escriben, que están a mi lado; gentes a los que: admiro, respeto, valoro y quiero. Gente con nombres y apellidos, e incluso alguno con un rostro conocido, porque han tenido la amabilidad de mandarme su fotografía.

¡Cuánta gente, admirable, trabajando codo a codo, por el Reino de Dios en todos los confines de la tierra!

En estos momentos es, cuando la persona se da cuenta de que, si de verdad se busca a Dios, no existen los condicionamientos, ni los recelos, ni las discordias, ni las fronteras… Se allanan las diferencias: sacerdotes, consagrados, seglares… uniendo fuerzas, abiertos al otro para ofrecer y acoger, los dones, al unísono. Es increíble observar que, cuando es Dios el que está en medio de ese afecto, de ese cariño, de ese sentimiento…lo demás viene sólo. Parece que conozcas a esa persona de toda la vida… Y llega el momento en el que entiendes las palabras que, tantas veces, leemos en el evangelio: “Tenían todos un mismo sentir y un mismo pensar”