DOLOR Y HAMBRE INDUCIDOS Por Ángel Gómez Escorial La semana pasada pensé entrar en el tema suscitado por Feli Alonso Curiel sobre el dolor inducido. Todo ello surgía por la noticia, dada desde Roma, de algunas de las características de la vida de fe, del venerable Juan Pablo II. Y, como suele suceder, llamaron más la atención sus prácticas de ascesis dolorosa. Ciertamente, en ese informe había muchas otras cuestiones de mucho interés, pero los medios de comunicación enfatizaron ese tema. En fin… Hoy un sacerdote de la Arquidiócesis de Guadalajara, México, don Ramiro Vázquez Sainz, responde a Feli. Y sin desear, yo mismo, centrarme en unas respuestas concretas, tanto al artículo de Feli, como al texto del padre Vázquez Sainz, me dispongo a escribir lo que, más o menos, no escribí antes, hace unos días. Y ocurre que, entonces, me documenté algo. Y pude ver, por ejemplo, que algunos miembros del Opus Dei –supongo que laicos y sacerdotes—se aplican todos los jueves el cilicio en los muslos y, probablemente, azotan con disciplinas sus glúteos. Esto lo ha sacado del amplio y eficaz blog de un joven numerario de Opus Dei, Antonio González, Opus Dei al Día (opusdeialdia.org) en el que en el capitulo de las numerosas respuestas que hacen a los lectores sale a colación el tema del dolor inducido entre los miembros de la Obra e, incluso, de cita el modo de hacerse con los cilicios, que fabrican unas monjas. Antes de nada decir que, aunque no lo entiendo, respeto esa práctica, ancestral en la Iglesia, como otras muchas cuestiones de conducta de otros católicos. Esa práctica es totalmente voluntaria en el Opus Dei. “SUJETAR” EL CUERPO La cuestión es que, de siempre, en la vida cristiana y no cristiana, se ha querido “sujetar” el cuerpo. Desconozco el efecto del dolor sobre esa sujeción. Afortunadamente, y a pesar de mi edad ya avanzada, he sufrido pocos dolores y no los recuerdo. Ahora tengo una artrosis en, sobre todo, la rodilla izquierda que me duele cuando bajo escaleras. Pero no tomo medicamentos porque me hacen más daño al estomago. Y ahí veo que es preferible la enfermedad al remedio. Pero si pudiera librarme de ese dolor lo haría, aunque a costa de tener el estomago revuelto, no. Lo único que deseo es tener la ayuda de Dios para cuando me vengan otros dolores fuertes y, desde luego, me sentiré consolado por Él, que los sufrió. Cristo asumió voluntariamente su Pasión, pero no la buscó, ni eligió el sufrimiento terrible de la Cruz, ni la humillación de verse convertido en un gusano humano (Varón de Dolores) por causa de la crueldad de sus enemigos. Uno de los teólogos –lo ha dicho él mismo Papa—que más han influido en Benedicto XVI, fue el sacerdote germano-italiano, Romano Guardini. Él mantiene que Jesús de Nazaret pudo pensar, al principio, que podría llevar a cabo su labor redentora en paz y sin conflicto. Después, se dio cuenta que la dureza de sus enemigos planteaban que la paz no era posible y asumió la misión que le había encargado el Padre aún con el sufrimiento. Guardini lo hace en un libro formidable, “El Señor”, del cual la editorial Rialp llegó a hacer varias decenas de ediciones, aunque no sé si ahora está en su catálogo. Es un libro que he leído íntegro muchas veces –al menos, cinco—y que me suele acompañar todas las Semanas Santas. De ahí saco –y creo—que Jesús no buscó el dolor, aunque asumió el altísimo precio de su misión encomendada por el Padre. CON LA BOCA ROTA En el año 2000, el 5 de junio, a la vuelta de Roma del Jubileo de los Periodistas, en el que puede ver a Juan Pablo II, estaba yo terminando, precisamente, la correspondiente edición de Betania y al subir a mi casa para almorzar tropecé con el felpudo de la entrada del portal y caí de boca sobre una jardinera de mármol… Tuve que ir al madrileño Hospital de la Paz, donde me cosieron la boca por dentro, en una cura que fue casi una intervención quirúrgica. Y volví a la oficina porque mi deber era cerrar Betania y con un vendaje espectacular, casi cómico, allí me quedé