TALLER DE ORACIÓN

ANTE UN TIEMPO DE GRACIA: LA CUARESMA

Por Julia Merodio

Uno de los tiempos fuertes de la liturgia, que todavía tiene un gran arraigo en el pueblo, es la cuaresma.

Este miércoles es “Miércoles de Ceniza” y con él damos entrada a este tiempo de conversión, de revisión y de cambio. Por eso hoy quiero dirigir mi oración a situarnos en el umbral de la cuaresma, haciéndonos presente ante el Señor para que Él nos tome de la mano y nos introduzca en el corazón del desierto, en la aridez de la penitencia, en la perseverancia de la escucha, en la generosidad de la limosna y en la fuerza de la oración.

Hemos de tomar conciencia, un año más, que la cuaresma no es un tiempo deprimente y triste, sino un tiempo de afirmación, de madurez, de equilibrio, de revisión de vida, de fuerza de Dios. Un tiempo, por tanto, alegre y regenerador.

Y la petición para toda esta cuaresma será: Ven Espíritu Santo ilumina nuestro interior para que con tu luz, nos miremos por dentro y en una profunda actitud de escucha nos preguntemos: ¿Qué quiere Dios de mí en esta cuaresma?

Podemos empezar tomando para nuestra oración, estas palabras del profeta Ezequiel:

“Entonces Él me dijo: profetiza al espíritu, profetiza, hijo de hombre, y di al espíritu: Esto dice el Señor: Ven de los cuatro vientos y sopla sobre estos muertos para que vivan. Profeticé, como el Señor me había mandado, y el espíritu penetró en ellos, revivieron y se pusieron en pie” (Ezequiel 37, 9 – 11)

Para entrar con una actitud dócil a este tiempo tan privilegiado, lo primero que haremos, será:

• Recibir la Ceniza con humildad.

Nos acercamos al Señor porque nos sentimos necesitados de conversión, de perdón; necesitamos ponernos en camino hacia la Casa del Padre; necesitamos romper todo lo que nos ata y vacíos de todo echarnos en sus brazos.

El signo de todo ello:

La imposición de la ceniza.

Nos conducen a la interioridad, las palabras del sacerdote:

-Conviértete y cree en el evangelio.

Pero ¿cuál es la ceniza que Dios quiere?

-Que no nos consideremos dueño de nada, sino simplemente administradores.

-Que apreciemos el valor de las cosas sencillas.

-Que no nos gloriemos de nuestros talentos, sino que con ellos edifiquemos a los

demás.

-Que no nos deprimamos ni nos acobardemos, porque Dios es nuestra victoria.

-Que no nos creamos grandes ni santos, porque santo y grande sólo es Dios.

-Que valoremos más la calidad que la cantidad.

-Que estemos abiertos siempre a la esperanza.

-Que amemos la vida y la defendamos.

-Que no olvidemos que “en Dios vivimos, nos movemos y existimos.”

De nuevo un testo para la oración:

“Vosotros que erais esclavos del pecado, habéis obedecido con el corazón la doctrina trasmitida, y libres del pecado os habéis puesto al servicio de la salvación, en busca de la plena consagración a Dios” (Romanos 6, 17 -19)

Lo segundo será: el Ayuno.

De nuevo miraré en qué baso yo mi ayuno y cuál es el ayuno que Dios quiere. De forma personal, oiré dentro de mí:

-Revisa lo que das para los necesitados.

-Observa si eres capaz de darte tú; de dar tu tiempo, tus conocimientos, tu alegría, tu simpatía, tu amor.

-Mira a ver si tienes hambre de lo auténtico, de lo que no pasa, de lo que no se puede comprar ni vender, de lo que hace crecer, de lo que te hace hombre.

-Revisa tus compromisos, en especial el de tu vocación como sacerdote, religioso, padre-madre, esposos, hijos... Observa qué haces para cuidarla, para hacerla crecer; cómo la pones al servicio de los demás, y, sobre todo, dónde la apoyas para darle vida ¿En el Señor o en los afanes del mundo?

-Toma conciencia si de verdad encuentras en los hermanos el rostro de Cristo. Sobre todo, en los marginados, en los pobres, en los que te caen mal, en los que se han enfadado contigo, en los que te siguen ofendiendo, en esos cercanos a ti que te exasperan...

-Revisa tu fe y tu confianza en el Señor y mira si de verdad son tan grandes como para esperarlo todo de Él.

Texto para la oración:

“Tú cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lávate la cara, para que los hombres no se den cuenta de que ayunas, y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mateo 6, 17-19)

Lo tercero será: la Abstinencia.

Y la abstinencia que Dios espera de mí, unido a mucho más es:

-Que no sea esclavo del consumo de la comodidad de la moda.

-Que revise mi tiempo y descubra todo el que dedico a la televisión, a las diversiones, a lo que me gusta. Y mire, también, el tiempo que le dedico a Dios y a los hermanos (familia, esposo/a, hijos...).

