TENTAR A DIOS Por Ángel Gómez Escorial Todos los cristianos –o, al menos una inmensa mayoría—tendemos a tentar a Dios. ¿Qué es tentar a Dios? Pues, poner por delante en nuestra oración necesidades personales –o de grupo—que poco tienen que ver con la justicia y el amor divinos. Sé que es difícil establecer los parámetros de esta cuestión porque está claro que el mismo Jesús de Nazaret nos dice “pedid y se os dará”. Es evidente que el tópico de lo que no se debe pedir a Dios está en demandar que nos toque la lotería o que llueva fuego del cielo contra esa persona que nos incomoda diariamente. Pero el problema es, cuando fuera de todo discernimiento honrado, vamos creando una religión a nuestra medida y metiendo a Dios en una jaula de oro como hacían los fariseos. Y una vez manipulada la realidad y la verdad, vamos a pedir a Dios que con su fuerza doblegue a nuestros adversarios. Habría muchos ejemplos próximos y lejanos, de ahora y de hace muchos años. Cuando el Papado tenía poder temporal y muchos territorios, es más que probable que el Pontífice de entonces rezara ardorosamente, como Moisés, con los brazos en alto sobre el promontorio, para que Dios diera el triunfo a los ejércitos del Papa. Y queda claro que, desde el otro lado del campo de batalla, capellanes católicos rezarían para que eso no se produjera y Dios colaborara directamente para que el ejército que se oponía a las tropas pontificias saliera victorioso. No es desacertada, en fin, la frase de que en nombre de Dios se han cometido muchas injusticias. La mayor de todas pues la ejecución de Cristo en la Cruz asumida, en nombre de Dios, por la alta cúpula religiosa del judaísmo ante un “desaforado blasfemo”. AUSENCIA DE DISCERNIMIENTO Y en el fondo todas esas desviaciones, los intentos muy repetidos de tentar a Dios o enjaularle para nuestros fines, surgen de una falta de discernimiento, de un intento consciente de que, aunque lo que se intenta no sea lo justo, ni lo que Dios quiere, resulte muy conveniente para un cierto interés común alejado de la doctrina que enseña Cristo. Lo que verdaderamente Dios quiere está muy claro en la doctrina de Jesús. Pero de ella, siempre, hemos tomado lo que más interesa a cada persona, grupo u ocasión. A veces, incluso, parece como si los fariseos hubieran vencido “después de muertos” y ase haya producido el afianzamiento de un cristianismo muy “civil”, muy “político”. Aunque, igualmente, tal vez, también ganaron los saduceos cuando la Iglesia aceptó la “legalización” por parte del Emperador Constantino, aunque sea humano y recomendable vivir fuera de cualquier perturbación y orar por los emperadores como decía San Pablo. De todas formas, todas estas precisiones históricas tampoco son muy útiles, ya que, aceptándolas totalmente, sería como negar que el Espíritu Santo no se ocupa siempre de la Iglesia. Lo que interesa, sin duda, es evitar, en lo grande o en lo pequeño, a nivel personal o comunitario, tentar a Dios. Es obvio que no lo conseguiremos, como no consiguió el diablo tentar a Cristo en el desierto. Pero nuestro intento de crear un Dios a nuestra medida –de no querer dejar a Dios que sea Dios—contendrá un camino de pecado y de falsedad. El mal, obviamente, será para nosotros. Y la cuaresma es un tiempo de cambio, de mejora, de reflexión, de discernimiento, de conversión, en definitiva… En adviento y Navidad, por ejemplo, se nos pide allanar los caminos, desbrozar el territorio de lo que impida el paso del Señor. El referente de la Navidad es venturoso, alegre, nos llega un Niño. Es el gran principio. En cuaresma la cruz está sobre el horizonte. Y la condena a muerte de Cristo tiene muchos, pero que muchos, ejemplos de pecados personales y comunitarios. No se le lleva al patíbulo solamente por ser subversivo, se le quiere eliminar porque quiso desmontar el pertinaz ejercicio de tentación a Dios por parte de los principales del judaísmo de entonces. Se agita a la población con mentiras, se engaña al pusilánime de Poncio Pilato con prevaricación. Se juzga a Jesús con un procedimiento ilegal. Y cada uno de los pecados que los hombres y mujeres de ese tiempo cometieron para acabar con Jesús de Nazaret, tienen, sin duda, su comparación, en mayor o menor medida, con muchas de las actuaciones cristianas de ahora, por supuesto no sólo achacables a las conductas de los católicos, sino también al proceder de todos aquellos que, desde las diferentes iglesias, siguen a Jesús de Nazaret. TENDENCIA A MANIPULAR A DIOS Es obvio que limpiar nuestra tendencia a manipular y tentar a Dios, a nivel individual, será lo primero que tendremos que hacer. Porque a veces se pierde mucho el tiempo en “transcendentes cruzadas”, cuando lo que huele mal está dentro de nosotros. Y es que como cristianos no podemos obviar que hay que amar a los enemigos, poner la otra mejilla, ceder toda la capa y si es necesario hasta la camisa. Hemos de aceptar que los pobres son bienaventurados, y los mansos, los cordiales, los pacíficos, también, aunque para nuestro estándar actual nos parezcan unos fracasados. Y que el dinero es un ídolo, sin paliativos. Y que, asimismo, ocupar los primeros puestos en los banquetes es una perdida de tiempo. E, incluso, como el Señor es muy exigente, exponernos a ser echados al exterior, donde todo es crujir de dientes, si, una vez seleccionados para el gran banquete de Dios, no llevamos el traje de fiesta. Apercibidos de todo esto, entonces, una vez que nos sintamos fuertes –con la clara ayuda de Dios— y convertidos, tendremos que comenzar a convencer a nuestros hermanos. La religión es, siempre, un instrumento humano. Pero es un instrumento utilizado por el hombre para mejor relacionarse con Dios. Y como toda obra humana debe estar en continua vigilancia para que no traicione el fin principal. La Iglesia fue fundada por Jesucristo con la promesa de la presencia permanente del Espíritu Santo. Y, aunque parezca, muy especializado, Iglesia no es equivalente al cien por ciento al término religión. Pero la religión –“re-ligare”—es un instrumento formidable para unir y actuar. Lo que hace falta es que nunca impere más lo humano que lo divino, por mucho que sea una obra humana. Aprovechemos, pues, la cuaresma para reflexionar sobre todas estas cosas. Seamos auténticos en el seguimiento de Jesús de Nazaret y, sobre todo, no busquemos tentar a Dios…
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