solo hasta bien entrada la madrugada, hasta que pude enviar los textos de Betania –todavía no la colgaba yo—pero la persona que lo hacia en Barcelona estaba esperando y los lectores también. Me veía un poco ridículo de esa guisa, pues el primer vendaje que tuve intentaba que no moviera yo la boca. Los analgésicos me ayudaron a soportar eso, no sentí demasiado dolor, aunque si una cierta perplejidad porque me hubiera pasado, en un momento en que yo estaba feliz por mi vuelta de Roma, por el Jubileo, y por la audiencia en el Aula Pablo VI, donde vi y escuche al venerable Juan Pablo II, y allí me surgió una idea sobre la grandeza e inmutabilidad del Papado, el cual –según mi percepción—era muy superior a las personas concretas que lo desempeñaban. De eso ya escrito otra vez. También estaba feliz por estar haciendo Betania a pesar de la dificultad. No me dio tiempo a pensar en el sufrimiento, aunque sí en las perturbaciones laborales que me traería ese hecho. AYUNO Y ALIMENTACIÓN Pero yo si sujeto el cuerpo sobre todo con la comida y la bebida porque el exceso de ambos me deja fuera de combate. Mi mente se embota, las ideas se adormecen y si me voy a la cama con algo de alcohol en el cuerpo, a la mitad de la noche me surge una resaca imposible que me produce insomnio y los pensamientos que suelo tener durante ese insomnio son malos y tristes. Creo que son de temor. Y si tengo que escribir prefiero llevar el cuerpo ligero. Descubrí de todo modos, por una cuestión estética, que me era fácil seguir los regimenes de adelgazar. Me di cuenta que si no se fantaseaba con la comida, cuando llegaban las primeras hambres, era fácil no comer. Y como creo que tengo algún problema de hígado –o cosa parecida—descubrí que un tiempo comiendo poco y no bebiendo más que agua me dejaba como nuevo. Independientemente de las cuestiones del adelgazamiento. Más adelante entendí el ayuno y sus ventajas. Anselm Grün, Escritor del Año de Betania, tiene un libro excelente, “El ayuno”, sobre este tema. Y, además, imparte en su abadía benedictina de Alemania cursos al respecto a ejecutivos de empresas. Su libro –y supongo que sus cursos—aplican la doble vertiente de las mejoras física y espiritual. Más o menos, con mis fluctuaciones de peso he aprendido –pero no hace mucho tiempo—que yo debo comer poco y hacer un ejercicio moderado. Pero no es eso lo que quería decir ahora. Después de ejercitarme varias veces en el ayuno –no comer nada durante tres días o cuatro y beber agua, zumos y té—entendí que podría intentar darle a ello un sentido religioso. Me dije: “si me es posible –que no fácil—no comer por razones estéticas o de salud, bien podría hacerlo por motivos espirituales”. Y así llevo cuatro o cinco años no comiendo ni el Miércoles de Ceniza ni el Viernes Santo, los dos días que la Iglesia nos marca como ayuno y abstinencia. Pero tengo que decir que me ha costado más trabajo aplicarlo por motivos de fe que por las antiguas razones de estética. Se me hace duro el ayuno de esos dos días. Pero lo hago. Y este año estoy pensando a ampliarlo a algunos viernes de cuaresma. Pero todavía no lo he decidido y es fundamental tomar una decisión firme y acotar, sin cambios posibles, los días que se vaya a hacer. ¿LOCURAS? Muchos pensarán que esto es una locura, como yo pienso que lo es pincharse con el cilicio o golpearse con las disciplinas. Yo veo un camino saludable en el ayuno porque me purifica y me sienta bien. Tengo el cerebro más abierto, se me ocurren más ideas, el espíritu se acerca más a Dios. Es verdad que no lo inicié por motivos religiosos, pero con esfuerzo lo uso para tal cometido. Es verdad que el cuerpo se aligera y el espíritu crece. San Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales –hoy estoy de un ignaciano subido pues también le cito en la homilía del I Domingo de Cuaresma—alude al límite de algunos ejercicios en que puedan hacer daño a la salud y tiene unas reglas sobre como comer más cristianamente. Bueno, pues ya está. Mi límite es la salud y