-Que me abstenga de hacer daño a los demás con palabras hirientes, gestos, indiferencias, olvidos, difamaciones...

-Que respete a todos aunque no piensen como yo quisiera, aunque no lo merezcan, aunque no esté de acuerdo con sus decisiones.

-Que cada día vaya creciendo en libertad y que sólo uno sea mi Señor: Cristo.

Texto para la oración:

“El que quiera venir conmigo que renuncie a sí mismo, que cargue con la cruz de cada día y me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que la pierda por mí, la salvará” (Lucas 9, 23 – 25)

Desearía, que esta Cuaresma, tenga una connotación especial, para cada uno de nosotros: que mostremos los frutos que hemos adquirido durante este año que Dios nos ha regalado y que vivamos llenos de gozo esta nueva oportunidad que se nos regala para reconocer, a Jesús, como cimiento de nuestra vida.

Os invito en este tiempo: a revisar vuestro pasado, a vivir en profundidad vuestro presente y a abrirnos con confianza al futuro. Pero sobre todo os invito a mostrar nuestro agradecimiento por todo lo que en cada momento recibimos de nuestro Padre-Dios.

LLAMADOS A UNA TAREA SINGULAR

Como cada año, el tiempo de cuaresma empieza presentando a Jesús en el comienzo de su andadura hacia el Padre. Y vemos, como siendo Hijo de Dios, asume nuestra humanidad y se retira al desierto, para en el silencio, la austeridad y la oración prepararse y salir fortalecido ante la dura tarea que tiene por delante.

A mí me parece que Jesús, después de haber intuido en el desierto lo que le esperaba, saldría de él un poco asustado; y no era de extrañar. Todos sabemos que, hay cometidos en la vida que, de entrada, asustan un poco.

Sin embargo esto no era nuevo; ya, en el Génesis, primer libro de la Biblia, podemos encontrarlo plasmado.

Moisés, sobre el que tantas veces hemos hablado, se siente asustado ante la misión que Dios le encomienda realizar y le pide que la haga otro en su lugar.

Dios, siempre cercano y comprensivo, en vez de liberarlo de la misma, le permitió que lo acompañase su hermano Aarón para que, el uno en el otro, encontrasen un apoyo.

Entonces “Dijo, Dios, a Aarón: Sal al encuentro de tu hermano en el desierto”

Volvemos a centrarnos en el año sacerdotal y nos decimos:

¡Cómo necesitará, el sacerdote, sentir que alguien le acompaña, cuando sienta la soledad de su desierto!

De nuevo la palabra desierto unida a nuestra tarea personal. Yo me pregunto qué pasaría por la cabeza de Aarón, al encontrarse ante el gran desierto. Él era nómada, sabía lo duro que era cruzarlo; encontrarse en una inmensidad, donde no se ven las salidas; donde todo es igual; donde no hay señales identificativas, ni caminos, ni personas para poder preguntar…Y, es que, ¡cruzar un desierto y en soledad, en aquel tiempo, debía de ser algo espantoso!

Sin embargo a nosotros, nos resulta difícil entender lo que supone cruzar un desierto a pie y desprovisto de toda seguridad; porque hoy los desiertos, se cruzan en un confortable avión, saciando nuestra sed con un refresco de moda y leyendo, con tranquilidad, el periódico del día.

Pero entonces no. Cuando alguien cruzaba el desierto, se daba cuenta de que allí no había nada que alegrase la vista. Con escasez de provisiones y falta de agua, las horas se hacían interminables y el camino angosto…

Es lo que aprende el sacerdote, en el tiempo de silencio, que precede a su ordenación sacerdotal: Que su vida la mayoría de las veces estará acompañada por la soledad, la incomprensión, la crítica… pero que no ha de importarle. Y así es; después de madurar su decisión, descubre cual es su misión y no duda en responder a ella.

A todos se nos ha encomendado una misión, a cada uno la suya; por eso creo, que tenemos que aprovechar la ocasión que se nos brinda, para silenciarnos, ahondar en ella, acogerla y tomar la decisión de llevarla a cabo.

Incrementemos en este tiempo, de Cuaresma, los ratos de oración.

Que durante este espacio, nuestra oración sea más profunda y más prolongada.

Que no desaprovechemos la oportunidad que se nos proporciona, para mejorar la formación espiritual.

Que seamos conscientes de que, cuando la vida deja de ser auténtica se pierde la transparencia y se va eliminando, poco a poco, la tarea a realizar.

Terminaremos diciendo al Señor, una y otra vez, en el silencio de la oración:

Señor: Yo sé que Tú eres mi meta y sólo me importa llegar. Sé que la distancia es larga, difícil… y mi paso lento y titubeante; pero Tú estás a mi lado, te siento, te percibo y eso me basta.