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LA ORACIÓN DE Y CON JESUCRISTO LIBRO DE LA SABIDURÍA: SABIDURÍA Y SALVACIÓN Por Antonio Pavía. Misionero Comboniano “Así aprendieron los hombres lo que a Ti te agrada y gracias a la Sabiduría se salvaron” (Sb 9, 18 b) Culmina Salomón su extraordinario y bellísimo diálogo con Dios con lo que podríamos llamar un hálito cargado de discernimiento: lo que realmente agrada a Dios no es fruto de arduas cavilaciones sino de la misma Sabiduría. Damos paso una vez más a una cuestión que se ha hecho ya familiar a lo largo de todos estos textos. No se trata de agradar a Dios como si éste fuera una especie de dragón insaciable al que únicamente le importa su propio provecho. Sólo un hombre lleno de sabiduría es capaz de entender y comprender que lo que agrada a Dios, a su vez, se vuelve en beneficio propio. Se trata de, como quien dice, dar vida a la imagen de Dios que lleva dentro de sí. Este algo de Dios interior no es una especie de apéndice sino parte constitutiva de su ser. Es partiendo de esta realidad que acontece que lo que a El le complace deriva en agrado propio y personal. Este algo de Dios —su imagen y semejanza- es lo más real que tiene el hombre en sí mismo. Sin embargo, en su plenitud, esto sólo lo pudo comprender y disfrutar el Hombre: el Hijo de Dios hecho carne. Ya fue anunciado en el Antiguo Testamento como aquel que haría la voluntad del Padre, mas no como imposición sino porque, el hacerla, estaba indisolublemente unido a la complacencia de su alma y de todo su ser: “No quisiste sacrificio ni oblación, pero me has abierto el oído; no quisiste holocaustos ni víctimas, dije entonces. Heme aquí, que vengo para hacer tu voluntad. Oh Dios mío, en tu palabra me complazco en el fondo de mi ser” (Sal 40.7-9). A Dios no le interesa en absoluto una obediencia que nace del miedo, ni siquiera aquella que se usa como palanca para “alcanzar la perfección”. A Dios le interesa y desea una obediencia que nace de un alma hambrienta de El. Sabe que hacer su voluntad es su alimento. Esto equivale a decir que hacer la voluntad de Dios no es una obligación sino la fuente de la Vida. De este alimento hablará Jesús a sus apóstoles. Recordemos que habían ido a Samaria para comprar víveres. Decidieron hacer un alto en esta ciudad con objeto de reparar fuerzas, cansados como estaban por sus largas caminatas apostólicas. Llegaron, pues, con las compras que habían hecho; Jesús despidió a la samaritana a la que había anunciado la salvación, y los apóstoles le ofrecieron alimento. Jesús, que había visto en esta mujer, en sus cinco maridos, la idolatría que pesa sobre todo hombre, y también que ella representaba la vuelta de la humanidad -libre de toda carga e idolatría- a Dios, sintió la necesidad de comunicar a sus amigos el gozo que le embargaba. Como tantas otras veces, los apóstoles, en ese momento concreto, no entendieron nada: “Los discípulos le insistían: “¡Maestro, come!” Pero él les dijo: “Yo tengo para comer un alimento que vosotros no conocéis… Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra” (Jn 4-31,34). Por supuesto que después de estas palabras se puso a comer con ellos. Tampoco se preocupó mucho de que no lo entendieran. La verdad es que hasta su resurrección no entendieron riada del Evangelio. Digamos que lo entendieron superficialmente.... fue tan poco lo que captaron que le dejaron solo en su Pasión. Como ya he dicho, lo empezaron a comprender después de su victoria sobre la muerte. Resucitado, fue a su encuentro y abrió sus mentes, sus espíritus, para que pudiesen dar cabida a la Palabra. Abrió sus corazones para que su Evangelio se hiciera una misma carne con la imagen de Dios que llevaban dentro ‘Y entonces Jesús abrió sus entrañas para que comprendieran las Escrituras” (Le 24,45). Es con el Evangelio, así, sembrado en nuestro interior, cuando el hombre hace la experiencia profunda de la mutua complacencia y agrado: la de Dios con él la de él con Dios, al igual que Jesús El Padre dio testimonio de esta complacencia hacia su Hijo en el momento de su bautismo. “Bautizado Jesús, salió inmediatamente del agua, y en esto se abrieron los cielos... Y una voz que salía de los cielos decía: Éste es mi Hijo amado en quien me complazco” (Mt 3,17). El conocer y alcanzar a obrar según el agrado de Dios es fruto de la Sabiduría. El Nuevo Testamento nos ofrece un ejemplo diáfano acerca de esto, el de Pablo. Hubo un momento en que por falta de sabiduría, pensaba que, persiguiendo a lOS cristianos, es decir, haciendo el mal, agradaba a Dios. Nunca el hacer daño a nadie le es agradable. Jesús tuvo compasión de este hombre y le enseñó qué es lo que realmente era agradable a Dios. Pablo lo entendió perfectamente y lo hizo entender a los demás: “No os acomodéis al inundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, deforma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto” (Rm 12,2) TERMINAN LOS COMENTARIOS SOBRE EL LIBRO DE LA SABIDURÍA Queridos amigos de Betania: Con este texto damos fin a las catequesis sobre la primera parte del libro de la Sabiduría La segunda parte viene titulada “La Sabiduría en la historia”, que trata, sobre todo, acerca de la experiencia de Israel en Egipto y su éxodo hacia la tierra prometida. Es por ello que, hablando con Ángel Gómez Escorial, hemos visto mejor dar estas catequesis sobre la experiencia de este pueblo tal y como nos viene relatado en el libro del Éxodo, pues nos parece mas completo. Así pues, después de un tiempo prudencial de descanso que creo necesario, entraremos, con la ayuda de Dios, en la comprensión catequética de la inigualable experiencia del pueblo de Dios que el Espíritu Santo plasmó en el libro del Éxodo. Antonio Pavía
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