yo creo que ayudo al cuerpo a purificarse. En Miércoles de Ceniza y en Viernes Santo rezo con mi hambre a Jesús prisionero y crucificado. Y en mi último episodio de varios días de ayuno, también lo hice así. Comprendo que mucha gente pueda discrepar y que alguna de esa gente prefiera los pinchos del cilicio que pasar hambre durante algunos días. No es posible olvidar que Jesús, salvo vinagre del Gólgota no comió, ni bebió nada durante todo su tiempo de detención y hasta su muerte. Está claro que la sed, tras la pérdida de sangre de los azotes y por los agujeros donde se enclavaron los clavos, tuvo que ser terrible. La falta de alimento es, probablemente, más llevadera. Y, obviamente, el dolor físico de flagelos y clavos es enorme, intensísimo. Cualquier imitación o cercanía nuestra, en ambos campos, es muy lejana y hasta ilusoria por diferencia exponencial de intensidad… EL DOLOR LLEGARÁ Pienso que el dolor llegará, que, tal vez, no hay que buscarlo. He asistido –ya hace ya algunos años—al sufrimiento constante de una cuñada, durante tres años, y fallecida, finalmente, por un cáncer. Esta enfermedad, además de muy dolorosa, es como una condena a muerte. Pocas veces –creo que menos que lo que dicen las estadísticas, salvo en un par o tres tipos de cáncer—se libra alguien de la enfermedad. Es cuestión de tiempo. Además, las terapias ante tal enfermedad –que sigue tan desconocida como en tiempos de Herodes: los expertos modernos dicen que Herodes el Grande murió de algún tipo de cáncer—son terribles. La quimioterapia es una tortura manifiesta y, desgraciadamente, en muchos casos para nada. Y ahí es donde la compañía del Señor que sufrió en la cruz habrá de ser una ayuda enorme. Es verdad que otras de las terapias del cáncer es, obviamente, luchar enérgicamente contra el dolor, aunque no siempre se consiga… El cáncer trae hay dolor para dar y tomar. El hambre inducido puede ser, asimismo, una burla terrible para los que pasan hambre sin remedio, para aquellos que las curas de adelgazamiento y de depuración son, insisto, una burla macabra. Celebrábamos el domingo pasado la Jornada Mundial contra el Hambre. Y los ejemplos están cercanos. El hambre es una plaga surgida del abuso político y de la explotación económica. Y quiero recordar, también, que San Maximiliano Kolbe, el sacerdote que se cambio por otro reo –padre de familia-- en un campo de concentración nazi, fue condenado a morir de hambre… Yo entiendo la nimiedad de mi esfuerzo con el ayuno, y aunque en los últimos tiempos, en todas las ocasiones que estoy días sin comer, calculo el dinero no gastado en mi alimentación y lo entrego a Cáritas, sigo teniendo la idea de que es muy poca cosa, espiritualmente hablando, casi nada. Pero aquí dejo el tema. IDEAS FINALES Una última idea que se me ocurre es que si el hambre y el dolor se produjeran atendiendo a los hermanos más desfavorecidos sería un mejor camino que ofrecer a Cristo doliente. En los trabajos de ayuda, tras el terremoto de Haití, mucha gente pasó hambre porque no había de nada. Y pasó dolor porque, en esos primeros momentos, había que desenterrar a la gente con las manos. Las heridas y el dolor llegaban a esa gente de muchas maneras, hasta sufriendo nuevos derrumbes… Es sólo un ejemplo. No es bueno condenar una u otra actividad ascética o ritual porque no se entienda o parezca mala o inapropiada. Tiene que haber un respeto previo ante todas las muestras de religiosidad, salvo que sean verdaderas locuras sin control, ni necesidad. Pero también es bueno la divergencia y la discrepancia. Una mala forma de entender el relativismo es no aceptar opinión alguna contraria, salvo –como dice Ignacio—si es pecado. Y de eso, de una cierta intransigencia, comienza a verse mucho –desde todos los lados—en nuestro mundo católico. No se buscan vías de entendimiento incluso en lo más sencillo y natural. Cada cual, con el ceño fruncido, se queda en su sitio predeterminado. No es eso, no es eso.
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