LA CUARESMA DE CADA UNO

Es necesario, a nivel personal e intimo, tener una disponibilidad sincera y consciente hacia lo que es la cuaresma. Ocurre que las ocupaciones de cada día y un mundo de relaciones no siempre basado en la religiosidad bien entendida traen que se debilite el espíritu cuaresmal y que pasen las horas, los días y las semanas sin que entremos de manera decidida en lo que es la cuaresma.

¿Pero, qué es la cuaresma? Está claro que es un tiempo de preparación para mejor insertarse en los días grandes de nuestra fe como lo son las conmemoraciones de la Muerte y Resurrección del Señor y, también, la cena pascual del Jueves Santo donde el Señor instauró la Eucaristía. Esta definición es sencilla y conocida. Además, siempre se ha dicho que el mejor comportamiento de cuaresma es incrementar la oración, aceptar la austeridad que nos pide la Iglesia y, por supuesto, la limosna. ¿Qué esto es ya muy sabido? Sí, sí, claro… ¿Pero se cumple? Pues a veces, si; a veces, no.

Betania no es una web para alejados. Ya nos gustaría. Realmente “salir” a evangelizar a quien no es asiduo en nuestros templos es una asignatura pendiente de está página. ¿Y quienes son nuestros lectores? Pues, por lo que sabemos, hay muchas personas de las que, en las parroquias, forman los equipos de liturgia y de otros trabajos pastorales. Y sabemos también que hay muchos sacerdotes, muchos. Los equipos de liturgia, por ejemplo, precisan de los formularios para organizar las mismas dominicales y las correspondientes a las solemnidades. Los sacerdotes ojean la página de homilías para conseguir material para elaborar sus comentarios homiléticos. Bien, entonces, nuestras recomendaciones y recordatorios sobre la cuaresma va dirigidos a estos lectores tan habituales.

Una pregunta, por tanto, que quedaría en el aire sería: ¿es qué los sacerdotes lectores de Betania no tienen su compromiso personal e íntimo con la cuaresma, con lo que podría ser la cuaresma personal e íntima, la cuaresma de cada uno? Lo lógico es que sí. El sacerdote ha de estar empeñado en un ciclo constante de mejora de su formación y de, también, autenticidad de su espiritualidad, siendo la cuaresma un tiempo bueno para ello. Y así será en la mayoría de ellos. Pero ¿no habrá alguno que acosado por sus muchas obligaciones, profesionalizado por la repetición de unos esquemas y muy ocupado por ayudar a los demás, olvide su propio corazón? El exceso de trabajo, la dificultad de esa compleja labor, la repetición de muchas cuestiones y un cierto desánimo por la falta de frutos, puede llevar a, en efecto, a que su cuaresma no sea todo lo fundamental para su vida de sacerdocio como, en realidad, debiera ser. Y ahí, como suele estar solo, pues nadie se lo dice, nadie le advierte que está flojeando. Es verdad, y hay que decirlo, que hay medios para evitar la rutina y la desesperanza. Incluso están institucionalizados. Pero, tal vez, lo peor es que no se advierta esa rutina o sólo parezca un cansancio razonable.

Esta cuestión referida a los sacerdotes es aplicable también a otras personas que, sin duda, prestan importantes servicios a la comunidad parroquial y, entre ellos, los que trabajan en liturgia, los catequistas, la gente, estupenda, que trabaja en las Cáritas parroquiales y muchos mas... ¿El esfuerzo por cuidar a los demás lleva incluido el descuido de la “propia casa”? Pues, tal vez, no. Pero, tal vez, sí. Y no es malo llamar la atención.

No se trata –por supuesto—de enmendar la plana a nadie. A veces –y es sólo un ejemplo—cuando se está pidiendo machaconamente, y en público, por la santidad de los sacerdotes, puede parecer que se señala con el dedo a algunos sacerdotes que, según los peticionarios, no son lo suficientemente santos. Con esos procederes a veces se busca una uniformidad, que no es, precisamente, santidad. No es eso lo que está en la voluntad de servicio de este editorial de Betania. Lo que se pretende es que se interiorice la idea de que, a pesar del mucho esfuerzo, alguien se está abandonando. O, también, que lo urgente mata a lo fundamental.

Todos los cristianos desde el Santo Padre hasta el más pequeño de los hermanos, hasta ese niño o niña que hizo el año la primera comunión o que está preparando para recibirla en breve, deberán de meditar, en la medida de sus sinceras fuerzas y de su conocimiento exacto, sobre como va a ser su cuaresma. La personal, la intransferible, la que vive en su corazón, y que no está reñida –por supuesto—con las celebraciones comunitarias, con el aliento de los hermanos próximos.

La cuestión es que podamos vivir la entrega de Jesús en el Gólgota con el alma dispuesta, el corazón abierto. Y que ni el despiste, ni el peso de la excesiva responsabilidad, ni el cansancio, ni el “profesionalismo” haga que la cuaresma pase en nosotros sin dar fruto. Sería, por supuesto, una gran pérdida.